Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Camila O’Gorman o la poesía en acción

Cuando pienso en castillos (Casas Encantadas), en vampiros (Esperanto: Más allá de la voz de los vampiros), fantasmas o en lúgubres historias de amor (Concepción de la tragedia), siento que hay un lugar donde todas esas cosas se amontonan, están desparramadas y tienen vida propia.

Después de todo no es un lugar, es un siglo; pero Einstein, nacido en esos días, podría aclarar mi confusión (El sueño de Einstein).

Amigos: les presento un fragmento, una astilla, del siglo diecinueve, acá, en América latina (Condición de la mujer durante el siglo XIX en México), en Argentina puntualmente (El caudillismo argentino del siglo XIX).

Camila O’Gorman o la poesía en acción

Hacia 1828, en Buenos Aires, nació una niña en la familia que componían Adolfo O’Gorman y Joaquina Ximénez Pinto.

Esa niña, veinte años más tarde, iba a darle al pueblo una lección de amor, a la leyenda una figura nueva, finalmente iba a reunir, aunque en un mismo odio, a unitarios y federales, las dos furias que en ese momento asolaban la patria. La convertían en un canto a la muerte.

Las señales fúnebres estaban claramente en todos lados: huesos sembrados en los campos, cabezas colgadas en los atrios de las iglesias, biblias encuadernadas en cuero humano cuyas hojas pasaban los dedos más devotos.

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Las afinidades del espíritu

Uno reniega de las palabras, las acosa, quiere sacarles hasta la última gota de su jugo dulcísimo.

Pero cuando no puede usarlas, ¡cuánto faltan!

Las más simples, las que se creería que no tienen ningún valor, las prosaicas, vulgares y comunes palabras.

Esas que están para decirle a un amigo lejano: te acompaño.

Y están para enjugarle las lágrimas.

Y esas son las que pueden dañar, y por eso no pueden usarse.

Pasemos a mi palabrerío:

Las afinidades del espíritu

Apuesto a que termino de escribir este artículo sin haberlo escrito. En parte, como el soneto de Lope de Vega (Félix Lope de Vega y Carpio), aquel que le manda hacer Violante. Seguro que lo escribo, pero sin mencionar casi algún tema (Tema de psiquiatría).

Yo he leído muy poco, muy salteado (Comprensión lectora). Por eso pido perdón ante algunas bravuconadas que, después de escribirlas, resultan altamente eruditas, ilustradas –es horrible la palabra bravuconadas, pero fue lo único que encontré para reemplazar la peor palabra fanfarronadas, y luego busqué un sinónimo de “cultas”, referido a mis bravuconadas, y, apenas copié ese “eruditas, ilustradas” que puse al final de la frase, cerré el Nuevo Gran Diccionario de Sinónimos y lo extravié entre los papeles y libros que rodean lo que escribo. En este momento no tengo a nadie más humano y brillante que un diccionario que me alcance un sinónimo, y mi cabeza se estancó.

Esas bravuconadas suceden porque mi memoria tiene metabolismo acelerado, y con lo poco que he leído puedo suscribir oraciones como aquellas con las que iba a empezar esta nota, de las que después me arrepentí, porque me dieron vergüenza por vanidosas. Y vanas (En camino a Heráclito).

Las oraciones eran éstas, Dios me perdone:

Plutarco habla de vidas paralelas (El indio y el gaucho: los marginados de la política liberal), Goethe de afinidades electivas (El mal en Fausto y El Hombre de la Arena), Proust de consanguinidad espiritual (La novela), Borges de precursores de grandes escritores como Kafka (La figura del artista en tres cuentos de Kafka), es decir, afines en tiempos diferentes. En un libro de filosofía que estoy tratando de leer –o sea, de entender-, Clément Rosset afirma que “la afinidad espiritual que vincula a Schopenhauer con Freud ha sido atestiguada por Freud desde el comienzo de su obra”.

¡Iba escribir al empezar el post esta frase! Y yo apenas abrí un día el libro de Plutarco que tengo a mi costado; hojeé un día el Fausto de Goethe y me aburrió -sé que es pecado lo que confieso -, y etcétera etcétera en lo que se refiere a todo eso.

Sin embargo, este juego me gusta. ¿Para qué tantas reverencias si lo más importante para mí, lo que más me gusta, es jugar?
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El día de la iluminación (última parte)

Escribí dos finales para “El día de la iluminación”, no sé bien por qué (Triste final para una historia de Romance, Encuentro y Muerte).

No acertaba a darme cuenta cuál era el que correspondía más adecuadamente a mi cuento, aunque tenía mi preferencia (Gustos y preferencias recreativas físicas en las personas adultas femeninas).

El momento de la iluminación parecía estar en ambos, de modos diferentes (Inteligencia espiritual, la felicidad interior).

Y tuve que elegir (Predeterminación divina y libertad humana).
Ahora, por supuesto, dudo de mi elección.

Tal vez falten palabras en la descripción de ese momento y sobren en otras descripciones (La descripción).

O tal vez eso esté correcto: a la vida común le sobran siempre (Falacias y razonamientos en inteligencia estratégica), a la “iluminación” no es que le falten, no las precisa (Buddha: El amigo del hombre).

Insisto en que el personaje no soy yo excepto en aspectos muy externos (El personaje de “El Aleph” cuenta la historia que ocultó Borges).

Es más, terminé en cierto modo enamorándome del personaje (Del amor y otras yerbas -Parte 2).

Si fuera yo se trataría de un narcisismo mucho más peligroso del que me suelen atribuir en este espacio –ver, por ejemplo, Joise, para hablar de gente a quien amo mucho y a quien le acepto esas reflexiones sobre mi persona, que sí ayudan-; de una enfermedad gravísima, de autismo mortal.

Y tampoco es que ame al personaje que creé porque considere que el cuento está muy bien –no creo ni siquiera que esté medianamente bien este cuento.

Lo amo, amo a esa mujer, porque logró zafar de mí, escapárseme de las manos.

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El día de la iluminación (2ª parte)

Di pasos más seguros todavía (Ejercicios Físicos en la Tercera Edad), y me acerqué a los que estaban jugando.

Temía a los moralistas, los ejemplares que más abundan en lugares como ésos (Los cuatro gigantes del alma revisitados).

He oído a algunos que responden: “Yo sé medirme. ¿Cómo no guardó para el pasaje?”, y dan vuelta la cara y se encaminan apresurados a donde los lleve el diablo (La Sangre del Diablo). Pero un diablo que nunca soy yo.

Siempre reflexiono al escucharlos que, si se supieran medir, no se encontrarían allí en ese momento. Pero en este caso era yo la que estaba a punto de pedir, y la turbación me impedía hacer consideraciones sobre mis compañeros de adicción (El miedo a amarnos).

Rogaba que nadie me respondiera una cosa semejante; que no me sermonearan al menos, que en última instancia presentaran excusas no creíbles pero amables.

Tengo mala suerte (El azar). La primera persona con quien hice mi bautismo de fuego era una señora que se estacionó, de pie, junto a mí: “Las máquinas están arregladas para que no den, hoy más que nunca”, protestó. “Me mudo a otra, pero seguro que es lo mismo. ¿Quiere acompañarme?”, me arrió de alguna parte de mi brazo. “Vamos a las de un centavo. En poco tiempo le tragan cien pesos, ¡pero en más tiempo que las de cinco centavos!”, exclamó.

La acompañé con resignación, o bien mi brazo tenía dificultades para soltarse. No la veía como una buena candidata: se quejaba demasiado (Cesión en sesión).

Con generosidad me indicó la máquina que había dado “millones” hacía algunos días, me obligo a sentarme allí, ella ocupó la que estaba al lado.

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El día de la iluminación

He sido una rareza para todos; una sorpresa adversa, adjetivo que tal vez no tenga ninguna importancia (Embarazo Facticio).

He ardido con la luz de un demonio. Fue ayer (La Anatomía del Miedo).

Nunca tantas personas posaron sus ojos en mí, desde la entrada de la tarde hasta la noche.

¿Quién era yo, qué papel representaba en ese instante? -digo instante porque no fue más que un momento de gloria, los conocidos cinco minutos de fama que tienen los personajes secundarios de la televisión; en el noticiero, por ejemplo, el vecino que declara sobre un asesinato en el barrio. ¡Y qué feliz es esta gente ante la cámara, cómo sus rasgos y sus dientes brillan! (La televisión y su rol psicosocial).

¿Quién era yo aparte de quien soy ahora mismo? (Muerte a mí mismo).

Trato de verme desde lejos, como me miraría cualquiera de los que estaban a mi lado ayer; y, como miope que soy, tan lejos casi no puedo ver –la miopía que tengo es bastante rara, porque se extiende de mis ojos a mi apreciación de las cosas (Error de percepción de la realidad por la psicología).

Me veo como veo a menudo los paisajes, como si fuera un paisaje de Monet; un cuadro impresionista cuyos contornos se diluyen (Impresionismo).

Me miro allí paseando entre las tragamonedas; pondero mi sobretodo a rayas, cierta arrogancia de toda mi persona que de ningún modo busco me persigue, me busca ella (Delirios).

El elegante sobretodo es viejo, está algo gastado y perteneció a un pariente de mi cuñada que murió, y mi cuñada se hizo cargo de su exclusiva ropa de estanciero y la repartió por toda la familia. A algunas mujeres les tocaron chaquetas príncipe de Gales bien masculinas, pero impecablemente cortadas. No conocí a mi benefactor (Las sociedades iniciáticas y su herencia).

A los costados del sobretodo, después de las mangas, pueden verse mis manos –digo, pueden verse desde aquí; han pasado varias horas y, como dije, también soy miope para el tiempo.

Mis manos no son tan refinadas como yo.

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Licor de mandarinas y fantasmas

Yo me digo que sin palabras -en especial sin las palabras escritas (El diccionario)- la gente se empobrecería de una manera trágica (Cultura).

No existirían los universos paralelos -que son un sueño literario o un hecho científico (Los no mundos)- ni casas como la de Cumbres Borrascosas para ir a refugiarse cuando nos vencen tanto el tedio y la costumbre que esas arquitecturas tenebrosas devienen en paraísos (Literatura).

No existiría el agujero de Alicia para caer (Reflexiones. ¿Sabes hacia donde vas y como llegar?).

Lo peor es que la gente se volvería un poco más opaca, porque la gente, aun la que nunca ha leído nada, sabe perfectamente dónde están esas construcciones y lo importantes, y peligrosas, que son (Las palabras ocultas en la inteligencia). Sabe evitarlas y también sabe sumergirse en ellas, caer de pie. Repito: aunque nunca las haya oído nombrar, leído.

Quedan en el paraíso blanco y en el paraíso rojo incendiado -es decir negro- de nuestros paseos por el alma o la mente (La esencia humana).

Y así no es vana ninguna construcción, ningún juego -o jueguito- de palabras (Juegos de lenguaje y mundo de la vida).

Se extiende, el mundo, hasta el infinito que calcularon los científicos y los teólogos..

Cada aporte es una casa o un castillo.

Cada palabra escrita con el deseo de seguir armando el mundo es semilla.

Nadie es mal escritor, ni cursi, ni anodino.

Escribo, yo, con regia inmodestia,  ya que la computadora no funciona, en un cuaderno viejo donde hay unas recetas de cocina que no recuerdo haber copiado pero que están escritas en mi letra.

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Una ocasión extraordinaria

No es que sea blanco y negro absolutamente, es la belleza de lo penumbroso (Belleza y Mística en Platón) lo que me lleva a caer en el crepúsculo, el del día o el de la noche, como le gustaba decir a Borges por el alba y por el atardecer, pero ya antes le había gustado decirlo de ese modo a Chesterton, en inglés (La novela policial).

Me gustan más bien las penumbras con rebordes de luz (Antes que amanezca), cuando la hierba hace caer ese silencio que es el día blanco, cuando la noche tiene su parto de madre primeriza (A partir de la metáfora - Jacques Lacan), cuando aún no se sabe si de lo gris lo que se quiere ver es negro, si de lo gris lo que se quiere ver es la blancura (El gran viaje hacia la silueta tan distante).

Por eso, sobre todos los pintores del mundo amo a Rembrandt (Renacimiento).

Pero hay algo además que no me explico que no tiene que ver con la luz (Vampiros). Me perdería entre su gente de la Ronda Nocturna y tal vez no aparecería más en este siglo, vestida de la hija de Rembrandt, la pequeña (Panorama de la herencia del mundo antiguo).

Diría que me llamo Sombra, que para verme prendan un fósforo, enciendan la linterna, hagan un fuego pequeñito.

Rembrandt rompió su espejo en mil cuadrados de luz y sombra, de alegría y tragedia.

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Misterios de dos niñas, o de tres

Nos sentábamos en el umbral de la casa con una muñeca en cada mano, mi amiga Lila y yo (La Socialización fuera de la Familia).

Éramos tan chicas que las muñecas debían tener poco peso, eran de trapo (Historia de las muñecas de trapo).

No las amábamos demasiado, eran un juguete más que nos habían dado para salir a la puerta (Los juguetes de los niños), mirar pasar los autos sin cruzar nunca la calle, y observar -eran los tiempos en que las niñas y los niños, por más pequeños que fueran, salían tranquilamente a la calle, con la única advertencia de no cruzarla (La neomicrohistoria).

Cuando crecimos otro poco las muñecas crecieron con nosotras, se hicieron más bonitas, con cuerpos y caritas que no eran de trapo sino de cerámica -o porcelana, tal vez, un día de delirio de nuestros padres.

Las otras chicas del barrio se acercaban a elogiárnoslas, como las madres de unos niños elogian a los niños de otras madres.

Llegó un tiempo en que el amor por nuestras nenas de mentirillas nos hizo pedir a cada abuela un regalo grandioso: un vestido para nosotras y otro para nuestra muñeca, iguales (¿Se enamoran o se identifican los adolescentes con el otro?).

Laurita y yo teníamos un vestido a rayas azules y blancas con canesú marinero. Lila y su muñeca vestían de suaves florecitas rosadas (Características y principios de la creatividad).

Como dos pares de mellizas asimétricas, nos instalábamos en el umbral (Madurez e inmadurez).

Nos parecía que la gente que pasaba nos observaba con admiración (Autoestima en estudiantes).

A mí me parecía que la Marilín de Lila era más bonita que Lila misma. No sé qué pensaba ella de Laurita y de mí.

El amor maternal que fingíamos o practicábamos todas esas tardes se fue rarificando.

Terminó convertido en verdadero amor.

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El traje nuevo del emperador

Recuerdo a mi abuela contándome otra vez (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?).

Se sentaba en un sillón de hamaca. Había una lamparita encendida (Luz del primer día)

La delicia era que yo escuchaba aquellos cuentos mientras comprendía que el lugar, la hora, la voz de la abuela, la lamparita y los pájaros de cerámica colgados como si volaran por la pared era lo que hacía más precioso el relato (Diez Relatos).

Todo lo que me rodeaba tenía por dentro malabaristas que cambiaban por una luz o una sombra, por apagar la lámpara o prender otra luz (El Malabarismo).

Y las sombras eran tan buenas para mí en esos días, arrancadas casi literalmente de los libros de cuentos ilustrados, y de la blusa de la que estaba en el sillón, los puños de la manga con encaje de la abuela sobre los brazos de madera.

Y cuando se hamacaba el sillón venía hacia mí y traía más cerca su cara que me sonreía con esa sonrisa (La risa como terapia).

Castillos de papel

A veces me contaba cosas espantosas, pero con oro filtrado en esas cosas, residuos de fiestas que a mí me parecían macabras. Y lujosas (Literatura infantil).

Eran cuentos de hadas también, y lo que yo más quería era que ella continuara.

De pronto me decía que un rey había ido al entierro de Andersen (La figura del héroe en dos cuentos de Andersen).

Pero no estábamos hablando de nadie que se llamara así, sino de un cuento que se llamaba La Sirenita, y era uno de los que más me gustaban.

Todavía no había aprendido a leer, pero la abuela me lo había contado, y además estaba en el libro de cuentos que me había regalado, lo sabía por los dibujos.

¡Ese libro de cuentos! Me gustaría tener ahora ese libro de cuentos más que ningún otro objeto en el mundo.

Lo abrías y se abrían palacios de paredes de papel más bellas que cualquier sueño, lo abrías y el mar aparecía con sus olas de tiza azul.

Aparecía la sufrida Sirenita.

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Especulaciones alrededor de la palabra lujuria

Este post debió aparecer el miércoles pasado, como secuela del anterior “Sueño lujurioso”, que tantas expectativas despertó en ustedes y terminó provocando frustraciones innumerables.

Que no suceda lo mismo con estas “Especulaciones”, y si sucede, pues envíen las suyas propias, que estoy esperando con agradecimiento anticipado:

La vida es hermosa con ustedes, mis amigos (Amistad civil en Aristóteles).

Ahora me acuerdo que hace mucho -en los tiempos en que se escribían cartas, ¡oh maravilla!- había buzones rojos en casi todas las esquinas (Inmigración a la Argentina: cartas).

Ya en sí un buzón rojo era un objeto que me agradaba mucho. Me hubiera gustado vivir al menos por un día adentro de un buzón (Las etapas de la personalidad).

Pero lo importante eran las voces que salían de adentro de ese objeto: declaraciones urgentísimas de amor, confesiones privadas, alegrías que trepaban al cielo azul, más documentos oficiales que hablaban con voz de policía (Voces propias para una red de todos).

A mí me parecía oír todo eso al pasar, y con sólo ver un buzón de vez en cuando, me alcanzaba para fantasear algunas semanas (Saborea tu existencia).

Lo mismo me pasa con las voces de ustedes que, sin embargo, llegan mucho mejor pronunciadas, llegan claras y me llenan de chocolates y confites (Valores y antivalores).

No importa si les gusta o no mi escrito, para mí todo viene con vuestras mieles.

Y en las respuestas a estos últimos posts he gozado con ganas (Antígona entre dos muros).

Las discusiones más fructíferas son las que, desde lejos, pueden mirarse como banales.

¿Discutir que si un título se ajusta o no a lo escrito? ¿Que lujuria es esto y no aquello?

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