Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Un volver delirante la voz interior

Había puesto a calentar agua para hacer café; el café del cual hice adicto a Cecilio, desde lejos (La pulpa del café) -Cecilio es uno de los preciosos y apreciados ”comentadores” de este blog (La creación argumentativa del Ciberespacio).

Mientras esperaba, tomé un  libro que alguien dejó sobre la mesa y leí su contratapa (La ventaja de nacer con un libro debajo del brazo) -soy ávida lectora de contratapas, de prospectos de medicamentos, de indicaciones en los envases de limpieza, de fechas de vencimiento del yogur y la leche, de boletos de colectivo que indican el lugar hacia donde fui (Cómo serán los viajes a través del tiempo).

Contratapa difícil si las hay, empezaba diciendo: “he tratado de ir más allá de la deconstrucción derridiana” (Los dioses del cotidiano).

Algo electrificó mi mano, hizo girar el libro. Vi su título: ¿Puede hablar el subalterno?; vi el nombre de la autora: Gayatry Chakravorty Spivak. Me llamó la atención -¡tanta dificultad para entender la mía!- y mi mano volvió a girar el libro hacia su contratapa -¡qué de vueltas!, todo un viaje a Francia (a toda Europa y también a Estados Unidos, en realidad), y a la India en menos de un segundo -lo de la India es sólo por las evocaciones que despierta el nombre de la autora… (Raíces de la Cultura India).

Mis ojos se posaron en esta sentencia: “Derrida exhorta a… un volver delirante la voz interior, que es la voz del otro en nosotros” (Deconstrucción).

No sé exactamente por qué, recordé que en algún lugar había leído -creo que en una carta que Alejandra Pizarnik envía a alguno de sus amigos- que el poema “es un lugar de reunión” (Las diversiones púbicas de Pizarnik).

Recordé también algo que José Itriago había escrito en el último post, y que ahora recojo: “En este sitio, una vez, hace años, dijimos que a la ortografía y la redacción las dejábamos a un lado, para que así cupieran las ideas, que se sentían estrechas entre tantas reglas, acentos, comas y puntos y coma. Esa decisión dio lugar a una maravilla: muchas personas que no han tenido la suerte de una buena educación gramatical, encontraron un sitio donde expresar lo que sienten u opinan libremente, sin que a nadie se le ocurra criticar lo bien o mal redactado que esté su  ’entrada’, sino más bien aprender de lo que su pensamiento nos pueda aportar, dejando a un lado la ortografía, paleografía, caligrafía, tipografía, ortología y ortotipografía”.

Debo decir que a esto que acabo de citar, de J. I., lo consideré un milagro: no podría haber expresado mejor lo que pretendemos de este sitio. Además, debo decir que lo cito tanto a José, que para no parecer obsesiva o falta de otras lecturas, empezaré a hacer con él lo que hago muchas veces con Borges: escribo J. L. B. y por sus transparentes iniciales pocos dudan de que sea él. El caso Itriago está empezando a ser parecido, pero no sé: ¿J. I. es tan nítido como J. L. B?

Retomo: lo consideré un milagro.

A todos estos sucesos pequeñitos los consideré un milagro: a la espera del agua del café que me permitió leer la contratapa del libro, a mi dificultad para entender a Derrida y allegados, al recuerdo que flameó sobre todos los objetos de la cocina, ése sobre que el poema es un sitio de reunión, al elogio que hace de este sitio -es decir, al elogio que a todos nosotros, los que participamos de este sitio, nos hace- J. I.

Por supuesto que el agua hirvió, hirvió cien veces, y tuve que tirarla y volver a intentar con el café -¡dejo de lado fácilmente tantas cosas!, pero jamás me rindo ante el perfume del café.

Cómo hacer un buen café y acompañarlo con excelentes dulces

Pongo el fuego “mediano”, a los pocos segundos lo bajo a mínimo y espero que el agua empiece a hacer ese ruido que hace la brisa entre los pinos, como se aconseja para el té, en Japón.

Antes, he puesto en el filtro de la cafetera -todo esto es muy artesanal; no me gusta mucho la infusión “eléctrica”- cuatro cucharadas rebosantes de café molido fino (para un litro de líquido), y he impregnado todo con media taza de agua fría. De este modo la exquisita sustancia no se quema cuando la toca el agua caliente, aunque ésta debe estar a un punto menos de su ebullición.

Apenas agrego el agua y obtengo mi café, lo entibio un poco más a fuego mínimo y le agrego una pizca de azúcar, nada más. Después lo bebo siempre acompañándolo de lo que considero las mejores golosinas -varían según el día, pero siempre son buenas, ya verán.

Repostería china para el más dulce maridaje

Esta vez mis masas finas tienen un hilo amarillo, ribetes de oro y mucha sobriedad. Les doy apenas dos bocados, por no sobrealimentarlos:

Mi traje

Me traje es de la época en que vivía un rey de la dinastía Tching. Se lo pusieron tantas bellas mujeres para danzar que sus pliegues conservan sinuosidades armoniosas. Lo han acariciado tantas brisas que mi traje es diáfano como el ala de una mariposa.

Ch’En-Ling - Siglo III

El último paseo

Dejaste caer en el suelo el tulipán rojo que yo te había dado; lo levanté. Estaba blanco. Bastó ese brevísimo instante para que nevase sobre nuestro amor.

Ch’En-Ling

Amor

Mi casa está cerca del mar, la tuya en la otra orilla. Las lágrimas que te envío llegarán a ti con la marea.

Ts’Ao Ch’ung Chih - Siglo XI

Editorial, Monografias

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Comentarios

8 respuestas a “Un volver delirante la voz interior”
  1. Jose Itriago dice:

    Prokofiev, concierto para violín No. 2. Un movimiento señalado como “andante assai” . Todas las cuerdas en pizzicato, marcando, permitiendo que el violín arme y desarme, teja delicadamente, acaricie los peldaños que les proporciona la orquesta, agradeciendo que, por su discreción puede remontar las esferas más altas. Y sí, lo vemos trepar por las corrientes cálidas, casi imperceptibles, que brotan de todos los corazones, de todos los recuerdos y alguna que otra esperanza que aprovecha el momento para unirse al grupo. Si pudiéramos medir la corriente cálida, veríamos que la esperanza es la que más aporta; más que los recuerdos mismos, porque los incluye, los evoca y los corrige (o quizás, los adapta) Las corrientes cálidas ascienden como volutas emergiendo de cigarrillos exóticos o mejor, de narguiles, decorados con latones, mangueras multicolores y boquillas que queremos creer que son de nácar. Cada uno con su narguile en el centro y los recuerdos y las esperanzas a su alrededor. Después la orquesta trata de ser más enérgica, decirnos que ahí está, pero siempre manteniendo el paso y el violín se sobrepone, se nos impone. Tiene algo del Sanctus de la Misa Solemne de Beethoven, igual un violín cosiendo coros, orquestas, recuerdos, todo.

    El solista trata de entender algo que ya salió del compositor, para traducírnoslo, a su manera, con sus notas suaves, acompasadas. Sobra tiempo para las resoluciones abruptas -están a la orden antes y después del segundo movimiento- pero las eludimos. No nos interesa interrumpir la fluidez del pensamiento con estridencias, desborde de energía ni nada parecido, al menos durante este momento que apenas empezamos a construir y que queremos proteger, porque pensamos que es importante vivirlo; que algo muy nuestro se va o ya se nos fue, pero nos dejó una trayectoria marcada, una calle llena de señales para descifrar. Como la transfiguración premonitoria del el tulipán rojo de Ch’En-Ling que nos cita Mora. Como las fotografías ya desleídas de nuestros antepasados, fantasmas que no sabemos como vincular con nosotros, solo que debe ser un antepasado porque está en un álbum familiar.

    No sabemos, ni podremos imaginar que sintió él, Sergei Prokofiev cuando compuso este movimiento, un poco anacrónico según su propio estilo. No parece algo salido en un primer intento, quizás le consumió días, semanas o hasta meses. Ni siquiera estamos seguros de si esto que quedó plasmado en el pentagrama, tan melódico, era realmente aquello que el compositor quiso expresar o si, más bien, decidió abandonarlo así, cansado de intentar darle la forma que realmente sentía. Posiblemente tristeza, nostalgia o quizás, por el contrario, alegría, porque tuvo en sus manos, sintió y vivió, la pureza de una piel tersa y perfecta, pero cuya sensación se le hizo inasible; al final le sobraron o faltaron notas, con el resultado de que en lugar de representar la majestad de ese momento, más bien lo banalizó -para él- para lo que quería lograr, algo más sublime que su propia capacidad de síntesis mental.

    Todavía más heterogéneo debe ser lo que sentimos nosotros, los oyentes, que tratamos de apoyar la melodía a veces en los picos, otras en las profundidades, mientras vemos cómo se nubla nuestra ánimo y la incertidumbre comienza a apoderarse de todo cuanto nos rodea y hasta nos pertenece, aun en ausencia. Queremos convencernos de que no es más que una versión, una interpretación particular de alguien como tú o yo, que produjo una metamorfosis del sentir de Prokofiev y ahora trata de hacerlo con nosotros mismos. Todo el proceso es diferente cada vez que oímos la misma pieza, según el mundo que nos rodee, según sus humores y elementos vitales, y como cada quien lo siente diferente, habrá infinitas posibilidades de sentirlo. Somos plastilina en manos de los sentimientos, de los fracasos, de los triunfos del entorno y su estado. No sabemos quién nos moldeará mañana, quién lo hizo ayer o ahora, justamente ahora, que oigo el segundo movimiento del concierto No 2 de Prokofiev.

    Para mi el sentimiento que me produce en este “ahora” es difuso. Las ideas, al menos las mías, con frecuencia son así, no tienen un cuerpo, un asidero. Caen como una llovizna suave.

    No me refiero a las llamadas “ideas concretas” que corresponden a acciones, a la ejecución de trabajos con pasos precisos, programas pert, controles. No. En ese caso idea y acción son consecuencia una de otra, se retroalimentan, perfilan una solución, se hacen una sola cosa.

    Más bien hablo de las ideas que hacen la vida real de uno, ese resto que cae como llovizna, suavemente; que son difusas, es verdad, pero que se van expandiendo más allá de la dimensión simple donde nos ubicamos; que superan con creces a cualquier acción que, de haberla, posiblemente nunca será consecuencia directa de ellas. Ideas sin acciones asociadas, sueños después de todo. Quizás la expresión “llovizna” no sea la única aplicable. Algunas son como redes: te atrapan, te oprimen, pero te obligan a estar con ellas, a convivir con sus contradicciones, con las mismas esperanzas, un poco desgastadas para mi, pero al igual que el traje que con tanto feliz uso se hizo diáfano como las alas de una mariposa, vuelan a mi alrededor, mariposas azules dominando la luz, todas siguiendo el violín de Prokofiev. Podrían tener otros orígenes como seguir el movimiento de las olas, de donde surgen cuerpos sigilosos y perfectos que se acercan, pero que al final será solo para pasar de largo y dejarnos sus huellas en la arena, las cuales entendemos que no nos pertenecen, pero que las quisiéramos considerar una señal, algo que nos acercó durante minutos a un cuerpo y nos otorgó un asomo de compartir con él. Así lo preciso, con la certeza que me otorga mi irracionalidad, que dejo crecer como el monte para que aprendan a convivir las flores y los árboles frutales con la maleza.

    Pienso también que finalizaré atrapado en una de esas ideas difusas o redes que caerá sobre mí y me inundará con tantas ilusiones, con tantas esperanzas en medio de la más absoluta paz, que no podré volver jamás, que me quedaré en algún sitio con la gracia de poder olvidar hasta quien soy, concentrado en aprender el lenguaje del agua que siempre asocié a los ruidos de nuestra primera casa, hoy convertida en un vulgar garaje, después de haber cumplido alegres funciones de lupanar. Pero antes de que todas esas transformaciones y hasta mutaciones le ocurrieran a nuestra vieja casa, que para mi terminaron con la tala del magnífico magnolio de su patio central, digo antes de eso, cuando seis de los ocho hermanos vivíamos con nuestros padres y el regreso vespertino de la escuela era el inicio de la magia, la casa nos recibía con voces o sonidos o ruidos, que a mi parecer eran semejantes a los gorgoteos que hacen las llaves abiertas, las regaderas o la lluvia sobre los tejados y su consecuente torrente en los bajantes; otras veces eran las voces de las grandes fuentes, cada una haciendo un coro diferente . Primero las de Los Caobos y otras locales cuyo nombre ya olvidé, hoy tímidos rumores, después que he visto tantas otras, pero rugientes leones entonces. Después, cuando empecé a viajar, la oí, a nuestra vieja casa, otra vez en Villa d’Este, en Tívoli, con todo el Oratario del Mesías, de Handel, cada estrofa en cada fuente; o contando una historia discreta en el dulce chorro de la Fuente de Los Leones, de la Alhambra, un solo de cello; o también en el bullicio familiar y alegre de Piazza Nabona o en la de Trevi y tantas otras de Europa; y también oí la vieja casa en el transcurrir de los ríos tranquilos, muy queda, casi moribunda, tratando de rehacer nuestra memoria ya llena de lápidas.

    Terminaré, pues, atrapado entre sutiles hilos, reales o imaginarios, envuelto en verdades difusas y sobre el fondo del agua sentiré un retoño de vida, dedicada a descifrar enigmas hermosos, como si todo consistiese en armar caleidoscopios con piedras preciosas, para ver los contrastes entre las esmeraldas y los diamante: verdes, con orientes y jardines, mezclados con brillos de aceros prismáticos, una fuerza de acero y esperanza de esmeralda, combinación reflexiva y brutal, dulce y cortante. Después, una a una se le irán sumando todas las demás piedras mezclándose, entrechocándose, traspasando simetrías de túnel, obligadas por la multiplicidad de los contrastes que hacen nuestra unidad y conducen a todos los “mas allá” que podrán existir. Donde las encrucijadas de los tiempos se multiplican a cada pensamiento, a cada mínimo rictus y uno toma, de forma sucesiva e indefinida, un rumbo nuevo.

    Mientras así lo escribo las nuevas ideas se van desprendiendo y me arropan dulcemente, para que no sienta el frío de la soledad. Quizás otros verán un final diferente. No sabrán discernir entre la natural angustia -un simple medio para pasar, como un salto sobre una pared medianera sin conocer el predio vecino- y el manto de paz que tanto desearon. Optarán por la angustia, tan difícil, tan castigo. Espero que no tengan la razón y que al final -cosa de minutos, de un poco de paciencia- ambas opiniones coincidan en cuanto a lo agradable del después.

    Hace rato terminó, por segunda vez, el movimiento de Prokofiev y creo que sus notas me perdieron en un bosque de árboles enanos y yerbajos hirientes, pero es que uno se va minimizando de manera imperceptible y tiene que, otra vez, aguzar los sentidos para ver, sentir, oír y oler la belleza de la gente y las cosas y entre ellas, redescubrir la alegría. Cada día descubrir la misma alegría rodeada de su propio espacio, hasta el final.

    Encontré una semejanza, quizás demasiado profana e inculta (sus estructuras son muy diversas), entre este movimiento de Prokofiev y el Eia, mater del Stabat Mater de Dvorak. ¡Cuánto hubiera deseado que ambos movimientos los hubiéramos escuchado juntos para que me perdonaran lo largo de esta entrada! En el caso de Eia, mater hay también una especie de cadencia rítmica sostenida, sobre las cuales el coro se hunde y resurge de una manera maravillosa. Lope de Vega hace la traducción de la letra de esta sentida composición escrita por Inocencio III, que se canta desde el Siglo XXIII y que copio de Wikipedia:

    1.
    La Madre piadosa estaba
    junto a la cruz y lloraba
    mientras el Hijo pendía.
    Cuya alma, triste y llorosa,
    traspasada y dolorosa,
    fiero cuchillo tenía.
    2.
    ¡Oh, cuán triste y cuán aflicta

    se vio la Madre bendita,
    de tantos tormentos llena!
    Cuando triste contemplaba
    y dolorosa miraba
    del Hijo amado la pena.
    3.
    Y ¿cuál hombre no llorara,
    si a la Madre contemplara
    de Cristo, en tanto dolor?
    Y ¿quién no se entristeciera,
    Madre piadosa, si os viera
    sujeta a tanto rigor?
    4.
    Por los pecados del mundo,
    vio a Jesús en tan profundo
    tormento la dulce Madre.
    Vio morir al Hijo amado,
    que rindió desamparado
    el espíritu a su Padre.
    5.
    ¡Oh dulce fuente de amor!,
    hazme sentir tu dolor
    para que llore contigo.
    Y que, por mi Cristo amado,
    mi corazón abrasado
    más viva en él que conmigo.
    6.
    Y, porque a amarle me anime,
    en mi corazón imprime
    las llagas que tuvo en sí.
    Y de tu Hijo, Señora,
    divide conmigo ahora
    las que padeció por mí.
    7.
    Hazme contigo llorar
    y de veras lastimar
    de sus penas mientras vivo.
    Porque acompañar deseo
    en la cruz, donde le veo,
    tu corazón compasivo.
    8.
    ¡Virgen de vírgenes santas!,
    llore ya con ansias tantas,
    que el llanto dulce me sea.
    Porque su pasión y muerte
    tenga en mi alma, de suerte
    que siempre sus penas vea.
    9.
    Haz que su cruz me enamore
    y que en ella viva y more
    de mi fe y amor indicio.
    Porque me inflame y encienda,
    y contigo me defienda
    en el día del juicio.
    10.
    Haz que me ampare la muerte
    de Cristo, cuando en tan fuerte
    trance vida y alma estén.
    Porque, cuando quede en calma
    el cuerpo, vaya mi alma
    a su eterna gloria. Amén.

  2. glenis linero dice:

    a la señora Mora le quiero decir que he leido desde hace ya algún tiempo varias de sus monografias y me le quito el sombrero son de los escritos; lo mas fantasiosos que he podido leer, tanto que cada ves que los leo, los vivo en carne propia y dibujo la imagen de cada uno de los personajes recreados.

    cuando estaba muy niña solia escribir de mi autoria pequeños relatos en un pequeño diario y siempre soñaba en publicarlos y ser una extraordinaria escritora pero bueno luego opte por ser funcionaria publica y todos esos relatos quedaron atras en busca de argumentos para un trabajo escolar de mi hija descubri monografias y luego el fascinante mundo a los que me transportan cada uno de sus escritos y ya no puedo estar sin leerlos. solo hasta ahora me inscribi formalmente en la pagina y estoy muy contenta.

  3. richard ccahua gutierrez dice:

    las portadas de todas las indoles…

  4. Joise Morillo dice:

    Querida Mora, saludos, os he escrito este desiderata pe-culiar ¡Aunque sin regodeo! Como tema de desempeño creativo y, que debe practicar todo buen empresario.

    La deconstruccion, fue mi trabajo en ingles para decidir mi aprobación de tal disciplina de filosofia y teologia.

    Para mi

    Decir con muchas palabras lo que no se quiere decir, o viceversa, destruir la verdadera esencia de lo que se dice con la estetica literaria, comparese con Wittgenstein y su juego linguistico. Un tambien juego de voluntad, respecto a la etimologia de los conceptos y su juego literario.

    El tal sentido os dejo este palabrero mundano

    Cosas superiores, empresas elevadas y extremas

    Me gustan las cosas buenas, las empresas elevadas
    También las cosas extremas, las extremidades, pero,
    las extremidades que más me gustan
    son las inferiores, abiertas, al impulso creador
    para poner todo mí aparato productivo
    principiando con un proceso oral
    un discurso emotivo
    luego impulsarme consecutiva y rítmicamente
    en lo más profundo, en el centro
    de esa empresa abierta al desempeño creativo
    Y, Que necesita atención.

    Porterior y tenazmente, con mucha energía
    hacerle llegar al nivel más elevado de producir
    ¡Que se satisfaga con mi trabajo!
    Y, logre relajar esa tensión
    qe se ha colocado hasta ese punto bajo
    del mismo centro productivo
    ya relajada esa tensión,
    se tocaran y ordenaran
    las cosas mas elevadas, las superiores
    ¡Reiniciando con la oratoria y las practica necesaria!

    Un filósofo que creían loco y un loco que creían filósosfo

    Era un ciudadano muy especial,
    solia pasar momentos en espacios abiertos,
    principalmente depues del alba
    de estrellas colmado el cielo
    por infortunio, su observacion, cierto dia
    causo un desequilibrio en su andar
    y desplomado en el suelo, sufrio,
    el escarnio de una doncella, quien irió su sentir y dignidad,
    sus elocuencias solian confundir,
    tambien los coloquios complicados que solia proferir
    las gentes, de orate le aplicaban el tilde
    mas, en el pasar de: Tales
    los eventos y sus observaciones,
    le dieron como producto definir con sendas
    dimensiones Primavera, Verano, Otoño
    e Invierno.

    Oh!!!!, que lumen, exclamaban,
    las gentes despues.

    Aun mas, no fue menos prodigioso
    la prognosis de ocultarse la luz del sol
    un dia no nublado, pero si,
    por motivo de otro astro.

    Mas reciente, otro, que catalogan de mancebo
    diestro, hábil en las disciplinas universitarias
    sus enunciados tambien confusos le otorgaban
    de filosofo el titulo
    cierto dia, tambien una doncella obsevando esa conducta
    observatoria le aborda
    y planteada la evidente interrogante, su respuesta fue:
    no soy filósofo soy planetario,
    pues bien, un dia, el mismo gentil, observando el espacio abierto
    pues de día era y nubes no estaban
    observando un aeroplano a 7 Km de altura
    levantó su mano y brazo
    gesticulando
    ¡adióooooooooooo!

    Os ama

    Joise

  5. Ernesto Espinosa dice:

    Todo texto, bien escrito, nos hace volar a las oníricas dimensiones de la creación en el corazón de su autor(a).

  6. jose edison chavarro andrade dice:

    Hola Mora
    Me has enamorado con tus relatos bien hechos de todas aquellas cosas fascinantes que con tu pluma no las hace ver tan sencillas y profundas en sus contenidos. Me he enamorado de tus escritos que contienen personajes reales que viven historias emocionantes. Desde mi profesion de Psicologo he podido aplicar muchos de tus relatos a mi vida profesional, por eso cada dia miro avido mi e-mail esperando encontrar tu post; para devorar esas frases llenas de contenidos fantasticos que me emocionan. NO ME PIERDO NINGUNO DE TUS ESCRITOS.
    Mora por favor sigue asi, con tu pluma prodigiosa!. Besos.

  7. KATIA MARIELA ESPINOZA RIVEROS dice:

    Estimada mora hace ya un buen tiempo vengo siguiendo cada uno de tus escritos.
    me resulta fascinante tu forma de percibir las cosas y me asombra mas el don que tienes al redactar.
    continua haciendolo!!
    saludos cordiales.
    Katia

  8. José María Gil dice:

    Hola, Mora!
    Perdona que no pueda aportar mis comentarios a cada uno de tus artículos, pero yo pensaba que eso de jubilarse era una puerta abierta a disponer de todo mi tiempo para emplearlo en todas aquellas tareas que sirvieran para enriquecer mi espíritu, entre ellas cultivgar mis hobys, ¡pero cá!…, he pasado a tener menos tiempo que nunca. Sólo disfruto un poco cuando me voy (o mejor me fugo) a las Islas Canarias.
    Aquí no me dejan tranquilo: la Universidad, interconsultas, reuniones, jornadas de trabajo y estudio, lo que me queda cada día por leer…., un auténtico agobio!
    Tomar café…, qué placer!. Tener tiempo para una tertulia y disfrutar de un café y de buena compañía para platicar, comentar libros, añorar los cigarrillos y recordar cosas con los amigos…!
    Hace ya bastantes años, creo que sería a finales de los 70, el escritor Nestor Luján (todo un lujo tenerlo por amigo) escribió un jugoso artículo sobre el café. Nestor, además de médico sin necesidad de ejercer (toda una suerte), era lo que podríamos llamar un “gourmet cultivado” y tenía la opinión de que la moda de las cafeteras italianas con su café “expres” había llegado a poner en serio peligro el “culto del café”.
    Él era más partidario del café largo elaborado “a la clásica”, es decir, el cafe de puchero, siguiendo los pasos rituales del “molido” previo, la puesta al fuego, los tres hervores y los minutos necesarios de reposo humeante antes de servirlo, naturalmente a través del colador de tela, en cada taza, con éstas ya en la mesa.
    Pensaba que la moda del “exprés”, además de minimizar la dosis, había venido a destruir aquellos variados aromas que imprimían el carácter de cada variedad. La variedad de los granos Jamaica, Colombia, Brasil, el Moka de Abisinia, el Guinea o el Liberia, sin olvidar el café turco o el café verde del Magreb. Ahora sólo predominaba un sabor: “el amargo”, al principio una sorpresa y pronto un aburrimiento. Ya todos los cafés sabían a lo mismo.
    He de decirte que, en casa, cuando nos reunimos algunos amigos de los de antes, volvemos a cometer la travesura de preparar café a “la clásica”, alternarlo con un buen brandy y acompañarlo de algún cigarrillo (eso sí, a hurtadillas) de aquellos que fumaba Lawrence de Arabia, sin filtro. Pero no es mas que eso, una travesura ocasional que salpica, de vez en cuando, largos períodos aburridos de café exprés.
    Que duermas bien!



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