Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Una historia real

Los espectadores de hoy esperan con impaciencia el cartelito que al iniciarse una película, o una serie de TV, contenga las hechizadas palabras: “Basada en un hecho real” (Cuando la TV tiene alma de cine).

Igual fenómeno invade la literatura; lo saben bien los escritores de best sellers: es el mismo abracadabras que abre la cueva de Aladino (Literatura y Alquimia), y lámpara y genio aparecen (La estrella resplandeciente. Fábula- Siglo XXI).

Parece un problema de falta de fe, como si ya nadie pudiera sostener la apuesta de Borges sobre leer ficción y suspender voluntariamente la incredulidad durante el transcurso de las páginas (El milagro secreto de Jorge Luis Borges).

Pero ficción y realidad -y ésta es la apuesta que Borges oculta- son gemelas idénticas, o clones, o, para ser aún más original, son las dos caras de la misma moneda (Realidad y ficción en la relación de Gaspar de Carvajal).

Hay y ha habido tanta gente pisando el planeta, que nada puede haber dejado de suceder (Artistas: ¡salven el planeta!; El planeta humano).

Todas las historias son reales (La Naturaleza Humana).

La que sigue, también.

Alicia

Elbio debió viajar a su ciudad natal durante cuatro días.

Alicia se despidió de él y sintió de pronto dentro de sí un golpe de tempestad, un incomprensible pero claro llamado.

Escuchó el ascensor llegar a planta baja llevando a su marido, escuchó abrirse la puerta ruidosa del mismo y volver a cerrarse.

¡Estaba libre! ¿Pero libre de qué? ¿Acaso había estado encarcelada? ¿En los amorosos brazos y abrazos de Elbio, encarcelada?

Tal vez…

Corrió a la caja que contenía todos los ahorros que ambos estaban juntando para terminar sus días en algún paraíso: la montaña, o el mar.

Tomó apenas cien dólares y los cambió en el casino de Palermo.

No le fue bien, pero todavía quedaba mucho dinero para recuperarse, y ella sabía que se recuperaría.

Volvió en un taxi a casa, le pidió al conductor que la esperara, y subió a buscar mil dólares. Se había dado cuenta de que si no se apostaba fuerte no se podía ganar.

Ella era por cierto Alicia en el País de las Maravillas cuando entró por segunda vez en el casino, pero esta vez con una fortuna en la carterita de plástico.

Miles de metros de sala, con máquinas tragamonedas ocupadas casi todas, con espejos, colores, gente que se reproducía sin rostro cerca suyo, sólo siluetas que pasaban, rodeaban, no miraban, todo en silencio en realidad, porque lo único presente era el ruido atroz de las máquinas: cuando alguien ganaba, cuando alguien perdía, la máquina gritaba.

Pese a todo consiguió un lugar cómodo, una máquina de personajes atractivos en cierto modo -ya que no eran humanos, sino animales, lobos. Y recomenzó con la apuesta más alta, la única manera, se repetía, de ganar.

El caballito empezó a comportarse. Se llenaba la pantalla de caballitos con gran ruido de cascos y las ganancias iban en alza, ¡divino corcel!

El miedo de no poder reponer el dinero se apaciguaba, estaba más tranquila; le pidió a la camarera un café y un vaso de agua tónica. Cuando la chica llegó con el pedido, justo en ese momento, apareció el fruto perfecto de la máquina dadora de maravillas: 3800 pesos, más de los mil dólares que había cambiado.

Le entregó un generoso ”diezmo” a la camarera, que la miró más que agradecida, asombrada. Aunque de todas formas comenzó a tratarla con compradora dulzura. De vez en cuando sentía su voz detrás de sí: “¿Necesita algo, señora?”.

Se sintió mimada, en especial cuando le pidió fuego a la camarera y ésta le regaló el encendedor: “Quedatelo, linda”.

Incentivada por el adjetivo que no oía hacía tiempo, apostó lo máximo posible cuatro o cinco veces seguidas, hasta que se agotaron los tres mil ochocientos.

No importaba. Ya había comprobado que si uno apostaba fuerte y se cuidaba luego, o cambiaba de máquina, terminaba ganando.

Tomó otro taxi para ir a buscar más dinero a su casa.

Le preguntó la hora al taxista y no pudo creer la respuesta: las diez y media de la noche. Y había empezado el recorrido a la mañana temprano. De la respuesta la ganó el cansancio, pero ahora debía tratar el tema ya no como una diversión o un escapismo: ahora era un trabajo que debía cumplir, recuperar el dinero era un trabajo y estaba dispuesta a hacerlo hasta que se quedara dormida sobre una máquina.

Al volver, ya con dos mil dólares, no se sentía tan entera como la vez anterior, pero según lo que había podido apreciar de la máquina que le había tocado, estaba casi segura que cierta estrategia funcionaría y le devolvería el alma.

El lugar que había dejado estaba ahora, por supuesto, ocupado. Pero la misma camarera simpática que la había atendido se le acercó y le dijo que en el otro extremo de la sala había una máquina igual, y le indicó cómo llegar después de unos cuantos cientos de metros.

También ésta estaba ocupada, y decidió esperar. Cuando soltaran “su” tesoro, se sentaría y no saldría nunca más de allí hasta no haberse llevado unos millones…

Se había olvidado de comer, se había olvidado de ir al toilette, y ahora no podía, había muchas personas pendientes de que desocuparan los caballitos.

La verdad es que se le había cerrado el estómago y no podría comer; sólo tomar alguna cosa. Pero lo de ir al baño se ponía complicado.

Consideró sin embargo que cualquier sacrificio era válido para cumplir con su tarea de recuperar, reponerse y ganar. Pasó como un soplo por sus recuerdos atolondrados la cara de Elbio, la tristeza que tenía a veces. Pero fue un soplo y no reapareció.

Apenas consiguió sentarse ante los nobles animales que la habían mantenido perdiendo, ganando, perdiendo, aplicó su estrategia. Como un pianista, recorrer todas las teclas de la máquina: de la apuesta más baja a la más fuerte, de la más fuerte a la más baja, de la más baja a la más fuerte. Así, de paso, le parecía que estaba haciendo escalas en el piano.

Mientras las hacía, soñaba. No es que soñara ya con millones ni con miles ni con recuperar ni con perder ni con ganar; como estaba dormida con los ojos abiertos, los sueños, los sueños que tiene cualquiera una noche en su cama, durmiendo, pasaban ante sus ojos.

De pronto se dio cuenta de que las ganancias y las pérdidas empezaban a desequilibrarse. Ya no se mantenía en una meseta hasta que la estrategia diera resultado. Perdía cada vez más, pero ya no podía desmontar caballitos. Era una esperanza desesperante la que la hacía apretar la tecla de la apuesta más alta considerando que podría salir un brillante de varios kilates, que por qué no, que todo -especialmente la vida, la vida que hasta ahora había construido- se podía recuperar con un golpe de suerte, aunque Mallarmé le repetía al oído que ningún golpe de suerte anulará el azar.

El azar es cruel

Para volver a casa debió pedirle veinte pesos a la camarera simpática, que todavía estaba de turno, cumpliendo horas extras y con un rostro exhausto pero aún cálido.

Se subió al taxi y allí vio la luz intensa del mediodía, o del otro atardecer.

Estaba tan cansada que se sentía feliz de llegar a su casa, descansar, dormir y soñar de verdad, mientras la cara de Elbio pasaba otra vez como una ráfaga.

Envío

Esta vez, nada más que mis besos de siempre. Estoy muy triste por Alicia, y por Elbio…

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Editorial

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Comentarios

10 respuestas a “Una historia real”
  1. Joise Morillo dice:

    Hola mi Dulce Mora, un dia mis sobrina, contándome una anécdota, me dijo: Acerca de la domestica que trabajaba en mi casa, Tío, la chica que trabaja aquí, ¡vos sabéis! Vive por casa. Ayer salió de rumba -al cine, a bailar y a comer con el marido, se lo dijo a mi vecina. Tío, alquilaron una limosina y se fueron juntos. Parece que ella se gano un premio, tío, nosotros vimos todo desde la ventana, parecía una serie –una novela de TV-¡Cómo en las novelas!,-dijo ella-.

    Bueno pasaron los días y, del closet de mi cuarto, desaparecido un cheque en blanco firmado, que: siempre tenía listo para el momento de irme de jornada, fuera del país, para que: Olga, dispusiera de él en cualquier eventualidad; precisamente un día antes que los dulces tortolos salieran de juerga, habían debitado de mi cuenta de banco, nada menos que dos millónes de Bolívares, eso hace más o menos 12 años equivaldrían a mas o menos mil dólares, el asunto fue que la domestica se mudo de donde vivía, y no volvió a trabajar en casa (desapareció) con marido y todo.

    ¿Cuál será la moraleja?

    1. ¡unos nacen con estrella y otros estrellados!
    2. ¡cría cuervos y te sacaran los ojos!
    4. ¡Dios dijo: cuídate, que yo os cuidare!
    3. o ¡el que juega por necesidad pierde por obligación!

    Como en la TV

    Os ama
    Joise

  2. Guillermo Botero dice:

    Apreciada Mora

    Excelente narración, radiografía de una realidad que vivencia una permanente desgracia de millones de seres alrededor de nuestra sociedad de consumo. El ser humano parece buscar más vivir al filo del peligro, que disfrutar la tranquilidad de una buena cosecha.
    Hasta que tenga la oportunidad de leer otra de tus historias

    Un abrazo

    Guillermo

  3. Antonio Marquez dice:

    Historia amena y redactada como crónica perilodística.La felicito.
    Mi esposa que va una que otra vez al casino, todavía tiene el control y cuando gana algo se retira. y cuando va perdiendo algo, también. Lo interesante es que ella no va al casino cuando yo viajo.
    Algunas veces vamos los dos pero yo me fastidio.
    Nadie sabe si a ella le pueda ocurrir lo de Alicia.

  4. atiuglo perezcompanc dice:

    Me parece triste pero real esta historia real, respecto a los comentarios;.Cariños el de Joise es tragicómico, pero pobre! qué sorpresón! y elijo la moraleja 3º y 4º.
    Cariñosal grupo.
    Atiuglo

  5. Blanca Estela Saavedra Donoso dice:

    Un saludo especial a Mora, mi amiga escritora argentina, y que su penita pase pronto.

    En el mundo existen muchas Alicias y Elbios.

    Yo también conozco a más de una Alicia y Elbio.En mi querida ciudad emeregió como un brote de putrefacción un casino hace algunos años, allí han perdido su fortuna los grandes jugadores del mundo; los chinos que llegaron a la zona franca esperanzados en convertirse en millonarios mediante su comercio y el juego, pero ya quedan pocos, sus galpones ahora están cerrados en quiebra y otros los han tomado hindúes sabios temerosos de sus dioses no visitan aquellos antros, ellos son los nuevos dueños del gran comercio, hoteles y escuelas que hay en la ciudad, muchos ya se nacionalizaron y celebran en público el día de su independencia con bailes y panderetas.

    Como todas las enfermedades la ludopatía es curable con tratamiento siquiátrica. Sin embargo mi amiga no ha querido sanarse, ya perdió todo, casa, marido e hijos y aún no se recupera. Mi abuela decía: “ir a esos lugares, es ir a la boca del lobo”. Y sí, porque tu no sabes si te puede o no atrapar, es como una droga, o todos la pueden probar, algunos se convierten en adictos. Aunque pensándo bien, el ser es adicto a tantas cosas…Hay que tener las antenitas muy bien dirigidas para no “extraviarse “, y desarrollar un poco el dominio propio del que habla la Biblia, es uno de los frutos del espíritu que debemos cultivar y practicar, en fin. Es tan triste cuando ves a un ser perderse en su debilidad que te dan ganas de inyectarle lo que le hace falta; la fuerza de voluntad, y que también a veces a una le falla.

    Dicen y lo creo así también que uno se convierte en sabio cuando sabe que algo es incorrecto que no te conviene decidir hacerlo, y no lo haces. Pero de hacer lo contrario ya no eres sabio, sino un necio. Qué ¡lata! Sentir y más encima reconocerse asimismo que eres un necio cuando actúas sin usar la sabiduría. Me gustaría llevarla conmigo como el celular y estar siempre atenta a ella.

    Tengo otro caso de ludopatía, es el de mi profesora de lenguaje, una mujer encantadora y bella, de sangre croata, mide cerca de dos metros, se casó con un abogado de familia acomodada como dicen los jóvenes hoy: un “kuico” de su misma sangre sólo que con más dinero. Yo no sé para qué quería más, ingresó al casino el día de su inauguración para no salir más. Fue un día lunes de mañana temprana que la divisé temprano salir de allí, cuando sospeché de su avanzado estado de depresión, vestía de negro y caminaba con la cabeza gacha.

    Un beso grande para todos, y que tengan mucho dominio de si mismos y aconsejen a sus hijos que mejor es no ir a perder plata por el mero placer de apostar.

  6. Axel Haroldo dice:

    Tienes razón muy apreciada Mora, es tristísimo lo que le pasa a esas personas que enferman y caen presas de tan horrenda adicción, pero muchísima más tristeza me dan los asquerosos empresarios que medran con la enfermedad del juego, estos seres se consumirán eternamente en el infierno, sin remedio ni esperanza.

  7. Jose Itriago dice:

    En las sombras violetas a veces distingo un brillo; seguramente es una señal entre los brillos de nuestro río de vida, agitado por una brisa transparente y controlada para no causarnos estragos, como para recordarnos lo invisible y sutil que pueden ser las mismas fuerzas que de pronto, intempestivamente, se tornan en destrucción ciclónica, aterradora. Podría ser algún reflejo de alguna luz lejana, un recuerdo que emerge con vivencia juvenil y tersura sin edad, luminoso. Pero sería extraño a estas horas. Ya hace rato el aire, el paisaje y tu mirada tomaron el violeta frío del atardecer. Es preferible creer que es un brillo de esperanza, que con su toque imprevisto, sugiere buscar la luz en tus ojos, también violetas, en tu gesto, también violeta, en tu sonrisa de atardecer; una razón para no sucumbir al hastío. Con una sola razón bastaría. Un solo brillo.

    Te comente que hace un rato, antes que el violeta nos invadiera así, tan denso, que vi un hilo de oro hacer un ovillo de luces en tus manos. Como una discoteca, me contestaste distraída y traté de explicarte que no, que era muy distinto, que así como ese ovillo se formó en tus manos displicentes, sin que siquiera lo apreciaras, igual se formó el oro del Rin que los Nibelungos una vez robaron a las ninfas del río. Ellas lo veían y lo creían y por eso lo acumularon entre las aguas, por el solo placer de entrever sus reflejos cuando el río transcurría. Quiso explicarle que nunca le había encontrado otro sentido a ese oro en manos de los dioses, que no lo usaban ni precisaban, pero que al cabo ocasionó tantas tragedias.

    Era una maraña de hilos de oro, corrigió él, no un ovillo como le dijo antes, sino más bien una maraña, sin ningún orden, que se formaban porque así lo deseaba el sol, un sol de oro, que se reflejaba en todas y cada una de las cosas y en ellos mismos, se reflejaba en sus ojos que ahora son violeta y seguramente en los suyos, que temía que también ya fueran igualmente violetas.

    De esa maraña surgieron miles de hilos cortos de oro, que él siguió atentamente y que por su propia voluntad tejieron la magnífica magnolia que esta mañana, con mucho dolor, el cortó en el jardín. Quizás fue durante segundos o minutos o muchas horas. Cuando se está frente a un fenómeno semejante el tiempo se paraliza, todo se concentra en la luz de oro y en la labor de tejido.

    Bien sabía ella que a él no le gusta cortar las magnolias, interrumpirles la culminación de su sueño de reinas efímeras de la pureza, pero hoy, más que otros días, necesitaba su blancura y su perfume. Le había acometido una sensación de soledad, de angustia y de distancias inabarcables. Siempre le deprime destacar esas distancias que una vez alcanzó y hoy, anidadas en la memoria, lo empequeñecen.

    Los hilos de oro bordaron cada uno de los nueve pétalos blancos, blanquísimos, como si el sol se hubiera hecho abuela bordadora, llenando con infinita paciencia cada espacio con puntos cortos, breves, para no modificar la forma del pétalo. Todos quedaron magníficamente bordados, tanto que parecía una joya de la más alta orfebrería, con mallas de oro, una flor oro y su perfume, también en oro, fue dorando los deseos, dándoles un significado que creía perdido para siempre: el de las primeras veces. Ya no, la magnolia se secó, se seca en apenas uno o dos días y de blanca, que pasó a dorada, terminó en marrón, buscando tierra. Afortunadamente ahora no se distingue bien, en esta penumbra violeta.

    En el silencio que antecede al triunfo de las sombras, una sonata de violín y piano trata inútilmente, de delinear las formas que se pierden, se difuminan.

    Si, otra vez el Poema Místico de Bloch, no te puedo decir mucho de esa sonata, porque la conocí casi de niño, cuando aun no cumplía los dieciocho años, interpretada por el gran Heifetz (aun conservo el viejo LP) y después lo he oído tantas y tantas veces que hoy ya no sé ni qué es. ¿A ti no te pasa lo mismo? Ni siquiera sé si me alegra, entristece o qué. Pero tengo que escucharlo porque se hizo un eco mío y como en mis ecos entraste tú, es también, a partir de algún momento, eco tuyo. Creo que es como verme o vernos en un espejo cada vez diferente: a veces brillante por el eco de mis ilusiones que no fueron vanas o que todavía creo que no lo han sido, pero otras veces parece como si hubiera perdido el azogue y distingo en sus manchas las frustraciones de manera tan precisas y permanentes, que las puedo analizar con ojo crítico, descubriendo en su sucesión lo irremediable del declinar, de este aterrizar que nunca termina. Trato entonces, una y mil veces, de calcular la trayectoria para predecir la toma irremediable de tierra, buscando tierra como la magnolia que se fue y eso que estuvo vestida de oro. Cuando al fin creo que definiré la temida y esperada intersección entre la vida y la tierra, apareces tú y me miras largo, inexpresivamente, con tu mirada violeta que empaña el espejo y el Poema Místico termina.

    No, no lo voy a escuchar de nuevo ahora, aun cuando es lo que me provoca. Pero no sé qué ponerte a cambio, cualquier cosa antes que el silencio ciego de este violeta que nos inundó y confundió, sin calores ni presencias. Violeta el mullido silencio que vuelve loco, alfombra movediza donde en cualquier momento hay que cruzar el umbral de algo, violeta también, todo violeta. Lo único que se me ocurre es “World to come” de Lang. Sabes que tampoco lo podría explicar, tengo muy poco tiempo oyéndolo, quizás unos meses y, además, apenas si apenas medio entiendo el mundo que estamos dejando, cómo pretender conocer el que vendrá. Pero en sus notas presiento algo semejante al tallado de una roca que, si recupero el aliento, quizás lo podré escalar. Cada día que resta tendría que escalarlo.
    Así que dejemos que el cello cincele este violeta que nos ahoga y giremos la ruleta, que cada lance sea de vida o vida, apostemos todo, todo o nada, que si pierdo me pierda entre los rumores de tus pasos camino al no sé adónde, que la ruleta de violetas y violetas marque el color de nuestra apuesta final, todo o nada, girando eternamente entre tus deseos y mis deseos, siempre insatisfechos, todos y nadas cada vez, violetas siempre hasta que nos rinda la voz del crupier con su “Rien ne va plus” y quedemos, sin aliento esperando, sabiendo, que jugamos para perder, que perdemos para jugar. “Rien ne va plus” nos cantarán más tarde, por ahora, hagamos nuestras apuestas, todo o nada otra vez

    Esa mañana, con la luz esperanza de un cielo limpio, habían caminado alrededor de un jardín existente sólo en sus mentes, tratando cada uno de imaginar cómo el otro lo imaginaba. Y sus descripciones eran tan bellas, tan completas, que era imposible dudar de lo bien cuidado y lo hermoso que era. En realidad tampoco estaban juntos, no, cada uno era sólo un recuerdo del otro, pero tan vívido que era imposible dudar de su existencia y su diálogo tan preciso sobre cada espina, cada pétalo de ese maravilloso jardín. Pero eso fue esta mañana, antes que cayeran las sombras violetas.

  8. Joise Morillo dice:

    He aqui mi aporte.

    Hola Mora, en esta nueva entrega, no me aboco al título sino una interpretación del tópico sin apasionamiento, más bien con una visión crítica constructiva respecto a fomentar una ayuda a aquellas victimas del terrible flagelo de la ludopatía como la llamo nuestra ilustre: María Celeste. Primero empezare con una evidente apreciación del asunto:

    ¡Se sabe que las personas que acuden a tales sitios (bingos, casinos, sportbooks, garitos, etc) son mayores de edad!

    También, que la mayoría de los asiduos son adultos maduros (más de 45 años), aun cuando acuden también adultos muy jóvenes (18-45) años.

    Y que nadie, coercitivamente, obliga a ellos a acudir a tales sitios, excepto: el ocio, la angustia, el dinero mal habido, malos hábitos de la infancia, aunado a poca orientación respecto al fomento del ludo en familia.

    En consideración de los dos últimos motivos o causas de problema tratado, me temo que la retro actividad, o reparación del daño sicológico obtenido por quienes padecen tal miseria es: bastante difícil, pero no imposible, todo depende de la voluntad del individuo y, la capacidad de concebir una nueva senda de hábitos, considerando la edad de la víctima; una reeducación oportuna, que señale el valor del dinero obtenido con el trabajo o la ocupación, le dará al afectado, una nueva óptica, más consciente de la importancia de obtener las cosas con un esfuerzo noble y benigno, tanto para él como para quienes conforman su entorno, para ello podría hacer un buen trabajo: la solidarida de quienes conforman su entorno familiar y afectivo (amistad).

    Respecto a los dos primeros, es más fácil la erradicación de tal flagelo por cuanto es una situación de exceso de tiempo, la mayoría de las veces la gente jubilada, los (as) solteros (as) maduros (as), también los adultos jóvenes, se sienten obligados; por el ocio, a hacer algo en aras de matar el tiempo, estos que han vivido dedicados a determinada labor, o que tienen un horario de trabajo muy cómodo, sin mucha obligación, tienden a acudir a determinadas diversiones, entre ellas: ¡el juego de azar! La mejor forma de erradicar tal dedicación es precisamente matar el ocio con nuevas perspectivas, ej. Dedicarse a la lectura, escritura, al arte, a la labor social, a labores alternativas. Estas labores son de buen resultado: cuando se emplea la manualidad, quiero decir, cuando se hace un esfuerzo físico: Gimnasia, hogging, incluso trabajos manuales con fines de lucro –aprender para laborar en: Plomería, carpintería, mecánica automotriz, peluquería etc.-

    Definitivamente, tanto la miserable condición del paciente, como su solución son consecuencia de la voluntad individual y colectiva. Los que menos tienen culpa de quienes padecen tal situación son los que tienen sitios públicos para esta dedicación, debido a que no existe coerción de ninguna índole respecto a la asistencia de los sitios. Esto quiere decir que si no se elimina las causas del deseo de jugar, estas, las vidas, las almas, que poseen suficiente tiempo para ejercer la apuesta, lo harán, asi sea debajo de una piedra, o en un antro clandestino como se señalo anteriormente.

    Por ello me atrevo a aafirmar que:

    Todo depende (principalmente) de la voluntad del afectado en tal situación y, sin lugar a dudas: de la reeducación y la solidaridad que le pueden dispensar a las víctimas de tal miseria, quienes conforman su entorno familiar y afectivo (amistad).

    Os ama
    Joise

  9. Marcelo Miguelez dice:

    Estimada Mora:

    Mis felicitaciones ante todo por esta crónica, no voy a juzgar a Alicia y Elvio, si me interesa la reflexión que puede dejarnos a cada uno.
    A mi particularmente me sirvió y mucho puesto que utilicé el texto para un ejercicio que debia realizar en el taller de teatro donde concurro (estudio actuación) y en verdad que a todo el grupo nos sirvió y mucho tu crónica estimada Mora, que asi resta nomas agradecerte por la generosidad de tu pluma, te dejo un saludo afectuoso y adelante con esas maravillosas narraciones !!!, Marcelo.

  10. walter efrain carhuancho lucen dice:

    Srta Mora su estilo es bellamente apocaliptico,toca fibras del corazon del profundo estres de una sociedad que busca una salida o comparar experiencias alusivas a lo que usted escribe.No somos animales misticos.Los griegos decian que el universo era un gran animal cosmico a lo que el gran Pitagoras añadio su esqueleto es la matematica.Lo esoterico no existe se vuelve lo exoterico en esoterico cuando ella humanidad cae en una profunda depresion o catarsis.Por que no miramos esculpimos juntos todos nuestro futuro ahi esta solo falta quitarle lo que estorba como decia el Artista miguel Angel.Por que cuentos de brujas vampiros y no el bello futuro de la luz y sonido divinos cuyo palido reflejo es el bing bang.Por que no escribir poesias al amor.Por que no enseñar con el ejemplo valores a los jovenes por que no escribir juntos en monografias libros que muestren un horizonte de la belleza paradisiaca.por que no pedimos a monogrfias que siga publicando libros y muestre calidad en la belleza enseñanza de cada obra.Por que los que comentan no escriben libros tambien y dicen lo que sienten en obras que tomen una pluma el creador guiara su mano
    atte
    walter efrain carhuancho lucen



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