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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Noviembre, 2008

La soledad y la mala ortografia

Recorrer los espacios de internet (Internet) es encontrarse con el universo (Dios y Universo).

Una vagabundea entre los objetos platónicos que están en el cielo clonados de los nuestros (Ampliar Platón), y halla cráneos hirvientes de millones de pensadores en serio, idealistas en broma, teólogos profundos (Teología y Educación: maestros del martillo).

Pasan de la mano, como dentro de una burbuja del Bosco (Los siete pecados capitales), modelos muy vanas con serios, cejijuntos científicos (La belleza como guía para la ciencia).

Hay jugadores de fútbol algo impulsivos, y festejos o grandes amarguras deparados por éstos (El fútbol como manifestación del capitalismo).

Hay versos antiguos de inconmensurable valor (Idea de poesía en Pablo de Rokha), o decadentes y pasados, o nuevos que florecen como los de una usuaria del blog, Celeste Celestita (para diferenciarla de nuestra “vieja” y sabia María Celeste). Celestita escribe con todos los recursos de su alma y de su lápiz: los errores de ortografía (Ortografía) son parte de lo que quiere expresar, lo mismo que los espacios que deja en blanco, o en negro: ella es poeta en serio.

Ahora les transcribo un relato algo triste, pero al final comprenderán la “moraleja”:

Para todos los lunes

Jamás hubiese pensado que él tenía un motivo para reunirse con alguien más que sus manoseados recuerdos, pero el motivo estaba allí, en el diario. El hombre leía con dificultad, un poco por vejez y otro por la falta de costumbre, pero era claro que estaba allí, en la página abierta, y que mañana lunes era la reunión.
Comprendió que se había hecho tarde para pedirle a la dueña de la pensión que lo recordara a las ocho, y él solía quedarse dormido hasta las diez, así que pasó la noche en vela. Lo acompañaban cálidas imágenes de nuevas amistades, de personas de rostros desconocidos y alegres, que se tornarían cercanos y conocidos. Sí, esta vez sí confiaría en ellos, ya que la desconfianza, como podía ver ahora, no lo había conducido a ningún lado, apenas a una pieza de pensión más húmeda y gris que sus propios, resentidos huesos.
A las siete ya estaba vestido para salir, buscando en el armario aquel certificado que probaba su condición de 0 positivo, un antiguo papel amarillo pero que serviría de todos modos. Creía saber que hay condiciones que no se borran en toda una vida, y que ésta era una de ellas (Dilemas bioéticos en geriatría: toma de decisiones médicas).
Guardó el certificado en el bolsillo derecho de su saco y salió.

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Editorial

Asesinatos de todo corazon III

Nos escribe un asiduo colaborador y lector (La lectura, de la descodificación al hábito lector), José Itriago, preguntándose por los hipervínculos “azules” (Azul) que, opina, adornan estas páginas y las convierten casi en poemas herméticos (William Butler Yeats… y Surrealismo y Anarquismo).

Estaba a punto de darles una explicación sobre por qué aparecen tantos links, algunos ni siquiera muy relacionados con mis temas, pero de pronto se me ocurre que sería interesante que ustedes tentaran alguna clave, preferentemente la menos obvia y, claro, la más “surrealista”.

Respecto a la nouvelle (El simbolismo erótico en Aura) escribí en estos días (Días fastos y días nefastos) el tercer y último apartado (Historia de la máquina de escribir), y sucedieron acontecimientos de los cuales el menos “nefasto” (La llave de la Vida y el Éxito) fue que se me rompiera la computadora (La computadora).

Asesinatos de todo corazón III: Capítulo III - Lila

(a Carolina, princesa con incertidumbres)

Antes que nada tengo que advertir a quienes no leyeron anteriormente mis entregas:
que existen dos capítulos previos, publicados en este blog (Asesinatos de todo corazón I y II) El capítulo I lleva por subtítulo “Mara”, el capítulo II se llama “La señora del baño”, y éste, como ven, se subtitula “Lila”. (En las anteriores entregas me parece que olvidé transcribir esos subtítulos).

Lila

Cuando Lila Aragón se dio perfecta cuenta de que María Consuelo Robles -una antigua compañera del secundario, Mara para ella-, la había empezado a visitar tan a menudo no porque hubiera descubierto que ambas tenían “la misma profesión de escritora” o aspiraban a tenerla, sino porque pensaba acometer un relato del cual quería hacerla a ella protagonista, se hizo el propósito de cerrarle la puerta en la nariz, pero en ese momento sonaron el timbre y el teléfono, y atendió el timbre. Mara Robles entró avasallante.

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Editorial

Juegos de Damas

Las señoras que amaban a señoras

Pido todas las disculpas que existan en el mundo, porque la tercera parte de la saga Asesinatos de todo corazón -que parece ser tan esperada- saldrá recién en la próxima entrega (De cómo se construye la esperanza).

Por cuestiones personales (Las causas eximentes de responsabilidad criminal), no pude hacer mi tarea esta semana que pasó, y resultaría injusto entregarles un material apresuradamente editado, y mucho menos tratándose del “remate” de la nouvelle escrita para ustedes.

Recordemos a Dickens, y por qué no al Padre Coraje

Qué encanto deben de haber tenido los folletines que se esperaban con verdadera ansiedad -no como la que despiertan mis escritos (Ansiedad)- en los tiempos de Dickens.
Como ante algunos celebérrimos -y escasos- culebrones de TV, el mundo se detenía (Análisis de la telenovela Padre Coraje…).
A la espera del próximo capítulo, la gente sólo hablaba de lo que quizá ocurriría; adelantaba entradas y salidas de personajes, muertes, accidentes, arreglos y rupturas sentimentales (La Intuínica: cómo desarrollar su sexto sentido).
Era una ruleta de sentimientos (Sobre Marguerite Duras) en la que no dejaban de existir las apuestas reales: tanto dinero a que al final del culebrón uno de los personajes más queridos moría, o se hacía monja o cura, o renunciaba a su más grande amor, o si se trataba de un esclavo antiguo, era liberado y se casaba con la dueña o el dueño de sí mismo.

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Editorial

Asesinatos de todo corazon II

Lo que van a leer es la segunda parte de Asesinatos de todo corazón (Cómo tener un buen corazón), una nouvelle que me decidí a escribir (El corazón herido, Truman Capote y la invención de la tristeza) para entretenerlos y también para “torturarlos” un poquito… (La tortura).

En la edición anterior -si tuvieron suficiente paciencia y buena voluntad- leyeron la primera parte.

Hay una tercera ¡y última! parte que corresponde al personaje de Lila y que -creo y deseo (Viaje al Reino de los Deseos)- aclara todas las oscuridades (Vampiros)

Asesinatos de todo corazón II: Capítulo II - La señora del baño

Recorta una vez más, por la mañana, las figuras que hacen sombras en la pared para alegría de su hijo más chico, Pedro, que todavía no concurre a la escuela. Repasa mientras tanto su vida, un poco, porque mañana se reúne con las chicas, cumplen 25 años de haberse recibido de bachiller. Les tendrá que dar algunos informes.
Termina de cortar las figuras, un elefante, un gladiador, un arco de cancha, una mujer. Pero esta última la deja pensando en algo raro que no consigue definir; hay maldad en esta figura recortada de la revista Para Ti, es una modelo, pero no es su cara la que le resulta incomprensible, en ese caso no se preocuparía, porque lo que importa es la sombra que hace en la pared. Deja la figura para que Pedrito la haga caminar, andar y saltar por la pared. Es una mujer flaca, de largas piernas con las que Pedrito puede hacer cualquier cosa, como nudos, cruces, puentes, etcétera.
Pedrito mira a su madre que baja las persianas para oscurecer el living y cuelga unas telas negras encima, como cortinados. ¿Es tonta esta mujer? Se cree que él se va a divertir todos los días de su vida con las figuras recortadas que ella le prepara antes de que se levante. Está cansado de ese juego ridículo y piensa en hacer algo para asustarla de sus propias figuras recortadas.
Ahora su mamá está pensando, sentada en la silla que más le gusta, y está pensando seguramente en Dios. Su papá dice “qué mal que te hicieron esas monjas”, porque ella vive recordando a las monjas y al pecado y a veces se esconde -es como si se fuera de casa- para pensar en Dios.

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Editorial

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