El jardín de las viejas señoras
Estamos encerradas sin esquelas que llegan desde lejos (Las cartas estaban echadas), sin ninguna esperanza de trajes blancos ni de retoques de litografías, ni invitadas por nadie a bajar o subir las escaleras (Árbol de la esperanza).
Bajar o subir las escaleras
las señoras que amaban a señoras con simetría, como espejos (Mis sentimientos al espejos), son poetisas de tiempo y de aire (Acercamiento a la obra literaria de Sor Juana Inés de la Cruz), de salud casi neutra por lo extensa y elásticas en sí como panteras que llevan en el alma,
tienen menta en la boca, o bien tabaco, y mastican el viento como una palabra y hablan sin oídos, con música que traen (Música)
aunque traen además una carga de fábula de espanto (Fábulas, mitos y demás expresiones contemporáneas), y a veces fueron tristes, o mancas, o leprosas, pero siempre se vistieron de fiesta con trajes de señora o con su condición de madres o de niñas
ahora que las aguas oxidaron sus ropas ellas queman los bordes del vestido con cigarrillos, mariposas ciegas
Con cigarrillos, mariposas ciegas
bajan alguna vez a un río de silencio donde pausadamente las olas escriben el nombre de todas con cenizas, con agua o con los fuegos de alguna brasa intempestiva
-esto es cuando mueran, pero se apresuran a soltar las palabras, esos pájaros que alguien pone en libertad
Pájaros que alguien pone en libertad
se desvistieron del amor no mirándolo y tuvieron su copia deslumbrante en un cuerpo no amado, sí entregado como una tela frágil
entonces se reunieron para partir, de vez en vez, contando las baldosas, las blancas y las negras, jugando al ajedrez, y la poesía les sangraba,
las enmarca el rumor de algo que cae y de las blusas y las faldas que chocan cuando llevan las sillas al jardín.
Cuando llevan las sillas al jardín
llegan con pasos de zorros, con el perfil alado de los zorros, las señoras; el día no las perdona tanto como el atardecer, y a la primera brizna de penumbra se despliegan,
han cruzado las anchas avenidas con ojos casi ciegos para llegar aquí, casi veleros que cruzaran el mar,
les agrava la voz la campana tan fúnebre de hechos acumulados, las hace delicadas una suave debilidad de la memoria y, entre sus pasos, el atravesamiento de los pasos de una mujer que engendra algo nocturno.
Una mujer que engendra algo nocturno
una mujer que engendra algo nocturno va por el día sobre un jazmín oscuro,
camina bajo el sol con más frecuencia de sombra bajo los pies
y arrastra con ellos a Buda o a los ángeles, y sabe de la noche tanto que el día se hace sabio
-las horas nocturnas son para las hadas y dentro de los meses el verano es para las hadas
una mujer que ovilla largamente su vida va a una noche en la que le es revelado lo escondido para llevarlo por la mañana y por la noche, una mujer que vivió mucho llega a ver amanecer el sol en su regazo.
El sol en su regazo
cuando encienden sahumerios entre las hierbas y los árboles intoxican su propia levedad, aparecen dormidas en el césped con las manos unidas en un círculo de estrellas que cayeron sobre la vía láctea de sus tetas en caprichoso descanso de nodrizas.
Descanso de nodrizas
en loza azul resalta la mano blanca, lisa, que las cuidadoras de manos retocan cada tanto; inclina la cafetera de loza azul para servir su desayuno, el de los niños. No hay sombras en el cuarto, sus manos y su alma las espantan, su alma que las cuidadoras maquillan con dulzura.
Las cuidadoras maquillan con dulzura
los muertos mandan desde su pasado fotografías a los vivos que las coleccionan, compran marcos, vuelven a retratarlos para a su vez enviarlas a otros deudos
los muertos con incandescente soplo transfiguran los lugares y la hora, y las señoras, vivas, mirando sus fotografías, se someten con solicitud al misterio, leen en las estrellas o en la luna cuanto puede leerse en una vieja sonrisa.
Una vieja sonrisa
Al nacer me esperaba la luna -explicó una señora-, había rosas grises, como en las fotos; abrió la puerta y me mostró el silencio y lo rompió para ponerme nombre, la luna
pero el hablar de la luna eran estalactitas del silencio, nieve que cae sin decir, o apenas si decir a las ventanas un rasguido de tela que las toca
y ese rasguido se rasgó, y aparecí en una posada de marineros, brujas, prostitutas, tahúres, hombres altos y fuertes, viento, pompas y bailes, heridas y cuchillos: era yo entrando en la posada con intenciones de calmar,
había rosas rojas como en las muertes, el amor, las pesadillas, los jardines cargados, los camarines de los actores y vedettes, y ya la luna se había puesto, y el sol -al principio niño inocente- me buscaba con cantos, con rondas de los vasos que chocan en posadas, y en medio de la sombra que hacía el sol ya muy vivo
caí derramada, loca, mirando por el ojo de la aguja.
El ojo de la aguja
si alguna señora se va, ya no la nombran; en silencio trasplantan una rama, ponen en el silencio un agujero al que visten de gris, y todas toman un astral té de humo sin recuerdos.
Cuando empieza a formarse la ausente en la pared, en una mancha de humedad, en el respaldo de una silla, alguien ensaya una inflexión o un gesto que tenía, se violenta la soberbia de la muerte no llamándola, y se juntan terrón a terrón sus fúnebres fragmentos.
Igual que los sobrevivientes del avión que cayó sobre la selva, ellas unen las provisiones y los restos de jabón y dentífrico y las frazadas y los mapas;
lo que ocurre es apenas un poco de fuego que se apaga en la llama que se apaga, que se escribe de golpe con cruz, y que en el eco se repite aunque nada se diga.
Aunque nada se diga
Perturbadoras damas, como las escrituras de los locos, fueron piedras preciosas donde otra se miró, en el ojal de su chaleco de mujeres-hombres, cuando se amaron tanto y entre sí; fueron ojos brillantes donde se podían ver otros ojos iguales,
dulces señoras cuyas espaldas se encorvan en forma de capullo, llegadas a la punta de la torre, a punto de incendiarla, y ellas a punto de caer en astillas, hechas astillas y otras veces hechas hiel o veneno.
Siguen bebiendo el vino, la cerveza, fumando cigarrillos de película muda de viejísima espía, aunque las señoras, llegado el tramo de las confidencias, se inclinan sobre el hombro de la otra más cercana y la acarician soñando con la sed, con la seda robada y con soñar con los sueños que pasaron, o dejan pasar la muerte como un gracioso vuelo.
Envío
Dedicado a todas, una por una, de las viejas señoras actuales o futuras.
Con los besos de siempre, éstos sí, para todos…
Mora
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Comentarios
8 respuestas a “El jardín de las viejas señoras”Deje su comentario
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12 de Junio de 2012 a las 9:16 pm
…
Bajar o subir escaleras. Da lo mismo. Arriba, después de lamentar haber abandonado el plano inferior, ocurre que no hay nada tan diferente. Para unos ojos inexpertos será casi lo mismo. Y no lo digo por el contenido, que obviamente debe serlo, sino por el uso. Y las palabras no cambian. Los cambios de significados que las marcan solo valen para quien las vive o quizás sean demasiado sutiles para la velocidad impuesta para vivir. Porque te la imponen otros. Uno quisiera redondear algún aroma, para ubicarlo en el tiempo, para que cobre el significado que tiene que tener, pero te hablan, te preguntan cómo te sientes y hasta te consienten tratando de adivinar en qué piensas. Un centavo por tu pensamiento. Dime, te dicen, comparte. ¿Y cómo explico que ese aroma me llama desde alguna parte o es el la voz de alguien, que quizás eres tú o quizás es de una soledad hermosa, dorada, luminosa?
Así que no me queda sino bajar y abajo todo vuelve a repetirse. Ya ni me acuerdo por qué me había dado por subir. Abajo puedo moverme más, hay más espacio humano. Las preguntas no son tan inquisitivas. Quizás abajo están las añoranzas y arriba los propósitos, no sé. Pero es mucho más fácil añorar que corregir y arriba hay mucho que corregir para justificar estar allí, para justificarse uno mismo. Creo que nadie te pide cuentas. O sí : con silencios peores que las palabras. Hay silencios que pueden ser terribles y lo peor es que nos vamos llenando de ellos, que se infiltran, que aprovechan cualquier rendija y por allí se expanden y se reproducen como conejos. Una hora de silencios acarrea dos horas más, como castigo, como penitencia. Entonces tienes que hablar, que decir y no sabes qué decir, porque ya toda palabra tiene dos sentidos o tres o más. Infinitos.
Me hundo en un río cristalino y vos caminando contra la corriente. Hace frío y estoy desnudo. El agua es una especie de caricia que anuncia con rumores imperceptibles, rumores de las arenas que la corriente remueve en el fondo del cauce, que tendremos que entendernos arena y más pronto que lo deseado. Pero aun así se crece en el momento hecho puro sentido. Algo del vigor del transcurrir del agua se transmite y uno quisiera que irse fuera, simplemente, licuarse en un torrente. Una voz nueva que no cansa jamás. ¿Quién se cansa del fragor del mar a pesar de que siempre es igual? Menos aun si es el torrente de este, mi río, que poco a poco me transporta en mi desnudez de piedra de fondo.
12 de Junio de 2012 a las 9:24 pm
El Coronel No Tiene Quien le Escriba…es una espera infeliz la de ver pasar el mundo y su realidad en dias grises, monótonos, iguales, planos y tediosos…¿La vida debe ser así?. Es mejor lanzarse a la aventura, correr tras un ideal, enamorarse de algo y dar la vida por conseguirlo: el sabor de la vida es arriesgarse a perder lo ganado por la realización de un sueño…Se sufre?, por montón, pero vale la pena.
14 de Junio de 2012 a las 1:28 pm
Mora, te sigo siempre amiga, pero ahora por fin di en la tecla, acerté con la clave y puedo visitar tu casa virtual. Mi torpeza no me permitía ver más allá de las señales engañosas que invariablemente terminan ante puertas cerradas con rejas y candados. Me sentía _te dije por otro medio_ tan desgraciado como José K en la antesala del Palacio de Justicia. En fin, superé al troglodita que habita en mi desde mediados del siglo pasado e ingresé al ciberespacio decidido a saludarte.Todo en “El jardín de las viejas señoras” tiene ese aire tan especial que impregna tu obra, pero desde “Las cuidadoras maquillan con dulzura”, los versos que siguen son inquietantes como pocos, deslumbrantes, según la lectura que hace este cuentista, admirador de los poetas.
15 de Junio de 2012 a las 3:53 pm
excelente, me acuerda de una historia de Gérard de nerval. Me gusta mucho leer lo que escribes, gracias.
15 de Junio de 2012 a las 5:49 pm
Querida, poeta y abstracta Mora. de vuestra obra narrativa, pragmatica y reveladora, hago para vos una analogía que se sintetiza en la obra de J.L.B. A continuación.
Como reconociendo y describiendo lo que crea de maldad, el hombre, y no Dios, nuestro autor, Platónico, y mucho de D`Spinosa y Schopenahuer y, mas aun, propio de el mismo con su ultraismo, nos envelesa con:
Los espejos
Yo que sentí el horror de los espejos
no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos
sino ante el agua especular que imita
el otro azul en su profundo cielo
que a veces raya el ilusorio vuelo
del ave inversa o que un temblor agita
Y ante la superficie silenciosa
del ébano sutil cuya tersura
repite como un sueño la blancura
de un vago mármol o una vaga rosa,
Hoy, al cabo de tantos y perplejos
años de errar bajo la varia luna,
me pregunto qué azar de la fortuna
hizo que yo temiera los espejos.
Espejos de metal, enmascarado
espejo de caoba que en la bruma
de su rojo crepúsculo disfuma
ese rostro que mira y es mirado,
Infinitos los veo, elementales
ejecutores de un antiguo pacto,
multiplicar el mundo como el acto
generativo, insomnes y fatales.
Prolonga este vano mundo incierto
en su vertiginosa telaraña;
a veces en la tarde los empaña
el Hálito de un hombre que no ha muerto.
Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
paredes de la alcoba hay un espejo,
ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
que arma en el alba un sigiloso teatro.
Todo acontece y nada se recuerda
en esos gabinetes cristalinos
donde, como fantásticos rabinos,
leemos los libros de derecha a izquierda.
Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
no sintió que era un sueño hasta aquel día
en que un actor mimó su felonía
con arte silencioso, en un tablado.
Que haya sueños es raro, que haya espejos,
que el usual y gastado repertorio
de cada día incluya el ilusorio
orbe profundo que urden los reflejos.
Dios (he dado en pensar) pone un empeño
en toda esa inasible arquitectura
que edifica la luz con la tersura
del cristal y la sombra con el sueño.
Dios ha creado las noches que se arman
de sueños y las formas del espejo
para que el hombre sienta que es reflejo
y vanidad. Por eso no alarman.
Jorge Luis Borges
Os ama
Joise
15 de Junio de 2012 a las 5:59 pm
fe de errata, embeleso por enveleso
1 de Agosto de 2012 a las 9:45 am
Gracias por toda la información que comparta con nosotros propuso un largo tiempo y felicitaciones por la calidad de su trabajo …
¡Larga vida a este sitio.
Voyance serieuse
4 de Octubre de 2012 a las 11:33 pm
“Estamos encerradas sin esquelas que llegan desde lejos”…Estimada señora,es la frase que màs me llega,porque soy del tiempo de la carta manuscrita! Pero usted le da un contenido màs
profundo.Nos hace ver que a pesar de las facilidades de comunicaciòn,cada dìa que pasa parecemos
màs aislados.Un gusto leer sus editoriales.Saludos desde Montevideo.Tilio Coronel.