Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Agosto, 2011

Carta a un viejo amigo

Ésta no es sólo una carta a un viejo amigo, sino también una vieja carta que no mandé (Las cartas estaban echadas), de hace unos diez años, dirigida a alguien con el que en ese entonces teníamos treinta años de amistad, más o menos (La amistad enfermiza).

Querido:

Cuando uno mira un paisaje del pasado (Apuntes sobre las Islas Canarias), éste: yo yendo a tu casa, tu casa de bulevar, acercándome a tu cama -estabas “enfermo” ese día (Donde se dice de los Trastornos Hipocondríacos)-, horrorizándome porque me contabas algo así como que la cortina al moverse formaba la figura de Dante (Las dudas), y también horrorizándome porque afirmabas que Dante era “malo” -malo de maldad (El sentido de Babel). Yo además descubriendo ese día que tenías una foto de mí, que me habías robado la foto 4 por 4 del documento -descubrimiento que me hizo sentir muchas cosas, pero todas imprecisas.

Cuando uno mira un paisaje del pasado como el que acabo de describir, y te ve y se ve, y siente nostalgia -¿nostalgia de qué siente uno?, y no estoy hablando siquiera de recuerdos más intensos que tengo de vos, sino de los más simples (Amor es Nostalgia. Psicoanálisis).

Teníamos 17 o 18 años, pero si algo puedo asegurar, al menos por mi lado, y casi asegurar por el tuyo, es que no éramos felices (La felicidad). ¿De dónde viene la nostalgia? Si hasta podría decirse que en una escala de relativas “felicidades” estamos hoy ubicados mejor. (Continuar leyendo »)

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Cuadernos y cuadernos, grafomanía y felicidad

Algunas reflexiones contingentes y cotidianas que he dejado caer en mis cuadernos a lo largo de los años (Reflexiones del lenguaje), me traen preguntas que en el momento en que las escribí seguramente sabía responder (¿Cómo hacer preguntas de manera inteligente?) Aparte, mi inveterada costumbre de agregar, tan molesta para algunos -¡oh Vancho, y también José Itriago!-, uno que otro tragaluz poético, los hace más enigmáticos para mí misma (Lenguaje poético).

Luego están las cosas que sin duda pensaba presentar como guiones de programas (¿televisivos?) (El guión televisivo y el guión radial); digo, no lo recuerdo en absoluto, pero eso parecen (Olvido). De esos “guiones” alguna vez transcribiré alguno.

Recorrer esta enorme cantidad de cuadernos librados al azar y que el azar algunos días me devuelve cuando busco otras cosas -como el arbitrario mar devuelve dentaduras y alhajas (El azar)- me da una gran felicidad (La Felicidad). Comprendo las insalvables imperfecciones de mi escritura y además lo perfecto que es vivir aun imperfectamente (La Vida). (Continuar leyendo »)

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Einstein y Russell, asignaturas pendientes

Séneca (El sufrimiento) se indignaba contra cierta persona por su excesiva vanidad (Las apariencias engañan), persona de la cual decía agriamente que poseía una biblioteca de cien libros… ¿y quién, por Júpiter, por Zeus, por Dios, puede tener en toda su vida el tiempo necesario para leer cien libros? (Libros poéticos)

Esto me hizo pensar que es en efecto vano atesorar cien o doscientos libros (Análisis literario de Eugenia Grandet): soy pobre y tengo unos cuantos más, y pelearía ferozmente por muchos de ellos. Sin embargo, estoy muy lejos de haberlos leído a todos.

En realidad, releo los que disfruté en mi juventud (La juventud).

Pero hace unos días mis sesenta años me trajeron una revelación, que todavía no sé adónde irá a parar con lo revelado, aunque sí me produce una alegría constante (La risa como terapia).

Mientras plancho, hago las cosas de la casa, e incluso mientras estoy corrigiendo algunos textos literarios, la dicha de estar empezando a entender la teoría de la relatividad de Einstein (El sueño de Einstein) gracias a Bertrand Russell (Pensamiento matemático, filosófico y complejo) me rodea, es una aureola que se posa sobre mi cabeza.

Fue así

Buscaba un libro y, en el desorden magnífico, no lo encontraba.

Impaciente por irme a acostar  llevando “mi lectura”, tomé “cualquier libro”; resultó ser una antología de escritos de Bertrand Russell -¡tanta generosidad tenía este genio para divulgar ante gente ignorante como yo las ideas más difíciles! Pero ser ignorante no es pecado; él lo sabía.

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Las palabras pueden tocar lo invisible, querido Madariaga

“Las palabras pueden tocar lo invisible” es una frase de Confucio (Confucio: El pensamiento y el estudio deben combinarse).

Me impresiona, me hace ver las palabras como desmoronando muros y mirando detrás (Relación entre el pasado y el presente).

Sobre el papel de los libros leídos parece hallarse la sombra que dejó el escritor (Mi complejo de escritor); alguien muy secreto, muy profundo y antiguo (Egipto antiguo), o quizá también el escritor futuro cuya sombra puede llegar a rozarse en un cruce del tiempo (El espacio-tiempo se curva ante el observador), su música oírse en oídos presentes y pasados (La música de la India) silencios guardados hasta que sea la hora de entenderlos -¡oh Flaco Pagés, oh José Itriago, oh Vancho, oh Joise!, oh tantos etcéteras!!!

Y digo, hasta a mi propia voz le digo que repta en la quietud como si fuera un amante o un ladrón (Voz de un poeta), hasta a mi propia voz, humilde voz, le digo que ella abre el vacío donde los amantes se abren prohibidos del deseo y las gemas de los ladrones brillan por un instante de temblor como si toda la eternidad los perdonara, y que tal es el misterio de cantar y el otro de romper la oscuridad con palas, ¿no, Osvaldo? (Continuar leyendo »)

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En las letras de rosa está la rosa…

Se está derritiendo la nieve de la primera nevada que contemplé en mi vida (La Antártica) si exceptúo la que asombrosamente ocurrió en Buenos Aires -donde nunca nieva- el 9 de Julio del 2007 (Bs. As. breve cronología 1810 ? 1880). Y no eran estos copos, eran más pequeños que las manos de los niños que alegremente intentaban formar un muñeco (Festividad navideña).

Hoy es lunes al mediodía, el miércoles es mi cumpleaños, y yo esperaba que fuera entonces que la blancura me festejara. Pero no (Inmigración y literatura: Festejos).

A la una de la mañana, hoy empezaron a descender sobre los árboles aureolas enormes, de luz blanca y muy suave en la noche (El borde de la noche).

Yo tenía la chimenea encendida -había alimentado el fuego durante toda la jornada; había visto transformarse esos alucinados gusanillos de brasas en salamandras, había hablado con ellas (Psiquismo y elementales). Después tomé un libro y me puse a leer hasta que leí en el aire oscuro esa escritura nívea. (Continuar leyendo »)

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