Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La salvación por la pureza de la poesía

Yo decía que iba a salvarme (Las Sectas), que me salvaría la poesía (La palabra, el escritor y la poesía).

Decía que la salvación por la pureza de la poesía era el viento transformado en provocaciones en el alma, era otro dios, un verdadero Otro Dios, y otra vida eterna que quedaba dentro de la vida (Florecimiento del hinduismo).

Que las religiones que prometen paraísos en donde hasta el demonio y el fuego comían viandas sagradas eran válidas también, tanto como cualquier otra salvación por la poesía,  que el verbo con sus abanicos en el alma nos hacía perdurar toda la vida y no morir y no estar muerto entre los vivos (El Verbo, la Palabra).

Veía la salvación entre relámpagos prometedores de miedo y del terror de las tormentas (Sobre el miedo), sospechaba el movimiento de la tierra en la carne; otras veces consideraba el amor transformado en copa de eternidad con rostro de dioses menores que iban rotando y el amor y la poesía quedaban y el único rostro verdadero de Dios era entonces el del amante que ama mucho, alternativamente, y a muchos (La dama y el filósofo).

Inclusive calculaba la medida de la voz de un poeta -o de un enamorado, era lo mismo (Cálculos curiosos).

La medida de la voz de un poeta cabía en un molde cualquiera, canto, cópula, ataúd, celebraciones, en una forma sin forma o en la columna griega, clásica, piedra de piedra (Cómo explica Boas el pensamiento concreto y el pensamiento abstracto).

La medida de la voz de un poeta era el vaso de plata lleno de vino de la antigüedad, la bota de cuero del vikingo, y pedía por mí, porque hacia mí llegara la poesía con el espíritu de la hierba, del campanario, de la sed, para que pudiera verterme como agua purísima en aquel vaso prodigioso.

En ese entonces las sirenas me cantaban en sueños, inauguraba una Odisea en el espíritu en esos tiempos del amor, yo era Ulises, la Ulises de una ciudad única en un instante único en que alguien sintoniza dos almas penosas y las prende en comunicación intensa y para siempre (La Odisea).

Ahora, sin embargo…

Cuando esté muy solitaria y muy abandonada, voy a escribir una novela tallando cada persona de mí, cada gesto de los que hicieron antes quienes me aprobaron y me desaprobaron.

Conviviré con mis personajes, comerán mi luz, y eso único que dicen que tengo para envidiar -mi envidiable alegría.

Ellos serán amados después de hora en banquetes donde la mansión es de papel, y los sirvientes serán aquellos con los que nada acordé, los amantes serán quienes lograron para mí ese instante de miel y de perduración en el segundero del tiempo, y yo seré la bella, la princesa. Esa princesa, yo, podrá, podré llorar al fin todos los dolores y ser feliz con el color de todos los cielos y asombrarme de la ternura o del vacío en el vacío, que es en verdad mío, muy de antiguo.

Seré una vieja mujer apoltronada que se abanicará en un sillón, que hurgará con sus lápices de infancia el interior de las cosas mientras un niño con un rollo de fotografías en negativo adivinará los personajes.

Envío

Más allá de todo, desde el futuro y el presente, les envío cariños personales a Vicente, José, Edgar, Guillermo, Julio, Carina, Carlos, Daniela, Araceli, Jesús, ¡Joise!, Ana, Verónica, Ginés, María Paz, Alicia, ¡Vancho!, María Yolanda, Karli, Yolanda, Federico, Paola, ¡María Celeste!, José María, Humberto, ¡María José!, Amparo… Les agradezco compartir conmigo sus historias y su amor a “nuestros hijos peludos”, como enunció uno de ustedes.

Y besos a los que no se enganchan en estas historias de perros y de gatos pero han compartido tanto, casi todo, con nosotros.

Mora

Monografias

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Comentarios

19 respuestas a “La salvación por la pureza de la poesía”
  1. Jose Itriago dice:

    Hace mucho tiempo viajé a Londres y sin tener la menor idea sobre qué podría estar presentando, fui hasta la Tate Gallery, sitio de visita obligado. Fue un momento mágico: estaban realizando una retrospectiva, la más completa habida hasta hoy, del gran Turner.

    En Turner la luz y los colores se mezclan y alternan de manera que uno nunca está seguro si ve un color o es una luz o ambas cosas. Si la vibración de los colores está haciendo la luz o uno quiere encontrar los colores en tan vibrantes luces.

    Cuando uno tiene la suerte de estar frente a obras semejantes, no tiene que esforzarse por saber o entender algo. No hay que saber mucho. Al contrario, lo que hace entender es no saber, no pretender enmarcar lo que uno ve en lo limitado del pensamiento propio (más aun, en el mío). Dejar que surja el encanto, la poesía de la luz y los colores; permitir que las formas se acerquen, como buscándote, aun a sabiendas que después te tendrán que abandonar y deberás sentir su vacío. Se permite uno el deseo de transcender, de ser puro, de tener una verdad, aun cuando, a pesar o quizás por causas de esos buenos deseos, uno mienta otra vez. Uno miente cuando trata de explicar lo que siente. Sobre eso hablaba la vez pasada y sigo envuelto en ese pensamiento: la idea, lo que uno logró vislumbrar y sentir, no es expresable de modo alguno. Entonces hay que imitarse, mentirse a uno mismo, por simple subsistencia. No hablar de futuros, cuando lo único que realmente te importan son los pasados, lo que se te ha quedado en cada pasado, lo que seguiremos dejando: pedazos de uno, parte de esa necesaria desintegración, no especialmente triste, pero fuerte, difícil.

    En aquella oportunidad, vi un cuadro increíble, prestado por una galería de Boston, que se llama: “Esclavistas tirando muertos y agonizantes por la borda”. A primera vista, sin título, sobresale la belleza de la obra, el equilibrio de la composición: es un cuadro de aproximadamente 1,20 m. de ancho por 1 m. de altura. Siguiendo la “proporción dorada” una luz corta verticalmente un cielo y un mar embravecido. Y ciertamente, ambos están embravecidos porque el cielo también transmite una furia increíble. Del lado izquierdo, rojo sobre fondo rojo, la sombra de un barco, abajo y a la derecha, rojo sangre, restos humanos, de madera, grilletes, cadenas: demostración del desastre. Al principio no interpreté cabalmente el título (mi inglés deja mucho que desear) y pensé que era un desastre natural que azotó a la nave esclavista. Pude contemplar la obra desde la perspectiva de mi ignorancia y me pareció trágica, morbosa, pero muy bella. Después supe que esa obra era una firme protesta de Turner ante un hecho real.

    Las compañías de seguros no aseguraban a los esclavos, sino a los barcos. Cuando los esclavos se enfermaban, los lanzaban, a todos, al mar con los grilletes y como estuvieran amarrados y después de ponerse ellos (los esclavistas) a salvo, hundían el barco. Eso es algo difícil de creer, pero muy real y documentado. Le ganó la animadversión de los comerciantes y buena parte de la sociedad británica. Pero mantuvo su obra y su protesta. Hoy sigue siendo reconocido como uno de los más grandes pintores de la humanidad, aun cuando se habla poco de ese cuadro y de su significado.

    Si desde la primera vez hubiera sabido lo que lo motivó, lo habría sentido diferente, con rabia, quizás tanta que me habría perdido parte del resto de las maravillosas obras exhibidas. Pero aun así, debo reconocer que la poesía inmersa en cualquier obra de arte, no necesariamente es plácida, ni melancólica. Puede ser furiosa, puede ser una voz siempre presente, una manera de decir que lo único real es la poesía, justamente por ser tan fantástica, por violentar las leyes de la física. No pueden decirse verdades si te aplasta la gravedad, tienes que ser etéreo, estar sobre Newton y vivir con Einstein tan solo por aceptar que todo es relativo, una de las más bellas estrofas escritas jamás por el hombre.

    Mora se nos hizo luz y alegría y así la siento. El don más preciado es la alegría, más, mucho más que la sabiduría. Y esa alegría emite la luz que la envuelve y nos transmite, para que se nos haga luz de los deseos, que son la vida.

    Pero no vale la pena tallar cada persona que hubo en uno, y menos considerando a los que lo aprobaron o desaprobaron a uno. Es ponerle una pantalla oscura a la fuente de luz.

    Ser luz y alegría y nada más. Eso es tu poesía y también la nuestra, por mágica y afortunada simbiosis.

  2. ANA SULMIRA PEREZ PEREZ dice:

    Escribir, en especial poesía, es tener la garantía de no morir sin sueños. Es mirar con los ojos bañados de luz, de historia, de discurso y esperanza. Es hermanarse y entregarse. El o la que escribe poesía no tiene miedo. Bien, muy bien por ellos y ellas.

  3. Baldemar Chacon dice:

    Amor, te estuve viendo ayer
    cuando caminabas
    de un lado hacia otro en la cocina
    y murmurabas los procedimientos de tus recetas
    para no olvidarlos
    yo estaba oculto en la recamara
    con la luz apagada
    te contemplaba asombrado de tu existencia.
    pude ver lo imposible en tu cuerpo,
    en tus movimientos preparando los ingredientes..
    casi reias.
    me embargaba un sentimiento tan profundo,
    ¿sera que te amo?
    me preguntaba,
    las lagrimas brotando de mis ojos
    contestaron a mi pregunta
    de ninguna forma por mi conocida
    hasta ayer.
    Luego en mis brazos
    tus labios esbozan
    conciertos de sonrisas
    que dejan marcas en mi pecho,
    con la forma de tus labios
    mi corazon extiende sus alas,
    desde ayer Amor que no toco el piso
    este ayer fue desde siempre,
    este dia vale por toda mi existencia
    compensa todo mi sufrimiento pasado,
    lo abarca,
    lo diluye,
    lo transfigura
    en esto que siento hoy.

  4. Baldemar Chacon dice:

    Un Abrazo para tod@s
    Jorge Baldemar Chacon

  5. Iván Salazar Urrutia dice:

    EXASPERANTEMENTE CAYENDO.

    Exasperantemente cayendo
    Van las hojas de árboles recientes:
    Es el estrato de los remolinos,
    Que nacen cada día al amanecer.

    Capturan los espacios y remolinos,
    Los émbolos del tránsito de la llama.
    Y la vívida cocina de los astros.

    Y nosotros, amigo,
    Pequeños relámpagos de nuestra existencia,
    Vamos, hermano,
    En el segundo mismo del hilo de la génesis,
    Mirando, mirándonos,
    Besando, besándonos,
    Conociéndonos,
    Rallando la inmensidad de todo
    Con la huella de nuestros ojos.

    Casi no tenemos tiempo para vivir.
    Nos espera el último adiós.
    La aritmética de las arenas
    Nos envuelve
    En su tul. Compañera
    Eres tú. Fueron ustedes.
    Inmensos ventanales donde el dibujo
    De mí
    Danzó
    Su danza de tierra.

    En mi nacimiento murieron
    Las hadas y los hados; murieron
    Como suelen morir las cosas,
    Los grandes gigantes y gnomos.
    Murió así
    Cansado ya de soplar
    El obscuro soplo.
    Junto a mi nacimiento
    Nació la semilla
    Y la cosecha del sol.

    Exasperantemente cayendo
    Nace cada día al amanecer
    La hoja de recientes espacios.

    Pequeños relámpagos
    Besando y besándonos,
    Mirando la eternidad
    De nuestra mirada.

    Es tiempo del último adiós.

    Crecerá una Acacia,
    Madurará un granado,
    Volarán en el viento
    Los planos imperfectos.

    A las puertas el ruido
    Desordenado y presuroso
    De un llamado o quejido
    De otro tiempo tormentoso.

    En esta mi muerte compañera,
    Nacerán estrellas,
    Se elevarán cánticos
    Que nunca quizás
    Nadie
    Cantará.

    VANCHO admirado por tu prosa pética, cada vez más urgueteando nuestra estética interior, Mora.

  6. FILOMENA VALENCIA ANGEL dice:

    La poesía es el reflejo del alma, por eso el que las escribe es un ser maravilloso, sabe expresar sus sentimiento de la mejor manera. La poesía es el reflejo del amor verdadero. Saludos a tod@s

  7. Vicente Luis Chávez Muñoz dice:

    Escribir poesía, es encontrarse uno mismo. Es adentrarse en ese mundo infinito de sendas, laberintos, desiertos, océanos, selvas que tenemos en nuestra mente. Escribir poesía es decir palabras que duelen, que ríen, que lloran, que acarician, que invitan a soñar. Escribir poesía es convertirse en creador de nuevos mundos, de nuevas experiencias, de nuevas ilusiones.
    Cuando la poesía llegue a tí, no dejes que huya, porque esa embarcación te llevará a lugares jamás imaginados.

  8. Joise Morillo dice:

    Regodeaos hermanos, regodeaos musa,
    Regodeaos de sublime estética, mientras;
    En mis manos,
    Tremulosa se expande lúdica fusa.
    Alabando vuestra prosa
    Concluyente con delicias
    Y amor a toda cosa
    Aun valiente, aun hermosa.
    Coqueteando con la vida, pues, contento
    A la postre, los despojos de la carne
    Lo adornaría una loza
    ¿Y el orgullo? ¿La virtud?
    No importe, os trasciende,
    Tal que fuiste las lumbreras, los candiles y las rosas.
    El norte ascendente, la estirpe, abolengo
    Digno vástago concluido
    De lo bello, de lo garbo,
    Y los predios destacados
    ¿Indulgencia? ¡No os falta!
    Ya en tanto,
    ¡Nuestro suelo, con firmeza
    vuestros pies habéis posado!

    Os ama
    Joise

  9. Luis Rodríguez dice:

    Bravo!

  10. JOSE ANTONIO GOMEZ PERALTA dice:

    Dios te bendiga mi amiga Mora Torres, como siempre de dejo un hermoso verso Bíblico creyendo que te puede ser muy útil con relación a la salvación. ► 1 Juan 5:20 Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna. 21 Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén.

  11. José María Gil dice:

    ¡Ojalá, Mora, la poesía nos salvara…!
    Lo malo es que vivimos tiempos difíciles. Tiempos de materialismo feroz, en los que los sentimientos (y entre ellos también el sentimiento poético) van quedando sin lugar…
    Quienes ya llegamos, por fin, a la fase en la que se puede volver la vista atrás sin tener que avergonzarse uno por ello, nos damos cuenta de toda la belleza que se nos quedó atrás sin haber podido disfrutarla. Y volvemos a recabar en la pintura, en la música, en la palabra oral y escrita, en la poesía…, incluso en la atenta observación de lo fútil e intrascendente; y lo hacemos sin que nos importe lo que pensará la gente, lo que dirán de nosotros los amigos que, ya sea por obligación (¡qué triste!) o por devoción (¡más triste todavía!), aún se mantienen pegados a la materia sin saber cómo desligarse de ella o sin si quiera querer hacerlo.
    Qué difícil será que un día lleguen a apreciar cosas tan sencillas como este tonto poema de juventud (4 de Diciembre de 1962), cuando creíamos a pies juntillas que la poesía era una meta alcanzable.

    Desde aquí arriba,
    tras una ventana, distingo, sentado,
    paredes, postes, chimeneas
    y tejados de las casas de enfrente…

    Un pájaro helado, rodeado de frío,
    busca entre las tejas algún grano, quizás…
    o un gusano…,
    mientras en un alto de sus movimientos observa,
    entre vigilante y temeroso
    y bajo mi mirada indiferente de curioso,
    la pose tranquila de un gato
    que está tomando el sol,
    perezoso.

  12. Iván Salazar Urrutia dice:

    José María Gil: Cómo entiendo lo que escribes; tato que recuerdo un poema que escrib en esos años 60 que hablaba de lo que se veía a traves de ella en el patio… terminaba algo asi: “Pongo este punto y abro la ventana.”
    No sé, entiendo esta época como un tránsito. Podemos decir que siempre estamos en tránsito… pero me refiero a un cambio fuerte, estructural. No sé dónde vamos. Tal vez eso nos molesta porque somos herederos o portadores de la gigantesca voluntad de los 60; no es así no más que nos dejaremos arrastrar. Pero los porfiados hechos…
    Leí un gran análisis sociohistórico que postulaba que el capitalismo nació por casualidad, en el sentido que la historia del medioevo daba para varas alternaivas de desarollo: la de enos posibildades era el capitalismo. De hecho no se dió en ningún otro continente; hubo de ser exportado e impuesto. Recuerdo esto porque sospecho que vamos a un camio rotundo y no sabemos cual; en tal caso no sería primera vez (mal de muchos…).
    Sin embargo estoy sabido (parafraseando a Sandino) que la poesía es la mirada más aguda que la sociedad creó; es el telescopio Hubble de nuestra huamanidad. Lo creo.
    VANCHO

  13. José María Gil dice:

    Muchas veces, Iván, la poesía es nostalgia. Y al decir esto, acuden a mi mente aquellos versos de José García Nieto, con los que el poeta cerraba su “Segundo Libro de Poemas” en 1946.

    DESPEDIDA

    Vuelvo a mi casa, más alta
    que la tuya, Luisa Esteban,
    pero sin una ventana
    que dé al atrio de la iglesia.

    - ¡Adiós, adiós! -
    Y no oyes,
    Luisa Esteban.

    No levantarás el cántaro,
    por mí, de su cantarera,
    con el agua del aljibe,
    sonora, delgada y fresca.
    En tu cama de altos hierros
    no dormiré más la siesta.
    Ni en tus sábanas de hilo,
    Luisa Esteban.
    Porque a mí me llevan - mira,
    tú que no oyes, mi pena -
    amores de otras ciudades
    hasta otra calle cualquiera
    que no es ésta con un toro
    descansando ante tu puerta.

  14. Iván Salazar Urrutia dice:

    ¡Espléndido poema!
    Vaya si no tengo razón… Ese recuerdo tuyo -compartido- nos habla de la certeza poética.
    Lo gozo.
    No es que no admire la ciencia y sus esfuerzos; trato de seguirla al ritmo de mi trote. Pero ese afán de exactitud -que es lo bueno que tiene- le traba la lengua.
    La poesia hace un discurso penetrante, a veces criptico -por desgracia-, como una flecha que busca su blanco, siempre. A pasar de la apariencia a la esencia, ella sabe que la esencia ambién tiene apariencia y va construyendo una igenieria linguística mucho más cercana a la realidad que el respetado cientificismo.
    Digo yo.
    Gracias mil por ese tremendo poema que nos regalas.
    VANCHO

  15. jorge enrique sanguino s dice:

    Hoy he podido leer
    Que el unico ser que puede ser comprendido es la palabra.
    No sè que hacer con el pensamiento
    Mucho menos con la razòn, la pasiòn
    Que me dice del viejo corazòn.?

  16. Kelly Jhoanna Cuartas dice:

    Muy buen escrito…me facino por que con la calidad de los detalles es capaz de llevarme a los escenarios……que bien =D

  17. Ricardo GAMONDÉS dice:

    A veces la salvación deviene del cumplimiento del honor, como cuenta este pobre cuento (pido disculpas por algunas malas palabras que contiene, pero así me lo contaron y así lo relato yo).

    El Caballero Rojo”

    I
    Epílogo

    En la Comisaría donde lo encerraron no hubo forma de sacarle una palabra, no pudieron los de la Regional ni los de la Provincial que vinieron desde Paraná y menos aún los de la Federal, que se llegaron dos y eso que uno era de la pesada, de los tipos de la época de la represión, que quería meterle los magnetos porque decía que nadie se resiste y darle máquina hasta que cante, hasta que explique el por qué de la matanza, pero los policías de Ibicuy, que conocían al “Loro”, sabían de su terquedad y de su inclinación hacia el silencio y los convencieron de dejarlo como estaba, aislado en su obstinada cerrazón, hasta que Su Señoría dispusiera los procedimientos.
    Y cuando el “Loro” se encontró frente al Juez, la más alta autoridad a la que jamás se había enfrentado en toda su vida fue sentir que estaba delante de la justicia de Dios y que era hora de descargar la conciencia, porque hacía cinco días que estaba en ese trance y de nada valía continuar con inútiles enigmas y demoras.
    - Tuve que hacerlo, comenzó explicando mi abuelo.
    II

    Juan Ramón Ugartemendía era hijo y nieto de inmigrantes vascos que llegaron a la Argentina a principios del 1900 y se instalaron en la zona de Ibicuy, cerca de El Escobillo y del Arroyo Colman en Entre Ríos, cuando la provincia era todavía un territorio aislado, sin grandes puentes que la conecten con Buenos Aires y las interminables Lechiguanas eran un obstáculo insalvable, especialmente en las épocas de crecida del Paraná, para poder llevar los productos de los tambos y de los corrales de aves a la Capital.
    En la región era de conocerse a las personas por sus apodos, que vaya a saber uno quién inventaba y cuándo, pero que una vez aparecido se instalaba entre la gente como una cédula de identidad y no había nadie que lo pudiera cambiar, aprovechando a veces defectos (el “Laucha”, el “Corto”, el “Rengo” o el “Ciempiés” Bobadilla, un viejo nacido en Asunción que perdió una pierna durante la guerra del chaco), o más raramente usando recursos linguísticos desconocidos para la mayoría, como el caso de Guy Poulín, un vasco francés que era la impuntualidad personificada y por eso alguien le puso “Ledernier”, aunque de tanta sutileza la mayoría creía simplemente que el hombre tenía doble apellido.
    A Juan Ramón le decían el “Loro”, no porque fuera “feo como un loro” o “charlatán como una cotorra”. Lo de “Loro” le venía por Favaloro, ya conocido como prestigioso cirujano del corazón, porque Ugartemendía capaba como un cirujano, con una velocidad y pulcritud que nadie podía superar y su fama se extendía por toda la banda occidental del río Uruguay. Aunque en el tambo la principal producción era la lechera, también se le daba por disponer de algún ganado para consumo y en la temporada de capar terneros el “Loro” podía castrar unos treinta o cuarenta animales propios y ajenos a increíble velocidad, hasta se dice que muchas veces ni sangre le salía a los capones de tan limpio y preciso que cortaba con su daga, daga que alguna vez quizás haya sido cuchilla de carnear pero que de tanta chaira y afile se había quedado cortita como bisturí del Favaloro e igual de afilada. El “Loro” cargaba siempre su capador al costado del cinto de las bombachas y atrás su cuchillo de monte cruzado entre la espalda y la montadura, y era como un pasatiempo para él darle a la chaira suavemente hasta sentir que brillaba el filo y cortaba sin chistar una hoja de diario en el aire.
    El “Loro”, como muchos de los vascos de la zona era hombre tranquilo, trabajador y de pocas palabras. Había aprendido de su padre los secretos del tambo y lo suyo no desentonaba en cuanto a producción y calidad dentro de la Cooperativa que todas las mañanas entre las seis y las siete pasaba por la ruta recogiendo los tambores. Tampoco era de andar por ahí los sábados a la noche recorriendo los bares o los bailes del pueblo, aunque de joven lo había hecho, más por necesidad del corazón que por gusto, porque si uno no se paseaba por los bailes difícil iba a ser conseguir mujer y hubo un tiempo en que su propia madre lo apuraba los sábados a la tarde (“preparate y andá al baile, que te vas a quedar sólo como un escarabajo”, le decía, sin saber si era cierto que los escarabajos andan solos o en fila como las hormigas o en banda como las abejas), para que se arregle y vaya al pueblo y conozca gente y haga relación con alguna de las hijas de los vecinos. Y así fue que conoció a la Victoria Elisamburu, hija de vascos llegados desde la provincia de Guipúzcoa. Dos años después el “Loro” ya estaba pidiendo la formalidad a los padres de ella y se casaron un mediodía de octubre bailando las antiguas danzas de la región de los ancestros, las alegres aurresku, brokeldantza y bordondantza.
    Y esa noche el “Loro” que tantas vergas y criadillas había visto, manipulado y castrado, conoció por primera vez mujer, y supo del placer, y hasta tal vez lamentó lo que a tantos terneros les había cercenado con su afilado capador. Pero habrá sido sólo por omento y después lo olvidó.
    Para la ocasión arregló y mejoró un poco la casa de sus viejos al costado del tambo, más cerca de la ruta. Su padre había muerto un par de años atrás y la madre decidió irse a vivir con la hija, cerca de Concordia, también dentro de un establecimiento tambero, para poder disfrutar de los nietos que el “Loro” le postergaba por su resistencia a casarse, aunque no por perezoso o indiferente sino por trabajador que era, y allá se había instalado definitivamente la madre, si hasta hubo que convencerla para bajar al Ibicuy para el casorio, pues decía que le cansaba el viaje, y no quería, y al final vino, pero enseguida se volvió para Concordia y de esto hace ya muchos años y casi ni saludos para las Navidades manda y tampoco recibe.
    Cuando nació Francisco lo vieron al “Loro” emocionado y contento como nunca, si es que fuera posible distinguir emociones en ese rostro de piedra y de ojos claros como el lince. Esa noche fue a los bares del pueblo y regaló tragos y charutos brasileros a todos los presentes y después, incluso empezó a ir a misa los domingos con la Victoria y el crío, cosa que nunca antes hacía, para desencanto primero de la madre y luego de su esposa que le insistían siempre y él se negaba porque así como no era de andar por los bares tampoco era de ir por las iglesias, y se lo veía feliz bajar del cabriolé dominguero con orgullo llevando del brazo a la mujer y al chico, siempre con su capador a diestra, para disgusto ahora del cura, que no quería ver ni facas ni cuchillos en la Iglesia, pero se guardó de decírselo al “Loro” porque su carácter callado y remiso lo hacían parecer hostil y pendenciero, y temía perder un nuevo feligrés que buenas monedas dejaba al momento de la limosnera.
    El Francisco creció fuerte y al lado de su viejo aprendió rápido a montar, apartar ganado y los primeros secretos del ordeñe. El “Loro” y el Francisco, que tenía unos diez años, trabajaban casi codo a codo desde la madrugada hasta la noche, si no fuera por el tiempo que el chico iba a la escuela para aprender el arte de las letras y los números, pero estaba claro que lo suyo era el tambo, al lado de su padre quien sentía por el Francisco cada vez mayor inclinación y reconocimiento, cosa que no sucedía con el segundo. Porque la mujer le había dado otro hijo, pero el “Loro” nunca pudo sentir lo mismo que con el primero ni supo bien por qué, y tampoco le interesaba saberlo, si hasta le sorprendió la llegada del otro hijo, porque lo suyo era el trabajo y el Francisco, y no de estarle encima a la mujer ni de pedirle favores ni acosarla, más allá del hecho que la mujer se había vuelto un poco gorda y descuidada. Pero nunca faltaban los domingos a misa ahora con los dos críos, con el Francisco y el “Segundo”, porque el “Loro” nunca lo presentó ni lo llamaba por su nombre, él decía “este es el Francisco y este es el Segundo” y ni los que se juntaron muchos años después a tomar caña en los bares del pueblo o que pescaban juntos en el arroyo los domingos por la tarde supieron decir cómo se llamaba exactamente el otro hijo de la Victoria, el “Segundo”, y sólo se enteraron cuando su nombre apareció en los diarios, años más tarde, después de la tragedia.
    Aunque en realidad hubo dos tragedias.
    La primera se produjo un par de semanas antes de que el Francisco cumpliera los catorce años, una mañana de otoño cerca de las cinco y media, cuando el “Loro” estaba estacionando la chata al lado de la ruta y el Francisco había empezado a colocar los tambores porque los camiones de la Cooperativa comenzaban puntualmente la recolección, y como resultado de la fatalidad y de la niebla, que para esa época del año invariablemente había, con su fuerte cerrazón, y quizás porque el “Loro” tenía por costumbre colocar los tambores en una contracurva de la 14, que ya le habían advertido su peligro, o porque el chofer del Scania de seis ejes se quedó unos segundos dormido, lo que no se pudo comprobar en el sumario que se hizo a posteriori, justo cuando el “Loro” cerraba la puerta trasera de la chata y el Francisco acomodaba el último tambor, se apareció aquel camión como de adentro de la noche, refulgente sus enormes paragolpes cromados, sin que se pudiera advertir la luz los faros, fundidos seguramente en la densa niebla, ni el tronar del potente motor, ni nada, como un fantasma, como un monstruo surgido de las tinieblas, el “Loro” vio y escuchó al mismo tiempo la pirueta y el trepidar de los tambores, la boina negra del Francisco volar por el aire como en cámara lenta girando sobre si misma con el escudito de la Confederación abrochado en un costado, el estallido del impacto, un grito sordo, rechinar de frenos, leche blanca mezclada con sangre sobre el asfalto mojado, pedazos de carne con huesos astillados y el amasijo del cuerpo rodar por el camino hasta detenerse con la quietud de la muerte detrás del acoplado, y un tambor vacío girando todavía como un trompo ridículo en medio de la ruta, hasta que el tiempo se detuvo y el pavor se adueñó de la noche.

    III
    Después el “Loro” empezó a ser visto en los bares de El Escobillo, al principio no todas las noches, pero muy a menudo y los sábados, hasta la madrugada. No alternaba con los demás, era de ir a chupar nomás hasta el embriague y volver taciturno a la casa, algunas veces discutir con la Victoria y hasta levantarle la mano, y los domingos en la misa ver a la Victoria con los moretones, aunque ahora iba sola, porque él dejó de acompañarla después de lo del Francisco, como si un manto de culpa y de desolación lo mantuvieran siempre abatido, ensombrecido por la aflicción. No fue de faltarle al trabajo, porque en eso el “Loro” puede decirse que fue un ejemplo, y algunas veces hasta cabalgar en compañía del “Segundo” o ir con él a alguna jornada de capa, pero se veía a la legua que no era lo mismo, que el “Segundo” estaba allí como podría haber estado cualquier otra persona o cualquier otro animal.
    Y aunque pasaron más de diez años, no se recuperó.
    El “Segundo” continuó en el tambo, pero era uno más de los peones, por mucho que se esforzara por hacer las cosas bien, por despertar la admiración de su viejo, nunca lo consiguió o al menos el “Loro” jamás se lo demostró.
    Para peor, una madrugada de domingo el “Loro” volvió a la casa borracho y a diferencia de otras veces, alzado y pendenciero. Despertó a la Victoria porque, le dijo, se la quería montar, montarla como a una puta, como a una hembra de verdad, y pelearon y la Victoria le arañó feo en los ojos y él le pegó dos cachetazos que casi la desmayan y ella perdió el control y le dijo, le dijo que no era hombre, que no era macho, que más macho era cualquiera de los capones que había castrado en toda su infeliz existencia, que mejor la había cogido el “Rulo”, un peón correntino que trabajó para ellos años atrás y que había sido el “Rulo” el que la había preñado de nuevo, que el “Segundo”, el único hijo que le quedaba vivo ni siquiera le pertenecía.
    La paliza fue tremenda. Tanto que la Victoria no salió de la casa durante dos semanas y nunca volvió a caminar bien, rengueando como si de pronto se le hubiera acortado una de las piernas.
    Pero el “Loro”, a pesar de todo, a pesar de la brutez de su alma perdida, de la muerte del Francisco que lo acompañaba en todos los momentos, y del alcohol que le ensombrecía el alma, que lo hundía en las profundidades de la nada y le encadenaba el cerebro, no repudió a su mujer ni al “Segundo”, porque había algo de honor en ese hombre que había vivido pendiente de los tambores de la contracurva de la ruta, contracurva que le había arrebatado lo único que aparentemente le daba sentido a su existencia.
    Las cosas ni siquiera cambiaron cuando el “Segundo” le anunció que se casaba, que se había estado construyendo una casita cerca del Puesto 8°, que seguiría ayudando en el tambo pero que poco a poco vería la forma de ir ganando su lugar, que se casaba con la Magdalena Urriola, cuyos abuelos eran oriundos de la provincia de Guipúzcoa, igual que los padres de la Victoria, y que una de las más lindas vasquitas de la zona. Pero ni eso lo conmovió al “Loro”, todo le era indiferente no porque proviniera del “Segundo”, sino porque se le había endurecido irreparablemente el alma, y era como si nada le importara, excepto el trabajo si se puede decir, porque nunca abandonó el tambo, a lo mejor eso le servía para tapar el dolor y curar las heridas del espíritu, terapia absurda y al final, inservible.
    El “Segundo” se pagó con su propia plata la reunión de casorio un sábado de otoño en el campo de los Urriola después de la Iglesia, porque ellos no venían con la misma prosperidad, y dicen que estuvo buena la comida y por pedido del “Segundo” se bailaron brokeldantzas y bordondantzas, decía que quería mantener la tradición, aunque los jóvenes ya ni sabían dar los pasos más elementales, pero de estas cosas el “Loro” no se enteró porque ese largo fin de semana se lo pasó en los bares del pueblo, borracho a más no poder, aunque sin hacer escándalos ni molestar a las mujeres ni a los otros parroquianos, tirado en los rincones, embriagado y perdido en sus propios vómitos, ya que no estaba en su temperamento ser pendenciero o peleador ni perder la compostura.
    Y la vida los fue alejando aún más, si eso era posible, un poco por la pertinaz indiferencia del “Loro”, un poco porque el “Segundo” dedicaba cada vez más tiempo a su incipiente establecimiento avícola y a la Magdalena, que le consumía toda su pasión. Para mejor, la Victoria los visitaba puntualmente los viernes a la tarde, de modo que ni falta hacía pasar por el tambo, y durante el siguiente año se vieron con el “Loro” solamente algunas noches de sábado en el pueblo, él borracho y ellos yendo o volviendo de algunos de los clubes de baile, a los que nunca faltaban, más por insistencia de ella que parecía querer siempre diversión que por el “Segundo” que prefería quedarse en la casa.
    Hasta que la Magdalena quedó embarazada. Entonces el “Segundo” fue a hablar con su viejo y le contó, le dijo que si nacía varón, le pondrían de nombre Francisco, como el Francisco, entonces por primera vez el “Segundo” tuvo miedo del “Loro”, por su mirada extraviada, por la petrificación de las facciones y la tragedia dibujada en cada una de las arrugas de su rostro y porque ni con eso logró emocionarlo al hombre, que dio media vuelta y se alejó a dar de comer a los chanchos como si en ese momento ninguna otra cosa en el mundo fuera más importante que dar de comer a los chanchos. Luego el “Segundo” se subió a la moto y se volvió con la Magdalena y esa fue la última vez que se vieron, porque ni el nacimiento del Francisquito ni la fiesta del bautizo los acercó, era como si el “Loro” hubiera levantado una muralla en medio de aquella alma insondable, con una obstinación para la fatalidad tan misteriosa como inquietante.
    El “Segundo” y la Magdalena continuaron con sus vidas, hicieron crecer la producción de pollos y huevos, y ella lo siguió arrastrando a los bailes de los sábados como única distracción mientras que la Victoria o alguna de las viejas conocidas se quedaba cuidando al Francisquito. Y, aunque la cosa venía de arrastre, fue durante uno de esos sábados en que se precipitó la otra tragedia, una noche en que el “Segundo” estaba pasado de copas y que la Magdalena pareció que coqueteaba primero con el “Bizco” Quijano, un chileno bastante pintón que hacía rato le andaba queriendo acercar a la Magdalena y después con el “Chueco” Brizuela, del establecimiento La Escondida, dos buenos peones de tambo durante el día, pero pendencieros y buscavidas de noche, y una cosa llevó a la otra, porque al principio el “Segundo” pensó que tenía que hacerse el distraído, como que no le importaba, para no parecer maricón o pollerudo, pero los aprietes de los tipos y las risas de la Magdalena lo desencajaron y tuvo que intervenir y en medio del baile casi se van a las manos los tres muchachos, si no fuera por los demás que apenas alcanzaron a separarlos y así continuó la noche, llena de presagios, de broncas y de miradas fieras, y cuando salieron para rumbear hacia la casa, el “Bizco” y el “Chueco” le cortaron el camino y se entreveraron hasta que el “Segundo” peló una sevillana y comenzó a cortar el aire con movimientos rápidos y precisos, revoloteando la muñeca con la rapidez amenazadora de un rayo, “de tal palo, tal astilla” , pensaron los tipos y evitaron la pelea aunque también iban calzados. Pero en cambio afilaron la lengua y le tiraron al “Segundo” con asuntos del pasado, de cuando la Magdalena se había dejado manosear por el “Botija”, un uruguayo que supo trabajar un tiempo en la región o de la vez que se dejó con el “Tito” en los pajonales del arroyo y de otras procacidades de la juventud, y fue entonces cuando en medio de la noche el “Segundo” pegó aquel grito, que más que grito era el alarido de un animal acorralado, tal como grita el pecarí cuando se siente a punto de morir, un estremecimiento que pareció salir desde el fondo de las tripas de aquel hombre consternado, que dejó clavados en la tierra a los pendencieros y hasta se sobresaltaron muchos de los que estaban adentro del local, a pesar de lo fuerte que sonaba la música, tanto que alcanzaron a escuchar el grito pero no los truenos que venían desde el Este anunciando una tormenta. Después el “Segundo” se cargó a la mujer en la moto y rumbeó para la casa.
    Y lo que pasó después entra en el terreno de las especulaciones. El “Segundo” y su mujer llegaron como a las cuatro y media de la madrugada y la vieja que cuidaba al chico se fue caminando hasta su rancho distante a unos trescientos metros y, según declaró a la autoridad más tarde, nada le hizo sospechar lo que sucedería adentro de esas cuatro paredes, y, lo que es la fatalidad o el destino, fue el “Clinudo” Baigorria, un peón del tambo del “Loro” que acertó a pasar cerca de la casa a la mañana siguiente cortando camino para ir pescar, y tal vez porque sintió un silencio estremecedor sólo quebrado por los llantos del crío, es que se animó a entrar, y encontró lo que encontró, y asustado por el espectáculo se vino corriendo hasta la casa del “Loro” que dormía la mona del domingo, y le dijo, y fueron a los tumbos hasta el Puesto 8°. El “Loro” ingresó solo y lo que vio primero fue a la Magdalena bañada en sangre, abierto el pecho de dos en dos, (“machete afilado, trabajo limpio”, pensó automática e involuntariamente) y después contempló al “Segundo” balanceándose del travesaño principal, ahorcado en medio de la sala, un banquito volcado a dos metros y en su mano izquierda, todavía crispada por los estertores de la muerte, una lana negra con un papel madera doblado en dos pinchado con un alfiler que decía “Para el Loro”, que de tan crispada que estaba le costó arrancárselo y al hacerlo se le desenrolló la boina del Francisco, todavía prendido el escudito de la Confederación, que seguramente el “Segundo” se había guardado en un descuido, como recuerdo de lo que fue su hermano y de lo que él nunca pudo conseguir en los afectos de su padre, y el papel escuetamente decía “Perdóneme, viejo. Tuve que hacerlo. Ramón” que así se llamaba el “Segundo”, y quedará en el misterio si el “tuve que hacerlo” se refería al haber matado a la Magdalena o producirse la muerte o ambas cosas a la vez, vaya uno a saber lo que pasa por la mente afiebrada de un hombre cuando las pasiones y los celos lo ponen al borde del abismo, lugar indescifrable donde no existen diferencias ni distancias entre la vida y la muerte, territorio desconocido al que sólo acceden los que se animan a dar ese último y terrible paso.

    IV

    Cuenta el “Clinudo” que el “Loro” salió con el Francisquito en los brazos todavía llorando aunque un poco más calmado, que el “Loro” le dijo “vaya y haga venir a la policía” y así lo hizo, y que el “Loro” parecía mismo como un alma en pena, “como un hombre que acababa de perder a su hijo”, y el suceso quedó caratulado “asesinato seguido de suicidio”, sin que nadie del pueblo pudiera aportar mayores datos que permitieran acercarse a la verdad de lo que había sucedido aquella fatídica noche en la casa del Puesto 8°, más allá del incidente a la salida del baile no muy diferente a otros entreveros similares que se producían casi todos los sábados por celos, borracheras, deudas de juego o ganas de pelear nomás para demostrar que se es macho, y fue visto también como normal que la Justicia le entregara a los abuelos paternos la custodia del Francisquito, por portación de apellido y porque los padres de la difunta no quisieron saber nada con nadie que se llame Ugartemendía, ni con el chico ni con los demás de la familia. Y así fue como la Victoria, pasados los cincuenta, se convirtió de nuevo en madre de oficio y el chico, un poco hijo, un poco nieto, le devolvió sentido a sus días, le propuso un motivo y le hizo recuperar las ganas de vivir que hacía mucho tiempo había perdido.
    Y el “Loro” también cambió. Al principio no se notó, porque fue lento y progresivo. Por un lado volvió a tratar con respeto a la Victoria y toda vez que se hablaba algo del “Segundo” lo llamaba por su nombre, le decía “vaya al cementerio Victoria y póngale unas flores al Ramón” o “vea que había sido lindo el crío del Ramón” y cosas por el estilo. Además fue evidente la dedicación que empezó a ponerle al chico que meses de vida tenía recién, tanta que solamente unas semanas después de “la tragedia del Puesto 8°”, como quedó en llamarse, el Francisquito había pasado más tiempo en brazos del “Loro” que el propio Ramón en toda su vida, y había momentos en que hasta parecía que le hablaba, aquel hombre extraño y de pocas palabras que ahora charlaba con un crío que ni le entendía ni le podía responder.
    Siguió yendo casi todas las noches a los bares, pero se bebía solamente una cerveza y ahora alternaba con los parroquianos cosa que jamás antes hacía, charlaba con ellos de a uno, en los mismos rincones donde antes se había quedado dormido por el embriague, y casi sin que se dieran cuenta los iba llevando en la conversación a la noche de la muerte del Ramón y luego de un par de meses, el “Loro” se había hecho una idea sobre cómo se fueron dando las cosas y de la forma en que enloquecieron al Ramón con el veneno de la ofensa y de la palabra despiadada que le despertaron celos enfermizos, lo sacaron de control y le contaminaron irremediablemente el alma, y como quien no quiere la cosa averiguó también asuntos del “Bizco” y del “Chueco”, sus lugares y costumbres, sin que nadie pudiera sospechar nada hasta que se escribió el último capítulo, que fue cuando se hizo justicia, el acto de reparación e inmolación de un hombre en el cumplimiento de su destino, que cuando se pone adelante hay que obedecerlo, pues no se sabe de nadie que haya podido escaparle, por más fatal que éste sea.
    Pasaron unos meses y el “Loro”, sin el vicio del alcohol y de otros desarreglos, parecía además retomar el estado físico que el abandono y las borracheras le habían quitado y que le habían puesto grasa en la cintura y entumecimiento en las piernas, y empezó a cortar leña con el hacha no con la motosierra lo que hubiera sido más razonable para su edad y condición física, el torso desnudo aprovechando los primeros rayos de sol del verano, trayendo agilidad y fuerza a los músculos flácidos, como un gladiador que se está preparando para la última batalla, como un hombre que ha tomado una decisión inevitable pero que se siente tranquilo porque sabe que está haciendo lo que le dicta el cumplimiento del deber, y hasta hubo gestos de ternura con su mujer, al igual que en otros tiempos ya lejanos, “como si todo estuviera volviendo a la normalidad”, pensó falsamente la Victoria en su ignorancia, en su ignorancia de lo que pasaba por la cabeza de aquel hombre, cerrado como la cerrazón de las neblinas de otoño.
    La Victoria algo intuyó aquel viernes, porque el “Loro” no era de bañarse ni afeitarse a la mañana y menos de hacerlo al mediodía, ni andar cabalgando al trote sencillo con el Francisquito en brazos, recorriendo parajes que parecían tener sentido solamente para él, hablándole al chico vaya uno a saber de qué cosas y pasarse toda la tarde sentado en la reposera bajo el alero de la casa, mateando y hamacando la cuna, con la chaira y el cuchillo capador dale que dale, concentrado en sus propias cavilaciones y después, enganchar la boina del Francisco en uno de los barrotes de la cuna y al caer la noche, despedirse, sin palabras, como siempre, con un gesto callado y lejano, pero con la mirada firme del hombre que es consciente de su propia determinación.

    V

    Lo del “Chueco” fue sencillo porque tenía el hábito de dormir unas horas después del trabajo para caerse por los bares a la medianoche. Cuando despertó sobresaltado ya tenía atadas las manos en los barrotes de su cama, y, desnudo desde la cintura para abajo, las piernas bien abiertas aferradas a los extremos, lamentando como nunca su chuequera el “Chueco”, y el “Loro” cerrándole la boca con la mano izquierda, y ver, y comprender, y tener la certeza de la muerte cuando el “Loro” le susurra al oído, parcamente, cuál era la cuenta pendiente y cómo saldarla, y el pánico del hombre hizo que casi se le saltaran los ojos de las órbitas y cuando la policía lo encontró seguía con los ojos igual de abiertos y en la boca metido a empujones el pito y las bolas que limpiamente le había cortado el “Loro”, tanto que fue difícil determinar si el infeliz murió ahogado o desangrado, y que recién después de muerto le abrió el pecho con un tajo limpio y le arrancó el corazón y se lo tiró a los chanchos, según declaró ante el Juez, de lo cual no hubo constancia porque los chanchos no dejaron vestigios ni señales.
    Al chileno lo esperó al final de la cañada a eso de las cinco de la mañana, justo debajo de una luz mortecina de alumbrado público. Sabía que el “Bizco” no era de emborracharse porque jugaba a la pelota los domingos a la mañana y era fuerte y ágil, y cuando lo divisó a unos cincuenta metros el “Loro” salió distraídamente de las sombras y se encaminó a su encuentro. El otro se sobresaltó al principio y manoteó instintivamente la daga que llevaba en la espalda pero al ver que era el borracho del “Loro” se tranquilizó y no sospechó, y cuando se cruzaron tocándose casi con los hombros el “Loro” el “Loro” se movió con la rapidez de un yaguareté, y levantando la mano como para acomodarse la boina, en dos golpes certeros primero le tajeó de muerte en la yugular que le lanzó un chorro de sangre caliente y le empapó el rostro y la camisa blanca para continuar en arco con el mismo movimiento hacia abajo y abrirle la femoral en el muslo izquierdo haciendo que el “Bizco” cayera de bruces sobre sí mismo y que la vida se le filtre a borbotones, sin haber dado un grito siquiera y con el espanto reflejado en la cara. Aunque tardó unos pocos minutos en morir, es seguro que el “Loro” lo castró en vida y le embutió al infeliz su propio sexo en la boca, y luego le arrancó el corazón limpiamente, en dos tajos, y lo arrojó en el cangrejal que hay camino al pueblo, de lo cual tampoco quedaron pruebas.

    VI

    Se produjo un tremendo silencio en el bar cuando ingresó la figura espectral del “Loro”, de pies a cabeza completamente empapado de sangre, en parte fresca en parte seca, y pedir una caña y decir “llamen a la policía” y comentar alguien unos meses después que allí parado el “Loro”, todo de rojo excepto los ojos grises, refulgentes y afilados, tan afilados como el cuchillo capador que aún sostenía en la mano derecha, parecía el ”Caballero Rojo” de Titanes en el Ring.

    * * * * *

  18. JORGE ENRIQUE CESARONE VELIZ dice:

    TENGO POCO TIEMO EN MONOGRAFIAS.COM Y ME ESTOY HACIENDO ADICTO AL BLOG DE
    “MORA TORRES” AL TERMINAR MIS EXAMENES EN LA UNIVERSIDAD LO VERE CON MAS FRECUENCIA.

    ESTOY EMPESANDO DEGUSTAR LA POESIA.

    CESARUNO64.

  19. Andrea Hurtado dice:

    que hermosa es la poesia donde se puede expresar y hasta sentir los mas bellos sentimientos del ser humano.



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