Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Agosto, 2007

BlogDay 2007

Post redireccionado a nuestro Blog Institucional: BlogDay 2007

Monografias

Eva -y Adan- en libertad

Los primeros humanos que habitaron la tierra no relacionaron los encuentros sexuales, aquellos placenteros encuentros que solían tener mujeres y hombres, con la maternidad.

Por eso la mujer era una diosa; de su vientre salía la vida. Y los artistas de las cavernas la homenajeaban con sus estatuillas -hay cientos de éstas rescatadas por los arqueólogos, quienes las llamaron “Venus de…” (los tres puntos son ocupados por el nombre del lugar donde fue hallada la escultura).

Como diosa, la mujer tenía el poder, por lo que en esas épocas el poder se llamaba matriarcado. (Los invito a leer “La problemática de la mujer en la sociedad a través del tiempo”, de la argentina Adriana Sosa. Copio de allí: “La Humanidad era en aquella época tan diferente que su mismo nombre se traduciría por el de ‘Feminidad’”.)

No duró mucho. Cuando el varón comprendió su secreta participación en la génesis de los hijos, la mujer dejó de ser misteriosa y sagrada. Y cuando comprendió también que la aventajaba en una cosa –aunque realmente se trataba de una sola, diminuta ventaja, es decir, en la fuerza física, que no es la fortaleza psicológica precisamente- decidió hacer uso de este detalle que siendo tan pequeño como cualidad es tan útil para atacar, defender, poseer y tomar el poder. Este poder se llamaba y se llama “patriarcado”. (En uno de nuestros trabajos, “Violencia intrafamiliar: El Salvador” -cuyo autor sólo da una dirección de correo electrónico-, un extenso Capítulo, el primero, explica claramente la Teoría del Género.)

Cuando la historia comenzó a escribirse, los varones ya se sentían seguros y superiores. En esos principios, la mujer fue insertada en crónicas y relatos, pero a ella poco se le permitió escribir o escribirse.

Los hombres iban alegremente a la guerra, recorrían mundo en expediciones y cruzadas y, como ellos sí estaban autorizados para aprender a leer y dibujar signos caligráficos, contaban batallas, daban reglas morales y hasta redactaban diarios en donde la mujer nunca dejaba de estar presente, al modo en que suelen aparecer en la actualidad las graciosas mascotas familiares en los papeles íntimos y cartas.

De vez en cuando se mencionaba la existencia de alguna fémina singular; toda una excepción. A esas mujeres excepcionales podría equiparárselas a los animales domésticos de quienes sus dueños aseguran que “sólo les falta hablar”.

A la mujer no le faltaba el habla, siempre que se lo permitieran. Sólo le faltaba tener alma, y algunos buenos hombres aseguraban que casi la tenía, y otros, los menos, que la tenía completamente, lo que dio lugar a concienzudas y famosas polémicas, y famosos concilios.

Tenían argumentos notables quienes sostenían la carencia de alma y atributos intelectuales en la mujer: ella no producía grandes cosas, en absoluto, ni en ciencia, ni en arte. Tampoco creaba religiones.

Dejando de lado que toda obra femenina (a menos que se tratara de un rosado bebé, al que ni siquiera lo hacía la mujer sola) era rechazada por la comunidad bien pensante (integrada en su totalidad por representantes masculinos), hay que decir que es verdad que era imposible que la mujer se pusiera a la par del hombre en el Conocimiento. Así como un niño desnutrido no podría ganar una carrera frente a otro de su misma edad pero perfectamente alimentado, a la dama le habían escondido todos los víveres del intelecto y no podía participar en ninguna competencia.

Y así como la pobreza y la desnutrición vienen desde tan lejos en la historia, aún hoy la mujer tiene carencias de otro tipo. Aunque ya haya escrito, pintado y esculpido obras maestras. Aunque ya haya sido filósofa, psicoanalista y pedagoga.

En general lo ha sido después de parir, alimentar, limpiar la casa y atender marido y niños. También después de someterse a diferentes torturas para tratar de alcanzar el grado de belleza que a su hombre lo enamora. (Es obvio que los temas más recurrentes en la televisión son aquellos que más público atraen; en este momento los programas que van primero en el cable son los de “medicina y cirugía cosmética”. A propósito, y volviendo específicamente a nuestro asunto, conviene dar un paseo por el trabajo que enviaron Laura Buglione y María Eugenia Kremky: “La televisión argentina y el machismo“)

Se dirá que, si la mujer fuera sabia, habría dejado de lado la “frivolidad” de la belleza física y se ocuparía sólo de su mente y de la salud de su cuerpo. Pero es un juicio algo apresurado.

Si la mujer estuvo sometida durante miles de años al régimen de complacer al hombre y a la sociedad, ¿cómo exigirle que de la noche a la mañana y sin ninguna garantía de sobrevivir socialmente deponga sus armas? (Respecto a esta “misión” de la mujer, y acerca de los roles de género, se puede recurrir a interesantes trabajos masculinos, tales como “Noción de género para el estudio de las sociedades precolombinas”, de Pedro B. Quiroux, y “Machismo y psicología social”, de Boris Isla Molina, de Chile. También recomiendo, de Leticia Núñez, de Paraguay, “La mujer en el desarrollo de la cultura paraguaya a través de la historia”).

Escribe Celia Moreno Serrano en “Simone de Beauvoir”, una monografía que incluye además dos subtítulos tan importantes como “La mujer indígena. Rigoberta Menchú” y “Madre Teresa de Calcuta”:
“Guardo de Simone de Beauvoir dos legados importantes: primero, la lucha por la igualdad del género femenino y en esto nos queda todavía un camino largo para andar, sobre todo en nuestros países latinoamericanos (…) El segundo es el respeto a los derechos humanos, el derecho a la diferencia. Este respeto lo podemos medir en la capacidad que tenemos de aceptar al otro en su diferencia y aceptar significa entender al otro ser humano, no al que se nos parece, sino a aquel que por sus opiniones, valores u opciones está más alejado de nosotros…”.

Si de algo no relacionado con el físico se ha hablado entre hombres respecto a la mujer es de los movimientos feministas. Hasta célebres escritores de fines del siglo XIX y de la jerarquía de Henry James (en Las bostonianas, por ejemplo) se interesaron por el tema, aunque en sus escritos siempre se dibuja una sutil sonrisa de afecto y de ironía al mismo tiempo. Otros utilizaron el asunto francamente para la burla. Muy pocos escribieron en su apoyo.

En “El movimiento feminista hoy. Pasado, presente y futuro” de Ximena Briceño Olivera, de Chile, puede leerse que el feminismo nació junto con la Revolución Francesa y los demás movimientos independentistas de la época, pero que “pronto surgió la gran contradicción que marcó la lucha del primer feminismo: las libertades, los derechos y la igualdad jurídica que habían sido las grandes conquistas de las revoluciones liberales no afectaron a la mujer. Los Derechos del Hombre y del Ciudadano que proclamaba la revolución francesa se referían en exclusiva al ‘hombre’, no al conjunto de los seres humanos”.

Esto me recuerda que anteriormente los griegos, los hebreos, los romanos, Confucio y el propio Buda rechazaron a las mujeres como discípulas, Confucio señalando que la mujer era “como un hombre pequeño”. (Confucio fue rescatado de una cueva -adonde lo había abandonado su padre al nacer- por su madre, quien hizo tantos sacrificios para que nuestro sabio tuviera la oportunidad de estudiar que murió de fatiga y escasa alimentación en plena juventud.)

¿Qué haré, como mujer, con estas historias y otras semejantes? ¿Me perderé, por ejemplo, la luz que suele aportarme Confucio, aunque haya hablado para hombres solamente y no para todos los seres humanos? No, no dejaré de lado sus Analectas.

Creo que tal como empezó mi nota, todo se trata de poder. Y que del poder también es víctima el que lo ejerce, y que el poder tiene que ver con la libertad, o mejor dicho con su contracara, la esclavitud. En la nota anterior hablé de la libertad en referencia a un tema muy distinto: la lectura.

Me parece que todo es ella, la libertad; que todo empieza y termina con ella. Creo que seremos mejores cuando a la libertad pueda encontrársela en todos los lugares; que seremos personas, más que hombres y mujeres machistas o feministas.

Mora Torres

Editorial, Monografias

Librandola

No, el título de esta nota no se refiere a que estamos “librando” ninguna batalla, la cual, aplicada a este escrito, podría tratarse de la que gira entre los libros de papel y los libros virtuales. Ése es un viejo debate ya resuelto entre ustedes y yo… aunque a pesar de mi amor por el “físico” de los libros, continúo pensando que, mientras se lea, poco importa la mayor o menor calidad del soporte. Siempre habrá –en el caso de falta de papel- algún libro guardado, como en mi estante los viejos cuentos de hadas ilustrados, o, quizá, antes de la demolición de las bibliotecas públicas rematarán para los ricos La divina comedia o El Quijote ilustrados por Doré (un día voy a contarles algo de este artista, Gustavo Doré).

Esta nota y su título se refieren a que los libros nos libran vaya a saber de qué, pero seguro que lo hacen (más adelante encontrarán algunas razones que hallé al respecto). Se refieren, en pocas y muy usadas palabras, al placer de la lectura y a cómo tratar de difundirlo para felicidad de todos.

Un ensayo muy recomendable referente al tema, y para quienes quieran con placer participar, por supuesto, es “Descripción métodos de iniciación a la lectura y escritura“, enviado por Cecilia Ayala desde México.

Otro que aporta mucho -de los que he leído en este sitio, hay varios más- es “La lectura y sus procesos“, que viene de Colombia, con varias firmas.

La falta de afición a la lectura no parece asunto de primera necesidad a tratar en un universo que se desangra: nadie parece haber muerto por esa carencia. Y sin embargo no es así.

Conozco gente que ha muerto de depresión y que hubiera podido salvarse con sólo encontrar (a veces reencontrar) el impulso necesario para abrir un libro, empezar a leerlo y continuar mientras las desgracias personales se apagan más y más y se vuelve a sentir de verdad, en las calles, encrucijadas y laberintos de la literatura. Ya que allí las desgracias temporales se convierten en gracia, y a la alegría de una página que agrada puede llamársele felicidad.

El olvido de sí mismo y de su condición puede salvar al melancólico, porque frente a él –en las páginas o en la pantalla de la computadora, es lo de menos- se concentran hombres, mujeres y reflexiones no más interesantes que su propia vida, pero que, con el ardor singular de la letra de molde la vuelven, a esa vida, otra vez a su cauce: la belleza de la tierra y el cielo, la inteligencia humana y hasta la tragedia de su inseguridad, de no saber quién es. Cobran sentido viejas preguntas (¿para qué estoy, adónde voy, cuál es el sentido de la existencia?) y se originan otras, nuevas, que renuevan. Y estas interrogaciones, cuando el libro se cierra, devuelven la intensidad (o sea la vida, que no es otra cosa que el soñar y el pensar, el vuelo del pensar).

Fomentan títeres placer de la lectura en niños“, se me atraviesa el título de un diario mexicano dentro de mis búsquedas por Internet: “A través de música, baile y títeres, la obra infantil Librándola busca fomentar en el público infantil el gusto por la lectura, en un juego en que los protagonistas adentran a los niños en mundos mágicos, donde se encuentra el placer de leer”.

Sí, es en el mundo “mágico” “donde se encuentra el placer de leer”, no en otra parte.

Y el mundo es mágico. Si no lo fuera, no se hubieran escrito libros y sinfonías, levantado catedrales y pintado cuadros durante miles de años.

Por otra parte me admira el acierto del breve título de la obra infantil. Librándola habla de libros y de libertad al mismo tiempo, y es esto lo que intento decir.

Los libros nos hacen libres, no sólo porque nos traen ideas de liberación y desapego. Mientras los niños leen, por ejemplo, “la última” de Harry Potter, y acá conviene incursionar en “Harry Potter“, el cuerpo deja de molestarles. Ese cuerpo infantil que necesita saltar, correr, ir de uno a otro lado entre gritos, risas y descubrimientos, se acalla y deja que la mente lo sustituya en sus aventuras mientras él reposa por unas horas (ver “Cuentos infantiles del Puerto de la Alegría“, del cubano Gilberto Darcy Herrera López).

Y en las lecturas de los adultos, el cuerpo también deja de molestar con sus urgencias, o de doler, o de tener antiguas marcas, y toma el aire de la inmortalidad.

Mora Torres

Editorial, Monografias

El Mal

Acabo de leer “El Mal y el hombre moderno”, de Ángel I. Grimalt J.

Es un trabajo que discurre sobre la realidad, o no, de Dios; la crueldad ciega de la Historia y los males del mundo. Esencialmente intenta definir “ese enigma que es la existencia del mal en el hombre moderno”. También cita a Urs Von Baltasar a quien, explica, citó Ernesto Sabato* en Antes del Fin. Me sumo a la cadena de transcriptores de Baltasar copiando el final del párrafo que eligió Sabato: “Hemos fracasado sobre los bancos de arena del racionalismo, demos un paso atrás y volvamos a tocar la roca abrupta del misterio”.

Es cierto, el Mal es uno de los misterios más complejos que acompañan al ser humano a lo largo del tiempo; no creo que sólo o más intensamente al hombre “moderno”. Pero seguramente que para referirnos al Mal, más vale hablar de lo que contemplamos ahora que de lo que otros vieron y testimoniaron como -se me ocurren rápidos ejemplos-, la perversión del Imperio Romano o las barbaridades de la Inquisición. También es cierto lo que dice Grimalt a mitad de su trabajo, respecto al consentimiento del mal: cuando no tratamos de evitarlo, cuando miramos a un costado. Y ese aspecto del mal es el que se me había ocurrido tratar hoy, después de regocijarme en la nota anterior con juguetones fantasmas que siempre están rozando la sombra perdida de nuestra infancia y siempre, de algún modo, nos hacen felices.

El consentimiento

El domingo recibí el diario Página/12 Web, de Argentina. Fui inmediatamente al apartado “Todos los títulos”, donde, como ya habrán adivinado, está sólo la lista de las notas que aparecen en distintas secciones.

La que primero me interesó, visto su nombre, fue: “El costado perverso de la desigualdad social: que a nadie le importa”. Claro que la leí, y es un excelente reportaje de Jorge Halperín al economista Javier Lindenboin. Pero fue solamente el título el que me llevó a pensar que era urgente, para mi conciencia, dejar caer de mi alocada pluma algún escrito sobre el mal.

Seguí leyendo titulares y buscando sus notas correspondientes, el domingo en el Página, y encontré “Cielo, tierra y mar en estados alterados”, que es, como otra vez podrán adivinar, sobre fenómenos climáticos actuales, en especial el calentamiento global, y contiene pronósticos alarmantes. Además, contiene esta frase de quien la redactó: “Los investigadores calificaron su análisis como una nueva confirmación de la influencia del hombre en el cambio del clima”.

A esta nota la sigue “Me importa un Kioto”, de Santiago O’Donnell. Se refiere –y con seguridad es la tercera vez que adivinan- a que “para reducir el calentamiento global que produce el clima loco que afecta al planeta, los países más importantes firmaron algo que se llama el Protocolo de Kioto. Bush, en cambio, haciendo gala de su fama de cavernícola, se negó a firmarlo. El protocolo es muy complicado y muy difícil de cumplir. Sin apoyo de Estados Unidos, sus metas parecen inalcanzables”.

Y no seguí leyendo más. Me sentía parte de lo denunciado. Aunque mi influencia sobre Bush y sobre la humanidad en general se pueda medir en millonésimas de micrones, ¿qué hago yo para que esto no suceda? Aun siendo poco menos que una hormiga que mira las estrellas, algo debería aportar.

Por otro lado, ya había arribado en días anteriores a esa conclusión sobre el mal; los artículos del diario sólo la reforzaron: el más destructor de todos es el de la indiferencia.

La lectura que me abrió los ojos

Reconozco que hacía un tiempo que estaba dándole vueltas al asunto de que la indiferencia es el mal, de que lo anodino de nuestros días y de nuestros ocios es lo que se cobra vidas, y hasta había buscado en Internet a escritores que hubieran hablado sobre el mal con originalidad, para darle un matiz colorido –o trágico- a mis hipótesis. Hallé algo muy interesante, que primero me impresionó y me mantuvo reflexiva –en principio parece una teoría completamente opuesta a la que yo había esbozado- y después me condujo hacia el lugar desde donde había partido.

Lo que encontré fue un asombroso prólogo del irlandés Arthur Machen, que se los recomiendo. Enunciados como: “Brujería y santidad, he aquí las únicas realidades”, que aparecen en el inicio, me impulsaron a seguir leyendo. Habla de la grandeza, tanto del Bien como del Mal, y cómo esta grandeza es tan poco común y los hombres apenas la conocen.

Es un punto de vista luminoso, aunque parezca extraño. Aquí lo que se condena es la mediocridad de sentimientos. Hay un párrafo que me hizo pensar en si nosotros, tan mediocres para el bien como para el mal, tenemos derecho a condenar actos igualmente triviales que se han salido de la norma sólo por azar y por la continuidad de la miseria.

Seré valiente y copiaré los párrafos que más me impactaron, aclarando que este prólogo está redactado como diálogo:

“-¿Opináis pues que no comprendemos la verdadera naturaleza del Mal? (…) Por una parte, llamamos pecado a las infracciones de los reglamentos de la sociedad de los tabúes sociales. Es una exageración absurda. Por otra parte atribuimos una importancia tan enorme al ‘pecado’ que consiste en meter mano a nuestros bienes o a nuestras mujeres que hemos perdido de vista lo que hay de horrible en los verdaderos pecados”.
“-Entonces, ¿qué es el pecado? –dijo Cotgrave (…).”
“-Querer tomar el cielo por asalto –respondió Ambrosio-. El pecado consiste en la voluntad de penetrar de manera prohibida en otra esfera más alta. Esto explica que sea tan raro. En realidad pocos hombres desean penetrar en otras esferas, sean altas o bajas, y de manera autorizada o prohibida. Hay pocos santos. Y los pecadores son todavía más raros. Y los hombres de genio (que a veces participan de aquellos dos) también escasean mucho…”

Entonces comprendí que denominar “Pecado” a las transgresiones cotidianas sin importancia es el verdadero, el auténtico, contemporáneo mal, y que se escribe con minúsculas aunque sea tan dañino como el “clásico”. Nos quedamos mirando las faltas de nuestros conocidos y nos llenamos de juicios condenatorios, porque lo que de verdad nos falta parece una simpleza, y es amor, comprensión, participación en los problemas del prójimo, de los prójimos y del planeta.

No pecamos en grande ni somos apasionados o amorosos, y por eso, en realidad, es que pecamos en grande.

Nos volvimos grises, temerosos, ya no iluminamos. Nuestro egoísmo nos hace muy poco interesantes, ya que no tenemos ningún tipo de riqueza para dar y, si la tenemos –material o espiritual- la cuidamos de modo que sólo nos sirva a nosotros mismos.

Tal vez nos hemos olvidado del verso que nos legaron los poetas griegos, que es breve y resplandece para siempre: “Mientras vivas, brilla”.

* Ernesto Sabato suele molestarse por la tilde que le han endilgado a su apellido, que, por ser italiano, se acentúa tácitamente en la primera “a”. Ha llamado a diarios y revistas para aclararlo… Ahorrémosle un nuevo disgusto y de aquí en adelante intentemos olvidar la fastidiosa tilde cuando escribimos el nombre de este gran narrador.

Mora Torres

Editorial, Monografias

La persistencia de los fantasmas

Para los que creen en ellos y para los que no, ¿cuándo, cómo, dónde habrán nacido los fantasmas? ¿Y por qué son inmortales, es decir, se mantienen para siempre entre lo imaginario y lo “demostrado” en la mente del hombre? (ver “Visitantes de la noche. Aproximación al devenir histórico de los fantasmas en el imaginario de la cultura occidental” del profesor Fernando Jorge Soto Roland).

Muchísimo antes de que a Hamlet se le apareciera el espectro de su padre y Shakespeare le hiciera decir, dirigiéndose a un amigo: “Hay más cosas entre el cielo y la tierra de las que sueña tu filosofía, Horacio”, estos etéreos seres cobraron “vida”. Seguramente algo tuvo que ver la extrañeza e irreductibilidad de la muerte para crearlos como consuelo -según piensan los que no creen-, y para que los que creen y los ven tengan una mayor seguridad en la otra vida, porque, sea como fueren los infiernos y los paraísos, el hombre no quiere morir. Y no quiere que mueran sus afectos. Acá conviene recomendar la primera parte introductoria de “Parapsicología-Astrología“, de José Antonio Saavedra B. Y aunque lo que sigue de la introducción no es exactamente el tema, asegurarles que resulta delicioso leer toda la nota hasta el final.

La literatura ama a los fantasmas; los lectores, en general, también. Atraen más los cuentos de fantasmas que los cuentos eróticos, y en esto me remito a las estadísticas. Y también respecto de esto se me ocurre preguntar si ambas atracciones no son una prueba de que Freud no se equivocó al afirmar que en el hombre prevalecen el instinto sexual y el instinto de muerte. Lo cual es una muy apta explicación científica, ya que el hombre necesita vivir y dar vida y necesita, además, morir, aunque no lo desee, pero su instinto de muerte lo impulse. Porque el planeta ya no existiría sin la muerte de nuestros ancestros.

Lo extraño es que entre esa pulseada entre el sexo y la muerte, ella indudablemente gane. A esto deberían estudiarlo profundamente los Freud y los Lacan; creo que Jung ahondó más en el asunto.

Los fantasmas no tienen jerarquías rígidas, como los ángeles, cuyo “árbol genealógico” comienza con la realeza de los querubines, sigue con los arcángeles y termina en sencillos y protectores angelitos. Pero, a simple vista, pueden distinguirse fantasmas de distintas nacionalidades y procedencias. El inglés es a la vez aristocrático y popular. En Gran Bretaña tanto el homeless como la familia real jamás dudaron de que exista (”El fantasma victoriano. Aproximación histórica a la creencia popular” también, como el primer ensayo mencionado, perteneciente al profesor Fernando Jorge Soto Roland).

Pero el elegante fantasma inglés suele arrastrar cadenas y filosofar en palacios congelados, mientras los fantasmas latinoamericanos, muchas veces, salen al patio a tomar el fresco por las noches, abrumados por el calor, y se encuentran con el desvelado dueño de casa, con quien mantienen charlas triviales que incluyen apuestas sobre riñas de gallos. Recuerdo Cien años de soledad, de García Márquez, por ejemplo, o los más melancólicos aparecidos de Juan Rulfo.

María Eugenia Alonso, que trabaja conmigo en Monografias.com, me mandó por mail una noticia “espeluznante”. Según la misma, en una de nuestras no muy grandes ciudades de Latinoamérica (en este caso Firmat, provincia de Santa Fe, Argentina) un niño suele irse alto en la hamaca de la plaza mayor. Pero los niños a menudo alzan vuelo frenéticamente, los he visto. No necesitan que nadie los empuje; yo misma llegué casi hasta la copa de un árbol en mi infancia. Entonces, ¿qué es lo curioso, qué lo “espeluznante”, en el recorte enviado? Vean, señores lectores: es común que los chicos “vuelen” sentados en el tablón y sosteniéndose de las cuerdas atadas a un fuerte trapecio. Lo que no es común es que se hamaquen los fantasmas.
Mejor dicho, sí. Si en verdad existen sería muy común que volaran, todos los imaginados por la fantasía lo han hecho, muy pocos se quedan en el piso arrastrando cadenas, especialmente, como ya aseguré, aquí en Latinoamérica.

Para ampliar la noticia de María Eugenia recorrí algunos lugares de Internet donde pululan los fantasmas. Pero yo quería hallar un caso parecido al de este niño; y lo hallé. En un diario colombiano del 26 de junio de este año aparece. Copio:

Bogotá, Junio 26 (LA FM)

Diana, una habitante del barrio Villa Camila, de Cúcuta, aseguró haber visto el fantasma de una niña divagando (sic) en el parque de este barrio. Alrededor de las diez y media de la noche, por medio de su celular ella logró registrar varias imágenes de un ente luminoso que se movía en varias direcciones dentro del parque. Diana dijo que no solo ella, sino varios de sus vecinos asistieron en horas de la noche a presenciar esta aparición, y que varios de los asistentes captaron diversas imágenes del espíritu. La experta en espiritismo Lucrecia de Villaraga dijo que la manifestación del espíritu de esta niña puede darse debido a que ella no acepta que ha muerto. Agregó que aparece en el parque porque siente una afinidad por ese lugar y lo frecuenta, mas no lo hace porque esté sufriendo.
Qué lindo sería que la niña de Cúcuta y el niño de Firmat se encontraran en el mismo parque y se mecieran en hamacas paralelas. Porque parecen estar muy solos estos niños. Y yo, hoy, me siento Celestina de los muertos.

He escuchado decir, además, que los fantasmas nos tienen algo de temor, que los vivos somos los fantasmas de los fantasmas y que, cuando logran percibirnos, se estremecen.

Mora Torres

Editorial

El ojo voraz

La discriminación, el deseo, la religión y la literatura a partir de los ojos

En este momento de miedo y temblor inducido audiovisualmente (…) los conocimientos, la información, eran grabados en los cerebros… con el acompañamiento de un espectáculo tridimensional de luz y sonido.*
(Entretenimiento para los lectores: ¿a qué acontecimiento ritual se refiere el párrafo citado? La solución al final del blog.)

El universo de nuestros días es captado muy especialmente por los ojos. Más que sentir al mundo, en lo cual entraría el uso de sentidos casi olvidados y sutiles (que quizá nos comunicarían más delicadamente las cosas) como el tacto y el olfato, lo “vemos”. A un perfume, al olor del café, al roce de una tela, los convertimos casi sin darnos cuenta en imágenes.

La conocida “enfermedad” llamada “mal de ojos” se remonta al Renacimiento, no a la Edad Media. En el Renacimiento se produjo “Un cambio gradual en la jerarquía de los sentidos; de la preferencia por el oído y el tacto a la supremacía de la vista” (ver “Visibilidad-Tecnologías de la visión-Cultura visual“, de Fernando Correa, de Argentina).

El mal de ojos

Leemos en “Mal de ojo“, de Benjamín Mayer Foulkes, de México, que “Cuando alguien se diferencia de los demás por unos rasgos llamativos, en particular si son de naturaleza desagradable, se le atribuye una envidia de particular intensidad y la capacidad de trasponer en actos esa intensidad. Se teme así un propósito secreto de hacer daño, y por ciertos signos se supone que ese propósito posee también la fuerza de realizarse”.
Lo primero que se nota en el párrafo citado es la actitud discriminatoria de quienes atribuyen la capacidad de hacer el mal de ojo a alguien diferente, que tiene “rasgos llamativos, en particular si son de naturaleza desagradable” (ver el subcapítulo “Prejuicio estético”, en “Orígenes sociales y cognitivos del prejuicio“, trabajo que nos enviara Ana Herrera). Continuando con “Mal de ojo”, allí se nos explica que, para el psicoanalista Lacan, “el ojo tiene apetito, y el ojo malo, el mal de ojo, es el ojo voraz. La envidia, que acarrea enfermedad y desventura, deriva de videre” (ref.: “ver”). Para saber más de la envidia, recurrir a la “Biografía de Melanie Klein” en el capítulo llamado, precisamente, “Envidia”.

Personalmente me resulta tan claro ese relámpago entre el ojo que ve un objeto deseable e, inmediatamente, desea. Desea, o envidia.

No por nada el Ojo es un símbolo de rara fuerza, usado en arte, literatura, religión. No por nada el francés Georges Bataille escribió su novela erótica Historia del ojo, sobre la cual se han escrito cosas como: “Obra maestra de la literatura erótica gótica, surge de lo clandestino a la sociedad conservadora de los años veinte…” (Miguel Ángel Correa Vergara), a la vez que Mario Vargas Llosa ha diagnosticado que es “un documento clínico sobre las obsesiones ”. Una frase extraída de la novela: “…Acariciándose las piernas, deslizó por ellas el ojo, ¡la caricia del ojo sobre la piel es de una suavidad excesiva!”.

Les propongo hacer un recuento de los temas que conseguimos derivar sencillamente de “el ojo”: la envidia (el mal de ojos); la discriminación (se discrimina a quienes se cree capaces de hacer mal de ojo, es decir, de sentir envidia); el deseo, el arte, la literatura, la religión (mira que te mira Dios/ mira que te está mirando;/ mira que vas a morir,/ mira que no sabes cuándo). Y, finalmente, las exageraciones visuales de nuestra época. Para este tema es posible recurrir, por ejemplo, a “Efecto de la televisión” de César Flores Rodríguez. Seguramente ustedes hallarán otras relaciones.

Ante tantas maldades que perpetran los ojos, sólo nos restaría pedir, como el ya mencionado Georges Bataille lo hace en un poema: “Véndame los ojos/ amo la noche/ mi corazón es negro.// Empújame a la noche/ todo es falso/ sufro”.

Pero prefiero, para reivindicarme de tanta oscuridad, agregar que sobre el ojo se han escrito proverbios y refranes o frases sagradas como el “ojo por ojo, diente por diente”, que a mí me parece algo excesivo, o populares, como que el ganado engorda con el ojo del amo, que a mí me parece demasiado rigurosa, u “ojos que no ven corazón que no siente”, y podría llenar varias páginas hasta desembocar en el bello piropo: “Tu mirada es más linda que tus ojos”. Sigan ustedes…

Recomiendo humildemente dos cosas. La primera es la lectura de un viejo y luminoso libro, Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, de Denis Diderot, que se consigue en castellano, con última traducción de hace dos o tres años. La segunda es desarrollar como contrapeso a tanta contaminación visual un sentido algo secreto: la intuición. Para eso hay un buen trabajo en nuestro sitio: “La Intuínica: cómo desarrollar su sexto sentido“, de Elvis Sibilia.

*Solución del entretenimiento para lectores: el párrafo citado se refiere a una ceremonia de iniciación de jóvenes que se realizaba hace treinta mil años en Francia, en una caverna. Está en el trabajo ya mencionado llamado “Visibilidad-Tecnologías de la visión-Cultura visual“. ¿No parece tomado de un relato de ciencia ficción actual más que de un ensayo histórico?.

Mora Torres

Editorial

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda

film izle Home Design Spielaffe sesso video giochi