Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Junio, 2008

Tres reyes mandan en el poquer

No sé nada de póquer; tampoco sé jugar al truco; el título de esta nota fue extraído de la frase “Tres reyes mandan en el póquer y no significan nada en el truco”, para mí una de las más brillantemente resumidas alocuciones de Jorge Luis Borges.

Creo que el autor se refiere así específicamente a lo gratuito de la injuria, ya que, en efecto, el que agrede, en general, habla un lenguaje diferente al de su agredido; juega al truco con las cartas del póquer, o viceversa (El juego online: entre el ocio y el negocio).

El truco, para quienes acaso no lo conocen, es un juego de naipes de origen argentino, se juega con la baraja española (Inmigración a la Argentina 1830-1950).

Desde las tierras de los hombres antiguos

En las magníficas tierras de los hombres antiguos se reía con ferocidad (El hombre y el Universo).

El tiempo fue refinando las costumbres y la risa (y la burla) pasó a la literatura, a lo escrito, donde se convirtió en un torneo de habilidades tan cruel como los antiguos juegos de la guerra (Didáctica lúdica: jugando también se aprende).

Así Quevedo (La Ilusión. Su relación con sueño y proyecto de vida), dice -y describe para siempre, de un modo que ya no podrá ser superado, a un narigón:

“Érase un hombre a una nariz pegado…”

y todo lo que sigue en el soneto, por ejemplo la segunda frase: “Érase una nariz superlativa”, podría considerarse “predicado”, siendo el sujeto de tan eximia mofa sólo el “hombre a una nariz pegado”.

Maestro superado

Pero dejémonos de narigones que sólo por la gloria de los ingenios de Quevedo los menciono: mis más caros amigos tienen una enorme entrada al rostro que es su noble nariz, una puerta grande y bien labrada, como cualquier palacio (Arquitectura de Mesopotamia).

Dejemos a Quevedo, el enjuiciador de tantas formas, formalidades y narices para pasar a quien considero su heredero legítimo –aunque quizá superador- y que nombré al comenzar (no repliquen que no lo es, a menos que lo hagan con mucha gracia y donosura), Jorge Luis Borges, que dice en “Arte de injuriar” que al estudiar en profundidad los géneros literarios, se convenció de que “la vituperación y la burla valdrían necesariamente algo más”:

“El agresor (me dije) sabe que el agredido será él, y que cualquier palabra que pronuncie podrá ser invocada en su contra… Ese temor lo obligará a especiales desvelos”.

El arte de injuriar

La tragedia en todo su esplendor –la de los dioses, la de las emociones humanas- surge en cuanto puede, como crece la hierba entre las junturas de una baldosa o en las laderas de una montaña.

Sólo hace falta letra viva para que aparezca en el mundo toda la angustia, la alegría, la pasión, el fanatismo, el miedo y hasta el deseo de poner sobre la cabeza de alguien un enorme coturno –un coturno era una especie de zapato muy alto sobre el que se subían los actores griegos para representar detrás de sus máscaras, máscaras que a su vez eran llamadas “personas”, y de donde proviene nuestra palabra castellana para designarnos.

Basta para eso una carta escrita con letra infantil en un cuaderno tanto como un texto de Eurípides o Shakespeare.

Y la riqueza de las emociones que el arte o la ociosidad convocan es siempre conmovedora; nadie puede ponerle límites a esa vitalidad.

Sólo me gustaría que quien tenga ganas de insultar o insultarme –a mí o a mis amigos, por lo que aquí escribimos, ya sea que le produzca incomprensión, frío, duda o indignación ideológica- lea previamente el libro mencionado, Historia de la Eternidad, en su capítulo “Arte de injuriar”.

Ya saben que, así como otros siempre tienen un as en la manga, yo siempre tengo preparado “un Borges”.

Envío

La confortable sensación que da estar en este espacio es la de escribir juntos, la de reunirnos y opinar, la de hacer una fiesta también de las palabras y sobre todo saber que cada palabra escrita por ustedes o por mí llega comoquiera que llegue a los ojos y el corazón de otro alguien.

Todos estamos solos, pero no tanto.

Este momento de comunicación es como el antiguo sonido de tambores que convocan.

Tambores sagrados; siento que son sagrados por el estremecimiento que recorre todas las respuestas y la pasión por la poesía, es decir por la vida.

Gloria: como parte de la tragedia y la alegría, fuiste la gran protagonista de nuestro club el último jueves; ¡qué esfuerzo hicieron tantos amigos por ti y por mí!

Pero no es necesario que les agradezcas tanto, sino que los tengas presentes a todos en cualquier momento.

Y sigue leyendo y leyéndonos a Neruda (Dimensiones de la cultura en la obra de Pablo Neruda):

“Para que tú me oigas mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas…”

¡Hay que aprender a rezar hasta con los versos de Neruda!

Mora Torres

Editorial

La divina primera persona

Yo, tú, él, nosotros…; me enseñaron a conjugar los verbos en las personas correspondientes apenas empecé la escuela primaria (Escuela y cultura: una relación conflictiva).

De a poco comprendí que “Yo” es una construcción tan artificial como toda la gramática, como las represas, los puentes y las catedrales, como Internet (Análisis de la edificación y de su evolución actual).

Hoy me puse a pensar en otras construcciones más sutiles derivadas de “Yo”, como, por ejemplo, las figuras de baile (Propuesta de un programa de actividades físicas y coreográficas regulares que contribuyan a mejorar la calidad de vida del adulto mayor).

La divina Isadora: no danzar, no bailar, sino elevarse

Ella, Isadora Duncan, dijo que había empezado a bailar en el vientre de su madre, que había testigos de esa increíble danza, manos que rozaron los pies más pequeños del mundo cuando éstos llevaban el compás de la música dentro de una cálida cueva, de un asilo de carne temporario (Ponencia sobre la danza del vientre).

Que el médico, el obstetra de su madre, le indicó a la embarazada, para ritmar con esos pasos incipientes de ballet, una dieta que consistía sólo en champán y ostras (El pisco. Producto peruano).

-He oído que la comida de Afrodita consistía exclusivamente en ostras; no sé si habrá bebido algo similar al champán, que no se había inventado ni para los dioses- (Las Tres Gracias… Una celebración a la mujer).

Y bajo el signo doble, perturbador, inteligente y misterioso de los gemelos, Isadora nació el 27 de mayo de 1878.

Escribe Alberto Savinio que Isadora creía en la astrología celestial, y que estaba segura de que los dioses la favorecerían, cuando ya todas las divinidades habían muerto –a pesar de que Wagner hubiera intentado su rescate (Astrología).

Aunque ella llegó un poco tarde al siglo XIX, todavía faltaban unos años para el cambio de centuria y para el cambio de ciertas nociones “incuestionables” del arte que ayudó a modificar…
…del arte de la danza y la “belleza” de los decorados, en su caso específico.

“Mi vida”

“He nacido a la orilla del mar. A la orilla del mar se han producido los hechos más importantes de mi vida (…) Miraba las hojas temblar con la brisa de la mañana y ese movimiento me sugirió esa vibración de los brazos, de las manos y los dedos que muchas de quienes pretenden seguirme han deformado” (El Mar).

Pasaba días enteros en Florencia frente a La primavera de Boticelli (Renacimiento), y se quedaba contemplando: “…poco a poco las flores fueron empezando a brotar, los pies descalzos a danzar, los cuerpos a moverse”.

Isadora Duncan “hizo” la revolución con su danza –es decir con sus pies- y también con su autobiografía (precisamente llamada Mi vida), en donde se respira el aire puro de la libertad.

Si alguno de ustedes no la conoce y quiere saber más de ella, puede leer Mi vida, y también informarse en muchos sitios de Internet.

Lo que yo quiero es ir dando un rápido vistazo transversal a seres excepcionales del pasado –este pasado es bastante cercano dentro de todo-, ya que a los excepcionales del futuro aún ni los sueño, y los del presente son mis contemporáneos; como sabemos todos, nadie es profeta en su tierra ni en su tiempo.

Envío

Tal vez no esté mal que me sienta orgullosa; no de lo que escribo, ya que muchos de “mis lectores” han demostrado saber hacerlo mejor, sino de lo que recibo: creo que voy a dedicar una o varias notas a agradecerles “personalizamente”.

También lo que les conté en la entrada anterior es posible: la idea es publicar en especial las respuestas de ustedes, ese murmullo y esa música de Latinoamérica y España; por todos los medios lo intentaré.

En cuanto al artículo de hoy, está dedicado a “Gloria”, una colaboradora que no se encuentra muy bien, según sus comentarios.

A Gloria: intenté escribirte y la dirección que das me devuelve los mensajes.

A todos: ¿me ayudarían a “levantar” a Gloria, para que aprenda a volar con una sola ala, que sí se puede?

Los abrazos de siempre, y uno más.

Mora Torres

Editorial

La amistad y otros amores

Para continuar con esa manía antigua de encontrar diferencias y no similitudes, diré en este comienzo que lo que diferencia a los humanos de los animales es… el lujo (Las siete maravillas del mundo).

Un escritor que no nombro –porque estoy en duda entre si fue un inglés del siglo XIX o un mexicano del XX (Literaturas)- dijo que el lujo es anterior a la necesidad; que la gente antes se cubrió de adornos y tocó los tambores y luego atendió a su sustento (El hombre y el arte en el Paleolítico y el Neolítico).

¿Y qué es el lujo sino el sobrante de la necesidad?

Sin embargo, pienso que hay lujos que me hacen humana, y “más” humana, y lujos que me hacen descender en la escala; a veces mi avidez para conseguir determinados esplendores me relega a mucho menos que a la tierna simplicidad de un animal (Sobre evolucionismo y comportamiento humano).

Las crueldades del lujo

El planeta es intenso y múltiple; todo lo que está en danza dentro y fuera de él lo es (El Planeta Tierra).

Y todo me atrae, y todo quiero tenerlo: un prado, un río, una montaña con su oro, una selva con sus árboles y animales (La herencia cultural de nuestros antepasados aborígenes – Costa Rica).

No soy yo sola la depredadora, el mal viene de lejos, es tan antiguo como mi especie; leo una respuesta que dio hace años Marguerite Yourcenar (Universitas magistroni et scolarium) a un reportero:
“…Platón explica ya que el Ática de su tiempo se había vuelto seca y semiárida porque le habían cortado los árboles durante la guerra del Peloponeso, para devastar los territorios enemigos o construir flotas. Luego, la costa dálmata fue talada por la república de Venecia, que necesitaba materia prima para sus navíos. De allí el cambio del clima, el empobrecimiento del suelo, etc. Los antiguos se equivocaban como nosotros” (Guerra del Peloponeso).

Me digo a mí misma que –con mayor conciencia que “los antiguos” a fuerza de escuchar noticias y catástrofes- necesito consumir menos por simpatía con la gente; que necesito lujos que no desgasten a la tierra, como la música, el arte y la amistad.

Me digo también que debo utilizar otro “lujo” para poder vivir: la filosofía, tal como lo propone Séneca, llevándola a mi vida cotidiana, sintiendo, a medida que me desprendo de las cuestiones materiales más groseras, que la dicha alumbra; que necesito menos cosas materiales y, a la vez, mayor bienestar (Teorías éticas: los grandes autores).

Las cosas materiales suelen pesar tanto como una enorme piedra atada por una soga al cuello.

Me digo que debo ser agradecida con todo lo que crece en el mundo, y amiga, en lo posible, de todos los humanos -por ejemplo, de ustedes, a quienes por no saber cómo llamarlos nombro como “mis lectores”, que han creado este espacio de fraternidad entre “diferentes” -diferentes por religión, por sexo, por edad (Mínimas diferencias culturales entre México y Japón).

La amistad como lecho de rosas

Al mirar las delicadas estrellas de una noche, hace algunos días, pensé en mis amigos.

Tengo amigos que vienen de atrás, desde mi infancia y adolescencia; alguna vez, cuando tenga tiempo (y espacio) les hablaré de estos personajes: ahora les pido que traten de recordar ustedes a alguno de ellos y hagan, si pueden, una “semblanza”, que compartiremos.

Por ahora puedo decirles que quizá no exista un arte más laborioso que el de la amistad, aunque no hay tampoco almohada, lecho o paisaje que brinde el reposo que nos brinda un alma abierta hacia nosotros, desinteresada para recibirnos y prodigiosa para darnos su amor.

Poeta de Nicaragua y del mundo

Hoy encontré entre mis libros uno de Rubén Darío, y rescaté un poema que les incumbe, a mi modo de ver:

Ama tu ritmo

Ama tu ritmo y rima tus acciones
bajo tu ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.
La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;
mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

Envío

¡Qué buenos poemas, epitafios y reflexiones –y hasta preciosas narraciones de leyendas urbanas o rurales- enviaron en la última entrada! Es una gloria recibir semejantes presentes, y pensar que tantos se esfuerzan en complacer a la otra gente del blog, y en complacerme: de esa especie de amor y de amistad era de lo que quería hablar, por si no me salió demasiado claro el artículo.

Puedo adelantarles que estoy pensando hacer algo –un libro o lo que sea- con ese material, con esas inscripciones dejadas en la página que hacen señales luminosas (antes de concretarlo, por supuesto, les pediré permiso).

En “Seamos princesas y príncipes felices” hay un mensaje firmado por “La López” que termina de este modo:
“Os diré, a los que andais por el blog, que os leo desde España y me hacen tanta gracia vuestros acentos, que casi puedo oiros hablar”.

Es verdad; las voces que se oyen en este sitio están llenas de acentos y colores; son voces de latinoamericanas y españoles, de españolas y latinoamericanos, que hablan de poesía (y otras angustias); son el más necesario de los lujos.

Mora Torres

Editorial

Presentaciones Multimedia en Monografias.com

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Monografias

Seamos princesas y principes felices

Mis ojos devoran cuanto encuentran en busca de una idea para llevarles cada jueves, desde un ropero completamente blanco, un ropero que contiene papeles que pueden capturar toda mi historia, hasta estantes de libros de diversas encuadernaciones y tamaños (Función social de la Biblioteca Pública).

En los estantes de libros, de pronto se detienen en uno de donde sale una vocecilla como en los cuentos árabes sale un mago de una botella (La “Nación Árabe”).

Se trata de las obras completas de Oscar Wilde (Fidelidad y coherencia); entonces me detengo a escuchar una de las anécdotas; es en verdad no un cuento escrito sino una “anécdota” que contaba Wilde en los salones, como si hubiera sucedido:

Lloraban todas las flores, todos los árboles y piedras el día que Narciso se ahogó (Mitología griega).

Le pidieron entonces al río que les prestara agua.

El río preguntó para qué.

Le contestaron que sus lágrimas se habían secado pero querían seguir llorando por la pérdida de la hermosura increíble de Narciso, ya que por eso lo habían amado tanto.

El río contestó que él había amado mucho más que ellos a Narciso, y que gastaría su agua en sus propias lágrimas para llorarlo, pero que ignoraba que hubiera sido tan bello.

Le preguntaron –flores, árboles y piedras- si no lo había advertido cada vez que Narciso se asomaba a mirarse a su superficie.

Y el río contestó que no, que no lo había advertido, y que amaba a Narciso porque cada vez que se inclinaba sobre él para admirarse, él –el río- podía observar su propia hermosura en las pupila enormes, transparentes, límpidas de Narciso.

Mucho más que corbatas

Como asegura con encanto wildeano Jorge Luis Borges (Borges, el cuentista), Oscar Wilde no fue sólo un señor que se ocupaba de corbatas y de fiestas.

Aunque sea más conocido por lo que en su época se denominó “el gran escándalo” –que le costó la cárcel, la infamia (es decir, lo contrario de la “fama”), y finalmente la muerte a los 45 años-, Wilde poseía sentido de la estética, profundidad filosófica, gran capacidad como crítico literario, enorme talento como narrador y como poeta y un “charme” por encima de cualquier circunstancia –sus circunstancias no tuvieron tonos intermedios: fueron la felicidad o la desgracia (El retrato de Dorian Gray).

En sus últimas épocas, en sus años de tribulaciones e infortunios, se encontraba viviendo en París en un hotelito de los que todavía guarda esa ciudad –un miserable “aguantadero”- donde pasaba mucho frío y , algunas veces, hambre.

Sin embargo, dos o tres amigos solían invitarlo a sus veladas; uno de estos amigos era la gran Sara Bernhard (Historia y evolución del teatro universal) -quien lo fue hasta el final de la vida de nuestro autor.

Ella lo acercó cierta noche a una actriz cuya belleza había sido de gran fama en el mundo entero, ya bastante madura en ese momento, y Wilde dijo esta galantería como presentación: “Qué curioso… ¿puede decirme por qué tiñe su cabello de blanco?”.

Juegos de máscaras y de poesía

Parafraseando a Wilde, debo decir que creo que todos los que “peinamos canas” en este blog –según aseguran varios participantes, somos muchos-, lo hacemos porque tuvimos el capricho de teñirnos el cabello de blanco.

De otro modo no podrían explicarse nuestras pasiones juveniles, como el juego de máscaras, los juegos de artificio y el juego de “tomar el té con la poesía los jueves” que es este blog.

Hay diversas edades y ocupaciones aquí, pero en definitiva todos somos…  jóvenes poetas, título resplandeciente por el que debemos considerarnos muy felices.

No soy yo en especial la musa o la más creativa o apasionada, ¡son ustedes!; basta leer los comentarios para asombrarse, ¿alguien pensó alguna vez que en Internet hubiera gente discutiendo tan acaloradamente por el bien, por el mal, por la religión, por la poesía, por “Itaca”?

Yo agradezco con… epitafios

En agradecimiento, les envío algunos pocos epitafios, atenta a la devolución que me llegará de vuelta, pero primero continúo con mi lista de poetas que hago representar a sus países (yo, caprichosamente, les confiero la representación):

Argentina

Ella es Alejandra Pizarnik:

Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado

En mi mirada lo he perdido todo.

Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

Él es Roberto Juarroz:

Segunda poesía vertical, 52

Si alguien,
cayendo de sí mismo en sí mismo,
manotea para sostenerse de sí
y encuentra entre él y él
una puerta que lleva a otra parte,
feliz de él y de él,
pues ha encontrado su borrador más antiguo,
la primera copia.

Breve introducción para hablar de epitafios sin pecar de melancólica

No es triste hablar de epitafios; algunos son una celebración de la vida.

Los hay dramáticos, pero no siempre debemos huir de lo dramático (y que lo digan los autores de teatro, y algunos geniales autores de culebrones).

Los hay muy cómicos también, y siempre debemos correr hacia el humor y la risa, aunque ésta se produzca por contraste con la solemnidad consagrada de la muerte, que, a mi modo de ver, nada tiene de solemne sino de natural (en ese orden de ideas ¿acaso es solemne un nacimiento?).

Además, ninguno de ustedes ignora que va a morir y que, por lo tanto, es posible que donde descanse brille un bello, delirante, simple o mediocre epitafio de circunstancias.

Aunque se diga que hay dos cosas que los humanos no podemos mirar de frente, la muerte y el sol, les aseguro que si los miramos con los ojos bien abiertos no nos producen ceguera ni locura, sino calma y sensación de compañía: no estamos solos, la muerte y el sol nos acompañan y en la luz y en la muerte todos estamos juntos.

¿Por qué debería ser malo algo que está destinado a todo el mundo?

Trágicos y tristes son los dramas particulares, aquellos que asolan a individuos o grupos en particular y no a la especie (en este caso a todas las especies).

Epitafios notables

Una vez visité el viejo cementerio de Esperanza, una ciudad fundada en la provincia de Santa Fe, Argentina, por inmigrantes suizos, alemanes e italianos. Rescato, entre otras “notables”, las siguientes frases grabadas en la lápida:

“Aquí descansa J. S. (un nombre alemán), asesinado por la espalda una mañana de primavera mientras caminaba por las calles de Esperanza y el sol le bañaba la cara”.

Y frente a la tumba de un suizo-francés, E. D., esta inscripción, que quizá una esposa haya mandado colocar:

“¿Quién fue tu Amada?” (no he hallado después nada más enigmático en su brevedad que estas palabras sobre lápida).

Una jovencita conocida mía, Mercedes Tello, escribió algo que quiere que sea su epitafio –en un lejanísimo futuro- y que me parece digno y alegre:

“Hay algo que no destruirás: es la ceniza.
Trabajas
para que tu ceniza sea bella
y cuando todo se cierre se abrirá
una flor de cenizas cuyos pétalos
caerán suavemente
sobre lo que hayas sido”.

Ya transcribí alguna vez para ustedes el cruel epitafio que escribió Quevedo:

Aquí yace Estefanía/flaca y aguda mujer/que bien pudo aguja ser/pues sólo un ojo tenía… (y sigue todavía más “insolente”).

Y también el que escribió para don Quijote: “Aquí yace Don Quijote/el que en provincias diversas/los tuertos vengó, y los bizcos/a puro vivir a ciegas”.

Keats, el poeta que le cantaba al Ruiseñor, escribió su propio epitafio con estas bellas pero equivocadas palabras:

“Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito en el agua”.

Pedido:

¿Me mandan epitafios, ya sea célebres, o descubiertos en algún desolado o multitudinario cementerio, o, inclusive, el epitafio que escribirían para ustedes mismos?

Insisto en aventar toda tristeza o melancolía: la muerte nos recuerda que vivimos y, aparte, la verdad nunca es triste, “lo que no tiene es remedio”, según Serrat.

Seamos felices porque estamos vivos y porque lo estaremos después, si alguien tiene palabras que nos nombren y traigan al recuerdo.

Mora Torres

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