Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Septiembre, 2007

Estremecimientos

Una de las angustias que están a la vanguardia en estos días es la que toma cuerpo ante el anuncio de que -en el 2012- se producirá el fin del mundo.

La gente, para alentar esta predicción, no sólo recurre al siempre fascinante calendario maya, que fija un día preciso dentro del 2012: el 21 de diciembre.

Una buena manera de inaugurar la discusión sobre el tema es leer “Algunas miradas al calendario de Le Goff“, de Dimas Tomás Meneses Sánchez, de Colombia.

Pero además hay otro tipo de miradas actuales dirigidas a meteoritos, cometas de larga cola, estrellas en cadencia y decadencia, extraterrestres, la ley de la gravedad no del todo segura y, sobre todo, la falta de agua y el cambio climático, que afectará para siempre la vida sobre la tierra. Para interiorizarme de este fenómeno en especial me bastó poner en el buscador de Monografias.com “cambio climático”, con lo que pude hallar varios “recursos que coinciden”. A elegir. Algunos llevan títulos como: “El cambio climático: ¿principio y fin del hombre?“.

Pero lo que sorprende en esta época no es tanto la angustia y el temor, sino que nos agradan ambos.

¿Por qué nos gusta el miedo?

En un mundo donde nada podía explicarse naturalmente, o científicamente, lo sobrenatural era la argumentación, una argumentación cotidiana. Si alguien enfermaba de pronto, lo más posible es que hubiera bebido de un vaso con agua en la que flotaban pequeños demonios. En realidad, hoy es casi lo mismo, sólo que los pequeños demonios se denominan virus o bacterias.

Lo cotidiano de lo sobrenatural tenía como consecuencia que nadie temiera lo sobrenatural por lo sobrenatural mismo; se temían las consecuencias y no los entes que las provocaban. Es decir, a la peste y no al demonio de la peste, como hoy nadie aullaría al mirar por el microscopio una bacteria, pero sí teme lo que ella puede provocarle.

No se temía al Diablo, si bien nadie jamás negaba su existencia. Se temía al Inquisidor (y aquí también usé el buscador y aparecieron numerosos recursos que coinciden con “la inquisición”).

Y no sólo las enfermedades eran sacras; todo correspondía al esplendor del cielo o a la oscuridad del infierno. Del esplendor del cielo puede decirse que también se podía reflejar en el vaso con agua: un joven enamorado bebía de él y, si su amada lo hacía luego, quedaba prendada para la eternidad.

Con tanto entrenamiento en lo esotérico, nadie, supongo, sufriría un infarto en presencia de un espectro, ni siquiera la adrenalina se le inquietaría como en una probeta de alquimista que está siendo agitada, como sí nos sucede a nosotros tantas veces al día, por el estrés y la ansiedad más que por lo esotérico.

Hoy, que tenemos muchas explicaciones de los fenómenos que nos rodean, y estamos investigando para tenerlas todas, y que no sólo descreemos de los demonios y los dioses del mundo físico, sino que hemos decidido relegar la región espiritual a los tiempos antiguos, el aburrimiento ha empezado su obra destructiva.

Entonces buscamos cómo entretenernos otra vez, ya que además, para refresco, uno a uno todos los objetos que nos rodean han ido despojándose de su encanto.

Los libros, los relojes, los cuadros, los mapas, los telescopios, los calendarios, los adornos de la casa y las joyas de las mujeres (joyas convertidas en bijoux, pero da igual), las piedras, las plantas, los animales, ya no producen admiración ni arrobo, y nada tienen de precioso.

Están al alcance de la mano, o bien nos hemos fatigado tanto de poseerlos que los hemos extinguido como se apaga el fuego. Pero el fuego renace. Y las especies extinguidas de árboles y animales, no. Ni como fantasmas (”La fauna: vida para la vida, preservación y extinción“, de Juan Alberto Chunga Espinoza, de Perú).

Hay que reinventar el terror

Quizá para volver a sentir algo, reinventamos el miedo. A los fantasmas, a los aparecidos, a los hechizos, a los gnomos.

No nos lo creemos del todo, porque “del todo” no es una expresión actual. Nosotros estamos en el medio, en lo relativo, en lo cambiante.

Pero bien que nos estremecemos de vez en cuando al oír la voz del viento, es decir, al escuchar un sonido inexplicable o al observar algo todavía no explicado. Y de estos pequeños sucesos prontos a ser resueltos por los sabios extraemos un universo de macabras maravillas.

La tecnología “de punta” nos pone en contacto con el más allá, y de punta se nos ponen los cabellos, pero por poco rato. Visto, por ejemplo, el fantasma que queríamos ver aunque fuera en fotografía por Internet, ya nos acostumbramos a él y precisamos otras emociones. Grotescos personajes hechos de materia más densa que la nuestra pueden encontrarse en algún sitio virtual, y en busca de ellos vamos. Algunos tienen nombres remotos como ogros, zombies, gnomos. A otros que vienen de los más fieros abismos modernos les hemos puesto apelativos modernos.

Y otros no sólo son visualizados y escuchados por Internet, sino que nacen y se reproducen en la misma -en nuestra- computadora. Invasores temibles llamados SPAM, hoaxes, los atacantes tecnológicos no son como los orgánicos que los científicos ya han aprendido o están a punto de combatir. Están rodeados de misterios complicados.

Por ejemplo, “Los hoaxes (mistificación, broma o engaño) no son virus sino mensajes con falsas advertencias de virus, o de cualquier otro tipo de alerta o de cadena (incluso solidaria o que involucra a nuestra propia salud), o de algún tipo de denuncia, distribuida por correo electrónico” (”El SPAM que nos invade“, de José Manuel Huidobro). En este mismo trabajo encontraremos un subtítulo que viene como anillo al dedo (al dedo de mi nota): “Leyendas urbanas”.

Leyendas Urbanas

Debajo del mencionado subtítulo se lee: “Las leyendas urbanas son relatos que brotan por doquier, muy antiguos a veces, en continua transformación siempre, que se difunden imparablemente por el mundo a través del boca a boca, los medios de comunicación y la Red, que se presentan como sucesos ciertos, historias creíbles, a menudo referidas a un conocido de un conocido y que expresan narrativamente preocupaciones tan cotidianas como éstas: ¿Hay fantasmas en los espejos? ¿Hay tal vez una mujer tras cada curva peligrosa?”.

Tan atractiva afirmación me impele a buscar por diversos lugares la bella mitología de las leyendas urbanas.

Y encuentro un ensayo alucinante: “El señor de la oscuridad. La leyenda del TIO y otros seres de las profundidades“, de Fernando Jorge Soto Roland:

Acá encontrarán, por añadidura,
excelente literatura.

La rima es adrede, para poner una sonrisa final.

Mora Torres

Editorial

Fiesta Virtual

Me dieron tantas ganas de conocer a mis lectores que planeo una fiesta acá, en nuestra casa (¿qué importa que sea virtual?), y los invito a todos; me ayudarán a organizarla sobre la marcha.

El que quiera venir disfrazado puede recoger algunas ideas en “Carnavales“, un aporte de Clara Bastidas enviado desde Venezuela por Douglas Alfredo Domínguez Ruiz, y de paso informarse sobre el origen de las “carnestolendas”. O en “Carnaval dominicano, explosión de identidad“, de Franklin de Js. Torres. Ambos trabajos son muy serios y atractivos.

Lo primero que tenemos que hacer es arreglar y decorar la casa. Leamos juntos, entonces, para inspirarnos y ser concienzudos en los gastos, “Uso de materiales de bajo costo en la decoración de interiores“, de Tania Pomares Castañón. Pero tal vez podríamos soñar en grande con “Edificios inteligentes y casas domóticas“, de Alex Escobar P.

Hay que pensar también en que el ambiente debe estar cuidado, sin contaminaciones, y que después de nuestra fiesta con seguridad quedará mucho polvo, papeles, restos de comida. Por lo tanto nos informaremos sobre la mejor manera de eliminarlos leyendo “Residuos“, de un colaborador que vive en Lima, Perú.

No seré tan inflexible como para prohibirles fumar a los que tengan el ahumado vicio, pero lo harán en un espacio descubierto, al fondo, y les daré a leer mientras fuman “Efectos de la nicotina“, contribución enviada por Mariana Pequeño, que habla de flores además, para que los adictos no se marchiten en el patio. Aunque nuestro patio virtual no es para deprimirse, es un patio español, de esos que sólo podemos encontrar en Granada, específicamente en La Alhambra, y que ustedes pueden recorrer en “Atractivos turísticos de España“, que nos hizo llegar Alejandro Carrasco.

Beber sí se puede en interiores, y hasta sin excesiva moderación, ya que no tendrán que conducir para volver a sus hogares. Elijamos un vino; no, mejor una champaña, al mejor estilo jet set, en “La champaña“, enviado por Pablo Nonaka Nakatsumi; y una buena receta (¿si probamos el plato típico de los antioqueños, que encontraremos en “Artes y saberes de la ‘bandeja paisa’“).

Después de un postre delicioso, tomaremos un café cuyo aroma ya estoy percibiendo: “La pulpa del café” que viene de Cuba enviada por Raisa María Castillo Ramos.

En materia de esparcimiento, jugaremos al póquer sin arriesgar un céntimo (”El Póker“, didáctico trabajo enviado por “Hiro”). O una partida de ajedrez (”El ajedrez“), si preferimos un modo más calmo de matar el tiempo.

“Matar el tiempo”, escribí. No creo que sea necesario hacerlo porque lo mata cada una de nuestras inhalaciones y exhalaciones (”Curso de respiración consciente“, enviado por Rolando Leal Martínez), cada paso que damos y cada tic. O bien nada lo mata porque el tiempo no existe, todo es cuestión de la filosofía que uno esté utilizando.

Yo sí que voy a disfrazarme. Me vestiré de Leonardo da Vinci (”Leonardo da Vinci“, de Paola Queirolo, de Uruguay) con barba y otros complementos aunque -modestamente- no tomaré el camino de los pinceles ni el de la ciencia sino el de la cocina. Allí jugaré a preparar algunos platos de los cuales Leonardo nos ha dejado la receta, y trataré de servirlos tal y como lo indica.

Podría cambiarme de disfraz al poco rato, convertirme en Lucrecia Borgia y convidarlos con deliciosos chocolates y licores. Para estar prevenidos pueden visitar “Medicina Forense. Toxicología General“, de Fernanda Cuadra, y observar los efectos de las golosinas de Lucrecia.

Pero no soy tan cruel.

Aunque en esta carta que un enamorado le dirige a Lucrecia, ella parece bondadosa y llena de inocencia: “Ferrara, 18 julio de 1503: No os escribo, luz de mi vida, para contaros qué tierna amargura me envuelve en esta partida, sino para exhortaros a cuidar de vos y, para que yo no perezca, también de vuestra salud… Pietro Bembo”. Igual en el poema que la misma Lucrecia escribe en respuesta: “”Creo que si muriera/ y mi tesoro de dolor/ dejara de añorar,/ negar tan gran amor/ haría que el mundo/ quedara desenamorado”.

Haré una gran fiesta posmoderna, aunque concurran estos antiguos personajes. Vendrán otros, contemporáneos y hasta músicos de rock, (como la banda “Los Drugos”, los invitamos a escuchar “Medias Levantadas“; “Tren Fantasma” y “El Secreto de la Coca-Cola“).

Como dije al principio, ustedes están todos invitados, y me gustaría que trajeran un regalo, que puede ser un link, un verso, la receta de un plato o bebida, algún escrito breve y cibernético, o cualquier cosa que se les ocurra (¡trae uno de tus cuadros, Ángel, por favor!)

Vengan con compañía si lo desean. Brindaremos por los poetas vivos y muertos. En especial por uno demasiado importante y olvidado: César Vallejo. Busquemos a Vallejo en “Principales exponentes de la literatura del siglo XX (Latinoamérica)“, de Yaumara Esquivel Rodríguez.

El cartel de la entrada no dice: “Dejad aquí toda esperanza”, que es la inscripción que está en la puerta del Infierno de Dante (sobre La divina comedia se puede ver “Literatura y alquimia“, de José Guillermo Anjel R., de Colombia). Sólo advierte: “Prohibido ahuyentar a los fantasmas”.

Y nuevas noticias de fantasmas: “Revelan el estudio sobre las hamacas embrujadas” e “Insólito: afirman que se mueven todas las hamacas” es lo que va a llevarnos como presente María Eugenia Alonso, quien, como saben, pertenece al Equipo de Monografias.com y ya aportó sus dosis de misterio en entradas anteriores. Además, trae un postre japonés junto con las noticias, la receta para preparar “Dorayaki“.

Pasen, y siéntanse como en su casa…

Mora Torres

Editorial

De libros maltratados y peces de colores

En mi biblioteca reina el desorden y hay ejemplares muy enfermos, y otros a los que no he prestado atención desde hace años. Cada seis meses amontono los libros en el suelo y uno a uno voy extrayéndoles el polvo, abriéndolos y cerrándolos en diferentes páginas.

El polvo sale, pero las heridas quedan; hasta parece que hubiera picaduras de pequeños insectos en algunos.

Con culpa, pienso que a ninguna cosa trataría tan mal como a mis libros; ni comparar obviamente con las mascotas, a las que he debido renunciar por falta de tiempo para atender a sus necesidades.

Pero no he renunciado a los libros aunque evidentemente los maltrato.

Llena de remordimiento, este fin de semana me dediqué a ellos y luego de limpiarlos, encontrar con alegría algunos que ya no recordaba y observar sus decadencias, busqué monografías que me indicaran cómo ampararlos y ordenarlos.

Encontré “Encuadernación” recopilado por Josef Millar, de Santa Fe, Argentina, que puede ayudarme mucho.

La cuestión del ordenamiento se vuelve complicadísima cuando hay muchos y de muy diversas categorías. Cuando, además, encuentro libros que ni siquiera recordaba tener, pero que, al mismo tiempo, no son los que “generosamente” donaría. No son desechos, son olvidos imperdonables.

Entre los libros restituidos a mi memoria se encuentran, por ejemplo, Ana Karenina, de León Tolstoi, que me deparó grandes momentos hace años, cuando fui paciente y lo leí (ver Ana Karenina, enviado por Nikolai Michtchenkov).

Aparecieron dos entrañables y disímiles novelas: Mujercitas, de Louisa May Alcott, y El tambor de hojalata, de Gunter Grass, más actual. Cada una para distintas épocas de mi historia personal.

Para refrescar memorias –y corazones- puede recurrirse a “Aquellas mujercitas, resumen del libro de Louisa May Alcott”.

En cuanto a El tambor de hojalata, Manuel Acosta, de Perú, nos envió su trabajo que lleva el mismo título.

Hay también escondida en el polvo de mi biblioteca una recopilación de cartas, narraciones, pequeñas biografías y poemas todos relacionados con el amor, que se titula, como no podría ser de otro modo, El libro del Amor. Las compiladoras son Diane Ackerman y Jeanne Mackin, a quienes no puedo dejar de mencionar porque, aunque no muy conocidas, han hecho un trabajo tan cuidado y de verdad “amoroso” que aparecen allí cartas de amor de la reina Victoria junto a las de Quevedo y Cervantes, más ensayos preciosos o narraciones de las desgraciadas relaciones de Eloísa y Abelardo. Ya se los mostraré en alguna nueva entrada.

Encuentro además un ejemplar de Moby Dick… la ballena blanca, mi ballena. De Herman Menville.

¿Será desde la época en que leí “Axolotl”, un cuento de Cortázar, que me fascinan las peces detrás del cristal de una pecera? Al respecto puede verse “El tiempo de los Axolotl; la edad de oro”. Sueño con un acuario. Las transparencias, las luminosidades paseándose vivientes entre plantas verdes, doradas, rojas.

No puedo tener mi acuario, exige demasiados cambios de agua, mediciones de temperatura, alimentación.

Me seducen, me enternecen y me siento comunicada y hasta cuidada por animales domésticos como perros y gatos; no sé a cual de las dos especies prefiero. Un perro trae amistad; un gato, belleza y misterio.
Aunque no puedo cuidarlos, paso demasiado tiempo trabajando fuera.

Pero el fin de semana descubrí que yo estaba guardando en mi casa a una “especie” más viviente todavía, a la que, si bien, y como se verá, utilizo, no le estoy brindando los cuidados mínimos que se merece: los libros.

Pedido: ¿alguno de ustedes recuerda un verso que habla de “interrogar con los ojos a los muertos”, en referencia al acto de leer? Lo he buscado y claro, algo tenía que extraviarse en el caos.

Mora Torres

Editorial

Nuevo buscador en Monografias.com

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Monografias

Sobre etica y virtud, ¿ambas alcanzan a la democracia?

“El hombre por naturaleza aspira a obrar bien…” se afirma en un ensayo enviado por Mabel Díaz desde Uruguay, “Trabajo de ética. ¿Qué significa obrar bien?“. Sin embargo, entre los más destacados filósofos, muchos afirman que “los enunciados éticos sólo tienen significado emocional o persuasivo” (ver “Ética“, que se analiza más adelante).

Trueco la afirmación citada al comienzo por una interrogante: ¿El hombre, por naturaleza, aspira a obrar bien?

Mirando para el Norte, el Sur, el Este y el Oeste del mundo, el viento, o la brisa, o los huracanes, parecerían traerme una respuesta negativa; un enorme glaciar derritiéndose en forma de NO; un bosque talado en forma de NO; un agujero de ozono, una repartición de las riquezas públicas y privadas, unos sentimientos de egoísmo y soberbia, y matanzas que dibujan el monosílabo NO como única réplica.

Lo mismo ocurre si en lugar de mirar hacia el espacio miro hacia adentro del tiempo.
No encuentro la naturaleza ética o al menos benévola del hombre…

Continúo revisando nuestras monografías. Sigo con “Códigos y principios de la ética en el ámbito social“, enviada por Víctor Javier Valverde.

El primer párrafo ya me permite hacer la necesaria diferenciación entre ética y moral: “Es importante distinguir entre el comportamiento moral del hombre y la sociedad, que es la moral, y la reflexión filosófica de este comportamiento, que es la filosofía moral o Ética. Ningún hombre escapa a la moralidad, todos sus actos libres tienen una calificación moral positiva o negativa. Pero además existe un criterio verdaderamente científico capaz de determinar la conducta moral por medio de principios universales y necesarios aplicables a todos los hombres en cualquier época y latitud. De este modo, lo moral deja de ser un tópico o una cuestión de apreciación subjetiva para constituirse en un orden científico que procede por demostraciones rigurosas”. Deduzco que no debí mirar hacia todos los puntos cardinales en el espacio o hacia el fondo en la historia: lo que llegaré a encontrar allí es sólo moral a la que puedo individualmente etiquetar de buena o mala. La ética es entonces atemporal y pertenece al orden científico, no a mis subjetivas consideraciones.

Pese a todo, no quedo convencida.

En Ética, del profesor José Luis Dell’Ordine, de Argentina, encuentro claramente definida a la misma como “principios o pautas de la conducta humana… y por extensión, (es) el estudio de esos principios, a veces llamado filosofía moral”. El autor aclara que su artículo “se concreta al ámbito de la civilización occidental, aunque cada cultura ha desarrollado un modelo ético propio”. Demás está decir que mi reflexión basada en la lectura de otro trabajo respecto de que la ética es atemporal empieza a parecerme el resultado de mi dudosa comprensión de la filosofía.

Principios Éticos

El profesor Dell’Ordine dice además que “En la historia de la ética hay tres modelos de conducta principales, cada uno de los cuales ha sido propuesto por varios grupos o individuos como el bien más elevado: la felicidad o placer; el deber, la virtud o la obligación, y la perfección, el más completo desarrollo de las potencialidades humanas”.

Y es precisamente el último modelo el que debería ajustarse a nuestra actual sociedad, considerando que, en el ámbito de los principios y según el brillante escrito de los licenciados José Miguel Ramírez Bilbao, Maurilio García González y Jaime Vargas Flores, de México, existen basamentos esenciales de justicia dentro de la ética, tales como el Principio de Igualdad, “cada persona ha de tener un derecho igual al más amplio sistema total de libertades básicas compatible con un sistema similar de libertad para todos”, y el Principio de Diferencia: “las desigualdades económicas y sociales han de ser estructuradas de manera que sean para: 1. Mayor beneficio de los menos aventajados, y 2. Unido a que los cargos y funciones sean asequibles a todos bajo condiciones de justa igualdad de oportunidades”. (”Pensamiento filosófico de la ética política, con relación al México actual” ).

Sólo pregunto, ¿en nuestros países latinoamericanos es visible o palpable este axioma fundamental de las democracias? ¿Podrán contestármelo mis lectores?

En “Replanteamiento de la teoría de la virtud desde un enfoque axiológico“, el Dr. Arturo Sánchez Fernández, que además de médico es diplomado en bioética y teoría de los valores, comienza haciendo un recorrido histórico y etimológico por la “teoría de la virtud” o “aretología”: “La teoría de la virtud o aretología constituye una de las numerosas respuestas…” a las interrogantes: “¿Cómo debo actuar” y “¿Cómo debo pensar y estar preparado para actuar correctamente?”
“‘Virtud’ proviene del latín ‘virtus’ y al igual que su equivalente griego ‘areté’ significa cualidad excelente de las cosas o personas para realizar sus funciones. El areté de un cuchillo significa que tenga un buen filo, que sea maniobrable, liviano. Cuando se habla de virtud o areté en el hombre se hace referencia a cualidades que lo capacitan para realizar excelentemente las múltiples funciones que puede desempeñar. En este sentido se habla de virtuosismo en el arte, el deporte, la ciencia… La virtud moral… no es otra cosa que cualidades excelentes de una persona en el ámbito moral. Los antecedentes de esta teoría se remontan a la Antigüedad”.

Aquí este autor pasa a mencionar las definiciones que dieron de virtud filósofos como Sócrates (”identifica la virtud con el conocimiento”; Euclides de Megara, quien afirma que a la virtud puede llegarse por razonamientos lógicos. Aristipo de Cirene considera virtud y finalidad de la virtud “alcanzar el mayor placer posible”, aunque advirtiendo que el hombre “no ha de convertirse en esclavo del goce, sino tender al placer prudente”.

Es Aristóteles “el primero que hace una sistematización de conocimientos relacionados con la ética, y da el nombre a esta ciencia. La orientación fundamental de su sistema ético-filosófico es la felicidad (eudemonismo)” a la que no debe confundirse con la búsqueda de placer de Aristipo.

Y como tal vez me he extendido demasiado tratando de entender y de que entendamos juntos este espinoso tema, para terminar sólo repito la pregunta ya efectuada (es para destacarla y que ustedes me contesten): la ética y la virtud -y no precisamente las de Aristipo, sino las de Platón y de Aristóteles-, ¿se evidencian en nuestros países latinoamericanos como bases firmes de la democracia?

Mora Torres

Editorial, Monografias

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