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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Diciembre, 2011

Cuando partió el joven Eros

Cuando el joven Eros partió de mi vida (La forma del conocimiento del amor en Sócrates), yo intenté dedicarme a la hechicería (La danza de las tijeras). Sí, quise ser una bruja consagrada, una augurante de días bellos o terribles (Milagro en el bosque).

El Joven Eros había apoyado su cabeza en mis rodillas (Del Amor y Otras Yerbas), había dejado la forma de su cabeza en mi falda y un cabello de oro, me había abrigado siete inviernos y dorado siete veranos (El calendario), y de pronto levantó la cabeza y se fue hacia las flores jóvenes, divinas. Iba con la mirada baja, sin embargo, llevando toda la oscuridad que había absorbido de mí (Tactos en la Oscuridad).

El cabello de oro lo usé para iniciarme en brujería (Hechicería e imaginario social). Lo puse bajo mi almohada y me dormí (Historia del sueño y su estudio), y entró en mis sueños una niña perfumada que se convirtió en sombrilla, sombrilla que se convirtió en el sol, sol que se convirtió en toda la hierba, y por esa hierba caminé y me perdí, hasta despertar finalmente. Cuando desperté, estaba comiendo una ciruela…

De ahí en más me entrené pidiéndole al viento pájaros que me trajeran mensajes secretos de los niños, pidiéndole al sol un fósforo pequeño para iluminar mis noches sobre las cunas y los rostros de los niños. Y me puse a arrullar, a acomodar las mantas y las sábanas y a soplarles los besos de la nodriza ausente que, tal como Eros partió, ella había ingresado a mi alma cuando sus pechos se durmieron extenuados.

Abro mi consultorio

Ya estuve lista para abrir mi mansión de adivinanzas.

Mis ojos se abrían por la mañana buscando en la ventana el gris ominoso o el claro día, o el viento que empujaba una hoja que se pegaba al vidrio, y yo leía en sus nervaduras las líneas de una mano muy antigua, que era quizá de Dios, y ya sabía los frutos que me traería el día. Es decir, sabía también por la lectura de esas líneas quiénes vendrían a consultarme. (Continuar leyendo »)

Editorial, Monografias

La Nochebuena de los vivos y los muertos

La noche (La noche de fin de año y la quema de los años viejos) es un lugar de encuentro de lejanos, extraños pasajeros (El Cochero del Virrey).

Como un alma es la noche (Al encuentro del alma), oscura, confusa, llena de diamantes (Los diamantes de Monrovia).

Los diamantes son los ojos tallados en nosotros de quienes ya no están en esta tierra pero están en las sombras, en el día de luz, en nuestro corazón (El camino de los muertos).

La noche de Navidad (Origen y procedencia de la Navidad) es una fiesta a la que nadie falta, ni vivos, ni muertos, ni ateos, ni cristianos, ni judíos ni musulmanes, ni hindúes, ni budistas, ni ninguna tribu lejana y cercana del espíritu (Las religiones).

La otra Nochebuena con sus regalos de ocasión, árboles iluminados para la ocasión y manjares cocidos para la ocasión es sólo un diminuto festejo del que podemos participar o no, sin perder nada (Análisis del poema “Papa Noel nunca llega en la Navidad a los hogares pobres…”).

La fiesta es en el cielo del alma, en ese palacio. En la noche del alma, hacia donde confluyen los muertos y los vivos, todos vestidos diferente: velos islámicos; trajes judíos, sobrios; coloridas túnicas hindúes, algunas muy doradas; modestas telas budistas; occidentales vestiditos frescos de la gente de acá.

El sol sale para siempre esa Noche. (Continuar leyendo »)

Editorial, Monografias

Todos los ríos corren hacia el fin

A los cuarenta años yo, a pesar de mi aspecto juvenil y mi filosofía “atemporal” (Fenomelogía y existencialismo), empecé a sentir el correr de los años. Eran momentos de iluminación, pensaba, aquellos en los que podía sentir nostalgia o comprender el espesor de lo que había dejado atrás de mí (La oscuridad que engorda: el lado apagado de la iluminación artificial).

También sentía que a medida que pasaba el tiempo agregaba rejas a mi prisión, o lo contrario a veces, las quitaba… ¿cuál de los dos hechos era auténtico en esos sentires? (El inquietante problema de la verdad).

Reconocía una falta en mis percepciones cotidianas (Nuestras percepciones): seguía siendo la niñita caprichosa, la niñita rebelde y otras niñitas aún, pero en algunos de esos momentos de iluminación no sólo entendía que estaba convirtiéndome en una mujer madura cronológicamente, sino que alcanzaba a ver en el espejo las líneas de esta cronología (Mis sentimientos al espejo).

¿Por qué solamente algunas veces? Me preguntaba entonces si los órganos de mi visión tenían la misma capacidad constantemente, porque yo registraba sólo en determinadas ocasiones los surcos que se ahondaban de la base de la nariz a las comisuras de los labios, cierto reblandecimiento de los tejidos de las mejillas que sin embargo no tenían arrugas, y los párpados inferiores hinchados, o, cuando no hinchados, tramados por un hilo de araña.

Y esto no era lo peor, lo peor era que aunque desesperadamente me esforzara por conservar la aureola juvenil (La juventud y la crisis de valores), la parte cuidada aparecía por un momento remozada, era cierto, pero surgía una contraparte inesperada que me descubría marchita. Y a través de mi cuerpo la marchitación se extendía a otros aspectos.

La memoria, la concentración, la atención y hasta la capacidad de imaginar comenzaban su paulatina desintegración muy suavemente ahora, era claro, pero yo podía esperar perfectamente la tragedia en algunos años más. (Continuar leyendo »)

Monografias

El corazón de Dostoievski

Ya que estamos a punto de escribir nuestras propias novelas (Inmigración y literatura: novelas) voy a hablarles un poco, lo poquito que sé, del hombre que hizo una obra extraordinaria con la materia de su vida, Fiodor Dostoievski (Crimen y castigo de Fedor Dostoievski) -me sentí raramente orgullosa cuando recibí como regalo, en respuesta al post de la semana pasada, el saber que tanta gente está dispuesta a empeñarse en escribir una novela, trabajo que no necesita de genios (Mistificaciones del culto al genio) -no hay demasiados Dostoievskis- sino de constancia, y que además, resulte lo que resulte de lo escrito, es sanador y protector de nosotros y nuestra memoria (La memoria social como construcción colectiva del presente).

En los días vertiginosos de mi primera juventud -porque ésa es la edad de las tragedias del corazón (La juventud)-, yo leía con fervor a Dostoievski.

Lo leía de una manera diferente a como lo hacía con otros escritores: Proust, por ejemplo (Re-descubrir el fuego). Proust, en aquella época en que nada se ahonda, era como saborear un exquisito pastel, escuchar músicas delicadas, vestirse de princesa.

Dostoievski era lo oscuro del corazón, aunque yo ya podía percibir dentro de esa fatalidad la ingenuidad, la ternura de los “retratos” que pintaba, las personas que eran su materia, esas “pobres gentes” llenas de grandeza y de drama que tenían un aire de mi tierra latinoamericana (Investigación documental acerca de los escritores latinoamericanos y su enfoque de la humanidad).

Y como era para mí el momento de los grandes amores, yo estaba enamorada -además de un muchacho real que bien recuerdo- del protagonista de Crimen y castigo. (Continuar leyendo »)

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