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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 
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Archivo de Octubre, 2007

Cartas Muertas

¡Cuánto se esperaba una carta!

Y qué alegría daba recibirla, releerla y guardarla en la caja de madera donde empezaba a convivir con muchas como ella.

A los amantes parecía dibujársele el perfil del remitente al fondo del papel.

Los amigos se contaban aventuras, disparates, travesuras, hacían trabalenguas en sus cartas.

También estaban las cartas tristes, las chismosas, las malas noticias y los anónimos.

Y aun estos últimos tenían cierto encanto “humano”. Se olía, se percibía a su redactor.

Una cortesía

En la actualidad escribir a mano una carta es tan raro que se ha tornado un acto exquisito, como un ramo de rosas para la novia, o bombones, o un libro de poesía.

Porque las cartas no sólo eran lo escrito: eran el papel, el sobre, los sellos del correo, el lacre, las estampillas.

Cartas antiguas ahora se ven ennoblecidas porque se han vuelto de ese notable color amarillento indicador de tiempos bellos: las estampillas lucen admirables en este marco.

Por si quedan aún filatelistas

Para esa interesante y casi extinta especie, puedo recomendar “Las clasificaciones de los sellos“, un trabajo bastante completo enviado por Carlos González, y “La palabra escrita y la filatelia“, de Jorge Eduardo Padula Perkins

Cómo escribir hoy una carta. Y dos cartas de ayer

La monografía que a mi modo de ver será de ayuda en este caso está más dirigida a la escritura de cartas comerciales u oficiales, aunque también puede dar una idea para organizar una escritura personal.
Su nombre es “Correspondencia” y nos la envió José Avilez.

Hay unas cartas de “ayer” en nuestro sitio. En el trabajo enviado por la periodista Ana María Rouco, “Inmigración a la Argentina: cartas” se encuentran perlas como ésta: “Aquí, del más rico al más pobre, todos viven de carne, pan y minestra, y los días de fiesta todos beben alegremente y hasta el más pobre tiene cincuenta liras en el bolsillo. Nadie se descubre delante de los ricos y se puede hablar con cualquiera”, de Girolamo Bonesso.

Y una particular y graciosa exclamación de un suizo llamado Luis Mettan: “¡Queridos hermanos, en esta carta os digo que si tenéis el coraje de venir, traed vuestra batería de cocina, panera, vajilla, tinajas, mantequera para fabricar manteca, dos pecheras de caballo, un buen carro… rastrillos de madera, garlopas y sierras a una y dos manos… toda clase de semillas para jardín, y de flores… y toda clase de semillas de árboles frutales”.

El escribiente

Un día leí el cuento “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melville, y todas las cartas se envolvieron en melancolía.

El personaje se destruía, se desmayaba entre los ojos que leían y las letras dibujadas en la página, y en el final uno comprendía por qué. El narrador termina exclamando: “¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Conciban un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? (…) A veces el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo -el dedo al que iba destinado tal vez ya se corrompe en la tumba (…) Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran a la muerte. ¡Oh, Bartleby! ¡Oh humanidad!” (pueden leer este cuento de Melville en traducción de Borges aquí).

Pero los ojos empezaron a brillar de nuevo cuando empecé a leer novelas escritas en forma de cartas. La primera fue “Boquitas pintadas” de Manuel Puig (”Manuel Puig“,de Cintia Musina).

La segunda, Las relaciones peligrosas. Redactada en 1780 por Choderlos de Laclos, un militar jacobino cuya única obra literaria fue ésta, no parece lectura para una adolescente: el autor habrá sido militar, habrá escrito sólo una vez en la vida, pero era un talento que pintaba la sordidez, las intrigas, la frivolidad, el materialismo del siglo XVIII como tal vez nadie lo haya hecho jamás, y por medio de cartas cruzadas entre nobles. Les recomiendo que concurran a Relaciones Peligrosas para informarse sobre el tema.

Van Gogh me hizo entrar por una rendija de su pobrísima habitación y conseguí leer las cartas que le escribió a su hermano Theo.

Una mujer llamada Mariquita Sánchez de Thompson, a quien yo sólo asociaba con la escuela primaria y con aburridas “fiestas patrias”, me mostró en una antología su epistolario. Vi su corazón, sus rencores, su inteligencia.

El duro Sarmiento me hizo llorar con una carta de amor de la cual ya no recuerdo a cuál de sus amores estaba dirigida.

Un día, yo misma escribí una carta a mi poeta más admirada. Y me la respondió. Decía: “¿Cuándo vienes a visitarme”, etc.

Y visité, conocí y admiré aun más la vida y obra de Olga Orozco (ver “Literatura argentina: entrevistas” y “Romanticismo, literatura romance“).

Creo que fue ella la que finalmente me enseñó que una carta tiene el poder de cambiar a la persona que la recibe y hacer de su oscuridad “otro sol” (”La oscuridad es otro sol” es uno de los pocos libros de narraciones que escribió Olga).

Me empecé a interesar en cartas privadas de reyes y escritores, y leí desde las que le mandó Napoleón a Josefina cuando realizaba sus conquistas territoriales hasta las profundas reflexiones estéticas que hace para sus amigos Pier Paolo Pasolini.

También encontré “ensayos-cartas”, como la iluminada Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, de Diderot, donde aprendí a mirar mejor todo lo que antes no veía.

Y finalmente di con una mina de oro puro: Cyrano de Bergerac , que era, para citar la gracia de Quevedo, “un hombre a una nariz pegado”, pero era mucho más que una nariz, y más que un escritor de cartas: un valiente militar filósofo, que cambiaba a menudo de armas, entre el sable manchado de sangre y la pluma de ganso mojándose en la tinta.

Tan feo era por aquello de la nariz -seguramente hoy sería un bello ejemplar de hombre, porque los gustos de las mujeres y las modas cambian- que debió contentarse con escribirles las cartas de amor a los demás, y enamorar muchachas a plumazos. Y siendo poeta, dramaturgo, alquimista, nos dejó además una Historia cómica de los imperios de la Luna.

Él, que confesó y repitió mil veces: “Esta carta de amor que yo mismo he escrito y reescrito cien veces, hasta quedar colgando mi alma al lado del papel… Este pliego es mi voz, esta tinta mi sangre, esta carta soy yo”.

Mora Torres

Editorial

Vidas ligeramente paralelas

La abuela de Gauguin, una persecución por diccionarios

Una vez abrí un diccionario enciclopédico en busca de la palabra “trisectriz”. Mis ojos resbalaron misteriosamente unas cuatro o cinco definiciones y se quedaron en “Tristán, Flora (1803-1844). Revolucionaria francesa. Precursora del feminismo y del socialismo. Lanzó la primera idea acerca del internacionalismo proletario. Autora de ‘Peregrinaciones de una paria’ (1938), ‘Unidad obrera’ (1843)” (Gran Diccionario Salvat, Barcelona, 1992).

Salvat hasta había reproducido un daguerrotipo de la dama: una mujer de largos bucles oscuros y ojos a la vez indulgentes y llenos de fuego.

Tengo unos pocos genes feministas y otros pocos socialistas. Pero la escueta referencia a la existencia de esta mujer y su rostro luminoso me embrujaron. Me conmovió no haber oído jamás nada sobre ella. Y entonces, como homenaje, no la olvidé.

Apenas encontraba una nueva enciclopedia buscaba a Flora Tristán. En el Espasa Calpe, España, 1999, se me revelaron otros misterios.

Ya no pude dejar de perseguirla: era peruana pero nacida en París, había dejado profundas huellas, aunque algo escondidas en el momento en que la descubrí, y era la abuela de Gauguin, el pintor de los colores más brillantes; recuerdo sus amarillos sobre todo, tan diferentes en su alegría de los de Van Gogh (para leer una breve y bien escrita biografía de Paul Gauguin hay un trabajo enviado por Lisa Wantz a nuestro sitio: “Impresionismo”, donde aparece luego de la de Vincent, y en referencia a su turbulenta relación amistosa).

Finalmente, con los avances de mi tecnología, es decir, con mis nuevos aprendizajes, pude buscar a la Tristán en Google. Y googleando fue que llegué a saber quién era ella. Encontré allí además un ensayo de Vargas Llosa, creo que es un prólogo a una biografía, titulado “La odisea de Flora Tristán”, que se los recomiendo. Empieza con una afirmación notablemente acertada:

“El XIX no fue sólo el siglo de la novela: fue también el de las utopías”.

Y si alguien vivió, soñó e imaginó una utopía fue la peruana Flora Tristán. Ella deseaba amasar la política y la historia como si fueran una cera blanda en la que su amor a la libertad y la igualdad social confluyeran. Demasiado noble, demasiado “utópica” (sobre utopías, ver “El pensamiento utópico - En busca del Estado perfecto” de Sergio Bodas García).

Pero algo llegó hasta aquí desde su rebeldía e inconformismo radicales, desde su entrega a los pobres y a la pobreza en su totalidad, en cuerpo y alma. Cuando murió debieron sus amigos hacer una colecta para pagar el entierro, y no encontraron otro medio de llevarla al cementerio que en andas.

Sin duda, me corrijo, mucho llegó hasta aquí, y el poeta francés André Breton escribió sobre ella: “Acaso no haya destino femenino que deje, en el firmamento del espíritu, una semilla tan larga y luminosa”.

Vargas Llosa (puede saberse mucho más de él leyendo “Vida y obras de Mario Vargas Llosa“), que es quien traduce la cita de Breton en su ya mencionado ensayo, explica:

“La palabra ‘femenino’ es aquí imprescindible. No sólo porque, en el vasto elenco de forjadores de utopías sociales decimonónicos, Flora Tristán es la única mujer, sino, sobre todo, porque su voluntad de reconstruir enteramente la sociedad sobre bases nuevas nació de su indignación ante la discriminación y las servidumbres de que eran víctimas las mujeres de su tiempo y que ella experimentó como pocas en carne propia”.

En palabras menores intentaré transmitir parte de lo que describe el escritor peruano Vargas Llosa:

Flora vivió una infancia donde lentamente fue despojada de una gran fortuna legada por su padre, debió habitar los barrios más pobres de París junto a su madre viuda y trabajar desde muy joven en el taller del pintor André Chazal, con quien terminó casándose y convirtiéndose sólo en paridora de hijos (tuvo cuatro en tres años, entre ellos la madre de Gauguin).

Leo en “La odisea…” que tenía apenas 22 años cuando “perpetró el acto más audaz de su vida, que consagraría definitivamente su destino de paria y de rebelde: abandonó su hogar, llevándose a los hijos, con lo que no sólo ganó el tremendo descrédito que la moral de la época confería a semejante gesto, sino que incluso se puso fuera de la ley, lo que hubiera podido llevarla a la cárcel si André Chazal la denunciaba” (hizo algo peor Andre Chazal, la atacó en la calle a balazos, mucho más tarde, y la hirió gravemente). “Hay a partir de allí -sigue diciendo nuestro escritor peruano- …un período incierto, del que sabemos muy poco (…) es que en esos años vivió huyendo, escondiéndose, en condiciones dificilísimas” y con el permanente temor de que la descubrieran.

Y ahora Doris Lessing y El cuaderno dorado

Cuando leí el artículo citado en párrafos anteriores y llegué adonde se cuenta que “perpetró el acto más audaz de su vida”, un recuerdo cercano resonó como una campana -acaso sólo campanilla- en mi memoria. ¿Dónde habría leído yo la historia de un abandono a la familia, “heroico”, parecido al de Flora?

“Ya me voy a acordar”, me dije.

Y cómo no, si no podía ser más reciente: Doris Lessing, nueva galardonada con el Nobel de literatura, inglesa nacida en Irak como Flora era peruana nacida en París.

Volví a los diarios y periódicos de estos días y encontré que casi todos transcribían las palabras del Comité Nobel, que “decidió recompensar a la narradora épica de la experiencia femenina que con escepticismo, ardor y fuerza visionaria escruta una civilización dividida”.

Aún no he leído ningún libro de Lessing, pero parece de todos modos menos vulnerable y heroica que Flora, quizá por las épocas diferentes en las que vivieron, y a pesar de ciertos enigmáticos paralelismos.

Todos dicen que Doris fue una bella y salvaje coqueta. Rebelde también, claro. Que ahora es hermosa de toda sabiduría. Su novela más famosa es El cuaderno dorado.

¿La leemos y comentamos pronto?

He sabido que su obra se centra en la mujer, por supuesto, en su historia y devenir, aunque está en contra de las feministas de los años 70.

Pero me gusta; veo en las fotografías de los diarios a una fresca anciana sentada en la escalera que conduce a su casa mientras le informan que ha recibido el Nobel. Hay cámaras, gentío, periodistas. Ella tiene la falda enrollada y las piernas abiertas, no hay ceremonia en su pose.

Dice algo así como que no cree que las mujeres tengan realmente idea “de lo que el lavarropas hizo por ellas, y cómo la aspiradora las salvó de la esclavitud del polvo” (Flora Tristán va más allá del cepillo fregón).

Pero Lessing vivió su infancia en África, lo que ya es una promesa de feliz escritura.

Esta señora, a pesar de ser algo chismosa, como ella misma informa, es muy interesante en sus entrevistas. Ante una pregunta sobre D. H. Lawrence contesta (aunque está trabajando en el prefacio a una nueva edición de la obra mayor de este escritor, El amante de Lady Chatterly):

“… Lawrence no entendía nada sobre el sexo (…) Odiaba el clítoris como si fuera su enemigo personal y la idea de que el sexo pudiese ser espontáneo, inspirador y un acto divino le parecía repugnante”.

Dios y Lawrence, autores de perfectos poemas y cuentos donde el sexo es muy bello y muy filosofado, la perdonen.

En un trabajo que llegó de Venezuela y es de Mardonia López Machado, “¡Salud, violencia! Celebremos la vida”, se transcribe en el capítulo 6, “La queja, lo inútil de la tragedia”, un poema de ese gran celebrador que fue D. H. Lawrence:

Tragedia.
La tragedia me parece un gran ruido
más fuerte de lo que conviene.
La tragedia se me hace como un hombre
enamorado de su propia derrota.
(…)

Empezaré a leer a Lessing –su última novela es La hendidura- mientras repaso Peregrinaciones de una paria, escrito por la abuela de Gauguin.

Ah, Gauguin era el nieto de Flora Tristán, no sé si ya lo he dicho…

Envío

Mientras tratamos de conseguir los libros de Lessing, podemos buscar el “Ensayo sobre el cuento ‘Una rendija para escapar’”, de Rafael Rivera-Mundaca.

“Una rendija para escapar” pertenece al libro Mujeres de pies descalzos, de la peruana Zelideth Chávez Cuestas.

Además de escritora, Chávez es antropóloga puneña, luchadora sindical y feminista confesa.
Son sólo detalles, sería bueno conocerla a través de sus relatos.

Seamos amables –como lo somos siempre, al menos mis lectores- y acerquémonos a las tres invitadas de hoy, Flora, Doris y Zelideth.

Mora Torres

Editorial

Esa cosa liviana, alada y sagrada, segun Platon

Solía decir Borges -con un humor que a veces tomaba matices muy oscuros- que hay gente que siente escasamente la poesía, y que esa gente es generalmente la que se dedica a enseñarla.

No estoy segura de que sea verdad, pero sí estoy segura de que personas que no tienen ni títulos ni honores en poesía, pueden sentirla tanto como los que se llevan los laureles por escribirla o predicarla.

La poesía es un lenguaje extrañamente universal y privado a un tiempo. El verso que yo pueda leer con ustedes no dibuja en mí la misma sombra, los mismos símbolos, ni tiene la misma música. Ni siquiera nos habla de lo mismo: a cada uno de nosotros nos revela un secreto diferente.

Hace muchos años -porque debo contarles que ya no soy joven, en especial a los que vieron en mi nota anterior una admiración juvenil por el Che- redacté algo tratando ingenuamente de definir lo que era un poeta.

Decía que “el poeta está señalado por algo indefinido, sin nombre, que hace que le sea muy difícil conseguir un empleo, educar a los hijos, amar, tener amigos. Uno se encuentra todos los días con la penosa certidumbre de que el mundo no necesita de los poetas”.

Yo era muy joven cuando lo escribí; sangraba por la herida.

Me encantaría que ustedes desmintieran ahora mis palabras apresuradamente escritas.

Actualmente tengo el empleo, y amigos, y los hijos crecieron, y lo que sigo creyendo de aquel tiempo es que lo que merece ser vivido de la vida no es “la necesidad” (o sea el empleo) sino “el lujo” (es decir, la poesía).

Pero está claro que, irremediablemente, para disfrutar de ella, debemos tener al menos dos comidas diarias, y luego el alimento de los versos.

La divina comida

Sin más, les paso la carta que escogí de “platos” latinoamericanos. El que no los perciba sabrosos, puede mandar otras recetas.

Empiezo con Neruda, de quien sé que muchos esperan que transcriba unas líneas.

Como son tantas las que escribió, apelo a lo primero que recuerdo, sin intentar escoger las mejores (malas no van a ser, supongo):

Sucede que me canso de ser hombre,
que entro en las estaciones y los bares
cansado, impenetrable como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

Son líneas de un comienzo, igual que éstas:

Te recuerdo como eras en el último otoño;
eras la boina gris y el corazón en calma.

De la gran voz que hoy casi no se oye del peruano César Vallejo una primera estrofa me estranguló siempre:

“Hay golpes en la vida tan fuertes,
yo no sé,
golpes como del odio de Dios”.

(Para leer las biografías de Neruda y Vallejo y descubrir a otros poetas, y repasar a narradores, ver “Principales exponentes de la literatura del siglo XX“, de Yamara Esquivel, de Cuba.)

Más adelante, más atrás.

Y yendo mucho más atrás les regalo joyas, que pueden encontrar en el excelente envío de Rebeca Rodríguez, “Literatura hispanoamericana“. Una muestra de los “amautas” (poetas aztecas):

Por segunda vez no venimos a la tierra,
príncipes chichimecas.
¡Gocemos!
¿Llevaremos nuestras flores a la muerte?
Solamente prestadas las tenemos.

Información final

Tantos son los poetas que escribieron y vivieron, o que viven y escriben en Latinoamérica, que sólo puedo pedirles que recuerden a algunos (Gabriela Mistral, Nicolás Guillén, Octavio Paz, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, etc.) sin olvidar que hay otros tan grandes como ellos cuyos papeles el viento desparramó, de quienes apenas podemos encontrar algún verso, y que vale la pena mover cielo e infierno para rescatarlo.

En otro post les hablaré de un festival de poetas de todo el mundo llevado a cabo en Rosario, Argentina, al que me invitaron.

Escuché la voz de dos o tres grandes, pero la actividad más importante fue para mí el encuentro con los presos del taller literario de la Unidad Penitenciaria Nº 3.

Nos condujeron a una especie de aula lúgubre. Apoyadas en las paredes había sillas estilo Van Gogh (si buscan en Internet, seguro está el cuadro de la silla de Van Gogh)

En el centro un largo tablón hacía de mesa, con platos descartables llenos de caramelos y galletas marinas.

“La poesía es un rincón luminoso donde nadie puede hallarnos”, estaba escrito en el pizarrón del fondo, por los presos, con tiza.

Mora Torres

Monografias

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General

La entranable transparencia

No importa el signo, importan el desinterés y la búsqueda, búsqueda que fue hasta el sacrificio.

El Che Guevara no es argentino, ni cubano, aunque varios de los trabajos de nuestros colaboradores relaten muy bien detalles de su vida (por ejemplo “El Che Guevara“, de María Belén Blanco, y este otro de Fidel Canelón, de Venezuela, ofrezca en el punto 4 la “Esencia de la filosofía guevarista“).

El lugar donde nace El Héroe que necesitan todos los pueblos para sus leyendas entrañables es accidental. Sería bueno confrontar esta última afirmación con “La tarea del héroe (elementos para una ética trágica)“, enviado por Carlos Alberto Ayala Rocha.

Tampoco Guevara es de clase media o alta, ni hijo de Celia de la Serna, ni el enamorado de Hilda y luego de Aleida, ni el médico que obtuvo su diploma en la cosmopolita Buenos Aires.

El Che no es hermoso como se lo ve en las fotografías, ni tiene el mismo gesto y la mirada de Cristo cuando muere.

Su esencia es mucho más profunda.

Es la de un hombre que se hizo todas las preguntas que debe hacerse un hombre -y que a menudo nos hacemos- pero que se diferenció de casi todos porque fue hasta las últimas consecuencias para respondérselas.

Es un hombre desnudo, sin capas y capas de vestiduras, polvos y máscaras.

Por eso su mirada es la más inocente de todas, por eso es tan lumminosa.

De dónde vino, cómo llegó a Sierra Maestra, sus intimidades, roces o amores con Fidel (”La relación entre Fidel y el Che: una profunda amistad“), también son accidentes.

Tanto como su actual “comercialización”

Su estampa en las remeras de los adolescentes, significando rebeldía; sus libros en los escaparates, para crítica o entretenimiento; sus viejos afiches en las habitaciones de los hippies devenidos viejos o de los viejos socialistas, especie que aunque tenga 80 años nunca dejará de portar un aire y un corazón muy niños, son circunstancias que no hacen a las honduras heroicas del Che pero que, rodeándolo, contribuyen a su hechizo.

En el libro de Dante se mezclaban vivos, muertos y héroes de ficción. Estaban los dioses de la mitología griega junto a ilustres y reales personajes de Florencia que ya habían muerto o que aún no habían muerto. Todo era un divino “cambalache”, como en el tango de Discépolo.

En ese divino cambalache podría ubicarse al Che. De un lado Espartaco, el real, del otro Ulises y sus viajes.

El HÉROE aparece y desaparece por la historia; a veces está dormido por cien años, a veces por mil. Pero siempre renace para dar esperanzas: para maravillar por su nobleza a los que dejaron de creer que el ser humano la tuviera; por su tesón y empecinamiento, a los que sepultaron hace rato sus sueños en las sensaciones del fracaso (ver “El viaje del héroe“).

El mundo es mejor no sólo desde la fotografía de su muerte en Bolivia. No sólo desde que bajó de la montaña para expulsar a un tirano.

Es mejor desde hace miles de años, cada vez que renace el héroe de corazón puro y escribe algo parecido al poema que escribió el Che en sus cuadernos juveniles:

Cristo, te amo
no porque bajaste de una estrella
sino porque nos enseñaste
que el hombre tiene sangre, lágrimas
y llaves para abrir
las puertas cerradas del amor;
porque nos enseñaste
que el hombre es Dios,
y aquel que está a tu izquierda en el Gólgota,
el mal ladrón,
también es un dios.

Mora Torres

Editorial

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