Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Junio, 2007

Girasoles y Cuervos

De vez en cuando cambio de bolso, y a veces hasta cambio el contenido que llevo dentro -alguno tan inesperado-, pero hay un objeto que permanece.
Es una tarjeta con la reproducción de un autorretrato de Van Gogh, con la oreja vendada.

Me digo que el hombre primitivo utilizó el lenguaje pictórico para atrapar -o creer que atrapaba- animales. Que en el medioevo la pintura se transformó en ofrenda, sin duda exquisita, a Dios. Que las felicidades del Renacimiento fueron cantadas con vírgenes desnudas o clarooscuros donde el bien y el mal se apoyan el uno en el otro. Y luego el romanticismo, el naturalismo, el impresionismo, con su tributo al arte, diferente y complementario.

Pero Vincent Van Gogh, ¿qué pintó ademas de sus tormentos?

Si miro rápidamente una de sus naturalezas muertas -por ejemplo sus Girasoles- lo primero que creo ver es una composición que tiende a ser decorativa. Puede quedar muy bien en la pared de cualquier sala.

Si lo observo más detenidamente, cada girasol es dueño de un rostro parecido al de su pintor; la mayoría de las veces melancólico, otras retorcido y lúgubre. Si observo un campo, ¿qué mayor deleite que el de los sembrados de oro, que la cosecha a recoger? Y, también, ¿qué mayor alegría que descubrir que las franjas de color de ese campo están al borde de lo abstracto, al borde de un nuevo movimiento en el arte?

Pero siempre hay sombras en el sol más deslumbrante de Vincent, y esas sombras no pertenecen sólo al virtuosismo técnico, hasta escapan de él.

Sobre Van Gogh se ha escrito casi tanto como sobre Shakespeare, pero es precisamente un poeta -una- la que más acierta en su tono. Y en las tonalidades de su sensibilidad. Copio fragmentos de “Botines con lazos”, de Olga Orozco (será necesario buscar en algún lugar de la red o la biblioteca el cuadro de Vincent llamado de ese modo, para entender completamente):

“Son dos extraños fósiles,/emisarios sombríos de una fauna sepultada en un bosque de carbón,/que vienen a reclamar un óbolo de luz para sus muertos?//¿Son ídolos de piedra,/cascotes desprendidos del obraje de los más tristes sueños?/¿O son moldes de hierro/para fraguar los pasos a imagen del martirio y a semejanza de la penitencia?//Son tus viejos botines, infortunado Vincent,/hechos a la medida de tu abismo interior, como las ortopedias del exilio;/dos lonjas de tormento curtidas por el betún de la pobreza,/embalsamadas por lloviznas agrias,/con unos lazos sueltos que solamente trenzan el desamparo con la soledad,/pero con duros contrafuertes para que sea exiguo el juego del destino,/para que te acorrale contra el muro la ronda de los cuervos.//(…) Botines de trinchera, inermes en la batalla del vendaval y el alma:/…han caído en la trampa de tu hoguera oculta bajo el incendio de los campos/sin encontrar jamás una salida,/por más que pisoteen esas flores fanáticas que zumban como abejorros amarillos…”

Lo que Olga Orozco muestra de Van Gogh es cómo éste transformó cada objeto que pintaba y lo adaptó “a la medida” de su “abismo interior”.

La ofrenda de Vincent a la pintura es -más que en cualquier otra biografía de artista- su propia, horrenda vida transfigurada en arte. Aunque no utilizó demasiado los rojos intensos, se me ocurre que pintó con su sangre para un futuro de traficantes, especuladores e inversores que ganan fortunas con sus telas, pero, también, para ustedes y para mí, que lo admiramos en reproducciones y fotografías y que alguna vez, quizá, lo veremos de cuadro presente.

Mora Torres 

Editorial

Detrás del cuadro de la Mona Lisa

Alberto Pérez-Delgado Fernández, un graduado en Ciencias Físicas de la Universidad de La Habana y a la vez en Pintura en la Escuela de Bellas Artes de esa ciudad, escribió el ensayo bello e instructivo que se menciona al final del Newsletter #323. Para quienes no lo recibieron, repito título y link: “La breve sonrisa de Leonardo”.

La introducción de este trabajo me conmueve ya en su apertura: “¿Es desconsuelo lo que esconde la expresión de doña Lisa Cherardini?… Y la Venus de Milo, ¿son tan sugerentes sus caderas…? ¿Qué condición de belleza distingue la mezquita de Córdoba del Panteón romano? ¿Por qué serán eternos los planos alterados del cubismo; quién mira a quién en Las meninas? Y aún más importante, ¿qué relación guardan esas obras maestras con el trabajo de los campesinos atenienses, los herreros romanos, los artesanos indios o los laneros españoles?”.

La monografía que elegí me hace comprender que todo el arte magnífico de siglos y de siglos no existiría sin la historia -a veces cruel- del trabajo. Y desde el comienzo: “Es evidente la conexión de esencia que tuvieron en la Prehistoria el arte y el trabajo”.

Casi nadie ignora que los hombres antiguos pintaban en sus cuevas, con los más vivos colores y el mayor detalle posible, los animales que tratarían de capturar para comer. Ellos consideraban esta notable magia: el arte antes, para incentivar el esfuerzo de la cacería. Del mismo modo que la música se relacionaba en esa época con “los ritmos de las faenas agrícolas”.

Luego el autor desenvuelve todos los movimientos del arte y el trabajo, como “El Discóbolo y el trabajo campesino en la Grecia clásica”, “El Panteón y el trabajo del soldado y del esclavo en Roma”, “La mezquita de Córdoba…”, etc., hasta llegar a “Impresionismo y modernidad”. Allí, en algún momento, vuelve a hacerse la pregunta desde la cual partió: “Entonces, ¿es desconsuelo lo que esconde la expresión de doña Lisa Cherardini?…”.

Y opina que es posible que muchos de nosotros, al terminar la lectura de su ensayo, sepamos responder.

Mora Torres

Editorial, Monografias

El envenenador de Mozart

¿Las mentiras deforman o las mentiras de Forman?

Hace unos veinte años fui (y acá empiezo a hablar en primera persona del singular, para seguir haciéndolo así en esta bitácora) al estreno de Amadeus, la película de Milos Forman que le dio mayor popularidad al director checoslovaco. Cuando salí, mi ánimo no era el de discutir los valores artísticos del film, ni sus errores y virtudes. Estaba demasiado triste. Había creído lo que el director narraba, no podía detenerme a examinar cómo lo narraba.

Mi amado genio, mi frágil genio, Mozart, había sido asesinado en plena juventud por un mediocre y envidioso músico: Antonio Salieri.

Dándole vueltas y vueltas al asunto decidí pensar en términos de humanidad y llegué a la conclusión de que debía perdonar a Salieri por su crimen. Mi endeble defensa consistía en que sin dudas el asesino había obrado por amor. Por amor a la música. Él no era un buen compositor pero sí un devoto admirador de la música, de la perfecta música de Mozart.

Me asombraron entonces las pasiones a que podía dar lugar el arte, y puse a Salieri entre mis demonios más apreciados. Al envenenador de Mozart le reservé un lugar no del todo indigno en mi memoria, pero me resultaba incómodo su recuerdo, el recuerdo de su papel en Amadeus.

Hasta que mis intereses y cultura se ampliaron un poco y, deshaciendo prejuicios, escuché por primera vez en un disco una sinfonía de Salieri.

La música no puede volverse palabra: escuchen ustedes, lectores, a Antonio Salieri, sus óperas y conciertos. Y una vez que lo hayan escuchado, opinen si, quien además de ser un magnífico compositor, fue profesor de Mozart, Beethoven, Liszt y Schubert, necesitaba asesinar al más brillante de sus alumnos para que no le hiciera competencia.

De cualquier modo no sólo su talento proclama su inocencia, sino que hay sólidos argumentos que la apoyan. En este sitio dos trabajos lo rescatan: “La revancha de Salieri” de Silvana Lorena Stieben, y “Wolfgang Amadeus Mozart”, de Gabriel Timo.

En cuanto a las intenciones de Milos Forman, nunca fueron muy claras respecto de su film Amadeus, pero puedo disculparlo recordando una frase que aparece en “La historia del cine”, de Eudes Piña, trabajo seleccionado en el último newsletter. De la manera más apropiada y sintética, Piña nos informa del nacimiento del cine como arte:
“En 1896 el ilusionista francés Georges Méliès demostró que el cine no sólo servía para grabar la realidad, sino que también podía recrearla o falsearla”.

El ilusionista, el músico, el director, el arte… ¿Pueden ayudarme a salir de la trampa? Espero sus opiniones y desde ya las agradezco.

PD: un agradecimiento para Ángel Siqueyro por haberme advertido de una equivocación en la entrada pasada, y por haber colaborado con buena prosa también en temas anteriores. Perdonada la mala memoria, que tan mala no es…

Mora Torres

Editorial

Nuestros queridos personajes

Ya nos hemos referido en ocasiones pasadas al sexo y al humor; hoy, al placer. Que nadie piense que nos hemos vuelto frívolos; el placer es una cosa demasiado seria para tomarla con liviandad: tengan la seguridad de que, si no existiera, ni siquiera habríamos nacido.

Pero los goces a los que nos referimos hoy tienen más que ver con… ¿el espíritu? No, para nada, aunque no alcanzamos a situarlos del todo: una novela policial y nuestros personajes detectivescos preferidos, ¿tendrán que ver con un sentido indeterminado que nos hace alegres testigos del mal y sus avances, sólo en la ficción? ¿Es decir que sí, que tiene que ver con categorías tan espirituales como la del bien y la del mal?.

Novelas, cuentos, películas de suspenso, ¿no hemos visto y leído suficientes, no estamos casi capacitados para resolver -después de tanto tiempo de entrenamiento desde Edgar Allan Poe- todos los entuertos de estas damas y estos caballeros?.

Pero nos atraen, nos deleitan, y hasta queremos más… como bombones, como golosinas.
Nos parece más probable que nuestro amor por este tipo de relatos sea un residuo de nuestros héroes y fantasmas infantiles. El ritual es el mismo que el de comer confites con hadas y con ogros. La alegría y, a veces, el terror, son iguales.

Y así como tratándose de cuentos infantiles cada niño tiene sus preferencias, nosotros, los mayores, elegimos de entre la gran cantidad de literatura de suspenso y horror a nuestros personajes adorables.

Nuestras preferencias no provienen de la literatura en lengua española, sencillamente porque en ella no recordamos a personajes muy impresionantes o constantes (es decir, que reaparezcan en diversos libros), si bien es bien importante la lista de buenos autores. También es posible que algún lector nos refresque la memoria.

Elegimos por ahora, entonces, a detectives belgas, franceses, ingleses, norteamericanos, porque son los que hemos conocido, los que principalmente nos han ofrecido las editoriales:

Uno de Poe, claro: Auguste Dupin, el padre de todos los detectives.
Y el Drácula de Stoker en cuanto a personaje de Terror.

Arthur Conan Doyle: si pensaron que elegiríamos al “preclaro” Sherlock Holmes, erraron. Preferimos la serenidad y la constancia de su amigo el Doctor Watson que, dicen, era muy parecido a Conan Doyle (éste abandonó la medicina para dedicarse a escribir).

Gilbert K. Chesterton: su candoroso Padre Brown es la sabiduría hecha cura… y está dotado intelectual y psicológicamente como su extraordinario autor.

Agatha Christie: nos encanta el extraño belga con cabeza en forma de huevo y muchas neuronas que es su detective Hercules Poirot, pero preferimos a la amable miss Marple. La imaginábamos igual a Agatha Christie, pero luego de leer la autobiografía de esta autora comprendimos que su personaje es más inocente. Miss Marple, solterona feliz, vive en la campiña inglesa y resuelve sus casos tomando té en vajilla de porcelana y mirando a lo lejos, sin ver, un jardín bien cuidado pero nada simétrico, como todos los jardines de las revistas de decoración inglesas. A la simetría la señorita Marple la reserva para sus deducciones, lógicas, impecables

Raymond Chandler: su Philip Marlowe parece un típico detective privado norteamericano, que simula ser bastante insensible y en realidad como figura de ficción tiene una alta categoría, tanto moral como artística. Es ético y orgulloso y con un sutilísimo aire bizarro a modo del Quijote luchando con molinos de viento. Pero Marlowe lucha sin creer en los molinos de viento: es un escéptico. Tan atormentado como el más conocido protagonista de las novelas de Dostoievsky, su tortura es aún mayor por transcurrir en los desolados mundos del crimen de Los Angeles o de Chicago.

Patricia Highsmith tiene a Tom Ripley, su cultísimo y sádico personaje que toca el piano, es lector exquisito, conoce de pintura, es bisexual y delincuente “de guante blanco” y, si es necesario, asesino. Pertenece a una categoría de protagonistas que son muy bien recibidos por el público y suelen pasar con gloria al cine. Ripley fue encarnado en distintos films por Alain Delon, Dennis Hopper, Matt Damon y John Malkovich.

Mora Torres

Editorial

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