Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Julio, 2007

La salud de los enfermos

Como le hemos tomado prestado el título de nuestra nota a una narración de Julio Cortázar, lo primero que recomendamos –para resarcirnos y porque nos resultó interesante- es el trabajo “Cuentos de Bestiario”, de la argentina Vanesa Belotti, quien nos presenta a los personajes de este autor, ciertamente con su inefable dosis de locura. Y la locura es el tema que pretendemos presentar hoy.

La enfermedad que llamamos locura ha impresionado a eminentes ciudadanos y aldeanos humildes. Los ha impresionado bien o mal: hay “locos” que han devenido en dioses del Olimpo y “locos” que han sido condenados a terribles tormentos sólo por ver el mundo de otro modo.

En el fondo de la bolsa de la historia están las cenizas de quienes, además de locos, fueron genios, y de los cuales nunca sabremos nada.

Por supuesto que fueron rescatados algunos de ellos: Van Gogh; Holderlin; Caravaggio; “el divino castrato” Farinelli, cuya voz alcanzaba el oído de los ángeles, y hasta Juana la Loca y algunos otros de épocas más actuales, como el escritor y artista plástico español Santiago Rusiñol, “el pintor de los jardines de España”. Pero no muchos más.

Sin embargo, la cultura y el arte han sido construidas, o al menos modificadas, por la visión de estos “enfermos ejemplares”.

Éste es el tema de hoy, y en primer lugar hemos seleccionado un trabajo que nos llamó la atención antes de leerlo por su enfático comentario al pie, firmado por “Rodoloza” y que afirma: “Sin desperdicios. Amplitud en la justa medida, precisión en los conceptos, claridad para el entendimiento de cualquiera, ordenamiento adecuado”.

El ensayo al cual pertenece el sobrio elogio es “Los trastornos del estado de ánimo”, que nos envía el Dr. Jean-Claude Dijon Vasseur desde México. Está más bien dirigido a profesionales de la psiquiatría y la psicología que puedan diagnosticar y/o diseñar un tratamiento, más que rescatar de la historia a una personalidad que parece sombría y es extraordinaria.
Pero, como creemos que sugiere nuestro lector-comentarista (“claridad para el entendimiento de cualquiera”), es quizá conveniente que la leamos también nosotros, legos en la materia, ya que en algo ayudará a nuestro entendimiento.

Luego, ya situados en lo que conocemos un poco más, recomendamos el análisis literario del libro Elogio de la locura, de Erasmo de Rótterdam, llamado “Moriae Encomium. La burla al dogma de poder”, de María del Carmen Saldarriaga Muñoz, de Colombia. Y el capítulo 4, llamado “Biografía de Desiderio Erasmo de Rótterdam”, del trabajo “Humanismo”, de Eduardo L. Haiek.

Para terminar queremos recordar unas palabras del escritor italiano Giovanni Papini en Espía del mundo, en el apartado “Cordura de la demencia”:
“En ciertos casos –raros, aunque no mucho- la mayor cordura consiste en seguir la inspiración y el impulso de lo que corrientemente se llama locura. Si tomamos en cuenta las diferentes acepciones de esta mal afamada y calumniada palabra, podría avanzar un poco más todavía y afirmar que las cosas más admiradas del esplendor vital no son sino chispazos de demencia. La pasión amorosa es pura insensatez para los frígidos y para los eunucos. La osadía, tanto física como espiritual, es para los mediocres, que son mayoría, nada más que desvarío. El entusiasmo, y muy especialmente el entusiasmo poético, parece acceso de furor o delirio a quienes viven según ordinaria administración. (…) Cuando un hombre recobra la salud hasta el punto de no caer nunca en ninguna de tales crisis de demencia, puede renunciar a la vida, porque la vida humana sin el amor, la osadía, el arte… no es más que una partida contable y fisiológica que no vale la pena registrar y mucho menos prolongar”.

Lectores míos: hasta escribir un comentario sobre esta página es un acto un poco demencial. ¿Por qué no practicarlo?.

Mora Torres

Editorial

¡Feliz Cumpleaños!

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Empresa

Por la Paz

Robert Oppenheimer, el físico norteamericano a quien llamaron “el padre de la bomba atómica”, era un “papá” bastante joven todavía (de unos 30 años al comenzar el proyecto) y “sensible”. Alguien ha dicho que el día que “probaron” el invento, “él apenas respiraba. Se apoyó en una columna y se sostuvo allí. Cuando escuchó ‘ahora’ y observó el terrible estallido de luz y el estruendo de la explosión, en su cara resplandeció un alivio enorme”.

Pero, según Oppenheimer afirmó muchos años después, fue el Bhagavad-Gita lo que tuvo en su recuerdo mientras todo estallaba; el Bhagavad-Gita en el momento en que Dios revela: “Me he convertido en la muerte, la devastadora de mundos. En la espera de esa hora en que esté a punto su destrucción”.

Hay que leer muy bien ese libro sagrado para entender cómo la destrucción puede constituirse en una gracia purificadora… Aunque estamos seguros de que, a pesar de los esfuerzos de Oppenheimer por justificar con la palabra de Dios hechos infames, esos versos de devoción hinduista (el capítulo 5 de “5 Grandes religiones del mundo”- puede informarnos brevemente sobre el hinduismo) no se ajustan a aquellos tristísimos sucesos y pruebas “en cadena” previos y posteriores a la destrucción de dos ciudades. (Ver “Hiroshima y Nagasaki. La Bomba Atómica”, de Martín B. Jennifer, de Venezuela.

Creemos que más bien en el hinduismo y en todos sus nobles escritos –como en los de cualquiera de las grandes religiones- la muerte, la destrucción, la vida, la resurrección, son metáforas asociadas a la existencia del hombre en este mundo (y en otro un poco más allá), pero metáforas al fin que no deben leerse sin interpretaciones. De cualquier modo, las justificaciones del físico que entre otros inventó la bomba atómica resultan casi ingenuas en la actualidad; los gobernantes de su país han crecido, tanto en engaños como en poder…

Una de las interpretaciones más explícitas del hinduismo es la propia vida del Mahatma Gandhi. El siglo XX tuvo de un lado de la balanza a Hitler y a Stalin –entre otros pesos pesado- y del otro la frágil figura del Mahatma, pero el fiel se inclinó en definitiva –sacando lo desparejo- del lado de él, de Gandhi.

El logro de Gandhi que hace el contrapeso vencedor es su política de la paz, que dio por resultado la retirada de los invasores ingleses de la India. Pero no deja de ser importante en su biografía el haber empequeñecido las distancias sociales entre los propios habitantes del país. Los intocables, los parias, ya no llevan ese nombre en la India. Es conveniente reforzar esta noción no del todo conocida y algo confusa en “El poder ideológico: fuente de fortalecimiento de India y China”, de Elber Enrique Rozo Muñoz, en el capítulo 2, titulado: “India y el hinduismo: una visión de la estratificación social”).

Y, por fin, leer sin más agregados las distintas biografías de Gandhi, o aquellas que analizan su liderazgo tan poco común; los líderes no suelen parecerse a las palomas, y menos al símbolo que la paloma significa (ver, por favor, donde puedan hallarla, una paloma de Picasso).

Las recomendaciones son para todos, hay trabajos muy breves y sencillos que pueden inducir a conocer más:

Descolonización de la India”, un trabajo que viene de firmado solamente por “Xime”;

Gandhi”, de Andrea Rubio;

Mahatma Gandhi”, trabajo realizado por Pablo Correa Hernández, de Uruguay;

Estudio del liderazgo de Gandhi a través de las características de su personalidad”, de Oswaldo E. Ramírez Colina, de Venezuela.

A estas recomendaciones, sigue mi agradecimiento por los comentarios recibidos y la ayuda y compañía que significan. En algún momento escribiré una página sobre los mismos, pero, por ahora, continúen conmigo… Los sucesos de la actualidad, de los que no es inocente esta página sino más bien su sutil comentario, han hecho que dejemos a Harry Potter, su fenómeno mediático y su vieja magia para luego.

Mora Torres

Editorial, Monografias

El tiempo es circular

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras,
Las cosas y los hombres vuelven cíclicamente…
Jorge Luis Borges, “La noche cíclica”

No es nueva la doctrina que enuncia que la historia se repite ciclo por ciclo; ya Pitágoras la enseñaba a sus discípulos. Lo sorprendente es que parece que se cumple.

La Edad Media no es la que mejor fama tiene de las edades antiguas. Suele apodársela “el oscurantismo”, por la rigidez de sus ideas y porque en su seno surgieron instituciones tenebrosas como la Inquisición y hubo guerras religiosas y pestes mortales. Y parece ser que es a ella, precisamente, adonde retornamos.

Pero nada es tan negro porque, después de todo, fue durante la Edad Media que se preparó sigilosamente el intelecto para que floreciera el humanismo, y el muy artístico y literario Renacimiento se ubica concretamente en su final, si no mucho antes de que terminara. Además, hablar de este momento de la historia es también referirse a la alquimia, un intento por trascender y mutar la materia en oro y el cuerpo en espíritu. Esa edad nos trae cifras, claves, símbolos. Un obrero de aquellos tiempos quizá no sabía leer ni escribir, pero si alguien le llevaba una fórmula, la tomaba entre sus manos de carbonero, pensaba un instante y ponía esas “manos a la obra”. En unas horas fabricaba, si no el oro hermético, una pasable rosa de plomo ceniciento…

El medioevo es en realidad una mezcla, una franja de transición con tinieblas y luces, y varios estudiosos no sólo lo ven parecido a nuestra edad por ser período de transición sino porque, aseguran, está volviendo a comenzar.

Se repite en las dificultades para comunicarnos, a pesar de la multitud de medios; en la especialización de los oficios, a pesar de que se han adquirido muchos más conocimientos parciales; en la estrategia de las guerras. Tanto, que historiadores, geógrafos, lingüistas (entre otros Umberto Eco, que además es el novelista autor de El nombre de la rosa) han acordado llamar a nuestros días “La Nueva Edad Media”.

De todo esto me enteré al leer en el sitio una nota magnífica de María Dolores Fígares. Pero, ¿para qué seguir con el tema si ella lo analiza con rigor histórico y, a la vez, de un modo tan interesante y colorido? La recomendamos en nuestro newsletter y la recomiendo otra vez… ¿Será que todo se repite?

Para el final, algo novedoso pero relacionado con la alquimia. El “fenómeno Harry Potter”. De él hablaremos en la próxima entrada, pero, mientras tanto, ¿podrían sugerirme cómo encarar el tema, o bien darme opiniones sobre él?

Mora Torres

Editorial

El fuego del atardecer

En las edades más remotas, el viejo era el libro viviente que recogía la memoria de una humanidad todavía joven. Su muerte significaba la muerte de un fragmento de conocimiento que ya no se podría interrogar, como un libro perdido.

Pero la humanidad creció, e inventó otros instrumentos para guardar memorias y sabiduría, últimos descubrimientos y mundos pasados. Puede decirse que envejeció en detrimento del anciano. La escritura, la imprenta, luego las telecomunicaciones y, claro, la informática, constituyeron hitos. El conocimiento científico y tecnológico alcanzó para todo tipo de proyecto, menos para comprender lo más obvio: que la edad nos transforma a todos por más jóvenes, alegres y ágiles que seamos hoy. Y también que si bien la juventud nos abandona, no se lleva todos nuestros tesoros.

Es cierto que si llegamos a la vejez tendremos en nuestro haber muchas pérdidas. Nuestro cuerpo y mente serán menos flexibles, es probable que suframos enfermedades atribuibles a la edad y que veamos en el espejo una cara no del todo idéntica a la nuestra. Y nada de esto puede revertirse, más allá de retirar algunas arrugas y manchas estéticamente molestas por medio de la cirugía.

Lo que sí puede revertirse son los daños ocasionados no por la edad sino por la discriminación de los adultos jóvenes. La sociedad actual es en sí todo un monumento a esa adultez juvenil. Nada parece servir más que el hacer, trabajar, funcionar para acrecentar los bienes materiales y los avances  tecnológicos, entre otros, el de las medicinas que prolongan la vida (la tercera edad está a punto de convertirse en mayoría estadística en el mundo).

A la vez, esos adultos jóvenes parecen estar peleándole el espacio a los jóvenes jóvenes, y a los viejos. Aunque se lucha contra todo indicio de discriminación y de este modo adquieren poco a poco sus reales derechos los obesos, los homosexuales, las mujeres, los más frágiles, es decir, los adolescentes y los viejos, no tienen fuerza para reclamarlos y no hacen más que arrinconarse y esperar. Porque también ellos (los chicos y los ancianos), a menudo, tienen mala opinión de sí mismos.

En las edades más remotas se consideraba también que había un único fuego, el primer fuego que el hombre descubrió. Todas las antorchas provenían de él, y al fuego entonces se lo respetaba ante todo por su edad añeja. En algunas civilizaciones, además, existía una sola palabra para decir “viejo” y para decir “sabio”. Eran lo mismo.

Mora Torres

Editorial

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