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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Mayo, 2008

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca

Hay un poema del griego Constantino Cavafis llamado Itaca que comienza con las palabras del título: “Si vas a emprender el viaje hacia Itaca”, y dice entre otras cosas que “Nunca a los lestrigones ni a los cíclopes/ni al fiero Poseidón encontrarás/si no los llevas dentro de tu alma…” (Alma y cuerpo. La conversión…).
Itaca es una isla que queda en el mar Jónico y es la patria de Ulises, según la Odisea (Odisea, de Homero).

Nada me vino tan de anillo (de oro) al dedo como la pregunta de María Celeste que me condujo a transcribir “Itaca” (Texto completo más abajo; ver La literatura: una vía hacia un despertar…) - aun para hablar brevísimamente de… la religión o la poesía.

No diferencio muy bien la vocación religiosa de la poética –desde el punto de vista psicológico, digo, o desde mis “cuadernos de hechizos” (Hechicería e imaginario social), donde dilucido para mi intimidad estas cuestiones (El vendedor profesional).

La religión de la poesía y la poesía de la religión

La religión es un camino parecido al de la poesía porque, en primer lugar, a ambas sendas hay que transitarlas creyendo (Filosofía y el porqué de la religión).

La religión tiene a Dios, o a dioses, y la poesía también, y es, o son, el mismo, los mismos (Teogonía).

¿Puede un poeta “no creer”?; me parece que su pluma –su lapicera o su teclado- se detendría (El poeta Juan Ojeda).

En el acto de crear, todo poeta (y poeta de otra materia que las palabras es el escultor, el pintor, el arquitecto, el músico) olvida que no cree.

Todo poeta cree, en Dios (Existencia de Dios).

Todo poeta crea a Dios, en última instancia.

Dios es el fuego, el agua, el cielo, las montañas y cualquiera de las metáforas que lo encubren.

Vuelvo a “Itaca”

Entonces, ¿qué es creer? ¿Creer es estar seguro porque uno vio, comprendió, recibió un mensaje celeste o escuchó?

A mí me parece que “creer” es el poema de Cavafis que transcribo más adelante: el viaje, no la llegada a Itaca.

Aún más: hacer los preparativos para algún día ir a Itaca ya es creer.

En el prólogo a sus traducciones de Cavafis, Lázaro Santana dice refiriéndose al poeta algo que puede extenderse más allá de otras prácticas o tradiciones que las puramente literarias: “Su propia vida, las experiencias que le proporcionan sus deseos, sus amores, el uniforme discurrir de sus etapas cotidianas- informan su poesía. Incluso en sus poemas elaborados sobre materia histórica no hace apenas más que trasvasar sus propias reflexiones e inquietudes a personajes y situaciones alejadas en el tiempo”.

¿Fantasmas?

Respecto de mis propias experiencias del más allá, ya sea del más allá de la historia o de la religión, o incluso de los “fantasmas”, que por la historia y por las religiones rondan, si tengo que presentar un currículum para aspirar a médium, creo que no sabría cómo hacerlo, y tendría pocas chances de ser seleccionada.

¿Los fantasmas existen, alguno de ustedes los vio? Y, si existen, ¿hay algo que temer?

Tan sutiles como los mismos fantasmas, pero con una sutileza que es más bien terrenal, me sucedieron dos cosas “extrañas”.

La segunda experiencia es de índole narrativa, y me la guardo para contárselas en otra ocasión, con más tiempo; es casi un cuento de hadas.

La primera no puede transmitirse; debería emplear un gran espacio para explicar por qué tiene sentido, al menos para mí; y después de haberlo explicado, detallado con mil argumentos, sentiría que no dije lo que debía decir: es “cuando todas las palabras retroceden”.

Quizá pueda compararse a ciertas películas en cuyas escenas casi no pasa nada, o no podemos ver bien lo que pasa: la cámara se extasía largamente en una mujer pensativa sentada en una silla, por ejemplo… mirando cómo un rayo de sol sobre las vetas de la madera de una mesa es milagroso inexplicablemente.

Continúo con la lista prometida de países y poetas

Chile

Él es Gonzalo Rojas:

Qué se ama cuando se ama

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

Ella es Violeta Parra, y por supuesto que sus “coplas” son altos poemas:

Una copla me ha cantado

Una copla me ha cantado
la prenda que quiero yo,
con esa copla a cuchillo
me ha desangrado la voz.

Pensará que yo no entiendo
lo que en su copla cantó,
desde su primera nota
se me acostó en la razón.

Yo le pedí un vaso de agua,
no niego que me lo dio,
pero como se da al perro
el resto que le sobró.

Mil veces me ha repetido
la copla como un reloj,
cuando con una bastaba
pa silenciarme la voz.

Cuál será, dirán ustedes,
la copla que me cantó;
es igual que el estampido
que mata sin son ni ton.

A lestrigones, cíclopes o fiero Poseidón nunca temas…

La ya mencionada María Celeste, asidua concurrente a nuestro loco club -”Club de los jueves”, como apodamos jocosamente a este espacio (El estigma de la locura)- envió –creo haberlo anticipado ya- la siguiente pregunta en una de sus intervenciones:

“¿Conoces Itaca?”

Creo que se refiere al poema del griego Constantino Cavafis (1863-1933), al que copio directamente de mi libro de cabecera, aunque de todos modos tengo “siempre en mi memoria”:

Itaca

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca
pide que tu camino sea largo
y rico en aventuras y experiencias.
A lestrigones, cíclopes o fiero
Poseidón, nunca temas.

No hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
Nunca a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al fiero Poseidón encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo,
que numerosas sean las mañanas
de verano en que arribes a bahías
nunca vistas, con ánimo gozoso.

Detente en los emporios de Fenicia,
adquiere hermosos artículos:
madreperla y coral, ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos
-cuanto puedas invierte en voluptuosos
y delicados perfumes.

Visita muchas ciudades egipcias y aprende,
con avidez aprende de los sabios.

A Itaca tenla siempre en la memoria.
Llegar allá es tu meta,
mas no apresures el regreso.

Mejor que se dilate largos años
y, en tu vejez, arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Un hermoso viaje te dio Itaca. Sin ella
el camino no hubieras emprendido.
Mas, ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no hubo engaño.
Rico en saber y en vida como has vuelto comprendes
qué significan las Itacas*.

Envío

Hoy salgo “con manto de estrellas y potencias en el sombrero” –copiando lo de Calderón enviado por Joise-; también, “al mundo por diversa puerta”.

Osvaldo: te mando jazmines santafesinos para que no sientas tanto frío…
Y a los más breves, y a los “nuevos”; y a aquellos que “concurrieron” con aclaraciones, correcciones y tal vez alguna oposición; a los que “estuvieron presentes” con sus poemas o los de otros poetas, y especialmente a Tex, “… de un pueblo maya, hablante de la lengua tsotsil de San Juan Chamela, Chiapas” que nos movió algo a todos con su idioma de pájaros, les mando mis abrazos ya antes de llegar al final, y les envío este regalo (parecería que estoy aprendiendo a hacer regalos…):

Ri tzijobal k’iche’

K’o ch’utina taq tzijobal
Ri kito’on utelexik wa ulew,

xane k’ut ri ch’abalil mayab-k’iche’
jun chikixol.

Es de Humberto Ak’abal, un poeta guatemalteco bilingüe (escribe en maya-k’iche’ y castellano); en castellano lo escribió así:

Lengua maya-k’iche’

Hay lenguas pequeñas
que han ayudado a sostener el mundo,

y la lengua maya-k’iche’
es una de ellas.

Y sean valientes… ¡nada de temer a lestrigones!

PD: Le agradezco en nombre de todo el Equipo de Monografias.com al Blogger Baalcebub por otorgarnos el premio “Blogger Sapiens Award, que es otorgado a aquellos blogs que tratan temas instructivos de una manera entretenida o con humor. Muchas gracias Baalcebub.

Mora Torres

Editorial

Perdon por la poesia

Quiero pedir perdón, o dar excusas para después seguir pecando… (Sentido del mal y del pecado).

La idea de estos editoriales, con sus entradas en el Blog, no nació para hacer de la poesía una fiesta, una bacanal o un banquete (Ernest Hemingway y la generación perdida: un ensayo sobre “París era una fiesta”).

Nació para hablar de diferentes temas científicos y humanísticos, presentar a nuestros autores y recorrer sus trabajos aparecidos en Monografias.com antes de que ustedes los escogieran, o instándolos a escogerlos (Cómo escribir y publicar trabajos científicos y Anatomía de un escrito).

Pero ocurren dos cosas:

1. Estoy advirtiendo que todo, de una u otra forma, desemboca en ella, en la poesía (como los ríos de la vida en el mar de la muerte, en el verso de Jorge Manrique).

2. Ustedes me conducen a ese lugar sagrado (Giza, en Egipto; rostro humano enorme en foto aérea).

Lo segundo es todavía más comprobable que lo primero, mis lectores amigos alimentan el “vicio” por la poesía, hasta me instan a que lo continúe.

Alguien pidió que desentrañara los laberintos de El ajedrez, de Borges; otras personas, que hable de Darío.

Hubo hace un tiempo un maravillado por una transcripción de un poema de Octavio Paz; hay reiterados fervores por los poetas chinos de los cuales copié fragmentos.

Muchos mencionan a Bécquer o a Neruda, u otros me hacen hablar de la belleza -y yo, con escaso conocimiento de causa, hablo- y hablo, y hablo (Lo siniestro en las Leyendas de Bécquer: La ajorca de oro).

Sigamos entonces con lo mismo, cultivando nuestra huerta de versos e incorporándole de cuando en cuando conocimientos científicos, antropológicos, matemáticos, porque, como ya dije, todo, hasta el álgebra, conduce a la poesía -y me atrevería a arriesgar que aun más los números, ya que ellos nos llevan directo hacia la música, y de allí sí que volamos hacia las palabras sublimes (Origen de los números).

Los lectores que esperan algo “más serio” o “más técnico”, que no lo esperen porque no lo hallarán, pero hablaré de todo un poco hasta el fin de esta tarea que me encargaron, siempre mechándola con versos, o citas de filósofos y pensadores, o los propios envíos de los “comentaristas”, o hasta, como ya saben, anécdotas de mi cotidianidad personal, porque no creo en la “teoría del distanciamiento” -perdón, Brecht, pero nunca acá (Brecht y la Verdad…) - sino en reunirnos en nuestras historias individuales y saber así que somos de carne y hueso humanos.

Lo último -lo de “carne y hueso humanos”- lo escribí porque recibí un extraño (más extraño que cualquiera de mis bizarros escritos) comentario de un lector llamado Camilo Andrés. Transcribo una parte: “Espero no seas en realidad una computadora…. En esta época hay cosas que asustan a mi alma, y pensar que una máquina llegase a pensar de esa manera sí me asustaría”.

Mis regalos

Hoy quiero empezar a devolver ofrendas, quiero hacerles pequeños regalos “personalizados”.

Y justamente porque tantos de ustedes me inducen, alimentan, sugestionan y hechizan con las “cuestiones poéticas”, empezaré por ellas mis obsequios -pequeños trozos de poesía, no ninguna otra cosa-, dedicados a quienes los pidieron o a quienes participan “poética o filosóficamente” desde distintos países que, junto con el mío, constituyen lo que Rubén Darío llamaba “la América que aún habla en español”.

Por supuesto que la lista que sigue continuará en próximas entregas.

Una lista de nombres y de versos

Como preludio del listado de países con algunos de sus poetas -hoy comenzaré con Bolivia-, transcribo este verso, precolombino y anónimo, escrito en una de las que se llamaron Casas del Canto, donde la poesía era danzada o cantada; Miguel Ángel Asturias lo recogió en su “Antología de Poesía Precolombina”:

Todo esto pasó con nosotros

Todo esto pasó con nosotros. Nosotros lo vimos,
nosotros lo admiramos.
Con suerte lamentosa nos vimos angustiados.
En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas
y en las paredes están salpicados los huesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas
y cuando las bebimos, fue como si hubiéramos bebido agua de salitre.
Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red de agujeros.
En los escudos fue su resguardo:
¡pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad!
Hemos comido palos de eritrina,
hemos masticado grama salitrosa,
piedras de adobe, ratones, tierra en polvo, gusanos.
Todo esto pasó con nosotros.

Bolivia

Para Bolivia tengo un poeta de tema singular, Nicomedes Suárez Araúz, y una poeta de alto vuelo nocturno, Blanca Wiethüchter, que me recomendó un amigo llamado Diego Rojas, periodista de la “Revista Veintitrés”, de Argentina, a quien agradezco su envío.

De Nicomedes Suárez Araúz

Salsa de ají

Se añaden sal y pimienta
a una cucharada de ají amarillo molido
con una cucharada rasa de pesares.

Se pone sobre el sueño
como se pone mantequilla al pan.

Después se saca del sartén
a las fragatas invasoras
se pone caldo o agua.

Se hace dar un hervor
y se vacía como un grito
entre los vivos y los muertos.

De Blanca Wiethüchter

La Lagarta (fragmentos)

Yo que soy profunda
lóbrega
como la tierra
húmeda y caliente.

Yo que soy nocturna mirada como ella
aunque ciega de los pies
voy girando en otro tiempo
tenazmente hacia la muerte.

Yo que soy como ella
la amo
planetariamente
como si fuera mi sombra.

Este es mi cuerpo
nido de ojos furtivos
acostumbrados al miedo
-esa manera de pensar el mundo
en la penumbra
(umbral que ella crea
para engendrar la piedra.
Oscuridad que nos queda
después del inaudible grito).

Este mi cuerpo subterráneo
envuelto en sedas de innumerables fuegos
es mi cuerpo profundo que se está yendo
y sin embargo pregunto
¿quién es, quién es la que se queda y mira
cómo se va, cómo se está yendo
este mi cuerpo llorado por otro cuerpo
de la tierra amado y sombra?

Ilustraciones con anécdota - “Firmas paralelas”

Me llegaron (del kiosco) las obras completas de Bécquer y Darío.

Ambos son libros de tapas rojas y de mil o más páginas.

En esa tapa roja del libro está grabada la firma del poeta en “oro” (en dorado).

Hice la acotación anterior porque -extrañamente- la de Bécquer se parece muchísimo a la firma de Borges, al menos a la que tengo yo en un ejemplar rubricado por él: los detalles del dibujo de las letras, los trazos…

(¡Qué agradable es mirar libros por afuera también, no sólo leerlos!)

Envío

A quienes esperan trate temas específicos, sugeridos en sus comentarios: esperénme, necesito documentarme un poco para encararlos.

A Camilo Andrés, que sospecha que soy una computadora: me pegué el susto de mi vida, me pusiste los pelos de punta, no sé bien por qué. Tan luego yo, tan negada para estos menesteres tecnológicos, ¡parecerme a una computadora! De cualquier modo, gracias porque me hiciste sonreír.

A Joise: te tengo como a mi caballero andante, defendiéndome a capa y espada, pero siempre muy culto y elegante, por los caminos internáuticos.

A Osvaldo: ¿qué más puedo decirte que Gracias, y qué menos? Aparte, abriste un tema tan importante como el de la cuestión de géneros en el siglo veintiuno (y etcéteras los demás temas que abriste…).

A Diana: eres muy sabia, y sí, tienes razón, estoy quizá especulando con mi enfermedad de puro aburrida de estar en cama, y buscando el consuelo de todos… bastante triste, no lo dudo, más aún cuando mi mal no es muy grave sino sólo que lleva mucho reposo, pero, como dije en el post de Nostradamus, ahora me siento libre… hasta de llorar y quedar tan patética.

A Rosaelen: toma unas hojas -ya sea de papel o de pantalla- y escribe sin parar todo lo que te surja; luego revisa, corrige, vuelve a revisar, busca referencias en diccionarios o enciclopedias virtuales o no, vuelve a corregir, trata de mirar tu escrito como si no fueras la autora, con sentido crítico. También puedes leer lo que escribiste y, si no te gusta, seguir leyendo hasta encontrar en una de tus frases o párrafos aquello que merece ser el comienzo de tu libro, aunque dejes mucho en el recipiente de residuos.

A todos: el “consejo” anterior está dirigido a Rosaelen exclusivamente, porque me lo pidió en su comentario, respecto a la redacción de un futuro libro; no vayan a tomarlo como norma, dioses de la expresividad escrita, que todo me lo transmiten por medio de ella…, y si alguna errata se les escapa, la correctora de Monografias.com hace su tarea, sin cambiar nada, por supuesto.

Abrazos de escolopendra…

Mora Torres

Editorial

Tips para un mejor uso de MS Word

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General

Una profecia (o Nostradamus sin profecias)

Profetizo, porque lo deseo mucho y los deseos intensos suelen cumplirse, que algunas personas serán recordadas por sus auténticos y más humanos méritos -como Miguel de Nostradamus, que antes que nada alivió a la humanidad de la enfermedad y el dolor en la medida de sus conocimientos.

Yo sigo en cama, “profetizando” y “delirando”…

Pero ya estoy mejor; no me atrevo a afirmar que ha llegado el “anochecer”, pero sí que los días dejan sentir su peso.

Este tiempo de reposo me sirvió para revisar el pasado, lo que siempre es de provecho; además, es abrir una caja con joyas que nunca dejan de estar allí; los ladrones no pueden tocarlas y tampoco les servirían de mucho, pero mis joyas no sólo son útiles sino resplandecientes, para siempre, para mí.

Además, tantas semanas de cama hicieron una obra perfecta en mi dormitorio: me empezó a disgustar el televisor y pedí que lo sacaran; y cambié los adornos que había sobre los muebles: los guardé a todos y ¡me hice comprar un cactus y lo puse allí! (le da el sol, que nadie se aflija).

Son tan exigentes los aportes que ustedes hacen, que me siento impulsada a buscar conocimientos por todos lados para entregárselos, aunque sé que nunca podré honrar del todo la confianza que tienen depositada en mí (Mujeres guerreras).

Digo “exigentes” porque -además de entregar sabiduría en deliciosas tajadas-, sin duda ciertas alabanzas están dirigidas a lo que escribiré en el futuro, a lo que ustedes creen que mi escritura “promete” -y mi futuro, según las estadísticas, no es un tiempo muy largo, digamos que atendiendo a las más bondadosas expectativas tengo veinte o veinticinco años de escritura (y un enorme optimismo), si antes no perdiera las ganas.

Y admitamos que las ganas pueden perderse, como cualquier objeto en el camino.

Pero mi futuro personal no importa mucho; en lo personal, y aunque sé que será motivo de polémica, insisto en las delicias del pasado.

Estoy absolutamente de acuerdo con Huyssman, que dice que los seres del pasado somos nosotros, no los de las Escrituras, no Buda, no los vedas ni quienes nos legaron los misterios eleusianos (La Biblia; Budismo. Un estilo de vida; Análisis comparativo de la visión de las religiones Católica, Musulmana e Hindú; Las Corrientes de Misterios).

Somos nosotros porque cargamos sobre nuestros hombros un gran peso de años y aconteceres, y ellos eran nuevitos, frescos, estaban listos para inventar el mundo.

No es que considere que “todo tiempo pasado fue mejor”, lo que me hace aprovechar para la cita del bellísimo poema de Jorge Manrique, las “Coplas a la muerte de mi (su) padre” (Literatura. Jorge Manrique):

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.

Pero el pasado es un lugar tan luminoso que, a riesgo de cometer otra de mis “perogrulladas” (De la fluencia vital argentina y del profundo argentinismo cultural), me atrevo a afirmar que si no existiera caminaríamos a ciegas por el presente.

El pasado es un lugar tan hermoso que allí están vivos Homero (Las primeras culturas de Grecia), Dante y Virgilio (El astrólogo, un chamán de los tiempos actuales), Cervantes y hasta Sancho y Don Quijote (Verdad, verosimilitud y realidad en el Cervantes de Don Quijote), Shakespeare, John Donne, Lope de Vega, San Juan de la Cruz, Sor Juana.

Hacer un listado sería lo mismo que pretender escribir todos los números…

En un artículo anterior me acordé de alguna gente del siglo veinte.

Y paso ahora, directamente, sin más preámbulo, al siglo XVI: hablemos -muy brevemente, pero ustedes, si pueden, hagan otros aportes- de Miguel de Nostradamus (Fenómenos psíquicos).

Nostradamus

Todos, en general, tenemos la idea de un caballero algo tenebroso y muy místico; de hechizos y entuertos, huevos filosofales y probetas rodeándolo (La Alquimia: El Arte Perdido).

Cada vez que un suceso mundial sacude intensamente nuestro aburrido concepto de la historia, salen a relucir “las profecías de Nostradamus”.

Ocurrió con antiguas y con nuevas muertes de papas, eclipses, meteoritos, guerras mundiales.

Se exacerbó el hecho en setiembre del 2001, cuando cayeron las Torres Gemélas de la isla de Manhattan de Nueva York.

A cada uno de estos acontecimientos -incluido, bastante antes, el asesinato de John Kennedy- Nostradamus, al parecer, lo había entrevisto.

Lo que creo que no se sabe mucho es que él fue un talentoso médico, valiente y solidario, que se aproximó muchas veces a la ciencia moderna en sus descubrimientos.

Curó a miles de enfermos en época de peste con bien estudiadas proporciones de hierbas y embelleció a las mujeres con diversos cosméticos de su invención, y mereció de un escritor como el italiano Alberto Savinio muchos párrafos inolvidables, pero copio apenas dos, muy extractados:

“Dos hombres convivían en Nostradamus: el diurno y el nocturno. Sobre el nocturno pesaban graves sospechas de brujería y de comercio con espíritus; el diurno era un probo ciudadano que cuando no estaba (…) de pie junto a la cabecera de los enfermos, estaba inclinado sobre las frutas que los campesinos le llevaban del campo, las escrutaba con ojo sabio, las palpaba con las manos acostumbradas a estrujar tumores y a tamborilear barrigas, las olía, se las pegaba al oído para escuchar su volumen acuoso (…). La piel de la mujer, ese sérico revestimiento del cuerpo femenino jubiloso a la vista y dulce al tacto, es la constante preocupación del Nostradamus diurno. Nacen de él esos ‘productos de belleza’ que tan glorioso desarrollo y tan elevado destino alcanzarán más tarde. La iridiscente gama de los maquillajes nace de sus manos, como un arco iris capturado y puesto al servicio de la cosmética. Su cráneo es el lecho del Instituto de Belleza. ¿Qué sería de Elizabeth Arden, de Helena Rubinstein, sin las enseñanzas de Nostradamus?”

“La peste es fanática y caprichosa. A algunas ciudades les aprieta la garganta, a otras las vacía, las extingue y enmudece, o las remueve como si fueran una ensalada, las hace chillar como a cerdos en el matadero (…). Como buzos que mueven en los horrores submarinos, los buzos de la salud se movían en los hospitales, entre las camas que se hundían bajo el peso de los enfermos. En cada cama hecha para una persona había seis atravesadas de lado (…). Nostradamus era el único que se desplazaba sin escafandra, sin ajo en la boca ni esponjas en la nariz ni lentes en los ojos. ¿De qué medios ocultos disponía este hombre para afrontar impunemente el flagelo? ¿De qué remedios era autor para repartir por donde pasaba el milagro de la salud?”

Además, no escribió profecías sino poemas, versículos, con la misma estrategia con que los escribe un poeta cualquiera: las musas, mal o bien, le dictaban.

Algunos encontraron que sus versos se convertían en reales, ¡vaya descubrimiento!

Quien haya leído a Blake, a Whitman, inclusive al criollo Almafuerte, sabe que los poetas “ven”, y además que cualquier verso o escrito puede aplicarse a cualquier caso con una hábil maniobra de la imaginación.

¿Qué se profetizará en este escrito, hoy?

Con toda seguridad, vendrá algún suceso al que se aplique, hay tiempo para que todo lo “profetizado” ocurra; le restan muchos años de vida a este planeta, si cuidamos el bosque y sus encantos, las fuentes y su júbilo.

La noche trae consejo…

Una de las ventajas que tiene cruzar la línea de los 40 o los 50 años es que comienza a abrírsenos el mundo de aquello a lo que no nos atrevíamos.

Parece contradictorio, porque a la juventud se le atribuye entre otras cosas intrepidez y valentía.

Es posible que la intrepidez y la valentía físicas sí sean atributos exclusivos de los jóvenes, ya que estas virtudes dependen del estado de fuerza y de salud del organismo.

Pero los más adultos nos atrevemos singularmente en un aspecto que revela horizontes en perspectiva, aun cuando nuestros horizontes personales estén ya un poco demasiado cerca: nos preocupa cada vez menos que nos juzguen, cuando la conciencia está tranquila, es claro.

Yo, por ejemplo, soy ahora tan osada que sin ser versada en nada en particular y sin ningún estudio, arranco temas y cuestiones cuando las considero interesantes para que los analicemos entre todos, y así aprendamos juntos hasta… la mayor sabiduría, que nada tiene que ver con la “cultura”.

Mea culpa

Después de escribir esta nota, la releí y anoté al costado: “Poner todos los párrafos en orden y terminar (NO empezar) con ‘Profetizo…’“.

Y no me hice caso, la copié como la había escrito originariamente para ustedes, “profetizando” desde el principio.

Creo que para entrar en la vejez con felicidad se necesita eso, ser dulce y complaciente no sólo con los otros sino con uno mismo, aunque lo de “complaciente” produzca algún escándalo.

Después de todo esta nota se refiere -entre “miles” de cosas- a que no debe importarnos que nos juzguen, o lo que piensen los que no nos comprenden (casi, casi, estoy de regreso en mi más rebelde adolescencia…).

Sólo una cosa más, aparte de mis más cálidos abrazos, para que sea bien comprendida mi “nueva libertad”:

antes les temía a los tres puntos, a los dos puntos, a repetir palabras, a poner frases y palabras entre comillas, a excederme en los signos de interrogación, a empezar las frases con gerundios, al exceso de metáforas ya muy utilizadas (como escribir “anochecer” para decir que uno está envejeciendo), a poner signos de exclamación…

¡Qué soberanas tonterías!

Envío

Roel Escobar escribió para “Escolopendra, escolopendra…“, lo siguiente:
“Pues yo no sé tanto de poesía ni de historia pero sí sé que las palabras escritas perduran mucho y si se leen con el corazón más”.

Respecto del “acertijo” referido a “Escolopendra”, algunos fueron tan creativos -como quien atribuyó el sustantivo a Julio Cortázar- y para otros resultó un enigma tan interesante, que apenas me atrevo a darles la tonta solución: le puse así al artículo porque es el título de un libro del poeta Aimé Cesaire, que acaba de morir, centenario (le puse así, además, lo confieso, porque suena muy bien).

Mora Torres

Editorial

Alternativas frente al nuevo DOCX y el conocido PDF

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General

Escolopendra, Escolopendra

Poetas mayores y menores, regalos inolvidables y otro festín de versos

Hace algunos años había en esta ciudad -es decir, en cualquier ciudad latinoamericana (El impacto de las tecnologías de información y comunicación en las sociedades latinoamericanas)- una casa con patio grande, árboles rodeándolo, sillas y una tarima iluminada desde donde se leían poemas por la noche.

Siempre ocurría en verano, o en los días más cálidos de la primavera, y a veces una gran luna nos acompañaba y nos hacía pensar en Li Po: “…bebo e invito a beber a la luna, con ella y con mi sombra seremos tres” (Cultura China).

Allí se bebía poesía buena, mala, antigua, romántica, surrealista, moderna o posmoderna; no importaba mucho la etiqueta, ni siquiera la calidad (Las Islas de Chiloé en el Mundo Global).

Era la voz de alguien que bajo luces fantasmales y entre el perfume de rosas y hortensias (Ikebana: El camino de las flores) leía sus escritos de papel, nos hipnotizaba con palabras que sonaban a música (Impacto de la Música sobre los adolescentes).

También se bebía un poco de vino: algunos tenían en la mano un vasito de plástico blanco (desde acá y ahora mismo brindo con Carlos Esquivel Zapata, quien escribió en el post anterior: “…sabrá usted que yo soy un chacarero del vino que por esas cosas de los nietos, me introdujeron en esta caja, donde como usted bien dice echo a volar los pájaros y además leo y admiro las cosas contadas por otros (…) me producen una incontable cantidad de sensaciones que me acompañan en las madrugadas o en las oraciones de la tarde entre mis parrales…”).

El vino (Los vinos) no era precisamente el mejor, pero estaba mezclado con amigos, lecturas y miradas en éxtasis (Los efectos extraños de las endorfinas).

Y esa era toda la fiesta que tiene guardada mi memoria; escuché leer bajo la luna y entre los árboles a poetas grandes, medianos y mínimos, y entendí que lo “mínimo” también hace magia, y que por algo “J. L. B.” tiene un poema llamado “A un poeta menor de la antología” y otro titulado sencillamente “Un poeta menor”.

Yéndonos de los versos -pero relacionado con ellos, ya van a ver por qué- contaré una de mis historias.

Anécdota muy ilustrativa

Un día me sucedió regalar un libro al que, de fábrica, le faltaban palabras.

No era un defecto demasiado importante; el nombre de un poema estaba en blanco por esos accidentes inevitables, en ocasiones, de la tinta y la imprenta.

Intenté reparar el error, aunque sabía que mi amigo Enrique se daría cuenta de inmediato, pero yo no quería ocultarle el parche.

Dibujé con tinta china, con mi mejor caligrafía, las palabras “Milibares de la tormenta”, que tal era el título faltante del escrito de Aimé Cesaire que figuraba en esa página y que copio para ilustrar la maravilla de este genio de la Martinica llamado “el poeta de la negritud”, surrealista por vocación y longevo por gracia de Dios (nació en 1912 y acabo de enterarme que murió hace unas pocas semanas; les prometo averiguar un poco más, ustedes también pueden hacerlo en Internet):

“No apacigüemos al día y salgamos a cara descubierta
cara a los países desconocidos que interrumpen el canto de los pájaros
la asechanza se instala a lo largo de un ruido de confines de planetas
no prestes atención a las orugas que tejen
una carne sutil con hombros y senos posibles
sino sólo a los milibares que se plantan en el ojo de una tormenta
para liberar el espacio donde se yerguen el corazón de las cosas y la llegada del hombre
Sueño no apacigüemos
entre los clavos enloquecidos
un rumor de lágrimas que se dirige a tientas hacia el ala inmensa de los párpados”.

(Busquen por mí en el diccionario la palabra “Milibar”, cuyo significado desconozco pero imagino en parte).

El arreglo que hice quedó bastante bien: se notaba que había intentado reparar un “error de fábrica”; el libro acababa de ser adquirido por mí, y, además, era hermoso (”física” y “espiritualmente”).

Pasó un año y medio y en un cumpleaños alguien me lo regaló, supe que era el mismo ejemplar precisamente por el arreglo que yo le había hecho al escribir en tinta china.

El obsequiante no era Enrique sino otra amiga, llamada Milita, de quien ni siquiera yo hubiera sospechado que conocía a Enrique, por lo que entré en averiguaciones, y era verdad, ¡no se conocían!

¡El libro había pasado por muchas manos antes de regresar a mí!

Estaba intacto, con un nuevo papel de celofán y un moño rojo con ribetes verdes.

Lo agradecí, y ahora lo tengo entre mis preferidos, a mi lado para siempre, imprestable por decisión mía.

Es la Antología de la poesía surrealista, de Aldo Pellegrini, publicada por Editorial Argonauta, en cuya tapa hay una boca de espléndidos labios sobre fondo rojo, de Man Ray, el gran fotógrafo.

Me declaro incompetente

No sé hacer regalos, nunca lo supe.

Generalmente intento “gastar un poco más” para agradar a mi regalado agasajado.

Pero es precisamente ese “poco más” de dinero lo que convierte a mi ofrenda en fría, convencional y rápidamente olvidable.

Se mezcla con los perfumes que las damas ya tienen y da por resultado sólo olor a cálculo.

Se mezcla con los chalecos y suéteres de caballeros que, quizá, no comparten mi afición a los colores pastel, o si la comparten tienen ya suficientes y mis regalos pasan inadvertidos.

Se mezcla con mi gusto particular por cierta especie de literatura, y da por resultado un libro -Bella Durmiente- que reposará cien años en un estante o que, con mejor suerte, será obsequiado nuevamente.

Por eso, tengo el mayor respeto por aquellos cuya sabiduría se expresa -generalmente acompañada de otros talentos, por ejemplo el de hacer buena poesía en la persona que voy a retratar- al elegir lo que nos gustará.

María Magdalena, obsequiadora de lo inolvidable

Una María Magdalena que conozco es maestra en esas artes de escoger regalos, es decir, es de esos artistas de lo “para siempre” que tanta dicha y amor producen (otra María Magdalena, más antigua, obsequiaba perfumes a Jesús) .

Estoy rodeada de los objetos más preciosos imaginables que puedan conseguirse a la medida de mis deseos, y ella los consiguió para mí.

Haré una lista rápida e incompleta de sus mágicos aportes a mi bienestar y alegría:

Un libro con dibujos -no con pinturas, que son muy comunes- de Chagall.

Las Mil y Una Noches con letras doradas y tapas enteladas adquirida en una librería de viejo.

Un bastidor de pintor donde pongo todos los días una lámina diferente.

Un gato de madera sentado sobre la tabla de la biblioteca que sostiene una caña de pescar con un hilo en cuya punta hay un pescadito (minúsculo).

Un almohadón - edredón que parece un caramelo y que me es imprescindible para apoyar el hueco de la cabeza (ese que está entre el cuello y la nuca).

Un libro que da noticias y transcribe obras de poetas chinos, que cuenta, por ejemplo, con breves poemas de Tsa Chen Chi, quien expresa en una sola línea que su casa “está cerca del mar, la tuya en la otra orilla. Las lágrimas que te envío llegarán a ti con la marea”.
Y con esta increíble “travesura” llena de picardía de Wu Kieng llamada “Tormenta”:

“Maldije a la lluvia que, azotando mi techo, no me dejaba dormir.
Maldije al viento que robaba las flores de mis jardines.
Pero tú llegaste y alabé a la lluvia. La alabé cuando te quitaste la túnica empapada.
Pero tú llegaste y alabé al viento, lo alabé porque apagó la lámpara”.

Y:

Un ajedrez cuyo tablero es de cuadros azules y dorados lo mismo que sus piezas, que están labradas con el arte y la inocencia de los artistas - artesanos de la feria de Plaza Francia, en Buenos Aires.

Envío:

Ya que mencioné un ajedrez, quiero decirle a quien me pidió que hablara del poema de Borges así titulado, que pronto intentaré hacerlo.

A quien solicitó algo relacionado con la vejez, que ya hablé en parte de ella en una entrada de hace algún tiempo llamada “El fuego del atardecer“, y que volveré a tocar el tema, tal vez con más cuidado.

A todos: asegurarles que los recuerdo uno por uno, que es un verdadero placer conocerlos y leer sus historias y argumentos… ¿Con qué me “obsequiarán” esta vez? ¿Anécdotas, reflexiones, o un hacerse presentes que siento cada vez más cercano?.

Además, les preparé una “adivinanza”:

En lugar de aclararlo al final, ustedes, que serán leídos por otros “ustedes” aparte de por mí, intenten entre adivinar y descubrir por qué llamé a este artículo “Escolopendra, escolopendra”, teniendo en cuenta todas las cuestiones que al pasar rocé: la poesía china, Aimé Cesaire, María Magdalena (la amiga de Jesús, no mi hija), los artesanos de las plazas…

Y abrazos, y gracias por escribir conmigo - estamos llenando este blog ya no a cuatro sino a cientos de manos.

Mora Torres

Editorial

Nostalgico repaso de obras inacabadas

De la mano con el recuerdo de mi tía

Ya que a lectores y participantes del blog les gusta tanto como a mí el café, propongo que nos tomemos uno y, mientras adoramos su perfume (El perfume), pongamos a funcionar nuestra “máquina de hacer pájaros” - ese artefacto es, para mí, abrir la caja de los recuerdos; para otros, la de la imaginación; para otros, la de las fantasías más ocultas- (El rock nacional durante la dictadura [Argentina])

Yo era una niñita y mi tía solía sacarme a pasear…

Era una de esas tías que “hacen época” para siempre en la vida de los privilegiados que pudimos disfrutarlas: un personaje que no se borra nunca de los días, aun de los que siguen a su vejez y a su muerte después de muchos años (Ciclo vital humano: ancianidad).

Linda, morochísima, con un humor muy dulce, había sido maestra (Imágenes en torno a la mujer).

Tenía un cuaderno en el que iba anotando a medida que su memoria se lo permitía graciosos relatos, y retratos, de los que habían sido sus alumnos (El abandono escolar desde la perspectiva de los propios alumnos)

Hablaba con tanto amor sobre las cosas y las personas que yo intuía desde mi breve edad que ella quería de veras a la humanidad entera con sus plantas, animales y piedras, lo que no es decir poco, ni es algo que se pueda asegurar de muchos (Naturaleza).

A veces tomaba una vieja guitarra y cantaba con toda la alegría que hay en el mundo (El cuatro en Venezuela)

Mi tía me llevó cuando yo era muy pequeña al teatro (El fantasma del Teatro Municipal, de Enrique Butti), a conciertos, a espectáculos de todo tipo y hasta a conferencias cuyo contenido intentaba explicarme después.

También a misa, porque era muy católica, pero de esas católicas que exclaman, con una poeta que ella me enseñó a amar, Santa Teresa (Poesía de Santa Teresa. Del logocentrismo a la otra lógica):

“No me mueve mi Dios para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte”.

O con San Francisco de Asís:

“Señor, haz de mí un instrumento de tu Paz”.

Y fue precisamente con esa tía adorable - mis hermanos y yo la llamábamos “Tata”- que fui al cine, una tarde, a ver una película sobre la vida de Schubert, el músico.

Vimos La Sinfonía Inconclusa.

Cuando salimos yo tenía un poco de angustia, un gusto dulce por la música y una sensación triste porque Schubert no hubiera podido terminar una obra tan bella (Música).

Mi tía me llevó a “tomar algo”, como decíamos de chicos con tanta ilusión por lo que íbamos a beber y comer de chocolate y otras golosinas, a una confitería donde un pianista alegraba la tarde, y me calmé.

Otras “sinfonías inconclusas”

Hay demasiadas obras de arte que no fueron terminadas porque sus autores se fueron antes del último acorde o acto o pincelada, o de la palabra “fin”.

Demasiadas… Quizás ustedes, mis lectores, puedan contribuir refrescándonos algunas de esas historias conmovedoras.

Un caso contemporáneo es el del gran escritor latinoamericano (argentino) Juan José Saer, que murió en Francia antes de terminar La grande, que, según Wikipedia, es una “Summa literaria que cierra con increíble sentido anticipatorio la gran aventura de todas sus novelas, a pesar de ser un texto inconcluso”.

Todavía no leí La grande; está publicada así, “sin terminar”, porque su valor va más allá de cualquier anécdota de cierre.

Pero, “perfecta” y todo, es una obra de arte inacabada.

Otra historia, ya no contemporánea pero sí muy curiosa, remite a la novela El misterio de Edwin Drood, de Charles Dickens.

Dickens jamás había pensado en morirse, más bien se ocupaba de la muerte y la vida de sus personajes, y no hubiera gastado su tiempo en poner cláusulas previsoras de su posible deceso jamás, ya que hasta último momento se consideró muy sano, e incluso ¡aseguraba que era joven!

Sin embargo, cuando empezó a escribir en folletines para un diario inglés El misterio de Edwin Drood, exigió firmar un contrato con el editor que decía:

Si Charles Dickens fallece durante la composición de El misterio de Edwin Drood, o queda incapacitado para terminar dicha obra para su publicación en los doce números mensuales acordados, se llevará el caso ante el señor John Forster, uno de los comisarios de Su Majestad (…)

Y en efecto, Dickens murió legándonos el misterio final de su Edwin Drood.

Tal vez ese misterio –el de la obra de arte inacabada- las haga a éstas más interesantes.

Me fascina ponerme a imaginar cómo hubiera terminado la última novela de Charles Dickens y otras muchas obras que nunca se resolvieron por ausencia de sus autores.

¿Y a ustedes?

¿Conocen otros casos, ya sea en el arte, la ciencia, la literatura?

¿O van a enviarme sus recuerdos convocados por una taza de mágico café?

Mora Torres

Editorial

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