Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Febrero, 2011

Insomnio

No puedo dormir (Trastornos del sueño), y las horas danzan (Ponencia sobre la danza del vientre), y apoyo las manos en las horas que danzan como si me fuera a caer, como si tuviera temor de no volver si me durmiera, o estuviera recostada en mi caja de muerta por un tiempo (Réquien para un sueño) -sé que muchos comparten conmigo estas horas en blanco, por eso las describo.

Sí, la noche es un muro blanco más que negro (El borde de la noche) y el mundo rueda, gira por los rostros amados y desamados de los recuerdos; aparece uno a uno cada amor (Filosofía del Amor).

Allá viene el caballero andante de mi pena (Viaje al reino de los deseos), lo saludo, lo miro fijamente, y comprendo que no es un caballero, que lleva su cara de dama antigua, sus partos y sus collares y sus humos que antes fueron brasas; hay siluetas grabadas en el muro, son siluetas de manos y de pasos oscuros (Kemet. El país de la tierra negra). Esos pasos no me dejan dormir, son ellos mismos los que me impiden bajar serenamente la cabeza hasta las raíces y respirar el perfume de la tierra, o levantar al viento mi alma. Estoy velando cada hora, cada minuto velo la forma de mi cuerpo, su caída hasta el fondo (Psicoanálisis y vejez).

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Editorial

Autorretrato de una bruja en su burbuja

Apenas me levanto  (Pensamientos) tengo que limpiar el espejo con lo que me queda de aliento y borrar rostros sucesivos, para que sólo, por el momento, aparezca mi cara, mi fantasma (Mi complejo de escritor).

Y lo primero que veo son ojos de ópalo que debo descifrar de mí misma, como la anciana bruja exploraba la bola de cristal (Sexocidio en la Edad Media: el peligro de ser mujer). Por allí pasa un arroyo delicado y nada una sombra, se forman pájaros sobre las aguas, aletean y hay un astro negro de muchas puntas que conduce los silencios y las palabras de mi mirada (Mitos de la autopercepción negativa. Latinoamérica en el espejo).

Debajo de los ojos veo una tela tejida con un hilo de seda desprolijo, tal vez escurridizo (Hilados), y marcas que la hilandera de las horas dejó cuando trabajaba con el amor y con la pena como si fuera una orfebrería angelical, para que los ángeles luzcan joyas resplandeciente en qué sabe qué cielos (Arte Mesopotámico). También hay filamentos cruzados del infierno y el cielo, y algún espía del purgatorio (Desdoblamiento y visión en vigilia).

Pero más abajo en esta cara, en la boca de finos labios que estuvieron llenos de carne y luz, se cumple de verdad mi destino de ser y envejecer (La personalidad del ser humano).

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Editorial

Para enamorados

Lo bueno de un soneto es que se acaba de escribir en un punto (Bien vale un verso), nunca sé cuándo termino de decir mis cosas, cuánto navego con la barca del otro, hacía qué puerto, con qué vientos en sentidos contrarios encontrarme y hundirme o proseguir, o ir declinando con pausas y gemidos (¿Por qué las palabras se las lleva el viento?).

Pero de pronto en esa nave se me cruza la sombra del amor (Tiempos de amor y revolución). No, no es nada más que eso, pero es grave.

La sombra de los amores diurnos de la juventud no es nada; lo que es grave es la sombra del amor muy maduro (Ciclo vital humano).

Cuerpos desnudos

¿Cuerpos desnudos de sesenta años? (La grandeza de ser débiles).

Claro que sí: un fósforo revela la belleza que sólo puede tener la ternura, aunque los dos amantes nos convertimos en espías, uno del otro (Celotipia).

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Editorial

Tus miedos, mis miedos

Miro por la ventana. El día es azul, lleno de claridad, con translúcido cielo de verano (El horario de verano: un factor de producción de ansiedad).

Acabo de llegar de vacaciones; todavía no desarmé mi maleta viajera (¡Así nos vieron!).

Traigo piedras, hojas raras y unas rosas de metal -dos servilleteros- que me regalaron unos artesanos sabios (Artesanos vs. Academias).

Todo está en calma (Fantasmas. Crónicas de un viaje al interior).

Me digo que todo está en calma, y que ese estado lo traigo de mis dichosas vacaciones: traigo el laguito, todos los matices del verde de los que les hablé, el olor del aire perfumado con yuyos (Camaná-Arequipa).

También escalo en un ensueño, otra vez, las sierras por las que anduve.

Todo está muy tranquilo, muy quieto, me repito mirando un poco más por la ventana.

Ahora tengo que ir a la editorial a entregar las correcciones que terminé en el ómnibus, de vuelta.

De pronto me pregunto por qué necesito repetirme tan seguido cualquier sinónimo de la palabra calma.

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