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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Nada de inspiración

Hoy iba a escribir sobre “la inspiración” (“Inspiración Ferreñafe”, Cuentos y Poemas). Me parece un tema nada menor entre la gente a la que le gusta escribir, y también entre aquella que ama la literatura sin necesidad de hacerle borrones -como a menudo hago (Literatura).

Pero un suceso que puede parecer mínimo -entre los sucesos que transcurren “máximos” en el planeta (Artistas: ¡Salven el Planeta!)- me deprimió, me borró, me puso pensativa para adentro (La Depresión):

Se llevaron mi computadora llena de cuentos, novelas y poemas -es decir, millones de borrones- para ver si pudieran salvar el disco rígido (Historia de la Computadora).

Por eso apelo a un retrato que hice hace mucho tiempo, que puede interesar (Retrato de Adán y Eva)-tal vez, no estoy segura (Los desajustes emocionales…)-, y que apareció con algunos papeles que se salvaron de la posible extinción por estar impresos.

Retrato de Elsa, con algo de mí

Es cierto que cuando los cuerpos se confunden -o confundían- en la cama, las almas se tropiezan y también se confunden dentro de la casa, por lo que es muy difícil hacer un retrato objetivo de alguien que, en gran parte, es uno mismo, y que, en otra parte, es el objeto que miramos como testigos durante todo el día.

El testigo no es muy de fiar cuando convive con el reo, y este caso no puede ser distinto. En la parte en que soy testigo de la vida de Elsa, que es mi propia vida, puedo ser increíblemente arbitraria. Pero a veces lo que relato coincide, aunque sea cruel, exactamente con el animal, o el dibujo del animal, que formamos las dos juntas.

Elsa siempre, para mí, está señalando con el dedo una pequeña fotografía en blanco y negro en la que aparece una niña que es ella, remarcando con énfasis el ademán de fuerza de la niñita y su risa y espontaneidad, y asombrándose por eso. No estoy bien segura de qué es lo que despierta su asombro: si la frescura, porque la considera ya muerta en ella misma y se pregunta cómo pudo alguna vez estar allí, o la misma frescura, el mismo gesto, le resultan curiosos porque cree que todavía perduran.

Creo, yo creo, tal vez ella no, que ambas cosas, aparentemente contradictorias, están presentes en su persona; una mujer que parece algo dura, algo compacta, pero que en realidad tiene el resplandor absoluto de una tarde de campo, que conserva en sus ojos las estrellas de las noches tan grandes que existen en el campo, aunque con gesto adusto repita casi todas las noche: “no me puedo dormir porque no sé cómo voy a pagar la factura del teléfono”, e inmediatamente se quede dormida casi sin darse cuenta.

Elsa tiene los ojos dorados; no grises, no verde pálido, no castaño claro sino dorado es ese color, y tan insólito que ya parece una cualidad moral. Si ella no tuviera los ojos que tiene sería imposible, le parece a uno, que viera las cosas de la manera que las ve. Quiero decir: hay un modo de mirar que los ojos condicionan por su simple materia y forma; ella no puede enfocar más  que lo que es de oro, se diría, pero también en todos los aspectos, también el oro del dinero, aunque esa es otra cuestión conflictiva que trataré en otro lugar.

Cuando la conocí ese color la bañaba entera, era delgada y rubia y ese verano había tomado tanto sol que el dorado se le había extendido a todo el cuerpo. Recuerdo que yo estaba viviendo en un departamento del séptimo piso de la calle Charcas y Ernesto, el amigo que me había hecho emigrar a Buenos Aires, me pasaba a buscar todas las tardes y me decía por el portero eléctrico: “Bajá ya”.

Pero una vez me dijo la misma frase, agregándole: “estoy con Elsa Sigrist”, apellido que por lo extraño no alcancé a escuchar, o lo escuché demasiado unido al nombre, que el aparato deformaba, y convertí todo el conjunto de su frase en algo así como : “estoy con… ” -y lo que seguía era una palabra que enmarcaba a un animal mitológico.

Bajé y lo vi a mi amigo junto a una mujer -voy a decirlo por última vez- dorada. Tenía puesta una falda larga y una blusa blanca como si fuera un pájaro, una paloma, la tela de la blusa, que volaba porque a pesar del calor de la calle un viento la envolvía. Entonces ella me saludo con voz de ¡hombre!, pero no de cualquier hombre, sino de aquellos privilegiados que parecen tener algo tan solemne y sagrado en medio del pecho que su resonancia se transforma en un instrumento musical de sonido gravísimo.

Esa voz, aunque era tan hermosa, no podía venir de esa mujer, aunque ésta también fuera hermosísima y vestida de blanco. Pensé que había una tercera persona, ya que pasaba tanta gente por la calle que era fácil confundirse, pero miré mejor y sólo estaban ella y Ernesto, de quien yo ya conocía la voz.

Entonces les contesté el saludo.

Ernesto me preguntó adónde quería ir a comer, y me dijo que Elsa nos acompañaría. Era la asistente de dirección de una obra de teatro que se estaba por estrenar, Ernesto era uno de los actores, y acababan de terminar el ensayo.

Yo dije, con mi particular “simpatía”: “No quiero cenar hoy. Hoy quiero comer helado de limón”. Y creo que esto fue lo primero que nos separó y nos unió a mí y a Elsa: ella quería, quería desesperadamente, comer pizza. Y sigue siendo así; con las analogías correspondientes, ella siempre está comiendo pizza y yo helado de limón, pero ahora somos más tolerantes con las preferencias de una y de la otra, lo hemos aprendido; ella es sólida, cálida -y ronca cuando duerme y come pizza cuando está despierta, o guiso, o carne asada- y yo soy inconcreta, despistada, y siempre tengo insomnio y tomo helado de limón o café con masitas.

Pero el principio de este relato no encierra ninguna metáfora, es verdad que Elsa a veces se sienta en el gran sillón negro de la sala con la caja de fotografías familiares y saca primero ese retrato que mencioné y se queda mirándolo. Algo quiere desentrañar; algo quiere, seguramente, recuperar en esos instantes en que tal vez se pregunta cómo todo puede ser tan rápido, vertiginoso. Porque ahora tiene 68 años, no 5 como en la fotografía, pero además eso que relaté, el encuentro con ella, el del día que nos vimos por primera vez, paso hace veintiséis, y yo todavía estoy acá, a su lado, y tal vez ella también se pregunte por eso, se sorprenda porque quien está mirando otra vez su fotografía y escuchando sus reflexiones es la misma que las escuchó cuando ella acababa de cumplir cuarenta y dos años y era -como ahora- una mujer llena de luz.

Envío

Creo que recuperaré la inspiración para escribir sobre la inspiración en la próxima entrega, pero nada prometo…

Mora

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Comentarios

7 respuestas a “Nada de inspiración”
  1. Lisandro Bagnato dice:

    Que lindo relato Mora! Entrañable e inspirador!
    Un gran abrazo!

  2. Jose Itriago dice:

    Conservo muchas fotos de la infancia. A mi padre le gustaba el arte de kla fotografía. Antes así lo era: un arte. Retrataba con una Leica M3, revelaba y ampliaba sus fotos. Por eso tenemos
    muchas.

    Pero en mi estudio tengo un instantánea de niño, donde estoy sin camisa, poniéndome las medias. Recién nos habíamos bañado en el mar de Turiamo y nos vestíamos encerrados en la camioneta familiar. En ese balneario (ahora base militar) no había ningún tipo de servicio. Quedaba uno con el cuerpo lleno de sal (lo cual me parecía agradable, nunca lo consideré una deficiencia) y medio mojado.
    Es una foto que la veo con frecuencia y dado el tema de Elsa y su fotografía, trataré de entender por qué me gusta contemplarla, por qué está en mi escritorio, del lado donde tengo los cd y los equipos de música.

    Hay un hilo tendido entre la felicidad de aquel entonces y ahora. Parte de mi alegría nació en el conjunto de momentos como ese. Cuando me veo en la foto (donde, además, estoy sonriendo) sé que estoy vivo y tratando de ser feliz, a mi manera, lo cual olvido con frecuencia. Ese primer hilo es fundamental. Diría que es de platino, porque me recuerda la felicidad y me alegra esa constancia que deja no solo para mi, sino para todos quienes vean la foto, para que vean mi cara feliz, por más golpes que haya llevado a través de tantos años. Y es que realmente al verla estoy seguro que me transformo un poco, me distiendo y por eso demoro en soltarla. Y mientras más demoro, más momentos le sumo al captado por la máquina. La memoria se abre para dejar paso libre a los gritos, las bromas, la arena entre los dedos de los pies; la vista de la piel blanquísima de niño con mi inocencia tan hermosa. Son como otros hilos de supervivencia que se van creando. Quiero aferrar esos hilos, entretejerlos, hacer un nuevo empaque de brillos insospechados salidos de mí y, quizás, cobijarme en ese recuerdo. Ya con eso tengo sobradas razones para ver la fotografía.

    Las asociaciones son otros hilos de oro. La foto la tomó mi hermano Pedro, ya fallecido. Su memoria pesa un quintal. Pero allí estábamos todos (o casi todos, porque faltaban por nacer los dos últimos de los ocho hermanos que fuimos). Y estaba mi padre y mi madre. Y estaban igualmente felices. No tenían por qué pensar en cómo pagar tantas y tantas deudas como debíamos obligar ya los primeros seis hijos. Estaban preocupados por lo que íbamos a comer. Un buen Carite o un hervido en Ocumare de la Costa. Esa también era su fiesta. Salíamos cantando y los recuerdo a ellos felices, mientras nosotros más bien gritábamos, hasta que llegábamos no a un restaurante (en Ocumare no los había) sino a la casa de una negra queridísima (y también la recuerdo con la fotografía) que nos consentía con sus arepas de oro, la pesca del día, el sancocho. También esa foto forma un enjambre de hilos que me cobijaron y le dieron a mi niñez grandes alegrías. Ojalá pudiera hacer otro empaque especial, esta vez de oro, para atacar los fríos de las ausencias que me van calando los huesos.

    Y también de plata. Había una música constante entre nuestros instantes que tratamos de extender a nuestros presentes y las claves la tiene el niño que está en la foto, porque el viejo ya no las puede descifrar. Oigo algunos trozos y los reconozco, pero otras melodías se le interponen y desafino, me pierdo. Eran melodías tan sencillas que son casi imposible de recordar. Quizás la hacían los árboles cuando íbamos por la estrecha carretera y el propio viento de nuestro vehículo movía los árboles cuyas ramas nos rozaban; quizás los gallos que a veces se oían; o el breve silencio de la selva que a veces se hacía o el olor al budare que se convertía en música. ¡Qué se yo!. Es posible que vea esa foto buscando una partitura que no podré armar más, una partitura que está en la sonrisa del niño que está allí.

  3. Max Zorich dice:

    Mora, muy bueno. Escribe sobre la desilución, a mi me han pasado cosas no muy buenas y no sería malo leer algo sobre eso. Saludos,Meczor.
    http://www.puntotrip.cl

  4. Joise Morillo dice:

    Para Mora y Elsa con amor

    Polvo de oro, mirada de sol

    Abraza mi alma como a mi cuerpo
    bendita de luz, y no solo cama
    llenadme de besos y abrazo tierno
    complaced mi vida que os ama.

    Añorad lo que queráis, la foto la falda,
    dejad tentar lo que ensueña
    Y no la bilis que amarga
    sabéis, de vuestro amor y, del mío, sois dueña.

    Mirada dorada, como sol, savia de encina,
    portento de azares de aroma
    me hiciste vuestra amante, vecina
    por ello mi ser, en vuestros ojos se asoma.

    No sois dorada de color solamente
    lo sois de valor, de alma
    mis labios besaran vuestro polvo pendiente
    os adoro, como la paz a la calma.

    Polvo que seréis después de viva
    como polvo sois en mi cuerpo
    aunque mi cuerpo de ánimo este muerto
    por vos en la eternidad tendrá vida.

    Os ama
    Joise

  5. Clara Eunice Moya dice:

    Mora, me parece que estamos en el mismo tren, buscando la inspiración, pues yo deseo escribir mis memorias (soy maestra desde 1960) con la diferencia de que tu lo lograste, pues tu articulo me prendo y hasta el final no me detuve. Señora eso es para mi también lograr la inspiración: cuando quien lee algo escrito por ti, se ve reflejada(o) de una u otra forma en esa mirada de amiga - escritora que va mostrándote los recónditos caminos del sentimiento compartido con alguien o algo, como una vieja foto. Yo tuve una colega hace aproximadamente el tiempo que tu refieres. Ella me mostraba fotos muy bonitas de su juventud y decía retrátate mucho porque luego no van a creer que eras así. En aquel tiempo mi amiga tenía 68 o 69 años y yo 33. Hoy Florinda no esta, solamente su recuerdo y las fotos que me tome en aquel tiempo. Hoy yo tengo 69 y me busco en esas imágenes y otras de diferentes épocas y cada una de ellas reviven historias y momentos que sin estas memorias fotográficas, tal vez les hubiese olvidado. Gracias porque me das pistas para organizarme y emprender la obra pospuesta hace aproximadamente 40 años.

  6. Cecilio Aguilar Polanco dice:

    Condenados discos duros, rígidos, o como se llamen, nos acaparan, nos alegran, nos sorprenden, nos frustran, luego accionamos-reaccionamos movemos fibras fosilisadas de la emocion que habian estado dormidas, exclamamos, bendecimos y maldecimos depende de las circunstancias en que se encuentre la bendita herramienta, por no ser informaticos olvidamos mantenerlos, limpiarlos, des-vir-usarlos, ya llevo tres de esos disquitos en las que no puedo recuperar informacion, y lo que hago es almacenarlos en una gaveta para sentir que tengo viva esa informacion, y despues de drenar mi colera-ira-frustracion sin mas remedio me apaciguo y me digo: “discos duros tambien tienen derecho a morir”

  7. silvana garcia dice:

    Mora querida increible este escrito como todos los demás, inspiracion, mágica palabra si la tomamos como camino para crearnos un sendero de luz,sensibilidad,apertura mental ,creatividad para nuestras vidas. Nada fácil por cierto, pero el intentar caminar de la mano con la inspiración ya es un paso gigante, así no nos adormecemos. Mil besos Mora y gracias por otro regalo para mis momentos de relax.



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