Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Octubre, 2011

“Usted será siempre la brújula nuestra…”

Mi madre (La madre en César Vallejo) -que murió hace menos de dos años (Ciclo vital humano)- era una persona con el don de la gracia (¿En qué consiste esa gracia, piedad o sabiduría de la infancia), hasta el final. Tenía una extraordinaria gracia natural y todo -versos, cuentitos, chismes, recuerdos de su infancia y juventud- lo convertía en historias humorísticas (Sentido del humor), durante cuyo relato nadie paraba de reírse -tal vez por eso, cuando murió a los 88 años, la gente me decía: “No, María Matilde no puede haber muerto, era inmortal” (El problema del sentido de la vida), y alguno hasta recordó allí mismo sus últimas anécdotas -parece mentira: tenía tanta gente amiga a pesar de su edad y de que hubieran muerto ya muchas de sus amigas históricas… (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad), pero tampoco era que no quedara ninguna de ellas; aún hay varias que se florean por el centro de la ciudad de Santa Fe (El origen de la etnia argentina) con sus noventa fresquísimos abriles, y hacen la primavera…).

Hace poco fue el Día de la Madre en Argentina, y yo la recordé a la mía de este modo: no fui a ponerle flores a sus cenizas porque estoy lejos de donde ella descansa, pero días y días me acordé de sus dichos, su ingenio de doble filo, su risa honda (La risa como terapia).

Sabía de memoria cientos de versos que, sin maldad, ridiculizaba, o exageraba, para que nos divirtiéramos todos, todos los que éramos su público -y acá es conveniente que mencione a mis hermanos entre su público, tal vez por agradecimiento, y porque hablo de ellos muy poco y quiero presentarlos: Carlos, “el memorioso”, es contador y profesor de ciencias económicas, ha escrito varios libros sobre su materia que son de uso común en la facultad, y también escribe libros sobre el tango, una de sus pasiones: otra de sus pasiones es su hijo Emanuel, tan estudioso como él; Luis, llamado por nosotros y por sus amigos Pato, es comerciante, escribe aunque no públicamente y le apasiona la literatura española y creo, en especial, la poesía del siglo de oro; en su infancia fue un gran actor de las galas de la escuela, en su adolescencia un seductor, en su adultez un amoroso padre; y María del Huerto, diez años menor aproximadamente que nosotros, sus veteranos hermanos: una linda señora que se dedica a la enseñanza, que es psicopedagoga, que tiene cinco hijos y es cálida y brillante.

Pero mi madre…! si hasta de su infancia más remota hacía gala; mi abuelo, músico y empresario del teatro de la ciudad, la llevaba a los conciertos allá por 1925 o 26, y ella con sus cinco años preguntaba sobre una soberbia matrona de gran renombre que tocaba el piano: “Papá, ¿toca con los dedos o con el busto?”. Mi abuela le había enseñado que “teta” era una palabra sólo aplicable a la alimentación del bebé; que las mujeres que no amamantaban tenían “busto” como cualquier estatua. “Pero”, me decía mi mamá, ya octogenaria, ”¡Esmeralda Lotringer tocaba verdaderamente con las tetas…! “. (Continuar leyendo »)

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Internet, y el tiempo

Ay, el tiempo (La estructura del tiempo y los viajes temporales), qué cosa tan larga y tan corta a la vez (La vejez: el último poema), qué cosa tan negra y tan blanca… (El Humanismo: de la oscuridad a la luz).

Recordaba lo que había escrito hacía años (La mujer mayor de 40 años):

Me llamo sombra o no me pongan nombre,

yo

alzo un fósforo en la oscuridad, como una flor, lo enciendo,

por un momento su fulgor ilumina mi tumba y apagándose

cae su negra cabeza, que fue fuego.

Lo que he visto

fue blanco.

¿Cómo había pasado que ella había llegado hasta allí,  y que ahora era vieja, calma, arrugada, de ojos sin luz? (La vejez es “curable”).

Que ella, tan luego, que había rehecho el arcoiris después de destejerlo (Tres aristas de lo humano en la poesía de Goethe), que había inventado un modo nuevo y eterno de poesía, que había sido alabada por los mejores poetas desde su infancia, tanto por su poesía como por su belleza, ella, ahora, fuera tan solo esto, algo así como una sobra de comida, una pluma que el viento lleva o la tierra que el vientito levanta sobre las plantaciones de tomates… (Ejercicios en la vejez).

Así fue

Primero estaba con su marido en un departamento en una ciudad grande, de nombre fabuloso, de leyenda sin fin: Buenos Aires.

Y aunque el Etna entrara en erupción, y hubiera terremotos en España, nada importaba. (Continuar leyendo »)

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Explicaciones; Tomas Tranströmer; Eric Polten

Queridos amigos:

a veces siento que algunos de ustedes no interpretan lo que escribí (Interpretar la solución óptima), aunque de todos modos no tenga por qué exigirles semejante hazaña (Venezuela Heroica).

En el post anterior, “Las aventuras de un enfermo”, mi intención era la de que todos los que hubieran sido alguna vez “pacientes”, relataran su experiencia, buena o mala (¡A grandes males, grandes enfermos!). Idealmente proponía, o creía proponer, una especie de debate sobre la atención, el progreso o el retraso en el diagnóstico y otros detalles de la medicina institucional, o institucionalizada (En la convergencia de dos humanismos: Medicina y Derecho).

Una de las respuestas que recibí es la que hubiera querido ver multiplicada -junto con tres o cuatro más que también dieron en el blanco de mis ambiciones (Biografía del Gran Almirante Cristóbal Colón)-, y es sencilla. Viene de Jaime Arias Gallego y dice: “una vez fui al médico del Seguro Social para conseguir una orden Urgente para el oftalmólogo. El médico de turno me respondió: ‘Usted tiene conjuntivitis’. A lo que respondí: ‘Usted es el doctor pero si lo que tengo es el Herpes Oftálmico… lo demando’. De mala gana me dio la orden. Y era lo que yo decía…” (Enfermedades de los ojos).

Como explico a menudo, no suelo escribir de modo impersonal como una auténtica periodista (Periodismo), sino en primera persona, como un poeta, de ésos que no agradan a Eric Polten -después les refresco la memoria sobre Eric Polten.

Como un poeta (José Gregorio Vásquez, El silencio enigmático del poeta) o como quien escribe una especie de diario íntimo -que eso también es un blog- de una antigua señora que relata estados y aventuras personales.

Con este modo de escritura a veces creía ilustrar algunos temas tales como el último mencionado de las enfermedades y sus pacientes y sus médicos. (Continuar leyendo »)

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Las aventuras de un enfermo

No quiero ser ni parecer trágica -después de todo la vida a todos nos pone manchas o cadenas y nos hace probar cosas que no son precisamente fresas con chantilly (Dossier para el maridaje en la restauración), a esta monografía la recomiendo encarecidamente: da placer)-, por eso digo que la enfermedad es como el amor (Del Amor y Otras Yerbas), y parece que hoy me dediqué a poner buenas monografías, lean ésta), ya que al amor se lo bebe en una pócima bien caliente, preparada con extrañas raíces, veneno de víbora y ¡rocío del amanecer! -a Borges no le gustaban los signos tipográficos de los cuales yo hago uso y abuso; en realidad, me encantan para hablar con ustedes esos signos, y también me encanta transgredir las reglas de mi vate preferido, como llamarlo vate, sin ir más lejos… (Borges y la eternidad en construcción).

Y al amor se lo llama con la voz de más allá de los huesos, como a la muerte (La muerte en la historia).

Y para el amor es siempre primavera (Primaver Roja) -no importa la edad que el que lo padece tenga-, pero primavera atravesada con lágrimas y lluvia: una verdadera, una exquisita alergia  (Miastenia grave, Disforesis profusa y otros): aclaro que no recomiendo está monografía por el hecho de tener yo misma miastenia, sino por las alergias -que nunca tuve-, de las que el estudio también trata, y porque admiro la sabiduría de su autor)-  -ahora, al escribir la palabra alergia, me doy cuenta de que es palíndroma de alegría (¿Quién tiene un libro de Juan Filloy? Informe sobre la obra de un escritor singular).

Para aliviar las enfermedades crónicas hay que trabajar duro con el alma, llegar a conocerse a uno mismo al menos en cuanto actor (Artaud, surrealismo y teatro), al menos en cuanto a que uno es el que representa, el que lleva a la escena, por medio de su cuerpo, la enfermedad que le ha tocado en gracia -además, por ejemplo, cuando acaricio el lomo de mi perra la salud desciende instantáneamente sobre cualquiera de mis heridas. (Continuar leyendo »)

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