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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 
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Una esperanza

Jamás hubiese pensado que él tenía un motivo para reunirse con alguien más que sus manoseados recuerdos (Recuerdos), pero el motivo estaba allí, en el diario (Los diarios frente al reto digital). El hombre leía con dificultad, un poco por vejez y otro por la falta de costumbre, pero era claro que estaba allí, en la página abierta, y que mañana era la reunión (La vejez es “curable”).

Comprendió que se había hecho tarde para pedirle a la dueña de la pensión que lo recordara a las ocho, y él solía quedarse dormido hasta las diez, así que pasó la noche en vela (Trastornos del sueño). Lo velaban cálidas imágenes de nuevas amistades, de personas de rostros desconocidos y alegres que se tornarían cercanos y conocidos (Niveles de la amistad). Sí, esta vez sí confiaría en ellos, ya que la desconfianza, como podía ver ahora, no lo había conducido a ningún lado, apenas a una pieza de pensión más húmeda y gris que sus propios, resentidos huesos.

A las siete ya estaba vestido para salir, buscando en el armario aquel certificado que probaba su condición de 0 positivo, un antiguo papel amarillo pero que serviría de todos modos. Creía saber que hay condiciones que no se borran en toda una vida, y que ésta era una de ellas. Guardó el certificado en el bolsillo derecho de su saco y salió.

Advirtió con sorpresa que la dirección que daba el diario correspondía a una clínica, pero tampoco le importó demasiado.

La señora -que dijo ser psicóloga coordinadora- lo miró con curiosidad y le hizo algunas preguntas. Casi todas le provocaron una sonrisa y otras no supo contestar. ¿Cuándo había enfermado? No, pero la pregunta no era exactamente esa, sino algo así como si ya había enfermado de esa enfermedad que se suponía que tenía: “Pero yo no sabía que era una enfermedad”, argumentó. “Bien -dijo la psicóloga- no lo es, es sólo una posibilidad de enfermar.” Pensó que en los 75 años que llevaba vividos, nunca había tenido molestias por el RH 0 o lo que fuera aquella cosa, pero sintió también que estaba arriesgando su incorporación al grupo si hacía ese comentario.

Trató de refrescar algún recuerdo de antiguas pestes, pero cuando dijo sarampión la psicóloga lo miró, le pareció a él, con piedad, y aceptó su inscripción definitivamente. “Venga a las siete de la tarde -dijjo ella-. Nos reunimos a esa hora.”

El hombre decidió no volver a la pensión, sino hacer tiempo recorriendo las calles céntricas y pensando.

Pensó en la desnudez de su madre, cuando se la entregaron hacía cincuenta años en el hospital: un cadáver de pechos exhaustos y azules por los tumores. ¿Habría tenido ella también el 0 positivo? Recordó a su propia mujer. Y era verdad… ellos no habían podido tener hijos por una cuestión del RH. ¿Sería esta una especie de herencia maldita, como la de la sangre de los reyes? La idea lo alegró, aun cuando le hubiera desquiciado la vida. Gracias a ello, ahora, a sus años, era dueño de una identidad particular que lo agrupaba entre algún tipo de gente que había sufrido por el mismo mal. Él había sufrido sin sospechar que ése era el mal; quizá le había envenenado la sangre.

La ansiedad lo invadía. El pasado, con sus fracasos y errores, estaba menos presente que ese futuro tan cercano y tan previsiblemente diferente. Y aunque a su edad ya le quedaran pocos años, los viviría bien, junto a una linda viuda a lo mejor; si no, con amigos comprensivos y estimulantes.

Se paraba ante las vidrieras sin mirar, simulando que le interesaba cada objeto exhibido, para repasar su felicidad actual, porque si bien la palabra felicidad es extremada y nunca había formado parte de su vocabulario práctico, en el día de hoy había salido a relucir con naturalidad entre las otras, como si siempre hubiera estado allí, acechando. Aunque parecería que la felicidad jamás acecha, su caso era distinto.

Empezaba a oscurecer y ni siquiera se dio cuenta de que no había comido en todo el día cuando se encaminó a la reunión. Había recorrido exactamente diez cuadras en ocho horas, y hasta se le había hecho un poco tarde. Pero lo esperarían, con seguridad.

Cuando preguntó le indicaron el camino hacia una sala grande, como de conferencias. La gente había hecho una ronda con sillas, y había una aguardándolo a él. Se sentó y empezó a escuchar al que estaba hablando para todos. Era un 0 positivo muy joven, bastante entristecido.

El pobre chico se acusaba a sí mismo, y la psicóloga intervenía para darle ánimo diciendo, entre otras cosas, que el desconocimiento no era una culpa. El hombre sintió el gusto de sus propias confesiones, las que en un momento iba a efectuar. Sintió el consuelo de la comprensión anticipadamente. Aún faltaban unas cinco personas para que le llegara el turno de comenzar con “Soy… vine aquí porque…”.

Mientras escuchaba, examinó la ronda. ¿Era conveniente que empezara con “Soy…”? Porque después del “Soy” iba una profesión, o un oficio, o alguna ex profesión o búsqueda de empleo. Estaba claro que él no era ninguna de esas cosas, que tampoco era “ex”; y nadie podría creer, viéndolo, que en él todo estaba en el futuro. No, lo mejor sería decir yo soy Mario, o Andrés -algún nombre ficticio por el momento- y continuar con el descubrimiento reciente de su enfermedad o mal adquirido o congénito o provocado por su propia historia irregular. Nadie decia que había matado a su madre de un disgusto, provocándole cáncer, o a su mujer, también por disgustos, y que esa había sido su profesión u oficio. Sin embargo, algunos de los presentes habían tenido hijos sin ningún problema, y tal vez era eso lo que los salvaría. Por ejemplo, la mujer de la boina de fieltro marrón, que ahora tomaba la palabra. La tomaba de una manera muy digna, y al empezar ya hablaba de sus hijos. Dos varones, 20 y 22 años. Ella tendría unos cincuenta y todavía era bonita; ojos azules, pelo con esos reflejos de peluquería, guantes finos; se había puesto perfume, casi seguramente, y su perfume era parte del que se respiraba allí, delicado, apenas perceptible, sólo un olor a cosas caras y limpias, a cuero nuevo de cartera y zapatos. Era delgada y conversaba con una voz de muchos cigarrillos diarios, quizá nocturnos. Esta mujer era la antítesis de la que había sido su mujer, y lo atraía más.

Ella estaba contando una historia mucho más rara de la que podría preverse por su aspecto, en la que intervenían uno de sus hijos y un amigo de éste, llamado Benito. Ella daba ese nombre nada común con naturalidad, pero jamás mencionaba el de su propio hijo. Parecía que habían vivido juntos los tres, que Benito había sido el amante de ambos, aunque sin que la madre y el hijo sospecharan de la infidelidad que a cada uno le correspondía. “Ahora estamos enfermos los dos -dijo la mujer-. Benito murió hace más de un año.”

El hombre creyó oportuno intervenir, porque la mujer le gustaba de verdad y había empezado a fantasear con tenerla, al menos como confidente. Quería explicarle que estaba convencido de que todos sus males se irían con cariño y cuidados, pero quizá fue demasiado rápido al hablar: “Yo tengo el positivo desde que nací, me parece. Y nunca me he enfermado de nada, de ninguna enfermedad que precise médico, quiero decir. Lo que a usted le hace falta es comprensión, y que la quieran, y así va a ver cómo se le va la fiebre y esos ataques de tos.”

Por un momento estuvo orgulloso de su discurso. Había podido hablar en público por primera vez en su vida. Pero también consideró que muchas cosas eran ahora por primera vez en su vida; quizá de haberlas tenido antes, muy otro hubiera sido su destino. Nunca había tenido la oportunidad de estar sentado en círculo con un grupo de gente tan culta y especial, como uno más de ellos.

Sin embargo, apenas terminó su intervención -y todavía no le correspondía presentarse- la psicóloga coordinadora, la amable mujer  que lo habia atendido a la mañana, se dirigió directamente adonde estaba sentado y le dijo en voz baja: “Señor, ¿puede mostrarme el resultado de su análisis?” El hombre revolvió en el bolsillo derecho y extrajo el papel arrugado.

Se había roto un poco, porque estaba amarillo de antiguo. “0 RH positivo”, murmuró la señora coordinadora, y todos la escucharon en el silencio que habían hecho. En voz más baja aún, le explicó que él no pertenecía a ese grupo de portadores del virus del HIV a quienes también se los llamaba “seropositivos” que ahora estaba reunido ni, en realidad, a ningún otro grupo en particular, sino que era el más común de los hombres.

Al menos eso fue lo que creyó entender mientras se levantaba de la silla, caminaba sin la nueva agilidad imaginada por la mañana y salía por la puerta de la clínica, deteniéndose un rato en la vereda para mirar hacia arriba la luna, que no estaba rodeada de nubes. La psicóloga le había preguntado además: “¿Cómo escribe usted 0, señor?”. Y era cierto, por muy ignorante que fuera él sabía desde primer grado que cero se escribía con C y no con S. Se había confundido por apurado, ayer.

Mora

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Comentarios

12 respuestas a “Una esperanza”
  1. eric polten dice:

    …Bueno,usted sabe bien, que yo como mi tia de La Rioja,no sabemos escribir bien y ademas con muchos HORRORES, pero bueno para mi lo importante es que usted reciba un saludo de un agrio,rupestre e incomodo enemigo, QUE TENGA UN FELIZ DIA DEL AMIGO.

  2. Federico Humberto Therán Silva dice:

    Una entrada muy amena y entretenida, que da gusto leer del principio al fin.

  3. Jose Itriago dice:

    Bien interesante. El cuento renació como el viejo.
    Estos tiempos de vacaciones se sienten hasta en tu blog. Todos andan como perdidos y tu, con tanta perseverancia como problemas, siempre inmutablemente creadora, atendiéndonos, dándonos en qué pensar.
    No vamos a hablar de ortografía, porque estos días estuve ayudando a diagramar un libro de mi hermano sobre las nuevas disposiciones de la RAE, lo cual me saturó de tildes y diptongos. Pero hace unos años, en una de esas prolongadas discusiones del grupo, nos referíamos a lo inútil y artificial que -a veces- resultaba aferrase a las normas del lenguaje, en especial cuando iba en detrimento de la posibilidad de expresión. Al menos mantuvimos una clara visión de lo que se avecinaba.
    Hablemos del viejo que quería que lo oyeran, sentirse parte de un grupo, dar una receta de amor a prueba de VIH y cualquier otra enfermedad.
    Y es que la soledad permanente, el aislamiento, puede ser hasta peor que el SIDA. No estamos hechos para ser ermitaños ni cartujos. Queremos decir algo -de vez en cuando- queremos oír a alguien. Pero la soledad campea ahora más que nunca. La TV aísla. Te embebes en los problemas inventados por otros casi como si fueran reales, como si fueran los tuyos. Aquí, en Caracas, una vez atacaron a una actriz que hacia la “mala” de una telenovela. Hay quienes han perdido la capacidad de intercambiar ideas, de decir algo elegante, ligeramente original.
    A la TV debes sumarle el Internet, que más que unir parece que separa, aun cuando algunos llegan a creer que realmente están en contacto con el mundo, que tienen miles de amigos en Facebook o similares, sin enterarse que no son ellos mismos cuando intercambian en estas redes sociales, sino una impostura de lo que suponen que deben ser y que los supuestos amigos que contabilizan están como ellos, simplemente reuniendo barajitas (cromos, dicen por allá) de aislación.
    “Lo que a usted le hace falta es comprensión, y que la quieran” le receta el viudo a la amable señora, ya pre-muerta. Y es verdad, eso es lo que hace falta dar y también recibir: amor y compresión. Dar es fácil, pero saber recibir es muy difícil. Requiere práctica de humanidad y humildad inteligente.
    Así que en esa historia donde el pobre viejo vive su día, nos reverdece a todos y nos recuerda que debemos tratar de dar y saber recibir. No importa lo poco o lo mucho que sea. Antes, cuando nadie pensaba en esos regalos estrafalarios de ahora, la gente se regalaba dulces caseros, matas de jardín, pañitos, cosas sencillas y económicas. Y valían mucho más aquellas (ahora sin acento) que eran de confección casera.

  4. mario pivaral dice:

    definitivamente es un exelente relato, de la peronas que se alejan de la realidad, un vivir por vivir

  5. José María Gil dice:

    Me encantó el relato, Mora.
    Me recordó sucesos parecidos, vividos a lo largo de mi vida profesional, algunos de ellos no tan inocentes como el que nos presentas en este formato de recreación literaria.
    Qisiera destacar la brillantez de tu prosa que nos “engancha” materialmente al papel (o a la pantalla, tanto da) cuando tú escribes
    Gracias por ello. Un abrazo.

  6. Jaime Enrique Mora Zapata dice:

    Mora: excelente relato, ameno, facil de digerir y con un final de ess inesperados que causan la sensación de un escito que ha sido pensado larga y auseramente. Felicidades.

  7. angeles diaz dice:

    Es muy interesante, te atrapa de inmediato y no me imaginaba el final.
    Mil gracias

  8. Ana Patricia AZAÑON bracamonte dice:

    QUE horror, nunca debio de escribirse, me parece una burla al grupo de personas seropositivas, es una burla,

  9. higinio benavides dice:

    Mora hermosa, maravillosa, preciosa y encantadora mujer es referente y recurrente el devenir de los tiempos, el resumir en pocas palabras los años y los tiempos las décadas y todos ellos en un
    Relato tan actual i al mismo tiempo de décadas pasadas con acentos para el corazón el alma ándale seguí haciendo tu oficio solo agradecerte por tu aporte a mi ignorancia, gracias muchas gracias

  10. Blanca Estela Saavedra Donoso dice:

    La tierra se despoja del hombre
    cuando muere
    El alba se entierra con ella
    En lecho solaz se entrelaza elevando u aposento
    Dado
    Entre sueños de muerte viva
    Hasta unirse al seno
    Que la cobijó
    Y amamantó en la espera.
    Y después
    La nada misma se estremece
    Al amanecer
    De otra luz.

    Un beso para todos.

  11. Joise Morillo dice:

    Querida,

    La ignorancia es atrevida, desafortunadamente, esta situación compete a muy elevada porción de la masa humana, por otro lado con más fortuna, quienes tienen en su haber: la prudencia, pertinencia y, más preclaras virtudes, rinden mejor efecto que la acción de los estigmatizados con el flagelo denominado aquí, como primer sustantivo.

    Se ha dicho, nadie es mas inteligente que otro, la misma es igual para todos, la diferencia estriba, en como la uséis, para bien o para mal, para producir o destruir, lo contrario es no usarla apropiadamente o medianamente, el conformismo, la apatía. ¿Que diría el Segismundo de Calderón de la Barca, si hubiese sabido la tramoya que le proporcionó su guardián en la torre del castillo donde su padre lo confinaba por fetichista y desnaturalizado? O, ¿cual seria la reacción del Romeo de Shakespeare, si, hubiese sabido la trampa del abate para satisfacer las concupiscencias –pasión- de sus protegidos, Capuleto y Montesco?

    ¡Se supone, la ignorancia no es punible, mas si la negligencia! Sin embargo, la ley no prescribe si el foráneo no acata y no cumple las leyes que las costumbres han generado en cada región determinada, si falta a ellas, se le castiga aun ignorando sus preceptos.

    No obstante nuestro amigo Cero positivo, siguió feliz con su ignorancia, los otros desdichados, con su desgracia “su miseria”.

    ¡No es escarnio, es la triste verdad!

    Os ama
    Joise

  12. Alicia Crivelli dice:

    Hace poquito te descubrí como escritora santafesina, y no he dejado de asombrarme en cada lectura tuya, realmente exquisitas !!! Lamento que no te encuentres en tu ciudad natal y como bien a hecho referencia (en uno de los enlaces que he subido a mi muro) un amigo cibernetico en común el Sr. Jose Luis Pages, ésta bendita ciudad no te reconozca. Saludos desde “la ciudad cordial”. Alicia



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