Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

¡Que hablen las fotografías!

Estoy en deuda con dos o tres Josés, y no sé si con cuatro (Valoración de la deuda ecológica) -sí, seguro que también con José María Gil, pero no recuerdo bien por qué, y con una variante de José, con Joise. Y con otra variante femenina, María José (Poemas acumulados).

¡Cuánto José que hay en mi existencia! (Disfrutar la existencia) -parafraseo a Vallejo (La madre en César Vallejo).

El primero de los Josés es José Itriago, ángel tutelar de este humilde blog que se adorna de genio con sus escritos (Mistificaciones del culto al genio) . Cumplió años y yo como si nada, en viaje desde el calor y la opresión de Córdoba hacia el calor y la opresión multiplicados de Buenos Aires (El viaje a la luna) -donde vi a Mane, mi hija, ya lo saben, y a Lola, mi nieta pequeñita y tierna, lo saben también-, y de Buenos Aires a Santa Fe… donde vi a Antonia, mi otra nieta, la bella Antonia que cumplió 13 años el día que Spinetta murió y, dice, no va a olvidarlo (Historia del Rock Nacional Argentino), y a mi hijo Ignacio, y a mi hermana, pero ni siquiera pude ver a mis otros hermanos.

Durante el viaje tuve que escribir en computadoras de última generación, que ni siquiera sé empezar a manejar, con un mause o ratón incorporado, que poco sabía encontrarlo siquiera (Historia del computador y sus generaciones).

Otro de los Josés con los que estoy en deuda es mi amigo José Luis Pagés, el Flaco, el gran cuentero o cuentista, a quien ni siquiera llamé por teléfono estando en su propia tierra, Santa Fe -que fuera la mía hace tiempo también, tierra que me sigue donde vaya. Vi una foto en Facebook de la bella familia Pagés; me conmovió y me dio culpa, y además, ésa es una de las fotos que sí hablan.

Otro José con quien estaba en deuda -pero ahora, gracias a mi hermana Huerto, estoy pagándole en cómodas cuotas- es José Saramago (La caverna - José Saramago), sobre quien me había tomado el atrevimiento de no leer jamás ninguno de sus libros. “La fama desvaloriza, la muerte acrecienta la fama y desvaloriza más”, dijo irónicamente Ignacio cuando Huerto me entregaba Las intermitencias de la muerte. Y sí señor, es sacrilegio no haberlo leído antes, aunque la coyuntura tiene su parte agradable: me esperan unos cuantos libros de Saramago de los cuales soy absolutamente virgen, inocente, arcangélica. ¿Y qué me esperará, si Las intermitencias… ya me lleva loca?

Historia real de una foto muda, realmente

Fue un verano de perlas, de rubíes. A mí me parece que lo habíamos estado esperando hacía demasiado tiempo. Demasiado, digo, por los desencuentros, por las cosas tristes, por el frío espantoso de ese invierno.

Pero ese año ya la primavera anunció algo, las flores tenían un perfume raro y delicioso. El viento se convertía en brisa al llegar a la boca y en la boca la brisa se convertía en un futuro beso de alguien que uno iba a amar con pasión ese verano.

Tengo la foto que ilustra uno de esos días estivales en el paraíso, y hasta hay una manzana que cae de mi falda.

Estábamos Enrique, Silvio y yo en un bosquecito, conversábamos.

Enrique a la izquierda, sentado sobre un tronco; él tenía entonces cuarenta años pero su cara era la de los veinte; el hermoso verano lo alumbraba y extraía de él toda esa frescura y seda que le había conocido siempre, y ese humor de suave carcajada.

Yo en el medio, y nunca fui tan linda. Tenía la misma edad de Enrique, pero no parecía de veinte ni de cuarenta ni de cien. Parecía el ángel que nunca fui que sonreía de perfil y que escuchaba atentamente las palabras que al parecer iba bordando Enrique.

A mi lado, Silvio también miraba a Enrique, sin sonrisa pero con una serenidad que estaba esperando mucho de esas frases que, creo, hilvanaba Enrique. De ésas que se han perdido irremediablemente. De ésas que se han perdido irremediablemente, irremediablemente. Que se han extraviado adentro de la fotografía y que yo quisiera encontrar, lavar como piedras preciosas que recogí en el río, hacerme un relicario, una pulsera y un collar. Y sobre todo una corona. Porque yo era la reina en ese bosque. Por un instante.

Un instante de reina es más intenso que cualquier desgracia, que dos mil años de ratón.

Sólo puedo decir que hace unos días Silvio y Enrique me enviaron esa fotografía, y puedo recordar completos sus famosos nombres: Silvio Cornú, Enrique Butti; el primero un traductor literario muy lujoso y sólo para libros maravillosos, el segundo un escritor muy conocido y -entre nosotros, pero no cuenten este secreto amigos míos- un gran, muy gran poeta. Y en el medio estoy yo, entre esos dos.

Y era valiosa yo también, porque se ve que era bastante linda y con lo que veo de piel tirante de mis mejillas seguro que les dulcificaba la vida, ese verano.

Estoy escribiendo lo inexpresable de un instante único, ido. Estampado en una foto muda. Este cuento no tiene argumento, aunque me tiemble el corazón. ¿En qué lugar del tiempo, del espacio, del universo, de los mundos y de la eternidad van esas fotos tan amadas, mudas? ¿Y a decir qué?

Mora

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “¡Que hablen las fotografías!”
  1. Jose Itriago dice:

    Contrariado, busqué la fotografía. Algo dentro de mí se rebelaba, pero el deseo de observarla me superaba. Necesitaba detallarla, revivir el instante relampagueante de la toma, aun cuando me molesta que el pasado salte a robarme el poco presente que dispongo; enredarme con lo que pudo pero no terminó siendo, que es como soltar anclas en alta mar, a pocos minutos del puerto.

    Abrí el álbum y en la primera página la encontré: era la confirmación del final, como si hubiera empezado a leer un libro al revés.

    Trataba de formar la imagen que faltaba: la fotógrafa, la ausente necesaria, mucho más que los que aparecían en el papel. Mas su contorno se borraba, desdibujada en fragmentos inconexos, todos ciertos, quizás fidedignos, pero en conjunto, incoherentes: trataba de leer algo roto en cien pedazos en medio de un remolino de aire, un remolino en el tiempo, donde los afectos entumecidos, si no perdidos, se entremezclaban con las oportunidades desechadas, los miedos, todo en un remolino de los tiempos, que me enviaba a un puerto al que nunca se llega y yo flotando, quizás, o nadando contracorriente, tratando de desprenderme del recuerdo que emergía de una fotografía incompleta.

    Ella dijo: Coleccionaba de todo. Durante un tiempo guardé las etiquetas de todos los vinos que tomé contigo (y me señaló con un gesto más bien lánguido) y también con los otros, los que te siguieron y con eso se rompió ese fragmento de calidez, de miradas largas, de roces. Traté de armar su cara entre los reflejos de mi copa, pero solo reconocí las piedras que me circundaban.

    Ella dijo: Tenía pétalos de flores de todos los colores -que ahora tendrían el dorado de las cosas viejas- de las flores que me diste y también de las otras que me dieron. Traté de evadir la fragancia de las rosas, la elegancia de las orquídeas, pero fue imposible. Ese fragmento no podía borrarlo: estaba allí y no era sustituible con otros que viví antes. Esa fotografía venía a ser la condenación del resto, de todo un álbum iluso cuando estuve simplemente de paso con ella. Pero me negué a abrir cualquier otra página, para ver otras fotos libres de pendientes tristes. La primera fotografía era y seguiría siendo la última.

    Ella dijo: Tuve que destruir todo para olvidar.

    Seguí mirando la foto sin ella durante algunos minutos más y sin mucha pena, la rompí también.

  2. Joise Morillo dice:

    Mora querida.

    El álbum de los recuerdos a veces ¡sorprende!

    Primer sentimiento: ¡angustia! Solo veía en el recuadro, apariencias, nadie a certeza reconocido, parecían sacados de una conspiración, un halo de temor invadió mi ser, tremolo pero no perceptible, me pregunté ¿Quiénes serán? ¿Serán acaso, enemigos gratuitos de otrora, insospechados y cínicos, abordando mi sitio, amedrentando sublimemente? La imagen, con un longevo a la cabeza, al frente. Parecía una pose de casting de una escena de teatro callejero para una escena de banda de ganberros con un anciano como maestro de fechorías. O mas bien el abuelo y los hijos de hijos diferentes -los nietos- captados infraganti en una celebración hogareña.

    Sin embargo, me eran simpáticos, me parecían familiares, veía unos divertidos, otros expectantes y otros burlescos, total una pléyade de garotos con bobosinho al frente.

    Pasaron los días y mi incertidumbre crecía, no sabía quién dispensó la foto, ni quiénes eran los integrantes del grupo. Una semana después, mi hermano, me escribía en el muro de facebook.

    Sabiendo lo aficionado a la fotografía, relacioné el autor de la etiqueta. Le pregunte y, me respondió. Sabiendo la índole de la escena y sus participantes, se desarrollo en mí un desdén, una tristeza, acompañada de dolor, remordimiento y resentimiento a la vez.

    A quien no reconocía era a mi propio padre, quien se fue de la casa para no volver hace 41 años, murió hace diez, rodeado de mis otros sobrinos y sus nietos, hijos de otros hermanos que poco conocí, y de otros que conocí antes de irse con él, festejando un día del padre en la playa.

    Unas se sufren verdes y otras se padecen maduras.

    Os ama
    Joise

  3. Marìa Aracelli Teràn Gòmez dice:

    ¡Estimada Mora!
    Te cuento que en esta relato no me emocioné al inicio, luego al continuar leyendo, me metí en los recuerdos que guardan tantas fotos, que desde nuestra tez reluciente de juventud, de belleza natural, hasta la amistad de viejos amigos, que algunos hasta se han marchado al más allá.
    ¡Lindo, Mora.!
    Sigue adelante, y que tu pluma, lápiz o computadora no pare ese caudal de ideas que nos entretiene y más que eso nos hace revivir, a aquellas personas que somos solitarias.

  4. José María Gil dice:

    A veces sí y a veces no.
    Lo malo es que siguen hablando cada vez que uno las mira; y en ocasiones hasta sorprendiéndonos.
    Hace unos meses, navegando en la red, me costó reconocer auna compañera de estudios en una foto reciente, donde se mostraba a los componentes de un claustro de profesores de una Universidad alejada de aquí. En mi mente persistía la imágen de quien amé intensamente sin ser correspondido y lo que ví en la foto llegó a angustiarme. Claro, son ya 50 años…
    Fue tal mi desazón, que corrí a mi biblioteca y me puse a hojear libros antiguos como un loco, sin saber exactamente dónde tenía que buscar. Finalmente, tras una hora de desorden, dí con ello. Allí, perdida o mejor bien guardada entre las páginas del “Diagnóstico Etiológico” de Marañón, estaba ella, con todo el esplendor de sus 23 años.
    Casi se me saltaron las lágrimas!



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