Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Septiembre, 2008

Canto de Primavera

En mi país es primavera (Primavera roja), es decir que sentimos que vamos a nacer. El velado, el oscuro y, según cuentos de infancia (Cuentos de hadas; magia, fe y encanto), malhumorado invierno nos deja pasar hacia el sol (El Sol y su estructura).

Todo empieza a vestirse de inocencia: la primavera es naiff (Arte y diseño en discusión).

También la gente de Oriente lo considera así, y yo creo mucho en la sabiduría oriental: para ellos, las estaciones del año representan edades del desarrollo humano (Lilah).

Toda la vida preferí el invierno (¿quiere decir que toda la vida fui una anciana?) por lo privado, pero además porque me gusta afrontar el frío, la tempestad y las lluvias heladas como si estuviera dentro de una película de aventuras: siempre al final llego a mi casa entibiada por el fuego de la estufa con olor a eucalipto (Consumo y ahorro de energía en el hogar y la oficina). O elijo un atardecer ventoso para andar por un barrio de casas viejas (Rescate y conservación del patrimonio local) y siento que fui a dar con mi máquina del tiempo a la Edad Media.

Sin embargo, la primavera tiene más delicadezas y ha inspirado música como la de Vivaldi, cuadros como los de Boticelli; yo misma, modestamente, escribí un cuento - “Parece que están floreciendo las violetas”- sobre algo que le pasó a mi amigo Silvio cuando vino una vez a Buenos Aires en primavera.
Alguien que conozco hizo un cuadrito con un sentido parecido a ese cuento: copió con lápiz una antigua fotografía donde hay dos nenas jugando con un aro, y muebles oscuros y almohadones y flores claras: a una le pintó el camisón de negro, a la otra de blanco, hizo el fondo morado y las caritas inocentes rosa pálido, como si fueran niñas fúnebres.

Parece que están floreciendo con ganas las violetas

La mujer que entraba aquel domingo en el cementerio de la Recoleta no llevaba paraguas. Silvio acababa de abrir el suyo, porque la llovizna, que le permitió curiosear tranquilamente tumbas y mausoleos, inscripciones y lápidas, se había convertido en temporal. A tal punto había sido apenas húmeda la siesta dominguera, que Silvio pudo sentarse a observar largo rato muy cerca de un panteón, a un señor con termo en ristre, que golpeaba la puerta y llamaba en voz alta: “¡Ojeda, Ojeda!” El hombre persistía en su llamado, en el que se mezclaban cierta sorpresa y cierta preocupación. Al rato –Silvio me lo contó- apareció uno de los cuidadores del lugar, que le dijo: “Ojeda salió y no va a volver hasta la noche”. El cuidador, viendo que Silvio observaba la escena, se le acercó y le contó que esta persona solía venir venía todos los domingos a la tarde, con su termo y su taza de aluminio, y que cada vez debía encontrar una historia distinta: “Ojeda pidió que no lo despierten, porque anoche no consiguió pegar un ojo”, u, “Ojeda se quedó a dormir en lo del hermano, porque la mujer tuvo familia”, o bien, “Ojeda se fue al campo, porque tenía que vender unas vacas”. Lo curioso es que el amigo de Ojeda aceptaba siempre con simpatía estas excusas y se iba diciendo: “Dígale que el domingo que viene vuelvo a visitarlo”. Ojeda parecía tenerlo todo: hermana, hermano, hijos, nietos, sobrino, abuelos, padres, campos, insomnio. Ninguna excusa le sonaba incongruente sospechosa al visitante que, además, demostraba al marcharse algo de alivio. Pero nunca dejaba de volver.

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Editorial

El gato obsesivo

Esto que estoy a punto de escribir sólo puede decirse, no sentirse. Cuando lo sienta el mundo se caerá; se hará trizas, trizas, trozos de espejos.
Y lo escribo nomás: la vida, para mí, es una representación -y lo escribo en cursivas para que no se pierda entre las otras frases, claro (Manuel Puig).

¿A partir de qué momento tuve la necesidad de ocultarme bajo un decorado teatral? (Historia del teatro) ¿Estará relacionado con que cuando era chica y me ponía a llorar mis padres me decían que era “la Greta Garbo”, o Milagros de la Vega, o la Crawdford, y que era probable que de mayor el mundo me aclamara en las tablas? (Historia y evolución del teatro universal).

Esto lo he pensado hace un rato, frente al espejo (Mis sentimientos al espejo).

Ahora es mediodía de miércoles, al día lo rige el planeta Mercurio, el del dinero (El Dinero), pero lo está mirando la luna, desde la noche, la del amor de las mujeres (La Luna).

No negaré que de esta “verdad” descubierta hace cinco minutos hasta podría morir. Y sólo debo recordar que hubo momentos verdaderos en mi vida, pero muy lejanos, y que casi siempre he sido fiel a esta representación.

El trabajo de deconstruir, de destruir ese mundo recién descubierto (Día mundial del medioambiente) parece realmente peligroso, es llegar a la médula de algo que no sé; supongo que es más tremendo que desarmar las construcciones sociales con otra que se apropie del planeta, una ficcionalización que lo haga real, tragable. Y para hacer esto posible hay que darle al mundo, a cambio, otro mundo, el real, pero que sea habitable, y, ¿cómo? (Dos luchas, un mismo ideal).

Escribo todo esto porque acabo de pensarlo mirándome al espejo: “Estar pintada para parecer natural exige una laboriosidad mucho mayor, una mayor cantidad de cosméticos y de tiempo” (Mercado tentador: venta de cosméticos y Administración del tiempo).

¿No les parece que lo que pensé frente al espejo hace unos diez minutos es, extendido al mundo, la vida real, el triunfo o el fracaso según actuemos mejor o peor maquillados “con naturalidad” –y actuemos además bien o mal- en las cosas, los negocios del mundo? Hay maquillaje de la diplomacia (Investigación de mercado: belleza masculina), del autoritarismo, de los buenos o los malos modales, según el caso y la moda (Reflexiones sobre la moda), y hasta de la espontaneidad, look notable y actual que en cierto modo me tiene entre sus precursores, sin haberlo deseado.

Tal vez a todo lo anterior me lo trajo el recuerdo de mi amiga Natalia, sobre quien –mejor dicho, sobre algo que le sucedió en especial y que ella me contó en colores- escribí para ustedes este pequeño cuento:

El gato obsesivo

Ya no tenía puesto más que el traje de Gato con Botas –se había sacado la cabeza-, y extendió la mano.
“Gracias”, le dijo al chico que le explicaba que un señor le había dejado el papel que él le entregaba ahora.
“Es otra vez La Carta”, les aclaró Natalia a los actores que andaban por ahí. “La misma, sólo con una línea más, como todos los sábados”.
El autor de la carta se levantaba siempre un poco antes de que terminara la función infantil, muy concurrida por niños, padres y madres, y casi en la oscuridad le daba la carta a algún niñito, junto a dos caramelos.
“Es para el Gato”, le decía.
Lo que más le extrañaba a mi amiga era que el hombre, supuestamente al menos, no la había conocido más que caracterizada de Gato con Botas.
“Le excitará tu voz”, apuntaban los otros actores.
“¿Mi voz de ñañañá?”, replicaba Natalia, que no podía creerlo.

Todo había empezado en el segundo sábado de función, con una breve línea:
“La beso, si le gusta que la bese llame al 8501391493100097”.
Por supuesto que un número telefónico tan largo no existía, y tampoco existían celulares en esa época (Evolución de los teléfonos celulares y de su precio).
Y el otro sábado:

“La beso, si le gusta que la bese llame al 8501391493100097. La mimo, si le gusta que la mime vaya al café Las Flores”.
Había más de cien cafés Las Flores en Buenos Aires y, en ninguno, un hombre con cartel de mimador.

La carta había crecido mucho en cuatro meses y había llegado hasta lo extraordinario: acariciaba, retorcía, ardía, mordía, arañaba y daba números y direcciones falsos.
Natalia guardaba la última –que contenía a todas las demás- en el cajón del tocador, y solía leerla cuando cosía el traje de gato, que cada vez estaba más gastado.
“Menos mal que no es gato verdadero”, se decía, ya que este animal le producía una alergia física y psicológica de lo más exquisita.
Y respecto de las cartas sentía algo parecido, sumado a la curiosidad y a una cierta excitación.
Y la curiosidad y la excitación se iban acrecentando con cada nueva línea.

Una tarde, desde el escenario –y a pesar de la penumbra que ambientaba todas las escenas y que servía para hacer invisibles la peladura de ciertas zonas del felino y los harapos de su dueño, el marqués de Calatraba-, Natalia distinguió al hombre levantándose, entregando la consabida carta igual a todas pero con otra línea y huyendo raudamente.
No lo pensó dos veces. Ella saltó del escenario mientras un embobado silencio sin reacciones la rodeaba y comenzó a perseguir al hombre.
Las calles ya estaban oscuras y eran arboladas, de suburbio.
Natalia vio de lejos la figura que corría graciosamente, y veloz, y como era también muy ágil y había tirado la pesada cabeza cuando pasó por la boletería, pronto estuvo muy cerca.
Él aprovechaba las sombras y las ramas de los árboles, como en un juego de escondidas.
Ella se valía de su visión nocturna, perfeccionada enormemente en los últimos meses en el teatro.
Él la mareaba con sus idas y venidas por ramas y sombras, hasta que ella lo encontró.

Estaba cobijado en un gomero cuyas espesas hojas le tapaban la cara. Se había quedado quieto, confiando demasiado en su suerte.
Pero Natalia levantó las hojas.
Un poco antes de hacerlo había sentido que le picaban las orejas, que los cabellos se le ponían de punta y que iba a estornudar, y al ver la tenebrosa cara de gato del escritor de cartas misteriosas –y sus ojos rasgados, de pálido color- se desmayó entre sus brazos que eran como de felpa, aunque con pelos más largos y suaves.

Fue así que se curó del asma y conoció a Jorge, su marido, que en realidad no era un enorme gato de felpa ni tampoco tenía tan espeso el vello de los brazos, pero todo lo otro es verdadero. Mirado desde acá, parece un anticipo de la revelación que tuve ante el espejo, hace quince minutos…

Envío

¿Podríamos “servir la mesa” de nuestro encuentro en Buenos Aires?

Ya callo los agradecimientos y los júbilos, por pudor, y sólo les mando abrazos con muchas alas de ir y de venir.

Mora Torres

Editorial

Cuando pienso en la Muerte

Cada vez que me enfermo, aunque sea de gripe (La peor pandemia de la historia de la humanidad, la gripe española), como ahora, pienso en la indescifrable muerte (Percepción de la muerte a lo largo de la vida).

Sobre el cuadrado saliente de la puerta que está frente a mi cama veo, tal vez por una ilusión óptica conjugada con mi propio estado de debilidad, El entierro del conde de Orgaz, cuadro del Greco que se va formando a medida que los rayos de luz declinan o se intensifican o se entrelazan con el color brillante de la madera (El estilo barroco aristocrático). Está la parte de abajo; cuando esté la de arriba, completa, mi superstición asegura que moriré (Una breve observación sobre las propuestas acerca de la religión de Tylor y Frazer).

Cuando era muy chica intentaba sacar de los cuadros naturalistas que colgaban de las paredes de casa algunas frutas y hasta a veces un poco de pan y de agua, solamente para probar el agua y el pan pintados en esos paraísos, con las mismas intenciones con que otros niños robaban de los árboles de los vecinos duraznos o naranjas, aunque los tuvieran en sus propios huertos (Informe del Manzano). Pero después, aunque en la infancia todavía, creía que los cuadros continuaban en alguna parte a lo mejor lejana (Camille Pisarro, biografía), y buscaba esa continuación siguiendo la baranda de la escalera, por ejemplo, o el hilo que colgaba; persiguiendo a una mujer parecida a algún retrato de la pared de la sala, al que no le habían dibujado una parte de la falda, la parte que se ensancha en las caderas, porque no entraba en la perspectiva del artista. Pero una vez mi padre me mostró una fotografía (Fotografía versus escritura. Civilización y barbarie en el cuento “Fotos” de Rodolfo Walsh) -yo todavía era muy chica-, y me dijo que ni siquiera una fotografía es capaz de abarcar la totalidad de un objeto, el adelante y el atrás, el adentro y el afuera, el costado derecho y el izquierdo. En aquella época, para mí era lo mismo una fotografía que un cuadro, era el mismo misterio apretar el gatillo de la cámara que el pincel sobre la tela, pero le creí a mi papá. Se trataba de algo científico, no artístico, lo de la fotografía. Es decir, científicamente, los objetos eran y no eran, por lo cual podían ser representados sólo a medias. Algo de esto fue lo que entendí.

Ya un poco más grande, quise crear por mí misma objetos integrales, como los llamaba, y me hice pintora, pintora cubista (Picasso y el cubismo).

De todos modos la pintura no era mi vocación; mi vocación eran los objetos. Y de tal modo, porque no conseguí nunca crear un cuadro que me dejara satisfecha, dejé el cubismo e intenté representar con realce, como lo hacían los pintores antiguos (Movimientos artísticos).

Tanto frecuenté museos y libros de arte que al final me hice “artista” (Museología y museos) –por un tiempo-, no solamente por amor al objeto y por querer verlo desde todos sus ángulos, cuestión que nunca conseguí, ni como cubista, ni como hiperrealista, ni cuando finalmente decidí adscribirme a la abstracción, que en realidad era sólo naturalismo disfrazado. No había ningún objeto que fuera representado íntegramente, pero tampoco existía ningún objeto representado en un cuadro que no existiera en realidad.

Un día tuve una visión (Visiones del orden mundial). No podría describir ni pintar esa visión. No la tengo dibujada en la mente, ni la tengo expresada en la mente con palabras. No es color, forma ni sonido, pero está. Ese era el objeto que estaba buscando, lo que habría querido pintar: una sensación que no es entregada por los sentidos, un pensamiento que no nace en el entendimiento. Es el atrás de los retratos, pero mezclado con un inabordable centro donde todo está: el atrás, el delante, el adentro, el afuera y, al mismo tiempo, el no-atrás, el no-delante, el no-adentro, el no-afuera. “Al mismo tiempo” es una expresión que estoy usando mal, porque también estaban el tiempo y el no-tiempo, pero además algo que no era ninguno de los dos. Y la verdad de la visión parecía sostenerse más bien por lo negado que por lo habido, aunque, insisto, estaba.

De pronto, no ahora, en aquellos días, sentí un estado en mí misma, y quizá dependiente de la visión, que me embargó; embriagante de felicidad y de dolor y de la negación, otra vez, de estos estados. Era, para aproximarme a describirlo, un enamoramiento sin objeto amado.

Tampoco se trataba de lo que por aquellos días se tenía como suprema idea, que quizá provenía de otro de aquellos movimientos que terminaron siendo ismos: enamorarse del amor. No se trataba en absoluto -pero tampoco existía el absoluto- de esta vulgar cuestión. Yo no sentía ningún tipo de enamoramiento específico, sino el éxtasis, no ante objeto concreto o abstracto (y el amor era de todos modos un objeto, aunque abstracto). Lo que sí podría hacer -me dije por aquellos días- es utilizar este estado y aplicarlo sobre algún objeto de los que pasan ante mí. Un planeta, un libro, una persona.

Pasó un muchacho en el momento preciso en que estaba pensando lo anterior, y apliqué a él mi estado, con lo que conseguí un verdadero amor. En realidad, me decía muchas veces que quizá sólo había hecho lo mismo que toda la gente cuando se enamora, sólo que yo había logrado percibir los detalles porque me había entrenado desde la niñez en la observación de estas cuestiones. Pero, una vez aplicado el estado que había surgido por la visión, quedó en mí de todos modos la visión, y como si fuera ciega, sorda y muda de nacimiento no pude explicársela a nadie ni a mí misma, sino guardarla, atesorarla ¡para sentir el mismo éxtasis cuando estuviera por morir!: enamorarme de la muerte que está llegando.

Pero, ¿ustedes me entienden?

¿Alguno de ustedes sufre de este mal, o bien, recibió este don o bendición?

Y digo don pues yo a la Indescifrable ya no le tengo miedo, y creo descifrarla con rompecabezas como armar el cuadro de El Greco, o con trabalenguas, o con filosofías.

Por supuesto que otra vez no se completó el cuadro del Greco, y la semana que viene estaré viva -y sana- para volver a Monografías.

Envío

Mis queridas, mis queridos: cada semana doy un suave empujoncito al viejo sillón de hamaca donde hay voces que tejen y destejen historias desde el principio de los tiempos, y ustedes están allí; ¿se dan cuenta de que están reescribiendo la Comedia Humana?
Los escucho vivir; acá preparan cumpleaños infantiles, allá celebran vidas extraordinarias; la gente salva gente o cura heridas o trae a sus amores nuevos o antiguos, siempre vivientes, nunca en la oscuridad de la muerte, como los amados de Gloria Piña Piña y de Norma, por ejemplo.
Algunos intentan seguir con mejor estilo el cuento que conté -no es cuento, es fragmento de novela- y nos regalan uno mil veces más hermoso (¿cómo darte las gracias, José Itriago?); otros escriben sus historias con talento y, además, traducen las mías (¿darte las gracias otra vez, Osvaldo, y Celeste y Socorro que curan almas y cuerpos y festejan interminablemente), u otros que bajan al fondo de la tierra a buscar y salvar sus tesoros o tratan de explicarse todas las formas de ser hombres y mujeres -Osvaldo tiene razón, Joise, en tus temores-, o ven el mundo de un modo completamente diferente, como otros perceptivos escritores que hay aquí… Vancho!… y Oswaldo y hasta aquel que se aburre o que se ofende es digno de ser considerado, ya que “tomó la pluma y el papel” y se impuso el trabajo de opinar, o el joven dominicano, y quienes reaparecen para darnos cuenta de que existen -Ylba María-, o Blanca Estela, de cuyos testimonios quisiéramos participar: fiestas de almas, para mí que no les veo las caras desde acá, y las exageraciones irreverentes de José Mlin junto con la novísima “invitada por una amiga” Gloria Angelina, que no se confunda con Gloria y su derecho de piso en este espacio.

Estoy maravillada.
Estoy maravillada.
Estoy maravillada y tartamuda; se me fueron adjetivos, exclamaciones, palabras exultantes.
Los amo y los abrazo y hasta ojalá pudiera darles besos en mejillas tibias, no virtuales.

Mora Torres

Editorial

Busco trabajo

Las palabras del título -perdón por lo vulgares- creo que simbolizan una parte, la menos brillante, de mi vida.

Cuando tenía quince años empecé a trabajar como correctora en un recién fundado diario de provincia (Diarios zonales y barriales); su cierre, al poco tiempo, hizo que yo comenzara a utilizar a menudo esos dos vocablos nada mágicos, ya que podría haber alguien casualmente en el lugar donde los pronunciaba que conocía a alguien que conocía a alguien… que buscaba trabajador (Relaciones laborales).

Ciertamente fue el modo con el que conseguí varias veces empleo, pero decir esto es casi una confesión, es como repetir aquel famoso chiste que reza que “no hay nadie más experimentado que yo en dejar de fumar; lo hice más de cien veces” (No fumar frente al espejo).

No soy torpe ni fea pero sí puede decirse que “cuando nací/un ángel negro/de esos que viven en la sombra/me dijo:/anda, Mora,/a ser zurda en la vida” -el verso es de C. Drummond de Andrade, el poeta brasileño, y donde en mi cita dice mi nombre, en el original dice “Carlos” (Literatura universal).

Sí, cuando nací un ángel negro me puso un ramillete de flores raras en la mano izquierda.

Pesa sobre mí algo fantasmal, no ortodoxo, a veces agradable, otras gracioso, otras ridículo, por lo que no suelen darme el empleo, o por lo que si me lo dan dura muy poco o es un trabajo muy bizarro.

Además, ¡siempre voy a caer a sitios tan desesperantemente extraños!

Les contaré el comienzo de un caso, que tengo escrito ya como novela; y si algún malicioso cree descubrir que lo saqué de El Palacio de la Luna, de Paul Auster, me anticipo a responderle que a ese libro lo leí después de que esto sucedió, que el parecido es pura casualidad y que -esto los dejará sin argumentos- tengo testigos y papeles y firmas de abogados (Ética profesional: el honor perdido).

Los puercoespines ateridos

Al principio no vi con claridad la letra del diario hasta repasar el aviso por segunda vez; también sobre mis ojos había una leve porción de la niebla circundante que me arranqué con un retorcimiento de los párpados después del primer anticipo de lectura. Quizás era algo que estaba en mi cabeza, o en mi alma, lo que me impedía ver bien en el momento -la desesperanza podría haber sido-, pero se transmitía a lo físico y trababa mis gestos habituales como si constantemente me estuviesen haciendo zancadillas.

Leí: Perfecto castellano, manejo de Macintosh (MAC, PC, Evolución del computador), y llamé por teléfono al número que se ofrecía; me atendió una mujer. Dije: “Soy escritora, gané algunos premios -para certificar mi idoneidad-. Tengo hasta un libro publicado, y distintas notas periodísticas”. Pero mi frase clave fue “yo trabajé en varios diarios como correctora”. “Varios diarios”, supongo, no “correctora”, actuó de abracadabra, porque la mujer repitió “varios diarios” obsesivamente.

No fue la señora con la que había hablado por teléfono sino un anciano quien me abrió la puerta hacia una sala más larga que ancha, pero tampoco demasiado larga. Un enorme sillón capitoné, en cuero marrón, estilo comité de barrio, una computadora con su pequeña mesa y su banquito y un escritorio grande al final de la sala eran el mobiliario. Él se sentó detrás del escritorio, mirando hacia la puerta; yo frente a él. Yo cargaba con todo lo que se puede acumular en veinte años de labor literaria, desconocida, por supuesto. También con notas publicadas en semanarios de turismo y un comentario de libros en el diario.

-No hable, por favor, espéreme. Déme sus notas -dijo el viejo señor con voz que era de otro mundo.
Leyó con lentitud; yo observaba su cara llena de malhumor cuando de vez en cuando erguía la cabeza para emitir algún gruñido; tenía el pelo largo, muy despeinado y bastante sucio, que parecía salirle de las orejas, y no estaba vestido con moñito en lugar de corbata, pero daba toda esa impresión.
Esperé en un reverente silencio dedicado a los crueles dioses del trabajo. Imaginé sin mucha seguridad a Hércules sin saber bien por qué, no era erudita en mitologías.

-Ahora páseme su libro de poemas –dijo el hombre después de unos 45 minutos.
Su rostro contrariado no varió, pero leyó pausadamente uno a uno los ochenta poemas. Pasó una hora más. Levantó la cabeza. Preguntó: “¿usted cree en el diablo?”. Y yo, desprevenida, le aseguré que sí. Me preguntó también: “¿puede empezar mañana a trabajar conmigo?”.

Mañana era domingo. Le contesté que sí otra vez. El diablo y el domingo no eran ningún inconveniente.
Pero el hombre todavía tenía algo que pedirme. Me entregó un papel.
-Es un cuento que no logro escribir, ¿puede hacerlo por mí? No es necesario que lo traiga mañana mismo…

Al salir no sabía de qué iba a tratarse mi trabajo ni tampoco qué sueldo cobraría. Estaba, sin embargo, feliz. Pagaría las deudas, mi hija continuaría en la facultad; pese a todo, me estremecía con suavidad cuando pensaba en mi empleador.

A veces, como ahora, cuando iba caminando por la vereda muy pensativa, muy introvertida, de pronto me daba cuenta de que delante de mí algo se estremecía de repente; alguien, que caminaba delante, en mi misma dirección, me transmitía un estremecimiento. Seguro, por algún motivo, esa persona pensaba que yo la estaba siguiendo. Y ahora, cuando debía doblar, también doblaba la persona; yo en esos momentos decidía seguir otro camino. Pero esta vez, quizá por la suplementaria fuerza que me otorgaba haber conseguido, tan sorpresivamente, el empleo, y también porque algo me decía que mi sospecha era infundada, que nadie sospechaba de mí, seguí, doblé, fui hacia la parada del mismo colectivo que la persona, en este caso una señora algo mayor, con un extraño rodete sostenido por una hebilla color oro. En la cola, breve, el rodete de la señora se retorcía delante de mí, casi se deshacía por el viento. Para ella, que no me había mirado; yo podía muy bien ser alguien sospechoso. Tenía además en mis manos el papel que me entregó mi empleador con el encargo de escribir un cuento, y no lograba alejarme de su lectura, casi como disimulando. Finalmente, me enfrasqué en el papel. La señora desapareció, y junto con ella todos los aspirantes a viajar en el colectivo 109. En un segundo todo se había vaciado, yo era la primera de la fila para tomar el próximo 109, y las letras de una escritura algo confusa bailaban ante mí.

Magdalena, mi hija, lo leyó también, y aunque estaba contenta por mi éxito, algo empezaba a contener su alegría. Le parecía poco claro lo que su madre trataba de explicarle, y menos claro todavía el encargo de la escritura de un cuento que, ella estaba segura, ya existía, perfectamente existía, en alguna parte. Esto último también giraba por mi cabeza, el cuento ya había sido escrito, ya había sido leído por mí en alguna parte; todavía no sabía si era bueno, estaba claro, porque lo del argumento era casual, con cualquier cosa se podría escribir algo bueno o algo malo. Pero hasta el título, “La invicta”, me parecía ya impreso, ya impreso alguna vez en mis párpados, en mis ojos sorprendidos, ¿se habrían sorprendido
mis ojos al leerlo por primera vez? ¿De quién sería el cuento que yo, seguramente, estaba previsto que superara, como prueba?

Paseé la mirada por la fila de libros de mi dormitorio, por la del dormitorio de Magdalena; no encontraba apoyo en ninguna letra, en ningún nombre, y estaba segura ahora que la prueba consistía en escribir el cuento de la manera más parecida posible a su -lo sospechaba- archifamoso original.

A las diez de la mañana del domingo (era además 1º de mayo) yo estaba allí de nuevo. El hombre parecía menos duro, más confiado y, quizá, menos viejo, aunque su voz seguía siendo un murmullo ronco.
-Lo que tengo es un cáncer de garganta, fui operado hace un mes –dijo para explicar ese murmullo, mientras prendía otro cigarrillo-. Soy Samuel Dujar (y pronunció su apellido como si fuera francés, algo así como “Diyá”); soy escritor y periodista.

Yo repití “periodista” por casualidad y casi en silencio, pero él escuchó. Yo sólo estaba tratando de adivinar cuál sería mi tarea y me topé con la acritud del hombre con asombro.

-Claro que soy periodista –se endureció; dudaba, era evidente, de serlo- Trabajé en el Times Life de Brasil… viví en Brasil muchos años ¿sabe? ¡y odio la literatura! –exclamó intempestivamente, con susurrante voz de criminal en sala de tortura, confesando un crimen real, pero confesándolo sólo por el maltrato-. La literatura, como dice mi madre, fue mi perdición. Y mi madre es muy sabia, no solamente porque tiene noventa años. Pero en realidad ya no leo nada, sólo escribo, y muy poco.
-¿Pero es escritor y periodista? –ataqué, un poco resentida…
-De eso se trata.
Y esta fue la primera vez, y una de las pocas en total, en que la cara se le iluminó con un reflejo muy humano.
-He escrito… -conjugó ceremoniosamente- he escrito una novela.
-¡Maravilloso! -exclamé entusiasmada, ya que no puedo menos que admirar a cualquiera que haya escrito una novela; yo misma me considero poeta, y narradora en ocasiones, pero de cuentos. El trajín agotador de una novela no es para mí; me parece que los que lo cumplen deben hacer el mismo esfuerzo que el que se necesita para construir una catedral; otros, al menos una casa, y que todos son dignos de elogio, aun los peores novelistas. Mi entusiasmo, sin embargo, no fue bien recibido.
-¿Por qué “maravilloso”? Puede ser mala.
Le expliqué mis especulaciones arquitectónicas.
-¿Y de qué serviría si fuera mala? ¿Si fuera, según sus metáforas, una casa inhabitable?
-De ejercicio –arriesgué con timidez.

Se rió; no, no se río. Pero, aunque no lo recuerdo muy bien, estoy segura de que desplegó algún ampuloso gesto de ironía acompañado de palabras reconvinientes. Algo así como que advirtiera lo que ocasiona la falta de capacidad, los edificios que se caen, etcétera, y todo por ejercitarse.
-¿Y por qué escribió entonces una novela? -pregunté.

Esta pregunta quiso ser atajada por mí en el acto, antes de brotar, pero no lo logré y la expresé en voz alta; lo único que conseguí fue morderme de verdad la lengua, de costado, al terminarla, justo en el punto donde cierra el signo de interrogación. Pero parecía que para Samuel su novela estaba fuera o más allá de la literatura; para usar su verbo preferido, no se ofuscó al oír la pregunta. Tampoco contestó en forma directa.

-Es una novela policial. Está completa, pero deseo reescribirla. Por eso en el aviso se exigía saber computación.
-Perfecto castellano y computación, que en realidad es sólo saber manejar el procesador de palabras –dije-. ¿Por qué va a reescribirla?
-Perfecto castellano en cuanto a que escriba absolutamente sin errores, no piense que va a tener que reescribir la novela -contestó.

Yo todavía no sabía cuánto iba a ganar sencillamente porque sucedía que no tenía ocasión de preguntarlo, o porque quizá me parecía irrespetuosa la consulta visto los aires de gran escritor desconocido casi kafkiano que iba adquiriendo Samuel. Tampoco sabía mi horario efectivo de trabajo, porque Samuel me había explicado que muchas veces iba a necesitarme por la noche. Ignoraba por último, no, no tan último, por qué motivos reescribiría él su novela. Esto, sin embargo, me lo reveló al llegar el tercer día, cuando aún no habíamos empezado a trabajar en nada:
-Quiero agregarle un personaje.
-¿Cambia el asesino?
-Tal vez –dudó, con un resplandor en los ojos.

Creí entender que se le acababa de ocurrir que el nuevo personaje podría también ser el que cometiera el crimen. Era vampiro de cualquier idea, en especial desatinada.

-¿El nuevo personaje es hombre o es mujer? -pregunté, sin saber nada en absoluto de la trama ni del argumento.
-Es un gato, pero un gato blanco, un gato blanquísimo –subrayó- sin mancha. Aunque no importaría que tuviera alguna en realidad –en esto pareció leer el pensamiento de su empleada-. Lo importante es que sea un gato más o menos blanco. A propósito, ¿le gustan los gatos?
-Tengo una gata negra, se llama Octavia Gutiérrez –le respondí.

Cuando yo decía el nombre de mi gata, todos me preguntaban de dónde había salido el apellido, que no era el mío ni el de nadie cercano. Samuel fue el primero que tomó con naturalidad que la gatita tuviera su propio apellido con nombre de mujer.

-¿Sabe que el otro día me hicieron el juego de a quién salvaría yo si pudiera salvar a sólo dos personas? Me costó decidirlo, y después me di cuenta de que tendría que responder “a nadie”. Salí del paso diciendo que quería en realidad tanto a mis gatos que salvaría a dos de ellos, lo que es verdad, pero sería terrible tener que elegir.
-¿Tiene dos gatos? -fue la pregunta menos inteligente, porque se adivinaba en aquella elección una respuesta parecida a la que dio Samuel:
-No, ocho. Bueno, si le gustan los gatos podemos empezar a trabajar mañana por la noche.

O me estaba sugestionando demasiado o había algo un poco felino en la persona de Samuel, pero no sensual. Con el tiempo descubrí que mi nariz había pensado antes que yo; era probablemente el olor a gatos amontonados en su departamento de dos ambientes lo que me hacía ser tan intuitiva. Sin embargo, al poco tiempo descubrí que no eran ocho sino siete los gatos que tenía Samuel, que el número equivocado que brindaba se refería o bien a una antigua mascota que había muerto en Brasil o al micifuz extraño que introduciría en la novela.
-¿A qué hora de la noche? -se me ocurrió preguntarle cuando me despedía.
-A veces a la madrugada yo trabajo mejor … Podríamos empezar como a las dos, ¿o tiene inconvenientes?

El gato blanco
La novela de “mi patrón” iba a llamarse El gato blanco, y del modo como lo relaté más arriba empezó una historia que duró dos años y tuvo detalles humorísticos, escalofriantes, increíbles, esquizoparanoicos -¿me ayudan con los adjetivos?- más un juicio laboral final, que perdí; ¿no es poco, no?

Envío

Este trabajo está dedicado a jorgerv y su asombro de estar vivo y a quienes con él se asombraron y alegraron. También a Gloria, que ha reaparecido en el blog.

Y a quienes hablan como en oleaje, van y vienen por el blog, suben y bajan la marea de sus voces, tanto que a veces me parece estar leyendo la mejor traducción de Las olas, de Virginia Woolf (La agentividad sexual de las mujeres, una asignatura pendiente en el proceso de igualdad), o estar parada frente al mar (El Derecho del Mar).

Mora Torres

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