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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 
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Archivo de Noviembre, 2007

Brevisimo retrato con violin

Hay un artista que hubiera podido retratar con autenticidad a nuestro personaje. Se trata de Marc Chagall, que pintó a su tío Neuch con el violín, subido al techo de su casa. Y llenó de vacas voladoras, velas, ramilletes de flores y enamorados en vuelo sus primeros cuadros, desafiando la ley de gravedad.

Sin embargo, tras la muerte de Bella, su mujer, Chagall pintó un “Autorretrato con reloj de pared” con el que parece querer tocar o detener el tiempo.

El personaje que intento retratar amaba su violín, era bastante virtuoso también en esta disciplina y a menudo se tomaba un recreo para tocarlo. Inclusive llegó a hacer una crítica al modo de enseñar la música en su época:

“Tomé lecciones de violín de los seis a los catorce años, pero no tuve suerte con mis maestros. Para ellos, la música se reducía a un juego mecánico. Comencé realmente a aprender música a los 13 años, sobre todo porque me enamoré de las sonatas de Mozart. En general, el amor es el mejor maestro en el sentido del deber” (”La subjetividad en el aula de clase“).

Mi retratado, parecido de algún modo a Chaplin (ver “Historia del cine“, punto 2.3 “Charles Chaplin”), de rostro tierno y rizos canosos en sus últimas fotografías, conmovió a los que tuvieron la suerte de conocerlo (ver “Recorrido histórico de la matemática en Argentina“, punto “Einstein: La visita de un genio”) y a los que no. Y nos sigue conmoviendo.

Es más que un genio de la ciencia.

Es un filósofo demasiado ingenuo para ser importante como filósofo.

Es un violinista que ha ensayado muy poco como para destacarse en un concierto.

Es además demasiado pícaro como para que tomemos muy en serio sus consejos sobre las cuestiones simples de la vida.

Pero es Albert Einstein, que está a la altura de los más grandes nombres de la historia de la ciencia, paralelo a Galileo Galilei y a Newton (los invito a leer “Físicos notables“).

Si alguien lo incluye en una monografía que lleva este título: “La Ley Natural y los principios básicos de nuestras actividades mentales lógicas y emotivas“, nos asombramos, porque lo habíamos colocado en la galería de quienes poco tienen que ver con cuestiones emocionales.

Si alguien recuerda su violín, nos sorprendemos, porque la música creíamos que no entraba en sus cálculos. Más bien se la dejaríamos, tratándose de violín, a un músico como Paganini, de quien se dicen cosas tan extremas como que no sabía música y que para tocar había hecho un pacto con el Diablo.

Pero en cuestiones religiosas… estamos casi seguros de que Einstein ni siquiera pensaba en ellas.

Y no es así. Pensaba, intuía, calculaba y se esforzaba en descubrir un rostro en sus gabinetes oscuros llenos de polvo de tiza. “Dios no juega a los dados con el universo”, afirmaba.

Mezclaba en la pizarra sus cálculos matemáticos para demostrarlo, y demostrar que el tiempo es la cuarta dimension junto con la afirmación precedente. Por eso, pensaba hallar a Dios en una ecuación muy precisa y nunca en el azar de una intuición.

Como todos los descubridores -en ciencia y en otras disciplinas- era un intuitivo, mal que le pesara (ver “La Intuínica: cómo desarrollar su sexto sentido“).

Dios

Ya mencioné la frase célebre más célebre de Einstein, pero la repito porque quiero contrastarla con otra, de otro “célebre”:

“Dios no juega a los dados con el universo”.

Solía usarla para responderles a los primeros propulsores de la teoría de “los quantos”, aunque creo que la teoría de la relatividad y la de la mecánica cuántica han llegado a un acuerdo y hasta se unieron en algunas reflexiones de físicos de renombre. Quien tenga interés en el tema, (y algún conocimiento previo) puede recurrir al trabajo “Extractos de ‘Pasos filosóficos hacia la unificación de la física’“, enviado por Rafael Aparicio Sánchez.

El contraste

Me asombra a quién encontré para estas alquimias que me gustan tanto: comparar sustancias en mi laboratorio de escritura.

Se trata de Stephane Mallarmé, un poeta tan singular que no es famoso por la grandeza de sus poemas sino por la grandeza de sus búsquedas.

Era un francés aristocratizante pero muy pobre, enseñaba inglés y buscaba el poema verdadero hasta llegar al silencio.

Opinaba que todas las cosas existen “para llegar a un libro”, pero además quería que sus discípulos y sus futuros lectores, al menos los futuros, apreciaran la belleza de la página en blanco, donde el poema, según él, ya está escrito.

Fue, creo, y lo mencioné de este modo en otra nota, “el inventor de los silencios”.

La frase de Mallarmé que intuyo se opone firmemente a la de Einstein es: “Ningún golpe de dados anulará el azar”, que fue su leit motiv.

Envío

Aunque el mío no pueda ser tan alto y noble, con ese silencio que “inventó” Mallarmé quiero agradecerles cálidamente a cada uno de mis colaboradores-comentaristas.

¡”Quantos” abrazos les envío, aun cuando “relativos”!

Mora Torres

Editorial

Por toda otra boca

El mito, el alma, los contrastes

No sé si esta noticia ha sido confirmada, pero copio:

La gruta de Rómulo y Remo: Un grupo de arqueólogos italianos anunció el hallazgo de una gruta en la que los antiguos romanos creían que una loba amamantó a Rómulo y a Remo - BBC Mundo.”

Descubren cueva donde loba amamantó a Rómulo y Remo - El Universal (México).”

Dicen haber hallado la cueva de Rómulo y Remo - La Nación (Argentina).”

Hay también un “ex superintendente de Cultura italiano” que, según Radio Cooperativa, niega que “el cubil descubierto sea la cueva” donde, “según la leyenda, la loba Luperca amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de la ciudad de Roma”.

Y recuerdo “Los constructores”, de Lila Spreafico:

“Servio, Honorio, Aurelio, arquitectos de Roma, / la construyeron para que allí naciera/ un antepasado mío/ de modo que yo pudiera hoy / distraídamente escribir que sin Roma/ esta tinta no mancharía la página/ y el destino de estos papeles sería/ quizá una invitación para una muestra de pintura/ o el cálculo detallado de los gastos del mes de alguna otra persona/ o una receta homeopática que indicaría la cura a contemplar/ aunque jamás podría indicarla si Roma no existiera.”

“Si Roma no existiera…”…

Es posible entrever lo que pasaría en América Latina en ese caso leyendo “Inmigración y literatura: los italianos“, de Ana María González Rouco.

El mito y el alma

El hombre primitivo se sentó un día en medio de su caverna y se puso a pensar en los extraños fenómenos del sueño (ver “Los sueños: productos automáticos de nuestra mente“, de Félix Larocca). Y los comparó con los de la muerte (”No quitar la esperanza“), que él había advertido en algunos vecinos.

De allí, dándole muchas vueltas al asunto -quién sabe cuántos días estuvo sentado en la oscuridad de esa cueva para llegar a esto-, concluyó que debía haber algo intermedio entre lo desconocido e invisible y el mundo de las cosas concretas, tan concretas como la carne de los animales, las tormentas, el hielo, los árboles, el sol que a veces mata con sus rayos o cocina la presa (”Los desastres naturales y sus consecuencias” de Ariadna E. Navarro y otros, de México).

A eso invisible, con el tiempo y la aparición del habla lo llamó alma.

La intuición (o invención) del alma dio origen a la invención (o intuición) del Mito (ver “EL Mito“, del colombiano Santiago Gallego).

Mitos devenidos en “leyendas urbanas”

Mucho se habla de leyendas urbanas actualmente (”Lecturas urbanas. Semiología y ciudad“; para lograr algún contraste, conviene leer seguidamente “El duende del bosque y la cosmovisión forestal del poblador rural amazónico“).

Da la impresión de que seguimos necesitando mitos, y de que los hemos adaptado a nuestra forma y mundo.

Es posible que esas pequeñas (o “minimalistas”) y entretenidas leyendas - por ejemplo, fantasmas en el tren subterráneo- tengan el mismo sentido para nosotros que el mito para los pueblos antiguos. Es posible que obren de igual modo en nuestra psiquis que los Mitos, que sean sus “réplicas”.

¿Estamos luciendo la réplica de la joya en el pecho y dejando bajo siete llaves la verdadera?

Los humanos tenemos inmensas riquezas que no usamos y las ponemos a buen resguardo en el Museo (podemos ilustrar esta afirmación con la lectura, entre otros muchos trabajos sobre el tema, de “Museos de la ciudad de Quito“).

Al museo sólo van los que ya tienen esas riquezas.
Ya conocen el arte o los testimonios científicos que se exponen y van a confirmarlos, lo que es de todos modos una suerte para quien los creó o descubrió.

Aunque, tal como las riquezas cotidianas, estas otras que tienen que ver con la cultura están mal repartidas, y la curiosidad del espíritu también. ¿Por qué no les enseñamos, a todos los niños al menos, a reclamar su parte? (Podemos repasar al respecto el excelente trabajo dedicado a niños especiales y llamado “Instructores de arte“, que viene desde Cuba.)

Todo se educa, hasta el alma que “inventaron” los pueblos primitivos puede educarse. Hasta el deseo de participar del festín del arte como muy respetable espectador.

Contrastes argentinos

Ocurre frente al palacio de Aguas Argentinas, un edificio enorme y rococó o barroco cuyo estilo de todos modos híbrido debe ser único en Buenos Aires.

La construcción soporta todo tipo de leyendas urbanas, como niñas asesinadas y sus espectros de cabellos largos sentados en las cúpulas.
Se ha dicho que es la réplica de un palacio europeo, que lo trajeron en barco y lo armaron antiguos albañiles de fines del siglo XIX aquí, frente a mi departamento.

La acera del palacio sin embargo es estrecha.

Hace algunos sábados por allí pasaba una fila infinita de señoras, señores y adolescentes muy “paquetes” que volvían de un festejo en el Lasalle, el edificio que está en la otra manzana, más sobrio pero tan lujoso como éste. El Lasalle es un colegio privado, católico, muy caro.

Caminaban de a una, en hilera, estas personas, y era de noche y había una media luna perfecta sobre la palmera de Aguas Argentinas.

Su marcha era interrumpida en algunos trechos por bultos grises grandes, medianos y pequeños.

Y es que en la misma calle estaba estacionado un enorme y desvencijado camión sobre el que los “cartoneros” hacían su descarga desde esos bultos de basura.

Ya habían seleccionado de la basura los objetos que podían servirles, y hombres y mujeres de una complexión más fuerte en cuerpo y carácter que la de los padres de los alumnos del Lasalle trabajaban en silencio.

El perfume de los que venían de la fiesta se fundía con el olor de la basura; la basura era dulce entonces, y los cuerpos perfumados tenían cierto hedor.

Las figuras elegantes pasaban en silencio también; no había “choque” audible entre trabajadores y festejantes.

Pero la imagen tenía tanta fuerza que parecía estar filmando Fellini. O pintando Goya, quizá Brueghel.

Envío

Lectores, no crean demasiado lo que digo en cuanto a referencias personales. Tal vez me invento una nacionalidad para que no me descubran la verdadera, y elijo por ahora la argentina.

Dentro de un tiempo quizá seré mexicana, colombiana, guatemalteca. O del Caribe más desconocido, de un pequeño lugar desconocido y soleadísimo. O de un “pueblito blanco” de España.

Intento hablar por toda otra boca.

Mora Torres

Editorial

La nueva aplicacion - MonoExpress

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Mitad plata y penumbra

“Teta roja de sol,/ teta azul de la luna./ Torso mitad coral,/ mitad plata y penumbra”, tira un relámpago Federico García Lorca en “Homenaje al arlequín en cuatro versos”.

Debido a esta lectura de Federico, me embarqué ayer en Monografias.com con una idea fija, y no consideré haber navegado lo suficiente hasta que encontré la “Historia de los payasos“, procedente de Colombia, donde aprendí sobre los orígenes de esta prodigiosa profesión.

Una parte del índice del ensayo puede dar una idea de lo que descubrí:

1) El payaso en la antigüedad; 2) La Edad Media y los bufones de la corte; 3) Un antecedente: la Comedia del Arte; 4) Esbozo del payaso moderno…

Un bocado especialísimo para mi curiosidad (y la de ustedes).

Después me abrió sus puertas el “Circo contemporáneo“, de Inés González, adonde los invito. Transcurre sabiamente desde el circo tradicional al nuevo circo-nuevo teatro.

La salida del circo

“…cuán presto se va el placer, cómo después de acordado da dolor…” (coplas de Jorge Manrique a la Muerte de su Padre) repetía yo, que era de niña una especie de cotorra que todo lo aprendía casi sin comprenderlo pero, en este caso, aplicándolo bien, cada vez que salía del circo.

Y seguí repitiéndolo hasta ahora, más seguido cuando vuelvo a la realidad “real” luego de ver una buena obra de teatro, por ejemplo.

En verdad parece ser que tuve intuición porque si bien todos nos quejamos de lo pasajero de la vida, no hay nadie que se queje más de lo pasajero del arte que los actores (sean mimos, titiriteros o de los otros).

Hoy, de cualquier modo, cada gesto, entonación o pirueta queda grabado, filmado, eternizado. “Pero no es lo mismo”, dicen a coro estos artistas cuyo genio se expresa en instantes, minutos o flashes.

Los entiendo. Me consuelo mirando Arlequín, de Picasso, y todo lo relacionado con el circo a lo que el pintor dio un primer lugar en todas sus épocas (pueden ver una imagen del Arlequín Azul en “Picasso y el Cubismo“). También el suave y encantador Watteau se rindió a esta magia, basta con posar los ojos en las reproducciones de su Gilles, tan vestido de blanco, tan enorme. Y Renoir, y hasta Goya, nos recuerdan esas “fiestas galantes” irremediablemente perdidas.

¿Todo vendrá de vuelta, el viejo circo y los viejos actores?

Algunos opinan que retornaremos a vehículos antiguos, a juguetes antiguos y a comida casera. Pero es un tema para otra nota, o quizá para los lectores-comentaristas.

Los payasos

Había ido a escuchar una lectura del poeta sanjuanino (de San Juan, República Argentina) José Campus.

Como me gustó mucho, y me impresionaron unas líneas donde recuerda un famoso terremoto ocurrido en San Juan en los años 40, cuando él era un niño, me acerqué a saludarlo.

Entre mis halagos y sus humildades, de pronto preguntó: “¿De dónde es usted?” (en el lugar había gente de Nicaragua, Venezuela, Colombia, Bolivia, Perú, Chile y Guatemala).

“Como usted, de Argentina -contesté, creyendo que el hecho de ser su compatriota me haría perder encanto-. Vivo desde hace años en Buenos Aires, pero nací en la ciudad de Santa Fe.”

“¡En la ciudad de Santa Fe! -exclamó, dejando sobre una butaca los papeles que había sostenido para darnos a conocer su excelente escritura-. ¡Yo estuve allí en el 57, cuando estaban haciendo el nuevo edificio del Correo!”

No pude menos que contarle que, al pasar hacía unas semanas por mi ciudad de nacimiento, me había sorprendido precisamente que el Correo tuviera las ventanas y puertas herrumbradas.

“Yo paraba justamente enfrente de la construcción, en la avenida Alem”, continuó él.

“¿Dónde?” -pregunté.

“En la carpa del circo -respondió-. Yo era payaso.”

Y ahí noté de dónde venía esa enigmática manera de comunicarse, transportando hacia mí el misterio, el color y la angustia del circo.

Mi pequeño tesoro

Se trata del libro en miniatura de Ediciones G. P. de Barcelona, año 1963, que conservo y cuido como si fuera una joya de mis antepasados. Es de María Dolores Muñoz y se llama El circo.

Allí su autora asegura que “No existe una palabra que encierre en sí el concepto de payaso. Sea éste gracioso, músico o acróbata, es siempre un artista”.

Dice además lo que todos sentimos sobre el arte circense, expresado en estos términos:

“…Es puro y sin mixtificaciones, como todo aquello que el pueblo ama”.

Y agrega que en el mundo del circo conviven “de manera increíble lo sórdido y hermoso, la precisión, sencillez y riesgo de este oficio que es un arte”.

No dudé nunca del valor de este arte melancólico, cruel y colorido. ¿Y ustedes?

Mora Torres

Editorial

Tu computadora en cualquier parte - Computadora.de

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General

Coctel

No, no voy a darles la receta de una bebida.

Éste es un cóctel de idiomas, más precisamente uno que bauticé “Cóctel de pequeña caña dulce española” en homenaje a nuestra letra eñe.

Un homenaje más sentido se lo ofrece Jeremías Díaz en “El idioma español“, donde puede leerse: “Ñ: decimoquinta letra del alfabeto español. Su nombre es eñe y sólo se usa en español. La tilde que lleva en la parte superior tiene su origen en la escritura de los copistas medievales, que la emplearon desde el siglo XII como signo escrito sobre una letra y que significaba carácter repetido, es decir, ñ=nn…”. Y luego sigue el capítulo “La Ñ en la Internet”.

Yo quise usar precisamente esa letra en el título de esta nota, y su ausencia o escasez en Internet me lo impidió. Tal vez sea posible sacar alguna conclusión al respecto leyendo el trabajo de Díaz. El nombre de mi título era “Con eñe de español y de morriña”.

Antes de continuar, y como, aunque uso la palabra, no conozco muy bien el significado de morriña (más que de habérsela oído repetir a mi padre), abro el diccionario:

Morriña: coloq. Tristeza o melancolía, especialmente la nostalgia de la tierra natal (Diccionario de la Real Academia Española).

Cierro el diccionario y recuerdo con morriña la antigua sonoridad de ciertos escritores y oradores leídos y escuchados.

Sé muy bien, como reza la cita de Valenzuela que encabeza “Spanglish: un cóctel lingüístico“, que “la pureza lingüística no existe. Todas las lenguas se influyen entre sí y todas las lenguas cambian constantemente…”.

Pero pretendo para mi idioma -aun dentro de ese sensato relativismo- un alto puesto. No es tan sencillo como que no se puede olvidar que en español escribieron sus versos Lope, Quevedo, Vallejo, Borges, porque del mismo modo puede hablarse homenajeando al quechua, el elaborado idioma que habló un pueblo tan importante como el de los incas, y sobre el cual convendría leer “Dialectos en el Perú. Dialectos en la serranía“.

El español ahora -y después de todo lo remoto y excelso, como El Quijote y el Siglo de Oro- conserva su singular encanto y, a la vez, ha actualizado su practicidad.

Dejando toda nostalgia de lado, revuelvo mi carpeta de recortes periodísticos y encuentro que hace unos meses se realizó en Cartagena de Indias, Colombia, el Congreso Internacional de la Lengua Española.

Allí Antonio Skármeta (autor entre otras cosas del libro de la película El cartero, sobre la vida de Neruda) expresó varias preocupaciones referentes a nuestro idioma. Habló fundamentalmente de “el español que no se habla”, que, según su definición, es el de “aquellos que están más cerca del silencio que de las palabras”, no por decisión propia sino por debilidades y carencias del sistema educativo e influencia dañina de los medios. Lo cual implica según él (y nosotros junto a él) una “indefensión cultural y una reducción del mundo”. Dijo respecto a su país de origen que Chile sufre una “pavorosa reducción del español”. Tal vez no se atrevió a incluir a otros países latinoamericanos, pero que la sufrimos es muy cierto para casi todos.

En igual oportunidad, sin embargo, se lo vio eufórico al colombiano Juan Gossaín. En China estaba a punto de aparecer (ignoro si finalmente apareció o si sigue “estando por aparecer”) un diario en español. Aparte, 48 millones de personas en el planeta están aprendiéndolo; y Estados Unidos es la quinta nación en número de hablantes. Todas estas afirmaciones fueron hechas por Gossaín en su disertación sobre “El español, lengua de comunicación universal”. (Para acompañar su optimismo, empezamos leyendo “Origen del Español“, y de allí partimos hacia “Historia de la Lengua Española“.)

En esta misma sesion del por mí recordado, o recuperado, Congreso, Enrique Durand, de la CNN, aseveró que la nuestra es una lengua “vigorosa, cambiante y viva” y “vehículo por excelencia para la expansión de los medios de comunicación”. Manfredo Kempff, académico boliviano, se sumó a las preocupaciones de Skármeta y puso en alerta sobre los cuidados que deben tenerse, ya que al ser una lengua universal corre los “riesgos de la diversidad” y “existen factores que atentan contra él desde adentro”. (En este caso, nos consolamos leyendo “Cervantes y la lengua española“.)

Mis recortes cuentan que cuando la sesión terminó, Gabriel García Márquez invitó al ex presidente norteamericano Bill Clinton a visitar su casa cartaginesa. He aquí la noticia que redacté entonces:

De cómo el Congreso de la Lengua Española puede influir en la salud de Fidel Castro

García Márquez -cada vez más leído y más famoso, aunque parezca imposible: hay una noticia en Internet que afirma que cada pocos segundos se venden cantidades enormes de Cien años…- posee una deliciosa casa de vacaciones en Cartagena de Indias, donde se reunió el Congreso de la Lengua.

Gabo, ni lerdo ni perezoso, lo invitó a conversar en casa a Bill Clinton, que se encontraba en el Congreso como invitado.

Repasaron todo tipo de temas literarios -Kafka y Faulkner, tal vez Hemingway, Onetti, Fuentes, ya que Clinton es un buen lector-, hasta que el escritor colombiano percibió que había llegado el momento de tocar el asunto que más le interesa: Cuba. García Márquez le había pedido en una oportunidad a Clinton, cuando éste era presidente de EE.UU., el desbloqueo de Cuba. Pero no obtuvo la respuesta que ahora le daría el mismo Bill si tuviera el poder, es decir, un Sí redondo.

Parece que de todos modos Gabo le dio consejos sobre cómo utilizar estratégicamente sus influencias de “ex” y quizá de “futuro” mandatario.

La conversación de 3 horas incluyó también -hay que ser generosos- la mayor preocupación de Clinton, que es el descrédito creciente que padece Norteamérica en el mundo.

Nunca se baja dos veces al mismo río

Tenía razón Heráclito el Oscuro (”Heráclito de Éfeso: ¿melancolía o esquizofrenia?“). Hoy bajé al río virtual y no vi lo que vi hace unos meses, en cuanto al último punto del artículo que transcribí en parte. Ya no es Bill Clinton un posible futuro presidente, aunque sí es un posible “príncipe consorte”, ya que no se puede decir “primer caballero”, como sustituto de “primera dama” (pero, ¿por qué no se puede?).

Gabo está en este momento bastante alejado, pero Fidel Castro, aunque ya no al volante del gobierno, no tiene descanso -Bush le hace encontrar réplicas apropiadas y lo mantiene mentalmente ágil- y está recuperándose (no sé si influyó la reunión de García Márquez con Clinton, según profeticé). A esto último tómenlo como humorada…

En qué no influyeron los Beatles

La monografía que cité algunos párrafos arriba, “Spanglish: un cóctel lingüístico“, asegura que fue a partir de los años 60, “con el surgimiento de los Beatles”, que “nuestra lengua materna… se ha visto más influenciada por el inglés”.

En este caso, perdonamos de todo corazón a los “influenciadores” y leemos “Los Beatles” en busca de alguna revelación. Es difícil, porque todo parece haber sido dicho -y escuchado- sobre ellos, pero tengamos esperanzas, o continuemos con “Impacto de la música sobre los adolescentes“, que los menciona y que además nos haría bien leer si somos padres jóvenes.

¡Y que viva la eñe! (aunque los Beatles no la conocían).

Mora Torres

Monografias

Divinas palabras

Para recordar el genio de Valle Inclán puse este título, pero también podría haber llamado a mi artículo “Las palabras y la felicidad” (para refrescar o conocer parte de la obra de Valle Inclán les sugiero recurrir a “Romance de lobos“, enviado por Carlos González).

Las palabras producen felicidad, salen de la sombra de nuestros pensamientos al sol de todos. Es la alegría de expresarnos, es el don inapreciable de la comunicación. Puedo recomendar muchos trabajos para este tema especial, por ejemplo: “La expresión de emociones en niños de 7 a 10 años de la escuela El Mirador de la ciudad de Popayan” y “Hacia un modelo integrado de la comunicación“.

Tal vez a la Biblia algo le faltó (lean una monografía cuyo tema puntual es el desarrollo histórico y literario de este libro sagrado: “La Biblia“. Quizá le faltó esta frase que escribió miles de años después Gabriel García Márquez: “El mundo era tan reciente que las cosas no tenían nombre y (…) había que señarlas con el dedo”. (”Gabriel García Márquez. Cien años de soledad“)

Pónganse en ese lugar de gente silenciosa, o que se expresaba con ruidos guturales y señalaba con el dedo una roca. Es un lugar no sólo triste para las detalladas mentalidades chismosas de las vecinas (”Los chismes y las personas chismosas“), sino también tristísimo para los narradores, poetas, psicoterapeutas (”La interpretación dentro del proceso terapéutico“), que no hubieran podido evolucionar por falta de tan útil herramienta como lo es el vocabulario. Y para que los amigos se encuentren, lloren y rían, y para que después del silencio los amantes dupliquen entre sí su placer relatándoselo (encontré un “Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad“).

Aunque a mi entender no ha sido contestada todavía la pregunta sobre qué fue primero, el pensamiento o el lenguaje, es posible esforzarnos en dar una respuesta personal. Una monografía adecuada para pensar a partir de lo que nos informa del tema es “Módulo lectura. Construcción del pensamiento“.

Lo que hay que enfatizar es que la educación artística de los niños no debe limitarse a música, pintura, danzas, con lo importantes y bellas que son estas artes. En el lenguaje mismo, que es la esencia de toda enseñanza, el arte entra como si se le abriera la puerta; las palabras desinhibidas aparecen en tropel, chocándose. Después, claro, hay que limarlas, matar algunas que sobran sin que nos tiemble la mano.

Pero después, primero hay que invitarlas.

La invitación a las palabras y al desarrollo del vocabulario nunca es mejor recibida que mediante la invitación a jugar y crear con ellas.

Para algunos artesanos las palabras son un barro muy fácil de trabajar y convertir en formas expresivas o exquisitas, decorativas o de urgencia.

Otros necesitan mayor entrenamiento.

Pero por algo que no sé muy bien cómo explicar, los niños son poetas, cuentistas, ensayistas científicos.

Del mismo modo que admiraba Picasso (en “Picasso y el cubismo” encontrarán datos sobre su vida y una magnífica foto del pintor) a los dibujantes de la primera infancia, yo admiro lo que hacen con las palabras casi todos los niños; algunas veces y como al pasar, sin cobrarnos derechos de autor, nos regalan un gran verso, una gran frase.

Parecería que los ojos, cuando son nuevos, no sólo por una razón fisiológica ven más, sino que al no tener obstáculos mentales ven “puro”: ven el color, la forma y la plasticidad de la palabra; rompen el molde como quien rompe un juguete y lo renuevan. “El cielo es un elástico para saltar”, me dijo sabiamente una niñita.

En la oficina de Monografías.com todos los días hacemos un recreo, y jugamos. Casi siempre, si miramos bien, nos encontramos jugando con las palabras.

Santiago cuenta en colores y escenifica pequeños sucesos ocurridos en el tren que lo trae de su casa.

Lisandro hace reflexiones originales y, a la vez, sensatas, sobre cualquier tema a tratar. Puesto a elegir una monografía, pondera “Crónicas de un viaje al ombligo del mundo“.

María Eugenia levanta la cabeza desde su computadora que constantemente la arrulla y aporta datos finales que redondean la conversación y la historia.

Sebastián pregunta, relaciona y finalmente (con toda coherencia matemática, porque entre otras cosas es contador y en ese papel les recomienda que lean “La Contabilidad. Conceptos y sistemas de relaciones del funcionamiento contable” se pliega a la luz bizarra de nuestro humor informal.

Hace pocos días empezamos con los problemas de lógica formulados (lógicamente) a través de la palabra. Ahí descubrimos que en el idioma también existe una especie de ciencia que hace que los vocablos se acomoden de determinado modo para dar con la solución (”¡vaya descubrimiento! -dirá un estudiante de Letra-. “Casi tan nuevo como el de Colón”), y que si no están rigurosamente colocados de esa manera “científica” no hay solución para muchos problemas.

El inicio de una frase, de una pregunta, así y no de otro modo, es fundamental para llegar a la respuesta en la mayoría de los casos.

Los griegos lo sabían.

Lo mismo que en adivinanzas, retruécanos y chascarrillos.

Cuando recordamos “frases de la abuela” (sitio casero, para uso nuestro, creado por Lisandro), nuestra memoria debe esforzarse para encontrar las palabras precisas en esa sabia compilación, si no pierde todo efecto y gracia. Refranes antiguos modificados o modernizados por la mala memoria no nos sirven, no son de utilidad.

El recreo terminó. Ahora escribo este post y los saludo.

Hoy saludo especialmente a Ángel e Ibrahim, queridos colaboradores, y a la enigmática Camila, a quien le regalo una lectura: “Senderos del amor en el Quijote de 1615“.

Ella sabe por qué le recomiendo tan alta literatura, y ustedes pueden saberlo con sólo leer su ultimo comentario.

Pero mis buenos deseos no se discriminan, son para todos los que están leyendo, y para los que se olvidaron de venir.

Mora Torres

Editorial

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