Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El mapa de la fuga

Hoy mi propuesta es una nouvelle redactada en muy breves capítulos (El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza). Escribí apenas la primera parte, como prueba; ¿funcionará?

Se trata de expresar casi con monosílabos -esto es exagerado- las experiencias de una mujer-esclava (Trata de blancas en la Ciudad de Quito), cuya vida se centra en el diseño de un mapa de fantasía en donde están los lugares adonde desea fugarse, y tal vez lo consigue (Mapas conceptuales).

Plan de evasión, podría llamarse la nouvelle, si no fuera porque hacia 1945 se me anticipó Adolfo Bioy Casares con ese título y una novela deslumbrante (La invención de Morel y Algunos Borges de Jorge Luis Borges).

Un borrador del mapa de la fuga

I

Debí esperar un poco para abrir el libro. Sin costumbre de lectura más que la Biblia (Enseñanzas de vida), aunque sí ganas, desde lejos, esa tarde había entrado en una librería por primera vez (Libros para superarnos). Venía una música suave; las personas no hablaban, no parecía haber dueños ni vendedores. Los libros estaban apilados sobre las mesas, con carteles: “Ofertas: dos pesos, tres pesos, cinco pesos”. Yo había pensado que los libros eran inalcanzables.

II

El solo ruido de abrir el libro, con ser tan mínimo, me sonó fuerte, capaz de despertarlo a él, que no debía saber que yo tenía la luz encendida. Pero me dije que eran cosas mías, por el gran silencio de la noche. Él dormía bastante lejos, porque yo me acababa de trasladar a la piecita que estaba junto a la cocina. Minúscula, con un baño pequeñísimo también, me alegraba tener pieza y baño propios; “los de servicio”, decía él.

Convinimos dormir en habitaciones separadas un tiempo; yo deseaba que fuera para siempre.

Pensé que la pasaría mejor todavía, ya que estaba a partir de un confite por la alegría de no dormir con él, con esa novela entre las manos por las noches, por eso la compré, y además el título me pareció sabroso, como de un drama, pero que él no se enterara por la luz. Se enteraría sólo si venía a ver, porque entre la piecita y el dormitorio estaban la cocina y el living, no podía verse ninguna raya de luz (¿Qué es la luz?).

III

No sabía si me gustaría leer esas cosas aunque me gustara el título. Él no me permitía leer el diario ni libros más allá de mi Biblia, y yo podría haber perdido la costumbre; en mi pueblo leía algunas revistas y hasta libros de lectura que le habían quedado de la escuela a mi tía, nunca más había leído nada más que la Biblia, que me parecía un poco mi pueblo, la gente de mi pueblo, desde que llegué aquí; él tampoco tenía televisor.

IV

La tía Estercita era maestra de escuela en el pueblo y le encantaba leer y escribir versos, y hacía entre nosotras, con mis primas y mi hermana, concursos de composiciones. Ella primero nos hablaba de la belleza de las flores, del canto de los pájaros, de la pureza de los ríos, para que después escribiéramos. Nunca me gané ninguno de los concursos porque no me gustaba poner tantas veces juntas hermoso y delicado y bello y cristalino, pero sí me gustaba cuando la tía Estercita, en lugar de hablar de la naturaleza, nos contaba cuentos de terror o cosas que habían pasado en el pueblo que daban miedo. También me gustaba que nos leyera la Biblia; un día me la regaló y yo la seguí leyendo hasta ahora, me la traje cuando huí del pueblo. Por la tarde, después de hacer las cosas, me sentaba a leer la Biblia; eso era lo único que él me permitía. Ya me sabía de memoria las carpas y las arenas, las familias de esos hombres y el cantar del rey (Freud y El Éxodo).

V

Escuché un ruido, apagué la luz.

No era nadie, me pareció, o los vecinos, o gente que andaba, lejos, por la calle. Distanciados, sí se escuchaban sonidos sedosos que formaban parte del gran silencio que ya dije.

VI

Menos le gustaría que yo leyera una novela, no solamente el gasto de la luz. Eso era lo primero, que no leyera, más que el gasto. O las dos cosas, porque él era mezquino, pero especialmente quería como mujer una dócil sumisa que no aprendiera en ningún libro nada, ni diversiones ni filosofía, él decía que era boñiga, para las mujeres, la filosofía. Y yo le contestaba que de todos modos aprendía filosofía en la Biblia. Él insinuaba que era lo único permitido en ese aspecto.

VII

Miraba la rosa en el vaso que puse en la piecita y le preguntaba, como si la rosa fuera la médica del pueblo que siempre contestaba sobre amores, especialmente, o sobre las cosas del cuerpo. No me contestaba la rosa pero me parecía que las palabras venían de allí como consejos. Y escuchaba. Decía “no”. Lo decía como una madre, una curandera, alguien mayor, y ya entendía que tenía que decirlo yo misma. Al lado estaba el reloj despertador que era el que decía “no”, con la palabra que yo le ponía para que dijera repiqueteándome en la cabeza: “no”. La rosa estaba allí en el vaso, y yo en la pieza me vi presa en un vaso de agua. Si me encogía me ahogaba, si trataba de salir me marchitaba donde estaba la sequía. Él era el carcelero dándome agua, porque si no me moría como la rosa. Las cosas de mi pieza eran mis únicos compañeros, y me veía aparecer entre ellas, podía verme bien allí como si mirara a otra persona o estuviera soñando conmigo misma. Veía mi propia figura caminar por el escaso lugar, de aquí para allá, tigre encerrado o canario de Estefanía. En jaulas. Aunque al canario de Estefanía no lo conocía porque aún no había abierto el libro, lo tenía en mis manos todavía cerrado.

VIII

¿Quién llevó mis manos a elegir la novela que me iba a revelar todo eso? Me parecía asombroso, después, que me dijera todo, porque ni más ni menos era la historia de una vieja y nada más. Me revelaba todo porque tenía que ver con destinos de gente, porque una cosa me pedía en mí que hiciera por salir de la cárcel, y mostraba, por ejemplo, las cartas que Estefanía, la protagonista, escribía. Para que hiciera algo parecido para buscar a alguien.

IX

Lo que más temía él no era que yo leyera ni encendiera la luz, aunque eran graves esas cosas, sino que me acostara con otro. Yo lo dejaba que pensara en esa posibilidad porque lo único que me distraía de vivir con él era ese miedo, un poco, que yo le tenía, como si fuera un ogro de los cuentos, pero sabía perfectamente, yo, que no me acostaría con ningún otro hombre porque no me gustaba. Enamorarme sí podía, aun con el peligro, pero acostarme no porque no me gustaba que me arrancaran la ropa y me tiraran en el piso o en la cama y me hicieran doler; no entendía cómo a algunas mujeres sí.

Ahora, por suerte, él decía que era porque se daba cuenta que a mí no me gustaba que hicimos el acuerdo, pero desde antes no me gustaba y él sabía, me parece que quiso el acuerdo de cuarto separado porque estaba viejo; ya mucho antes me buscaba menos, y yo feliz, pero más feliz todavía de dormir sola.

X

No conocía muchas personas de acá; salía a pasear por las calles del centro, porque vivíamos en pleno centro, pero no hacía relaciones, por la prohibición; yo no quería que se me complicara la vida cuando salía a hacer las compras. No tenía tampoco tanto miedo; si hubiera sentido una fuerte necesidad de hacer una amistad o compañía lo hubiera enfrentado, pero no; me quedaba sumisa porque no tenía ganas de nada, no por dócil. Yo no era mujer dócil como creía él. Ahora empezaba a leer porque tenía ganas. Pensaba también que en cualquier momento él iba a querer que volviera al menos una noche a su cuarto, así que debía disfrutar por ahora.

XI

En mi pueblo las pasaba peor, acá era reina y dueña si no fuera por las descrencias de él en los hombres y desprecio de las mujeres. Lo único, que me hubiera gustado enamorarme. Él me salvó cuando me trajo, sí, pero me gustaría el amor de verdad, no el de compromiso, no el de gracias. No, como en la cocina de mi casa, que se juntaban muchos hombres a beber, casi todos los del pueblo, que me tocaban y llenaban de zalemas, y alguno me quería llevar hasta la cama, pero yo era la más fuerte. Me admiraba, mi hermana. Y mis primas también. No sabían cómo podía resistir, hablaban de mi carácter como una prenda, una joya de firmeza. Y al final, tuve que darle lo que conservaba con ese esfuerzo, a manotazos, sacándomelos de encima como quien mata moscas, dárselo a él.

XII

Abrí el libro, dije, y el chasquidito me asustó, era por el silencio que había. Yo conocía otros silencios más inmensos, me quedaba como si no hubiera nacido, de tan quieta y callada, mirando las luces malas, los demonios que estallaban adentro, y la risa de mi hermana me partía en dos, porque era el momento en que yo estaba sola, recogida, aguardando por mi pensamiento del miedo, o me retiraba en mí para pensar qué iba a ser de grande. Me proponía cosas del futuro, sobre todo soñaba un chico pálido, de dientes muy blancos y sonrisa inocente, que parecía tener el corazón de diamante transparentándosele en la sonrisa. Esas eran mis cosas de moza, cándidas. Y por eso luchaba contra los de la cocina. La fuerza me la había dado tía Estercita, la maestra del pueblo, a quien jamás podía hablarle de esas defensas mías; ella había vencido todo destino para ser maestra, pero no contra hombre. Contra los hombres había que callar y dejar, decía. Ella me había dado la fuerza de la inteligencia solamente. La inteligencia de no aceptarlo todo, aunque ella eso lo aceptaba.

XIII

A mí que me dijeran que esto era blanco o negro no me conformaba; quería tocar lo blanco, si se pudiera, llegar a oler lo blanco, si también se pudiera, usar instrumentos propios que certificaran que era blanco, o negro, pero no porque me lo enseñaran creerlo así; por eso solamente estaba de acuerdo con algunas cosas que él decía, y a lo demás no le decía que sí, le discutía aunque él me prohibiera discutir y no siguiera con la discusión porque tenía palabra santa. Todo siempre empezaba y terminaba en el silencio.

XIV

Él me sacó de un apuro infinito cuando llegó al pueblo. Estaba bebiendo con la gente de mi casa, no sé cómo llegó de Buenos Aires allí. Uno de ellos, de los amigos de mis parientes, era policía, y esa vez no pude evitar que el policía me arrastrara a algún sitio, pero no a la cama sino a un descampado. En el campo, un descampado. La gente de acá se cree que un pueblo es el campo y no lo es, queda cerca pero no lo es. Hay casas una al lado de otra como en Buenos Aires. Me llevó a un descampado y quiso besarme antes, pero yo no quise y él me dijo que tenía el revólver, el revólver de policía del pueblo, que fuera buena. Le dije que no creía que me fuera a matar y él lo sacó. Yo se lo arrebaté y no me acuerdo, se me borró, pero dijeron que yo lo había matado.

Y él me sacó del pueblo diciéndome que me iban a meter en la cárcel, pero yo sé que no porque fue en defensa propia, si es que fue. Él, que es abogado, me lo dijo después. Pero él cree que sí fue, y que como era policía de todos modos me iban a encerrar. Igual me salvó, porque hubiera sido para siempre la marcada, yo, y nadie me hubiera elegido por esposa, mucho menos el pálido, mucho menos hubiera llegado a enamorarme.

XV

Venir con él a Buenos Aires me encantó al principio. Casi nos fugamos, me hizo creer que era una especie de rapto, me hablaba con romanticismo. Yo tenía dieciocho años y él cincuenta, ahora tengo 25. Nunca más supe de mi pueblo; no les escribí. Mejor dicho, un día empecé a sentir que en realidad me habían puesto presa, que en realidad yo había matado y me habían puesto presa de verdad, acá, y ya no soportaba la cárcel, esta cárcel. Entonces escribí en un papel, pero no mandé nada, porque de pronto comprendí que él tenía todo el derecho a hacerme prisionera, aunque más que eso, era esclava.

No pienso ya lo mismo ahora. Primero porque no lo maté, me lo hizo creer él y los de la cocina; segundo, porque si fue en defensa propia, el culpable era el policía; tercero porque aun habiendo matado, yo no tengo por qué sufrir así, aun si hubiera matado no por defensa propia sino por simple gusto. Y no escribí además porque no me hubieran hecho caso; consideraban que yo había tenido mucha suerte al juntarme con él y venirme a vivir a una ciudad como ésta.

XVI

Salía solamente a hacer las compras; él me daba justo la plata que tenía que gastar y ésas eran mis salidas. A la novela la compré porque se juntaron dos liquidaciones, la de la librería y la del supermercado. Con lo que me sobró del supermercado, apenas dos pesitos, compré el libro que ahora iba a leer

XVII

Parece que él vio la luz; no dijo nada, pero hizo insinuaciones: si había dormido, si había estado hasta tarde dando vueltas en la pieza. Yo le quería preguntar algo que leí, que me quedó como curiosidad extrema: ¿hombres vestidos de mujer y llamados con nombre de mujer? No sabía cómo preguntarle, de dónde, decirle, lo saqué.

Estábamos en la mesa, con la calabaza rellena de queso y de la propia calabaza, que preparé, al horno.

Hacía ruido al tragar el vino, porque tenía dificultad. Las gotas de vino bailaban después alrededor de su bigote, a mí me fascinaba mirarlas, pero me daba asco, aunque ya estaba acostumbrada. También me daba asco que se pusiera la dentadura en la mesa para poder comer y que después se la sacara, de sobremesa, y la dejara al lado de la copa.

Empecé a preguntarle pero no me escuchó. Se levantó para salir. Era mejor todavía eso que yo saber qué es un hombre vestido de mujer y con nombre de mujer, María, por ejemplo.

XVIII

Al nombre María Venus nunca lo había escuchado, lo vi en la novela. Me dieron ganas de seguir leyéndola, pero eso me delataría en algo, porque él se daría cuenta de que yo no había arreglado la casa, no había hecho los mandados, que por algo sería, y empezaría la pesquisa. Era abogado, aunque ya no quería trabajar; trabajaba apenas en uno o dos casos, y más jugaba al póquer.

Mejor leía de noche, cada noche. Total me parecían largas, la noche y la novela. Era otra vida, como estar viviendo otra vida, me parecía. Y otra cosa que me parecía era que la verdulería de la novela quedaba cerca de mi casa. La había visto al pasar. Sí, en el centro, como en la novela.

XIX

A Estefanía se le había descompuesto la aspiradora y tenía que dejar todo arreglado antes de salir de viaje. Limpió hasta los techos, y de pronto se sintió libre porque podía limpiarlo todo sin temor a que la alfombra se ensuciara; ya estaba muy sucia, no había arreglo. Aunque lustró muebles y bronces, vidrios y fuentes de plata, el piso, todo alfombrado, quedó sucio, y ella se sentía libre; cuando la aspiradora funcionaba, no podía limpiar de esa manera.

Estefanía era parecida a mí en eso de la libertad. Ser libre, muy libre, pero hasta donde las circunstancias lo permitieran. Ella necesitaba dejar muy limpia toda la casa antes de irse de viaje, y la dejó completamente limpia. El piso, o sea la alfombra, ya era otra cosa, porque se le había descompuesto la aspiradora. No se podía.

Estefanía, después de limpiar toda la casa, se ponía a preparar la valija. Se había comprado una valija de cuero, muy fina, y la estaba preparando con ilusión. Parece que iba a hacer un viaje para encontrarse con Blas, a quien había conocido por carta.

XX

En el primer capítulo yo había leído que, en la esquina de Estefanía, habían inaugurado una fantástica verdulería, y que se hizo amiga de la verdulera, no del verdulero. Era serio, ceñudo, como él.

Esta verdulería me intrigó, ya lo dije. Había una igualita muy cerca de mi casa.

Porque Estefanía era viuda, se compró un canario para que le hiciera compañía. Mientras hacía la valija pensaba en estas cosas; lo único que no decía era con quién quedaba el canario ahora que ella se iba de viaje.

XXI

En la verdulería, Estefanía conoció a María Venus, un hombre con traje de mujer que actuaba como mujer. Pero ella reconoció en esa mujer a un antiguo vecino, un chico de dieciséis años que solía ir a su casa a mirar televisión mientras ella cosía. La primera vez, cuando María Venus se dio vuelta y la vio de frente, Estefanía exclamó: “¡Pero Panchito!, ¿de qué te disfrazaste?”. Ella después iba a contar cómo volvió a hacerse amiga de Panchito –porque, con mi curiosidad, espié algunas hojas que estaban más adelante en el libro-, pero por ahora estaba ocupada con su propia historia: se había enamorado por carta de Blas, un hombre de 35 años, y ella tenía 60 y le mintió que 47. También le mintió diciéndole que vivía en una ciudad del interior, y desde allí le escribía, porque todos los meses iba a ver a su hermana, postrada. Estaba haciendo la valija para viajar a esa ciudad, llegar a la estación y volver, como si viviera allí y viniera por primera vez a Buenos Aires para encontrarse con Blas, su enamorado por epístolas.

XXII

Me proponía crear de nuevo el mundo, pero las cosas se me escapaban. Eran un naipe de él, el alpiste del canario de Estefanía, los ojos de Blas, y en el momento en que los reunía se derrumbaban porque decía: el naipe tiene que irse, ése no es parte, y en realidad era lo único tangible; estaba ahí. También podía tocar la novela, pero no la mano escribiendo de Blas o Estefanía ni la verdulera o el verdulero acomodando fruta. Y todo eso, sin embargo, estaba ahí.

XXIII

Compré esa misma tarde un mapa para ponerles a las provincias los nombres de lo que quería para mí. A Buenos Aires, primero, le puse Malos, y no Aires sino Vientos: Malos Vientos. Enseguida me di cuenta que no hacía más que jugar con las palabras. Malos Vientos significaba para mí tan poco como Buenos Aires, así que taché y escribí Corazón Desganado, que era lo que significaba, para mí. Era el corazón de Blas. A la provincia de Santa Fe le puse Puerto de Palos. Porque de allí zarpó Estefanía, en realidad, para venir a encontrarse con su ángel. Y después, sobre mi provincia escribí Pueblo del Muerto, y a otras las tomé, en parte, mías, y les escribí nombres con un significado secreto; Tucumán era “María Venus”; Córdoba, “El nombre del marido”. Este último era doble, de sentido: el nombre que no podía pronunciar Estefanía, porque para ella era imposible pronunciar el nombre de los que se mueren, menos parientes tan cercanos, y el nombre, también desconocido, de mi futuro marido, cuando fuera.

Ahora tenía otra cosa para esconder con el libro, ese mapa.

 

 

Envío

Hoy no quiero dar nombres, tan sólo por hacerme la misteriosa…

Pero esos tres a quienes dedico todos mis besos, y también mis amores, saben bien que son ellos… (aunque no uso anteojos para leer, a pesar de que, en ocasiones, como personaje, me he adornado con ellos en mis escritos).

Editorial

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

12 respuestas a “El mapa de la fuga”
  1. beatriz valero dice:

    Como está Mora..Quiero decirle que me encantó su novela o todo lo que he leído, de verdad ineresante y muy emocionante ,cada relato , cada momento descrito.Me agrada mucho leer sus escritos cada Miercoles, he escrito varias poemas y también escritos..Me encanta escribir soy docente.Reciba mis felicitaciones y espero conteste mi mensaje un saludo amiga desde Venezuela..

  2. Carlos Bernardo Barrera Cordero dice:

    SUMAMENTE INTERESANTE E INTRIGANTE. LA NARRATIVA FLUIDA Y SIN ADORNOS INNECESARIOS HACE MUY ENTRETENIDA SU LECTURA, LOGRANDO QUE EL LECTOR (SU SERVIDOR Y ESPERO NUEVO FAN) SE TRANSPORTE AL LUGAR EN DONDE SE DESARROLLAN LOS ACONTECIMIENTOS. GRACIAS POR REGALARME ESOS MINUTOS DE SANA Y AMENA LECTURA….

    QUE DIOS LE BENDIGA.

    CARLOS BARRERA
    cbarrera7641@mail.com

    FLORES, HEREDIA,
    COSATA RICA

  3. Celestino Gaitan dice:

    Mora…
    …mi muy Amada Morita.
    Posiblemente no alcances a comprender,
    lo que no sientes…
    …pero como no Amar a Maria de los Milagros,
    si cada semana recibo el Regalo de su Don…
    Eres Generosa…y como aquellos Regalos,
    recibidos cuando ni~os…
    Tu tambien los envuelves, en finos, relucientes,
    tornasolados y brillantes envoltorios…
    …Siempre es una Aventura facinante abrir tu Regalo,
    y siempre el resultado es revestido de un Halo Magico.
    Dentro de lo erratico y caotico de nuestras existencias…
    …y los acontecimientos de tu Fina y Exquisita Narrativa,
    siempre habra’, reflejos, coincidencias, paralelismos o contraposiciones.
    Me siento aludido, observado, decifrado, descrito o enfrentado.
    …develas Recuerdos, sue~os, reflexiones.
    Y es Complaciente siempre tu Regalo,
    .porque ayudas a conocerme mejor…
    …a comprenderme, aceptarme y perdonarme,
    y sobretodo a entender, aceptar y perdonar a los demas.

    Pero esta vez te has sublimado y
    Resultaste Generosisima por lucir… mas Misteriosa?
    Para mi (pienso que para muchas personas)
    Estuvo mejor asi sin Nombres,
    En calidad de mientras…recibo todos tus Besos…
    …y todos tus Amores.
    Y prefiero quedarme con la duda, si ocupo el Segundo o el Tercero.
    Esta ves me siento como el Primero.
    Gracias Mora!!!

    Reciban Tod@s un Abrazo Fraterno.

  4. liber liberli dice:

    Saludo

    Muy inspirador su trabajo. Muchas gracias. Yo veo que la idea es portentosa y bella.

    Liliana

  5. Joise Morillo dice:

    Mora, querida, vuestra narración encierra un elemento de sabiduría en el sentido de la cautela y la prudencia de vuestra lectora furtiva, no obstante también, la paradoja de la verdad ante la realidad que le ha tocado vivir.

    Diferente a Layla, la esclava sabia luego convertida en odalisca y esposa del sultán Abbas, ella (la Rosa del vaso) aun cuando leía su Biblia, era tierna e ignorante, involucrada, precisamente en un drama perverso, producto del trance y frenesí, que le produjo el ataque del policía, hasta el punto de la amnesia aguda, va de libre a esclava, ahora después de tantos años, vive sus sueños de celibato genérico, propio, intrínseco, lo cual no podía disfrutar por la adversidad de un farsante, abusivo y extorsionador, raptor marido.

    No obstante su menguada libertad, vive la fantasía del escape, este, que no puede ser aunque quisiera, por la fuerza de su limitaciones y su deseo de pertenencia, de esa propiedad simbólica, ese espacio minúsculo, adquirido a base de tolerancias, paciencia y sufrimientos callados en pos de vindicar sus miserias y supuestos errores.

    Ahora tiene un libro y un mapa, tiene la formula, la llave, la herramienta para escapar, pero quien escapa de verdad, es: “su espíritu y no su cuerpo”.

    Os ama
    JOISE –kao_joi_lin

  6. Blanca Estela Saavedra Donoso dice:

    Dulzura, Cariño y Noche de Ausencia

    Y luego las excusas lo delatan…
    Pero ella intenta creer en su inocencia
    Y el temor a perderlo la espanta,
    Es que ella lo ama de forma incondicional,
    Por eso a él le es indiferente
    No le importa y tampoco le va a importar,
    Tan sólo se mantiene ausente.
    Esta sola en su cama pensando excusas
    Para explicar porque no llega,
    Y trata de no imaginarse a una intrusa,
    Que de ella a su hombre aleja.
    No quiere ver lo que está pasando,
    Trata de ignorar el engaño de su hombre
    Y sola en su cama llora.
    Y al llegar él, a sus lágrimas esconde,
    Siente en su ventana al fuerte viento
    Y aprovecha a preguntar por su amado,
    Y por dentro se responde un “lo siento”
    “pero te ha dejado de lado”.
    Quiere ser feliz, pero sufre cuando él no está,
    Y se le desgarra su alma por los celos
    Cuando llega tarde o se va
    O cuando sabe que no le es sincero.
    En soledad deja su autoestima por el suelo,
    Por su dulce amor…que resulta ser cruel.
    Solitaria no puede hallar consuelo cuando pasa horas llorando por él.

  7. Joise Morillo dice:

    Volved de nuevo

    He derramado lágrimas
    En lúgubre calesa recojo desprecios
    No pasa ningún nombre en mi adolorida cabeza
    Pues mi débil esperanza detrás de otro se ha ido
    Moría y vivía por vos
    Mujerzuela, y calma mi angustia creeros, ingrata
    Haberos perdido me resulto una lata
    Cogeros de nuevo me resulta podrido
    Ahora resulta sentirme amargado
    Por tanta miseria por tanto escondrijo
    Maldita mi suerte, maldito el olvido
    No llegar de una, me tiene jodido
    Sois perversas, nefastas y corrida
    Sois como el agua para nadie negativa
    Sois la lluvia fresca y perdida
    Si volvéis de nuevo, ¡vuelvo a la vida!

    Os ama
    Joise / kao_joi_lin

  8. Jose Itriago dice:

    Era bella. En sus dieciocho años resplandecía. Me encandiló la tersura de su piel, sus manos largas, sus pechos pequeños pero altivos y un toque de voluntad que demostraba su buena salud. Siempre he tenido el ojo fino para imaginar los brillos de los diamantes sin tallar. Detrás de su mirada de miedo, acorralada e incapaz de entender lo que le pasaba, pude adivinar su necesidad de conjugar su vivacidad con la sumisión. Estaba dispuesta a acatar cualquier disposición que le sacara de la confusión que estaba viviendo.

    Al vuelo se notaba que todavía no había sucumbido al montón, que era de las que jugaban a audaces. Yo soy buen cazador y se descifrar esos vericuetos de supervivencia. Si en vez de matarlos, domara a los animales que cazo, los instintos para esconderse y evadirme, para sentir mi presencia en su ambiente, para olerme a centenares de metros les servirían para anticipar mi llegada y su fiereza para hacerme gracias. Ante mi tenía una muchacha acosada, joven y sana, que ya no tenía para donde evadirse y entonces me salió ser su evasión.

    La verdad es que tampoco estaba buscando compañía permanente y con frecuencia agradecía esa independencia que me envidiaban todos los compañeros aparejados, aturdidos de tantas explicaciones y excusas para cualquier respiro de su cuerpo y de su mente. Yo no tengo que explicar nada y por mi forma de ser, la soledad no me molesta. Antes al contrario, con frecuencia la disfruto. Nunca he sabido de depresiones y soy sano por naturaleza.

    Pero hay una especie de magia en eso de pasar los cincuenta: es el medio siglo, como si realmente fuera la mitad de la vida y ya llevaba algún tiempo dándole vuelta a la idea de que necesitaba compañía, amarrar una compañera para después, para cuando el cuerpo flaqueara y entonces sí, la soledad tomara consistencia de mal.

    Como siempre, decidí en cosa de minutos. Por experiencia sabía que nadie reaccionaría y menos me pondrían peros de cualquier naturaleza. Instantáneamente le conferí un nuevo estatus y note cómo en todos cambió la forma de tratarla y hasta de mirarla. Ya era otra persona, una “persona honorable”, un cambio tan radical que ni ella podía entender. Aun no lo entiende. Aun está en el puente entre lo que fue y lo que es y por eso está dejando que la tristeza le arruine su suerte.

    Empezamos bien, como tenía que ser. No era buena en la cama, pero su rechazo lo asimilé a una especie de cacería: me dedique al aguardo, dándole todo el tiempo que necesitara. Fui aprendiendo sus rutinas y la dejaba ser por su natural. Pero sin ningún resultado. Me llamaba la atención que más bien me sacara el cuerpo y, además, para mi decepción, después de haber preñado tanta mujer en los campos de Dios, ésta, la mía, no retoñaba. Más de una vez pensé en mandarla a sus tierras, pero ya había echado las cartas con ella y así cualquier retruque es maloso: yo sé que a estas alturas cualquier cambio será para peor. Es seca y mala cama, pero molesta y gasta poco.

    Ahora cogió la idea de irse al cuarto del servicio. Pensé que el animal tira al monte, pero no le dije nada, la dejé hacer. Siempre la dejo hacer, total es igual, no acompaña nada. Ni siquiera me razonó para qué quería irse al cuarto de servicio y lo peor, menos notó que tampoco le pedí muchas razones, sólo las suficientes para que viera que le presto atención. ¿Cuándo se ha visto en una pareja avenida que el marido esté en el cuarto principal y la mujer en el de servicio?. Así que ya asumió su papel por ella misma. Si le tengo ganas, que cada vez son menos habiendo tantas mujeres que saben alegrar a un hombre, pues la llamaré que se venga a mi cama y se vendrá y cuando termine, que regrese a su cuartico. De todas maneras nunca me acostumbré a sus ruidos en la noche y ahora se ve como de mejor semblante y hasta he notado que cocina con mejor sazón.

  9. María Celeste Cécere dice:

    Hola, hola… ¡si, soy yo, regresé! Jajaja… bueno, ésta es una breve entrada a modo de saludito. Como siempre, como si no hubiera pasado el tiempo y estos cuatro meses hubieran sido nada, Mora sigue siendo la genia que me alucina y están Celestino, Joise, Blanquita y el genial José, dando (como siempre) la visión desde el otro ángulo de la historia. Denme un poquito de aire que ya les voy a contar… por ahora, sólo abrazos y besos, cálidos y apretaditos. LOS EXTRAÑÉ

  10. Joise Morillo dice:

    ¡Hola! Maria Celeste, espero la hayais pasado bien, saludos, besos y abrazos.

    Os ama

    Joise kao_joi_lin

  11. Iván Salazar Urrutia dice:

    ¡Hola María Celeste! Te esperábamos. ¡Qué bueno! Capaz que nos reimpulsemos. Besos, abrazos y buenas vibras…. VANCHO.

  12. Blanca Estela Saavedra Donoso dice:

    ¡Hola qué tal María Celeste, tanto tiempo, es cierto que han llegado nuevos compromisos, pero sin duda sería muy entretenido volver a tiempos antiguos y platicar en aquel tremendo grupo que se armó alguna vez en el blog, recuerdo que Mory nos llamó “Los juglares”, lo ¿recuerdas?…
    Un abrazo,un beso.



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom