¿Nos sentimos capaces de hacer una revolución?
Y acá no podemos dejar de incluir una cita de “El consumo en tiempos de globalización”, una monografía llegada de Uruguay cuyos autores son Marcelo Vaccheta, Andrés Rodríguez y Enrique García: “…a medida que el individuo se desarrolla, a estas necesidades básicas se les suman nuevas necesidades de origen social. Todo esto implica en el individuo una nueva necesidad de consumir, esta vez alejada de la necesidad original de satisfacción de las necesidades básicas, que comienza a generar en éste la necesidad de consumir por razones externas a su naturaleza”.
Estos consumidores “contra natura” son nuestros hijos, nuestros alumnos o nuestros nietos, obesos o anoréxicos o bulímicos, o preparándose para serlo, inmóviles todo el día frente al televisor y la computadora.
¿Pero por qué sucede esto en nuestros días? ¿No será que también nosotros somos consumistas, pero, de preferencia, consumimos niños para convertirlos en nuestras réplicas?
Sin embargo, hay modos de evitar estos pronósticos. Si somos verdaderamente responsables, los padres y los educadores debemos buscar el modo de informarnos para ofrecer un tipo de educación alimentaria sana y otras alegrías que no dependan del consumo. Preparar comida en casa puede costarnos tanto como cualquier sacrificio por amor, y es uno de los más efectivos. Enseñar a los chicos a controlar la ansiedad por medio de actividades artísticas o deportivas es otro de esos actos que contribuyen a la salud.
¿Cómo lo haremos?
Mora Torres
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Comentarios
2 respuestas a “¿Nos sentimos capaces de hacer una revolución?”Deje su comentario
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24 de Abril de 2007 a las 7:33 pm
Articulos como este es uno de los que debo difundir a nuestras familias y amigos con el fin de llegar a crear conciencia a nuestro nucleo
les agradezco su participacion en espera de mayor informacion
24 de Abril de 2007 a las 7:50 pm
Estoy plenamente identificado con la última proposición de Mora Torres. De hecho, la sociedad consumista en la que estamos inmersos ha generado en nosotros un número de necesidades de origen social, no natural, que no son vitales ni urgentes, no obstante, han desplazado de nuestra lista de prioridades lo verdaderamente necesario.
Necesitamos revaluar nuestras prioridades, ya que últimamente, presionados por el modelo liberal económico, engrosar significativamente la billetera es sinónimo de éxito… lamentablemente no significa adicionalmente bienestar familiar y social. Esa deprimente carrera en busca del éxito económico y la realización individual, entre otros pilares “dogma” del “credo” liberal económico, subordina todo lo demás en procura de la prosperidad económica, y es así como vemos el costo social: dramático aumento de las enfermedades asociadas al sedentarismo (stress, obesidad, arterioesclerosis, várices, etc), el fenómeno alarmante del padre-solterismo (él o ella como cabeza de hogar, abandonados por su compañero, o compañeros usados como medio de obtención de estatus y por ende abandonados por el padre-madre soltero), familias disfuncionales, aumento de la violencia juvenil urbana, la deserción escolar, el suicidio entre niños, niñas y adolescentes, drogadicción, cada vez una edad más temprana para el inicio de relaciones sexuales prematrimoniales con el consecuente aumento del riesgo de contagio de ETS y VIH, cada vez más niños, niñas y adolescentes solos en casa o en colegios, abandonados por sus padres quienes tienen que estar trabajando, madres casadas con su profesión abandonando el hogar, jóvenes eludiendo el matrimonio o el fenómeno terrible del “matrimonio ligth” de no más de 3 a 6 meses de duración, en fin… la lista es muy extensa y muy dolorosa.
¿Realmente vale la pena este inmenso costo, esta terrible ruptura del tejido social, en procura de la prosperidad económica, que realmente sólo alcanzan muy pero muy pocos?
Necesitamos comprometernos a que uno de los dos padres se quede con los niños mínimo los cinco primeros años de vida de estos, etapa crítica y determinante en la que “sembramos” el futuro adulto, mientras el otro trabaja; necesitamos un fuerte compromiso social que vincule al Estado a modificar, si es necesario, algunos de sus lineamientos de su modelo económico en pro del bienestar social, lo cual rinde frutos a largo plazo.
Al menos yo prefiero unos hijos sanos física, emocional, espiritual e intelectualmente a tener unos chicos play de clase media alta o más, vacíos por dentro y fáciles presa de la droga, el sexo irresponsable, a abandonar sus parejas e hijos, a ser violentos, a estar creyendo que merecen lo que la vida ofrece con el mínimo esfuerzo y por tanto marrulleros, aprovechados, maliciosos, en fin, dignos productos del modelo que predica que cada individuo debe trabajar arduamente en procura de su riqueza, y así se obtendrá un mejor nivel de vida social de la mayoría… ¡Hey! ¿Que la suma del interés individual resulta el bien general? ¡Ah, claro! Por eso USA, que vive bajo ese eslogan, tiene los más bajos índices de criminalidad y dorgadicción del mundo; y en Suiza están tan contentos, que la tasa de suicidios es risible comparada con la media mundial!
Y por si no lo notaron, lo último lo escribí con sarcasmo.