Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Una mujer que leía un cuento

Una mujer que leía un cuento largó desesperadamente el libro (Módulo escritura). Llegaba a la parte en que la mujer protagonista iba a conseguir hacerlo: matar (Principio de no maleficencia).

La mujer había entrado al zoológico buscando algo para odiar -un animal, un hombre que se cruzara por las galerías, una brisa repentina que le levantara la falda (El Gen Homicida, y Atavismos que Matan).

Había probado los enamorados que gritaban y se besaban en la montaña rusa -ella misma sacó un boleto para sentarse en la montaña rusa- para odiar en masa. Detrás de los barrotes, trató de odiar al león. A los monos también; a uno que la miraba fijamente.

No pudo (El fenómeno de violencia más devastador que existe en la actualidad: la agresión humana a los animales). Pero ahora la lectora se dio cuenta de que sí iba a poder. El relato se acercaba peligrosamente a la palabra “oso”, y “El oso” era el título del cuento. La escritora le había puesto ese título porque algo sucedería con el oso (El oso de anteojos).

Largó desde su cama el libro lejos, muy lejos. Ese rectangulito luminoso de tapas brillantes atravesó la puerta de su cuarto, mirado, desde la cama, por ella, y se iba perdiendo en el pasillo hasta que no lo vio más, en el montón informe de cosas que desaparecen de la vista y poco a poco del recuerdo. Ella no lo vio más; se dio vuelta en la cama después de acomodar las sábanas y la colcha y se preguntó si sabía bien quién era ella… No era la eterna pregunta filosófica, era una pregunta real. No daba múltiples opciones ni buscaba que le contestaran que ella era una especie de diosito interior, o el mismo universo, o el destino de una mujer, o una esclava de fuerzas exteriores, o la reencarnación de Nefertiti. No.

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Mis amores de poeta (reconstrucción)

Una escritora del futuro (¿Tiene la literatura sexo?) -no de las mejores, pero sabe español (El papel de la relevancia en la traducción)- me presta su lápiz para que yo narre mis amores (Los amores de Friedrich Nietzsche).

Antes de narrarlos, procuraré aclarar un poco más el panorama de mi vida y mi obra (Brecht, Vallejo y Bécquer. Tres ensayos críticos). Y que no se considere soberbia el hacerlo (Los 7 pecados capitales): ya estoy muerto y mis páginas se mezclan con las páginas de otros muertos y lo único que importa es lo que dejamos escrito, no nuestra talla de hombres o mujeres.

De todos modos, cuando soy yo el que literalmente habla en este monólogo autobiográfico y de tantas voces a la vez, mis palabras van en letra cursiva (Autobiografía: la experiencia personal en la elaboración literaria).

Cuando hablan otros todo va encomillado, menos los aportes de “mi” escritora.

Ahora continuaré, con menos culpa… (No tiene la culpa el rey…).

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Breve autobiografía de poeta

Breve autobiografía de poeta

Mi padre fue pintor y retratista (El arte en el siglo XIX…), se llamaba José y firmaba con su segundo apellido, que era de la nobleza flamenca y que nos legó a mi hermano Valeriano y a mí (Don Juan de Austria). Quiso que cada uno de sus hijos -fuimos ocho varones- llevara el nombre de algún emperador. A mí me tocó el del rey de Suecia (Suecia entre las dos guerras mundiales).

Cuando tenía cuatro años, él me contó mi bautismo y nunca lo olvidé, porque lo contó como si fuera una fotografía (Historia de la enseñanza de la fotografía), o quizás una película muda, aunque ni fotografías ni películas había en ese tiempo; las hubo recién después que yo morí (Historia del cine).

El bautismo, de doble capa y con órgano, se realizó en la iglesia de San Lorenzo Mártir. Una joven me llevaba en sus brazos, Manuela, que era muy bella, sensible como pocas, y cruel. Estaba destinada a ser algo más que mi madrina, a ser algo así como una madre nada amorosa y distante para mí.

En la época de mi nacimiento fue más o menos cuando los turistas cultos empezaban a visitar el lugar, y mi padre se hizo rico vendiendo sus paisajes andaluces y retratos coloridos, al óleo (El romanticismo). Era un excelente artista. Recuerdo entre nieblas que tenía lindos coches y caballos y que vivíamos como príncipes, tal como él lo deseaba.

Pero de pronto yo tenía cinco años y mi padre murió, y mi madre, Joaquina, no había parido aún al octavo varón de la familia.

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¿Bécquer? No, yo

Pensaba escribir sobre Bécquer para levantarlo un segundo de su caja, halagarlo un poco, después agradecerle (Lo siniestro en las leyendas de Bécquer: la ajorca de oro).

Empecé a recordarlo leyendo el comienzo de un prólogo con una cita del propio Gustavo Adolfo en las palabras fúnebres a su hermano Valeriano; parecen una simpleza pero tienen su encanto de despedida y, examinando la vida de los hermanos, mucho más (Lenguaje verbal. La importancia de las palabras):

“Como sabes nuestro padre era pintor y murió siendo nosotros muy pequeños” (La Civilización Española en el Siglo XIX).

El prólogo de marras empieza a su vez citando a los hermanos Álvarez Quintero (El Genio Alegre, novela de Joaquín y Serafín Álvarez Quintero) y este comienzo no lo puedo rehuir, coloca en situación:

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Las olas de la memoria

De ustedes recibo mucho, permanentemente. A veces me parece que estoy en falta de reconocer y agradecer, aunque sólo es el apuro (Tibidabo).

El tiempo debería abrirse y fluir como un universo (El sueño de Einstein).

Por eso hoy comenzaré  a saludar con nombre y apellido a los últimos que me escribieron, a los que tengo más a mano (El porqué de los apellidos y su formación).

Con el tiempo, y yéndome para adelante y para atrás, tal como la memoria y sus olas, habré saludado a todos mis amigos. Si Dios o los dioses lo permiten (Quienes son vuestros dioses).

Por ahora, a todos, hasta a los futuros (Pensar el futuro, y construirlo), les escribí un cuento breve.

Un cuento cuya única sorpresa es la Realidad (El cuento y sus características).

Yo, que me especializo en finales curiosos, a este cuento decidí darle el más inesperado. Ya lo verán.

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Copias de un viejo cuaderno

Acabo de descubrir que no tiré todos mis pasados escritos; descubro un cuaderno muy viejo, muy pequeño, muy desorejado. Se había ocultado en un cajón de ropa vieja (La risa como terapia).

No sé si las cosas que me resultan curiosas lo son también para ustedes, mis lectores amigos (La empatía y su entendimiento neural). Tal vez sólo las considero de ese modo porque me pertenecen y algo -aunque sea tonto e intrascendente- me dicen o me recuerdan de mí misma (Acerca del narcisismo).

En este cuaderno, sin embargo, no todo lo que está escrito -con mi letra- me pertenece, en algunos casos ni siquiera tiene que ver con mis elecciones de temas o con mis elecciones literarias. ¿Tienen ustedes, para esto, alguna explicación que me ayude a entender? (La enseñanza para la comprensión).

Pero me juego a que les interesa saber lo que esconde este infiltrado en el placard, que quiso salvarse de un gran incendio. El incendio que arrasó con mi pasado, voluntariamente (La fatalidad del fuego prometeico).

Contiene un poema mío, dos de Borges (La reinvención de Cervantes en dos poemas de Borges), varios comienzos de notas -mías o de otras personas, que quedaron truncas-, y hasta un principio de novela que no sé si alcanzaré a copiar. O que no sé si vale la pena hacerlo.

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Un gaucho

Yo era libre (La libertad) y salvaje; cuando me apresaron, la muerte me devolvió la libertad casi inmediatamente.

Es que para los gauchos el horizonte es sin puertas, sin cerrojos; mi caballo y yo eran mi cuerpo (El gaucho).

Dicen que el primer gaucho fue un andaluz, un tal Alejo Godoy que se lamentaba todo el tiempo por la vida miserable que llevaba en la aldea de Buenos Aires como soldado raso (Inmigración a la Argentina: Españoles -hasta 1975-). A fines del 1500 le escribió una quejosa carta al rey de España, y como el rey no le contestó se puso a gritar en la plaza mayor: “¡Muera Felipe II!” (Felipe II: El primer globalizador). Antes de que lo prendieran partió raudo al campo al galope y se perdió en la tierra ancha. Así de libre quiere ser el gaucho, nómada eterno, sin vueltas y dueño de su propia ley.

En Argentina (Historia argentina), donde yo nací, la gente distinguía entre gaucho bueno y gaucho malo (Los gauchos de Sarmiento frente a los gauchos de Hernández).

El primero era rastreador y baqueano -Sarmiento no lo quería decir, pero era hijo de un gaucho rastreador y baqueano, todo se sabe cuando uno ha llegado, como yo, al más allá-. El gaucho malo, para Sarmiento, era una especie de ermitaño movedizo cuyo único hogar era el caballo: “un salvaje de color blanco”, escribió.

Yo, si me atengo a esos modelos, fui un gaucho malo -solidario, noble, pero bien fuera de la ley; ya les cuento mi historia.

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El secretario II

…Un día vino con un recorte: “Se necesita secretario”, así de parco era el aviso.

Me entusiasmó la parquedad. ¿Secretario de qué, de quién? ¿De algún ministro o jugador de fútbol? ¿De una productora de TV? ¿De una anciana caprichosa? ¿De un príncipe exiliado?

Estaba en Buenos Aires y todo podía suceder.

El secretario II  (continúa de “El secretario”)

Llamé un jueves para solicitar una entrevista “por el aviso aparecido en el diario”. Me la otorgó una voz femenina para el lunes (Días fastos y días nefastos).

Durante la espera (¿Ya está listo?) fui instruido por Demetrio sobre lo que debía contestar al entrevistador (Entrevistas Laborales. Tips para tener en cuenta). A la vez, Demetrio me pidió el teléfono de Pedro:

-Tiene tus medidas -dijo-. Mis trajes te quedarían grandes (El espectáculo de la moda - Diseñadores).

Así se encontraron en mi departamento Demetrio y Pedro, y se hicieron amigos de tanto luchar juntos para civilizarme (La política y la sociedad argentina en el último tercio del siglo XIX). Pedro aportaba, además de su traje, su pensamiento estructurado y formal, las frases hechas que se supone debe tener a mano como respuesta una persona que trata de conseguir un trabajo (Lengua Oral y Escrita).

Demetrio, esencialmente de acuerdo con Pedro, alivianaba las mismas frases hechas y  daba vuelo.

El lunes me vistieron, me perfumaron, a último momento me cortaron el pelo (Historia de la peluquería) y me depositaron en la dirección que figuraba en el aviso.

Estuve parado un largo rato frente a esa mansión de Recoleta antes de hacer sonar el llamador -una mano de bronce, todavía no se usaban mucho los porteros eléctricos, excepto en los edificios de varios pisos que quedaban más bien en el microcentro de Buenos Aires y no en un barrio tan distinguido como Recoleta, con su cementerio y su “Biela” (Historia de la Recoleta…). Abrió la pesada y trabajada puerta una mujer vestida de azafata, o así me pareció el uniforme, que le quedaba tan bien, tan glamoroso.

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El secretario

Era un muchacho bastante singular, yo (Talentos de los niños especiales).

Tal vez alguno que me conoció en esa época piense que debería más bien definirme como excéntrico, extravagante. Pero se equivoca, y, en primer lugar, muy pocos me conocieron en esa época en que débil, de 25 años y muy tímido, hice votos para ser el humano más feliz de la tierra (La Felicidad).

Lo de “hice votos” no es una expresión al vuelo de la pluma. Los hice de verdad, como quien entra a un monasterio. Y entré a mi propio monasterio privado (Confidencialidad y privacidad).

En segundo lugar la excentricidad y la extravagancia se demuestran -se practican- en público, y yo no tenía público más que un espejo de tamaño reducido donde sólo aparecía mi cara, y dos amigos que me habían quedado de la infancia, un vecino y un compañero de escuela (¿Existe realmente la soledad?).

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Para leer en Navidad

“Dijeron los magos (Gog y Magog Ezequiel y los Reyes Magos): ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle’.

(…)

“…hicieron entonces las místicas y simbólicas ofrendas al niño: oro, incienso y mirra (Energía cósmica inteligente). Le ofrendaron oro como tributo pagado a un rey. Le ofrendaron incienso como signo de adoración… El tercero y último presente fue la mirra, que en el oculto y místico simbolismo denota la amargura de la vida mortal.”

Copio de mí misma, selecciono lo que se me antoja que escribí mejor, y que tal vez sea lo peor, para ofrendarles a ustedes, mis amigos, oro (Historia y leyenda de El Dorado), incienso y mirra.

Difícilmente lograré el oro, un poco más fácil me será perfumarlos de incienso (Historia del perfume), y, con mis escrituras, nada me impedirá conseguir mirra.

Para leer bajo las luces del arbolito, intermitentes, estos fragmentos hechos trizas. ¿Puede medirse la triza de un fragmento? (Festividad navideña).

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