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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 
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Olga en el cielo

El 15 de agosto de 1999, murió Olga Orozco (Por nacer mujer), y yo me quedé más triste de lo que generalmente estoy (El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza). Empecé a ver en las sombras de las plantas del balcón que se reflejaban al atardecer en el living, la cara misteriosa de Olga, y ni siquiera transformada por el paso que había dado -la muerte (La Misión de Rafael). Sus ojos seguían siendo inmensas lámparas grises entre las plantas; mi imaginación le agregaba a su mirada ese poco de añil, ese poco de verde, ese poco de vetas amarillas que les faltaba en mi pared, pero los rasgos eran los mismos, ya que yo era la misma loca de siempre, la enamorada eterna de Olga Orozco (Los poemas de Eugenio Guacarán). Y Olga era la misma hechicera de siempre: transformaba mis escritos, corregía mis verbos, marcaba con fibra amarilla las cosas que yo escribía y que no le gustaban, desde el más allá, o el más acá al lado mío, o el más o menos acá entre sus visitas a amigos en el cielo y su magisterio en la tierra con Mora, su alumna (Bestiario).

Olga sabía que yo vivía enfrente del edificio de Obras Sanitarias, del famoso Palacio de las Aguas Corrientes, y alguna vez me había visitado, antes, cuando escribía poemas “materiales”. Ahora le era todavía más fácil ubicarme (Guardianes de la noche, la memoria). Yo habitaba un tercer piso por la calle Riobamba, y sólo separado por el balcón y unos cuantos metros cúbicos de aire libre tenía todo un panorama, como una pintura, como un friso, adonde estaban inscriptos dos palos borrachos -que después, en los días de marzo, se llenaban de flores- y una palmera erecta, alta y centenaria. A veces, con las tormentas, la palmera se movía peligrosamente, y a fines de la primavera del 2001 -precisamente cuando hacía tan poco, el 11 de septiembre, habían caído con tanto estrépito y tragedia las torres gemelas en Nueva York (El fin del mundo)-, yo sospechaba que en algún momento podría esa palmera caer rectamente justo sobre mi casa. Pero eran sólo momentos, sólo ráfagas de pensamientos autodestructivos, porque a todo eso estaba venciendo a depresión que me produjo la muerte de Olga y también mi fracaso como poeta. Me había inventado una cura en la que entremezclaba budismo zen y alimentación vegetariana, yoga y caminatas aeróbicas, pero cuyo principal componente medicinal consistía en un cómodo sillón dispuesto en el living y mirando hacia el palo borracho, la palmera y el césped.

Me entusiasmé tanto con esta última parte del tratamiento que, habiéndome sentado apenas me levantaba, casi al amanecer, en ese sitio, oscurecía, y me sentía convocada por la luna y la brillante estrella situada justo arriba de ella -que dicen que es el Diablo- y me quedaba algunas horas más. O corría mi asiento hacia el balcón y allí permanecía más próxima aún al cielo y al palacio.

Una noche, más o menos cuando comenzaba el verano en esta parte del globo y yo ya me encontraba muy cerca de una crisis que tomaría seguramente alguna forma cataléptica, me despertaron sonidos que venían de lejos, como de murga, muy a lo lejos, porque la cuadra donde yo vivía estaba desierta, y cuando comprendí que se trataba de un barullo de cacerolas golpeadas con violencia me sumé a lo que no sabía si eran festejos propiciados por el triunfo de un equipo de fútbol o una protesta callejera. Lo primero que encontré en el armario de la cocina fue un gran colador de fideos y, para hacerlo sonar, una cuchara de madera. Empecé a golpear parada en el balcón de casa, y de pronto se iluminó el palacio de enfrente y de allí salió un murmullo de golpes de puño sobre muebles de madera y de cucharas azotadas sobre objetos de metal. Me pareció ver sombras que mi imaginación, seguramente fue mi imaginación, vistió con miriñaques, trajes antiguos y armaduras, pero el éxito de mi convocatoria me entusiasmó de tal manera que me olvidé de ese misterio y continué por horas sobando el andrajo de aluminio en que se había convertido el colador, y empezaron a sumarse en la vereda que correspondía a mi casa, cientos de habitantes de los otros edificios, con verdaderas cacerolas y verdaderos ruidos estruendosos.

Por supuesto, se trataba de “El Cacerolazo” del 20 de diciembre del 2001, que destituyó con ollas y sartenes al presidente argentino Fernando de la Rúa.

En esas horas, puedo decir, estuve acompañada, y quizás empezó allí a disiparse uno de los síntomas de mi enfermedad, el que me conducía a un estado casi hipnótico; de pronto la noche se llenó de sirenas de ambulancias, bomberos y móviles policiales.

El Edificio de Enfrente -yo lo llamaba con mayúsculas- a menudo me parecía algo así como el adecuado para los cuentos de hadas de cuando era niñita, pero en algunas ocasiones me inundaban sensaciones muy desagradables al observarlo, como si fuera ocasionalmente refugio de personajes más siniestros que las hadas.

De todos modos hubo una época, esa que relaté, en la que estuve embelesada por el palacio, pero duró muy poco tal fascinación.

Una tarde de fin de semana salí de mi refugio-prisión, para comprar el diario del domingo. Empecé leyendo el Suplemento Literario y lo primero que me llamó la atención fue una fotografía: un detalle de “mi” Edificio, con ático, algún escudo y sus mosaicos naranja; alguna paloma también, de las que yo veía andar por los aleros. Después estaba la nota, referida a un libro de Tomás Eloy Martínez en el que reunía historias macabras y curiosas del antiguo Buenos Aires.

A partir de su lectura terminaron para mí las jornadas de recuperación al sol, o con tormentas y lunas compartidas con las ahora temibles flores por brotar de los palos borrachos y con la palmera. Ahora vivía entre mi dormitorio y la cocina, pero como mi dormitorio también tenía una ventana que daba al Palacio, aun estando ésta cerrada, más bien me interné en la cocina, y hasta dormía allí sobre una silla, la cabeza apoyada en la mesa; cuando debía pasar por el living para ir al baño, mis ojos daban, en una recta oblicua, con el Edificio, por lo que decidí cerrar esos ojos y hacía a ciegas el camino de la cocina al baño.

Porque la nota relataba un crimen de los que figuraban en el libro de Eloy, y decía que, justo en mi Palacio, a principios del siglo XX una niña, Felicitas Alcántara, la más hermosa de cuantas habían nacido en Buenos Aires, fue encontrada muerta, asesinada -y nunca se había encontrado al asesino, existiendo sospechas de que se trataba de un alto funcionario policial de lustre y brillo en la época, que después fue asimismo asesinado por un polaco anarquista. Se llamaba Ramón L. Falcón -y Dios quiera que nadie me lleve presa por nombrarlo-, y el pañuelo de seda que le encontraron entre las manos a Felicitas tenía las iniciales R.L.F. Yo conjeturaba que la niña habría mirado el palo borracho y la palmera mientras moría, y algunas cosas más que permanecían intactas hasta entonces, y que yo había estado mirando hipnotizada desde mi balcón durante meses.

Unos meses después de la lectura de la nota que provocó mis estremecimientos y que me aisló, si eso era posible, todavía más -ya no salía al balcón ni me asomaba a mirar por la ventana-, ya llegado el otoño, un día frío, encendí las hornallas de la cocina para darme calor -porque no me atrevía a ir al living para prender la estufa- y en el momento en que con un soplido apagué el fósforo se me presentó como una verdad inexorable que yo me había vuelto loca. Miré la cocina, los platos sucios amontonados desde hacía siglos y el recipiente de la basura rebosando, y algo así como un fuego muy intenso, que me quemaba el corazón, me indicó que debía, de algún modo, curarme.

Me curé con poesías, con poesías de la propia Olga, como ésa que me envío con tanto amor en el último post nuestra adorable Judith, luz, luciérnaga, libélula, y con otra tan especial como ésta, que Olga me había dicho que me estaba dedicada, aunque la dedicatoria no figura en ningún libro, es nuestro secreto:

EN ABRIL O EN OCTUBRE

“Abril es el mes más cruel, engendra

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdo y deseo, despierta

con lluvia primaveral muertas raíces.”

T. S. Eliot

¿Que el más cruel de los meses es abril, es decir nuestro octubre?

¿Sólo porque da brillo a la esperanza y sopla sobre las cenicientas ascuas?

Quizás porque supones que todas las primaveras son perversas,

que humillan agonías y tratan de abatir de un golpe avieso,

de un verdor que despliega su abanico de plumas en un joven alarde,

desdeñoso, insolente,

la rama que no ha muerto,

esa que resistió debajo de la escarcha los castigos del viento,

los menudos puñales de la lluvia y la embestida de la fiera.

Yo, hija de hombre, ya sé desde el principio de mis noches

que toda carne es hierba, y se doblega y cae como paja,

pero si no despierta la hierba sofocada y se alza nuevamente como hierba,

y si el deseo sólo se prolonga en vanas humaredas fantasmales,

no es culpa de tu abril, sino de nuestro agosto que secó toda gloria,

carcomió sin piedad las cortezas del mundo

y sepultó hasta el reino más negro de las sombras las visiones doradas.

Sí, sí, reconozco ese olor de humedad subterránea, de jardín clausurado,

ese sabor de exilio en las arenas de la boca,

el tacto de la nada.

Pero yo, hija de hombre, igual te digo que cuando en un abril o en un octubre,

aunque sea lejano, ya casi como nunca,

abriste por una vez, por un instante, las puertas de tu irrecuperable paraíso

y te invadió la luz de aquella primavera,

aprendiste de una sola mirada la mirada del sol de cada día

que alza su altar también sobre las aguas muertas, sobre la dura tierra,

sobre la hierba seca.

Mora

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Comentarios

11 respuestas a “Olga en el cielo”
  1. Jose Itriago dice:


    ¿Hasta qué punto un poema puede ser una súplica dirigida al poeta mismo, un deseo de armonizar ese torrente que no se calla, que va erosionando las ilusiones ya pardas, cada vez menos brillantes, menos esperanzadoras?

    Una súplica llena de altibajos, necesarios. Siempre subiendo a un tobogán, horas para llegar a la cúspide y segundos para regresar a tierra. La poetisa de pronto cree que fue oída, que la persona que coexiste con ella , la que todos ven como si fuera ella, le prestó oídos a tan razonables argumentos, cuando debería saber con harta experiencia que es apenas una muleta aportada por otra persona que le da vida, la emociona, le colorea el entorno, materialmente la empuja, no a su vida, sino a la que está de visita. Una visita que puede ser breve o muy larga, pero que no habita allí, donde se resuelven las contradicciones entre deseo y posibilidad, entre emoción y desengaño. El poema es súplica de amor o al menos, súplica de oídos.

    Olga Orozco, que es el centro de esta entrega, dijo una vez “construyo mis poemas para habitarlos, para vivir en ellos”. Una Olga Orozco se encerraría en alguno de sus poemas, mientras la otra estaría alternando con sus amigas, corrigiendo pruebas, aspirando ideas y pensamientos de otras bocas, analizando la posibilidad de habitar en lo poemas de quienes le acompañaban, con quienes compartía.
    Es otra forma de ver un poema: un refugio, un castillo, como el de Mora, lleno de temores, pero también de paisajes herméticos, como son las edificaciones, las puertas cerradas, las ventanas donde nadie se asoma.

    De nada vale que creamos que amamos si no podemos intercambiar nuestros calores, si no podemos convertirnos en frazadas tibias para mitigar ese frío que a veces se mete tan adentro, tan profundo, que uno llega a sentir el riesgo de que se le congele el corazón. O el alma, que es donde realmente se siente el frío de la soledad, aun en medio de los mejores amigos. Y extiendo mi brazo, que hoy es el tuyo, buscando quien tome mis dedos y los frote con su cuerpo, con su alegría, con un desprendimiento que duela a ambos, para tratar de llegarte y alumbrar los rosados que quedan del pardo aparente. Tomo mi pincel, bien enchumbado de colores hermosos, y siento la emoción de ver los brillos que el óleo va dejando como un trazo tridimensional , con cuerpo, brillo y color. Pero cuando empiezo ya no sé terminar y repaso innecesariamente el primer trazo, que era tan puro. Es esa necesidad de explicar, esa absurda necesidad que estropea todo. Al final, otra vez dejo un color indefinido y el poco brillo ya sabemos que es por la humedad de la pintura recién extendida, que es un brillo efímero y al final solo quedará una masa plana, sin mayores atractivos, que más parece una costra, quizás una cicatriz, después de todo.

  2. Gaby Rodriguez dice:

    Irrecuperable paraíso? contradicción… se puede mitigar el frío antes que la soledad congele el alma, con un trazo a la vez…sin explicaciones, convocados por la misma luna.

  3. Ana Patricia AZAÑON bracamonte dice:

    que bueno leer como nos sentimos muchos al morir un amigo, me senti dibujada,y que nos podra quitar esa tristeza tan grande, NADA, solo la esperanza que volveremos a estar juntos,

  4. noelia avilez dice:

    excelente

  5. Joise Morillo dice:

    Toda carne es hierba… ! Se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de Dios se cumple siempre.

    Isaías

    ¿Quién ha medido a puñados el mar
    o mensurado a palmos el cielo,
    o a cuartillos el polvo de la tierra?

    ¿Quién ha pesado en la balanza los montes
    y en la báscula las colinas?
    ¿Quién ha medido el aliento del Señor?
    ¿Quién le ha sugerido su proyecto?

    ¿Con quién se aconsejó para entenderlo,
    para que le enseñara el camino exacto,
    para que le enseñara el saber
    y le sugiriese el método inteligente?

    Mirad, las naciones son gotas de un cubo
    y valen lo que el polvillo de balanza.

    Mirad, las islas pesan lo que un grano,
    el Líbano no basta para leña,
    sus fieras no bastan para el holocausto.

    En su presencia, las naciones todas
    como si no existieran,
    valen para él nada y vacío.

    Isaias

    ————–

    La hierba, espiritu, esencia. La carne, ser.

    No camino sin sentir vuestra alma
    ahora y otrora de noche oscura nivelada
    de cuentos, y fantasmas colmada
    me aferro de angustias, me ensalma.

    ¿Es valentia? ¿es sosiego?
    mi triste dolor por vuestra falta
    no me agobia tanto mi enrredo,
    aun cuando, esa, vuestra ausencia, me asalta.

    No es miedo, es desprecio a la historia
    ese que me exhorta,
    a seguir con la lucha en la memoria
    esa por mi y, por vos que me importa.

    inocente, de palma mirada, muerta
    me repugna la miseria del verdugo
    empero para vos el cielo puerta abierta
    ¡para él, infierno yugo!

    Barda, amo vuestro espiritu,
    la hierba de vuestro ser, caeis erecta,
    no se doblega, topa erguida in situ
    ¡es esencia, aun muerta!

    Yo.

    Os ama
    Joise

  6. Mora Torres dice:

    HOla, Joise. Hablando de “agostar, es agosto, ¿mañana cumplimos años juntos, o vos cumplís hoy?

  7. amanda acevedo contreras dice:

    el sentimiento de del alma se siente sobre clamor del llanto que despierta por el dolor que causa la perdida de un ser amado. la nostalgia de su ausencia en el amanecer y anochecer de cada dia.

  8. Jose Itriago dice:

    De donde se infiere que hoy cumples años y posiblemente Joise también.
    ¡Felicidades!
    Que el buen Dios sea pródigo en futuro para ustedes.
    Que, de ñapa, nos toque a nosotros también disfrutarlo.

  9. Joise Morillo dice:

    saludos en vuestrodia querida, yocumplo el 16 total somos leo ¡muy importante! ¿No?

    Os ama

    Joise

  10. Milena Reyes Vasquez dice:

    La narrativa de la escritora del artículo, me parece muy buena, ya que consigue introducir a lector en la historia, de tal forma que parece qu fuera yo la que vivo muchos de los comentarios que allí se hacen.

  11. José Gómez Apologista Hortothomountha dice:

    Dios te bendiga Mora linda, en realidad todos moriremos solo que algunos con esperanza de vivir de nuevo sin esperanza de seguir viviendo, creo estar de acuerdo con la apuesta de Pascal, es mejor morir con esperanza de vida que sin ella. ► Juan 11:25 Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. 26 Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?



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