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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Marzo, 2008

El encuentro de la poesia con la ciencia

Acabo de soñar con fuego, con columnas antiguas (Grecia) y con que vuelo en un vuelo silencioso donde al volar escucho el silencio, agradecida (Hacia una pedagogía del silencio).

Semidespierta, semidormida, me pregunto por el delicioso a veces, otras veces terrorífico pero siempre interesante mundo de los sueños (Los sueños: Productos automáticos de nuestra mente).

Abro la ventana de un día nuevo y trato de mirar como si acabara de llegar y no supiera nada de nada de la vida.

O como alguien dormido hace cien años que despertó hoy (esto, no me reprendan por ser tan infantil, me recuerda otro maravilloso cuento de mi infancia, el de la Bella Durmiente:  Shrek y los cuentos de hadas).

Mis ojos miran hacia los cuatro costados, por la ventana, y también hacia dentro de mi cuarto.

Hay una biblioteca con libros que recogí en el camino y con libros heredados de mucha gente que vivió antes que yo (Plan de Acción para elevar la motivación del hábito de lectura…).

De entre los libros heredados, encuentro uno muy pequeño que parece salirse de su espacio para llamarme la atención.

Lo libero de su prisión entre sus congéneres y leo título y autor: “El aire y los sueños“, de Gaston Bachelard.

Intento, primero, averiguar quién es o fue Bachelard (El proceso y los componentes de la investigación científica).

Silbando bajito, recordando mal

Tal vez no estoy despierta ni semidespierta ni semidormida, tal vez no desperté, pero me encamino a las enciclopedias (Diccionarios y Enciclopedias) mientras como quien silba bajo la lluvia, recito:

“Atlas, enciclopedias, cosmogonías/ todo el ayer y el hoy representados”…,
…pero no, no era así el poema, acabo de herir a uno de los mejores escritores del mundo recordándolo mal.

Aunque Borges, seguro, me perdona (Borges y la eternidad en construcción).

El encuentro de la filosofía con la ciencia

Una de mis enciclopedias dice que Bachelard fue un filósofo francés nacido a fines del siglo diecinueve (Vida cotidiana de la oligarquía argentina – 1880-1890), que murió en París (Ernest Hemingway) en 1962 y que fue además “un tratadista de filosofía de la ciencia y psicoanálisis…“. Menciona varias de sus publicaciones, y una en especial llamada hermosamente “Psicoanálisis del fuego“. También menciona “La formación del espíritu científico” y “El materialismo racional“.

Transcribí los dos últimos nombres de las obras de este filósofo inusual, porque sus títulos parecen desmentir la afirmación de la contratapa de mi libro encontrado.

En ella leo que los lectores descifrarán en el libro diferentes cuestiones, tratadas “con un sentido eminentemente lírico“.

Sitúo entonces rápidamente a Gaston Bachelard entre los científicos, psicoanalistas y filósofos que desmembraron la realidad con un “sentido eminentemente lírico“.

Pero, ¿es posible tal encuentro de la poesía con la ciencia?

Sólo me resta abrir el libro y leer.

Abro el libro y encuentro “El sueño de vuelo

Como les dije, acabo de soñar, entre otras cosas, con que vuelo en un vuelo silencioso.

Y he aquí que el primer capítulo del libro “El aire y los sueños” se llama ¡”El sueño de vuelo“!

Me siento ante el hallazgo de una nueva “coincidencia significativa“, como llamaba Jung a las “casualidades“, una coincidencia que involucra mi soñar, mi despertar mirando hacia los cuatro costados, mi hallar el libro de Gaston Bachelard y sólo y precisamente ese libro.

Pero, además de ese hallazgo que llamaría personal, porque aunque trascendente sólo concierne a mi persona, descubro aquí, precisamente, en este libro, lo que siempre busqué: el punto de encuentro, visible, indudable, entre la ciencia - abarcando en esta palabra todo lo racional - y la poesía - abarcando en esta palabra todo lo que trasciende las palabras, como la música y la religiosidad.

Leamos juntos por ejemplo esta frase:
“El psicoanálisis clásico descuida, por lo menos en dos aspectos, el deber de curiosidad: no da cuenta del carácter estético del sueño de vuelo, ni de los esfuerzos de racionalización que trabajan y deforman este sueño fundamental”.

Acordarán conmigo en que nuestro autor junta cuestiones como “el deber de la curiosidad“, “el carácter estético” con los “esfuerzos de racionalización“, lo que no es ni más ni menos, a mi entender, que poetizar la ciencia y racionalizar la poesía. Pero hay más: la escritura de Bachelard, cuando habla de ciencia, se acerca a la escritura de un poema:

Admitamos, con el psicoanálisis, que la voluptuosidad onírica se satisface haciendo volar al soñador. ¿Cómo esta impresión sorda, confusa, oscura, podrá recibir las imágenes graciosas del vuelo? ¿Cómo recurrirá en su monotonía esencial a lo pintoresco para dar a los relatos interminables de los viajes alados.
La respuesta a estas dos preguntas constituiría una aportación a la estética del amor y una racionalización de los viajes imaginarios.

Aun sin entender demasiado bien el significado de lo que escribe mi filósofo, sí entiendo, amigos lectores, que:

¡La ciencia necesita de la poesía para descifrar el mundo!:

El amor y sus imágenes se acumulan sobre este tema (el del vuelo). Al estudiarlo veremos, pues, cómo el amor produce imágenes“.

Cómo el amor produce imágenes
(más allá de cualquier golosina)

El subtítulo es un guiño hacia esos lectores que me recomendaron ser algo más concreta con mis temas, y me lo recomendaron en respuesta a mi último artículo, llamado “El chocolate y sus misterios“.

Respeto, considero, admiro, evalúo y pienso las opiniones que me dan ustedes no saben hasta qué punto… pero…

Pero es mi mano la que escribe, como si fuera en otro sueño, no yo.

Y mi mano se niega a escribir ante el papel en blanco, hoy.

Hoy, ante el papel en blanco, o más bien ante la pantalla de la computadora, mi mano quedó muda, y debí hablar apelando a lo “razonable” o “racional” (Acercamiento a la noción de texto desde la física cuántica).

Con lo cual debían de algún modo ser más concretas y coherentes mis reflexiones.

Sin embargo, releyendo estos párrafos, algo ociosos, comprendo que no hay mucha diferencia entre lo que “siento” y lo que “sesudamente” pienso.

Pero tal vez esa ociosidad, ese no ser del todo concreto, sea el mundo que entrego a descifrar, junto con las sí consistentes monografías que recomiendo.

A ser descifrado por mis lectores, acompañándome con la lectura de esos trabajos.

Les agradezco por todo lo que recibo, por todo lo aprendido en estos meses.

Hoy no les ofrezco chocolates, les ofrezco un escritor y científico para descubrir, que es Bachelard, a quien acabo de conocer yo misma.

Crecer juntos es mi aspiración mayor, y conocerlos a través de sus respuestas es mi alegría diaria.

Para ustedes, todo mi reconocimiento y todos mis abrazos.

Mora Torres

Editorial

El chocolate y sus misterios

La Pascua es una de las fiestas que mejor simboliza la alegría, alegría que podemos por un momento hacer volver de nuestra niñez, más allá de religiones y polémicas religiosas (De iglesias, de religiones… y de Dios).

Y a tal punto lo es, que el idioma recupera giros coloquiales como “estás hecho unas Pascuas” para expresar que alguien parece muy feliz.

Los huevos de Pascua, el conejo de Pascua y… el chocolate, tienen sabor a infancia (“Chocolate”, una visión antropológica del film).

Y más que a infancia, a misterios de infancia y a ilusiones (¿En qué consiste esa gracia, piedad o sabiduría de la infancia?).

Y refiriéndonos a misterios de infancia (y golosinas), el cuento que más me gustaba en esa época era “Hansel y Gretel”.

Todavía se me hace agua la boca al evocarlo y, a la vez, se me llena de tristeza el corazón, porque a veces me siento como una niña abandonada.

Todos somos niños abandonados, pero no lo sabemos (Infancia abandonada).

Llegamos a saberlo cuando se nos presenta la figura de la bruja del bosque (El bosque. La imaginación y el miedo), disfrazada de problema ecónomico, de muerte de un familiar o de depresiones inexplicables (La Depresión).

De esta bruja madura, flaca y tuerta, lo único diferente con la del entrañable cuento de hadas es que su casa no es de chocolate.

Permítanme burlarme de esa querida mujerona con un versito de Quevedo (Figuras retóricas).

Aquí yace Estefanía,
flaca y aguda mujer
que bien pudo aguja ser
pues sólo un ojo tenía.

Momia, esqueleto de alambre,
en torno a sus huesos vanos
yacen también los gusanos
porque se murieron de hambre.

Por supuesto, es bastante improbable que la bruja de Hansel y Gretel se llamara “Estefanía”.

Hay que pedirles a los niños que bauticen a esta “malvada” mujer, así como a otros personajes de cuentos que carecen de nombre, como la abuela de Caperucita, por ejemplo.

Es un lindo y curioso ejercicio, y se comprende un poco lo que los chicos sienten cuando oímos los nombres que “fabrican”.

Uno de ellos llamó a la bruja mencionada “Casimira”.

Le pregunté por qué.

Me dijo que había oído que tenía un solo ojo.

Pensé un ratito y comprendí.

Y me reí.

Recuerdos de Hansel y de Gretel

Yo tenía siete años y una de mis principales preocupaciones eran los niños abandonados, pero sin formulármelo en palabras.

Y justamente en el comienzo del cuento, Hansel y Gretel, dos hermanitos frágiles, eran abandonados por sus padres en el medio del bosque.

Fue toda la noche que pasó la pareja de los padres de estos niñitos en la choza discutiendo el problema, mientras Hansel y Gretel escuchaban desde sus lechos de paja.

Al alba la decisión estaba tomada, aunque a la madre le brillaban los ojos por las lágrimas.

Al padre no, porque era un hombre rudo, rústico, poco sensible y había pasado hambre y frío durante gran parte de su vida.

No es que odiara a los niños; tal vez era más sabio y entendía que esa oportunidad de perderlos era singular: si conseguían salvarse, estaban preparados para salvarse de todo durante sus vidas.

Si no eran capaces de sobrevivir, era mejor que ahora mismo se resolviera el caso (Maltrato infantil).

(No es que esté de acuerdo con el papá de Hansel y Gretel, les aclaro. Sólo trato de comprender su actitud.)

Cómo era la casa de la bruja del bosque

Todos ya saben que los niños caminaron y caminaron por el bosque hacia cualquier lado, ya que la esperanza de salvación podía estar en cualquier punto cardinal.

Y todos conocen por haber leído el cuento, o porque se los contaron o porque al menos el argumento es más que conocido, o porque ningún cuento de niños tiene final terrible, cómo termina.

Lo que importa es el medio de la narración, en cualquier relato.

En este caso en el medio de la historia hay una casa que cualquier goloso agradecería que me detuviera a describir.

Estaba hecha de chocolate.

Su techo a dos aguas era de gigantescas tejas de chocolatín.

Las rejas de sus ventanas, la tierra de su jardín… (la tierra de su jardín era pura mousse con terrones de brownies).

Los árboles cuyas copas rozaban las paredes del piso alto eran de caramelos de colores.

Huevos de pascua

Ahora vienen las Pascuas y el chocolate cobra presencia.

El chocolate es el diamante de las joyerías donde se venden golosinas, el oro hermético de los niños felices y los padres y abuelos contadores de cuentos; de las niñas felices y las madres y abuelas contadoras de cuentos (¡que viva el feminismo!).

En las vidrieras, el chocolate brilla envuelto en papeles de colores, como la tentación de san Antonio.

Con su forma de huevo que, dicen, es entre las formas de la naturaleza la que más se acerca a la belleza, porque si en geometría y en arte o en estética el círculo es la perfección, en la naturaleza no hay “redondeces” tan exactas nunca.

Pero, ¿por qué nos gusta tanto el chocolate?

Según el Doctor Larocca, un científico y humanista eminente de la República Dominicana que colabora con muchos trabajos en Monografias.com, el chocolate y el amor se parecen porque contienen oxitocina. Bueno, no es exactamente así, leamos su ensayo: La oxitocina: la hormona del amor.

Envío

Ojalá esta notita les haya recordado su infancia, o, al menos, hecho “agua la boca”.

Un abrazo de fiestas, a la espera de otras anécdotas referidas a Pascuas, al chocolate o a los niños.

Mora Torres

Editorial

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Post redireccionado a nuestro Blog Institucional: Visible Body

General

La maldad de los libros

Hay una novela de caballería que trata entre otras cosas, pero en primer lugar, del daño que hacen las novelas de caballería (Senderos del amor en el Quijote de 1615) .

Hay un “libro de arena” cuyas hojas, una vez abiertas y leídas, se pierden y no aparecen nunca más, y es mejor que no aparezcan… (Borges: El Libro, Los Libros, Los Hombres, Un Hombre)

Otro libro hay cuyas páginas contienen peligroso veneno que se transmite al lector y le provoca la muerte (capítulo VI de Semiologia).

El más grande y “vidente” de los poetas del siglo XIX -a mi parecer-, Arthur Rimbaud, “niño salvaje” de los versos, más que renunciar, abjuró de su oficio y se retiró a “hacer negocios” en Africa (Rimbaud y Breton, influencias del simbolismo sobre el surrealismo).

No es difícil encontrar entre los poetas expresiones como “maldita (o tenebrosa, maligna) poesía” (El surgimiento de lo trágico y nuevas formas de insurrección social).

Parece raro, pero son muchos los grandes literatos que se han quejado de los libros (Viaje hacia los libros).

De los libros y de la literatura en general (La literatura según M. Foucault: un sendero hacia otra experiencia del pensamiento).

Los escritores perpetúan la queja contra su oficio con palabras que quedan para siempre (lo de “siempre” es una exageración aun tratándose de los grandes).

Hay otras artes donde suele haber estos amores-odio (Trilogía del Amor: El Amor, el Odio y los Celos), y acaso lo sabemos porque la tradición ha recogido por ejemplo:

En música: la tragedia y el malhumor de Beethoven (Música clásica).

En pintura: la rebeldía, más bien la delincuencia, de Caravaggio, y su reniego de arte y vida (Barroco).

Préstenme alguna luz

No lo puedo entender con claridad, pero se me ocurre que el amor tiene siempre dos polos, se trate del amor que se trate.

Cuanto más intensa la pasión, más intenso el rechazo o la frustración que sobrevienen por momentos (en cualquier vocación, ya sea de amante o de astronauta).

Aunque, como dije, no me explico del todo esta “cualidad” de los humanos.

Lo menciono porque es curioso y porque, tal vez, existan lectores que puedan explicármelo.

Ustedes, poetas, músicos, pintores, antropólogos, astrónomos, físicos, siempre elegantes y fieles comentaristas de este blog, ¿tienen explicaciones para darme?

Envío

Gracias a todos los que el jueves pasado enviaron comentarios sobre la Paz.

Los tengo presentes uno por uno, y en referencia a temas tan importantes como ése, tengo pensado hacer un apartado dentro del blog para transcribir extractos de diferentes opiniones.

No importa si estoy o no de acuerdo con cada una de las respuestas; nos sirven a todos para seguir pensando.

Mora Torres

Editorial

Por la Paz II

Es innecesario afirmar el sinsentido de las guerras; de La Guerra, que “marcó con cicatrices indelebles” el bello rostro del mundo (Edad Contemporánea. Las Guerras - Independencias -Revoluciones).

Basta escribir la palabra guerra para que la gente sepa de qué se trata y tome partido.

¿Para qué explicarles a qué contexto actual uno se refiere, si se trata de Oriente o de Occidente o acaso de Latinoamérica en particular? (Hugo Chavez y la guerra de resistencia).

El concepto de guerra procede de tan lejos en la historia que se confunde con nuestros orígenes.

Empezamos a cantar, bailar, filosofar, a hacer poesía y música, al mismo tiempo que peleábamos por ilusorios territorios o creencias (Mito, mitología poética y razón especulativa en los orígenes de la filosofía).

Nadie se preguntó en el principio por el sentido de la guerra, entendiendo “sentido” como algo equiparable a lo que ahora conocemos por ética, o, más temporal y actualizadamente, por moral (Ética, Moral y Axiología).

Según antropólogos e historiadores, la guerra fue la que originó la idea de ciudad, en cuanto a la protección y la seguridad que ésta implica, y a su valor estratégico (Las ciudades a través del tiempo).

Es decir que pensamos antes en la guerra que en un lugar donde asentarnos.

Amanecimos sobre suelo sembrado de sangre y muerte; nacimos dentro de la batalla.

Después refinamos nuestro gusto por el dolor del enemigo, nuestra risotada inicial ante los vencidos.

Sin embargo las guerras continuaron y podría decirse que a lo largo de toda la historia nunca hubo un momento en el que en algún lugar del mundo no se peleara.

La razón por la que se peleó siempre fue, esencialmente, irracional (valga la paradoja).

O tal vez se peleó por algo tan inútil como un peine disputado por dos calvos, al decir de Borges refiriéndose a la Guerra de Malvinas (La guerra de Malvinas (1982)).

Toda guerra es injusta y depende del capricho de algún gobernante.

O de varios.

Si basta escribir la palabra Guerra para que las personas sepan de qué se trata y tomen partido, ¿por qué no escribimos ahora mismo, urgentemente, la palabra Paz? (Cultura de Paz: desafío para la educación del siglo XXI).

Recuerdo de “Por la Paz I

Hace algún tiempo publiqué en este sitio un artículo llamado “Por la Paz“.

Allí afirmaba entre otras cosas que el siglo XX tuvo de un lado de la balanza a Stalin y a Hitler, y del otro “la frágil figura del Mahatma”.

Lo importante, en esa y en casi todas las ocasiones en que me “reúno” con ustedes, no fue mi escrito sino los comentarios que recibí, en los que se destacaban los anhelos de paz y de amor auténticos, sin concesiones al artificio o a las palabras remanidas.

Vuelvo a pedirles que reflexionen sobre el caso.

Pido perdón por el incumplimiento

Hoy era el día que iba a “explicarles” el significado de la máxima de los poetas surrealistas que sustenta que “La poesía debe ser hecha por todos”.

A la máxima la firmó Lautréamont algunos años antes de que surgiera el surrealismo –esa escuela de sueños y de verdades que trascienden la realidad (La pasión de la pregunta. Blanchot y la filosofía).

Los surrealistas se organizaron primero en Francia como movimiento, después en todo el mundo, con exponentes latinoamericanos de prestigio.

Ellos decían en su “Manifiesto” que “el surrealismo es un modo de liberación total del espíritu”. Muchos de esos poetas surrealistas acabaron su vida en campos de concentración nazis, otros peleando en el frente.

También iba a ofrecerles “muestras” de sueños individuales que he recogido de diversos soñantes (¿o “soñadores”?), aprovechando otra consigna surrealista - esta firmada por Nietzsche y que los surrealistas recogieron:

“El sueño es un arte poética individual”.

Todo eso está escrito, preparado, e irá hacia ustedes el jueves próximo.

Pero en el último día decidí cambiar el tema.

Tal vez aprueben mi decisión: la Paz es inaplazable, y todo lo que podemos hacer por ella es pregonarla.

Ahora espero “pacíficas” respuestas

Gracias a todos, en primer lugar por pensar en la Paz.

En segundo lugar, por seguir con tanta simpatía - más todavía en los casos en que no están de acuerdo y me lo cuentan - mis, según algunos, “alucinadas” entradas en el blog.

Y hoy, gracias especiales a quienes anteriormente escribieron tan lúcidamente sobre el tema que toco que me ayudaron a hacer este trabajo.

Mora Torres

Editorial

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