Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Agosto, 2012

Sueños y proyectos

Hay algo -¿un monstruo?- que me impide soñar (El insomnio y cuando los sueños -sueños- no lo son), tener sueños durante la noche (Guardianes de la noche, la memoria). Algo que es de la misma materia que me impide tener ensoñaciones durante el día (Día de los Muertos).

Algo que pone límites, como una voz que me induce a atenerme a la sola realidad de lo mirado (La “realidad” y la “nada”).

Esa sola sería la realidad, y es tristemente lúgubre, de contornos grises.

Yo que he dicho tantas veces –y algunas he sentido- que la realidad no tiene límites, que está mucho más allá de las sensaciones, es como si no lo creyera. Todo nace de un confuso, incambiable, ingobernable escepticismo (La relevancia filosófica de Vico hoy).

Un escepticismo que tiene la nostalgia de lo contrario. Lo que no puede imaginarse no se puede sentir.

Para vivir en esta realidad tan estrecha, para sobrevivir, también yo tengo que tener estrechos límites. No puedo permitirme imaginar más allá de mí misma o caería en el pozo de los otros, en la realidad de los otros, lo que extendería esa realidad que yo quiero disminuir, hacer pequeña, para yo caber adentro de ella (Mitología y cine. Las fuentes de la imaginación).

Para contrarrestar, para contrariar, lo que acabo de escribir, acá les mando algunos proyectos de cuentos, o poemas, o novelas, o sueños.

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Una flor amarilla para Lola

Cuentan que una multitud esperaba a Buda para escucharlo una vez más (¿Cómo el cuerpo es atravesado por los diferentes discursos del cambio de época?).

Cuando Buda apareció -esto era en sus últimos años (Un instante en la vida de Buda)- traía en sus manos una flor, y levantó el brazo, exhibiéndola (Flor de Cantuta: Semblanza literaria).

Así permaneció sin decir palabras, y diciéndolo todo con la flor, durante las dos horas que duró su sermón silencioso (José Gregorio Vásquez, el silencio enigmático del poeta).

Dicen que todos entendieron con tanta claridad cada una de las expresiones de su silencio que no hubo, como en otras ocasiones, nadie que se acercara a preguntar, a pedir una explicación más extensa (Ikebana: El camino de las flores).

Yo, en este momento, sin ninguna esperanza de ser Buda, ni siquiera de ser alguien cercano a él de entre la multitud, levanto una flor, la más bonita.

Es para Lola, mi nieta de dos años, y ella sabrá entender cada pétalo.

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La capa mágica

La lectura en desorden no garantiza ningún conocimiento (La Lectura no puede / “pasar de moda/”), pero alrededor de ese lector desordenado se va tejiendo una capa mágica llamada con apresuramiento cultura literaria (La cultura artístico-literaria y la ciencia).

El adjetivo de la palabra capa lo inscribí conscientemente (La Escala Bipolar Tipo Diferencial Semántico); lo que sí tengo que aclarar es que la magia en este caso no se pesa en oro sino en chatarra. Y advertir además que la chatarra también es útil, increíblemente, en un mundo tan descascarado: rellena (Reciclaje).

Yo leí -y leo- durante años y años los libros que casualmente fluyen hacia mis manos, creo haberlo dicho ya.

A veces fluyen otra vez, y otra vez, y otra vez, entonces, en algunas ocasiones, descubro fascinada que “he descubierto” a su escritor: podría completarle las frases, sabría cómo termina su cuento, etc. Seguro que tal prodigio que me traen los días es pura ilusión, e inmodestia, por decir lo menos (Futuro de una ilusión e ilusión de un futuro).

Pero el momento -”mágico”, de nuevo- en que parece alumbrar en mí una lámpara que enfoca todo el perfil de una persona es uno de los que considero mi Paraíso (Llegando al paraíso).

Después se pierden esos momentos; ya no recuerdo por ejemplo cómo era conocer la mirada de Proust (El pensamiento creativo), el primer piar de sus pájaros en la mañana en el Bulevar de los Tilos en París; o los terrores de Dostoievsky jugándose sus últimas novelas, apostando fama y amores por última vez (Los efectos extraños de las endorfinas).

Eso sí, nunca había descifrado el verdadero y poderoso rostro de mi querido Borges (El cosmos de Borges).  Sentía que se escondía, que me hacía trampa o bien que su escritura era tan transparente que no ocultaba más que gloria infinita.

Pero ayer…

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Una flor entre las ruinas de Babel

Para una escritora, o para un escritor (Mi complejo de escritor), la nostalgia florece (Inmigración y Literatura: La Nostalgia) cada vez que encuentra entre sus papeles un anónimo envío de los tiempos pasados (Relación entre el pasado y el presente).

El tiempo sin embargo habla con voz muy dura, ¡éramos tan inocentes entonces! O mejor: ¡éramos tan ignorantes y no lo sabíamos! (Antígona y Sócrates o el precio de la sabiduría).

He aquí una perla de mi cofre (Definiciones juzgadas).

Entrevista a Morita Torres

El sábado 14 de julio de 1984 apareció esta “Entrevista a Morita Torres” –en ese entonces yo no era Mora sino Morita- en el suplemento literario del diario El Litoral de la ciudad de Santa Fe. Está firmada por Enrique M. Butti, y tiene un subtítulo: “a propósito de La flor entre las ruinas de Babel, su libro nunca escrito”.

Tiene también un comienzo anticipatorio del periodista y escritor Butti:

-Todo escritor, en especial todo poeta, busca escribir un libro –tal vez sólo un poema- que siempre está lejos, que quizá sabe que nunca logrará escribir. La razón de esta entrevista es hablar de ese libro que querrías escribir y que, por más que te revuelques, endemoniada, nunca llegará a concretarse. Conociéndote, sospecho que ese libro podría llamarse Flores negras, aunque no sé si molesta la afinidad con el título de Baudelaire.

Morita Torres: -Claro, las flores negras son siempre flores del mal. Lo que vos ves de oscuro, de triste, de lóbrego en mis poemas, o en los poemas míos que te gustan, es producto siempre del Mal. Ayer hablábamos de Dante: también los tristes son condenados; el círculo de los melancólicos es tremendo. Yo creo, de todos modos, que no hay otra materia para el canto que la lepra…(ríe).

-Yo no estoy seguro. Está, por ejemplo, esa poesía que algunos llaman comprometida y que Borges llama poesía civil. Hay tanta poesía que se aleja conscientemente de lo subjetivo, de lo impresionista: están la poesía declamatoria, la poesía patriótica, la poesía filosófica. Están Whitman, Neruda, Pedroni, Dante mismo…

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Olga en el cielo

El 15 de agosto de 1999, murió Olga Orozco (Por nacer mujer), y yo me quedé más triste de lo que generalmente estoy (El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza). Empecé a ver en las sombras de las plantas del balcón que se reflejaban al atardecer en el living, la cara misteriosa de Olga, y ni siquiera transformada por el paso que había dado -la muerte (La Misión de Rafael). Sus ojos seguían siendo inmensas lámparas grises entre las plantas; mi imaginación le agregaba a su mirada ese poco de añil, ese poco de verde, ese poco de vetas amarillas que les faltaba en mi pared, pero los rasgos eran los mismos, ya que yo era la misma loca de siempre, la enamorada eterna de Olga Orozco (Los poemas de Eugenio Guacarán). Y Olga era la misma hechicera de siempre: transformaba mis escritos, corregía mis verbos, marcaba con fibra amarilla las cosas que yo escribía y que no le gustaban, desde el más allá, o el más acá al lado mío, o el más o menos acá entre sus visitas a amigos en el cielo y su magisterio en la tierra con Mora, su alumna (Bestiario).

Olga sabía que yo vivía enfrente del edificio de Obras Sanitarias, del famoso Palacio de las Aguas Corrientes, y alguna vez me había visitado, antes, cuando escribía poemas “materiales”. Ahora le era todavía más fácil ubicarme (Guardianes de la noche, la memoria). Yo habitaba un tercer piso por la calle Riobamba, y sólo separado por el balcón y unos cuantos metros cúbicos de aire libre tenía todo un panorama, como una pintura, como un friso, adonde estaban inscriptos dos palos borrachos -que después, en los días de marzo, se llenaban de flores- y una palmera erecta, alta y centenaria. A veces, con las tormentas, la palmera se movía peligrosamente, y a fines de la primavera del 2001 -precisamente cuando hacía tan poco, el 11 de septiembre, habían caído con tanto estrépito y tragedia las torres gemelas en Nueva York (El fin del mundo)-, yo sospechaba que en algún momento podría esa palmera caer rectamente justo sobre mi casa. Pero eran sólo momentos, sólo ráfagas de pensamientos autodestructivos, porque a todo eso estaba venciendo a depresión que me produjo la muerte de Olga y también mi fracaso como poeta. Me había inventado una cura en la que entremezclaba budismo zen y alimentación vegetariana, yoga y caminatas aeróbicas, pero cuyo principal componente medicinal consistía en un cómodo sillón dispuesto en el living y mirando hacia el palo borracho, la palmera y el césped.

Me entusiasmé tanto con esta última parte del tratamiento que, habiéndome sentado apenas me levantaba, casi al amanecer, en ese sitio, oscurecía, y me sentía convocada por la luna y la brillante estrella situada justo arriba de ella -que dicen que es el Diablo- y me quedaba algunas horas más. O corría mi asiento hacia el balcón y allí permanecía más próxima aún al cielo y al palacio.

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