Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Octubre, 2008

Asesinatos de todo corazon

Antes de pasar a mis asesinatos (Asesinos en serie), les cuento un secretito referido a la escritura: cuando yo digo yo, quiero decir tú; cuando digo tú, quiero decir yo. Cuando digo él o ella, quiero decir todos nosotros (La transmutación de la escritura).

Asesinatos de todo corazón: Capítulo I - Mara

Soñé que la vida era bella, que pesaba sombras en balanzas de pescadores, a las orillas del río de mi niñez (Restaurando el dolor), y me desperté en mi cuarto frente a viejos cuadernos, olor a papel húmedo y la ropa para ir al trabajo doblada sobre una silla (Reflexiones sobre la moda).
Me quedé acostada un poco más para tomar el café que había llevado en la bandeja, en mi papel de camarera. “¡Camarera de mí misma!”, escuché que decía en silencio. Me decía demasiadas cosas a mí misma y se las decía también al gato, animalito perplejo empecinado en resolver mis enigmas. ¿Cómo podría entender el pobre lo que había decidido anoche antes de dormirme, por mucho que se lo explicara? (La enseñanza para la comprensión).
Yo había leído de muy joven Crimen y castigo (Fedor Dostoiesvky). Desde entonces estuve deslizándome hasta aquí, hacia esta impresionante conciencia de mi poder -sentir que mi vida iba a cambiar de un solo golpe necesitaba de la palabra impresionante. Y además, si bien sería por algunos minutos o por algunas horas, no lo sabía con precisión, lo que iba a sentir era distinto de lo que había sentido en toda mi vida: un segundo, un minuto, una hora de sentimientos desconocidos, cuando una ya es otra, hasta con cambios en la fisonomía, en la temperatura del cuerpo y el color de la piel.
Me levanté para llevar la bandeja y el gato me siguió, reclamando su desayuno; puse un poco de leche en su plato, al lado de la mesa de la cocina, y volví a mi cuarto. Me acerqué a la ventana. No iría al trabajo; estaba dispuesta a mirar tranquilamente la mañana luminosa y el cielo azul entre los edificios. ¿Cómo explicar lo que mirar ese cielo me producía? Una sensación que -en pocas palabras- traía una ráfaga de libertad, de hierbas altas y reposo. Yo amaba la vida y todas las vidas posibles, y aunque resultara una paradoja por mi decisión -mantenida-, esto era en realidad lo que había impulsado mis planes homicidas. No sentía indiferencia hacia nada sino pura pasión. Parte de esa pasión me hacía repetir gozosa: “matar porque sí”. A alguien desconocido del todo, al azar, impredeciblemente, mejorando un poco al personaje de Crimen y castigo, ya que él conocía a sus dos víctimas (Comprensión Lectora).

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Editorial

Memorias del subsuelo

Una historia poética y siniestra

I
Me gustaría empezar como empezaban las historias que leía cuando era chica (Recuerdos tristes de un niño de la guerra). Después de todo, ante la página desnuda -digamos “la página”, aunque se trate de la pantalla de la computadora- una se vuelve más pequeña. Para esa pequeña, cualquier sustancia podría surgir del interior del papel; el mundo entero (Un mundo sin fronteras) hasta con el mar, puesto que ya el papel blanco me está llevando hacia él, y ya la niña se ve ir caminando en uno de sus paseos nocturnos, de vacaciones, por la playa. Va siguiendo la luna, va siguiendo las sombras de las cosas sin ser siquiera el pobrecito Hansel, o la valiente Gretel (La Ópera); vuelve a la casa que alquilaron por unos días sus padres a la orilla del mar (El Mar).

Los dueños nos la habían alquilado amueblada, y entre otros objetos atrayentes que allí quedaron, algunos de los cuales descubrí a último momento, cuando ya nos volvíamos, había una biblioteca. Esa noche yo había caído en entrañable devoción por la luna, por su definición en el cielo, como una luna de dibujo animado (Efectos de los Dibujos Animados en los niños); a la vez, me había invadido una paz incomparable. Busqué entre los libros y encontré uno cuyo título, quién sabe por qué, me prometió continuar con el encantamiento del paseo, “El gato negro”. No sé si entendí la historia, no sé si en ese entonces, digo, la entendí, pero después seguí leyéndola, año tras año la tuve entre mis lecturas preferidas, a veces un año sí y un año no, hasta ahora, que tengo el libro acá, a mi lado, entre los papeles que imprimo, leo, corrijo y después borro en la computadora comunitaria del hospital. Y me parece como si el papel me estuviera diciendo cosas más allá de sí mismo, de mí misma, sobre el hecho de que mi primer intento de empezar esta historia como un cuento de hadas haya ido a dar en este relato. Como si también me dijera, el papel: “En otra cosa no podría ir a dar”. Y es claro, lo que tengo que contar no tiene prados ni pájaros adivinos, y tampoco lo siniestro de la historia se alivia con una casa de tejas y paredes de chocolate y jardín confitado; más bien se parece, pero sacándole lo sobrenatural, al cuento que mencioné. Y hasta, pensándolo bien, su comienzo es el más adecuado para mi historia:

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Editorial

El sexo de los angeles

Tentempié

Revisar viejas fotografías una tarde de lluvia puede ser ejercicio melancólico, pero es también terapia que recomiendo (La melancolía: por una libra de carne).

Encontré una imagen que me dio vértigo: la de una nena que todavía se me parece, jugando en brazos de una mujer morena, grácil y de sonrisa inigualable. Ella es Nina, según está borrosamente escrito atrás de la foto -esta última algo amarilla, o con los bordes quemados, no sé por qué efecto del tiempo.

El sexo de los ángeles

Veo -tengo memoria hasta de antes (La Memoria)- los dedos casi negros que empujaban mi cuna, y eran los de Nina, mi niñera. Ella era oscura, grande, joven (Esta noche es que vale ser joven) y, cuando yo lloraba demasiado, me levantaba y me mecía en sus brazos redondos cantando unas canciones portuguesas (Actitudes lingüísticas de los descendientes de portugueses sobre esta lengua), pero también recuerdo, o esto casi seguro fue un poco más tarde, que me tocaba todo el cuerpo, me besaba la espalda y el vientre y, abriéndolos muy suavemente, los brazos, como cuando partía en dos las mariposas amarillas en la plaza Belgrano y me ponía un ala en la boca y ella masticaba la otra dulcemente.
Nina me lavaba, me hacía trenzas gruesas y apretadas y me vestía con pollera escocesa (Macbeth) y suéteres del tono de las medias para llevarme a la plaza, en donde me contaba cuentos pícaros. Fue ahí mismo y a esa edad que aprendí confusamente que el sexo es bello, exquisito, estimulante, pero muy peligroso. Nina amaba el sexo sobre todas las cosas de la tierra, pero también le tenía miedo (Sobre el miedo).Yo despertaba en ella las sensaciones que despierta un gatito al que dan muchas ganas de apretar, de besar, de romper, y de que esté entero, perfecto y nuevo para siempre, con la belleza de las cosas flamantes (Los Gatos). Por eso Nina quería, y conseguía, convocar mi más pura curiosidad. Los cuentos que me contaba eran de ogros violadores, de princesas sumisas y de conejos lujuriosos. Nina creaba imágenes más variadas y más sórdidas que las que se hallan en el actual cine -y literatura- pornográfico.
Había vacas que parían y solamente esto, en sus labios, se transformaba en una bacanal (El “mal de las vacas locas”. Un tema de bioética en los nuevos escenarios). Las menstruaciones de las gatas tenían sus encantos especiales hasta llegar al éxtasis de los perros que se abotonaban -esa era su expresión- y no podían desprenderse jamás si no era por una complicada operación en la que el perro era castrado y la perra permanecía para siempre con un pedazo de carne masculina en su interior.
-¿Y cómo hace la perra para hacer después pis? -era la pregunta que más enfriaba a Nina. Me decía que fuera a ver el tren que paseaba a los chicos por la plaza.
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Editorial

Carta cuento

(sobre unos días de retiro)

Enrique: estoy viendo las hojas cerrarse después de haber tomado un bocado de mí, bastante grande. Son plantas carnívoras, o llamadas así (Histología vegetal), pero no creas que han devorado una parte de mi cuerpo; sólo, te darás cuenta, de lo que se conoce con el nombre de alma, espíritu, psiquis (Ontogénesis de la Psiquis y del Sentido: debato la idea con cualquiera). Más aún, casi estoy segura de que lo que te comen es una buena parte del pasado, para que, una vez digerido, nazca de él una flor (Viejos dilemas, nuevos recorridos). No sé cuánto es el tiempo que toma la deglución y el nacimiento de la flor, pero estoy varada aquí esperando que eso suceda. ¿Te imaginas cómo será el pimpollo, criado con mi alimento antiguo y un poco rutinario? ¿Cómo seré?.

Hay varias cosas que no puedo creer de acá. Lo que pasa es que sería bueno que además de hacerte a ti el favor de venir a investigar esta “clínica del alma” o “sanatorio meditativo-curativo” como le dicen otros, pudiera escribir algo mientras tanto, sería extraordinario: dos pájaros de un tiro: lo que tanto soñé, y ayudarte en tu investigación (El destino del hombre).
Digamos que lo que te envío es, además de un informe, parte de mi escritura (La transmutación de la escritura).
Respecto a lo que decía antes, que hay varias cosas que no puedo creer, justamente estoy en el jardín, esperando, además de la deglución de la planta, la hora exacta de la tarde en que el sol se está por ir y, es milagroso, por eso mismo los objetos le responden intentando seducirlo para que se quede, teniendo más brillo, mejor definición, se dibujan mejor en el espacio, y hoy dan ellos -los objetos- música, acordes (Música del siglo XX)

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Editorial

En el cielo un dragon volador

¡Juguemos! (Juegos de lenguaje y mundo de la vida).

Hace unos días trataba de poner en funcionamiento la “máquina de imaginar”, así suele ser llamado el enigmático Tarot (Síntesis del significado de las cartas del tarot) y me sobrevino una parálisis de imágenes –como si se detuvieran en su misma formación, no llegaran a ser. Ahora sólo puedo percibir imágenes sobre el papel, y con reservas (Cómo desarrollar la creatividad artística).

Puedo imaginar apenas atravesar el papel hasta lo desconocido (Fenómenos psíquicos), poner los dedos en la luna con la mirada, irme hacia dentro del papel más y más. Atravesar el papel y por ese agujero llegar al conocimiento íntimo de lo extraño: esto quiero fijar en mí, con lo menos posible de “estilos” y sintaxis (Lenguaje hablado), incendiar la página como hoja reseca que se quema para ordenar el paisaje (Seguridad industrial: la naturaleza del fuego), incendiar y agujerear el papel hasta lo inconcebible que será concebido en ese lugar de llegar en el preciso momento de llegar cuando caigan los velos (Cerebro y sexo: nueva concepción de la sexualidad humana).
¿Estarán ustedes, mis amigas y amigos del blog, al otro lado del papel? (Más de filosofía).

Máquina de imaginar le dicen los sabios antiguos al Tarot, entonces intenté con la baraja española que tenía entre las manos (El azar). Trataba de ser una vidente y vi: primero me esforcé en encontrar los elementos esenciales agua, tierra, aire y fuego. Calculé que las espadas, azules, eran el agua; y por lo tanto el tiempo. Que la copa, roja, era el fuego, y no me decidía a definir si eran la destrucción o la alegría, por ser también el vino, o la transformación, transmutación –o como se llamara- alquímicas. Que el basto por ser sólido y tal vez por ser verde y algo grotesco, grueso como la naturaleza, era la tierra. Al llegar al oro fue cuando no supe. No pude asociar el oro con el único elemento que quedaba, el aire; ni por el color amarillo ni el significado material. Pensé en cambiar, en asociar el oro con el fuego, esto por simple asociación astrológica con mi signo, Leo. Leo cuyo regente es el sol, su elemento el fuego, su metal el oro, su color el rojo o el amarillo.

Entonces el oro de la baraja era el fuego. Pero, ¿qué hacer con las copas? Es un vino rojo, es dicha. Los otros dos restantes no me ofrecían dudas, menos que menos las espadas. Veía las espadas como el tiempo; el tiempo que es la sustancia cambiante del loco, oscuro Heráclito (Heráclito de Éfeso, ¿melancolía o esquizofrenia?), el río; el río, el agua: las espadas son siempre de color azul en la baraja. “Las olas –pensé-, las espadas del agua.” También el basto me parecía tan terrenal que creía haber acertado. La duda continuaba entre el oro y la copa, entre el fuego y el aire.

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