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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 
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Archivo de Marzo, 2009

Elogio de la locura, y de Van Gogh

No todos los genios están locos (Por María Zambrano), y las teorías psicoanalíticas más recientes prescriben que la locura es más bien un impedimento que una ayuda para los talentosos (El estigma de la locura). Aseguran sobre la cantidad de cuadros y las perfecciones suplementarias que hubieran tenido los mismos si Van Gogh, por ejemplo Van Gogh, no hubiera estado loco (Mistificaciones del culto al genio).

Yo discrepo de esa teoría porque, sencillamente, llegué a conocer el alma de Van Gogh (El asesinato del alma).

Copio un fragmento referido a este artista, escrito por el psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera:

Por la originalidad absoluta de su modo de hacer, se pensó en la enfermedad mental como trampolín para saltar hacia ese mundo nuevo y distinto, en una reencarnación del mito de la fecundidad del genio y la locura. Lógicamente, su caso fascinó a los psiquiatras. Sobre nadie se ha escrito tanto intentando perfilar un diagnóstico retrospectivo. Si tuviésemos duda sobre la limitación de nuestra ciencia, bastaría Van Gogh para demostrarla.

El alma de Van Gogh

En una época, trabajaba como correctora en la editorial Adriana Hidalgo de Argentina (Producción de textos), y me tocó en suerte un volumen de las cartas de Vincent a Theo, su hermano.

Siempre digo que la lectura que debo hacer en mi oficio editorial es, y a veces obligadamente, más rigurosa que las lecturas que realizo por elección. En muchas ocasiones, coincide suerte con elección, y es una delicia.

De todos modos, antes de repasar las cartas (Correspondencia), no consideraba que, de los múltiples títulos que hay en esa editorial, fuera éste el más atractivo. Van Gogh me fascinaba como pintor (Historia de la Pintura), sabía de sus problemas y de su vida trágica, pero, me decía, debe bastar con ver sus cuadros, él no es un literato, me voy a aburrir.

Y en verdad si uno leyera la biografía escueta de este artista único, no encontraría grandes aventuras ni arribos a puertos felices, o siquiera interesantes.

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Editorial

Invasión extraterrestre

Leí en estos días diarios cuyos titulares en cuerpo catástrofe decían: “Crack”, “El mundo cae con la Bolsa”, “Aprendiendo a ser tercer mundo” (¿Desafíos de los diarios para no morir?) -éste último en un periódico norteamericano con fotos de familias de desocupados en Nueva York, y noticias de suicidios (Factores extrasociales. El suicidio).

Había otros títulos que no enfocaban el mismo tema. Por ejemplo: “Al planeta le quedan 50 años de vida, no más”, “El hombre es el responsable de su extinción como especie” o “El cambio climático y la desaparición de la vida” (Cambio climático: ¿la hora de la verdad?).

Por eso, pensé que un artículo cuyo título fuera de menor impacto que una simple invasión de alienígenas no sería leído por nadie, y elegí “Invasión extraterrestre” para mi nota aunque, ¿cómo justificarlo? (Memoria “Ovnis”).

De cualquier modo existe la invasión: les cuento:

Hay un lugar delicado y pequeño que ha sido tomado por invasores que vociferan y maldicen.

Se escuchan voces alarmadas, agresivas, apocalípticas (El reino milenial).

Golpeteos de pájaro carpintero con mensajes que invitan a escapar.

Ese lugar es parecido a un cuadro de Picasso, es parecido específicamente al Guernica (Picasso y el cubismo).

Ese lugar es mi cerebro.

Antecedentes de la invasión

Mi sistema nervioso había colapsado (Topografía del Sistema Nervioso); dentro de mí había voces que parecían venir de otro tiempo, de otro espacio o de otra dimensión (Ética del Límite y Condición Humana)  -aparte, había estado tratando de entender el espacio-tiempo de Einstein, su maravillosa teoría en la que ambos son la misma cosa y la velocidad anula al tiempo, “en especial al tiempo”, me decía a mí misma, seguro sin entender ni de lejos a mi ídolo científico (La teología de la relatividad).

Mis voces preguntaban: “¿Qué haces para que el mundo sea un lugar mejor”, o, más fuerte aún: “¿Qué haces para que el mundo no termine, como decía Eliot en un poema, ya no con un grito sino con un gemido?” (Es Tarde para el Hombre).

De pronto un terrible dolor de cabeza, mientras la imagen de un gato volador de bigotes como cuchillos que se clavaban en mi nuca me hizo reaccionar al menos lo suficiente como para tomarme la presión en el tensiómetro casero: altísima, tan alta que corrí a verificarlo en la farmacia, en cuyo tensiómetro tenía más fe. Pero era igual de alta, y el farmacéutico me recomendó acudir a una guardia.

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Editorial

Mujer, erotismo y una rosa galante

Nunca guardo, nunca guardé, flores que me regalan, pero ésta sí (Ikebana: el camino de las flores).  Me la dieron el domingo pasado y está a punto de secarse y de ingresar a las páginas de un libro.

En el arte del Feng Shui una premisa reza que no debemos adornar los espacios de la casa con flores, ya que están muertas y nada debe recordarnos la muerte en el sagrado ámbito del hogar -en mi juventud escribí un poema en donde comparaba unas florecitas con cabezas de niñas (El superaprendizaje)

Pero discrepo con lo de sagrado; discrepo con la premisa de olvidar a la muerte: si la tuviéramos más presente, les pondríamos a todas las cosas su justo precio.

No obstante, como dije, jamás guardó flores no sé por cuál de mis instintos; no atesoro esos “monumentos de una tarde sin duda inolvidable y ya olvidada” (Ciudades y tesoros perdidos).

Pero a esta rosa la guardé.

No me la dio ningún enamorado, ninguna amiga, ningún hijo (Trilogía del amor: el amor, el odio, los celos); me la entregaron en la calle y casi no recuerdo el rostro del que me la ofreció.

Y es más, en realidad la tengo no para recordar (La memoria) sino para no olvidar que debo decir o pensar dos o tres cosas en contra de esa flor -para develar la incógnita, me regalaron esta rosa en la calle, por el pomposo Día Internacional de la Mujer.

Y yo me opongo a la proliferación de “días de…”, y en especial de éste.

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Editorial

Brujería

Ritual contra un perro molesto

“Recita el conjuro tres veces y la maldad que circunda al perro no se acercará ya al hombre ni a su casa. El ritual: forma una figura de barro de un perro, pon madera de cedro sobre su cuello, rocía con aceite su cabeza, reviste la figura con piel de cabra… Levanta a la orilla del río un altar de juncos en honor de Samas, añade dulces de miel y mantequilla, sahumerios de madera de enebro, fina cerveza, y haz que ese hombre se arrodille y recite…”

Lo que acabo de copiar es una antiquísima fórmula que se conserva de la cultura asiria, cuyo original está en idioma babilónico (Arquitectura de Mesopotamia).   No copié el rito completo, ya que consideré que a esta altura mis lectores deben de tener tratamientos más seguros para ahuyentar canes (Perros de búsqueda y rescate).  Por otra parte, llama la atención la necesidad de ahuyentarlos, ya que habla de “molestos”, no de peligrosos animales. Y luego descubro en un libro de historia que estos pueblos temían ante todo que los orinara un perro, por las embrujadas consecuencias que este accidente les traía (Costumbres sexuales en la Grecia Antigua).

Lo que no es curioso en absoluto es que desde la más remota forma de vida humana aparezca la magia (La Teoría de la Evolución cumple ciento cincuenta años… ); necesitamos transformar el mundo apenas aparecemos en la tierra, hacerlo a nuestra medida, y la primera ciencia es mántica -por eso cuando no encontramos otra palabra, ante el arte que todo lo transforma, decimos que es “mágico”, o que “fascina”, vocablos que tienen el mismo origen todos: hechizo, brujería (Introducción al arte rupestre).

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Editorial

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