Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Febrero, 2010

Nuestro lugar común

A veces mi pluma es suave, se balancea sin inconvenientes por la página, como si fuera de ave del paraíso (Origen y evolución de las aves). Otras, es pluma de dinosaurio (Dinosaurios…).

Pero el deslizamiento de mi pluma por este espacio de los miércoles tiene el propósito de compartir, compartir con ustedes, mis colaboradores, lecturas y experiencias (Estrategias para la lectura).

Además de eso, intento recomendar en medio de mis a menudo desquiciadas disquisiciones, monografías que he seleccionado y que les serán útiles para:

Ampliar el tema

Descubrir temas relacionados (Descubrimientos del hombre al 2007)

Comprender que la monografía recomendada nada tiene que ver con lo escrito y tratar de entender por qué fue elegida

Y en ocasiones cambiar de tema -cuando no les agrada lo que digo-, y consolarse con algo mejor.

Lo de cambiar de tema también puede mirarse en otro sentido: los participantes de este lugar suelen no aportar material relacionado con lo que se argumenta, sino maravillosas digresiones.

Cada uno lo dice como puede y como quiere, con un poema, canción o cuento propios o ajenos, una crítica dura o benevolente (La ¿de?-función del crítico después del fin del arte). Hay entre los participantes grandes escritores -no de fama, sino de talento-, y otros que sin serlo se expresan de manera inigualable, dicen todo lo que deben decir, no los interrumpe ningún prejuicio. Y otros que tienen una manera de decir solamente “me gustó” o “no me gustó” que los hace adorables.

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Monografias

Juegos con el tiempo

He llegado a concebir la idea pretenciosa y esquizofrénica de que todas las épocas están presentes en el ahora (Esquizofrenia).

Esquizofrénica, porque mi teoría incluye las máscaras (Códigos naturales y culturales), máscaras que la gente guarda dentro de sí -campesino medieval, rey, soldado, esclavo, señor feudal (La transición del esclavismo al feudalismo)-; pretenciosa, porque no soy ni psicóloga ni historiadora (El proceso formativo del historiador…). Pero, a la vez, he descubierto que muchos de ustedes prefieren que les hable como si yo fuera un individuo particular -y a veces lo soy, con locuras, ideas e imágenes particulares y no siempre “científicas” (El estigma de la locura)- más que como un editorialista de ceño fruncido, mucha profundidad ceremonial y erudición.

Paso a explicar mi idea de los tiempos que confluyen en todos nosotros (Evolución histórica de las concepciones sobre el tiempo): cuando mantengo una relación de cualquier tipo -afectiva, comercial, etc.- descubro que en ese alguien conocido a veces aparece el hombre de las cavernas; otras, el torturado existencialista de la mitad del siglo XX; otras, el refinado, exquisito señor, o señorita, del siglo XVIII (Relación entre el pasado y el presente). Y muchas veces, también, pero esto no entra dentro de mis “estudios”, que no abarcan el futuro, el tecnólogo bastante duro de entendederas para todo lo humano de fines del siglo XXI -tal vez sea prejuiciosa al expresarlo así, y pido perdón por el prejuicio (Escuela y futuro).

La pregunta

Como la idea se originó aproximadamente durante mis veinte años, arrastro desde entonces datos de una extraña encuesta. Pregunto -no muy a menudo, sólo dos o tres veces por año recuerdo mis especulaciones-: ¿en qué época te hubiera gustado vivir?

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Editorial

La destrucción fue mi Beatriz

Leo con un escalofrío una cita de Mallarmé, poeta extrañísimo: “La destrucción fue mi Beatriz”, frase que me conduce del infierno hacia el cielo (La teoría de la seudocultura).

Mallarmé está hablando de la inspiración y de la muerte. Beatriz, inalcanzable, casi parece no haber existido de tan lejana. Ella, sin embargo, fue la brisa que empujó a Dante al paraíso (Época del Renacimiento).

Me refiero a Dante, a Beatriz, a Mallarmé (él decía que todo existe para llegar a un libro), porque mi lápiz se atasca, pierde fuerza, cuestión que no le achaco a los años -y ya diré por qué- sino a un entumecimiento temporario de las emociones. En cuanto me mude a un lugar verde, apacible, serrano, donde canten los pájaros, volverá a cantar mi pluma, no importa si muy bien o muy mal (A orillas del Aqueronte).

Pero, amigos, ¿qué es la inspiración, quién es Beatriz? (El artista habla del artista).

Nadie se atrevería a decir hoy que la inspiración no existe, después de toda una polémica que abarcó el siglo XX, aunque a la palabra algunas veces se la despoje de su miriñaque y se la nombre como energía, como ímpetu (Lo siniestro en las Leyendas de Bécquer…).

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Editorial

Ola de calor

Me despertó un viento ardiente desde el cielo, sobre la cara (Grandes circuitos que distribuyen calor); un soplo del infierno, el aliento de Vulcano.

No era Vulcano, ni ninguno de los dioses del fuego (Mitología griega)  pero ellos estaban casi presentes en mi macondiana habitación (Cien años de soledad): días y noches y semanas había funcionado el ventilador de techo que cuelga sobre mi cama; al fin se mimetizó con el calor, ya no era un instrumento refrescante, era el sol que colgaba del techo de mi cuarto (Cambio climático, problema de salud global).

Sentí en todo mi cuerpo convertido en brasa un aviso de catástrofe, y con mi mano de fuego prendí el televisor; el control remoto hervía y obtuve una quemadura en forma de rosa roja, una llaga preciosa que de haber estado en el dedo anular hubiera significado mi casamiento con el desaforado estío (Conexiones cíclicas de la naturaleza).

Noticias

Como he exagerado en todo lo que conté hasta ahora, me sorprendió ver en el noticiero (Noticieros argentinos, ¿por qué sólo malas noticias?) -sin ningún pudor ni alta conciencia de exageración como la mía- que la primera plana de las informaciones estuviera usurpada por una sola palabra, con diferentes predicados: Calor: Buenos Aires se consume…

Haití queda tan lejos (Demasiada gente, demasiada pobreza…), y Bolivia y la tragedia en Machu Picchu, ¡quedan tan lejos de Buenos Aires!

Los habitantes de Buenos Aires, los que estamos aquí y no tan lejos como en Haití, sufrimos calor, y algunos, como yo, ¡hasta sin aire acondicionado!

Me maravilló el carisma periodístico: hacía una semana que tenía hechizada a la población con problemas meteorológicos (Satélites artificiales). Todas las demás noticias habían dejado de tener interés; los gusanos hirvientes flotábamos en el caldo tratando de alcanzar una radio, un diario, un televisor, para saber si haría más calor, o menos.

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Editorial, Monografias

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