Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Julio, 2008

La divina comida

No es nada posmoderna la relación entre el arte y la alimentación: las primeras obras pictóricas eran la comida que nuestros ancestros estaban a punto de salir a cazar o que ya habían devorado (La pintura de la relación geográfica de Metztitlan).

Sobre los muros de cuevas antiquísimas, estilizados animales nos cuentan la historia (Historia de la pintura).

Y la historia de la pintura en sí rebosa de mesas preparadas para la fiesta tanto como de “naturalezas muertas” y de sobras del festín (Historia de la caricatura); hay rostros que impresionan hechos por Arcimboldo, alguien a quien considero un surrealista del siglo XVI, rostros compuestos por frutas y verduras que mutan en facciones humanas (Dadá y el surrealismo).

Más allá de las delicias preparadas por Leonardo da Vinci -nadie ignora que fue cocinero además, inventor de recetas de cocina y organizador de fiestas- ¿quiénes habrán sido los privilegiados que saborearon y destruyeron al comérselas sus pequeñas esculturas de mazapán?, y, esté donde esté esa gente, ¿no sentirá algo de culpa?- existen otros artistas y escritores que se ocuparon del arte cocineril (La breve sonrisa de Leonardo).

Marcel Proust (La metaforización de la filosofía) sirvió mesas espléndidas (digamos que las describió) en su En busca del tiempo perdido; tengo entre mis personajes más amados a su arisca cocinera Francisca, y he llegado a tratar de imitar su “Arroz a la emperatriz” y otras delicias y dulces.

¿Y el pan?… (La oración del “Padre Nuestro”). Es Dalí (Salvador Dalí) quien en el siglo XX lo honra, considerándolo emblema hecho de harina, fuego y agua, y lo usa en sus cuadros junto a otros alimentos, como Construcción blanda con judías hervidas. Premonición de la guerra civil.

Otro cuadro de Dalí es de nombre enigmático: Canibalismo de otoño, y otro me hace sonreír: Huevo al plato sin el plato, y repetir lo que en alguna ocasión dijo: “El paraíso intrauterino tenía el color del infierno, es decir, rojo, anaranjado, amarillo y azulado, el color de las llamas, del fuego…”.

(La cita anterior me hace acordar que, por si acaso, debo contarles que el título de esta notícula tiene un significado literal y otro que alude a La divina comedia de Dante; después de todo el arte es alimento que previamente se amasa y se cocina.)

Los Caballeros de la Cuchara de Palo

Creada por un grupo de vecinos de la localidad jienense de Guarromán, España, la Muy Ilustre y Noble Orden de los Caballeros de la Cuchara de Palo, fundada en 1980, se propone recuperar sus viejas tradiciones culinarias, pero además “conservar, promover, divulgar y promocionar el mundo del olivo jienense y la gastronomía de esta tierra andaluza”.

La Cuchara de Palo tiene entre sus miembros, para dar un ejemplo de celebridades, a Felipe de Borbón, el juez Baltasar Garzón, el torero Enrique Ponce… y estuvo por allí el premio Nobel Camilo José Cela, antes de dejar esta tierra.

El conejo rosado

De chica, antes de aprender a leer, uno de mis libros preferidos era un recetario de postres y tortas con fotos impactantes; yo lo hojeaba antes de dormirme y me llevaba al sueño con la imagen de un pastel en forma de conejo con orejas rosadas.

Tal vez fue cuando entendí que aparte de manjares, hay hambre en el mundo -y dolor- que dejé de soñar; pero disfrutar arte y comida artística me sigue gustando, sigue siendo uno de mis hábitos o “pecados”.

Envío

Querida Gloria: los poetas no mueren, apenas si se trasladan o se mudan. ¿Podrías decirnos el nombre del poeta que se mudó?

Queridos Todos: ¿recuerdan qué “alimenticio” era el comienzo de El Quijote? Ya la segunda frase reza: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos* los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos…”.

Esperando recetas asombrosas y los comentarios creativos -y creadores- de siempre, los abrazo aunque tenga las manos pegajosas de masa…

Mora Torres

*Duelos y quebrantos son “las extremidades y asadura de los animales”.

Editorial

Solamente con mirar

En el mundo conviven cosas agradables, seductoras, con el dolor, la angustia, la desesperación; y casi podría decirse que unas no podrían vivir sin las otras: todo eso lo sé porque percibo, claro, y a veces porque trato de mirar (Guamán Poma, escritor por el dolor de su pueblo).

Para lo que no encuentro muchas explicaciones es para el aburrimiento -y el aburrimiento existe y está seguramente en quien tiene los ojos, los oídos, el olfato y el tacto dormidos, ya que los paisajes pueden aparecer y los objetos ser observados con cualquiera o con cada uno de nuestros sentidos (Nuestras percepciones).

Es más, aun no teniendo casi ninguno de ellos, hay seres extraordinarios que vivieron presentes en su tiempo y disfrutando de él -de la música y hasta de la pintura, como Hellen Keller (Herbert Marcuse. El lenguaje funcional).

Leí un libro de Diderot llamado Carta sobre los ciegos para uso de los que ven en el que el escritor explica -según el relato que ella misma le hace- cómo ve una muchacha ciega los contrastes y matices del color; y cómo un geómetra sin ojos (Sobre el Discurso del Método, la Dióptrica, el Meteoros y la Geometría) enseña su materia, en la cual parecería que nada puede librarse de la forma, y que la forma es percibida sólo con la vista.

Cuando era chica mi madre me fascinaba con un versito que terminaba así: “Cuando la vista se acorta/ es cuando se empieza a ver”.

Dije que no entendía el aburrimiento, y me fui por las ramas

Sí, me fui por las ramas.

Porque lo que quería decir es que quien mira, ve, observa, no puede jamás aburrirse en el mundo -aunque tal vez esto sólo me parezca a mí.

Para la filosofía oriental (La filosofía oriental en la concepción de hombre), el célebre “Despertar” no es un momento en que el mundo se convierte en milagroso y caen flores del cielo y uno las ve; el verdadero despertar es empezar a comprobar que el mundo es efectivamente un milagro -para cualquier camino de búsqueda, incluido el de los que no creen en nada.

Para abrir los regalos que la vida nos dio cuando nacimos, considero que basta observar y, observando, olvidar la manía de clasificar como quien deshoja margaritas: me gusta, no me gusta, e inaugurar el hábito de develar: ¿qué tienen para decirme esta fruta, este cielo, esta invención científica (Nivel de Invención), este error de la gente? ¿Por qué me deslumbra el anochecer en el río, con la luna reflejándose? ¿Porque es bello? ¿Y qué es lo bello, lo bueno, lo malo, lo feo, lo liviano, lo grotesco de los objetos? (Adorno, Theodor Wiesengrund).

Llevamos incorporada una máquina de percibir que es como un caleidoscopio no sólo de colores y formas sino de perfumes, de sensaciones táctiles y gustativas.

A los niños se los lleva a los museos y en el mejor de los casos se les explica un poco antes de salir del aula ciertas “técnicas” de observación; pero a observar no se aprende en rápidos resúmenes o manuales.

Sin embargo, tal vez haya una “técnica” que ayude: la de hacerse y contestarse preguntas (ante un cuadro o cualquier mínimo objeto o variación de temperatura), ya que, como escribe nuestro ya mencionado muchas veces Gaston Bachelard, “todo conocimiento es una respuesta a una pregunta”, y agrego humildemente que, si indagamos lo suficiente para dar nosotros mismos con la respuesta, la percepción es doble (es mariposa de cuatro pares de alas la percepción, lo sabían los antiguos).

Envío

Me gusta Pascal cuando se admira de “La diversidad que es tan amplia con todos los tonos de voz, todas las maneras de andar, de toser, de sonarse, de estornudar… Una ciudad, un campo, de lejos es una ciudad, un campo, pero a medida que me acerco son casas, árboles, tejas, hojas, hierbas, hormigas, patas de hormiga hasta el infinito; todo eso estaba dentro del campo”.

Y miro la pantalla de la computadora como Pascal miraba esa “ciudad-campo” (ciudad y campo estaban muy unidos en su época): hay rostros, manos, escrituras, pensares y cantares dignos de la mayor atención, y mis amigos del blog, que son los que mayor interés me despiertan (”la carne es flaca”).

Para ellos hoy busqué a mi poeta preferido entre todos, de origen lituano, que escribía en francés generalmente; los que transcribo son fragmentos de la traducción de Lysandro Z. D. Galtier de “La extranjera”, de Oscar de Lubicz Milosz:

Yo nada sé de tu pasado, has debido soñarlo;
sí, has debido soñarlo, de seguro.
Sólo vislumbro tu rostro en la irisación grisácea de la lluvia.
Noviembre sepulta el paisaje, y mi vida.
Nada sé y nada quiero saber de tu pasado.

Tus ojos me hablan de brumosas ciudades últimas
que no he de ver jamás
y cuyos nombres jamás oiré en tu voz.
Noviembre cae sobre mi alma, y también sobre la llanura.
Yo te veo, oh desconocida, a través de un tiempo Otro.

Son cosas desde hace mucho muertas,
irremediablemente muertas;
músicas sofocadas, ajadas lujurias.
Podría asegurar que noviembre aguarda tras la puerta.
Veo además vivir en tu pecho aquello que tu corazón olvida.

Yo reconozco en ti a seres misteriosos,
a viajeros con rumbo secreto
encontrados otrora en la bruma de las estaciones
donde todos los ruidos adquieren inflexiones de adioses.
(…)

Es algo triste a pesar de su belleza; en la obra de Milosz (les aclaro que no es el poeta que obtuvo el Premio Nobel aunque llevan el mismo apellido -es el tío del Nobel) hay una evolución muy sabia; llegan a ser místicos versos a la alegría, algo oscuros pero a la vez inolvidables; prometo hablar de él y de su historia alguna vez.

Abrazos: hoy son de mariposa cuadruplicada.

Mora Torres

Editorial

Ganamos nuestro acento

Post redireccionado a nuestro Blog Institucional: Ganamos nuestro acento

Empresa

El oro y el moro

“El oro y el moro”, dicho que significa “retener más de lo que le corresponde a uno por derecho” (Derecho).

Con su cortejo de misterio y aire desconocido, bajo su velo de iluminismo y su carácter maravilloso, la alquimia evoca toda una serie de lejanas historias, de relatos milagrosos, de testimonios sorprendentes. Sus teorías singulares, sus extrañas recetas, el renombre secular de sus grandes maestros, las controversias apasionadas que suscitó, el favor del que gozó en la Edad Media, su literatura oscura, enigmática, paradójica, parecen desprender el olor enmohecido, de aire rarificado que adquieren, por el largo paso de los años, los sepulcros vacíos, las flores muertas, las viviendas abandonadas, los pergaminos amarillentos. Fulcanelli

Es sabido que no hay que aceptar cuando nos prometen el oro y el moro; no obstante, aunque podamos prescindir del moro, para los humanos el oro -por el motivo que fuere: su belleza, su poder o su mitología- es irresistible (El oro maldito y la teoría del sapo)

Busco en Monografias.com la palabra oro, y aparecen: fiebre del oro, edad de oro, siglo de oro español, La ajorca de oro de Bécquer, El escarabajo de oro de Poe, el becerro de oro, El gallo de las espuelas de oro y la cresta de oro (Lo rural maravilloso en la narrativa de Guillermo Morón), y tanto oro más que forma una montaña indescriptible e intranscribible.

Leo en “El Blog de Salmón” en Internet que “Hay que recordar que este metal amarillo es sólo eso, un metal amarillo. No obstante históricamente se le ha dado mucho más valor, y el único valor adicional que tiene es la propaganda desde hace siglos de que este metal es algo más que un metal”…

…y eso es precisamente lo que deberíamos indagar, ¿qué hay en el oro que lo hace espléndido también para el espíritu?
Dice Sancho Panza (Sentido del humor) que “el amor, según he oído decir, mira con unos anteojos que hacen parecer oro al cobre”
Y en los Versos de Oro atribuidos a Pitágoras (Historias de matemáticos), se lee al final: “Si descuidas tu cuerpo y lo dejas volar (es decir, no lo abrumas con joyas pesadas como el oro) / hasta la libertad de los mundos del aire / serás un dios incorruptible e inmortal / ya no sujeto a la muerte”.

Las carretas del oro

Veo en mi infancia mágica pasar carretas con mujeres, con niños; levantar campamentos, lavar ropa en el río (La resistencia en la infancia y pubertad).

Los hombres iban adelante con herramientas que me parecían sacadas de los cuentos de niños pero cuyos nombres no conocía; había redes de cristal, objetos con números grabados, metros de madera, hierro, balanzas para pesar cada pepita de oro imaginada, soñada o recogida (Memorias de un aventurero venezolano: Rafael de Nogales Méndez).

Veo pasar y pasar todo eso sin poder oler, ni palpar ni palpitarlo más que con mi imaginación infantil, porque estoy plácidamente sentada en una butaca de un cine de mi barrio (Cine).

Un día, en ese cine, reponen La quimera del oro, con Chaplin; es acá donde el personaje de Charlot ofrenda una de las más exquisitas escenas del cine: cuando come la suela de sus zapatos, con hambre y esperanza.

Llego a mi casa de ver esa película y enfilo hacia la parte de la biblioteca que mi padre me deja leer: la Colección Amarilla, libros de aventuras juveniles, y descubro a quienes escribieron sobre esa “fiebre del oro”, por ejemplo Jack London, por ejemplo el autor de “mi” Tom Sawyer, el vital y profundo Mark Twain.

La aurora luminosa

Hoy, entre mis libros, se escucha la voz de Fulcanelli.

Éste es un extraño caballero que vivió desde fines del siglo diecinueve hasta 1930, en Francia, y de quien todas las noticias -las que aún quedan en viejos textos que junté- dicen que fue “el último alquimista”; su apellido en realidad es un seudónimo de alguien cuyo nombre no se recuerda o no trascendió.

Copio de sus Moradas Filosofales: “el exterior es llevado al interior, el interior es manifestado al exterior, y entonces es el Oro Probo”.
¡Quién pudiera encontrar ese oro!

Todo lo relacionado con el oro tiene matices de leyenda, misticismo, lirismo.

De los primeros a los últimos buscadores de esa sustancia mágica -¿saben que en la actualidad la búsqueda de oro se practica como “deporte”?- hasta los primeros y los últimos alquimistas, la búsqueda es la de un “fuego noble”; en algunos casos una metáfora de la transmutación: en latín oro quiere decir “aurora luminosa”.

El oro, aunque también es símbolo de dinero, tiene una larga trayectoria de emblema de lo puro, de resultado límpido y luminoso de todo lo oscuro y corrupto que el fuego quemó.

Envío

Antes del “envío”, diré algo que puede molestar -pero no es esa mi intención, sino la de decir lo que es mi más honda convicción: Dios creó todas las religiones (las buenas, las nobles).

Hoy quiero “regalarles” un fragmento del maestro zen contemporáneo Sokei-an Sasaki:

“Un día borré de mi mente todas las nociones. Abandoné todos los deseos. Descarté todas las palabras con las que pensaba y me quedé quieto. Me sentí un poco raro, como si fuera llevado hacia algo… cuando ¡paf! entré. Perdí los límites de mi cuerpo físico. Desde luego tenía mi piel, pero sentía que estaba en el centro del cosmos. Hablaba, pero mis palabras habían perdido sentido. Vi gente que venía hacia mí, pero todos eran el mismo hombre. ¡Todos eran yo mismo! Nunca había estado en este mundo. Había creído que yo había sido creado, pero ahora tengo que cambiar de opinión: nunca fui creado. Yo era el cosmos. No existía ningún señor Sasaki individual”.

Estoy a punto de creer que soy ustedes…

Los abrazo y me abrazo

Mora Torres

Editorial

La escritora fantasma

Hace unos días me puse a arreglar la biblioteca (Función social de la biblioteca pública).

Desempolvaba libro tras libro mientras rumiaba “reflexiones” como: “La cultura y la salud no están siempre de acuerdo”, debido al polvo que había levantado yo en el cuarto (Humanismo y cultura y Psicología de la salud), lo que me condujo hacia el recuerdo del soneto de Quevedo (Figuras retóricas) que termina diciendo: “polvo serán, mas polvo enamorado”; y de allí, con unas pocas “ideas” más, mi mente concurrió a preguntarse si, en la época de Quevedo y aparte de las muy famosas Teresa y Sor Juana (Acercamiento a la obra literaria de Sor Juana Inés de la Cruz), o antes aún, no habría habido escritoras y poetas en lengua española.

Casi de inmediato, un segmento de libros que todavía no había limpiado se desmoronó.

Uno de ellos fue a dar más lejos que los otros, y corrí a recogerlo, porque me parecía desconocido, como que nunca antes lo hubiera tenido en las manos.

Era verdad, no lo conocía.

Se llamaba Las escritoras españolas, de Margarita Nelken, un ejemplar de 1930 de la extinta Editorial Labor de Barcelona, (Redes de mujeres: Un desafío para las tecnologías de la información y la comunicación).

Cayó abierto en la siguiente frase: “Abundan las citas que prueban el desprestigio en que sus contemporáneos tenían a las juglaresas o juglaras” (Época Medieval).

Me estremecí; alguien, algo, me estaba dando una respuesta; ponía frente a mí la fuente donde podría apagar mi sed.

Alguien, algo, ¿un fantasma? (El Fantasma Victoriano).

Habla el fantasma

Luego de advertir que no recogerá en su ensayo a “las escritoras que sólo empuñaron la pluma para disculparse de los cargos de herejía, o para rechazar el peligroso calificativo de ‘alumbradas’” (Santa Inquisición), el primer capítulo del libro de Nelsen se titula “Mientras se forma el idioma”, y asegura que las mujeres de ese momento -varias y muy creativas y cultas- escribían, por supuesto, todavía en latín.

Explica que es a partir del siglo VIII cuando la Córdoba española se convierte en la Atenas de esos tiempos, donde conviven tres civilizaciones en paz, con señalada intensidad, con sus mujeres talentosas: la árabe, la judía, la cristiana… esa Córdoba de la que la monja Roswitha, enclaustrada muy lejos, cerca del Rhin, escribe: “es la gala del mundo” (La conquista de Córdoba y de su reino).

Y que yéndonos al siglo XIII, ya podemos hablar de escritoras de códices y de juglaresas:
“Conviene no confundir a las grandes damas que gustaban de presidir cortes de amor y actuar en éstas o alentar con su afición a los trovadores con las juglaresas y soldaderas que trabajaban -cual su nombre lo indica- por una soldada. Entre unas y otras existía la misma diferencia social que entre trovadores o juglares nobles y profesionales: los primeros no admitían retribución; los segundos se ganaban la vida cantando y recitando (…) Entre las mujeres que pueden ser incluidas en el grupo de trovadores las dos que más se destacaron fueron Bertanda de Forcadels y Guillermina de Sales, y vivieron, la primera, en tiempos del rey don Martín de Aragón, en Tortosa, en donde formó con sus damas un verdadero Parnaso, y la segunda, esposa de Hugo Mataplana, el Conde Trovador, a principios del siglo XIII, en el Castillo de Mataplana, convertido por ella en importantísimo centro literario”.

¡Maravilla de maravillas!; María Celeste, “La López”, Gloria, Socorro, Blanca Estela, Ylba María, y varias más, no son las primeras trovadoras; no son las primeras juglaresas, ni las últimas, con toda seguridad, aunque sus caminos sean las rutas (peligrosas algunas) de Internet, y no el Languedoc…

Envío

Querría saludarlos a todos, decirles otra vez que son ustedes los dueños de las notas, porque el valor de sus comentarios no se compara con mi simple “abrir fuego”.

Les dejo de regalo el mejor soneto del mundo, según juzgan gravemente los estudiosos; es del muchas veces nombrado Francisco de Quevedo, y seguro que alguno de ustedes tiene algo para reflexionar sobre el poema:

Amor constante más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no desotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Ah, y el estudio de nuestra fantasma -Margarita Nelken- rescata a cientos de mujeres literatas, y llega hasta el siglo XIX (¡si no fuera porque tengo tan limitados espacio y tiempo les contaría más!).

Abrazos sin tiempo y sin espacio.

Mora Torres

Editorial

El fracaso y la gloria de Confucio

Se dice que Confucio no era un reformador sino un conservador (Resumen del libro “Con los valores quién se anima?”); que no se ocupó del espíritu sino de la forma, que su principal logro es el de haber organizado el imperio chino…

…nombro a Confucio porque quizá alguna de sus enseñanzas podamos rescatar para esta época… (Filosofía oriental en la concepción de hombre).

Confucio nació unos 500 o 600 años antes de Cristo -época muy concurrida por grandes pensadores universales: Lao Tse (La educación de la China), Buda (Energía cósmica inteligente), Sócrates (La forma del conocimiento del amor en Sócrates)-, cuando ya se había apagado el recuerdo de las primeras comunidades -en ellas la gente se había puesto de acuerdo y transcurría la vida con serenidad.

También se dice que Confucio era un hombre ambicioso: por lo que llevo leído, fue casi “un simple” de tan poco ambicioso (Tipos de motivación).
Sólo que estaba tan seguro de que su pensamiento salvaría a su país, que intentó ocupar diversos cargos públicos: nadie se los otorgó, aunque acosó a reyes y ministros con sus enfáticas convicciones.

Existe una leyenda romántica respecto de nuestro personaje, que le atribuye una vida de éxitos, pero lo cierto es que vio la luz y murió en la China anárquica, la de los terrores del “Período de los Estados en Guerra”, durante el cual pueblos enteros eran ejecutados en masa por el deseo del vencedor-conquistador –hay registros de matanzas de 40.000, 80.000, 400.000 personas.

Debido a tanto caos e individualismo, se vio obligado a pensar en una cuestión única: ¿cómo hacer para que los hijos de una sola nación dejen de destruirse unos a otros, cómo enseñarles valores solidarios? (Individualismo).

Confucio no era un reformador ni tampoco un místico: era un lúcido desesperado que comprendía que la solución –si alguna vez los humanos nos volvíamos sensatos- pasaba por la unidad de todos, por “el pegamento” que mantiene unidos a los seres de los distintos niveles sociales.

Ahora bien, ¿qué consideró él adecuado para solucionar los problemas de la comunidad?

No del todo la razón, sino especialmente las emociones que surgen de la convivencia y de respetar conjuntamente las tradiciones, bajo el perfume de los rituales, era considerado por Confucio el pasaporte de la salvación (Emociones y salud).

La Era de la Gran Armonía es la edad dorada de los chinos, y aun para Confucio quedaba en el pasado: “Dado que entonces las costumbres eran obligatorias, la gente las respetaba, y dado que estaban muy bien forjadas, el respetarlas producía paz y felicidad”.

Sabemos que la sabiduría de Confucio se empezó a aplicar mucho después de su muerte, y que su gloria no abarcó su vida: terminó sus días en la pobreza y jamás ocupó el puesto público soñado para preparar convenientemente a su pueblo.

Envío

Quiero saludar especialmente a nuestros amigos colombianos –aunque el mundo entero es el que festeja- por el rescate de Ingrid Betancourt y otros catorce rehenes de las FARC.

A todos: tal vez si se examina con cuidado, mi nostalgia de Confucio es una respuesta a los destacados aportes que ustedes hicieron en el último post. Gracias también a todos los que participan con tanta generosidad desde hace varios meses.

Mi creencia actual, que abreva en Confucio, de que pueden “construirse” personas más desinteresadas y nobles, tiene que ver con los aportes que a lo largo de mucho tiempo se han tomado el trabajo de hacer con inteligencia y las mejores intenciones ustedes, los participantes de este blog.

Como “obsequio”, acá les habla Confucio, aunque sea en su versión más cotidiana:

“Lo que podría conseguirse después de una pelea de tres horas, es seguro que se conseguirá con tres palabras impregnadas de amor”.

(Impregnadas de Amor, claro.)

Editorial

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