Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Abril, 2008

Una mas de poetas

Estoy enferma, en cama, malhumorada, dolorida (Dolor).

A punto de pedir a mis amigos una “cadena de oración” o algo parecido para ayudar a reponerme, busco otros refugios (Lo religioso según Freud).

Encuentro uno bastante confortable en rememorar lo más antiguo (Oriente y Occidente en la Antigüedad: bases para la civilización actual).

En el altillo de mi memoria tengo guardados enormes tesoros (Ciudades y tesoros perdidos) y álbumes de fotografías que brotan con la fiebre (no más de 38 grados centígrados, pero para mi fragilidad es demasiado).

También guardo juguetes del país de la infancia:

un caballito de madera;

una muñeca llamada Marilú;

una pelota que al ser apretada saca la lengua y, con mis dos o tres años de edad, muero de risa.

La pelota y el tiempo

La pelota me saca la lengua desde tierras remotas en el tiempo (La estructura del tiempo y los viajes temporales).

Al fin, consigo acordarme del gracioso o festivo nombre con que la había bautizado: “Toribio”.

La pelota está como girando o pasando de arco en arco del tiempo; desde mi infancia a ahora, desde ahora a mi infancia.

De pronto encuentro lo que buscaba, pero no tan lejos. Algo para compartir con ustedes que moviliza todas mis imágenes (Imágenes en torno a la mujer).

Hoy pronuncio el nombre de Olga Orozco

Un día me enamoré de los poemas de Olga Orozco (Literatura argentina: entrevistas); le escribí una carta enigmática (Principio de incertidumbre), y ella me contestó.

Le escribí otra, doblemente enigmática (sólo con la intención de llamar la atención procedí de esa forma) y ella volvió a contestarme.

Extraigo algunos párrafos de esa esquela:

“Querida Morita (con este sobrenombre me llamó siempre, luego): Realmente no te entiendo, ¿de qué te estás disfrazando? Dímelo, porque a veces me encanta ponerme una cabeza de oso o salir con unas botas con las que me llamo Paquita, por no hablar de la enmascarada circense haciendo equilibrio sobre un melón azul (Circo contemporáneo). Dame las claves, por favor. No sé de qué ambigüedades me hablas. (…)

Claro que me gustaría conocerte, pero me asusta un poco que me lo propongas como una amenaza, como diciéndome “a ver si eres capaz”, como si fuéramos a encontrarnos en un pasillo oscuro con un cuchillo en cada mano, o a correr por el bosque en una noche de lobos. Me asusta, además, tanta exaltación. Soy una antigua dama o una dama antigua, con anteojos para mirar de lejos y de cerca, con muchas arrugas en el alma y la esperanza sin planchar, un delicioso marido que pasa actualmente por una horrible depresión a pesar de que yo haga la malvaloca todo el día, una olla a presión que me silba a cada rato desde la cocina y un ropero lleno de cartas. ¿Qué hacer?

De modo que si tu papel (con niña que despide a caballero andante en solo sitio y niña que junto a rueca y flores apaga una bujía) era alusivo -¡ah, tu edad juvenil, es lo único claro- comprenderás cuán alusivo es este que mirado entre líneas dibuja el final de una alameda.

Bueno, a todo esto, ¿cuándo vienes a Buenos Aires? ¿Cuándo leo otros poemas tuyos, nuevos? (…) Si vienes, si los traes, si los veo (…), te diré cuáles, aunque no me escuches ni te importe.

Te mando piedrecitas de todos colores, una para cada hora del día, y una transparente para los sábados. Un abrazo con plumas doradas y una canción que haga retroceder las sombras y los males.

Olga”

No es ficción, fui a verla y me quedé

Por ese entonces yo vivía donde había nacido, en la ciudad de Santa Fe, en la República Argentina, y ella en Buenos Aires, la hermosa capital.

Aunque parezca una fantasía, al recibir la respuesta que transcribo, tomé mis valijas… y hoy Buenos Aires es el lugar adonde vivo desde hace veinte años.

La llamé por teléfono desde la estación

Apenas me bajé del micro, fui a visitarla.

Parecía muy alta y no lo era, y muy bajo su marido, que era más alto que ella y que estaba a su lado, en la puerta de ese departamento del último piso, cuando me recibieron.

Bajé del ascensor y allí estaban los dos en el palier individual.

Yo tenía calculado pensar durante el viaje en ascensor -el encargado me había preguntado amablemente a qué piso iba, y al contestarle que a lo de Olga Orozco me dejó pasar sin mucha ceremonia, se veía que me estaban esperando-; yo quería pensar durante el viaje en ascensor y durante el tiempo que durara la espera en la puerta del departamento cómo comportarme, pero no pude.

Aunque era un décimo piso, el ascensor tenía velocidad de rayo, y la espera no existió. Así que me vi obligada a disimular mi falta de recursos sociales. ¿Darle un beso de visitante, y no la mano, acaso no era lo más adecuado? Y al marido también, eso se usaba.

Tenía taquicardia, síntoma que les confesé a Olga y a su marido, Valerio, pero pronto, por un detalle, me calmé, y la improvisación me salió bastante bien.

Olga, Valerio y yo nos sentamos en los sillones del living, unos de cuero verde, otros con tapizados con rosas sobrias, y pude observar al natural la cara de Olga. Bueno, no al natural, porque era evidente que se había arreglado para su admiradora epistolar y una porción de sombra celeste cubría todo el espacio de sus párpados, pero el brillar de sus ojos verdes, que fueron leyenda entre los artistas de los años cuarenta, estaba allí.

Olga era una señora mayor muy empolvada, muy fascinante y poderosa en clima de poesía, y una persona que contaba historias fantásticas más allá de todo límite.

Y yo era joven y estaba insegura, pero ella dijo, refiriéndose al suéter entre azul, violeta y uva que me había puesto para la ocasión:

-Te viniste vestida de tormenta…

-lo que me dio seguridad, más allá del manojo de poemas que llevaba arrugado entre mis manos.

Breve noticia sobre Olga

Para quienes no conocen a “mi” poeta, copio parte de una noticia aparecida en marzo de 1999 (a propósito, recuerdo que Olga murió en agosto de ese mismo año) en la revista de poesía La Guacha que les dará alguna precisión:

“Un hecho desencadena un alboroto: En diciembre Orozco se fue a buscar el Premio Rulfo a México. Se lo entregó Juan Gelman, que allá parece sentirse en tierra firme. El premio vino con (…) el reconocimiento que la llevó a ser considerada la escritora argentina más firme para el Premio Cervantes y para el Premio Nobel”.

(Puse en cursivas el nombre de Juan Gelman, porque precisamente ayer recibió el Premio Cervantes de manos de los reyes de España.)

De cualquier manera, lo único que puede hablar ahora de Olga son sus propios poemas; lo que debo hacer es, sin saber muy bien cómo seleccionarlo, pasarles uno:

El poema elegido

Lamentándolo no saben cuánto, debo fragmentar el poema de Orozco que elegí para ustedes, y mucho:

No han cambiado y son otros

Mi abuela fue una hechicera blanca que heredó en cada piedra el altar de los druidas donde oficiaba a medias con la luna sus ceremonias blancas.

Encendía las lámparas de un soplo, bordaba las historias más hermosas con las hebras más largas del invierno

y evaporaba brujas tan solo con mondar sin miedo una naranja (…)

Se fue por un jardín con su dócil cortejo de pájaros, de locos y de duendes (…)

Cuando llueve me deja una tisana hirviente y un ramito de espliego.

Mi madre fue una reina que trocó sus dominios en la tierra por un lote en el cielo (…)

Era tan majestuosa como una catedral y más heroica que cualquier muralla,

pero cambiaba de estatura de acuerdo con la ocasión, tierna o solemne, igual que los arcángeles.

Mi padre fue un incrédulo rey mago que llegó a nuestro sur siguiendo la otra cara de su estrella.

Vino de mar en mar (…)

y era capaz de convertir de pronto un recinto enlutado en un salón de fiesta,

una roja manzana en el más codiciado trofeo del estío (…)

Ellos vuelven y ocupan sus lugares junto a estas ventanas, esta mesa, este lecho,

vuelven con grandes trozos de paredes y muebles y paisajes disueltos…

Envío

Hay sitios en Internet donde se puede leer a Olga Orozco y hasta escuchar su voz cuando ella lee.

Sus poemas siempre fueron extensos, cada una de sus líneas tiende al infinito…

Mora Torres

Editorial

El olor del cafe

Nuestros cinco sentidos físicos son una caja de herramientas delicada y preciosa para mirar el mundo (5 Sentidos).

También, para vivir sin tedio ni aburrimiento, si somos precavidos en su uso (Remedio contra el tedio y ahorro de recursos humanos).

Una de esas herramientas, la más sutil y quizá la que menos apreciamos, es el olfato (Los sentidos del gusto y del olfato).

La mayoría de las veces trae a su amigo, el sentido del gusto.

Mas cuando está sin compañía es cuando nos conduce a la intuición que, en el plano emocional o espiritual, como quieran llamarlo, es su correspondiente hermana melliza (La intuición animal y sus aplicaciones en la adaptación humana).

Basta recordar expresiones tan simples y comunes como “¡qué olfato!”, aplicadas por ejemplo a un detective, para entender lo que quiero señalar (Sherlock Holmes).

Pero lo anterior es una digresión, o a lo mejor un preámbulo, para empezar a hablar de un tema que me agrada mucho: el olor del café (El Café).

La búsqueda y la decepción

Me encandila el olor del café.

Cuando quiero mimarme a mí misma, pongo sobre la mesa un mantel azul y la taza blanca con su azucarera y con su plato de delicias: una masa perfecta, llena de crema pastelera y una guinda barnizada de almíbar.

O, inclusive, algunos bocadillos salados y hasta platos muy bien preparados (Historia de la Gastronomía).

Luego llevo al rey a quien está destinado este homenaje; lo llevo en una pieza de porcelana y plata, heredada: ¡es el café!

Siempre ando buscando alguna cosa nueva en el café; su aroma me promete tanto.

Lo preparo pensando en que beberlo es una fiesta, lo hago con cuidado, con ritos, con infinitas obsesiones.

Pero al probarlo, cada vez, la decepción es fuerte: no es posible beberse el olor, y el olor se diluye en el líquido.

Nada me hace apetecerlo más que sentir su perfume, cuando abro un paquete de una marca nueva y tal vez muy cara y me digo:

“Aquí está el café que yo andaba buscando”.

Y siempre resulta más o menos lo mismo; un líquido marrón adonde flota una vaga estela, un rastro, un recuerdo, un rasguño, de aquel increíble aroma.

Balzac y Proust, que no es poco

Pero no soy yo sola la hechizada por vahos tan placenteros.

Como ejemplo, Balzac amó el café y escribió sobre él.

Y también pudo darnos las poderosas novelas que conformaron su inigualable Comedia humana (Análisis literario de Eugenia Grandet) gracias a que pasaba sus días y sus noches encerrado en su cuarto, con una bata oriental bastante cómoda y bebiendo por día ¡cincuenta tazas de café!

El procedimiento no es muy sano ni tampoco lo recomiendo excepto, claro, que alguno de ustedes ya sepa, ya esté seguro, que es Balzac, o al menos alguien con su talento.

Otro escritor, Marcel Proust (El ensayo como búsqueda y creación) -también amante de la mágica cafeína- extrajo toda su obra (es decir, los siete tomos de su novela En busca del tiempo perdido) no ya de la infusión que adoraba sino de otra: el té de tilo.

De la memoria de un sorbo de tilo.

Mejor dicho, del perfume -en el recuerdo- de un bollo de harina llamado “magdalena” sumergido en el recuerdo de esa infusión cuando era niño.

Los acontecimientos empezaron a aparecer: dio con la llave de la caja de trucos de la memoria.

De este modo lo relata el biógrafo de Proust, George D. Painter, a ese hecho que trascendió en la literatura como una leyenda:

Mientras leía sentado junto a una lámpara (le alcanzaron) una taza de té, bebida que rara vez tomaba el escritor, dado el vicio del café. Cuando perezosamente mojó un bizcocho en el líquido y se llevó el húmedo bocado a la boca, Proust quedó dominado una vez más por la misteriosa alegría que señalaba la llegada de un oleaje de recuerdos inconscientes. Percibió un vago aroma de geranios y de flores de naranjo (…) Sin osar moverse, procurando retener el gusto en el paladar, quedó en suspenso hasta que repentinamente se abrieron las puertas de la memoria (…) Pero no pudo comprender (en ese momento) que en aquel fenómeno se encontraba la llave que le abriría las puertas de la creación de su novela.

En la cita, las cursivas que enmarcan “dado el vicio del café” son mías, por supuesto…

Pedido que podría llamarse también súplica

Sólo los convoco a seguir escribiendo en este espacio, y a que quizá, entre los para mí invaluables envíos de sus “plumas”, intercalen una buena receta de café, de cualquier tipo y país, para que yo pueda seguir escribiendo…

no como Balzac ni como Proust, pero sí con extremo entusiasmo.

Mora Torres

Editorial

La belleza y la risa

El club de los jueves

Este encuentro de los jueves no fue creado por mí (Individualismo).

Ustedes -a quienes pretenciosamente llamo “mis lectores”- lo inventaron (La fórmula periodística del mañana: noticias para el público y por el público).

Como mis compañeros de Monografias.com saben que me gusta escribir, hace unos cuantos meses me pidieron que interviniera de vez en cuando en este Newsletter y también en el Blog.

Empecé redactando en el vacío; luego hubo dos o tres “resonancias”.

Lo que conformó el valor de la página fueron las respuestas que comenzaron a llegar.

Mi modo de escribir es simple: cuando tengo ganas de decir algo, lo estampo en letras sobre la página (casi siempre en papel, muy pocas veces tecleando directamente).

Los aportes de mis lectores crearon algo que puede llamarse “sitio” de los jueves (o hasta tal vez “el club de los jueves”).

En este lugar la comunicación fluye y la gente está interesada en la belleza, la alegría o la nostalgia, la filosofía, el amor, el cine, el bienestar de todos, el arte, la poesía, la ciencia, la música, las coincidencias, el humor; ¡qué asombro! (La Comunicación).

Unas cuantas palabras sobre diversos temas que envío sin pensar demasiado disparan en ustedes preguntas, respuestas, perplejidades, asociaciones infinitas.

El camino del infierno está lleno de buenas intenciones

Bueno, el subtítulo es una broma, pero tiene que ver, sí, con mis buenas intenciones.

Intentaré, de cuando en cuando, contestar a quienes me piden diferentes temas.

Antes, debo aclarar que mi dominio es de muy poco alcance; que es posible, también, que de ninguno; que revuelvo en mi memoria bajo el impulso de mis hábitos de escritura; que no tengo Maestros ni Academia (Maestros del Siglo XXI a la Vanguardia de la Educación).

Mi “intención” es, posiblemente, que ustedes sean quienes hagan las revelaciones, como ha ocurrido casi siempre en este espacio (La paz del mundo no sólo es posible, sino también inevitable).

Dije “revelaciones” y se me ocurre de pronto que no estuve errada en absoluto, es eso: yo trato de obtener “fotografías” y mando los negativos para que ustedes los revelen (Historia de la enseñanza de la fotografía).

Primer pedido que “contesto”

Entre otras cosas, escribió Osvaldo:

“Me he referido anteriormente a “la belleza” (…) a su inspiración como encanto místico que regocija al alma, aunque sea en algo, a pesar de las hipocresías que la cachetean y ajan. ¿Será posible pedirte que te refieras a ella como tema?” (Belleza).

El tema de “la belleza”…

Siempre me preocupó, relacionándolo con el arte y la literatura, y hasta con la ética, puesto que en mi glotón peregrinar por uno y otro lado de lo escrito, llegué a saber que Sócrates opinaba que la belleza es la que nos conduce a las demás virtudes, algo así como que se sube en grados de perfección desde el amor a la belleza material (Naturaleza, arte) hasta la Belleza última.

A menudo siento que el arte y la literatura no son sino ideas expresadas con belleza, y cuyo encantamiento de belleza -tal como dicen que afirmaba Sócrates- lleva a la fuente de todos los bienes.

Y en referencia a los teóricos del arte que quieren expulsar a la belleza, suelo pensar que no se habla en realidad de expulsarla sino de desplazarla hacia otro lado, en especial en las obras más modernas.

Tomemos la poesía, por ejemplo.

En la poesía actual no hay imágenes “bellas”, no hay musicalidades ni conceptos que conduzcan a cuestiones estéticas como las conocemos en lo clásico.

Sin embargo, sé y puedo apreciar que existen poetas verdaderos en esa última generación, que sin hacer uso de la belleza explícitamente poseen algo así –algunos- como una belleza (no hablo de perfección) gramatical.

También sé o creo saber que la verdadera poesía -la actual y la eterna- es la que desencadena, precisamente, tempestades, fervores en contra y a favor.

La “tempestad” es entonces, posiblemente, la belleza.

Y al hablar de poesía hablo de música, pintura, narrativa.

Cada materia lleva un arduo aprendizaje, hasta que nuestros ojos se acostumbran a ver bajo una nueva luz, nuestros oídos a escuchar un sonido o un silencio diferentes.

Por ahora -y hasta que ustedes, incluido Osvaldo, me contesten con algo que logre hacerme comprender del todo- para mí la mejor definición de “el hecho estético” es ésta:

La música, los estados de la felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético. (J. L. B.)

No me animo a darles el nombre sino las iniciales del autor, aunque muchos saben de quién se trata.

No me animo por haberme excedido en citas del mismo; es casi fanatismo, se dirán.

Y es cierto, lo leí mucho, pero siento que nunca es demasiado por todo lo que descubro una y otra vez en su obra.

J. L. B. son iniciales prístinas, clarísimas, pero, por si acaso alguno de ustedes se queda sin “pescarlo”, en un próximo post contaré algunas de sus anécdotas.

Tal vez lo que me hizo fanática de él fue su humor implacable.

Muchos de ustedes me hablaron del humor, de la risa…

En cuanto a la risa y el humor (La catarsis), el mismo J. L. B. recomienda leer a un genial francés del siglo diecinueve, muerto al comenzar el veinte: Marcel Schwob.

No es muy conocido pero sí extraordinario, y creo que de todos modos es posible conseguir algunos de sus libros traducidos al español.

Schwob dice -con suprema ironía- de la risa:

La risa está probablemente destinada a desaparecer. No se comprende bien por qué, entre tantas especies animales desaparecidas, persistiría el gesto de una de ellas. Esta grosera prueba física del sentido que se tiene de una cierta inarmonía en el mundo deberá borrarse frente al escepticismo completo, la ciencia absoluta, la piedad general y el respeto de todas las cosas.
Reír es dejarse sorprender por una negligencia de las leyes: ¿se creía pues en el orden universal y en una magnífica jerarquía de causas finales? Cuando se hayan enlazado todas las anomalías a un mecanismo cósmico, los hombres no reirán más. Sólo los individuos pueden reír. Las ideas generales no afectan la glotis.

Reír es sentirse superior (…) El reconocimiento de la igualdad entre todos los individuos del universo no hará levantar los labios sobre los colmillos.

Envío

El título de este artículo quedó, finalmente, como “La belleza y la risa”.

Observo que mirándolo desde otro ángulo, puede atraer a incautos/as en busca de recetas cosméticas, lo que me induce a compartir con ustedes ya no una carcajada sino una breve sonrisa de entendimiento.

Por ahora, en nuestro club de los jueves, pensamos en divertirnos con arte, aprender, disfrutar nuestros seis o siete sentidos virtuales, repartir percepciones y, valientemente, tocar el frío vidrio del monitor teniendo fe en que alguien esté detrás.

Mora Torres.

Editorial

Dos carcajadas

El siglo diecinueve me da algo de tristeza (Inmigración: museos y monumentos nacionales en la Argentina); el veinte, vértigo (El siglo XX y la producción armamentista mundial).

Si pudiera mirar la historia desde arriba (La historia frente a la globalización y la posmodernidad), como un gran mapa de gente que va y viene, imagino que los de andar pausado del 1800 empiezan a correr en el 1900.

Veo caras y figuras de todo tipo acá, rodeadas de objetos simbólicos: Einstein y una pizarra con números (Físicos notables - cap. 9); Freud junto a una lámpara y un diván (Una aproximación a la corriente psicoanalítica de Sigmund Freud).

Veo a Anais Nim bajando apresurada la escalera de una casa en París -en donde vive Henry Miller- para correr hacia el Sena, adonde tiene estacionado su bote, su vivienda (Anaïs Nin).

Y a Albert Schweitzer, médico y músico, curando almas y cuerpos en Lambarené (Relaciones Humanas).

Y en el siglo veinte, sobre todo para cuando me vuelvo niña que sueña, están Charlot y su galera.

Gracias a Einstein

Aunque el tiempo sea relativo, en especial gracias a Einstein, lo hemos dividido en horas, meses, siglos… (Viaje hasta los límites de la física clásica).

Cada siglo, mirado desde aquí, tuvo su gloria y su miseria.

Tal vez sea nostalgia -pero tampoco es que rechace este aún breve período que he vivido del veintiuno, años fragmentados y en apariencia apocalípticos.

Estoy dando razones para explicar que quiero rescatar algunas estampas y figuras del siglo veinte…

Pero, qué me hace explicar estos sentimientos conjugados con pensamientos melancólicos?

Y, además, ¿por qué o por quién comenzaría a revisar el siglo XX?

El cinematógrafo y un encantador representante

Empezaría por el cine, y dentro de él por una figura pequeña y melancólica.

Como muchos de los artistas y científicos que iluminaron el 20, Chaplin nació a fines del 19, también extraordinaria época en la cual, se diga lo que se diga, no sólo de romanticismo se vivía: también de descubrimientos científicos entre amores desmayados y valses, fantasmas y azucenas.

Podría decirse que Charlot -o Carlitos, “como gustéis”- nació en el vientre abierto de las calles de Londres, donde rondaban los fantasmas de las novelas de Dickens; podría decirse que el escenario de su nacimiento fue el de las páginas donde este escritor describe los lugares más sórdidos de la ciudad, donde también describe las infancias más lúgubres entre mendicidad, asilos, demencia y alcohol.

Chaplin miró desde niño el abismo, y a pesar de que los abismos son voraces, éste no devoró al niño extraordinario.

El siglo XX tuvo muchas guerras inexpresablemente crueles.

Dicen que fue al terminar la Primera Guerra Mundial que se inventó otro modo de honrar a los muertos: el modo anónimo, genérico.

Pero también tuvo figuras que -algunas desde su más profundo desampàro- transformaron benéficamente la vida, para siempre.

Gracias les doy, por ejemplo, a quienes hicieron y a quienes conservaron las películas mudas.

¿Por qué es tan atractiva la fotografía de aquellas películas, por qué tienen como un bruñido muy noble, muy estético, en blanco, grises, zepias, que no se encuentra hoy en ningun lado, o que acaso no quiere encontrarse?

Que un arte comience es más que un acontecimiento histórico, es una revolución en el cielo y en la tierra.

Y el cine realmente comenzó con el 1900.

Secretos

De la infancia traigo secretos.

El modo de mirar de los niños está hechizado y ellos ven mucho más.

No se lo cuenten a nadie, pero les aseguro que los niños no percibíamos -como creen percibir los adultos- la tristeza de las películas de Chaplin, porque esa tristeza no existía.

Chaplin inauguró la alegría de los pobres, los marginales, los burlados, y nadie sufre si sabe reírse de sí mismo.

Este secreto parece muy tonto, pero aseguro que no lo es, recuerdo la intuición poderosa con que lo formulé en mi niñez.

Lean, si no me creen, las lecciones que Chaplin supo dar:

Un sombrero que vuela

“El solo hecho de que un sombrero vuele, por ejemplo, no es risible. Sí lo es ver a su propietario correr detrás, con los cabellos al aire y los faldones de la levita flotando (…)
“Todavía más graciosa es la persona ridícula que se obstina en conservar su dignidad. (…) Por esto, todos mis films descansan en la idea de ocasionarme apuros, para aparecer terriblemente serio, en mi tentativa de comportarme como un caballero normal. Por eso es por lo que, al encontrarme en tan enojosa postura, mi preocupación consiste siempre en recoger inmediatamente mi bastón, enderezarme el sombrero hongo y ajustarme la corbata, aunque acabe de caer de cabeza (…) En “EL evadido” lo consigo colocándome en un balcón donde tomo un helado con una joven. En el piso de abajo hay una dama robusta, respetable y bien vestida, ante una mesa. Entonces, mientras me como el helado dejo caer una cucharada que se desliza a través de mi pantalón ydesde el balcón va a caer al cuello de la dama, que aúlla y se pone a saltar. Un solo hecho ha servido para poner en compromiso a dos personas y ha provocados dos carcajadas.”

Me pregunto si no fue algo que tuvo que ver con un ataque a la solemnidad lo que hizo que unos meses después de muerto Charles Chaplin alguien robara su cadáver y nunca más lo devolviera.

Tal vez el autor de ese delito interpretó algo mal las enseñanzas…

Envío

Lectores “comentaristas”: me alegraron de un modo inexpresable las opiniones que mandaron sobre el último post.

¿Deberé reconocer que me encantan los halagos, aunque no crea merecerlos a todos?

No siempre es eso; lo que me fascina son ustedes, las “huellas digitales” que dejan en sus comunicaciones, por las cuales aprendo a conocerlos.

Me sentiré igualmente feliz de recibir críticas adversas… tal vez no tanto, pero las necesito.

Lo que admiro es que los entusiasme escribir para solidarizarse, para halagar, para enmendar lo errado.

Eso se llama en verdad amor, y ojalá pudiera devolverlo de la misma manera desinteresada con que me lo dan ustedes.

Mora Torres

Editorial

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