Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Los puercoespines ateridos

Aparte de todo -todo tan mínimo como descubrir un continente sumergido, el inconsciente (El chiste y su relación con el inconsciente)-, Freud siempre me ha parecido un gran, chispeante escritor (Freud: Un Hombre para todas las épocas).

Recuerdo en uno de sus párrafos inigualables, la comparación que hace de la especie humana con un grupo de “puercoespines ateridos”. Es perfecta, y llena de gracia al mismo tiempo.

En cuanto a Lacan, lo considero poeta porque soy ignorante de su teoría: lo leo como se lee algo misterioso, bello y sólido (La Psicosis según Lacan. Evolución de un concepto). Con mucho optimismo a veces creo que Lacan se sentiría feliz de ser leído de ese modo también, como un poema a descifrar (La palabra, el escritor y la poesía).

Últimamente intenté descifrarlo leyendo el diario publicado de una psicoanalista que fue su paciente -y que escribió más que papeles íntimos, un “diario de sesiones”. Esta autora se llamaba Elizabeth Geblesco y narra de un modo algo cruel, aunque muy enamorado, los últimos años de Lacan: Un amor de transferencia, que no parece nada correspondido, aunque recomiendo su gratísima lectura (Dinámica de la transferencia en la dirección de la cura).

Una sesión de psicoanálisis

Tengo un año y dos meses, nace mi hermano. Voy a visitarlo. Lo envuelven en sábanas blancas y, a mi entender, enormes, para hacerle nebulizaciones (Infancia abandonada).

¿Eso que veo allí es sangre? ¿Cómo conozco el nombre de la sangre, como sé qué es sangre y qué no lo es? (La sangre).

En mi memoria hay una mancha roja, no comprendo cómo aparece, me han dicho luego que mi hermano no sangró.

Están matando al recién nacido, creo.

Tal vez por eso se formó una mancha roja en mi recuerdo.

Una mancha translúcida a través de la cual miro que matan a mi hermano.

Cuando salgo del hospital me llevan en tranvía y descendemos en la estación que está a la vuelta de mi casa (Patrimonio Familiar).

Me alzan en brazos para bajar, me depositan en la vereda y el tranvía se va (Apuntes para una Historia del Transporte Urbano de Lima)

En ese momento siento que unos brazos me soltaron… Allí es donde ya no estoy conectada a los brazos de papá y en ese preciso instante sobre la vereda pienso, o quizá pienso sin estas palabras  y sólo siento -pero, extrañamente, estoy segura que recuerdo las palabras-: “Yo no soy todo, no soy los brazos ni el tranvía. Soy yo”. Y allí hay alguien que se emociona de ser “yo” sin saber muy bien quién es (La neurociencia del ego).

¿Quién es?

Estoy en la escuela secundaria y eligen alumnos para participar de un concurso literario. Nos reúnen en el Congreso, y allí nos instalamos cada uno en su banca de diputado.

El salón es inmenso y por los altoparlantes mencionan dos o tres temas a elegir para redactar un poema, un ensayo o un cuento.

Elijo “La calle” y hago un verso muy lírico y muy frágil. Luego de unos meses, en el Teatro Municipal, me entregan el premio con bombos y platillos.

Tres libros, uno de los cuales es Al vencedor, de Martha Lynch. En la foto donde recibo el premio se me ve gorda y rubia y hasta se ven algunos granos adolescentes en mi cara.

Del libro de Martha Lynch nada recuerdo más que aparecía un soldado de licencia. Tal vez deba comprarlo ahora y releerlo.

Pero recuerdo, de la autora, una anécdota trágica.

Pocos años después de recibir su libro en recompensa, leí que había muerto Martha Lynch y, como tenía una secreta intimidad con ella -ya que había leído Al vencedor-, traté de informarme sobre su fallecimiento.

Aun para mis tan jóvenes ojos, no era una anciana, y sí una mujer interesante, a juzgar por sus fotografías.

Tenía que haberle sucedido algo.

Averigüé.

No era muerte natural, era suicidio.

…La palabra suicidio me está llevando de golpe, al galope, más allá, mucho más lejos, cuando yo tenía unos ocho años…

Mi hermano y yo solíamos pasar las horas en la cuadra donde estaba situada nuestra casa.

Los días de lluvia se juntaba agua en el borde de la calle y hacíamos barcos de papel a los que les colocábamos un piolín y manejábamos los barcos por las alcantarillas.

¡Era tan poco!

Y tanta felicidad sentía yo los días de lluvia…

En esa época aparecían más a menudo los arco iris luego de la lluvia.

No era la perfección del arco, los colores.

Era que había salido el arco iris y eso tenía un significado.

¿Cuál?

Nadie nos dijo cuál, pero entendíamos que de él venía una fuerza protectora; era el enemigo del rayo y de los truenos, nuestro defensor. Por eso nos sentíamos tan seguros y alegres mirándolo.

Enfrente de casa vivía un señor que tenía nuestro mismo apellido, aunque ningún parentesco.

Era alto, con el pelo entrecano, delgado, de ojos claros; su piel tenía un tono sombrío.

No era moreno, ni mate; era absolutamente gris.

Un día se acercó a mirar el arco iris con nosotros.

Mi hermano tenía un año menos que yo, como dije al principio, y rizos oscuros y hermosos.

El hombre le acarició la cabeza. Después nos invitó a su casa para mostrarnos algo, el patio de su casa. Una gran jaula rodeaba al árbol y los pájaros.

Y fue dos días después cuando nos enteramos que el señor había muerto.

Yo sabía bien poco de la muerte pero me parecía sentirle un olor espantoso.

Mi cuarto tenía puertas-ventana que abrían a un balcón, y hacía calor y yo las abría, y me llegaba el aire de la noche que disfrutaba como luego no disfruté nada en el mundo.

Pero con la muerte del hombre que tenía nuestro apellido el aire me parecía cargado de cosas muy extrañas, y en especial de un olor ácido y dulce como de flores podridas.

No tengo memoria de ningún sufrimiento cotidiano mayor que el de esos días, esas noches.

No me decían nada de la muerte, yo tenía que entenderla sola. Ni tan siquiera tengo claro cómo me enteré que había muerto el vecino.

Mucho menos me hablaban de suicidio.

Sin embargo había un vapor espeso de muerte que entraba por el balcón y me hacía soñar -cuando podía dormir- con el infierno.

Ya tenía veinte años cuando confirmé definitivamente que el señor de enfrente se había suicidado -poco después de mostrarnos su jaula con árbol y canarios-, tal como Martha Lynch unos años más tarde, luego de escribir el libro que me darían de premio y que yo leería con fervor, aunque ahora ya nada recuerde de la trama.

Envío

En realidad yo preferiría morir, y deseo para ustedes lo mismo, cuando llegue mi tiempo, y que mis últimas palabras sean parecidas a las que dijo en ese brete la genial bailarina Anna Pavlova: “Por favor, que esté listo mi traje de cisne”.

Editorial

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Comentarios

8 respuestas a “Los puercoespines ateridos”
  1. EVANGELINA LUNA REVOREDO LUNA REVOREDO dice:

    MORITA TE LEO Y SE ME VIENE A LA MEMORIA EL RECUERDO DE MARTHA LYNCH,LA LINDA ESCRITORA ARGENTINA QUE VISITÓ LIMA CUANDO YO ESTABA TRABAJANDO EN EL DIARIO EXPRESO,RECUERDO QUE ME INVITARON PORQUE EN LA UNIVERSIDAD DESAN MARCOS ESTUDIABA :LITERATURA Y FILOLOGÍA Y CON MI FACILIDAD DE ACERCARME AL PUBLICO,YA ACOSTUMBRADA A ENTREVISTAR ,ESA NOCHE CON INVITADOS EXTRANJEROS CERRABAMOS EL DECIMOQUINTO CONGRESO DE LITERATURA IBEROAMERICANA EN LA SEDE :LA CASONA DE SAN MARCOS,ASÍ CONOCI PERSONALMENTE A MARTHA LYCH Y CONVERSÉ POQUITO CON ELLA,TAMBIEN ESTABA DE VISITA UN ESCRITOR :CARLOS MONSANTO,NO RECUERDO SU PAIS
    ME DEJARON SU TARJETA PARA ESCRIBIRLES POR CORREO,SENTÍ ORGULLO DE CONOCER A MARTHA LYNCH VISITANDO MI PAIS,YO ERA UNA JOVEN DE 21 AÑOS ,VESTÍA DE TAPADO ROJO MUY CEÑIDO Y SALIAMOS EN TELEVISION,EN AQUELLOS TIEMPOS ERA CANAL 13,LO QUE AHORA ES CANAL 5 PANAMERICANA Y YA ESTABA INVOLUCRADA EN EL MUNDO DE LAS LETRAS ,FUE UNA NOCHE INOLVIDABLE EL HABER CONOCIDO ESCRITORES DE LA TALLA DE MARTHA LYNCH Y LAMENTO SU DESAPARICIÓN ¿UN SUICIDIO ?,CUANTO LO SIENTO,EN MI PROXIMO VIAJE A LA REPUBLICA ARGENTINA COMPRARÉ SUS OBRAS RINDIENDO HOMENAJE A SU PERSONA POR HABERLA CONOCIDO EN MI PAIS Y ELLA TAN RISUEÑA QUE SE VEÍA ,ME DESPEDÍ CON UN ABRAZO Y AHORA AQUI ME TIENES ESCRIBIENDO PARA ARGENTINA,TODO EL INTERÉS POR PUBLICAR MIS LIBROS ME HAN LLEVADO A TU TIERRA LINDA Y “ESCRITO ESTÁ QUE MI MUNDO DE ACTIVIDADES TENÍA QUE SER ASÍ” LIGADA DESDE JOVEN A REALIZAR MI SUEÑO DE ESCRITORA Y RECONOCIDA AHORA POR MI TALENTO Y EN EL PERIODISMO BIEN RECIBIDA Y ESTIMADA TAMBIEN EN MI BUENOS AIRES QUERIDO.”UNA ROSA ROJA LLENA DE ADMIRACION ES MI REGALO PARA MARTHA LYNCH “,EN MI RECUERDO,NOS VAMOS Y LAS OBRAS QUEDAN.
    ATTE
    EVANGELINA LUNA REVOREDO
    PERIODISTA Y ESCRITORA PARA ARGENTINA
    LIMA-PERU

  2. xiomara hurtado dice:

    Hola Mora .Me parecio ligera para leer e interesante. No me gusta que la gente se quite la vida, he pensado como todos en la muerte y me duele profundamente cuando pierdo un ser querido o veo a alguien sufrir por la perdida de alguien significativo.Me gustaría que me llegue tranquilita, hay gente que sufre mucho antes de llegar a ella. Sigue escribiendo que lo haces muy bien y tienes una coherencia espectacular. Prosperidad y bendiciones.
    Xiomara Hurtado.
    Profesora Venezolana.

  3. nicolas chacon dice:

    tal vez la muerte es la salida para algunos, y puede ocurrir en momemtos en los que es la unica via de escape; pero es mejor que llege cuando tenga que llegar; la vida no es para acabar con ella sino para que ella acabe con nosotros… saludos Nicolás Chacón.

  4. Elkin rojas montoya dice:

    Hola Mara: Pese al saldo en rojo que asola la atmósfera recalentada de nuestro planeta azul, yo tampoco espero salir del entorno terreno dándole un portazo a la existencia (con el recurso evasivo del suicidio…), sin embargo mienta vadeo el delesnable recorrido hacia el orco, asumo el KOAN, como una forma ascética mística de sabiduría disuatoria de ese acto extremo de saltar al vacío sin afrontar el pesimismo con el desprendimiento sabio del budismo zen. La última estrofa, del siguiente escrito que aventuro con este objetivo, me la motivó tu sicoanalista exploración. Con mi agradecimiento por compartirmos esta inquetudes cuestionadoras del “ser en el mundo”:

    KOANES SOBRE LA CIUDAD

    “… los únicos héroes posibles, los revolucionarios, necesitan del silencio…”
    Rodolfo Walsh

    1

    Desde la otra orilla de la calle
    Salta la liebre
    En el ojo del huracán.
    La hidra cargada de nervios
    Se escurre por un zaguán.

    2

    Un pato y un cangrejo
    Se baten a esgrima
    En el ojo turbio del humedal.
    Una bandada de roedores
    Dio al traste con el duelo de los contendores.

    3

    Era la muda, musa de moda en el bar,
    Aunque muchos gallos poetas le arrastraron el ala,
    Se cotizaron más los besos mudos
    Que la plumífera moda sorda de la poesía.

    4

    Una bandada de monos aulladores surca la selva
    Saltando de cable en cable las calles,
    Mientras una ruidosa nube de moscas se toma por asalto la sopa de letras
    Del más caro gourmet.

    5

    Una zambra de orangutanes se toma la vía pública
    Marcando territorios de babosa algarabía,
    Mientras una turba de gusanos roe los restos centenarios de las ceibas
    Asfixiadas entre la humareda ácida de la ciudad.

    6

    Un engargolado vuelo de saurios poéticos
    Engalanan las ruinas de la ciudad,
    Mientras una invasión protagónica de osos
    Saquea las últimas mieles del panal.

    7

    Un tromba de “puercoespines ateridos” ancla sobre el pavimento
    Dejando una estela babosa de algas mortecinas
    Mientras por la brecha desmantelada de los ventanales
    Surgen a bandadas aves carroñeras de todas las calañas.

    ELKIN ROJAS MONTOYA
    Medellín, Colombia.

  5. Joise Morillo dice:

    Morita, Si no fuera por ese grado de paranóia y sicosis que tiene naturalmente la gente, se podría decir que todos fueran “unos boca abierta”, el problema es: el grado de sicosis y que tipo, por ejemplo el narcisismo es una sicosis, pero imaginense Uds, un artista de Hollywood que no tenga su grado de narcisismo lo bastante fuerte, para procurar ser el o la mas linda de todas lãs estrellas.

    Hay quienes viven alejados de la verdad del mundo que lês há tocado vivir y no lo saben hasta que se encuentran com otro sicotico mayor, y lês hace um sicoanalisis, bingo! Me cure! Suelen exclamar, pero a la vês les quedo otra sicosis, mas leve, pero queda, visitar al sicólogo cada vês que lê da frio y no hay frio. bueno calor les dara cuando llegue la hora del pago, muy necesario por cierto.

    Por lo de los ateridos, se suele concebir que es bueno andar juntos pero no revueltos, eso semiologicamente tiene un sin numero de significados, seguid vosotros la pauta y empezad a manifestar los vuestros. De todas formas somos aunque no queramos: Zoom Politikon.
    Perdonad la ortografia.

    Sobre el suicídio tiene JJ Sartre algo Bueno, em El Muro, y em la ntrega Del chino que se hizo el haraquiri tambien hay bastante que leer.

    Os ama
    Joise

  6. MARIELA SUAREZ DE PEREZ dice:

    Morita, relamente para vivir se necesita morir y para morir se necesita estar vivo. asi pues que la vida es linda y asi sera nuestra muerte despues de que todo pase, podremos opinar en alma quizas. esperemos que las cosas ya tienen un principio y un fin que no podemos detener, por eso es mejor vivir con mucha fe y amor a nuetro Dios y a nuestros semejantes.

    Leamos mucho,
    Chao Mariela.

  7. Blanca Estela Saavedra Donoso dice:

    …”Nacer y morir son los términos inviolables de la vida; ella nos dice con voz firme que lo normal no es nacer ni morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer; envejecemos para morir. Todo lo que la naturaleza nos ofrece para el crecimiento, nos lo substrae preparando la muerte”….

    Las cosas tienen una explicación razonable nada dura para siempre. Aquí todo se acaba, al hierro lo corroe el moho; a la madera, la polilla.

    Ya lo dijo el poeta…
    “Pura y encendida rosa
    Emula de la llama que nace con el día
    Como naces tan llena de alegría.
    No ves que la edad, que la edad que te da cielo,
    Es apenas un breve y veloz vuelo…

    La “rosa” no es mas que la vida, que nos luce apetecible y vibrante. La “edad que te da el cielo”, son los años de nuestra existencia, insondable y misterioso arcano y estos son engañosos, “apenas un breve y veloz vuelo”…

    Esto es la vida, lucha, angustia existencial con razón, y motivo, en la que el curso del tiempo es tan tenue, tan sutil y vaporoso; y a la vez tan lacerante y demoledor que sobrecoge y asusta cuando no tienes a Dios en tu corazón, quien te da la paz en aquél momento. He visto en lecho de muerte a muchas personas, creyentes y no creyentes y todas desean al final que se les hable de Dios, que se les lea una Biblia.

    Mientras tanto como oleajes, a través de los siglos, van y vienen las generaciones con sus revoluciones sociales, sus prepotencias, sus cabildeos y cabilderos, inútiles propósitos, para a duras penas comenzar a andar, diluirse y esfumarse ante el empuje de otro oleaje generacional mayor- otra moda- condenada también de por sí a ser aniquilada a punto de empezar…y así siempre. Todo por vanidad y poder.
    Sin embargo, hay una maravillosa esperanza para los creyentes en Dios; la ordenanza que él dictaminó desde el principio…”hagamos a los seres humanos a nuestra imagen y semejanza”. Somos seres espirituales que jamás moriremos.
    Fuiste creado para ser como Cristo. Desde el comienzo mismo, el plan de Dios fue crearnos para la eternidad a semejanza de su hijo Jesús. ¿Acaso alguien desea morir? En nuestro interior existe el deseo de la eternidad. Este es nuestro destino y uno de los propósitos de nuestra vida. Dios anunció su intención en la creación: Entonces dijo: Génesis 1:26 “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…varón y hembra los creó”.

    Enjugará todas la lágrimas de sus ojos:
    ¿la muerte?, ya no habrá más muerte,
    porque el mundo viejo ya se fue.
    Apocalipsis de San Juan, c. 21, v.

    « Supo agradar a Dios, que lo amó y, porque vivía entre los pecadores, Dios se lo llevó… Alcanzó la perfección realizando una larga carrera en poco tiempo. Su alma era del agrado del Señor, por eso lo sacó pronto de su ambiente corrupto. Los justos viven para siempre y su premio está en las manos del Señor ».
    (Libro de la Sabiduría - C.4, v.10, 13 y 14 C.5, v.15)

    No se angustien pensando en la muerte, vendrá a su tiempo. En todo caso ya sabemos que el otro lado es mejor. Pablo, el terrorista revolucionario de la Biblia a quien Dios convirtió de un solo paraguaso dice:”Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” Filipenses 1:21.
    Allá nos vemos, ojalá esten todos, y no falte nadie.
    Los amo, y bendigo.

  8. Blanca Estela Saavedra Donoso dice:

    UN SER HUMANO SIN RELIGIÓN, BENDECIDA EN SU MISIÓN Y DE UNA INTELIGENCIA VIVÁZ PARA COMPRENDER SU PROPÓSITO EN ESTA VIDA. POR FAVOR LEÁNLA.

    La doctora de origen suizo Elisabeth Kübler-Ross, mundialmente conocida por las obras en las que narra el proceso que vive una persona cuando se enfrenta al final de su vida así como las experiencias en el umbral de la muerte de muchos de los enfermos terminales que atendió durante más de 25 años en distintos hospitales -y que según su convicción demostraba la existencia de “vida después de la muerte”- falleció por causas naturales el pasado 24 de Agosto en su casa de Scottsdale (Arizona) a los 78 años. Doctora honoris causa por numerosas universidades de varios países estaba considerada una autoridad en Tanatología pero internacionalmente se la conoce sobre todo por sus libros, una veintena traducidos a varios idiomas de los que se han vendido millones de ejemplares. Sirva este texto de nuestro compañero Koldo Aldai como sentido homenaje de reconocimiento a su labor y a su persona.

    Desde hace tiempo añoraba la “mariposa” elevarse libre sobre la tierra y por fin se le ha permitido desprenderse de su cuerpo parcialmente paralítico. Más de nueve años ha permanecido inválida, retenida en su “crisálida”. Desde hace tiempo anhelaba “volver a Dios” y, sin embargo, se encontraba atrapada por una enfermedad que la impedía volar a su antojo. Dicen los partes de las editoriales que Elisabeth Kübler-Ross, la madre de los moribundos, el amparo de los enfermos terminales, fallecía el pasado 24 de agosto en Scottsdale (Arizona) a la edad de 78 años por causas naturales pero en realidad difícilmente puede morir quien más tierra ha echado sobre el engaño de la muerte.
    Durante todo este tiempo de postración en la cama había acuñado paciencia, forjado aceptación -que no resignación- en espera de su ansiado “turno”. “La gente hace enormes cambios al final de su vida”, decía la gurú de los enfermos terminales. Pero, ¿cuál es en realidad la metamorfosis que había operado en ella la vivencia de su “recta final”? Por de pronto, la mujer rebelde por excelencia se mostraba airada por el atrasamiento “sine die” de su “turno”, por la “mariposa” que no desplegaba sus alas, por un tránsito que se demoraba más de lo previsto.
    Llevaba años agotando los últimos latidos pero su alma se demoró en dejar su cuerpo agotado. Conocimos la noticia del tránsito de esta mujer excepcional tras habernos revelado sus experiencias desde la “última hora”. Lecciones de vida (Luciérnaga. Diciembre del 2001) es su última entrega, cargada de testimonios de esperanza entre los que incluye vivencias de su estado de postración. Se trata de un libro escrito junto a su amigo David Kessler que recientemente ha visto la luz en nuestro país.
    La doctora Kübler-Ross suspiraba por volver a Dios “que es un lugar donde jamás estamos solos, donde continuamos creciendo espiritualmente, cantando y bailando, donde estamos con nuestros seres queridos rodeados por un amor que es imposible imaginar”. Sin embargo, durante tiempo la retuvo algún asunto pendiente. Esta mujer todo vitalidad, todo nervio, hubo de cursar su última y siempre postergada lección de la quietud y la contemplación: “Dios es muy perspicaz: mi cabeza no se vio afectada por los ataques. No puedo usar la pierna y brazo izquierdos pero puedo hablar y pensar. En este tipo de padecimientos la gente suele quedar con todo el lado izquierdo afectado, incluida la capacidad de hablar bien. Pero eso no me ocurrió a mí: del cuello para arriba estoy completamente intacta y bien aunque todo el lado izquierdo de mi cuerpo está paralizado. Por eso califico de paradójico mi ataque.”
    Quien recorrió los cinco continentes en frenética actividad anunciando que la muerte no existe hubo de limitar sus movimientos del paso de la cama a la silla de ruedas y viceversa. Paradojas de la vida, la que hubiera deseado convertirse en “mariposa”, hacer su tránsito al haber tenido que detener su actividad profesional, se pasó largos años en obligada contemplación tumbada a la vera de la ventana. “Supongo que es apropiado que, después de haber asistido a tantos moribundos, disponga de tiempo para reflexionar sobre la muerte ahora que la que tengo delante es la mía propia” afirmaría con pocas dosis de resignación. Su rebeldía era grande. En el epílogo de la Rueda de la vida” (Ediciones “B”) se quejaba de que necesitaba atención las veinticuatro horas al día, se lamentaba de un timbre que sonaba y ella no podía atender, de la falta absoluta de intimidad. En Lecciones de vida establece la gráfica metáfora a propósito de su situación actual: “Me siento como un avión abandonado en una pista de despegue. Preferiría volver al hangar, es decir, mejorar o despegar por fin. Si pudiera elegir viviría pero eso significaría volver a caminar, ser capaz de trabajar mi jardín, ser capaz de hacer las cosas que me encanta hacer. Si voy a seguir viva quiero vivir”.

    A LA VERA DE LA VENTANA
    “Hemos pedido a los moribundos que sean nuestros maestros porque no podemos experimentar con la muerte o experimentarla anticipadamente. Debemos confiar en aquellos que se han enfrentado a enfermedades terminales para que sean nuestros instructores”, afirmaba en el epílogo de su última obra. Hela ahí pues, convertida en su propia maestra, investigando su propio “tramo final”. Hela ahí, la que a tantos moribundos acompañó hacia su tránsito, postrada en la cama aguardando también, como todo “mortal”, su turno de barca hacia la “otra orilla”.
    Ahora la doctora ha partido a volar desde un nido que seguramente se le hizo eterno… sólo que en realidad la madre de los moribundos no morirá nunca. Esa es su principal lección. Si muriera, sus libros, su mensaje, su testimonio caducaría. Mas vive ella y vive su legado, su susurro -traducido a innumerables idiomas- de que la vida, en realidad, no se acaba nunca.
    Esta doctora en Medicina galardonada con 28 doctorados “honoris causa” y con más de treinta años acompañando en el momento de la muerte a miles de personas, autora entre otras joyas de La muerte, un amanecer (Luciérnaga 1989), hubo de atravesar su particular noche en forma de parálisis como resultado de un infarto y vivir una dura y larga prueba antes de emprender camino de infinitos.
    Apuró hasta el límite el margen de trabajo y entrega que le permitió la enfermedad: “Sigo alimentado a doscientos pájaros desde mi ventana y a catorce coyotes y zorros”, comentaba en una breve carta abierta que dio a conocer hace unos años. Deleitaba su mirada con ramos que le llegaban desde todo el mundo y se manifestaba agradecida por la vida en las primeras fases de su enfermedad pues: “Primero, puedo comer todo lo que deseo. Segundo, puedo bañarme sola. Tercero, tengo amigos y vecinos a los que puedo llamar en caso de urgencia. Cuarto, puedo también continuar con los tratamientos semanales que me permiten andar en el agua, que no sobre el aguas; eso tendrá que esperar a mi transición, cosa por la que estoy rogando.”
    En 1995 pidió a sus amigos y lectores de todo el mundo que oraran para poder tener un tránsito pacífico “en el proceso de pasar de crisálida a mariposa”. Sin embargo, experimentó una mejoría y el salto se demoró: “Pasé varios años a las puertas de la muerte. A veces pensaba que ésta vendría en unas pocas semanas. Otras muchas me sentía defraudada de que no ocurriera porque estaba preparada. Pero no he muerto porque sigo aprendiendo las lecciones de la vida, mis últimas lecciones”, afirmaba en el prólogo de Lecciones de vida.
    Lista se mantuvo durante tiempo para volar quien preparó a tantos hombres y mujeres para su propio vuelo, lista se halló quien pareció comprender en su grandiosa dimensión el sentido último de la vida: “Estamos aquí para sanarnos unos a otros y a nosotros mismos. No una sanación como en la recuperación física sino una sanación mucho más profunda: la sanación de nuestros espíritus, de nuestras almas.”

    INTENSA RUEDA DE LA VIDA
    “Hay muchas personas que han existido pero realmente nunca vivieron. Gastaron cantidades inmensas de energía en mantener ocultos sus asuntos inacabados”, afirmaba la doctora. Muy probablemente no fue ese su caso. Quien explore la Rueda de la vida, su apasionada y apasionante biografía, hallará un entusiasmo inquebrantable en cada uno de su capítulos. Aquel bebé que apenas pesaba un kilo en el momento del nacimiento haría más tarde tronar el mundo.
    Elisabeth Kübler-Rosse se tomó en serio aquella célebre frase de Hellen Séller: “La vida es una audaz aventura o no es nada”. No hay más que verla, siendo una muchacha, viajando por la Europa de la postguerra con su botiquín en la mano y acercándose al mayor número de heridos. No hay más que seguirla en los Estados Unidos viviendo el día a día con los enfermos esquizofrénicos que gracias a ella retornarían a la vida normal. No hay más que observarla preocupada por una digna estancia hospitalaria para los más desheredados construyendo contra viento y marea ranchos para procurar a los enfermos de Sida un espacio hermoso donde apurar sus días. No hay más que contemplarla, una y otra vez, traspasando la línea de demarcación de lo que se considera explorable, desafiando al “stablissement” médico, receloso siempre de su “integridad científica”, con sus prácticas médicas poco ortodoxas.
    A pesar de las manifestaciones de hostilidad recibidas continuó con coraje, hasta que el cuerpo se lo permitió, relatando los resultados de sus investigaciones. Tal como afirma de sí misma, pasó la mayor parte de su vida luchando contra las fuerzas -tamaño Goliat- de la ignorancia y el miedo. Pero sobre todo, si queremos captar la instantánea más representativa de su intenso y vital itinerario, habrá que observarla donde pasó más horas: a pie de cama volcando toda su ternura sobre el enfermo. La eterna rebelde se desbordaba en dulzura en el momento del consuelo para con el niño con cáncer, el joven con Sida o el anciano aquejado por el peso de toda una vida.
    Magda Catalá, profesora de la Universidad Pompeu Fabra, afirma a propósito de Kübler-Ross: “El amor y la dedicación de esta mujer excepcional permite que hoy muchos médicos, enfermeras y personas del mundo estén científicamente preparadas para entender, acompañar y ayudar a cualquier ser humano en los difíciles momentos que anteceden a su muerte así como para comprender y consolar efectivamente a las personas que sufren la pérdida de seres queridos”.

    ASUNTOS PENDIENTES
    Acurrucada en su lecho, la doctora activó la “moviola” de su vida ancha y pródiga en inquietud exploradora, en valientes gestos de servicio. Lo repitió hasta la saciedad en conferencias y libros: “En la vida después de la muerte todos escuchan la misma pregunta: ‘¿Cuánto servicio has prestado? ¿Has hecho algo para ayudar?’”
    A ella le inquietaba llegar de vacío a la otra orilla, la preocupaba no cosechar en la gran medida en que se sentía capaz. Por eso, y aunque hubo de recoger grandes honores de prestigiosas instituciones, se preocupó por hacer acopio de los pequeños, los diarios, los verdaderos reconocimientos. A ella le colmaban aquellos que obtenía en silencio junto a las cabeceras de sus enfermos.
    En el epílogo de la biografía que escribió en enero de 1997 aludía una vez más a la muerte como una experiencia maravillosa pero se lamentaba de la prolongación de su proceso. Desde entonces hubieron de pasar ocho largos, duros, fecundos años. ¿Cuál es la vivencia que le quedaba pendiente a la doctora para prolongar tanto tiempo su agonía? Con esta pregunta en la boca acudí hace dos años a Pilar Basté, fundadora de la editorial Luciérnaga y amiga personal de Elisabeth. Nadie como ella en nuestro país ha tenido la oportunidad de acercarse tanto a la mundialmente conocida doctora suiza. No en vano la editorial catalana nació con la finalidad de dar a la luz la obra de Elisabeth Kübler-Rosse y bajo su marca han aparecido la inmensa mayoría de sus títulos.
    Pilar no dudó a propósito de su última y decisiva lección: “La que tanto había dado tenía que aprender a recibir”. Parece ser que esto es lo que más le costaba. Por eso debieron dejarla ahí, postrada en la cama, suspendida entre la vida y lo que llaman muerte, para dejarse ser objeto de mil y una atenciones y así aprender a amar recibiendo, de esa forma que ella aún no había experimentado. “La mujer entregada por entero al prójimo debía permitir que el prójimo también cuidara de ella -nos decía Pilar- para cerrar el círculo de dar y recibir, y así saltar al ‘amanecer’ con la lección entera cumplida”.
    La propia doctora era consciente de la necesidad del largo proceso que atravesó. Así lo reflejó en su última obra: “Ahora ésta es mi lección: aprender a recibir amor y cuidados, a ser alimentada en vez de alimentar. Comprendí que tenía un muro de piedra en torno al corazón. Su finalidad era protegerme del dolor pero también dejó fuera el amor.”
    Elisabeth Kübler-Rosse reflexionó mucho en su obra sobre los “asuntos inacabados”, los defectos que no conseguimos fulminar en el interior de nosotros mismos: “Hay tantas lecciones que aprender en la vida que es imposible asimilarlas todas en el transcurso de una sola existencia. Cuantas más lecciones aprendemos, más asuntos acabamos y vivimos más plenamente, vivimos realmente la vida. Y sin importar en qué momento morimos podemos decir: ¡Dios, he vivido!”.
    No sabemos los “asuntos incabados” que hubo de afrontar Elisabeth Kübler-Rosse ni hasta qué punto le escocían los “pendientes” no debidamente abordados pero nos consta que el otro platillo, el de los grandes gestos y obras, le desbordaba. Supo aplicarse a sí misma ese otro cuento que pregonó sin cesar: “Es muy importante que hagáis lo que de verdad os guste. Sólo así podréis bendecir la vida cuando la muerte esté cerca”.

    VÍSPERAS DEL ALETEO
    Kübler-Ross afirmaba sin rubor que desde hace ocho años estaba deseando pasar al “otro lado”. Era consciente de que precisamente su rebeldía la ataba a la tierra, conocía las causas que prolongaban su estado: “Según mi Conciencia Cósmica sé que si dejara de sentirme amargada, furiosa y resentida por mi estado y dijera ’sí’ a este ‘final de mi vida’ podría despegar, vivir en un lugar mejor y llevar una vida mejor. Pero puesto que soy muy tozuda y desafiante tengo que aprender mis últimas lecciones de modo difícil. Igual que todos los demás”.
    El que la doctora anhelara su final físico no quería decir que hubiera olvidado el significado de un dolor que tantas veces y con tanta experiencia y tacto supo amortiguar: “A pesar de todo mi sufrimiento continúo oponiéndome a Kevorkian, que quita prematuramente la vida a las personas por el simple motivo de que sienten mucho dolor o molestias. No comprende que al hacerlo impide que las personas aprendan las lecciones, cualesquiera que éstas sean, que necesitan aprender antes de marcharse”.
    Su proceso “final”, no por doloroso dejó de ser consciente: “En estos momentos estoy aprendiendo la paciencia y la sumisión. Por difíciles que sean estas lecciones sé que el Ser Supremo tiene un plan. Y sé que en su plan consta el momento correcto para que yo abandone mi cuerpo como la mariposa abandona su capullo”.
    Adelantándose a los acontecimientos tenía ya planeado su futuro: “De todas partes del mundo vendrán mis familiares y amigos, atravesarán en coche el desierto hasta llegar a un diminuto letrero blanco que, clavado en el camino de tierra, reza ‘Elisabeth’ y continuarán su camino hasta detenerse ante el ‘tipi’ indio y la bandera suiza que ondea en lo alto de mi casa de Scottsdale. Algunos estarán tristes, otros sabrán lo aliviada y feliz que estoy por fin. Comerán, contarán historias, reirán, llorarán y en algún momento soltarán muchos globos llenos de helio que se parecerán a E. T. Lógicamente yo estaré muerta.”
    Dicen que la humanidad no había tenido ocasión de saber tanto de la muerte y de la vida después de la muerte hasta que llegó Elisabeth Kübler-Ross. Pero aún siendo crucial su labor de desentrañamiento del misterio de los misterios, aun siendo capitales las claves que ella ha proporcionado para aligerar el miedo de los miedos se impone subrayar su faceta humana por encima de la intelectual, su determinación para haber encarnado el testimonio de amor que pregonó.
    Sanó porque puso alma y corazón a su conocimiento. No en balde ella misma reiteró, una y otra vez, que las mayores satisfacciones en la vida provienen de abrir el corazón a las personas necesitadas, que la mayor felicidad consiste en ayudar a los demás. Magda Catalá, en referencia a la doctora, habla de un amor más allá de lo razonable y lo conveniente, “un amor que trasciende los límites de la propia muerte y, en aras de la verdadera Vida, se desborda”.
    Elisabeth Kübler-Rosse ha conquistado ya ese vuelo tan añorado como bien ganado. A sí misma se decía: “Seguir viva significa que aún tengo lecciones que aprender”. El sufrimiento que durante tiempo padeció no fue fruto de un azar sin sentido. Ella lo sabía bien: “Nuestra única finalidad en la vida es crecer espiritualmente. La casualidad no existe”
    En la quizás más importante experiencia mística que vivió, la doctora Elisabeth Kübler-Rosse afirmaba que se fundió con la energía espiritual, fuente de toda luz y le fueron reveladas dos palabras claves en sánscrito que decían “Shanti Nilaya”. Estas palabras eran para ella como un tesoro y las tradujo por “puerto de paz”, es decir, la casa a la que volveremos un día después de atravesar nuestras angustias y sufrimientos”después de haber aprendido a desembarazarnos de todo lo sobrante y ser lo que el Creador ha querido que seamos: seres que han comprendido que el amor verdadero no es posesivo y no ponen condiciones con él”.
    En su prolongada actividad de conferenciante Kübler-Ross reunió toda una colección de frases llave, de historias y testimonios esclarecedores. Una de esas expresiones brillantes decía que si cubrimos el Gran Cañón del Colorado para protegerlo de las tempestades no veremos nunca la bella forma de sus rocas. ¡Feliz vuelo pues por los cañones y montañas de otro brillo de otra roca a la mujer que tanto coraje y esperanza sembró y sigue sembrando a lo largo y ancho de nuestro mundo!
    Una y miles de veces la doctora transmitió a sus enfermos y moribundos que tenían la fuerza suficiente como para poder afrontar su sufrimiento y agonía. Una y otra vez les transmitió que nunca se nos da más de lo que podemos aguantar.
    ¡Sea la paz para quien logró acallar tantos dolores y agonías ajenas!

    Koldo Aldai
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    Testamento de quien nunca creyó en la muerte
    La verdad de la doctora Elisabeth Kübler-Rosse se hallaba por encima de las religiones y de las coyunturas de un tiempo determinado, de una geografía. He aquí algunos retazos de esa verdad extraída de sus libros, pinceladas de esa certidumbre que fue capaz de resucitar a miles de personas que comenzaban también a “morir” un poco con la partida de seres queridos:

    -Nada de lo que nos ocurre es negativo. Todo sufrimiento puede generar crecimiento.
    -Todas las personas procedemos de la misma fuente y regresamos a esa misma fuente.
    -Todos hemos de aprender a amar y a ser amados incondicionalmente.
    -Todas las penurias que se sufren en la vida, todas las tribulaciones y pesadillas, todas las cosas que podríamos considerar castigos de Dios son en realidad regalos. Son la oportunidad para crecer que es la única finalidad de la vida.
    -La vida en el cuerpo físico representa sólo una pequeña parte de la existencia real.
    -No se puede sanar al mundo sin sanarse primero a sí mismo.
    -Si estamos dispuestos para las experiencias espirituales y no tenemos miedo, las tendremos sin necesidad de un gurú o un maestro que nos diga cómo hacerlo.
    -Cuando nacimos de la fuente a la que yo llamo Dios fuimos dotados de una faceta de la divinidad; eso es lo que nos da el conocimiento de nuestra inmortalidad.
    -Debemos vivir hasta morir. Nadie muere solo.
    -Todos somos amados con un amor que trasciende la comprensión. Todos somos bendecidos y guiados.
    -Al final de nuestros días vamos a bendecir nuestra vida porque hemos hecho lo que vinimos a hacer.
    -La lección más difícil de aprender es el amor incondicional.
    -Morir no es algo que haya que temer; puede ser la experiencia más maravillosa de la vida: todo depende de cómo hayamos vivido.
    -La muerte es sólo una transición de esta vida a otra existencia en la cual ya no hay dolor ni angustia.
    -Todo es soportable cuando hay amor. Es lo único que vive eternamente. -Mi deseo es que usted trate de dar más amor a más personas.
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    Grupos de apoyo al duelo
    Los libros y el testimonio de Elisabeth Kübler-Rosse contribuyeron notablemente a que cada vez haya más personas que creen con certeza que después de abandonar el cuerpo físico nos espera otra vida. Gran cantidad de seres sumidos en la más profunda aflicción por la pérdida de un familiar querido han visto penetrar en ellos un rayo de esperanza con la simple lectura de alguno de sus libros. Fue tal el poder movilizador de los mismos que en diferentes ciudades españolas, a comienzos de la última década del pasado siglo XX, se comenzaron a constituir “grupos de apoyo al duelo”, también denominados “grupos de apoyo Elisabeth Kübler-Rosse”. Los dos más importantes se hallan en Madrid y Barcelona pero también se pueden encontrar en Alicante, Bilbao, Gerona y Lérida Se trata de personas que tras haber perdido a algún ser querido se reúnen en algún local o domicilio particular en el que leen y estudian los textos de la doctora y, entre una y otra mutua confesión de aliento, van pasando el peor trago de su vida.
    Estos grupos también se vieron animados por las diferentes visitas de la doctora a nuestro país. Neus Chordá, de Ediciones Luciérnaga, evoca aun con candor las visitas que Kübler-Rosse hacía a Barcelona, la primera de ellas en 1992. En el libro Conferencias. Morir es de vital importancia se puede encontrar la transcripción de la conferencia que impartió en el Aula Magna de la Facultad de Biología el 11 de noviembre de ese año. Neus nos diría que los aforos siempre se quedaban pequeños para acoger a las miles de personas que querían escuchar a la doctora más popular del mundo. Llegaba siempre con una sonrisa en la mirada y un cigarro en la boca rompiendo esquemas donde los hubiera, trasmitiendo su calor humano, sus irrefrenables ganas de compartir experiencias vitales. Fruto de la experiencia de estos grupos nacería un libro que lleva por título Tras los pasos de Elisabeth Kübler-Ross (Luciérnaga, 2000) en el que se recogen numerosos testimonios de personas que perdieron a seres queridos y trabajaron su duelo en el grupo de apoyo de Barcelona. En todos los casos los protagonistas se sobrepusieron a la tragedia. Una victoria que tuvo mucho que ver con la fuerza y la fe contagiadas por la doctora. Uno de los libros más valorados en estos grupos, por cierto, es Vivir hasta despedirnos, obra en la que la doctora invita a aceptar esa situación en la que una persona cercana debe “irse”. Animándonos a que, en el espacio de tiempo que aun dispongamos junto a ella, la acompañemos en paz y sin miedo pues esa es la mayor muestra de amor con la que la podemos corresponder siempre.

    Más información de los “Grupos de apoyo al duelo”:
    Telf. 93- 217.11.50 y 91-549.47.56
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    “Nunca”
    Son las últimas palabras de su último libro. Quizás “nunca” más escriba cosas tan esperanzadoras y liberadoras, quizá “nunca” nos deleite con nuevas y reveladoras enseñanzas. Atrapamos, congelamos estas palabras con el compromiso de “nunca” olvidar su liberador aroma: “Hay un refrán que expresa que, cada vez que un niño nace, Dios ha decidido darle al mundo una nueva oportunidad. Del mismo modo, cada día que spiertas te han regalado un día más para experimentar la vida. ¿Cuál fue la última vez que experimentaste plenamente un nuevo día? No tendrás otra vida como ésta. Nunca volverás a desempeñar este papel y experimentar esta vida tal como se te ha dado. Nunca volverás a experimentar el mundo como en esta vida, en esta serie de circunstancias concretas, con estos padres, hijos y familia. Nunca tendrás los mismos amigos otra vez. Nunca experimentarás de nuevo la Tierra en este tiempo con todas sus maravillas. No esperes pues para echar una última mirada al océano, al cielo, a las estrellas o a un ser querido. Ve a verlo ahora.” .



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