Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La capa mágica

La lectura en desorden no garantiza ningún conocimiento (La Lectura no puede / “pasar de moda/”), pero alrededor de ese lector desordenado se va tejiendo una capa mágica llamada con apresuramiento cultura literaria (La cultura artístico-literaria y la ciencia).

El adjetivo de la palabra capa lo inscribí conscientemente (La Escala Bipolar Tipo Diferencial Semántico); lo que sí tengo que aclarar es que la magia en este caso no se pesa en oro sino en chatarra. Y advertir además que la chatarra también es útil, increíblemente, en un mundo tan descascarado: rellena (Reciclaje).

Yo leí -y leo- durante años y años los libros que casualmente fluyen hacia mis manos, creo haberlo dicho ya.

A veces fluyen otra vez, y otra vez, y otra vez, entonces, en algunas ocasiones, descubro fascinada que “he descubierto” a su escritor: podría completarle las frases, sabría cómo termina su cuento, etc. Seguro que tal prodigio que me traen los días es pura ilusión, e inmodestia, por decir lo menos (Futuro de una ilusión e ilusión de un futuro).

Pero el momento -”mágico”, de nuevo- en que parece alumbrar en mí una lámpara que enfoca todo el perfil de una persona es uno de los que considero mi Paraíso (Llegando al paraíso).

Después se pierden esos momentos; ya no recuerdo por ejemplo cómo era conocer la mirada de Proust (El pensamiento creativo), el primer piar de sus pájaros en la mañana en el Bulevar de los Tilos en París; o los terrores de Dostoievsky jugándose sus últimas novelas, apostando fama y amores por última vez (Los efectos extraños de las endorfinas).

Eso sí, nunca había descifrado el verdadero y poderoso rostro de mi querido Borges (El cosmos de Borges).  Sentía que se escondía, que me hacía trampa o bien que su escritura era tan transparente que no ocultaba más que gloria infinita.

Pero ayer…

Ayer volvió a mis manos -y después a mis ojos- un ejemplar de Otras inquisiciones.

¿Podría decirse que son notas, o pequeños ensayos, o, más bien, delicadísimas ficciones, cuentos, narraciones, a las que el escritor les ha dado la forma de un ensayo, de un estudio sobre determinado hecho o personaje?

Quizá sí, podría decirse, porque creo que uno al menos de los personajes “estudiados” por Borges, John Wilkins, con su fabuloso idioma analítico, no existió nunca.

Comienzo a releer Otras inquisiciones

Abro el ejemplar nuevito que aparece frente a mí, y ya está “La muralla y los libros”. Es el escrito que se refiere al primer emperador de la China, Shih Huang Ti.

Borges nos los presenta primero como aquel que hizo construir la gran muralla, aunque decir primero es una exageración de mi parte, ya que en la misma frase inicial nos comunica que fue el mismo emperador que hizo quemar todos los libros que existían antes de él.

De inmediato -claro, la sobriedad, la capacidad de concentrar tanta información en tan poco texto yo no las tengo- informa de su reacción ante el conocimiento de que “las dos vastas operaciones” (construcción de muralla, quema del pasado, o de los libros del pasado que es lo mismo) correspondieran a la misma persona.

La reacción de Borges contiene una alegría que él quiere desentrañar; en realidad ha escrito “La muralla y los libros” para aclararnos esa alegría. Lo hace en dos o tres páginas que contienen explicaciones posibles, ¿por qué lo satisfizo tanto un hecho, o dos hechos casi simultáneos, del pasado? ¿Acaso cree que las dos operaciones, una de construcción, otra de destrucción, tienen secretamente el mismo sentido?

Ese intermedio inquisitivo de “La muralla y los libros” deben leerlo ustedes; sería irrespetuosa si lo trasladara a mis palabras, pero, sobre todo, tales explicaciones perderían el estilo y la gracia.

Pero, además, sucede que el propio Borges no está muy convencido de sus propias razones, y esto en realidad no importa mucho, porque al final nos dice la verdad, nos aclara el motivo descifrado de su rara alegría, que es, simplemente, el no haber descubierto el motivo. He aquí las seis o siete frases finales del ensayo:

La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo: esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético. (Buenos Aires, 1950.)

Después de “La muralla y los libros”, hasta donde alcancé a releer por ahora siguen “La esfera de Pascal”, “La flor de Coleridge” y “El sueño de Coleridge”. Y a todos se les podría aplicar el mismo final, las seis o siete frases con que termina “La muralla…”: La música, los estados de felicidad, las caras trabajadas por el tiempo… quieren decirnos algo…

Envío

Tengo una pequeña joya, además de mis besos, para enviarles, o, tal vez, para mandarle al cielo a Borges, tan lleno de tesoros:

“La muralla y los libros” fue escrito en 1950, muchas décadas antes de que yo mirara en un documental de televisión -para aportar a mi vasta cultura- que habían descubierto la tumba del Primer Emperador de la China, Shih Huang Ti. Lo enterraron con todo su ejército de soldados esculpido en terracota, rasgo por rasgo de cada guerrero.

Y acá me saco la capa tan mágica…

Mora

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Comentarios

6 respuestas a “La capa mágica”
  1. Diego Murillo Botero dice:

    Pura palabrería sin ningún objeto.

  2. Jose Itriago dice:

    Seguramente, tú, Mora de nuestro corazón, tienes argumentos suficientes para desaparecer a John Wilkins. Un dragón volando en el siglo XVII, que por eso mismo llama la atención de Borges, con sus dentritas extendidas para sentir 200 años después llamarada de su verbo y lo estudia en “El idioma analítico de John Wilkins”. Sé que lo matas de entrada para que tengamos que resucitarlo.

    Empiezo a tomar de Internet:
    Era un religioso y naturista inglés, lleno de títulos y obispados y hasta cuñado del famoso Oliver Cromwell. Se interesó en la teología, la criptografía, la música, la fabricación de colmenas transparente para que viéramos los regocijos de la Reina, la posibilidad de un viaje a la luna y, sobre todo, la posibilidad de un lenguaje mundial artificial que llamó “lengua artificial filosófica de uso universal”. Se basaba en dos lenguas: una escrita con ideogramas que eran impronunciables, semejantes a los trazos taquigráficos y la otra fonética destinada a ser pronunciada, de intercambio oral. Trabajó en las máquinas de movimiento perpetuo antes que Da Vinci. Quizás su mejor biógrafo, el que lo entendió más y más se acercó a la magia de su pensamiento, fue precisamente Borges.

    No era poca cosa pensar en un lenguaje universal con signos entendibles solo al leerlos, pero impronunciables y expresiones fonéticas asociadas a la realidad que te rodea. Se acaba con las formas de pronunciación. Los fonemas debían ser universales. Por fin le daríamos la razón al sabio gallego que se fue a París y regresó a los tres días contando a sus amigos: “que al pan le llamen pen ¡vamos hombre, que puede ser!. Que al vino lo llamen ven, bueno uno se acostumbra . ¡Pero que al sombrero lo llamen chapeau! No hombre no.

    La máquina de movimiento perpetuo la siguen buscando y de repente, un buen día, así como el bosón de Higgs encontraremos que todas las teorías que decían que era imposible, tenían una rendija, tan delgada que tardamos siglos en verla.

    Mejoro a pasos agigantados. Saludos a todos.

  3. Jose Itriago dice:


    Eso de releer un libro, si es posible, más de dos veces, es una maravilla. Mi primer experimento lo hice con “Cien años de soledad”. La primera vez lo leí como una novela pura y simple. Había una trama presentada de una manera novedosa y un desenlace. Había magia y era una obra maravillosa, sin duda alguna. Como al año o quizás más, la volví a leer. Ya no me interesaba la trama, que obviamente conocía, sino más bien cómo la planteaba, sobre que hojarasca la depositaba o si, más bien, la suspendía con manos vírgenes sobre la realidad extraña que la rodeaba. Quizás entonces me interesó la letra y la música. Por último, la Real Academia sacó una edición extraordinaria, bellamente editada y llena de comentarios y hasta un diccionario para mejor entender las palabras que allá, en su Macondo, se usaban. Leía párrafos enteros en voz alta, para sentir el calor, las lluvias interminables, el pueblo recomponiéndose cada vez y me parecía ahora, contrario al principio, que más bien había pocos personajes. Que me hubiera gustado que añadiera a los zapateros remendones, a las zurcidoras cambiando cuellos, a los hojalateros reparando los desagües, a todos y cada uno de los posibles pobladores.

    Es obvio que no todos los libros soportan semejante análisis forense. Tiene que ser una obra maestra. No puede dejar entrar uno en su vida a personas ordinarias. No. Tienen que aportar algo, quizás mejor si es alegre, aunque unas pincelas de melancolía sin depresión quizás permitan soltar las ideas al viento y entender algo de aquello que vivió.

  4. jose joaquin castaño clavijo dice:

    Hola Mora.
    Muy hermosa tu forma de deleitarnos con lo que has leido de otros escritores.Te recomiendo vuelve a leer a Dostowieski en el castillo de stepanchikovo, donde el personaje central es Foma Fomich, personaje que al principio Dostowieski con su magia narrativa nos lo hace ver detestable pero al final consigue hacernos cmbiar de concepto.
    Felicidades y éxitos
    jose joaquin castaño(Colomjbiano)

  5. Joise Morillo dice:

    ¡Hola Queridísima amiga! Y todos.

    Nada que se haga desordenadamente, garantiza armonía en el desenlace, menos algo de efectividad, todo, será igual de cómo se desarrolla o, se ejecuta, pues bien, si así leéis, así adquiriréis conocimientos -desordenados- sin embargo, esta forma no amerita la des-adquisición de conocimiento, lo que no garantiza es sabiduría para emplear el conocimiento desordenadamente adquirido.

    Se puede ser lento en la lectura, –como yo- esto es leer un libro de 100 páginas en 1 o dos semanas, la idea es; leer y recordar, y/o almacenar, tildar, señalar párrafos, líneas, hojas enteras para luego al necesitar información saber donde encontrarla, este es el secreto del lector
    Einstein al momento de ser cuestionado por su secretaria de no recordar el numero telefónico de su mejor amigo y colega. A lo que respondió:

    “Esas cosas no necesariamente deben tomar un espacio en mi memoria –filosofia de Kurt Godel- pudiendo almacenarse en una libreta(…) Una idea mia originaria nunca se me olvida”

    Os ama

    Joise

  6. charmante charmante dice:

    Muchas gracias por compartir interesante blog y todos los artículos son increíbles, es muy útil para amar siempre a leer su mensaje y esperamos artículo siguiente para venir y después de que son positivos.
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