La tragedia de la página en blanco

Las imágenes pasaban ya presas por su alma; tenían esposas, grilletes, arrastraban cadenas y no podían salir de allí y atravesar la puerta de papel (Las imágenes de la Muerte).

“Piensa en cualquier historia, en algo mínimo, muy pequeño, que te haya ocurrido, ahora o hace cien años”, se decía a sí misma (Historias galantes).

Y lo pensaba y cien historias le volaban alrededor como si ella fuera el reflejo de una lámpara y las historias fueran mariposas nocturnas (Mariposas diurnas).

Pero eran mariposas que se habían desangrado; sin sangre, es decir sin tinta (Memoria de unos dedos oxidados).

Y ella, que había nacido ya escribiendo con tinta de sangre, o que tenía la sangre llena de tinta feliz y venenosa, era burlada por el monstruo, el monstruo blanco que se hacía más resbaloso, que se escabullía por el escritorio (La producción de textos escritos).

Pensó en detalles, tonterías como: ¿en dónde están los verdes paraísos, esos que se llaman Infancia? (De las abrumadoras calles de Baudelaire a los fantasmagóricos pasajes de Benjamin).

Es decir, en traducir los detalles menores de su infancia; por ejemplo el pasillo de su casa de niña, el patio, la escalera y el balcón de piedra (Lo verbal y lo visual).

En el pasillo estaban los juegos con su hermano Luis… El pasillo era de cinco puertas que se cerraban y al cerrarse todo quedaba en absoluta oscuridad. Y como con Luis, cuando tenían cuatro y cinco años, jugaban a ser fundadores de plazas y de parques y les ponían los nombres comunes a todos ellos, como Plaza San Martín o Plaza Colón o Parque de la Virreina; a lo que quedaba entre las cinco puertas cerradas y donde no se veía nada, ¿cómo podían llamarle, que nombre le pondrían? (Lenguaje, lengua y habla en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

Pues… Oscuridad… Oscuridad como plaza o como parque. Y con el nombre de algún prócer.

Y allí mismo, en ese pasillo del pasado, ella y su hermano fundaron la Oscuridad Belgrano.

Pero esta nueva oscuridad, ahora, no tenía nombre y encima, paradójicamente, era tan blanca.

Jamás pensó que alguna vez se encontraría con él, con el monstruo que había enloquecido a tantos.

Tampoco pensó que tendría una forma tan escurridiza, ominosa, y en especial que tendría un color tan amargo y dejaría un sabor tan oscuro.

Aunque fuera pálido, era el silencio y el vacío extendidos casi de modo eterno, tirando a infinito; era la nada más allá de cualquier definición, la nada que no se encuentra en ningún libro o tratado de filosofía.

Que se mira cara a cara como luchando con ella en un ring hasta la muerte.

Aparte, era no poder salir de algún lugar, sólo que ella no sabía el lugar de donde no podía salir; la nada, había que mencionarla otra vez para decir que estaba atrapada allí, como en un ataúd sin bordes.

Le habían hablado de esta enfermedad o sueño o locura -o normalización o equilibrio- pero no le había ocurrido toparse con el ente hasta ahora.

Después de varias horas, volvieron de a poco las palabras a permitirle que las escribiera. Aunque lo que había escrito podría decirse que era otra página en blanco, porque no decía más que eso, describía el espanto de no poder escribir más.

Pero se tranquilizó porque los signos estaban dibujados de nuevo, otra vez la mano se había juntado con la lapicera y el papel con la tinta; nunca le había importado en realidad más que esto -o eso estaba empezando a creer, de pura frustración, que nunca le había importado más que la mano manche largamente con letras cuadernos y cuadernos.

Ya el fantasma, el monstruo, se había alejado.

Se había ido a dormir con Mallarmé, o Valéry, con verdaderos escritores, no con ella (La edad de oro de la burguesía).

Ella no merecía la tortura del terror de la página en blanco, no era en verdad una escritora, pero las circunstancias, o Dios mismo, le hicieron escuchar por una vez ese silencio, percibir la tragedia -algo parecido a los músicos sordos, a los pintores ciegos.

Se levantó y buscó entre sus libros y copió para ustedes de uno, llamado Historia de la nada, del filósofo italiano Sergio Givone:

5. Plegaria a nadie

“Nadie nos volverá a amasar de tierra y barro, / nadie conjurará nuestro polvo. / Nadie.”, dice Paul Celan en Die Niemandsrose. “Loado seas tú, Nadie. / Por tu amor queremos / florecer. / Hacia ti. / Una nada / éramos, somos, seremos, / floreciendo: / la rosa de nada, / la rosa de nadie.” El título original de la poesía es Psalm (Salmo), y que la inspiración es bíblica lo revela su punto de fuerza representado por el dir entgegen: coram te. Es hacia Dios que se eleva el canto, hacia Dios, que se ha retirado en la nada y se ha hecho nadie. Pero es precisamente este retirarse de Dios, este callar, esta ausencia, lo que constituye el sentido de este canto “insensato”. Las rosas florecen para quien no está y en esto consiste el milagro de su belleza (…)

Envío

Agradezco a todos el embellecimiento de mis entradas y la ampliación de horizontes que me brindan.

La idea de la escritura compartida también debería ser compartida como idea: a mí se me ocurre la creación de un personaje que, aparte de lo que hablemos e intercambiemos nosotros, crezca y escuche con nosotros y tenga nuestras “facciones”, como un hijo del blog. Que nazca viejo o joven, niño o niña… Pero esto se me ocurre a mí, una especie de autobiografía de un personaje ficticio pero no tan ficticio porque es todos nosotros. Autobiografía o novela a la que le iremos agregando algo toda vez que tengamos algo que agregar.

Pero espero sugerencias entremezcladas con los besos que envío y volverán

Editorial

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Comentarios

28 respuestas a “La tragedia de la página en blanco”
  1. Jose Itriago dice:

    Nunca imaginó que su máxima creación eran esas hojas vacías. No una hoja sino centenares o miles, en varios tomos, toda una saga de hojas límpidas, de nada o casi nada. Bien encuadernados, con tapa dura.

    Empezaría por un primer libro con lo fundamental y después, de manera progresiva y conforme se fueran vendiendo, añadiría los tomos siguientes. El segundo con alguna letra como añadidura propiciadora del pensamiento encauzado, por ejemplo, en la primera página podría tener una “A”; la tercera entrega podría tener una palabra de gran raigambre como “Oración” o quizás “Dios”. Era difícil, llevaba meses pensando la secuencia de letra, palabra, frase y oración con la cual completaría la serie. Pero nunca un párrafo entero, ya eso era una intromisión completa en el pensamiento ajeno.

    Al leer el primer libro de la serie, o sea, ante la nada, cada quien podría pensar que lo que quisiese, no lo que él, un autor más, se le ocurriese. Además, un libro en blanco es un libro censurado por el propio autor, algo que bien representaba su estado de ánimo. Censura en cuanto concebía que las ideas de una persona eran sólo de ella y no se podían inculcar a terceros. Claro, que eso se aplicaba solamente a la manipulación del pensamiento creativo. De pronto sentía la tentación de ponerle aunque fuera el número de la página y dividir cada libro en capítulos, pero no estaba seguro si con ello violaría los principios que pretendía estatablecer. Más difícil fue decidir si ponerle algún nombre y los datos tradicionales de cualquier edición, incluyendo al autor mismo. Entendía que sin un título y un autor, no se vendería y quizás tampoco se lo editarían. Al final decidió llamarlo “Nada”.

    Al segundo, ante la vista de la “A” sonora, el lector podría pensar que era o una preposición que llevaba a un movimiento de algo, como por ejemplo, “a la primera campanada de la iglesia que existió retomaré la parte de mi pasado que olvidé” o parte de una palabra, como “Alhambra”, con toda su magia. Tendría que evaluar la conveniencia de apoyar y mantener la atención y repetir la letra a cada tanto de páginas, una cifra a determinar llevándolo a la práctica personal y con el apoyo de algunos amigos incondicionales.

    El libro con una palabra, cualquiera que fuera, le presentaba el problema de que se podría convertir en una especie de mantra, contrario a la idea de que fuera el percutor para desarrollar una historia, una teoría, un algo de valor literario o científico (también la ciencia es poesía, repetía), que se formara en el crisol del lector, que como alquimista de si mismo, podría lograr pensar, darle consistencia a sus temores, amores, alegrías, tristezas, melancolías, ilusiones, desencantos y en fin, todos los estados de ánimo que puede tener cualquier persona. Por ejemplo, si seleccionaba como primera palabra “Dios”, sin ningún artículo, preposición o adjetivo, el lector podría indagarse sobre dónde está Dios en él y escribir en su mente -si esa es la idea, que los lectores escriban en su mente- “Dios está en cada palabra que pronuncie o piense, por insensata que sea, porque Dios es infinitamente creador, por lo cual su creación prosigue en mi” y cosas por el estilo. Igualmente habría que estudiar la posibilidad de repetirla de tanto en tanto.

    A partir de la tercera entrega, ya con una frase hecha, se le enredaba un poco el concepto. Una frase, por breve que sea, condiciona poderosamente al lector. Si seleccionaba “Niebla densa y gris” posiblemente crearía un estado depresivo, que llevaría al lector a concatenar sus peores estados mentales con el momento actual, perdurando lo negativo, en contra del principio emancipador que pretendía. Pero si ponía una frase como “El sol resplandece soberano” posiblemente lograría que el lector eludiera las distorsiones de su espíritu y adoptara una personalidad triunfalista incongruente con su realidad. Con las oraciones (a partir de la cuarta entrega) sería aun más difícil evitar la contaminación del pensamiento ajeno. Decidió esperar que la inspiración le viniera en mejores momentos y concentrarse en realizar el primer tomo, todo en blanco, el cual ya tenía muy adelantado.

    Y sacando fuerza de donde no tenía, empezó a añadir páginas y páginas, con constancia y entereza. Nunca antes se había sentido tan inspirado y creativo. A la madrugada terminó el primer tomo y decidió descansar. Era un fin de semana largo. El lunes tendría que convencer al editor, que era un tipo de pocas ideas, muy tozudo él, pero se sentía confiado con sus buenos argumentos y con la seguridad de obtener la mejor crítica lograda hasta el momento.

  2. Joise Morillo dice:

    Mi querida Mora, tenéis razón, cuando el que escribe, siente que las musas lo abandonan, ve en la cuartilla a un monstro, a un ser implacable que se burla sin piedad de la angustia de no poder concebir una idea clara de su más somera abstracción, y se regodea como un espectro ante los ojos de su víctima, el que siente la necesidad de escribir aunque sea un anécdota, pero, que impacte a su propio ser, quien escribe de verdad, es su propio critico, es su propio espíritu quien determina sus carencias y aciertos, en determinado momento. Pero cuando no emerge el tópico, la carencia se torna precaria, terrible, y allí frente al interfecto, la página en blanco, esperando sedienta, suyas lagrimas de sangre, fluyendo de unos ojos agobiaos y abatidos por el escarnio de las musas, que caprichosas, como imberbes consentidos, desaparecen de la escena, caen en los brazos de Morfeo, ante tanta caricia de quien procrea.

    Mientras tanto las cenizas y los trazos, se mezclan e insertan en las minúsculas grietas de las mesas, como queriendo enmasillar, como ayudando a despertar las musas escondidas en no sé qué rincón, y el humo que asfixia. Mientras el desolado escritor, insomne y casi sonámbulo, prueba el tinto, el mate. ¡Y ya! Eureka. La idea: “escribirá sobre el insomnio y la fatiga”.

    Os ama

    Joise

  3. walter efrain carhuancho lucen dice:

    Me parece que el resumen es catarsis.Leon Tolstoy lo sufrio,cuando una persona sabe escribir,puede como dice la biblia pasar de la sabiduria a la idiotez y a la locura y regresar ,repetir en ida y vuelta ,eso tan solo es vanidad

  4. Júdith Mora V dice:

    Morita, de las pocas cosas que extrañaré en este mes de ausencia, serán los miércoles, tus miércoles fantásticos, mis miércoles esperados… te dejo un beso… ya me pondré al día con lo que hagas, de lo que me entristece no poder participar, pero bueh!… el placer de mi campamento me llama jejeje.

    Un beso, grande y un abrazo apretadito, te traeré una estrellita, de finca, que no son nunca como las de la ciudad, estas brillan más… y convierten la tragedia en risa, y las hojas dejan de quedarse en blanco… cuídate mucho

    Jud.- ♥

  5. Mora Torres dice:

    Como José Itriago tomó el toro por las astas y empezó nuestra “novela autobiográfica” y creó en parte -porque le faltan otras cosas que les daremos otros, claro- al personaje, les ruego que cada vez que escriban específicamente para esta obra pongan, por ejemplo, un número. José es el 1, el que siga será el 2.
    No es preciso aclararles que nuestra obra puede seguir por los siglos de los siglos, sólo que tendrían que concurrir siempre a este lugar, a esta entrega llamada “La tragedia de la página en blanco”. Tampoco necesito decir que hay distintas voces y distintos niveles de escritura y que todos formarán nuestro cuadro; si alguien ve la necesidad, además, de añadir sólo dos palabras, que lo haga.
    Decir gracias es demasiado poco, ¡qué alegría!

  6. Osvaldo Bonini dice:

    Si, ya decir gracias es demasiado poco, tienes razón.

    2- En la mañana, durante el desayuno en el café junto a sus amigos de todos los días, no había querido comentarles aún sobre la terminación del primer tomo de su obra vacía. Desde que despertó le habían estado sonando esas palabras ‘nada’, ‘nadie’ y molestándole la idea, que no analizó antes, que el lector pudiese caer en la larga agonía de las hojas blancas sin saber porqué. Sin mensajes, ligadas a sus propias interpretaciones. Mentes en blanco, se repetía.
    Decididamente, lo que le molestaba hoy era la falta de mensajes. Toda obra literaria debería tener una razón y objetivos, describir la historia para que se conociera, interpretarla para generar opiniones, excitar para provocar sentimientos. Una crónica debería llevar una cronología de los hechos, una fábula debería poseer personajes que hagan soñar, en fin y así con las demás. Pero su libro en blanco estaba vacío hasta ésta mañana, no decía nada y por eso mismo hoy no se encontraba seguro que fuese interpretado como la nada de cada uno. Temió que se pensara que fue escrito por alguien vacío, sin pensamientos ni ideas, sin vida o sentimientos.
    A la vez, todo lo que decidiera escribir no estaría exento de provocar en algo al lector, desde una ‘A’ hasta el título ‘Nada’ y más aún las frases que había pensado antes escribir, que continuarían al prólogo del filósofo italiano.
    Pero cómo haría para desarrollar un mensaje sin llegar a entrometerse en el pensamiento de los lectores. Ese dilema lo tenía atascado, alejado, en un todo vacío.
    No era lo único que lo encerró. Había otra cosa que él mismo no quería descubrirse. Otra vez pensó en el mensaje. Tenía muchas cosas para contar pero ¿qué es lo que quería decir?
    Recordó el pasillo donde jugaba a ponerle nombre a las plazas, su longitud interminable, sus puertas que solían abrirse iluminándolo y descubriendo las cosas contenidas en él.
    ¡En él!, se dijo.
    Dejó así de referirse pensar exclusivamente en el lector que leería sus páginas en blanco cuando una de las puertas de aquel pasillo lo alumbró todo al abrirse. Era una luz tenue, y con ella fue abrazado por un vaho de humedad y encierro. En el altillo, el sol se coló por entre una rendija de la claraboya cerrada y rebotando llegó hasta allí. Recordó que en ese altillo había comenzado todo entre baúles y estantes empolvados. Presintió que allí podría encontrar el mensaje que buscaba.
    Temió subir y se contuvo, quiso prolongar el misterio.
    Dosificó el arroz para que durara y luego de almorzar se llenó de deseos y de energías nuevas. Sentado en el escritorio, con el primer tomo cerrado de su libro enfrente, se decidió.
    Al hojearlo de atrás hacia delante, fueron pasando una a una las implacables hojas en blanco que había escrito y que, hasta ayer, le había parecido la mejor manera de expresarse.
    Pensó en su escritor que le diría “aquí no hay nada para leer, un libro debe poderse leer” y así echaría por tierra todos los argumentos que tenía. Mentalmente se hizo un esquema de cómo desarrollar un relato que describiera la sensación de tener muchas cosas para decir y no saber cómo. No saber de que forma comenzar. Sabía que después de escribir la primera frase luego le sería más fácil y las ideas vendrían solas. Ya no le interesaba tanto introducirles pensamientos a los lectores porque lo que realmente comprendió pretender era intentar hacer que asimilaran los suyos a la manera de cada uno, y dejar en el mensaje la oculta sensación del abrazo de ese fantasma que lo tiñe de blanco.
    Pero, ¿cómo empezar?
    En el primer renglón de la primera hoja del primer tomo del libro en blanco, escribió “Había una vez”. Al instante se horrorizó y tachó lo escrito. Le pareció demasiado infantil. En el próximo renglón escribió “En el pasillo de su casa de niña…” y tachó nuevamente. Luego “Desde el balcón de piedra…” y volvió a tachar.
    Solo una frase, se dijo. Escribió otra y otra y las fue tachando a medida que las dejaba incompletas hasta llenar la primera hoja.
    Cerró el libro y se retiró. Volvió a abrirlo y a hojearlo. Ahora tenía una historia donde había un prólogo, una hoja con frases tachadas y luego nada.
    Inconcientemente firmó en la última hoja y enseguida tachó la firma y cerró nuevamente su libro.
    Pensaba que la situación había empeorado desde ayer cuando notó que el sol entraba por la ventana casi horizontal y se dio cuenta que estaba por atardecer.
    Una vez en la calle atravesó por muchos posibles lectores de su “Nada” ahora tachada, tratando de comprender qué opinarían cuando la leyeran. Se sentó en el banco de la plaza a contemplar al sol que se comprimía lentamente en el horizonte, llevándose otro día más.

  7. Iván Salazar Urrutia dice:

    TRES
    Lo habíamos jurado a cada rato. Fue un fin de semana llena del juramentos; primero junto al mar, llevando el ritmo de las olas contra los roqueríos: nunca, nunca nos diremos adiós. Y, luego, como deslizándose por el cristal de agua hasta el sol poniente: nunca, nunquita, mi amor, nunca nos dejaremos; nunca me iré, nunca lejos de ti, nunca te olvidaré. Así, luego de la cena, luego del vino, luego de la borrachera de besos ventana abierta, música lejana, estrellas, todo, en fin esas horas de sudor entre las piernas, de hundirse en lo profundo de la mirada amada…

    Zarpó a los dos días. Volvería a los abrazos, caricias, y húmedos torbellino nocturnos; lo juro, lo prometo, amor, jamás vivir sin ti. Recuerda las rocas frente al mar: yo seré aquella primera que la mar no moje. Arriba, resbalando sobre la brisa extranjera del mar; ahí, siempre estaré para ti…

    Mas la Luna se hundió como barca vieja en las aguas invernales y la Amada no apareció. El sol mismo y las estrellas, se movían en el firmamento como buscando un equilibrio que el propio enamorado no encontraba en su soledad despavorida.

    Sentado en mi escritorio, les escribo esta nota para que comprendan algo de este amor. Vagando por la playa, buscaba más allá del horizonte alguna señal de su retorno. Muchos barcos atracaron en el puerto, tantos como zarparon, y ninguno de ellos se vestía de los colores que iluminan el paso de mi Amada. Enfermé seriamente de nostalgia –ya que los médicos no supieron diagnosticar absolutamente nada-. Delgado, débil, afiebrado, tambaleante caminé de nuevo la playa tras una inspiración salvadora: subí el alto risco mientras la mar como potro encabritado trepaba con sus crines de sal haciéndome resbalar. Con las manos y rodillas ensangrentadas logré trepar hasta lo más alto; abajo, la mar clavaba su filosa lengua.

    Frente a mí, en este escritorio ya viejo, pero amable, tengo el mensaje de Ella. Bajo aquella enorme piedra corona del ventisquero, encontré su bolso de cuero. Dentro, esta hermosa, potente hoja en blanco. Una hoja en blanco de mi Amada. Apretada contra mi pecho, desafiando la ira del mar, tranquilizó los latidos de mi corazón, limpió mis ojos febriles, cicatrizó mis heridas.

    Al comienzo no relacioné los cambios con la hoja en blanco; es más, con un amigo tratamos de ver qué había escrito en la hoja: la miramos a trasluz, de perfil, la examinamos con una lupa que compramos al efecto; nada. La hoja era una perfecta hoja en blanco, inmaculada en su blancura.

    Pensando en mi Amada, creí que podía contener una escritura misteriosa, con algún químico que luego con la acción de algo aparecerían palabras de amor y esperanza.
    Nada, amigos, no pasó nada; ni con alcohol, ni con agua, ni con fuego… ni con un poco de vino que vertí sobre ella. Ahí fue cuando supe que la hoja no se alteraba: no se manchó con el vino.

    Mi salud está bien. Ya no tengo fiebre, he recuperado peso, apetito, flexibilidad en mis articulaciones. No me duele la espalda; esta bronquitis asmática que me agotaba en sus ataques como que ya no existe. Mi amigo también tuvo cambios importantes; luego de manipular la hoja en procura de averiguar algo de su contenido, se le eliminó una verruga que hacía ya tiempo el doctor le había dicho que había que operar, por esto de evitar un posible cáncer. Sus manos, siempre manchadas como con salpicaduras de color café, ahora parecían manos recién salidas de un salón de belleza. Esos anteojos como fondo de salero, gruesos y pesados, que escondían sus ojos en círculos concéntricos, ya no le hacían falta…

    Dispuesto al trabajo, sentado en mi escritorio, la hoja en blanco a mi lado, los versos corrían por mis venas, por mis circunvalaciones cerebrales, y caían en el teclado de mi PC; luego corregiría. Pero era ya tarde para ello; los versos eran perfectos. Los cuentos saltaban a mi mente como una manzana redonda. Terminé de escribir mi novela eternamente inconclusa. Instalé mi viejo caballete cerca del escritorio e hice una acuarelas ya pensadas -¿o imaginadas?-; el agua se deslizaba lentamente por el papel y mi pincel estaba presto para guiarla, detenerla, orientarla; un color básico por ahí, una veladura, ¡veladura sobre veladura! sin ensuciar el color…

    Mi Amada presente, poderosa, habitando mi vida, desde esa hoja inmaculada.

    Por ello, mi rebeldía. Por ello prefiero la muerte. Mi casa embargada, los muebles vendidos, mis versos, cuentos y hasta mi novela botada a la basura… ¿Dónde, amigos, dónde, en qué parte del botadero de basura está mi Amada?

    VANCHO

  8. Jose Itriago dice:

    UNO

    Me pides que te explique lo del libro o las hojas en blanco. No se explicar lo que siento: ese ha sido uno de los tantos problemas de mi vida. Siento, es todo. Pero como eres tú y trato de retenerte aunque sea durante el breve lapso de la explicación y como, además, me dices que a un amigo común su amada amante le dejó también una hoja en blanco, como única explicación de su ausencia definitiva, te diré:

    Cada momento que vivimos resulta de la convergencia de todas y cada una de nuestras historias que confluyen a veces inadvertidamente y en otras, de manera determinante para aportar su cuota de ese instante. A su vez, todas las historias que nos restan por vivir tendrán su origen en este momento. Es como si un haz de miles de hilos de pronto lo estrechara un pequeñísimo anillo que es el presente y que se desliza segundo a segundo. Por un lado queda la medusa del pasado, con sus centenares de gritos repitiendo los si yo hubiera, con un deseo perenne de cambiar la historia mediante un pequeño giro, una reflexión, un algo de tolerancia, más paciencia. Por el otro, las ilusiones convertidas en hilos brillantes, luminosos porque son las únicas historias valederas, las que no hemos vivido. Continuamente el anillo se desliza, la medusa se prolonga y las ilusiones disminuyen.

    Para plasmar el pasado bastan unas pocas hojas, un único capítulo muy breve. Cuando lo ponderas te das cuenta que es tan breve que podría dejarse en blanco. No es mucho lo que se pierde. El resto daría pie para escribir la historia de lo que viviremos, pero escribirla ahora, todavía llena de magia, de alegría, de poesía y sobre todo, de vitalidad renovada por entender las nuevas oportunidades con sus bellos colores y aromas, melodías y cariños. No quiero que perdamos tiempo hablando de lo trascendente, de lo que se supone que quedará de nosotros después de nosotros. Ya a esas muletas de sobrevivencia le dedicamos dos o tres de esas páginas en blanco.

    Deja que te vea, que te sienta y adore en silencio mientras escribo en mis páginas en blanco la historia del segundo siguiente a cada acercamiento. No le añadas a mi historia ninguna explicación, más bien trata tú de pensar la tuya, no importa qué debas imaginar: imagínalo y presiente el siguiente instante, cuando mi mano anhelante te alcance; presiente dónde y cómo mi calor y tu calor comulgarán la primera vez y todas y cada una de las veces siguientes, como si las pudieras diferenciar y convertir en trazos que te dibujen y te escriban.

    Cuando por fin hayamos sido, ya será pasado y tendremos otra vez que soñar y alzar el vuelo y entenderás porqué el libro está en blanco.

  9. Osvaldo Bonini dice:

    Morita, amiga. En éste, tu día tan especial e increíble, habiendo perdido las palabras por algún lugar, arrullo muchos sentimientos y emociones que te envío junto al paquetito de besos dulces de postre.
    P.D.: el macaquito que canta es para la torta.

  10. Osvaldo Bonini dice:

    Creo haber entendido que Morita propone numerar las entradas de esta obra en común con el afán de organizarla mínimamente, no así numerarnos a nosotros que llevamos nombres y apellidos. Por favor, si estoy equivocado que alguien me lo diga. Por esta interpretación propia, agrego el orden de esta entrada que correspondería al siguiente luego de la de José.

    CINCO
    Todo se pierde cuando las puertas se han cerrado, cuando ya no se ven salidas ni escapes. Cuando la esperanza se ha disipado en la fatalidad de lo fatal y hacia lo fatal. Eso es una tragedia.
    De lo contrario se escribe por el pasado en un recuerdo o por lo que viene como en un deseo. Además se trasciende en quien se acuerda en vivencias y sueños, y se debe pensar que siempre habrá alguien y siempres. No se debe escribir por el afán de trascender sino por la necesidad de expresarse, una forma de la necesidad de comprenderse. Lo que se arrastra puede ser ligero o pesado, bueno o malo y será esto lo que marque el próximo paso, previniéndolo, anticipándolo, como un destino escrito por nuestra historia y por todas las historias. Como una cosecha propia o ajena.
    Resumido a la palabra trascender; penetrarse, comprenderse, averiguarse induce terror cuando nos hemos conducido entre sucesivas tragedias que no hemos tenido la fortuna o la suficiente sabiduría de superarlas. Hasta las tragedias de otros nos inundan y afectan en extremo cuando asumimos demasiada humanidad, y hay quienes se ahogan en ella. Nos descubrimos y nos expresamos así con la intima necesidad de no sentirnos solos, de que alguien al otro lado reciba el eco de la evolución de los errores y aciertos de una vida cualquiera haciendo con eso lo que quiera; ese es otro tema.

    Pero ¿adonde ir así? Las sombras proyectan su figura entre compases de marquesinas y luces de mercurio, entre colores y largas réplicas de sí que caminan consigo entre baldosas, paredes, puertas; a todos lados.
    La brisa se afirma duramente y deja de ser brisa golpeando en el rostro gélidamente. La hojarasca del otoño avanzado se ha barrido y casi no dejó rastros de ella.
    No se ha cruzado con nadie y se ha cruzado con muchos que son nadie. En el cantero que deja a un lado, las matas opacas de alguna planta se defienden y se elevan en penachos orgullosos de tímidas y pequeñas flores violetas que danzan en latigazos y sacudidas.
    ¿Cómo será esa imagen llevada a una acuarela? ¿Cómo lograr orientar las lágrimas escondidas del pincel y manejar sus tonos para conseguir la interpretación de una vida ya prevista?
    El tinte velado de sus hojas y flores suman cierta angustia al ánimo de la estación. Insinúan los reflejos y marcas de una historia dura. A la vez, sus penachos con flores se alzan muy por encima de la mata en expresión de decir ‘a pesar de todo vivo y seguiré viviendo de alguna manera’.
    Ya dejó muy atrás el cantero llevándose la imagen de la acuarela que pensó quizás fuera pintada por su amigo Talquino. Y lo recordó, y apresuró su paso para escribirle ya, urgente. Le contaría de su libro. Le contaría de su editor que recién visitara y que lo dejara sin un peso y con toneladas de presión. Le contaría de su enojo con él.
    Quería saber como se encontraba. Quería saber sobre aquella hoja mágica que curara heridas. Encontraría la manera de detectar el estado de la herida sanada que le dejara la pérdida de su amada. Pensó que quizás esa herida había sanado superficialmente y que aún arrastrara sus dolores, tenía que ser cuidadoso. Pensó que sería posible descubrirlo en sus pinturas y se decidió a que le pediría que le enviara una, de alguna manera. También le contaría sobre la imagen de aquella planta, del otoño y de las calles llenas de nadie y de los puntapiés a sus sombras y de sus sombras; y le pediría si pudiese pintar esa escena.
    Aminoró el paso cuando se superó por la duda que sus insinuaciones le pudiesen afectar. Es su buen amigo y tenía que considerar eso. Sabía del dolor que había sufrido y debía poder no refrescarlo ya que una de las cosas que admira de él es justamente la entereza de su superación y no debía causarle desánimos.
    Consideró replantear su carta cuando iba llegando a la esquina donde se encontró mirando hacia todos lados. Le pareció que habían desaparecido las personas y los vehículos. Se encontró entre el silencio de las calles, sus dudas y el bramido del viento en sus orejas congeladas. Tan solo una bolsa se remontaba entre remolinos haciendo piruetas sobre sus piruetas. Se elevaba y caía bruscamente y se volvía a elevar danzando en alturas increíbles. Entre sus retozos escribía melodías invisibles, regresaba sobre ellas, las borraba y las volvía a escribir borrándolas nuevamente. Parecía no saber que camino tomar o por cual calle seguir resistiéndose al empuje, tratando de regresar cuando era elevada o de escaparse cuando era traída. La miraba en lo alto cuando se empapó al instante por un feroz aguacero que se desató sorpresivamente.
    Buscó refugio debajo de un alero de un comercio. Con ansiedad buscó con la mirada la llegada de algún taxi al que se aprestó a hacer señas y correrlo. En la espera, sobre la vereda de enfrente, una casa de venta de mármoles exhibía lustrosas y brillantes lápidas nuevas. Todas nuevas e inclinadas, con renglones sin textos que proponían la seguridad de que en cualquier momento serían llenados. Con su mano en el bolsillo, apretó con fuerza la llave de la cerradura de la única puerta que podría abrir ahora. Esperaba poder llegar por el pasillo hacia su escritorio, pasando junto a aquella puerta que lo aterrorizaba y que posiblemente lo conduzca a descubrir lo que no deseaba.

  11. Mora Torres dice:

    Es exactamente como dice Osvaldo. Así será nuestra gran, infinita, novela latinoamericana. Decir que los admiro también resulta escaso… (voy a participar, en cuanto logre vuestra altura!)

  12. Osvaldo Bonini dice:

    Se necesitan las neuranas de una mujer sumamente cabal entre tantos soñadores. Si Morita tu serías perfecta para conjugar. y ¿donde andan María, Martha, Celeste, Karla, Socorro, Blanca, Fabu? ¿Fabu??? donde estas?? Estoy como catatónico jeje. ¡Vamos con las divas!!

  13. Iván Salazar Urrutia dice:

    SEIS

    Un suave vientecillo la acunó como a una barca sobre el inmenso mar. En la distancia el nauseabundo valle de los deshechos humanos. Una sombra, aleteo de mariposa, seguía el blanco vuelo.

    Todo el paisaje habitando el pequeño recuadro albo; al dorso, la infinitud del espacio.

    Pareciera que la ausencia de límites la hacía feliz.

    Cuando los dioses se consultaron supieron de su grandiosa soledad: mientras la hoja en blanco se multiplicaba ellos agonizaron en sus propios altares. Miles, millones de hojas apropiándose de los vericuetos del tiempo y los espacios. El blanco fue aún más blanco: no podría ya existir en el universo un blanco así; sólo en el principio, pero de eso no había memoria.

    Ahora, al despertar de su dolor, comprendía. Buscó a ciegas el metal del arma y dispuso su muerte como otra nada en la nada. La dignidad de haber sido.

  14. Jose Itriago dice:

    La luz de la tarde que apenas se insinuaba en una esquina le daba un aura de milagro. La textura era de chocolate espeso. Había un ligero aroma de canela, un olor conocido que se repetía en todos los sentidos. Quizás se estaban repitiendo y eran parte de un ciclo que empezaba cada vez en una hoja en blanco y terminaba en la misma hoja, quizás con tachaduras, quizás con magia, una hoja en blanco que era el origen y el final, como el círculo -ahora si lo veía claro- donde se repetían con los olores de las casas amadas y la textura del chocolate caliente, en un círculo, si, un circulo de significados que se mordían la cola.

    Me dices de pronto, cuando estaba lejos y te hacía a ti aun más allá, me dices que los ríos parecen siempre iguales a pesar de que nunca, en ningún momento, es la misma agua la que corre, ni siquiera considerando que hay un ciclo -también un círculo, pienso yo- que estudiamos en el colegio de evaporación, condensación y lluvia, que no, que cada gota es diversa, que quizás tenga partes de otras que antes vimos, pero siempre es distinta y que no te argumente el cuento molecular porque son los átomos los que son diferentes y si no son los átomos, serán las subpartículas, pero no hay dos gotas iguales y tú piensas, me dices, que todo es circular, cuando la realidad es que nada se repite.

    Te digo que la igualdad o la diferencia son simples ilusiones, como las nubes que ayer veías trazando rutas alegres y siniestras y yo creía que las que tu señalabas como las alegres eran las siniestras y sin embargo tuvimos ratos hablando de ellas como si ambos nos refiriéramos a las mismas nubes o como aquella vez que vimos claramente dos soles y dos lunas, sin que tal fenómeno se haya reflejado en ningún reportaje, como si no hubiera ocurrido o como si todos los días los astros se duplicaran. Hoy –te dije- siento un aroma como de canela que me recuerda la casa vieja donde pasaba mis vacaciones cuando tenía unos seis años y no puedes negar –te repetí- que hay una textura de chocolate caliente que se desliza por tu piel desnuda y acaricia los recuerdos que aun tenemos y trae uno que otro antes olvidado.

    Te quedas callada un rato, mientras escuchamos el Quinteto en Do mayor de Schubert que se ha hecho uno de nuestros favoritos, nuestros pensamientos suben y bajan con el cello, creo yo, sin embargo es posible que los tuyos vayan con el violín y los míos con el cello, pero ambos creemos que estamos oyendo lo mismo, siguiendo lo mismo y estamos juntos y nos sentimos más juntos.

    Me dices que todo es una búsqueda, pero que no sabemos qué buscamos y adivinas que te voy a decir que eso es viejo, que lo han repetido tantas veces que ya me parece un escapismo y me callas con tu mano, tu bella y adorada mano, para decirme que no es que el hombre este perdido, es que lo que se busca no está en esta dimensión, o esta vida, como prefieras, me dices, y me recuerdas que hay un lenguaje diferente que solo entrevemos cuando estamos en silencio, cuando surgen imágenes sin significados ni descripciones, sonidos sin palabras, que están más allá de ese movimiento que acabamos de oír y de toda la música bella que el hombre pueda escribir. Que cada vez que surge algo tan bello como eso, es apenas un reflejo percibido de la luz que ciega, como el brillo que hasta hace un momento logró en este cuarto texturas de violines, olores de soles y sonidos de flores.

    Te digo que esa es la ausencia de límites que quizás a ti también te hace feliz y que yo comparto, no esa bóveda mental que cierra el pensamiento y permite apenas que la luz cegadora asome una rendija de su grandiosidad para que nosotros descubramos las texturas amadas resbalando en nuestros cuerpos tan humanos.

    Nos callamos y volvemos a oír, otra vez, el mismo quinteto, quizás pensando lo mismo, quizás no, pero muy juntos, lo más que se puede estar y seguir siendo cada uno. Hoy me aferro a la vida.

  15. Osvaldo Bonini dice:

    Un aura brillantísima, cálida, más que cálida, casi fantástica arrastras, José. Te admiro, realmente te admiro.
    No acierto en comprender con quien dialogas, supongo que por eso, contigo mismo a modo de prédica. Pareces ir sobre el sonido de un oboe que replica la danza de una gota de cascada o subirse a la imagen de los colores de luz que produce. Una imagen celestial, perfecta.
    En estado febril, metido en la caja del contrabajo, aturdido por sonidos graves, te diviso como con orgullo.

  16. Joise Morillo dice:

    (Nº ### )?

    Luego de haber salvado tan doloroso trance –carecer de inspiración- de volver a sus recursos, de recuperar sus amigas –las musas-, el escritor, se deslumbra ante el encanto del pensamiento respecto a su amante, que sin darse cuenta se ha convertido en una de esas habitantes del Parnaso, triunfante y orondo, escribe su encanto marítimo, salva también la inexistencia de la nada, para llenar su vacio de mente y cuerpo, llenando esas paginas monstruosas e insolentes pero viles a la vez, con los más dulces , candorosos, y sensuales versos de amor.

    Ya, se acabo el vacio de alegría, de amor, ahora el más profundo sentimiento de felicidad se torna en un infinito mundo de sensaciones que darán luz a su capacidad de interpretar los deseos y miserias de sus amistades, igualmente; los logros que comparten como resultado de sus esfuerzos por concebir armonía y mantener esa felicidad tan deseada, ya no hay tristeza, l contrario, ha de escribir, con el más fuerte de sus impulsos, para penetrar en las almas de sus seres queridos, y de los otros que esperan con ansias esos versos, esas rimas que frondecen en el mas pulcro de los jardines de letras, para engendran el poema ¡su poema de amor! Amor que refleja su capacidad de obtener de su Doncella celeste, cualquier halo, e indicio de vigor para inspirarle y escribir su canción, su oda y derrotar con ello la inexistencia de nada, de nada que no produce, de eso que no existe y nunca existió, al contrario de lo que palpáis en él, su capacidad de amar, su capacidad de rellenar ese libro vacio, con canciones y poemas de amor.

    Amor, que da, y no que esperan que le den, ese sano y fuerte como el Gladiador, esclavo de su destino pero digno y honesto ante la adversidad del castigo del desamor, hoy descubrió su alma, hoy descubrió su inspiración, ha roto el vacío de esperanzas, ha derrotado la nada, sus musas han vuelto, ha llegado su amada.

    Ahora el poeta no solo piensa, también escribe, siente que recobro las musas, ya no ve en la cuartilla al ser implacable que se burlaba sin piedad de la angustia de no poder concebir una idea clara de su más somera abstracción, ahora quien se regodea es el poeta, ante el espectro de quien era su victimario, –la hoja vacía- se burla, su necesidad de escribir aunque sea un anécdota sucumbió ante la inspiración, el si escribe de verdad, es su propio critico, es su propio espíritu quien determina sus carencias y aciertos, en todo momento.

    Desde este momento la interfecta, es la página en blanco, esperando sedienta, suyas letras de oro, fluyendo de una mente brillante, el escarnio de las musas desapareció, aunque caprichosas esperen un fallecer, y no desaparecen de la escena, ahora bailan al son de Orfeo. Ahora quien acaricia es quien crea el poema.

    Mientras tanto las cenizas y los trazos, se mezclan e insertan en las minúsculas grietas del escritorio, como queriendo ensalmar, como ayudando a mantener las musas alertas en todo rincón, se acabo el humo que asfixiaba. En este momento el antes desolado escritor, despierto y lucido, prueba el tinto, el mate. ¡Y ya! Eureka. La idea: ¡Escribirá sobre: El amor derroto la inexistencia de “nada”!.

    Os ama
    Joise

  17. Iván Salazar Urrutia dice:

    Luego de José I. “La luz de la tarde que apenas…”
    SIETE.
    Mirados desde la torre de la catedral, los techos parecen iguales y repetitivos. Pero claro, las aves pasajeras no detienen su mirada sino en los verdes pastizales, en los espejos de agua, en las cimbreantes ramas de las arboledas.

    Caminando por el sendero oculto de los trigales, el hombre parecía un remedo de las pinturas de Van Gogh. Sin embargo el no llevaba caballete y sus bolsillos estaban vacíos de tubos de pintura, y a su paso no dejaba ese olor a trementina que solía servir para recordar quién era.

    Su paso seguro no se condecía con las dudas que corroían su espíritu. Solo el recuerdo seguro de su amigo lo hacía buscar.

    Cuando repicaran las campanas él estaría ya lejos. Recorrer el camino es también una forma de ser. Había cambiado el frío y fino tacto del arma por esa rectangular y blanca hoja de papel.

    Recordaba cada gesto, cada palabra y, sobre todo, cada mirada. Tal vez no las cejas, ni el párpado; quizás no ese gesto mínimo de la piel. Recordaba la calidez. Quizás nunca nadie pueda mirar así.

    Si no hay límites, entonces Amor persiste, habita el sendero de quien lo camina. Y, sí; como las aves también el enamorado quiere volar; buscar más allá… Y el trigo se desgrana al estremecerse entre las piernas del caminante.

    En algún recodo habita esa ternura que no busca reciprocidad. Tal vez a la vera, como un sí o un no, la clave para entender eso que se da sin temor, que se entrega porque ya no es tuyo, aquello que nació para no ser sino en darse. El caminante no sabía que cuando ella se fue, había saqueado su Alma. Toda emoción y sobresalto de estrellas había sido meticulosamente extraído hasta dejarlo en este desértico grande desamparo.

    Más allá de los trigales; aún más allá del graznear de los cuervos, con seguridad encontraría aquello perdido, alguna vez anidado en las miles de hojas escritas. Perdido ahora de su piel, la ausencia de palabras en las hojas trágicamente en blanco se le aparecían como abismo negro, como plumas cayendo al volar sobre el dorado de los trigales.

    Los ríos como, las espigas, no son iguales; pero pueden ser quizás cada uno de ellos perfectos. Sólo habría que caminar, buscar, más allá… Tal vez aquellas viejas hojas blancas, ahítas en su extravío, después de todo no tenían nada que no hubieran poseído antes. Quizás ahora que su paso se hacía más fuerte, pudiera no poner el alma en ella, sino extraer de esa blancura la verdad perdida…

  18. Jose Itriago dice:

    Más allá de los trigales; aún más allá del graznar de los cuervos, hasta allá y aun más allá. No sentía temor alguno, acaso cierta aversión por estar ante la presencia de algo que no comprendía, la aversión que siempre mantuvo frente a lo que se agazapa entre sus sombras, en los recovecos extraviados de su mente, para de pronto soltar el zarpazo cruel, quizás definitivo, que descoyunte los presente y deje heridos de muerte los escasos futuros que aun podrían quedarle en sus haberes. Y seguía y seguía mientras el viento cimbraba los tallos de los trigales, interpretando melodías difíciles de oír y apenas entender, dejándolas que se apoderen de sus sentidos, sintiéndolas, como se siente bullir la sangre o el pensamiento que no se atreve a aflorar para no desmoronar las últimas esperanzas, ese pensamiento apresado que canta también canciones de sirenas de mar, de amazonas de las grandes selvas, de arcanos a la espera de un milagro, un desvío de lo inevitable, una redención tardía.

    El río sigue la ruta que talla el agua.

    A su paso los cuervos van dando la alarma. En la concavidad de su trayecto resbala a cada rato, parece más bien un acto de equilibrio: cada paso hacia delante es hacia abajo y cada palmo que deja, en vez de huella hace abismo.

    No sabe, no sé, si estamos soñando juntos el trayecto, no sabe, no. Quizás a veces te veo ondulante en el trigal, quizás eres tú esa espuma que hace crestas repentinas en el río que se hace tú y yo unidos en el torrente imparable, siempre buscando mar, buscando confluencias, pero sin podernos detener en nuestra desbocada carrera y sería curioso que seamos los dos quienes hoy trazamos el camino que él, que soy yo, estoy siguiendo. Como si fuéramos uno y dos, uno soñándote a ti y a mi y el otro en el sueño, soñado por nosotros dos, todos haciendo camino de río, buscando desembocar alguna vez.

    Al rato empiezo a tomar conciencia de lo inútil de las interpretaciones, de las explicaciones y extiendo las manos para abarcarte y reencontrarme en ti, pero sólo aprieto el graznar de los cuervos que son el vacío. El frío nos despierta y nos vemos flotando desnudos en un río vida que nos obliga a mirarnos los ojos para encontrar algún remanso. Tratamos de decirnos algo, pero el rumor del transcurrir se hizo clamor y mis palabras sonaron a aguas enarcdecidas, incapaces de darte cobijo y tú, amada mía, te hiciste catarata deshaciéndote cada día en espumas blancas, como las hojas de nuestra historia, espumas blancas, bellas, sonoras, si, pero hechas del roce mortal tuyo contra las rocas mías o quizás al revés, yo soy la espuma que se forma cuando, hecho río, te busco y encuentro roca y después de tanto, terminamos siendo nuestra propia espuma. La espuma que se disuelve mansa al ritmo de los graznidos de los cuervos, que a tu paso, van dando la alarma.

  19. Iván Salazar Urrutia dice:

    No era primera vez que le ocurría: un yo interminable en el desarrollo del pensamiento, elaborando, retrucando, hasta gruñendo razonamientos que ele dejaban exhausto. El otro, pausado y expectante, escuchaba, dejaba hacer, pero no se rendía a ninguna evidencia.
    Sólo con ella, ambos se juntaron, y no hubo espectadores. Tal vez hubiera sido bueno que el espectador de sí hubiera observado aquello; tal vez sus recuerdos hoy día serían más vívidos.
    Escribir y escribir, como burlándose de las páginas, no había sido buen ejercicio. Momentáneamente uno se deshizo de figuras literarias y construyo muros de metáforas para aquietar la angustia.
    Tras sacar sus pies y volver a hundirlos en el fango una y otra vez, sentía que sus músculos se negaban a seguir ese juego del absurdo: nada había más allá, nunca hubo nada esperándolo.
    -Sí, busca, sigue ¡cobarde!
    Sonrió; ¿ni siquiera en la muerte del agotamiento físico, voy a tener una sola voz?
    -Sí, cuando la encuentres…
    -¿Encuentre qué, a quién?
    -Tú sabes…
    Debe ser fiebre; seguro tengo fiebre…
    Desde atrás, la cálida mano buscó su pecho para acariciar. Cuando cerró los ojos, un brillo más fuerte que esas estrellas asomadas a la ventana, entraron una vez más en sus sueños… y se abandonó al éxtasis del amor perdido.

  20. Jose Itriago dice:

    Sentado frente al agua ves su ballet silencioso: los azules, los blancos, los grises del cielo se alternan con los brillos relampagueantes y a veces sorprende el verde de cualquier árbol cercano, todo en movimiento constante, como si la enorme serpiente que nos atormenta durante las noches se hubiera sumergido en el lago, para darnos esa especie de paz diurna, y la moviera acompasadamente, latiendo como una herida, mientras el agua sumisa la sigue, la baila con sus colores y sus luces. Eres tú alegre, toda vida.

    Más abajo, al nivel de la superficie del agua, solo se ven las ondulaciones, sin brillos, sin colores: el agua sube y baja, con el mismo ritmo, si, pero no es el mismo baile, quizás parezca más íntimo, pero en realidad es una intimidad que desenmascara, que desnuda, que enseña la piel hermosa, pero también las venas, los huesos, todo lo que no deseas ver. Eres tú, claro que eres tú, pero otra tú, la que calcula, la que analiza, que no alegra ni se alegra.

    Si en cambio se ve desde la altura, esa altura que ya no busco, que más bien evado, se ve la profundidad, el fondo del lago, el espíritu del lago, el espíritu tuyo, con sus algas, a veces peces, quizás una trucha azul trazando cielos submarinos, pero también la basura acumulada, lo oscuro, la serpiente que nos asfixia las esperanzas en las noches de soledad. También eres tú, otra tú más, la que se deprime, que no se entiende ni me entiende, tú sin música.

    Tomo una hoja en blanco y empiezo a describir tus “tú”, hasta que me doy cuenta que en realidad son mis “yo”, que te estoy repitiendo en mi, que estoy tratando de destruirte. Si logro transformarte en lo que yo quiero que tú seas te anularía, serías muy predecible, una repetición mental, te convertiría en un lago sin movimientos, como paralizado. Rompo la hoja cuando te oigo llegar. No se que tú me toca hoy y a esta hora, pero te daré mi yo más alegre.

  21. Osvaldo Bonini dice:

    Ya en el séptimo día de fiebres y delirios, nadie ha aparecido a saber de él. Solo le han escrito por exigencias y necesidades. En algún momento algo se rompió. En algún lugar algo se rompió. Y no hizo ruido, lo sabe por el silencio profundo que ha provocado y lo acompaña. Pero ¿Cuándo, en qué momento se separó su eslabón?
    Estornuda, entre chuchos el termómetro marca 40 otra vez.
    Es que el polvo ha volado al removerlo. Entre los cuadernos del fondo de un baúl se encuentra con un trozo de hoja de papel de color rosa, el que toma en sus manos.
    Su piel se eriza y se estremece al roce con las sábanas y vuelve a repetirse, sin darse cuentas las veces, “¿qué mano invisible ha cortado los nexos?”
    Arriba a la izquierda dos corazones entrelazados como así también al pié. Al medio el texto “el lunes te contesto” con su letra dibujada.
    ¿Habrá comenzado allí?
    Necesita un antipirético y va por él. Camina acurrucado entre la penumbra de la casa. A su paso, el bamboleo de los objetos lo marea y tropieza con algo que cae al suelo; luego verá que es y lo levantará, piensa.
    El vaivén lo llevó por la laguna hacia aquel viernes.
    Flirtearon juntos toda la semana y entre deseos y deseos, se imaginaron sus vidas. Ella, delgada y casi alta como él, movía incansablemente sus bucles; era esa dinámica que la delataba cuando la buscaba. Ese subir y bajar con que la encuentra ahora. Con el que se marea y vuela retorciéndose en ellos. El túnel de vértigo es placentero y ve su sonrisa dando vueltas y vueltas. Y se enrosca con ella levitando sin gravedad.
    Era parte de su juego, le había pedido que el lunes le diera esa misma hoja para escribir detrás su respuesta. Él la conocía de antemano pero la siguió en su travesura romántica.
    Se despidieron con un beso inolvidable y el brillo de todos los soles en los ojos. Sentían que ya habían comenzado a construir sus futuros. El comienzo de la vida más feliz imaginada por nadie. Fue un fin de semana interminable lleno de proyectos a proponer e impaciencias. La esperanza estaba con ellos y había tocado a sus vidas con todas sus fuerzas.
    Ese lunes se vistió con la túnica almidonada de las ocasiones especiales. Se peinó con gomina y se perfumó mucho. Lustró sus zapatos a más no poder y salió próvido al día más importante de su vida. El día que comenzaría todo, marcado por Dios y su benévola providencia.
    Le preguntaron si iba.
    Dijo sí; tenía que ir, pensó.
    La textura de durazno de su rostro estaba fresca como en una mañana de rocío, dibujaba una sonrisa. Sus ojos cerrados para siempre, sus manos heladas.
    Le dio el último beso y no dejó de llorar.
    La hoja color rosa que sostiene sin respuestas, la guarda.

  22. clauss rizzo dice:

    10 … 11 ?

    La guarda, y le tiñó el corazón, del lado interno de su vestimenta especialmente elegida. No lo sabía.

  23. clauss rizzo dice:

    Mientras la hoja doblada le decía …, él no escuchaba nada, porque se esfumaba suavemente su color. Se transfería.
    Indeleble era el sueño y transformado el deseo, el de plasmar en la hoja en blanco, lo que el corazón teñía de rosa, (ahora).
    Mientras la transmutación del mandato ocurría, él acudía al estado alfa y si podía ser sincero y con antifaz, descansaría.
    No escuchaba lo que supuestamente no le diría una hoja, ni dos, era una oportunidad ida. Debería querer poder escuchar y no podría, o podría ocurrir lo contrario. Con el tiempo lo descubriría.
    En su corazón se depositaron las respuestas que no podía leer en la hoja ya menos rosa.

  24. Osvaldo Bonini dice:

    Las diez de la mañana, todo por hacer y nada de ganas ni deseos.
    Quizás la próxima primavera lo contagie. Pero falta mucho todavía.
    Sus días se repiten sin respuestas. Ahora solo se sienta a esperarlas, ya no las busca. Se cansó de luchar por ellas y ahora le parece un sinsentido.
    A pesar de esa lucha, en toda ocasión sin excepciones, algo, detrás, inmanejable como divino, le fue cerrando las puertas en las narices. Cada tropiezo lo ha llevado a otro y a otro y luego al abismo de su hoy.
    La suerte ya está echada, se dice. No está en lo que sabe ni en su profesionalidad. No está en la nobleza con la que todos cuentas de él. No está en ella, ni en la otra, ni en la que vendrá. Ni en la seguridad que trasmite, ni en la alegría.
    No está en sus manos y eso sí está comprobado. Ha ido cultivando ese fruto amargo y esas palabras que jamás podrá escribir.
    Todo es irreal.
    Lo que viene, ya está escrito aunque lo niegue. Solo debe suceder.
    Vendrá y lo encontrará sin su alma, perdida en todos. Disuelta, evaporada.
    Será así otra puerta cerrada.

  25. clauss rizzo dice:

    La encrucijada es feroz, solo un cambio de actitud puede salvarlo de sí mismo y del resto.

  26. Jose Itriago dice:

    Su sonrisa dando vueltas y vueltas lo transportaban afiebrado entre recuerdos y soledades a las realidades deformadas por su frustración. La ausencia total que llena todos los espacios, que asfixia y sublima a la vez, que se hizo pensamiento perenne, que se hace recuerdo y lastre. Cuando cree que está volando más alto, ingrávido, transportado por la sombra de su sonrisa, la soledad se cristaliza, se hace la realidad única, densa, pesada, para que vuelva a caer a su vida estrepitosamente. ¿Cuántas veces se puede caer sin despedazarse?

    Sintió un olor a mar, un mar imposible por la distancia, y sintió sus colores, primero los blancos que se asoman en las crestas de las olas, después los azules y los verdes y los malvas y los marrones hasta hundirse en sus negros siempre en movimiento, haciéndole perder el equilibrio para tampoco caer, sino flotar en esa negrura y otra vez hacia arriba para otear los blancos, azules, verdes y marrones y nuevamente hacia la negrura del fondo, balanceado y consumido por el mar, que era apenas un aroma, un aroma seguramente imaginado, pero que era océano, un océano de negruras intraficables, imposibles de penetrar ni siquiera con la visión de la esperanza y volvía a lo humano, a defenderse de él mismo, a seguir.

    Necesitaba sol. Necesitaba llegar efectivamente a la orilla del mar. Sentir los pies hundirse en los rumores de mar, en la arena de los aromas conocidos, aplastando guijarros, pateando al azar cualquier cosa, así pensaba mientras en la negrura de su mar iban asomando pinceladas violetas: y seguía con un mar y olor a cangrejos, trasparentes medusas burlonas que casi tocas y el violeta se aclaraba y ahora era un mar violeta apenas con jirones negros; y seguía viendo a lo lejos el puesto donde venden el pescado, mire que es bien fresco, recién pescado, tanto que todavía pica el ojo y aletea cuando ve el sartén y su mar, el único real, ya era todo violeta de atardeceres infinitos y volvía otra vez a ver su sonrisa dando vueltas y vueltas hasta perderse en el horizonte del mar violeta, violeta ondulante.

    Mientras tanto el negro de la noche empezó a rendirse ante el prepotente sol, a pedazos, como a plazos, primero una franja de un gris lejano envuelto en ráfagas anaranjadas y rojas que se fue extendiendo hasta llenar el espacio, después la luz de la mañana, diáfana y entonces si, empezar a redescubrir cada cosa, en su lugar, como siempre, con sus mismos colores. Pasó un día, otra página que quedó en blanco. Amaneció una página nueva para escribir un poema. Lo que viene, ya está escrito aunque quieran negarlo. Es cosa de tener paciencia.

  27. Iván Salazar Urrutia dice:

    En la distancia lo vio recortado frente a las aguas del mar. Siempre le pareció un hombre integrado. El color de su piel se integraba a su propia desnudez, el sombrero de ala ancha ribeteaba un suave sombra sobre su frente; en ocasiones sobre sus. Mismos ojos que se mimetizaban con los atardeceres. Diría que sus pantalones tenían el color de los caminos.

    Pensó llamarlo y amor, adiós, tu sabes caminar, yo apenas sirvo para quedarme. Pero se arrepintió cuando por favor no te vayas, nada tiene sentido si tu no estás. Sería amor eterno,, sería otra vez desfallecer en su pecho; otra vez sus piernas, esa sed de besos, ese jadeo de siempre más…

    Cuando subió al bus no sentía los músculos de sus piernas. Ya sentada, la cabeza cedió sobre su pecho para desgarrar un largo sollozo.

    Fue el único llanto de amor. Breve. Profundo. Asesino de sus entrañas.

    El paisaje del camino penetraba por el vidrio del bus y se humedecía en la mirada. El muchacho de los boletos, la canasta con dulces para el camino, la mujer amamantando, el viejo que se duerme. Todo era normal en ese viaje que por años hacía el bus y su chofer.

  28. clauss rizzo dice:

    La paciencia puede algun dia transcribir lo que quedó en el tintero, a travéz del tiempo que es sabio.



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