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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 
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Archivo de Marzo, 2011

Helen Keller

La noche era ella misma (Centurias), ese bulto que sólo podía tocar su carne sin darse ninguna explicación, sin siquiera saber la palabra fantasma o la palabra bulto (Regla para eremitas).

No conocía las estrellas, la medida, la altura (Evolución estelar), ni siquiera sabía lo que era el silencio porque también, como la noche, ella era el silencio, al menos no se distinguía del silencio, apenas era un cuerpo que era noche y silencio sin nombres, sin nombre (¿Qué puede representar el nombre propio para la Psicología?).

Sabía, de todos modos, sin letras, sin sonidos, sin resplandor, que era (Ética del límite: la compasión del ser por el ser); parece que el ser sabe que es, cercana a una planta, con igual sabiduría (Las plantas).

Ella podía llover, podía ser la lluvia cuyo tacto la refrescaba; podía tantear la fuerza (Sumisión al poder, fuerza de las ideas y reencantamiento del mundo), comprender con el olfato las historias guardadas en el perfume.

En la oscuridad donde nunca para ella existió ninguna lámpara, apareció una mano que acaricia.

No puede haber sido otra cosa que la mano de una médium, que le transmitía las sensaciones y experiencias del para Helen remoto país de los cuerpos visibles y sonoros. Así como otra médium traduce las palabras de los muertos, Ana le armó el mundo de los que la rodeaban (Las inteligencias múltiples).

Se necesita creer, para que alguien nos diga qué dicen nuestros queridos que murieron. Creer, para no morir con ellos que ya no existen a nuestro lado pero están en alguna parte.

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Editorial

Hoy, hay que hablar de la muerte

Se siente la fricción, es el sonido, el roce (Del sonido al signo), que hacen las transacciones entre la vida y la muerte (Cómo se realizan los ciclos de transacciones). Mirando por la ventana puede verse adónde emigra el alma, en pájaros (Asambleas de pájaros), hacia el fuego y hacia el mar, hacia la tempestad y los volcanes, y lleva mensajes hacia arriba, de carne sutil, y viene hasta aquí abajo con espíritu ciego en apariencia, cruel en apariencia (Maus: Una herida que no cierra).

Nosotros, los espectadores, afilamos nuestros sentidos (Los Sentidos), afilamos el lápiz de la muerte para dibujar esos contornos, desde lejos. Desde lejos se puede mirar tanta muerte, tanto dolor, tanto sol, tanta nieve y desesperanza, y ver cambiar trajes por sombras, sombras por banderas (Rosario, esa Ciudad).

Se puede soportar la agonía que es transmitida por televisión (La Televisión), escuchar que el que agoniza muere con el llanto de los recién nacidos, y que el que nace nace con la sonrisa de la muerte (Sobre la muerte).

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Editorial, Monografias

Los bellos tiempos de las lecturas en voz alta

No es molestia ni crítica (La medida de nuestro desconocimiento), pero los poemas actuales, y tal vez hasta honorablemente, se han convertido en partituras.

Una partitura es además de una música ímplicita, dormida pero a punto de despertar, una bella obra gráfica (Arquetipos).

Tengo fotografías de antiguas partituras (Inmigración: fotografías), porque hacen agradable el lugar. Como un Mondrian, por ejemplo, cuelgan de las paredes (Mistificaciones del culto al genio).

Pero las “partituras” de poesía no son aptas para ser leídas en voz alta entre amigos, derramando sobre el papel una gota de ron, como le gusta a Vancho (Tipos de bebidas alcohólicas); necesitan una lectura silenciosa y una mirada también silenciosa que capte el extramundo del poema, allí adonde se va hacia el otro lado y se sigue y se sigue con palabras casi inexistentes -y cuando digo casi recuerdo la definición de José Itriago-, con letras raras que no pueden sonar (Caracteres y cadenas), como espacios en blanco, como ampliaciones y disminuciones de la tipografía, como el duende que está oculto dentro del papel pero que le habla a cada lector de manera distinta (Las diferentes percepciones del mundo).

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Monografias

Carnavales íntimos

Extiendo sobre el mantel las cosas que fueron mías, un viento de objetos y hechos que me persiguen (El Sendero de la Mente al Cuerpo: Derrotero de dos vías): ¡oh mi preciosa cabellera, mi calma, mi corazón desde donde yo nacía, mi vientre joven, mis hijos (Abuelos y nietos), la cuchara de plata con que removía el té y los días hermosos, remos de otro tiempo! (Administración del tiempo).

En el espacio que me queda -no quiero, o no puedo, mencionar el tiempo que me queda y lo llamo espacio (Nivel existencial del espacio)-, hago hogueras quemando lo que sobra, y hay una máscara festiva.

En el mantel hay una máscara festiva (Máscaras).

No se puede haber sido tan feliz como lo éramos mis hermanos y yo, y algunos amigos del barrio, en los días de carnaval de cuando éramos niños, en los años 60 (La simiente del arte conceptual).

Un mes antes ya hablábamos de tan augusta fiesta (Fiestas de febrero). De la cantidad de bombitas -globos inflados con agua que se arrojan durante el juego- que podríamos conseguir con nuestros ahorros, de que nuestros padres nos permitirían hacer cualquier tipo de ruidos durante la siesta de esos días (El lugar de Rulfo). De que los juegos de agua terminaban en el crepúsculo y después había que pasar por la sala de disfraces e ir ¡tan felices y deslumbrados! al corso (La felicidad).

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Editorial

No hay ángel en espejo que resista…

Considerando que “las cosas particulares son teofanías, o sea apariciones de Dios”, con Natalia, una amiga que se suicidó, jugábamos a enumerarlas vez por vez, día por día (Depresión y suicidio).

Y el sol brillaba más, o la lluvia era más brillante cuando Natalia estaba viva (La Vida).

Ella decía que sabía fumar de manera que el dueño del bar no la registrara; que sabía gozar y sufrir impidiendo que Buda, al que ninguno de los dos verbos le gustaba, la vigile (Los hombres contra lo humano).

Ella decía un poco antes de suicidarse que era hindú, budista, musulmana, cristiana, etc. (Otras religiones cristianas: mormones, adventistas y testigos de Jehová) pero que trataba de que nada de lo que se consideraba transgresión en esas religiones la perturbara; decía que haría todo lo posible por perdurar aunque los místicos cristianos abominaran la permanencia -sí, lo decía con estas palabras-, ya que en otra vida no estaría y necesitaba aprender ahora mismo -¡tantas religiones tenía Natalia, para ninguna verdadera fe! (Los dogmas y creencias religiosas. ¿Asunto de fe o de razón?).

Ahora no puedo hacer otra cosa -después de seis o siete años, ni siquiera lo sé con exactitud (La escalera)- que quedarme tranquila con su ausencia. Pero le pedí por todos los medios que no se ausentara, ya que se llevaba a la muerte un tesoro que compartían todos los que la conocían, y justo a la muerte, que suele ser tan desagradecida (Percepción de la muerte a lo largo de la vida).

El acto brutal de Natalia fue como una enorme puesta en escena, fue el día del estreno con la mejor producción del mundo, con el más triste de los velorios y el más grande y extenso de los llantos sinceros: cientos de amigos rodeaban a esa muñeca que se había convertido en cartón (Teatro).

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Editorial

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