Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Experimentos

Supe de un crimen cometido en los años ‘30 (El cine argentino en la década del 30), en Buenos Aires o en Madrid, no recuerdo muy bien (Historia de Madrid) -leo sobre tantos crímenes que se me confunden los lugares (Investigación criminal)

Una mujer mató a su hija de 18 años, con la que había hecho un experimento (El experimento de Milgram: El mal que hacen los hombres).

La había parido, en aquella época, sin padre visible; la había educado en latín, en inglés, en alemán (Simón Bolívar y la educación).

La muchacha era famosa en el mundo entero, era La Virgen Roja -también marxista y feminista (La historia que cambió la Historia).

Cuando el experimento se enamoró, la experimentadora no pudo soportarlo (El perfume del amor).

Aparte, el experimento era poeta y escribió, antes de morir tan joven:

¿Somos o no? Mis manos parecieran acariciar la luz, y las olas arrojan objetos hacia mí, los espejos devuelven el misterio de un rostro y estamos juntos tú, yo y otros que no somos.–

En el morir se encienden los ojos como si hubieran enlazado otra mirada. ¿Cómo saber quién pliega el alma como un vestido nuevo, para otra fiesta, o junta las cenizas del alma?

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Cualquier metáfora

Yo muchas veces detuve mi cuchillo al borde justo del cuello que iba a cortar -no os asustéis, es un sencillo juego… (El juego y la apuesta).

Lo del cuchillo, el borde, el cuello puede tomarse como metáfora, como cualquier metáfora que, revelada, resulta no ser metáfora sino algo literal (A partir de la metáfora - Jacques Lacan). Pero lo que sí puedo afirmar es que tenía todo dispuesto en el cuello mismo de la metáfora (Estrategia).

Porque, ¿quién no se da cuenta de que el pensamiento secreta en forma de palabras o hipos o estertores la verdad? (La verdad como eterno problema filosófico).

Digo más bien para no ser autoritaria, para callarme un poco interiormente: vivo gritando, percutiendo palabras (Teoría de la personalidad).

De niña invité a hermanos y amigos a comer una muñeca negra de porcelana. Ella hizo de pollo o de gallina, sus bracitos hicieron de alas, sus piernas de muslos, su torso de pechuga.

Comimos.

Escupimos.

Jugamos con pasión.

Después jugué también a cortarme las trenzas, luego todo el pelo, jugué a raparme pero no era juego, iba rapada por toda la vida.

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Jardines adornados con ermitaños

Los novelistas, los narradores, buscan desesperadamente un lugar ideal donde todas sus ficciones puedan desenvolverse (Modernización, ciudad y literatura).

Yo no sé si soy tanto como novelista o narradora, pero sí sé que al escudriñar en mi lugar perfecto no he encontrado el espacio sino el tiempo, o en todo caso algo que los reúne como los reunió Einstein, digamos (La cultura artístico-literaria y la ciencia).

Mis cuentos de fantasmas deberían, en ese caso, transcurrir en el siglo 19, para dar un ejemplo (El Fantasma Victoriano).

Pero hay un sitio que es a la vez mágico, metafísico, racional, surrealista, demencial, superlógico, lleno de locos sueltos y de genios en la cárcel, de revolucionarios, de devotos, de blasfemias y de oraciones. Este sitio es el siglo 18; y su perfume llega hasta acá, hasta aquí mismo, hasta el siglo 21 (La punta del hilo).

El lugar huele a sangre, a vainilla y cacao, a aves cazadas y embalsamadas para horribles gualichos y complejas brujerías, a discusiones filosóficas de enorme dificultad en las que habría que ser un erudito para intervenir y en las que intervinieron las fabulosas mujeres cultas del siglo 18, que no eran todas y cada una de las féminas, pero que eran muchas, y de cualquier nivel social (Movimiento femenino).

Estas mujeres, junto con sus hombres o en soledad, mezclaban la profundidad de los saberes de Kant (Kant): “La ilustración es el abandono por parte del humano de su minoría de edad imputable a sí mismo”, con el amor y fanatismo que profesaban al Conde de Saint-Germain (Literatura y Alquimia), que circulaba por sus salones literarios diciendo: “Tengo la naturaleza en mis manos, y de la misma forma en que Dios creó el mundo así puedo yo también invocar del vacío cualquier cosa que desee” -lo que recuerda a Sai Baba.

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Mane

Voy a entrar a una casa remotísima (La familia Siglo XXI) adonde estaban mis hijos de pequeños (Cómo criar hijos felices):

Llego a una casa inmóvil, allí me espera Mane; Ignacio ya va a la escuela (El niño Quintanilla) y hoy no está.

Dejo el alma en la puerta, ando con pasos lejanísimos, recuerdo las canciones de los niños con los labios (Canciones Infantiles).

No tengo pensamiento, alegría, pena (La búsqueda del hermano en César Vallejo).

Pienso penar con los objetos, sin su pasado, sin sus años, no estar adentro de ninguna historia, sentir que el aire tiene ondulaciones, voces, que no conocen a nadie los espejos y que los ojos se olvidaron y las paredes olvidaron lo dicho y que nadie llegó.

Pero miro en el fondo de la casa a Mane jugando con su aro de mimbre.

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Terapia intensiva

Acaban de perforar la arteria femoral (Introducción a los vasos sanguíneos) y entrar por ella hasta el corazón (Corazón de Sur Infinito).

La Dueña de la arteria está despierta y observa todo en una gran pantalla (La observación conductual).

No sólo observa la manipulación de su cuerpo sino el lugar más íntimo de su ser, el corazón y las pequeñas joyas de luz que lo rodean (Derecho a la intimidad).

Sin embargo, de ese corazón los cirujanos no están hablando de la mejor manera, más bien lo ofenden con cierta actitud crítica (Restaurando el dolor).

La Dueña está en reposo y de pronto se le ocurre mirar hacia atrás con gesto de tanguera; ella misma le pone título a su huida, título tanguero: los fantasmas de su pasado (Una cultura de la (des)memoria).

Son esqueletos de cosas abandonadas, se ven como en penumbra de radiografía.

Pero el sol entra en la sala de cirugía: la operación terminó.

Abandonan el cuerpo de la Dueña sobre una camilla en una habitación contigua. Habitación fría y desmesuradamente triste, el cuerpo es el mío pero no me hago cargo, mejor lo dejo estar como si fuera el de cualquier otro.

En realidad ni siquiera es el de cualquier otro, es sólo una mancha borrosa en una sábana, una mancha que se diluye más y más, como si le aplicaran lejía.

Me diluyo más y más, ya ni siquiera pienso, ya ni siquiera sé que no soy yo ese cuerpo perdido en un naufragio de sangre y vendas y de rayos láser.

No pienso pero, aun con los ojos cerrados, veo (Asomar la cabeza para ver qué pasa afuera).

Entra una mucama con instrumentos para limpiar, refriega el piso con intensidad, termina su tarea y, ya a punto de irse, me observa, observa mi extraordinaria quietud y con la sábana me tapa la cara y la cabeza.

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Otra vez un sueño lujurioso (cuento)

Sentada en la cama, recuperándome de la colocación de un stent en las coronarias (Nitinol: El metal inteligente), intento escribir para ustedes, mis amigos, una nota que se llame “Educación para la muerte”, o algo así (La muerte).

Y es verdad que es preciso que en las escuelas haya una materia parecida, algo dictado con el mismo fervor con que se dicta educación sexual (Educación Sexual).

La muerte es la gran olvidada por nosotros -la gran escondida bajo la alfombra, como el polvo que no queremos ver-, pero sucede que ella no nos olvida, y a cada rato nos sorprende o nos asusta. No tenemos suficiente preparación! (Preparación para la muerte, de San Alfonso María Ligorio).

De todos modos tendría que estar más recuperada para pensar mejor, para escribir mejor y transmitirles sin miedo, sin inhibiciones, mi experiencia (La escritura y como escribir).

Pero algo tengo que escribir; hoy es miércoles y mi miércoles es, por lo general, de ustedes que me esperan.

Y justo en mi no saber qué hacer se produce el milagro (Milagro en el bosque): doy vuelta la hoja del cuaderno en el que escribo y allí, allí nomás, encuentro un cuento que escribí hace dos o tres años para ustedes.

No habla de la muerte pero tampoco de la vida.
Viene de esa zona intermedia en la cual se producen efectivamente los milagros.
“Educación para la muerte” esperará hasta el próximo miércoles, o hasta un poco más.
Es hora de jugar con sueños atrevidos.

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La salud de los enfermos

Hace un tiempo largo escribí la siguiente nota para ustedes:

Como le hemos tomado prestado el título de nuestra nota a una narración de Julio Cortázar, lo primero que recomendamos –para resarcirnos y porque nos resultó interesante- es el trabajo “Cuentos de Bestiario”, de la argentina Vanesa Belotti, quien nos presenta a los personajes de este autor, ciertamente con su inefable dosis de locura. Y la locura es el tema que pretendemos presentar hoy.

La enfermedad que llamamos locura ha impresionado a eminentes ciudadanos y aldeanos humildes. Los ha impresionado bien o mal: hay “locos” que han devenido en dioses del Olimpo y “locos” que han sido condenados a terribles tormentos sólo por ver el mundo de otro modo.

En el fondo de la bolsa de la historia están las cenizas de quienes, además de locos, fueron genios, y de los cuales nunca sabremos nada.

Por supuesto que fueron rescatados algunos de ellos: Van Gogh; Holderlin; Caravaggio; “el divino castrato” Farinelli, cuya voz alcanzaba el oído de los ángeles, y hasta Juana la Loca y algunos otros de épocas más actuales, como el escritor y artista plástico español Santiago Rusiñol, “el pintor de los jardines de España”. Pero no muchos más.

Sin embargo, la cultura y el arte han sido construidas, o al menos modificadas, por la visión de estos “enfermos ejemplares”.

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Sueños con pesadillas

En una época, los sueños eran mi auténtica arte poética individual (Sobre verdad y mentira de la filosofía de Nietzsche), como querían los surrealistas (El tiempo de las vanguardias artísticas y políticas). Soñé tantas cosas románticas, grotescas, humorísticas, imposibles, posibles, en tiempos diferentes (La Historia Compleja), me remonté al primer hombre, al último, al que está por dejarnos, a la mujer de un cacique de tribu (Tierra Indígena).

Sí, una noche yo era la mujer de un antiguo cacique, y tal vez había sido raptada y estaba allí mirando cuando entraron con la víctima que habían capturado (Teogonía) -era una civilización tan vieja, que tal vez fuera la primera del mundo o que tal vez ni siquiera existió (El nuevo mundo: Civilización y barbarie).

Pero a las víctimas las obligaban a entrar cantando y bailando en la toldería, o lo que fuera, las carpas, el caserío (Fiestas y danzas tradicionales de Venezuela).

Yo vi entrar a una, pasó a mi lado.

La canción que llevaba en sus labios estaba dirigida a todo mi pueblo (Canciones y greguerías), a todos los que mirábamos con curiosidad y expectativa: “Aquí llega la comida”, decía la canción.

Leyendo mucho después artículos de antropología (¿Qué es la antropología?), descubrí que, en efecto, ese era el modo como las víctimas que iban a ser ofrecidas en sacrificio -y después devoradas- se presentaban en tiempos muy remotos a sus posibles comensales, pero cuando soñé este sueño, o pesadilla, yo era una niña analfabeta, por pequeña.

Y aunque era una niña analfabeta, en el sueño hablaba un idioma completamente estructurado, recuerdo sus vocales largas y cortas según fuera que uno preguntaba, afirmaba o gritaba. Y era una mujer, no una niña. La mujer del cacique.

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Eva Perón cumpliría años…

Mañana cumpliría años Evita, nacida el 7 de Mayo de un año no del todo preciso. La fecha de su muerte es segura: el 26 de Julio de 1952, cuando mi propia mamá adquiría relucientes 30 años.

Hace un tiempo escribí esta nota para ustedes:

Eva Perón

Todavía no sé qué pensar de esta mujer, Eva Perón (Eva Duarte de Perón); creo que siento ternura por ella y que la admiro (Género y poder, un análisis necesario y digno de nuestros tiempos). Necesito la ayuda de mis amigos del blog, que quizá tengan una mirada más objetiva o que viene de más lejos… (Moral, ética y valores del hombre).

Sus retratos estaban en el libro de lectura de mi hermano mayor (La lectoescritura en la escuela primaria); yo la miraba y era hermosa, suavísima, algo así como un hada o una princesa amable (La princesa que creía en los cuentos de hadas).

Pero mis padres eran buenas personas… y no la estimaban mucho (Padres y madres en casa y en la escuela). Y los suspiros y lamentaciones escuchados en la primera infancia quedan guardados para siempre, no escapan nunca de esa caja en sombras en donde va el sombrero (El inconsciente).

Cuando yo iba a cumplir tres años -y lo recuerdo, lo recuerdo- Eva estaba muriendo. Una semana antes era el aniversario de mi madre. Ese día, 26 de julio de 1952, en casa todo estaba listo para festejar los treinta de mamá (Inmigración y literatura: Festejos). Los manteles blancos fueron puestos, arriba de ellos los platos y las copas de vino. Mi mamá se adornó con un vestido azul con algunos volados, se perfumó y me perfumó, me puso una pollera a cuadros chiquititos y a mis hermanos pantalones de terciopelo -mi hermano menor había nacido el 17 de octubre del 50, fecha que cualquier peronista, o cualquier argentino, arriesgaría, reconoce singularmente. (Y es notable advertir cómo asoló el destino con las fechas a esta familia antiperonista.)

Los invitados fueron, temprano, porque el invierno era muy frío. Yo había estado escuchando hablar de la muerte en esos días, y tengo memoria de terribles pesadillas, aunque se diga que una niñita no entiende de muerte; tal vez, la tomaba como un fantasma a la misma muerte, la sentía oscurecer la atmósfera. ¿Se referían a la cercana muerte de Eva los comentarios que me despojaron de la inocencia de la muerte, es decir, de ser inocente para la muerte, como un animalito que no sabe? (Continuar leyendo »)

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Polka

Estoy algo enferma (Psicología de la salud); tal vez, o muy seguramente, me operen (Economía de la seguridad).

Recen por mí (El poder de la oración), pero nunca se asusten (Sobre el miedo). Suelo renacer vestida de perro o de gato, a veces de delfín.

Mientras me pongo bien para escribirles, reciclo esta nota que escribí cuando murió mi amiga Polka.

No puedo decir “mi perra” Polka, ni mi “mascota”. Ella era y es mi amiga, como lo es y lo será Topita, mi acompañante actual.

Perdón por si alguno se ofende. Pero uno ama sin formato de persona o de animalillo, uno ama simplemente…

Polka

No era la sombra de un amor que encandila con vestido de fuego (Crónicas de una pasión). No era un canto que golpeaba, era un canto que se oía dentro del alma (Canto a la vida). Ella era la que pasaba por el haz de la luna con un hueso entre los dientes y lo dejaba justo en mi ventana (Claves de luna).

Era una loca enamorada negra que desplegaba pañuelos de magos, o que creía desplegarlos, jugando con las luces del jardín y tropezando con las rosas (El Hechicero Inexperto). A mí me parecía que cuando ella, enorme, aparecía tan negra entre la hierba, empezaba a funcionar por contraste el telar de todas las blancuras, llamadas paraíso (Llegando al paraíso).

O bien nos juntábamos de noche en el jardín -nuestro amor era estrictamente platónico (El Banquete. Platón… )- y éramos sopladas por el viento, tropezábamos jugando a aterrorizarnos con los ojos de la noche (El borde de la noche).

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