Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La enfermedad gris y la enfermedad amarilla

No soy de no cumplir con mi palabra -inquiéranlo en mi trabajo, en Monografias.com. (Curso de Inducción - Ética).

Pero ya el miércoles pasado no continué la “saga” (Stieg Larsson y su saga “Millennium”), la historia comenzada que les había prometido seguir si ustedes lo consentían, y, aunque lo consintieron con entusiasmo, tampoco lo haré hoy.

Debido a un horóscopo o destino eventualmente en baja, con fuertes declinaciones, de días turbulentos y algo desagradables (Psicología Transpersonal y Astrología), podría darles con sinceridad tres excusas, y las tres verdaderas.

¿Verdaderas, reales?

Sí, porque me suceden esas tres cosas malas -¿Tres pelos del diablo era un cuento infantil? (Literatura infantil y juvenil).

¿Pero son puntualmente esas tres cosas las que me impiden proseguir la “famosa” Memoria? (La Voluntad).

No sé si es cierto.

Lo único que sé es que si tomo el lápiz, la tinta endemoniada o la computadora con mis dedos ágiles -es la única agilidad que tengo, es mi única habilidad (Habilidades sociales)-, en las líneas que dejé escritas se me cruzan y entrecruzan razones para no escribir más ese texto. Como si algo me soplara que los adultos no deben recordar los secretos más íntimos de los niños, que es como invadirlos, aunque se trate de invadirnos a nosotros mismos cuando éramos niños. Como si algo me soplara también que el resultado de esas “memorias” sería un poco fuerte para esta página de un sitio de estudios, aunque se trate de nivel universitario en la mayoría de sus textos. Pero también hay monografías para niños que acceden al lugar.

Yo prometía una orgía entre escolares, el recuerdo de alguna que de verdad existió y que tal vez no se llamaba orgía sino juego masivo de inocencias apasionadas (A través de los ojos de los niños).

Y no sé por qué, acá me acuerdo de un cuento llamado La Secta del Fénix. Cuento de Borges que ha hecho que los estudiosos estudiaran muchísimo, y que yo, no siendo estudiosa, siempre lo hurgara intentando encontrarle las entrañas.

Y que a menudo me pareciera que proviene de esa misma inocencia que nombré, de los niños, ante lo que en épocas remotas fuera inmencionable.

Y parece que Borges prolongó pícaramente ése su no nombrar, de modo de crear otro de sus misterios, que hay muchos. Hay rosarios enteros que se rezan con los misterios según Borges, y sus via crucis y estaciones. ¿O sólo yo los rezo?

Borges no sufría respecto del sexo ni la enfermedad gris ni la enfermedad amarilla -enfermedades que pronto, con que sigan leyendo un poco más, sabrán de qué se tratan.

Pero JLB debe de haber sufrido -no soy quién para decirlo pero lo digo, valientemente- la enfermedad azul y la turquesa…

La enfermedad gris y la enfermedad amarilla

Voy a pasar a explicar estas enfermedades con las palabras de un verdadero doctor de las almas, el escritor D. H. Lawrence, de quien recomiendo toda su obra y un pequeño poema que trata de cómo comer un higo en sociedad, y que he perdido entre mis libros. Lo encuentro en Internet, es claro, pero no la traducción que me fascinó de adolescente. Y NO SÉ INGLÉS.

Lawrence decía: “Quiero que hombres y mujeres sean capaces de pensar los temas sexuales los temas sexuales plena, completa, honesta y limpiamente”, y la sexualidad era para él un acto de sagrada vitalidad, “esa comunión de dos corrientes sanguíneas”, y explicaba que cada amante era un río de sangre que el acto sexual hacía confluir en dos ríos de sangre, que el movimiento del amor conjugaba los ritmos diferentes de cada río en una sola corriente.

En cuanto a la enfermedad gris y la amarilla, Lawrence escribió que los pacatos censores eran similares y eran despreciables como los aficionados a las bromas obscenas, y que padecían ambos grupos “la gris enfermedad del odio al sexo al mismo tiempo que la enfermedad amarilla del vil apetito”.

A pesar de la delicadeza de sus reflexiones, y de sus cuentos y novelas exquisitos, al hermoso D. H. Lawrence, en la “opresiva pompa de invernáculo o de baile de máscaras” de fines del siglo XIX y principios del XX, lo confundieron frecuentemente con un perverso -atmósfera opresiva en lo que se refiere a lo social, exclusivamente; también fue la mejor época de la historia de la ciencia.

Envío

Envío perdones -para que me sean concedidos- y amor… ¿qué otra cosa podría enviar?

Ah, este regalo, por si ya no lo tienen: descubran a D. H. Lawrence, vida, obra y, sobre todo, pensamiento libre, limpio como las nubes sobre el jardín de casa, hoy.

Mora

Monografias

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Comentarios

5 respuestas a “La enfermedad gris y la enfermedad amarilla”
  1. Jose Itriago dice:

    Creí que algún censor intergaláctico se había metido en tu sitio para evitar tus revelaciones. Un aviso enfático prohibía hacer algún comentario, dar cualquier opinión. En otras palabras, que a este amado sitio le había dado ambas enfermedades: la gris y la amarilla y que para evitar cualquier contaminación, alguien sabio había cerrado sus compuertas. Afortunadamente nos dieron otra prórroga.

    Empiezo estableciendo que la libertad consiste en la capacidad de contradecirse. Ayer nos ofreciste una autobiografía, para inmediatamente después presentarnos un análisis de lo dañino que puede resultar inmiscuirse en el pasado niño de los adultos intelectuales. Está muy bien.

    Pero, por supuesto, quedamos como quien estuvo a punto de conocer la verdadera historia, la íntima y de pronto le dicen que no puede ser. Otro día, tal vez, habrá un nuevo asomo, una insinuación. Mientras tanto, como en las películas que nos pasaban en el colegio, donde de pronto se quemaba el celuloide y había que esperar que el que sabía cómo manejar la máquina, cambiara el rollo, sin ninguna consideración a la continuidad del argumento, seguimos esperando o quizás mejor, imaginando.

    Coincide este corte con la lectura que hago del “Diario de invierno” de Paul Auster, que es también autobiográfico y donde el autor señala que en los años sesenta, había un código no escrito que permitía ciertas libertades, mientras se mantuviera “la reputación” y que ese límite, allá en su país, estaba en besarse y acariciarse, en la forma menos peligrosa: el chico tocando, a los sumo, un pecho a través de dos o tres capas de ropa, pero ay del que intentara meter la mano debajo de la blusa. De modo que llegar a la piel desnuda era más una obsesión que una posibilidad. Igual nos pasará. Leeremos el relato entre velos, cortinas y sombras oportunas, pero difícilmente llegaremos a su piel desnuda. De todas maneras prefiero el juego del lenguaje que insinúa, pero no dice y lo que insinúa es, a su vez, una mezcla de deseo y realidad. La realidad pura puede ser muy cruenta.

    Así que también cambio de tema. No del todo, porque mantengo la vista en el pasado.

    Sándor Marai, en “Confesiones de un burgués”, escribió: “Uno pasa muchos años sintiéndose solo entre la gente hasta que un día se encuentra con sus muertos”. Después de todo ellos, nuestros muertos, se manifiestan hasta en los más alejados descendientes de una u otra manera. Anatómica y fisiológicamente, en los gestos, incluso hasta en las propensiones a ciertas enfermedades. Hay gestos míos que seguramente fueron de mis abuelos o bisabuelos que no llegué a conocer. Pero no quiero refirme a ellos, mis queridos muertos, limitándome al obvio punto de vista genético, como si estuviera tratando de desempolvar nuestro ADN. Hablo de la parte afectiva, de la calidez del recuerdo de personas que apenas si hemos visto en viejas fotos en sepia.

    Hoy ese pedazo de pasado va más allá de la niñez. Se remonta a mi abuela Sara.

    Ella me acompaña mientras escribo: su foto a la altura de mis ojos, a mi lado izquierdo, su mirada fija en mí, esperando que voltee para decirme algo, sin palabras, pero muy humana; su cabeza ligeramente ladeada, mientras la sonrisa que casi asoma en su boca establece un vínculo de ternura que antes jamás pude apreciar. Me costó trabajo aprender algo tan sencillo. Evidentemente no pude conocerla personalmente. Murió de parto en 1924, cuando contaba apenas 31 años. Se había casado a los 16 años. Ni ella misma debe haber entendido su matrimonio y estoy tan seguro que fue así, que trato de explicárselo. Conozco muchas de sus historias, de sus cuentos y anécdotas, y ahora, que por fin me rencuentro con ella, siento como si hubiera estado presente, casi como si hubiéramos estado juntos mientras ocurrían.

    Mi abuelo la sobrevivió 12 años. También murió muy joven, exiliado en las Islas Canarias. Pero con él es más difícil hablar. Es que era demasiado rígido, demasiado formal. Casi tengo que tratarlo de “usted” y así es imposible crear vasos comunicantes de calidez. Pero en sus hijos, que eran tan pequeños cuando murió su madre (el mayor tenía 13 años) y vivieron su ausencia junto al abuelo, la que quedó grabada fue la impronta paterna.

    A mi edad me atrevo a decir que mi abuela murió niña. Sus historias felices estaban llenas de travesuras. No tuvo tiempo de hacerse vieja, jugando todos los días con su media docena de hijos. Hasta cierto punto, fue una suerte que se muriera antes que le pasara nada malo. Estoy seguro que ella está de acuerdo con este nieto irreverente. Al poco tiempo de morir, morían lejos de su patria primero uno de sus hijos y más tarde su marido. Se ahorró todo ese dolor. Quizás por eso la ternura, la ligereza. Más arriba está la foto del abuelo y sus hijos, ya sin ella, acompañados de una hermana que se encargó de la familia. Todos tan serios, todos tocados por la muerte. Había pasado el tiempo de las travesuras y una madurez precoz se apoderó de la familia. Cada quien con sus fantasmas y seguramente, sus fantasías, pero todos impenetrables. De allí partió cada hijo varón a un país diferente. Se acabó el llano, el sol que derrite la mollera, los caballos y las vacas.

    Es difícil adentrarse en la historia de quien no conociste y menos aun, narrarla a terceros -corro el riesgo de que las anécdotas, que son tan familiares y por eso tienen sentido para mi, para ustedes, fuera del contexto familiar, sean terriblemente aburridas- pero si les digo que hoy mi abuela Sara está entre mis amigas consentidas.

  2. mauricio arango pinzón dice:

    SEÑORA MORA..TODO LO SUYO ME GUSTA,LO LEO Y LO ESPERO….FELICIDADES.

  3. Joise Morillo dice:

    Saludos queridos, principalmente a vos Mora.

    El creador nos proveyó de genitales para la procreación, sin embargo, os aseguro mis queridos amigos: de no ser por la sensación tan impactante que tener coito provee, las ganas de tener relaciones para procrear fuera limitada por el desempeño de otras actividades de la vida, principalmente la humana, en otras palabras; nuestra especie y cualquier otra sin ese acicate indudablemente tendería a desaparecer.

    Esa sensación es la que Sigmund Freud, determinó como la grasa que mueve la voluntad humana para todas sus actividades, bien sean benévolas como perversa “todo gira alrededor del sexo” no es una frase vacía, ni infundada, es una verdad, una máxima que: guste o no guste a muchos y a pocos, determina un análisis desapasionado de una condición propia para mantener vida en el Universo.

    El problema radica en la capacidad del individuo para dominar sus pulsiones, y, hacer de tal característica, cualidad, y/o constitución natural del mismo, principalmente el individuo humano una formula benigna, y con el propósito más acertado que la creación le determinó.

    Por ejemplo, Un Don Juan o un Rodolfo Valentino, eran Ángeles ante Henry Desiré Landrú o Calígula, y por supuesto ambos ejemplos son lo contrario de la casta Susana, y el gremio de Ascetas y Célibes.

    Os ama
    Joise

  4. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    José Itriago, amigo en la lejanía. Hermoso tu comentario que nada, pero nada, tiene de aburrido.
    Saludos desde México. Alejandro Franco.

  5. ALEJANDRO FRANCO CHAVEZ dice:

    Querida Mora: (perdonarás lo confianzudo, pero así lo siento).
    Guardo todo lo tuyo; cosa que voy leyendo y releyendo en mis escasos huecos de tiempo. Así que, recién he leído “Nina”; y me ha dejado boquiabierto; has de saber que “ese genero” me chifla; y sobre el mismo escribí un libro ya publicado en Amazon.
    Que la lectura de “Nina” me cautivó del todo, es muy cierto. Una antigua amiga y paisana de vos, de nombre Alejandra Gianello, una vez me dijo: “Si te gusta lo picante…”. Y el resultado fue el libro que te menciono.
    Con un fuerte abrazo,
    Alejandro



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