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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 
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Archivo de Julio, 2010

Cerebro y Mente Humanos

Ignoramos tanto del cerebro y de la mente que casi ni sabemos diferenciarlos o al menos definirlos individualmente. Me ayudo por el momento con el Diccionario de la Real Academia Española, en su vigésima segunda edición:

Cerebro (del lat. cerebrum): Uno de los centros nerviosos constitutivos del encéfalo, existente en todos los vertebrados y situado en la parte anterior y superior de la cavidad craneal.

Mente (del lat. mens, mentis): Potencia intelectual del alma.

Sin embargo, me quedan dudas de haber aprendido algo de alguna de estas académicas definiciones.

Pero quizá por todo lo que ignoramos de ellos, el cerebro y la mente siempre fueron nuestros juguetes predilectos. Jugamos seriamente a reproducirlos, a filosofar, a investigarlos. Un poco menos científica pero más literariamente, llenamos esa tierra extraña de fantasmas, de monstruos, de vampiros (Vampiros: los Moradores de las Tinieblas. Clasificación Vampírica según Origen y Características y Aproximación al devenir histórico de los fantasmas en el imaginario de la Cultura Occidental).

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Editorial

Todo está como era entonces

Los fantasmas adoran el sitio donde habitaron cuando estaban vivos y no lo abandonan jamás (Fantasmas. Crónicas de un viaje al interior). Resisten a los cambios, aunque, aunque les molesta cuando la gente realiza refacciones, o reciclados (Reciclado).

Los fantasmas se angustian cuando los cambian de lugar… (El lugar de Rulfo).

Y, aunque estemos vivos, somos igualitos a los fantasmas.

El lugar lo es todo para nosotros; nuestros lugares son nuestro presente y nuestro pasado y de ellos rebosa el recuerdo (La escalera).

Lo que queda de cada historia está en el lugar donde ocurrió.

Tal vez sea el modo de las personas sin conocimientos científicos, como yo, de comprender a Einstein (El sueño de Einstein): el espacio y el tiempo se confunden; por ejemplo, cuando visitamos la casa donde nacimos y en la que estuvimos hasta los veinte años para después abrir las alas… (El Humano, una especie de suicida).

En mi caso, hay otro lugar más intenso.

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Maradona y Maradona

Los dos Maradona que voy a nombrar son argentinos, pero mucho más que argentinos son latinoamericanos (Filosofía latinoamericana), pero mucho más que latinoamericanos, pertenecen al mundo de los hombres-leyenda (Leyendas de México).

Uno, porque a cualquier esteta que se precie, le interesa la danza del “barrilete cósmico”. En Argentina, en Tegucigalpa (Historia de los partidos políticos - Honduras contemporánea), en París, en Praga, en Egipto (Ciudades y escritores). Porque la inteligencia también se disfruta en el “arte de la pelota” (La mujer en el deporte: un acercamiento al fútbol).

Otro, porque la solidaridad es universal (La solidaridad), y cuando se une a la ciencia y a la sabiduría puede transformar al mundo y borrarle los límites (Un mundo sin fronteras).

Aclaro que no voy a contraponer sus figuras, y que no entiendo por qué algunas veces se cae en ese juego tonto.

¿Acaso si, por ejemplo, Ernesto Sabato (Objeciones-al-que-no-objeta) hubiera seguido dedicándose a la física no podría haber llegado tan lejos como Einstein en el respetable “rubro” de la ciencia? Pero no, se dedicó a la literatura, lujo de la palabra que es tan lujo como el del movimiento en el deporte. Cada uno es poeta en su materia (Escritores y poetas venezolanos).

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La locura del hada

La máquina producía imágenes, ríos de diamantes (Los diamantes de Monrovia), de tótems, de máscaras africanas (África). Cada pulsación daba un cuadro completo dividido en varios cuadraditos: si tres serpientes estaban alineadas, empezando de la izquierda, o si unas estatuas de Nefertiti (Egipto antiguo) ocupaban el costado izquierdo, el derecho, el cuadrado de arriba y el de abajo, se marcaba un puntaje, 100, 75, o 1000, o 10000, o 24 (Números irracionales).

Y tenías que volver a tirar -unos diez pesos-, y empezar una rueda larguísima en la que nunca coincidía nada y cuando coincidía parecía milagro (Milagro en el bosque), y te hechizaba. Y volvías a mover la rueda treinta o cuarenta veces a cinco o diez pesos cada vez (La rueda de la fortuna).

Muchas veces ella, que se parecía a un hada le habían dicho, había sentido al diablo mirándola desde atrás cuando jugaba en esas máquinas (El Mal en Fausto y El Hombre de Arena), pero esta vez lo sentía pesar sobre su hombro derecho, fuerte, como si la estuvieran apretando. Se tocó con la mano izquierda y no había nada, o quizá el Maligno (Manifestaciones y representaciones del Mal) se había hecho fuegos artificiales, luego polvo con los cuadros de las tragamonedas. De inmediato buscó en la cartera un billete de cien y ya no había, o de 50, o siquiera de 10.

No había ni monedas.

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