Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Junio, 2012

La trovadora canta

En el  Languedoc (Los cátaros del Languedoc) donde se hablaba la lengua de Oc, es decir provenzal- aparecieron en el siglo XI unos poetas revestidos de magia, que se mezclaron con “los hombres de negro”, los cátaros, y que en determinadas ocasiones fueron cátaros ellos mismos: los trovadores (Literatura medieval y humanismo). Sus historias de amor fueron múltiples, aunque raramente llegaron a conocer a su amada: alguien les mencionaba su belleza, su suavidad, su dulzura, y ellos iban por los caminos cantando las virtudes de estas damas hasta llegar a sus lejano castillos (Románico. Artes Visuales), si es que llegaban, y después a sus brazos, y esto era lo más raro del mundo.

Estos poetas, muchos de ellos de singular talento, eran los verdaderos “enamorados del amor” que después reencarnaron en el movimiento romántico. En Poe (Edgar Allan Poe), en Baudelaire (La asesina ilustrada; el libro de la muerte), en Bécquer… (Brecht, Vallejo y Bécquer. Tres ensayos críticos)

Cuando pasan los siglos todo vuelve. Algunos trovadores se convirtieron en el siglo XX en trovadoras, y fueron como ellos, pacientes, nobles, sufridas aventureras de los caminos, y casi, no esperaron nada.

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Nada de inspiración

Hoy iba a escribir sobre “la inspiración” (“Inspiración Ferreñafe”, Cuentos y Poemas). Me parece un tema nada menor entre la gente a la que le gusta escribir, y también entre aquella que ama la literatura sin necesidad de hacerle borrones -como a menudo hago (Literatura).

Pero un suceso que puede parecer mínimo -entre los sucesos que transcurren “máximos” en el planeta (Artistas: ¡Salven el Planeta!)- me deprimió, me borró, me puso pensativa para adentro (La Depresión):

Se llevaron mi computadora llena de cuentos, novelas y poemas -es decir, millones de borrones- para ver si pudieran salvar el disco rígido (Historia de la Computadora).

Por eso apelo a un retrato que hice hace mucho tiempo, que puede interesar (Retrato de Adán y Eva)-tal vez, no estoy segura (Los desajustes emocionales…)-, y que apareció con algunos papeles que se salvaron de la posible extinción por estar impresos.

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El jardín de las viejas señoras

Estamos encerradas sin esquelas que llegan desde lejos (Las cartas estaban echadas), sin ninguna esperanza de trajes blancos ni de retoques de litografías, ni invitadas por nadie a bajar o subir las escaleras (Árbol de la esperanza).

Bajar o subir las escaleras

las señoras que amaban a señoras con simetría, como espejos (Mis sentimientos al espejos), son poetisas de tiempo y de aire (Acercamiento a la obra literaria de Sor Juana Inés de la Cruz), de salud casi neutra por lo extensa y elásticas en sí como panteras que llevan en el alma,

tienen menta en la boca, o bien tabaco, y mastican el viento como una palabra y hablan sin oídos, con música que traen (Música)

aunque traen además una carga de fábula de espanto (Fábulas, mitos y demás expresiones contemporáneas), y a veces fueron tristes, o mancas, o leprosas, pero siempre se vistieron de fiesta con trajes de señora o con su condición de madres o de niñas

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El amor y la muerte en el jardín de los más jóvenes

Con mis amigos, en mi juventud (La Amistad: Esas Amistades Peligrosas), hablábamos del amor (Del Amor y Otras Yerbas) y de la muerte (La muerte en la historia).

Del amor convertido en materia de poesía (Historia de la Poesía), nos preguntábamos si entre sus escombros quedaba algún sentir,  o si de tal manera había sido transformado que no era ya más que palabras sin carne, sin espíritu, repitiendo por ejemplo “Noviembre sepulta el paisaje, y mi vida. Nada sé y nada quiero saber de tu pasado”.

Conversar era entonces un pensamiento que se expandía y trepaba los muros de la casa (El arte de conversar: Hablamos mucho, pero decimos poco, muy poco), y mis amigos discurrían sin que yo comprendiera -enamorada y “dejada”- una sola razón más que la del amor, más que la del asilo en un alma como un nido sin fondo.

Y mis amigos querían consolarme (Mis sentimientos al espejo) y hablaban y entonces los bordes de los objetos se quebraban, y mi voz aparecía de pronto para decir que no había quedado nada, ni un signo, ni una rosa, y que los días estaban agujereados, que no atrapaban, que soltaban su presa. Que las siestas y las noches ya no tenían magia, que su perfume era sin jardín.

Les decía a mis amigos que yo ya no existía, porque había nacido de hábitos del amor, como que en la caricia nacen las manos, que se mecen al cantar de los incendios, que uno sobrevive como sombra del fuego que sintió, que un día de tempestad uno se apaga en agua pura.

Les decía que en el caso de volver a construir un poema, lo construiría como una caja, como una caja que encerrara a mi amor, que ese poema-caja sería el lugar secreto de los sucesos en llamas, en especial de los recuerdos en llamas.

Pero nunca construí esa cajita.

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