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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Agosto, 2008

El Libro de la Almohada

Debajo de mi almohada siempre hay un libro o un cuaderno; hace unas noches que está allí Ingleses excéntricos, de Edith Sitwell, en cuya tapa hay una explicación: es una galería de hombres y mujeres raros y pasmosos (se me ocurre recomendarles, aunque no se trate de un inglés, Jim Morrison).

En la solapa, una noticia: “Dame Edith Sitwell, cuyos máximos placeres eran la música y el silencio, falleció en 1964″.

La Sitwell es -aunque haya muerto es- una gran poetisa inglesa (Lenguaje poético), pero los poetas no tienen una nacionalidad muy definida porque ocupan el mundo (De la visión sistémica en el mundo real) y el universo cuando tienen la estatura de Edith (La hipótesis del origen transdimensional del universo o el Big Bang múltiple).

El libro bajo mi almohada no es de poesía abiertamente; es prosa (Algunas cuestiones de teoría literaria. El problema del género literario), y hasta prosa biográfica, pero es poesía por su fraseo y su humor; me ha deparado inolvidables risas tenues y búsquedas sutiles (Filosofía; el hombre en búsqueda de un sentido absoluto).

Edith Sitwell me presentó por ejemplo al bello Brummell, y a “Vejestorios y ermitaños decorativos”, lugar del libro en que hace un recuento de célebres longevos:
“Entre otras voces ancianas y temblorosas semejantes al canto del ruiseñor, que se quejan desde las blancas casitas amodorradas en esta soporífera noche de luna llena, podemos oír a los esqueletos espectrales del señor John de la Smet; del señor George King; del señor William Beatie; del señor Robert MaCride, y del señor William Ellis, quien por la misma época de los anteriores, en 1780, sufrió las convulsiones que lo convirtieron en polvo. Todas esas personas alcanzaron los ciento treinta años de edad y se deshicieron en un polvo verdoso a la luz de la luna llena… La señora Elizabeth Merchant falleció a los ciento treinta y tres, en 1761; la señora Catherine Noon, pálida y fantasmal, se extinguió en 1763, a la edad de ciento treinta y seis. El señor William Leland y la condesa de Desmond murieron ambos en 1732 a los ciento cuarenta, y la vieja dama Louisa Tusco los superó a todos al deshacerse en polvo a los ciento setenta y cinco…”. “Me han dicho que el siglo XVIII fue notable por la edad y frondosidad de morales e higueras, y es posible que aquel siglo tuviera también la fortuna de dotar a sus ancianos de extraordinarias longevidades”. “No obstante en una época anterior existió Thomas Parr, que fue pintado por Rubens cuando contaba ciento cuarenta años, cuya edad y proezas fueron celebradas en famosos versos, y que murió a los ciento cincuenta y dos, a pesar de la inadecuada desenvoltura de sus últimos años…”.

La cita, como si fuera una fotografía (La fotografía), fue tomada con la intención de retratar la escritura de la autora, y para que ustedes tengan una idea de mis alegrías -y a veces penas- nocturnas.

Pero hay un texto que suele estar bajo mi almohada y que no es de Edith Sitwell sino de alguien “infinitamente” anterior, El Libro de la Almohada es precisamente el título.

Fue escrito por una de las fundadoras -sí, fundadoras- de la literatura japonesa, Sei Shonagon.

Es el diario íntimo de una cortesana de fines del siglo X, cuando reinaba la dinastía Heian (Breve historia de Japón), que estuvo en la corte de la emperatriz Sadako y era hija de un poeta conocido.

Aun a pesar de formar parte del “servicio”, Sei Shonagon proclama su libertad por medio de la escritura: se narra a sí misma y narra su época, hace listas de sus gustos y aversiones, y termina componiendo, tal como Edith Sitwell, un libro de alta poesía y entretenida historia.

Sei Shonagon observó todo lo que traía cada jornada y estación tras estación, y hay hasta informes que certifican que está nevando sobre los cerezos.

Copio pequeñas partes de dos listados y un relato:

“Cosas desagradables de ver:
“Alguien cuyo vestido tiene la costura de la espalda torcida.
“El carruaje de un noble de la alta corte cuyas cortinas están sucias.
“Los niños que calzan zapatos de madera con sus faldas de pantalón. Sé que es la moda, pero no me gusta.

“Cosas sórdidas:
“El revés de un bordado.
“El interior de la oreja de un gato.
“La oscuridad en un lugar que da la sensación de no estar demasiado limpio.

“Una diáfana noche de luna
…Yo me quedé aparte, apoyada contra uno de los pilares.
‘¿Por qué tan silenciosa’, me preguntó Su Majestad.
Le contesté: Estoy contemplando la luna.
Me respondió: Eso es exactamente lo que quería oír”.

Envío

Hoy elijo unos poemas de Ungaretti, el italiano.
Para Osvaldo: “Entre la flor que tomo y la que doy/ la inexpresable nada”.
Para Nachicésar: “Me ilumino/ de infinito”.
Para todos, aparte de mis besos y abrazos: “Aquí llega el poeta/ y después vuelve a la luz con sus cantos/ y los dispersa// De esta poesía/ me queda/ esa nada/ de inagotable secreto”.

Mora Torres

Editorial

Tips para darle un mejor uso a Excel

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General

Lolita Torres, Bioy Casares y La pata de mono

Yo era bastante joven y él, un anciano notablemente hermoso, buen mozo y famoso -me gusta rimar.

Estábamos en una de las Ferias del Libro que nos regala abril, desde hace años, en Buenos Aires; él tristón y sentado junto a un mostrador con sus obras, yo merodeando por todos los rincones de los atlas, colecciones de arte y otros pasatiempos (La invención de Morel).

Hacía poco que había muerto Borges, ¡y me acerqué a darle “el pésame” a Bioy Casares! (Bioy Casares y Cortázar).

Como acababa de comprar una nueva edición de la antología de literatura fantástica seleccionada y traducida por él, su mujer Silvina Ocampo (Literatura argentina: notas y entrevistas) y Borges, nada me pareció más apropiado que hacérselo dedicar al autor que se encontraba presente -el muerto estaba en Ginebra, Silvina en su casa.

Tomó su lapicera de oro, abrió el volumen y preguntó mi nombre -yo era en esa época, para todos, “Morita Torres”.

Su expresión melancólica viró a pícara: había encontrado el modo de hacer un chiste entre tanta vana solemnidad: “¿Lolita Torres?”, preguntó, pero no esperó mi resentida respuesta y escribió: “Para Lolita Torres, mi actriz predilecta, con el cariño de Adolfito”.

Cerró el libro y no vi hasta llegar a casa la dedicatoria, pero de entre los cuentos y relatos me recomendó leer primero “La pata de mono”, de W.W. Jacobs.

La broma respecto de que yo era la muy célebre (mundialmente) Lolita Torres, no tenía nada de inocente; Bioy confesó muchas veces su afición por actrices y vedettes, aunque ella era talentosa, de belleza angelical y casta.

Leo “La pata de mono”

Siempre me habían interesado los orígenes de la tradición -tanto oriental como occidental- de pedir tres deseos y también de callarlos, de convertirlos en un secreto hasta que se cumplieran.

En el relato indicado por el sarcástico Bioy Casares, relato del que muy poco puedo decir a riesgo de que me “linchen” los amigos interesados en leerlo -lo recomiendo, espanta de verdad-, los deseos formulados a una retorcida pata de mono que tiene el poder de concederlos se cumplen uno a uno, pero con sutilezas de nigromante W.W. Jacobs consigue que tal concreción se convierta en terrible desventura.

Los tres deseos buenamente cumplidos

Pero no hay que inquietarse; todas las culturas, como dije, sostienen que si uno pide buenos deseos, se cumplirán y no ocurrirá más que eso, la alegría de conseguir algo muy preciado.

Cuando caen las estrellas fugaces es muy oportuno pedirlos (La estrella resplandeciente. Fábula. Siglo XXI).

Cuando por equivocación nos enfermamos -sí, nos enfermamos por equivocación- es excelente pedir buenos deseos para los otros, para los que tienen aún más problemas que nosotros (A través de los ojos de los niños)

Salud, dinero y amor

Se me ocurre que dentro del mundo convencional alguien inventó este abracadabras perfecto para resumir los tres deseos: uno va por ejemplo a la Fontana de Trevi y -mientras se tropieza con el fantasma de Anita Eckberg, o de Mastroianni, o de Fellini-, suelta una moneda y su mente ya está entrenada para que sin escarbar mucho resurjan las palabras “salud, dinero…”.

He pensado mucho en esta fórmula de la felicidad, desde hace tiempo que lo pienso (Ser feliz, neurociencia y deseo).

Empecé a examinarla preguntándome por el orden de los “factores”: primero la salud, luego el dinero, por último el amor.

Si miramos como personas que buscan “éxito” en el presente, algo le está faltando.

Deberían poder pedirse cuatro deseos para triunfar en lo mundano: salud, dinero, amor y conocimiento.

Si miramos como personas que finalmente despertaron, o derribaron falsos ídolos, todo le está sobrando (”Budismo” ), ya que la idea es no tener deseos; y esta idea no es sólo de las filosofías budistas, hinduistas, cristianas, islamistas; es también la verdad de Séneca y Epicuro, por ejemplo: no desear, para vivir en plácido contento.

Pero ya estoy llenando de nombres culturosos el blog…; les cuento, yo no soy nada culta en general, pero en estas materias me dediqué desde chica a leer a esa gente y mi memoria no las apaga.

Claro que creo que cada mensaje de cada uno de ustedes escrito con el amor que no se pide entre secretos es más valioso que cualquier filosofía, que los que nos dejaron Sócrates y Plotino y todos esos de los que César gustó y abandonó, María Celeste gusta y Joise trasciende mientras Osvaldo y José se convierten en grandes narradores, Soledad en Maestra, Socorro en una inteligente iconoclasta, Gloria y Blanca disfrutan con Norma de la gloria y algún “descarriado” aporta un trozo de penumbra.

Los abrazo y les pongo en las manos esta frase de Saint Martin escrita en pergamino: “Hay seres a través de los cuales Dios me ha amado”.

Gracias también a Norma, a los poetas Vancho I y Nerudaoruga y a aquellos en quienes pienso en silencio por hoy, por falta de espacio.

Mora Torres

Editorial

Invitacion al viaje

No sé si a ustedes les pasa, pero a mí suele instalárseme una idea -las más de las veces elemental (Psiquismo y elementales)- y paso horas girando en torno a ella como si hubiera descubierto el mundo (Origen y significado de América Latina a partir del descubrimiento de América).

Tal vez porque había leído hacía dos noches a Baudelaire, “La invitación al viaje” -Mira en esos canales/cómo duermen los barcos/que tienen corazón de vagabundos-, y la trama de su poesía (Análisis literario de poemas) me llevaba a viajar, a “destejer el arcoiris”, fue que se me ocurrió pasarme todo el fin de semana dándole vueltas a la palabra viaje, a sus significados y a sus usos (Más allá de las palabras).

Primero advertí la cantidad de viajes que -aparte de los de Baudelaire (De las abrumadoras calles de Baudelaire a los fantasmagóricos pasajes de Benjamin), y también de los de Rimbaud en su “Barco ebrio” (Cómo serán los viajes a través del tiempo)- invaden la literatura, la física, la historia (Colón en los primeros años del siglo XX), la psicología, las filosofías y religiones.

Después vino la pregunta inevitable con sabor de infancia: ¿por qué viajan las personas? (¿Por qué viajan los hombres?).

Traté de imaginar al mundo desde el principio sin el empeño de viajar y sin curiosidad por lo extranjero o por lo desconocido, ¿cómo lo ven ustedes?

Sin duda sería un lugar al que sólo se podría describir con adjetivos como oscuro; se me ocurren además palabras como páramo, esterilidad, hielo.

Porque los viajes son exteriores e interiores, físicos y espirituales, cuando se emprende uno de los dos aspectos del viaje también se encuentra el otro.

Yo he ido a la India en una ensoñación…

Las Memorias de Adriano narran esencialmente las muchas travesías de este emperador por la tierra y el alma, y quien las narra es una viajera de ambos mundos, Marguerite Yourcenar.

Envío

Al hablar de Yourcenar recuerdo que hoy debo ser más agradecida que nunca con ustedes, ¡me dieron tanto!, que copio lo que en una oportunidad contestó ella a la pregunta “¿No tiene usted la impresión de ser sobre todo una intermediaria, una médium, en fin, alguien a través de quien ha pasado algo?”:

“Absolutamente sí, y es por eso que en el fondo sólo tengo un interés limitado en mí misma. Tengo la impresión de ser un instrumento a través del cual han pasado corrientes, vibraciones”.

Luego, Marguerite Yourcenar nos acerca un pensamiento del gran Saint Simon, y yo lo recojo para ustedes:

“Todo viene de más lejos y va más lejos que nosotros. Todo nos rebasa y uno se siente humilde y maravillado de haber sido así rebasado y atravesado”.

Tal vez copio todo esto como respuesta para Jorge, que interrogó: “¿Estás satisfecha?”, y para Osvaldo y María Celeste, que respondieron por mí. La cita contesta más de lo que yo podría decir, y les confieso que -al obsesivo “viaje”- se incorporó lo de si estaba o no satisfecha, cuando apareció este otro tema. Porque, en verdad, algo satisfecha estoy, pero exclusivamente por la devolución que me da “el club de los jueves” (que ahora es de los miércoles).

¡No me atormenten con tales interrogantes y comprendan: “Pascal tuvo su abismo que con él se movía”!

Por las dudas: no soy ni remotamente alguien parecido a los luminosos autores de mis citas, pero me sirven sus enormes concepciones…

Los abrazo a todos, e incluyo a Soledad, “la nueva”.

Mora Torres

Editorial

Esparcimiento: El juego MonoDocs!

Todos sabemos que también es importante contar con un espacio para el esparcimiento.

En esta oportunidad, además de una recomendación, queremos destacar y felicitar a Arielo, uno de los moderadores de los Foros de Monografias.com, quien ha creado una atractiva aplicación: “MonoDocs!” basado en parte del trabajo que hacemos día a día en Monografias.com.

Los invitamos a que lean las instrucciones del juego en nuestro Foro: “Juego MonoDocs!“, y quienes deseen utilizarlo pueden descargarlo haciendo click en la imágen del mismo o desde aquí: Descargar MonoDocs!

Felicitaciones Arielo en nombre de todo el Equipo de Monografias.com!

Sebastian Alvarez

Monografias

Desmayarse, atreverse, estar furioso

El amor tiene tantas definiciones y, a la vez, nombra a tantos objetos -”amores”- distintos, que tengo que hacer una aclaración sobre lo restringido del tema de hoy.

Trato de tratar sobre el amor “de novios”, como se llamaba “antiguamente” (Filosofía del amor).

No es un misterio superior que el del Amor entero (El amor, un sentimiento que mueve al mundo), pero está lleno de secretos (Extendiendo la autopercepción o la autoconciencia, desde el punto de vista metafísico y racional).

Se dice que es una construcción cultural que empezó con el amor cortés (Le Roman de la Rose, de Guillaume de Lorris).

Yo no lo creo; el amor cortés organizó sus rituales, a lo sumo.

Dicen también que los poetas románticos lo refrescaron y le dieron matices de sueño; eso es verdad, pero no sé muy bien qué es primero, si el Joven Werther creado por Goethe muriendo por amor o los suicidios en masa de jóvenes -previamente “románticos”- después de llorar sus aventuras.

El amor es la gran pesadilla: uno siente que los violines se desangran de verdad, como si la poesía no fuera ninguna “construcción”; que el mundo no tiene importancia, sólo la tiene la burbuja donde como en los cuadros de El Bosco paseamos él y yo, o él y ella, o él y él, o ella y ella.

Como es una burbuja, con un soplo se rompe, pero la experiencia es para bien: un crecimiento en los jardines secretos del corazón y de la mente.

Qué es el amor cortés

El amor cortés es el de los caballeros andantes por sus damas -y no a la inversa pero a veces sí…-, y
he aquí una delicia de definición de caballero que da el sabio alquimista Ramón Llull:
“…Y por eso se hicieron del pueblo grupos de mil, y de cada mil fue elegido el hombre más amable, sabio, leal y fuerte y con espíritu más noble, mejor educación y modales. Se buscó entre los animales cuál es el más bello y el que corre más y puede sostener más trabajo, y cuál es el más conveniente para servir al hombre, y por eso se eligió entre todos los animales el caballo, y se le dio al hombre que había sido elegido entre mil hombres: por eso aquel hombre se llama caballero” (Caballería Medieval y Los caballeros: el mensaje detrás de la espada).

-Yéndonos por las ramas, ¡qué bello, fotogénico, agraciado y agradecido es el caballo!- (El Caballo)

Tratemos de ser inocentes para hablar de él

Pero tratemos de ser inocentes; no discutamos -ni con nosotros mismos- sobre si el amor es o no un invento -lo que parece refrendar Arthur Rimbaud (La edad de oro de la burguesía) con su “orden”: “Hay que reinventar el amor”.

Tampoco, si tienen razón los científicos que aseguran que se trata de una patología pasajera (Bioquímica y sociología del amor).

Hay que tener presentes las deficiencias del idioma, de cualquier idioma, para distinguir las infinitas mezclas de invención, costumbre, “glándulas” y ritos heredados que conforman aquello que al principio -cuando se llama enamoramiento- nos hace vislumbrar o volver al paraíso.

Ahora, es digno de recordarse que no hay místico que no hable de esas mismas limitaciones del lenguaje en cuanto a referir experiencias sobrenaturales: ¿no tendrá algo de eso el amor “de novios”?

Psicólogos y en especial psicoanalistas gustan del amor, ya sea para rebatirlo o comprenderlo; ya sea para hacernos pensar en que si les quitamos el celofán y los moñitos, nuestros enamoramientos son parecidos a los de los insectos y los pájaros; o para asombrarse hondamente, como Jung, y considerar que el amante ve a Dios en el amado: “Amada en el Amado transformada”, escribiría San Juan de la Cruz (en lo que dicen es una metáfora del amor a Jesús, su poema Noche Oscura del Alma).

Lope de Vega dijo con otra gracia que la de San Juan, pero también inmejorablemente:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde, animoso,
no hallar, fuera del bien, centro y reposo:
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso.
Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor; quien lo probó lo sabe.

Envío:

El tema de hoy es una desviación, o ramificación, de la entrada anterior: se cocina con amor, se atrae con la comida que es como una caricia, la voluptuosidad tiene colores, saberes y sentires…

De “la comida” participaron amorosamente además todos ustedes, cada uno con su contribución, llevando su platillo; luego José Itriago contabilizó además las viandas que habían servido.

Espero historias de amor ahora, si es que tienen ganas de contármelas.

Espero la Diotima de Joise, y tantas otras Dulcineas esquivas y Quijotes, y castos Abelardos o Eloísas.

Y los abrazo con un abrazo puro, no vayan a creer…

Mora Torres

Monografias

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