Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Febrero, 2008

El mas alla de la palabra

Le escribí a una conocida mía llamada Consuelo, sobre quien me comentaron “fuentes confiables” que había tenido “una experiencia extrasensorial, sobrenatural”, preguntándole sobre la misma.

Me contestó lo siguiente, aunque las palabras están traducidas, es decir, son mías (como si las palabras fueran de Alguien):

No vi fantasmas (Aproximación al devenir histórico de los fantasmas en el imaginario de la cultura occidental). Vi la Verdad (Brecht y la Verdad – Cinco pasos hacia su encuentro).

Más que buscarla, la verdad que nombro –la única- se me mostró por casualidad. Y es bella.

Aunque no tiene colores (Color, arquitectura y estados de ánimo).

Aunque no tiene música.

Aunque no tiene perfume (Aromaterapia).

Ni forma.

Vuelvo de allí sin saber mucho más de lo que siempre supe (Saber estudiar).

No sé si existen cielos, infiernos, purgatorios, transmigraciones, edenes (La muerte en la historia).

Ni siquiera sé si algo nos aguarda después de la muerte (Las imágenes de la Muerte).

No fue una experiencia sobrenatural. Quizá ni siquiera extrasensorial (Parapsicología – astrología).

Tampoco fue producto de lectura de libros de autoayuda (¿Es posible la felicidad? Vínculo y apego).

No vi la verdad de lo que es, de lo que no es, de lo que podemos o no esperar.

Pero lo que se me mostró, y por tanto aprendí, es muy intenso, muy poderoso (y disminuye increíblemente al ponerlo en palabras).

Vi por qué no sabemos la verdad.

Ahora estoy segura.

Descifrando la respuesta

La carta no deja muchas rendijas para volver a preguntar.

En especial, porque pondera la debilidad de las palabras, porque aclara en otro párrafo que tampoco es que con toda precisión haya visto por qué no sabemos, sino que la experiencia “pierde verdad” al ponerla en vocablos.

Intentemos –contradictoriamente al mensaje de Consuelo, lo sé- descifrar ese “vi por qué no sabemos”.

Noticia que me brindó inspiración

Leí hace pocos días en Internet que en mayo de este año ya va a ser posible realizar viajes en el tiempo.

(Dicho como en el párrafo anterior, ¡parece un infinito disparate!)

En esencia no importa cuánto de realidad tenga la información, lo bueno es que resulta inspiradora.

Sobre todo, para imaginar viajes hacia atrás.

Y tal vez descubrir a qué es a lo que se refiere la autora de la carta mencionada como central en su experiencia.

Yendo hacia atrás
Viajes hacia los tiempos más antiguos

Antes, siempre que imaginaba a los primeros humanos me conmovía una carencia o dificultad que “sufrían” en mayor grado que los actuales, que nosotros: la falta de un lenguaje bien estructurado para expresarse.

Para ilustrar mejor, cito unas frases de los comienzos de Cien años de soledad (mi veloz caballito de batalla):

“El mundo era tan reciente que las cosas no tenían nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Pero, me digo ahora, los seres humanos, cuando organizamos, estructuramos, sistematizamos, “aprendimos”, perdimos, en el proceso, algunas cosas importantes.

En cierta forma nuestros ojos se velaron, porque las cosas empezaron a cubrirse de vestiduras, de polvo, de sombras, de vocablos.

Trato de imaginar quién sería yo si no tuviera este nombre, este apellido, esta blusa, esta lapicera; si no hubiera aprendido a leer y escribir y estuviera parada sobre una tierra sin nombre.

“¿Quién sería yo?” es tal vez una pregunta mal formulada, porque de todos modos la respuesta es que… seguiría siendo yo.

Después de todo también podrían ustedes, que no ven mi blusa, mi lapicera, mi computadora, mis manos, hacer una pregunta en tiempo presente sobre mí.

“¿Quién es la persona que nos está diciendo esto?”

“¿Alta, baja, vieja, joven?”

La pérdida

Lo que perdimos los seres humanos -pero supongo que a la vez ganamos mucho- cuando construimos sobre las cosas y los seres estructuras como catedrales (El Estilo Gótico), idiomas, números, fue saber quiénes somos sin necesidad de medir nuestra edad, altura, y hasta sin calcular si somos inteligentes o imaginativos o apáticos.

Al encontrar palabras encontramos límites y perdimos el más allá.

El más allá de la palabra, un lugar donde todo lo que estoy diciendo o intento decir se puede expresar con un guiño, un ademán o una carcajada.

Pero, claro, todo hubiera seguido pareciéndose a los sueños.

Sombras de bulto bello

El sueño, autor de representaciones,
en su teatro sobre el viento alzado
sombras suele vestir, de bulto bello,

dice Góngora, y es verdad.

Aunque… ¿la vida se hubiera parecido a los sueños si no hubiéramos construido sobre ella artificios?

Creemos que sí, pero entre otros artificios construimos cosas como la poesía, que a la vez se parece a los sueños.

La poesía se parece a los sueños porque todos soñamos y, del mismo modo, todos hacemos la poesía, aunque parezca extraño.

Los poetas surrealistas tenían una máxima extraída de un poeta anterior a ellos:

La poesía debe ser hecha por todos.

Envío

Sobre esta máxima, sobre los sueños como “arte poética individual” y sobre las cosas importantes que perdimos al aprender a hablar escribiré el próximo jueves.

Voy a contarles sueños, además.

¿Pueden contarme alguno, poetas amigos? (tengan en cuenta lo que cité sobre que la poesía debe ser hecha por todos).

Charles Nodier fue un escritor que amó las palabras y las plantas, y de tal modo escribió que existe “…algo maravillosamente dulce en el estudio de la naturaleza, que destina un nombre a todos los seres, un pensamiento a todas las palabras, amor y recuerdos a todos los pensamientos”.

De eso se trata.

Mora Torres

Editorial

Basada en un hecho real

El lugar donde nací es una ciudad latinoamericana (“Geografía urbana”) capital de provincia, y tiene, ahora, unos 500.000 habitantes.

La han descripto por sus casas antiguas y enormes (“Ciudades y tesoros perdidos”) y su casco histórico, por sus museos (“Museos de la ciudad de Quito”) y la mansión conservada y fantasma de una virreina, por su gente que hace teatro, música, poesía, artes plásticas, títeres (“La aventura de Café”), danza y todo esto de forma intensa y sostenida desde tiempos pasados.

Pero yo la describo por el aire lleno de sus jazmines los días de mayor calor (“Teoría básica de calor y termodinámica”), por eso y por la otra dimensión que es el calor del verano en el lugar y cómo me drogaba, y todavía me droga cuando voy, con perfume de flores y olor a miel (“Apicultura”).

El lugar donde ahora vivo, desde hace muchos años, es la capital del país y –todos están de acuerdo- una ciudad muy bella y cosmopolita (“Lo urbano en el pensamiento social”).

La historia que quiero contarles está –como las películas que pasan por cable (“Medios de comunicación”)- “basada en un hecho real”.

Aunque, en esas películas (“Historia del cine”) algunas cosas han sido modificadas para dar con el gusto mayoritario de los televidentes, y mi historia no.

No está “basada” en algún suceso sino que es real de toda realidad (virtual y no virtual) y aunque su argumento sea más modesto que los de la TV, se me ocurre que es muy significativo.

Una voz conocida

En la nota pasada (“Pareja paradójica”) uno de los comentarios me llamó la atención.

Era cálido y lúcido como el de cualquiera de ustedes, “mis” lectores (“Niveles de lectura”).

Como el de casi todos…

Tenía sin embargo algo extraño en su escritura: yo, allí, reconocía la voz de alguien.

Se trataba de una entonación, de un modo de decir las cosas; a lo mejor, de una “estructura de pensamiento” que se me hacía familiar.

Leo todas las intervenciones, una a una, ¡hasta cuando son más de cien y se “pelean” entre ustedes!

Todas me ayudan a pensar; alguna me inspira para la próxima nota.

De quienes participan a menudo he llegado a saber –o, más humildemente, creo haber llegado a saber- un poco sobre sus costumbres y vida cotidiana e inquietudes.

Sé que hay entre ustedes escribanos, poetas, obreros, predicadores evangélicos, pintores, maestros, oficinistas, activistas sociales, viajeros, médicos, periodistas, psicólogos, amas y amos de casa, deportistas, curas, madres, padres, abuelas, abuelos, hijos, hijas…

Es raro esto de identificar a alguien por una profesión y también por un estado civil y también por el lugar que ocupa en la familia.

Pero no hay otro modo.

Ustedes firman Angel, Joise, Sem, Nerudaoruga, Diana, Margarito.

A veces no hay modo de ubicarlos siquiera en un país, cuando no lo mencionan, y no mencionan su país casi nunca.

Sí identifico a un amigo español que protesta cuando hablo de la “conquista” de América.

O tal vez son muchos los españoles que protestan…

El comentario que me quedé mirando largamente

Como lo dije antes, advertía algo inusual, o demasiado usual.

Como una charla con un amigo de carne y hueso que empleara ciertas palabras y maneras de componerlas en frases que me traían ecos lejanos y casi podía sentir el sabor del café que seguramente había bebido.

Un café compartido y remoto.

Era tan fuerte la sensación que le escribí al autor o autora del comentario la noche del sábado (“La ley del sábado de Jehová”) lo siguiente:
“…algo me hace sentir que te conozco desde hace mucho. ¿Estoy en lo cierto?”.

De inmediato llegó la respuesta.

Estaba firmada con nombre y apellido.

Era una dama.

No era ninguna amiga ni conocida mía.

Me contaba que se dedicaba a la antropología (“El hombre como animal simbólico”) y le interesaba además reflexionar sobre cuestiones existenciales.

¿Y cuál es la sorpresa?

La sorpresa

Fui a un buscador de Internet, puse su nombre y apellido.

Apareció con bombos y platillos.

Lo sorprendente, para no extender más este final a toda orquesta: era de mi pueblo, de mi ciudad, y vivía allí.

No sabía de mi existencia más que como una firma repetida en el blog de Monografías.com.

Yo tampoco sabía de la suya.

“La escritura de Dios”

No sé cómo y refiriéndose al tema de la soledad en la era de las comunicaciones, sus palabras me trajeron mi infancia y juventud.

El aire puro de mi ciudad y los paseos por el parque.

Sus palabras, que no hablaban “de eso”, estaban compuestas de un modo reconocible para mí, que me hablaba “de eso”, de mis tiempos pasados.

¡Y no puedo arriesgarme a pensar ni siquiera en que el papel podía haber contenido un átomo del aroma de los jazmines u otras especies de mi ciudad, porque el papel no existía!

Sólo existía el monitor de la computadora.

Fue un encuentro que puede leerse como una lección.

La nota “Pareja paradójica” fue desbaratada con argumentos impecables por la escritura de una pequeña historia entre seres humanos ¡comunicados por Internet!

Según uno de mis escritores predilectos, los pasos que una persona da todos los días de su vida forman un mapa que Dios puede descifrar y que Dios escribe.

¿Tienen para agregar a nuestro blog una historia de “coincidencias significativas” (“¡¿Qué rayos sabemos?!”) simple como ésta, o un poco más compleja?

Gracias anticipadas.

Mora Torres

Editorial

Pareja paradojica

La soledad más digna

Existe una soledad romántica y, a veces, anhelada: la del que busca la verdad, la del que no puede transmitir esta búsqueda (”El héroe romántico en ‘Últimas cartas de Jacopo Ortis’ de Ugo Foscolo“).

Su búsqueda ya es una verdad que no puede expresar.

Generalmente es un artista o un filósofo (”El Pozo y La Metamorfosis” y “Causas de la soledad en los protagonistas de las novelas La Metamorfosis y Los Cachorros“).

Su dolor de soledad o de aislamiento existe.

Pero, ennoblecido, es casi una dicha de vivir.

El dotado de esta soledad -en los casos de buscadores auténticos- tiene la compañía de su propio ser, al que en parte conoce, y al descubrirlo intima con toda la humanidad.

Es una soledad de espacios y tiempos gigantescos, o infinitos.

Los seres antiguos, modernos, lejanos, vecinos, son sus iguales, sus pares.

Su silencio está lleno de música.

Su silencio no tiene idioma porque las voces interiores terminan concordando en armonía (”Armonía y composición pedagógicas“). En música.

Desde lejos algunos señalan burlonamente a este “soledoso”.

Su marca convencional es la locura (”La locura del Quijote“), pero él sabe que, en su naufragio (”Sobrevivir en el naufragio“), los otros también perecerán, y que su soledad es algo así como un retiro para estudiar el modo de naufragar alegremente.

La era de las comunicaciones

La extraña pareja formada por la soledad y la era de las comunicaciones es una de esas particulares sustancias que amargan nuestros días.

Particulares porque casi siempre que nos quejamos de un mal de nuestra época encontramos, buscando, ese mal disfrazado en otros tiempos, a veces a distancias centenarias.

Pero éste, nuestro mal, es único, de ahora, actual.

La soledad se acrecienta a medida que los medios de comunicación avanzan.

Aunque… me detengo en una pregunta que acaba de surgirme:

¿no será un problema de lenguaje?

¿Habrán sido bien bautizados “los medios de comunicación” con el nombre que llevan?

Convengamos que, si bien ya no se escriben cartas en papel, sí se escriben por correo electrónico.

Pero sucede lo mismo que con la “comida chatarra” (”La sociedad del pitillo y los placeres perdidos“): todas las esquelas tienen el mismo “gusto”; al principio nos atraen pero, incluso las de nuestros amigos más íntimos, tienen un gusto (o un sonido) metálico.

Como los edulcorantes artificiales (”Una solución alternativa al problema alimentario para obtener longevidad…“), nos consuelan pero nos hacen extrañar el azúcar y la miel, nos dejan un regusto amargo.

El secreto -al igual que para las comidas y para los postres- está en “cómo fueron preparadas” esas cartas.

Al mensaje que recibimos le falta el amoroso rito de buscar previamente hoja y lápiz, de dibujar letras, de ensobrar y pasar por el correo.

Además, como faltan estos ritos, la tarea se hace muy fácil, y quien nos escribe “aprovecha el envión” e incluye a cinco o seis amigos y parientes tan queridos como nosotros.

Semejante producción va en desmedro de la calidad; es decir, de la expresividad de su afecto y espontaneidad.

Aparte, una ansiedad suplementaria aqueja al redactor modernizado: “¿Habrá llegado su mail? ¿Por qué no le contestan?”.

Una de las garantías menos confiables de la era de la comunicación es estar comunicado.

Aunque, pénsandolo bien, ¿qué es “la era de la comunicación” sino una formación multitudinaria de objetos que facilitan información sobre personas sin necesidad de que el interesado tenga que verlas, oírlas, saber de sus conflictos, sin conocerlas en absoluto?

La facilidad no lleva casi nunca a profundidades.

Parecería que estamos empleando mal los medios creados especialmente para facilitar el trabajo cotidiano.

Nuestros interlocutores virtuales deberían saber que nosotros lloramos, nos reímos, hacemos el amor, tenemos una cara que hace guiños y muecas y se expresa con palabra y silencio escogido especialmente para dar realce a la pàlabra.

La otra soledad

La soledad es esencial al humano porque en el momento más importante de la vida estamos solos, como dice Heidegger: “Nadie le puede tomar a otro su morir”.

Y esa soledad necesita juntarse con otras soledades, si es que no ha decidido valientemente lo contrario: escuchar el silencio, que es muy parecido a escuchar a Dios.

Todo lo que hacemos las personas para olvidarnos de la soledad nos conduce a enormes soledades: pasear por un shopping, comprar cosas innecesarias, caminar enchufadas a auriculares, fija la vista en el celular, llegar a casa y encender la tele para que “parezca” que alguien, además, está en casa.

Y mi memoria, mis recuerdos, mis planes, mis ideas, mi alma, ¿no me hacen compañía?

¿Prefiero la voz del locutor comentando un partido de un deporte del cual no entiendo nada?

¿O los actores peleándose “por amor” en un culebrón trágico? (”Mitología y cine. Las fuentes de la imaginación“)

¿No preferiría preferir el divino silencio donde plantar, si soy anciana, las semillas de las cosas que aprendí, y si soy joven, de las que estoy por aprender?

En la singular conjugación empleada por mí en el párrafo anterior -”preferiría preferir”- quizá esté el misterio de nuestra condición.

Somos esclavos de la tecnología, de la era de las comunicaciones, de las convenciones sociales, de la vejez, de la juventud, del tiempo, del espacio.

No somos dueños de elegir, de “preferir”.

Preguntémonos quién es dueño de nosotros:

¿Internet?

¿La moda?

¿Los modismos del idioma?

¿El dinero?

¿La cultura o la falta de cultura?

Deseos

Que mis lectores, como lo practican a menudo, trascendiendo el medio mecánico por el que hacen llegar su comentario, sean, al escribirme, los propios dueños de sus afectos y opiniones.

Mora Torres

Editorial

Sesenta recuerdos

Los años sesenta del siglo XX sorprendieron con aire fresco a Latinoamérica (”Latinoamérica y el mundo en la década de los 60′“).

De Francia llegó una primavera construida por jóvenes, la de mayo del 68 (”Mayo 2003 en Francia: ¿qué decir hoy de un movimiento social multiforme?“).

La pintura, la arquitectura (”La Arquitectura del Silencio“), cavaron pozos hacia atrás, adonde no se podía volver: era el abismo de lo retrógrado. Al frente estaban el arte y su futuro (”Kandinsky, creador del arte abstracto“).

El rock se convirtió en “música clásica” (”Psicoanálisis de The Wall por Pink Floyd“); la filosofía (la existencialista en especial, “La Revolución y el Existencialismo“) en lectura de todos los que tenían veinte años; la libertad en una palabra por la cual luchar en todo sentido, y con todos los sentidos.

Y en medio de esto la literatura latinoamericana, de pronto, intentó dar un paso para hacerse ver.

Y dio más de veinte pasos con ese solo envión (”Principales exponentes de la literatura del siglo XX“).

Lo llamaron “el boom” (”Libro: El túnel de Ernesto Sabato - El boom latinoamericano“), pero los escritores sabían que no había sido una explosión (hasta sin saber inglés uno puede escuchar ese sonido de estallido en el vocablo “boom”).

La literatura de nuestros pueblos había sido “sabrosa”, colorida y a la vez profunda desde siempre, Popol Vuh incluido (”Simbología religiosa y Popol Vuh“), y todos los poemas y narraciones que se rescataron de los mayas y aztecas, y los que luego aparecieron en el español de los conquistadores para cantar el ser libres de España, precisamente.

El boom sólo significó que Europa (”Geografía de Europa“) y Norteamérica miraran hacia aquí, de pronto, y que los narradores afilaran tal vez un poco más sus lápices.

Por eso resulta difícil examinar quiénes de esos narradores son pre-boom, boom o post-boom. Sólo puede situárselos, casi siempre, por la generación a la que pertenecen.

Los que tuvieron menos bombo, o menos boom

No caben dudas del valor de algunos nombres que todos conocemos, y hasta nos faltan palabras para explicar por qué nos maravillan de tal modo (y no iba a mentarlos… pero el ángel de García Márquez, el brillo de Vargas Llosa, la mirada distinta de Cortázar, la inteligencia de Carpentier y las pasiones de Carlos Fuentes o Miguel Angel Asturias se interponen de modo que me olvide de otros…).

También el uruguayo Juan Carlos Onetti tuvo el reconocimiento merecido, y su obra es palabra mayor.

Pero hay brasileños, peruanos, argentinos no demasiado conocidos -algunos sí lo son en su propio país- y que merecerían una mayor trascendencia.

No nos vamos a rasgar las vestiduras porque los nombres de Felisberto Hernández, José María Arguedas, Antonio Di Benedetto, Clarice Lispector o Juan Filloy no signifiquen nada para muchos, porque sabemos que los olvidos son como la mentira: tienen patas cortas.

Y que nadie es culpable de ignorarlos, más que el sistema y algún otro detalle de egoísmo editorial.

Felisberto Hernández

Nació en Montevideo en 1902 y fue allí donde murió en 1964.

Se ganaba la vida tocando el piano en los cines donde había intervalos, en la época de las películas mudas.

Sus libros tienen ese ritmo y el de los sueños.

Felisberto parece narrar sus sueños cuando escribe, pero ¡quién pudiera soñar de ese modo y transcribir en el mejor estilo!

No fue por todos ignorado, ya que Ítalo Calvino y Juan José Saer le han escrito introducciones a sus obras.

Lo extraño es que Hernández no es sólo un escritor para escritores (ya que sí es leído todavía por ellos en alguna medida), sino alguien cuyos libros podrían ser “de cabecera” para el que con toda sencillez y sin alardes busca una bella historia para encantar sus días -o sus noches.

En mi mesa de noche siempre está Nadie encendía las lámparas, título que suena… como un vals brillante de Chopin (¡y pensar que F. H. fue casi un mendigo!).

Arguedas

José María Arguedas, el peruano (1911-1969), es un poco más leído mundialmente que Felisberto, pero aun así no estoy conforme: debería serlo mucho más.

¿Llegará a serlo mucho más?

¿Quién de ustedes me promete leer Los ríos profundos, un solitario canto a los antiguos ríos de la sangre?

Arguedas -además de darnos su talento- puso en vigencia la veta indigenista en la literatura.

Una dama

Hay una noble señora que he leído en traducciones -ya que era brasileña y escribía en portugués.

Su nombre suena más bien a tierras cercanas con el Conde Drácula, ya que sus padres procedían de Ucrania: Clarice Lispector.

Y nada digo.

Acá me callo.

Sólo el silencio puede ser más sutil que Clarice.

Ella nació en 1920 y murió en 1977 en Brasil.

Sus libros merecen ser abiertos lentamente, degustados sin prisa.

Envío

En el mismo silencio conque abrazo sin predicados a la brasileña, dejo dos nombres de autores argentinos: Juan Filloy (1894-2000), de Córdoba, muerto a los 106 años -hombre que estuvo presente en tres siglos-, y Antonio Di Benedetto (1922-1986), el mendocino que debió exiliarse por motivos políticos a fines de 1970, cuando eran los años de la dictadura militar en su país.

Ustedes dirán.

Y, tal vez, dirán de otros olvidados.

Mora Torres

Editorial

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