Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Septiembre, 2011

Un ramo de flores del ciruelo para José Itriago

Sí, se escribe para decir algo que queda más allá de las palabras (Oralidad y escritura), pero si no se escribiera, mi querido, mi entrañable José -con el genio de tu hermano Francisco aleteándote en las espaldas como los ángeles (La historia de la pintura) y con tu propio genio recogiendo en tu austera habitación el universo para nosotros que te leemos (objeciones-al-que-no-objeta)-, si no se escribiera, digo, no tendríamos la esperanza o la posibilidad de llegar a decirlo alguna vez… Tú, o “cualquiera”, tan cualquiera como mi amigo José Luis Pagés, o Vancho y Osvaldo, o alguien futuro, con música, con palabras, con colores (La relación entre los colores y el conocimiento).

En este momento, por ejemplo, quiero estar en silencio para sentir tu gran silencio que llega desde lejos  José (La luna y el solitario), y es el silencio de la calma, aunque me lo transmitas con tu prosa compuesta de vocablos -pero el silencio de la escritura ordena a veces el caos, no es como vociferar, no es como hablar en las reuniones de escritores.

Me apoltrono en el jardín, lugar tan etéreo que el verbo apoltronarse es casi grosero (Las siete maravillas del Mundo) -ahora tengo jardín y árboles frutales en un lugar casi desierto de gente, pienso en vos, en ti, en usted, José I.

A mi lado se acomoda Polka, tan negra como la noche que nos ampara -pero ahora es mediodía y eso fue una licencia poética, un flash de frivolidad, una distracción. Veo, respecto de Polka, que la belleza también elige sus animales. En el caso de Polka la eligió, ella tiene uno de los rostros más bellos del mundo y ojos profundos y mirada sensible. (Continuar leyendo »)

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La poesía de ciertas ropas antiguas

Me encantaba el título de ese cuento de Henry James (El doble como recurso literario en El rincón feliz), “La poesía de ciertas ropas antiguas”. Ahora ya no sé si me gusta.

Tengo los roperos atestados de ropa (Historia del vestuario). A veces sueño -durante la vigilia- que la doy, que decido donarla, pero no puedo (Egoísmo y nobleza: las dos caras de un héroe).

Sueño que la vida se me hace más fácil con dos o tres prendas esenciales colgando de las perchas. Esas dos o tres prendas que en definitiva son las únicas que uso todos los días, siempre, para cualquier ocasión, y después lavo y plancho para volver a usar (Ciudades en uso y desuso).

Pero en mis estantes hay historia (La ley periódica de la historia: Análisis y demostración). Y leyendas, hasta de gente que no conocí, como “un abrigo de Loden” de tela y corte impecable, afamado en todo el mundo, que recogí en la casa de una amiga. “Lo dejó olvidado mi suegra cuando volvió a Europa, allá tuvo el accidente y ya no regresó a la Argentina. ¿Te gusta? Te lo doy” (Inmigración y exilio español en la Argentina: personalidades). Y yo cargué con un abrigo que también es leyenda como marca de fábrica: encontré estos sobretodos -en este caso en masculino- en una novela de Hermann Broch, El maleficio. Al pasar, recomiendo encarecidamente toda la obra del genial Broch que me parece bastante olvidada (La novela).

La desnudez

¿Por qué no puedo desprenderme de tantos inútiles objetos, digo? Y ahora, que tengo un jardín y veo cómo las flores de los árboles se cierran, se oscurecen, ya no adornan, para dejar nacer lentamente los frutos, siento con más fuerza el pecadillo: el pecadillo de la voluptuosidad de las palabras y la ropa, de los colores y la ropa, de las texturas y de las formas. (Continuar leyendo »)

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Se puede escribir poesía después de Auschwitz

Yo no sé mucho (RAWLS: EL VELO DE IGNORANCIA), pero he leído repetidas veces que “no se puede escribir poesía después de Auschwitz” (El intelectual superfluo), según Theodor Adorno (Theodor Wiesengrund Adorno: Sobre Literatura). Este pensador era un judío que había sobrevivido a los nazis (Memoria y reconciliación: La Iglesia y las culpas del pasado), no como Walter Benjamin, que murió tratando de salvarse, o que no quiso salvarse como Adorno para no sentir la misma culpa (Feuerhelder: Homenaje a Walter Benjamin).

Adorno se había cambiado el apellido mucho antes de la segunda guerra (La Segunda Guerra Mundial): de nacimiento era judío alemán, pero su madre pertenecía a una elegante burguesía, por lo que prefirió autotitularse “Adorno”, y quizás esto lo salvó del mayor Asesinato de la Historia (Historia del siglo XX - Historia universal contemporánea).

Fue un filósofo espléndido y un interpretador de su tiempo -según los que saben más que yo (El siglo XX y la producción armamentista mundial)-, y es más, se arrepintió alguna vez de haber “decidido” que… no era posible seguir escribiendo poesía. Pero su frase menos feliz fue recogida por varias generaciones que decidieron en cierto modo la inutilidad de la poesía y cuyas consecuencias están presentes.

La consecuencia de que ya no se lea poesía parece intrascendente; la consecuencia de que los poetas traten de ocultar sus poemas e intenten novelas y cuentos, ensayos o alguna forma de prosa, también.

Más allá de que el clima de la época influye en el espíritu, en cualquier espíritu humano, se me da por pensar que si la gente estuviera leyendo la tan inútil poesía estaría más calma; que si la gente aunque fuera tratara de competir por ser el mejor poeta, dejaría de competir por ser el mejor armado para la guerra. Es decir, las flaquezas de la especie se resolverían de un modo más humano. (Continuar leyendo »)

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