Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El amor y la muerte en el jardín de los más jóvenes

Con mis amigos, en mi juventud (La Amistad: Esas Amistades Peligrosas), hablábamos del amor (Del Amor y Otras Yerbas) y de la muerte (La muerte en la historia).

Del amor convertido en materia de poesía (Historia de la Poesía), nos preguntábamos si entre sus escombros quedaba algún sentir,  o si de tal manera había sido transformado que no era ya más que palabras sin carne, sin espíritu, repitiendo por ejemplo “Noviembre sepulta el paisaje, y mi vida. Nada sé y nada quiero saber de tu pasado”.

Conversar era entonces un pensamiento que se expandía y trepaba los muros de la casa (El arte de conversar: Hablamos mucho, pero decimos poco, muy poco), y mis amigos discurrían sin que yo comprendiera -enamorada y “dejada”- una sola razón más que la del amor, más que la del asilo en un alma como un nido sin fondo.

Y mis amigos querían consolarme (Mis sentimientos al espejo) y hablaban y entonces los bordes de los objetos se quebraban, y mi voz aparecía de pronto para decir que no había quedado nada, ni un signo, ni una rosa, y que los días estaban agujereados, que no atrapaban, que soltaban su presa. Que las siestas y las noches ya no tenían magia, que su perfume era sin jardín.

Les decía a mis amigos que yo ya no existía, porque había nacido de hábitos del amor, como que en la caricia nacen las manos, que se mecen al cantar de los incendios, que uno sobrevive como sombra del fuego que sintió, que un día de tempestad uno se apaga en agua pura.

Les decía que en el caso de volver a construir un poema, lo construiría como una caja, como una caja que encerrara a mi amor, que ese poema-caja sería el lugar secreto de los sucesos en llamas, en especial de los recuerdos en llamas.

Pero nunca construí esa cajita.

Mis amigos aseguraban que cualquier amor o el amor mismo eran una droga, la droga de la noche, el vino en la copa de largo tallo, el pétalo en la lengua, la oscuridad en la sonrisa, muecas de fósiles extraños a todo hervor. Yo les decía que quería devorar todo eso que ellos decían era el amor, y más, y que había un lugar vacío en mí para siempre, aunque la droga, el vino, cada estrella, cantara nocturnos, hiciera hoyos de luz, estallara dentro de mí, y una de mis amigas más amigas decía:

Es tan frío el amor, que es espejo, y queda en la casa de invierno el amor, en el dolor de estar mirando cómo se llevan los días en el pico los pájaros.

Alguien decía entonces: pasemos a otro tema, por ejemplo la muerte.

Yo estaba sentada en una sillita baja, y:

“Morir”, pensaba, en blancura de infancia, morir para vengarme. Pondrían lágrimas sobre mí que rota avanzaría triunfante hacia la nada -pero yo ya sabía que iba a detenerme la nada, la nada que pensaba podría detener la caída de una niña tan frágil.

Otro decía: morir de niñez mirando al gato negro.

Otro amigo agregaba: al gato negro que trae la suerte de los tréboles de cuatro hojas.

Y decían que morir era el dolor, pero que podía pasar, que era solo un poco más de miedo y otra copa de vino para el dolor, y que al menos éste era una compañía que no aburre como la copia de la sombra propia.

Ahora

Ahora ya la blancura de los días se confunde con lo blanco pues hiela que no mire ya nadie mi corazón, y tiembla la penumbra como un árbol que diera frutas grises.

Si pudiera acordar conmigo misma en un susurro -en el distante jardín de mi soñar- que el sueño del amor es una estela que alguien deja en la cueva del vivir.

Si un día no discutiéramos mi sombra y yo -y yo siempre dispuesta a los dorados besos, al inmenso esperar, me pusiera a escucharla

oh sombra que dice su verdad de monja, de mariposa y de cadáver. Y pudiera escuchar que esa verdad es verdad.

Envío

Para Joise, Héctor, Gaby y José -todos mis agradecimientos. (Para María José también, que se adelantó en el primer pedido a enviar una producción de juventud.)

Para todos: hoy me dediqué al amor, que es tan universal en los poemas y en los cuentos, para ver si se atreven a “Pasar en limpio” algunos amores, algunos pecados de juventud, o lo que fuere.

Grandes besos y abrazos

Mora

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Comentarios

10 respuestas a “El amor y la muerte en el jardín de los más jóvenes”
  1. Erick Augusto Geronimo Mateo dice:

    Interesantisimo articulo ( me identifico con el parrafo donde lea hablas a tus amigos )

  2. Erick Augusto Geronimo Mateo dice:

    Querida Mora,

    Despliego esta para decirle que desde hace varios meses eh seguido su trayectoria como escritora, a decir de que tambien me gusta exparcir mis letras sobre los papeles y mi table de mano.

    Me dirijo a usted solo para hacerle saber de que la admiro mucho ( y eso es sin tener el placer de conocerla ), ya que es una mujer muy muy muy muy allentrada, letrada y fe un vasto conocimiento empirico e inato, muy metecedota de estos.

    Las gracias por compatir sus escritos con la posteridad y conmigo, que en sus años relucientes haya razones buenas para que sigan inspirando los mismo.

    Gracias!!!!

  3. MAXDIEL MARQUEZ dice:

    genial, pero me hace rocordar los mejores momentos y mas felices de mi vida y uno trágico, pero wooww¡¡ sorprendente gracias por hacerme leer.

  4. Víctor Hugo Arias Estrella dice:

    exelente, acabo de recordar las reuniones que tenía con mis amigos en la esquina cuando no reuniamos y hablamos mde el amor , de las chicas de ese entonces, gracias por refrescar mi memoria

  5. Cesar Vargas dice:

    Muy interesante y valioso el articulo..,hacer saber que no todo en la vida puede ser felicidad hay que sobreponerse sobre todos los obstaculos y salir adelante…

  6. veronica fuertes dice:

    En lo profuendo de estos pensamientos plasmados en letras que forman palabras que nos recuerdan aquellos amores que dejamos y nos dejaron. Sabes recorde lo que vivi en años pasados gracias por compartir este pequeño viaje al pasado

  7. Joise Morillo dice:

    El peso del alma

    Tengo almas que pesan, más que mil toneladas
    derivando en materia me agobiarían
    más, mi compendio de ánimas;
    no vacilan en ponderarse con sus presencias
    sus actividades y sin fin de cosas
    ellas, vacías de odio, hipocresía,
    rencor y poseedora de ninguna perversa impronta
    me asume, diáfano, impoluto
    tenaz.

    Son mis terrestres y celestes entes
    amados por mí, hasta la víspera y después,
    que el dueño de la guadaña que poda la tierra en el campo santo
    la utilice para: piadosamente hurgarle,
    presto y volitivo mi último aposento.

    Tales, queridos y de mucho peso
    Serán quienes sus lágrimas, con las de mis adeptos
    Costearan, mi futura y breve partida.

    Ellos, mis fieles ¿vacilaran elogios quizá, ficticios?
    ¡No, son mis vecinos parientes y amigos,
    Mis hermanos!

    Esas almas pesan, no en materia,
    Empero, por cuanto, harto amor prodigan.

    Os ama
    Joise

  8. MIRYAM ALVAREZ dice:

    MUY BUENA DICHA EDICION..

  9. Jose Itriago dice:

    ¿Cómo podré diferenciar lo que es real y lo que es recuerdo? ¿Será posible que todo lo bello sea simplemente un recuerdo y otro y otro que se juntaron para hacer uno solo, cuidando de solaparse adecuadamente para mitigar los defectos mutuos?

    Y así ¿cómo hablar de la adolescencia, ubicándola en el punto de la perspectiva que le corresponde? No se puede hablar de esa edad con las palabras de hoy y mucho menos con la ponderación que tiene cada evento, cada palabra, en la vida actual. Uno podría empezar por la vía fácil, enumerando ilusiones, asombros, esperanzas. Cada situación se presentaba y se resolvía en un plazo breve. Quizás el acercamiento azorado hacia una muchacha tenía como ´primer desenlace (y a veces único) un intercambio de palabras. Con suerte, también de teléfonos y como máximo, tomar su mano, fundir sudores. Nada más. Así eran los años cincuenta, al menos por estos sitios.

    Si hoy hablo de la enorme emoción que me podía producir agarrar una mano de una mujer deseada, bailar con ella o un simple roce que quería interpretar como intencionado, parece algo insulso, hasta tonto. Sin una regla apropiada de la perspectiva, de su ubicación correcta en la vida de uno, se vería ínfima, una miniatura. Pero el hecho es que ese cúmulo de hechos irrepetibles en apariencia, aislados, conformaron el continuum de la vida, de mi vida actual.

    Eran como luciérnagas (por aquí los llamamos cocuyos, nombre indio lleno de belleza y magia) que marcaban trayectorias con trazos breves, los machos buscando las hembras que los esperaban con códigos secretos de aceptación. Silva, el gran poeta colombiano, en su “Nocturno” les da a las luciérnagas un poder premonitorio:

    “…
    en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
    …”

    Esa capacidad de arder en la sombra nupcial es ciertamente fantástica. Irse encontrando siguiendo las pausas que las parejas de cocuyos van estableciendo entre ellas.

    Fue casi al finalizar esa década cuando todo empezó a cambiar. Y fue para bien. Creo que todos preferimos mil veces las aventuras de hoy, llenas de color e incluso ciertos riesgos, que aquellas casi contemplativas de los primeros años de los cincuenta. Quizás podría resumir diciendo que nosotros tuvimos una adolescencia que maduró un tanto tardía en relación a los parámetros actuales y que por eso, contarla sin poder enfatizar cada instante con el enorme peso que tuvo para el siguiente paso, pudiera parecer pueril.

  10. Joise Morillo dice:

    Querida Mora, saludos cordiales como siempre, también; quiero, profundamente, manifestar mi emoción respecto a lo que habéis escrito, e igualmente, concordar con nuestro José, quizá mis abstracciones de su objeto derivadas, no sean de mucho peso, pero tampoco tengo prohibido opinar, pese a que su importancia sea ínfima, sin embargo feliz me hace. De facto, lo que escribo a continuación.

    Si, es verdad, extrapolar las actitudes y proceder es de otrora, mediante una reflexión contemporánea, aun, con la más solida madures, bien por las cenizas del tiempo, o por lo empírico de las oportunidades y la obtención de sabiduría, es muy tortuoso. El no haber nacido, Don Juan, y tan agresivo en la conquista de la hembra, hace muy común a un número considerable de jóvenes, pues su inteligencia lo más seguro, está pendiente en otras cosas, sin embargo, no equivale que aquellos primeros, sean de lo neto, concupiscentes y los últimos arraigados nerds.

    He allí la diferencia ¡oportuna llegara a nuestra vida el atender nuestros romances apropiada e intensamente, la edad, mientras se es viril de verdad, juega un segundo plano ante la verdad de la vida y la naturaleza!

    ¡La prudencia en si, no nace con el individuo, se aprende!

    Os ama
    Joise



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