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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Agosto, 2009

Fuego sobre la historia

Hace unos días me subí a un taxi, y mientras empezaba a darle las señas de mi destino al conductor, pasó un carro de bomberos (Los incendios. Causas de los incendios). Miramos, él y yo, y continué, pero me interrumpió otra formación, y en segundos una tercera y una cuarta. El chofer se quedó casi hipnotizado unos segundos y al rato dijo: “cuatro dotaciones son un incendio grande… Yo fui  bombero” (El afronte de la muerte).

Y desde allí a mi destino, bastante lejano, mi nuevo amigo el bombero jubilado me relató toda la saga de sus incendios, por lo que bajé del coche con un respeto renovado y estremecimientos nuevos ante la palabra fuego (Todos los fuegos el fuego).

Con un toque de humor, el único incendio que aconteció en mi vida fue de fantasía, gracias a Dios (Sentido de humor y perfeccionismo).

Mi hija Mane, que era pequeña, vio mucho humo en el balcón de un edificio aledaño a donde vivíamos, e insistió tanto y con tanta determinación que llamé a los bomberos y exageré la cantidad de humo para que llegaran pronto. Fue fatídico para mí, y también para Mane, porque sólo se trataba de una infracción de los vecinos a las reglas estipuladas: ¡no se puede hacer asado en los balcones de los edificios! (Sistema de convivencia en la consolidación de valores).

Pero ya no es momento de humor; el fuego que invade Grecia, que podría llegar al Partenón, me hizo recordar e investigar sobre los grandes incendios de la historia (Estructura e historia…).

Para no repetir aquellos más conocidos, el de Roma, en el 64 (Rafael), o el de Jerusalén en 587 a.C., comienzo recordando unas hogazas de pan que hicieron época (Procesamiento del trigo).

Los pequeños olvidos y el Incendio de Londres

A cierta edad uno empieza a guardar los anteojos en el refrigerador, o a caminar con paso decidido en busca de un objeto que al llegar a la puerta de donde uno cree que debería encontrarlo desaparece de la mente: “¿Qué era lo que yo venía a buscar aquí?” (Trastornos y patologías de la vejez…).

No sé qué edad tendría el panadero John Farymor en 1666, en Londres, pero ya había conseguido, en su por entonces humilde oficio, unas glorias de persona mayor: era quien proveía de pan al rey Carlos II.

John Farymor se fue a dormir después de un día trabajoso; su hogar ocupaba el piso de arriba de la panadería.

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Editorial

Una historia real

Los espectadores de hoy esperan con impaciencia el cartelito que al iniciarse una película, o una serie de TV, contenga las hechizadas palabras: “Basada en un hecho real” (Cuando la TV tiene alma de cine).

Igual fenómeno invade la literatura; lo saben bien los escritores de best sellers: es el mismo abracadabras que abre la cueva de Aladino (Literatura y Alquimia), y lámpara y genio aparecen (La estrella resplandeciente. Fábula- Siglo XXI).

Parece un problema de falta de fe, como si ya nadie pudiera sostener la apuesta de Borges sobre leer ficción y suspender voluntariamente la incredulidad durante el transcurso de las páginas (El milagro secreto de Jorge Luis Borges).

Pero ficción y realidad -y ésta es la apuesta que Borges oculta- son gemelas idénticas, o clones, o, para ser aún más original, son las dos caras de la misma moneda (Realidad y ficción en la relación de Gaspar de Carvajal).

Hay y ha habido tanta gente pisando el planeta, que nada puede haber dejado de suceder (Artistas: ¡salven el planeta!; El planeta humano).

Todas las historias son reales (La Naturaleza Humana).

La que sigue, también.

Alicia

Elbio debió viajar a su ciudad natal durante cuatro días.

Alicia se despidió de él y sintió de pronto dentro de sí un golpe de tempestad, un incomprensible pero claro llamado.

Escuchó el ascensor llegar a planta baja llevando a su marido, escuchó abrirse la puerta ruidosa del mismo y volver a cerrarse.

¡Estaba libre! ¿Pero libre de qué? ¿Acaso había estado encarcelada? ¿En los amorosos brazos y abrazos de Elbio, encarcelada?

Tal vez…

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Editorial

Fotografías en blanco y negro

El siglo XIX me da melancolía y, a veces,  un poco de terror metafísico -léase, miedo a los fantasmas (El fantasma victoriano). El XX , vértigo (El siglo XX y la producción armamentista mundial); del XXI todavía no puedo hablar y no sé si podré comprender alguna vez lo que me pasa con él: mis pasos se traban transcurriéndolo, como si tuviera puestos los zapatos al revés -el pie izquierdo en el zapato para el derecho y viceversa; explico para que no vayan a creer que pienso en zapatos pervertidos, como los del Marqués de Sade, o en las botas de siete leguas, no. El siglo XXI se camina con zapatos modernos, o posmodernos, cuyo diseño aún no aprendí (La Escuela del siglo XXI).

Si pudiera mirar a la Historia desde arriba, como un gran panel de gente que viene y va, imagino que en el siglo veinte esa gente de caminar pausado de pronto empieza a correr (Historia y anti historia). Veo en este sitio -o siglo- caras de todo tipo, rodeadas de objetos y de símbolos: la de Einstein y una pizarra con signos (El acertijo de Einstein); la de Freud y una lámpara art deco junto a un diván (Freud: Un Hombre para todas las épocas) por supuesto; veo a Anais Nin bajando apresurada la escalera de una casa en París -la casa de Henry Miller, digamos- para correr hacia el Sena, donde vive en un bote estacionado… (Anais Nin).

En el siglo veinte, sobre todo para cuando me vuelvo una niña que sueña, están Charlot y su galera (El cine), y de su galera sale un aire triste y, sin embargo, con gusto a chocolate (“Chocolate”, una visión antropológica del film).

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Editorial

Sinfonía de otoño

Es como ir subiendo una montaña y estar bastante cerca de la cima; es como detenerse allí un momento y mirar para abajo aunque dé vértigo (Vértigo, ansiedad y sin sentido).

El paisaje: admirable (Ferreñafe: el bosque de Pomac, Perú).

Además, fastuosamente variado.

Hay selvas tropicales, mares tormentosos, nieve (Las Nubes).

Están las mañanas más hermosas del mundo y los atardeceres melancólicos.

Las noches “pecadoras” y el vino alegre (El vino como elixir sagrado…).

Da vértigo, pero todavía no nos falta el aire, se puede seguir subiendo…

La vejez

Al envejecer vamos devolviendo poco a poco los dones de que se nos hizo acreedores (Las dimensiones bioéticas de la vejez). Ya no está la piel “tirante como ráfaga” ni los ojos iluminan cualquier estancia: hay que frotarlos para que brillen, como a una lámpara, como a la de Aladino (La estrella resplandeciente. Fábula. Siglo XXI).

Algunos otros detalles -de mayor valor que los ojos y que la piel- también desaparecen.

Pero empieza a crecernos un órgano precioso e invisible del cual desconocíamos su existencia.

Primero es un latido, después inunda el corazón.

Los ojos -aunque no brillen- ven más y lo descubren todo, y me recuerdan el versito que repetía mi madre algunas veces, que trataba de un joven y un anciano que habían chocado en la calle: “-Perdonad, es que al pasar no os miré./ -A su edad nada se mira, joven, porque nada importa,/ cuando la vista se acorta/ es cuando se empieza a ver”.

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Editorial

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