Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La noticia que conmovió al mundo

Gracias por tu inquietante relato, Felipe. Muy bueno (Acerca de “El escuchar: el lado oculto del lenguaje”).

Y por tus disquisiciones crítico-filosóficas, Joise (Hacia una comprensión pedagógica de los valores humanos).

Por la nostalgia de tu amoroso poema, José María (Amor es Nostalgia. Psicoanálisis).

Por tu inspiración, Jesús, Jesús Castillo, escritor cubano, “cuentista a ultranza”: claro que quiero leer todo lo tuyo (A orillas del Aqueronte).

Como siempre, gracias a todos los que posaron sus ojos por aquí, ¡oh golondrinas! (/”La luna de setiembre/” de David Auris Villegas).

Hoy mi cuento es muy raro, y ya verán por qué (El número áureo).

La noticia que conmovió al mundo

Me desperté esa mañana y, antes de levantarme, ya sentí que algo parecía cambiado en el mundo. Los ruidos de siempre -autos, frenadas, ambulancias- se habían atenuado tanto que se oían los cantos de los pájaros, la luz era un milagro al entrar por la ventana y hasta mi cuarto se veía ordenado y las paredes limpias, sin una mancha de humedad.

Me había dormido mirando “Mentes criminales”, serie de la cual era fanática desde que me separé de mi marido, desde que ocupaba la gran cama yo sola; el control remoto todavía estaba en mi mano, sólo había tenido fuerzas para apretar el botón que apaga el televisor y me dormí, anoche. Ahora todo estaba transformado; una fuente de agua muy pura lavaba toda la tierra, imaginé.

Tenía que llamar a los chicos, pero a pesar de mi alegría y de mi calma tenía miedo de que se rompiera el encantamiento. Todas las mañanas luchaba para que salieran de las sábanas tibias, se bañaran, se lavaran los dientes, desayunaran, se pusieran los guardapolvos blancos, reunieran útiles y cuadernos en la mochila, dejaran las lombrices que habían juntado en el jardín, no discutieran sobre de quién era la birome verde y partieran, al fin, cada uno de mi mano, hacia la escuela.

“Un minuto más” -me rogué a mí misma-, “sólo un minuto más en este sosiego inesperado.”

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Mi Emily

Escribo un cuento cada miércoles (Cuentos cortos del profesor Juan Bosch) -a veces esos miércoles se transforman en jueves, y de esto hace más de diez años (La mujer de los jueves no habla)-, para ustedes, y es un acto de amor (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad).

Aunque a algunos mis cuentos les parezcan siniestros o necrófilos, doy lo mejor de mí. Que tal vez, considerando, sea lo peor (Lo siniestro en las Leyendas de Bécquer: La ajorca de oro).

Me divierten el suspenso (Relato policial), la magia y el terror (El terror tiene nombre propio: Stephen King).

Me parecen refrescantes porque -en especial dentro de un cuento- no son reales, y contrastan con las noticias de los diarios. Los crímenes y los horrores sin encanto. El dolor de la gente que camina o navega por el mundo buscando un lugar y de otros detalles de la realidad (¿Es realidad la realidad?).

Elijo en general la primera persona del singular para escribirlos, y me elijo a mí como la relatora o el relator. Es extraño también que a veces me convierta en hombre, que tenga varios oficios y que lo que relato, por desopilante que sea, no me sorprenda mucho (Matemagia: Magia y Matemáticas).

Sea como fuere, les escribo, y recibo a cambio narraciones maravillosas que enriquecen mis historias.

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La rúbrica del artista

Por primera vez desde que estoy aquí conseguí buen cuaderno y buenas lapiceras (Cuaderno hallado en una casa deshabitada, de Robert Bloch). Es un papel ya amarillento  -el amarillo es mi color preferido- con el perfume del papel de alto gramaje cuando se pone viejo: muy dulce, parecido al del bizcochuelo; ¿contendrá azúcar y vainilla? (Coloreando con Martí).

La lapicera es otro objeto amable; se acomoda a mi mano y fluye tinta más rápida que el pensamiento; llega hasta esa región desolada que antes aparecía cuando estábamos solas ella -la lapicera- y yo, frente al cuaderno virgen y yo empezaba a dibujar mis signos (Del sonido al signo) -la escritura, para mí, es pedir socorro en esa región desolada que nombré (Escribir en el Siglo XXI).

Hace ya muchos años que no escribo; lo hago por primera vez desde que me trajeron. Creo que nunca más quise tomar la pluma, de otro modo habría conseguido antes estos refinados instrumentos de placer, al menos hubiera logrado hacerme de un lápiz y una libretita (Trastorno por estrés postraumático).

Pero no, no quería. Escribir fue la causa de todo; la causa de que me condenaran. Es inconcebible la injusticia (La justicia a través de la filosofía); es inexplicable la mente del ser humano, lo impresionante de que una imaginación coincida parte por parte con los hechos y los reconstruya sobre nada, o sobre una página, con una lapicera (La gente me ha dado permiso para pensar. Entrevista).

Era joven y había publicado un libro de cuentos -más delgado que un libro, parecía un folleto. Trabajaba en una revista de turismo, redactaba artículos bastante frívolos y coloridos (Viajeros ilustrados. El siglo XVIII y el mundo catalogado).

El dueño de la revista -además era su director, es decir mi jefe- cambió de pronto de rubro; los placenteros viajes terminaron y la revista se volvió amarilla. Él había advertido que el crimen y el terror resultan más atractivos para los lectores que los paisajes bellos.

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Los misterios del amor

Cuando me preguntan por qué no me casé (Hermógenes calla), o tuve alguna novia, alguna amante fija, contesto que no tengo el don de enamorarme; evado fácilmente con esa respuesta posibles acosos del tipo: “Todavía estás a tiempo”, o “Podría presentarte una señorita” (El amor, un sentimiento que mueve al mundo)

Es que aunque al mencionado “don” lo poseo en grado extremo (Test de Dominancias Cerebrales), tal vez por eso mismo sigo enamorado de la misma persona imposible desde hace cuarenta años -ahora tengo sesenta (La media luna, o lo que ya no será)

Fue un rayo (La orden del caballero maestro). Cayó sobre mí partiéndome. Me dividió en muchos fragmentos, ninguno de los cuales logró amar nunca otra vez más que a ella, cuyo nombre supe unas horas después del rayo: Elisa.

El lugar y el instante en que la conocí podría parecer peligroso, casi perverso, pero es más puro aún que un nacimiento, porque se podría decir que nací allí mismo (Amores altamente peligrosos).

Mi trabajo, mi esfuerzo, se acrecentaron. Y ya sabía que jamás iba a tenerla. No me esforzaba por Elisa, sólo para olvidarla. Y era tanta mi imposibilidad de hacerlo que debí redoblar mis esfuerzos y luego triplicarlos, y cuatriplicarlos, y así hasta el infinito, sin conseguir absolutamente nada de olvido. Sólo me convertí en un magnate, alguien lleno de citas y esperas, congresos, vacaciones exprés, almuerzos de trabajo, en eso que nunca quise ser, lleno de lujos que no quería tener y de empleados que, por mi solo poder, me temían (El Poder).

El principio de la historia es sencillo. Yo iba a la facultad de ingeniería, y el único horario en que podía concentrarme para estudiar era de noche.

En el aula conseguí a una compañera que estaba dando las mismas materias que yo y que tenía el mismo problema: sólo a la noche podía concentrarse.

Lara y yo nos empezamos a reunir ya bien caído el sol, para estudiar juntos en mi casa o en la suya.

Ella era inteligente y con ese encanto de las chicas serias que, aun siendo atractivas, no piensan en el amor. O todavía no piensan.

Yo tampoco pensaba en el amor, aunque ella un poco me gustaba.

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“Dejar la red abierta por un lado”

La asombrosa frase que da nombre a mi entrada de hoy es de Chao-Hsiu Chen. Su libro se llama Astucia sonriente, con traducción de Mónica Scholz para la Editorial Edaf, de Madrid, en 2001. En su tapa reza además del título: “108 estrategias de la antigua China para conseguir el éxito” (La breve sonrisa de Confucio…).

No me lo regalaron, ni lo encontré entre los ocultos libros-sorpresa de mi biblioteca (Saber leer).

Lo compré para ustedes en una mesa de saldos -generalmente compro allí mis libros en la actualidad, y son los que más placer me producen (La felicidad, esa constante búsqueda).

Quería devolverles algo, hacerles un regalo, no sabía cómo, algo muy personal para cada uno de ustedes (Entre Eva y Pandora - Cuento).

Confieso que estoy un poco harta de los párrafos, las frases, las líneas, cada palabra, de los textos llamados de autoayuda (Impacto de los libros de autoayuda en el desarrollo de la sociedad en el siglo XXI).

Siempre estuve harta, antes de siquiera abrirlos.

Pero a éste lo hojeé -parada frente a la mesa de saldos- y le encontré algo distinto.

Será por su antigüedad, por su “sabiduría milenaria”, por lo original y ácido de su enfoque, por la falta de mermelada y confites pero no de poesía.

Son bocados de la más alta cocina china, pero salados. Condimentados a veces, a veces exquisitamente amargos (Los pares de opuestos).

Pensé en ustedes, en qué les iba mejor uno por uno.

Todo puramente intuitivo, ayudada por un poco de raciocinio -de eso, en mí, no hay sobrantes- considerando lo que me han escrito (Informe del juicio, el raciocinio y el razonamiento).

Hay gente nueva que apenas conozco, aunque soy tan valiente que me animé a equivocarme.

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Las palabras son cuchillos

Me llamo Irene Cavas Islas, y si bien el nombre que me atribuyo es falso, suena muy parecido al mío verdadero (Acerca del origen del lenguaje). Lo usaré sólo para contar mi historia, breve y, tal vez, interesante. El país y la ciudad donde resido van a permanecer ignorados para ustedes. De otro modo, con este relato, que puede inclusive matar a alguna persona que lo lea, yo sería fácilmente ubicable. Me conviene permanecer en las tinieblas, aunque la ley de ningún Estado penalice mi modo de matar. (Al hilo de las identidades asesinas de Maalouf).

Haré primero un rápido resumen de mis primeros años de estudiante (La lluvia de estrellas en mi vida. Una historia de inspiración).

En la escuela secundaria me gustaban las ciencias exactas -más precisamente la física- y la anatomía (El Conocimiento en las Ciencias Exactas y en las Ciencias Humanas).

Cuando me recibí de bachiller decidí inscribirme en medicina y, al mismo tiempo, comencé a escribir literatura, como esparcimiento en mis escasos ratos libres (Tiempo de drogas, hijos en riesgo).

Me especialicé en neurología -por la que sentía una verdadera pasión- y continué escribiendo -después supe por qué: escribir era el acto necesario para una gran carrera (La escritura y cómo escribir).

Esta nueva “carrera” nada tiene que ver con la ciencia ni con la escritura, pero las abarca a las dos. Si no fuera neuróloga, si no fuera aun humildemente escritora, no hubiera podido acceder a ella, que me depara una vida de lujos, y la sensación de ser un dios. Que me depara la equilibrada unión de mis dos opuestos: el mal y el bien que circulan por mis entrañas (Más acá del bien y del mal).

Ya antes de mi especialización en neurología me intrigaba el continente oscuro del cerebro. Ya investigaba todo lo posible sobre él, sobre sus zonas peligrosas, sobre sus zonas de misteriosa santidad, sobre la posibilidad de estimularlas o bloquearlas.

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El grito de las sombras y las estatuas

El grito de las sombras y las estatuas

para José Itriago, in memorian

“La inmortalidad física es la única causa por la cual no debes morir”, leí con mis ojos ávidos un día (La Alquimia: El Arte Perdido). Ávidos de inmortalidad, precisamente. ¿Pero cómo lograrla? Ese enunciado parecía ridículo, una broma, no más. Sin embargo, ahora estoy entre muertos solo para conseguir precisamente la inmortalidad (La muerte en la historia).

Ninguno de mis conocidos alcanza a comprenderlo; mi padre y mi madre, que ya se acercan a la ancianidad, menos que nadie (Psicodinamia del envejecimiento).

Me cerraron las puertas de su casa, que era la mía también (Las familias), como si se tratara de un panteón fuertemente custodiado, porque no todos los panteones son inviolables; el mío, por ejemplo, no lo es.

Debo sacrificarlo todo para acceder a la inmortalidad, y sacrificarlo todo no es demasiado para mí, que siempre sentí el grito de las sombras y de las estatuas llamando, que nací para permanecer, aun cuando tenga una carrera universitaria y una posible herencia –creo que mis padres no pueden desheredarme, la ley se los impide- bastante generosa (Enfrentando a la ley y al padre…).

Y ese acceso es sólo una apuesta, pero vale la pena. Podría ser o no ser. Aunque tengo esperanzas, tengo fundadas esperanzas… (La pregunta por el inicio). Creo en mi empleador, creo en su palabra, yo que fui tanto tiempo escéptico de los seres humanos. Él no me prometió ningún cielo; solamente vivir para siempre. Con los males, las tragedias y, a veces, la felicidad que trae el correr del tiempo día a día. Y yo que no quiero morir, y aparte soy curioso de los cambios futuros, se lo acepté.

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Otro ramo de flores del ciruelo para José Itriago

Estaba redactando uno de mis cuentitos algo góticos, con la intención de sorprenderlos, cuando llegó la noticia:

“…se nos fue Jose, el bello Jose Itriago, el trovador de las letras, el amigo, el caballero, el hombre gentil de la palabra sabia y los cuentos nutritivos… tengo una tristeza honda” (lo escribió en facebook Judith Mora, una magnífica ex participante de este blog).

Todo lo que dice Judith -la libélula de nuestro grupo- es cierto, pero además José era un escritor muy grande. No tengo idea de sus publicaciones, sólo lo leí en este blog. También lo amé en este blog.

Se me ocurre que no puedo rendirle mejor homenaje que copiar un post que le dediqué, en el que comentan él y otros participantes, como Joise. Lo más importante son los comentarios, precisamente.

Los agradecimientos se los debo para el próximo post. Me quedé sin tinta, me quedé con todos los dolores del mundo. Quisiera transmitirles quién fue José Itriago a los nuevos participantes…

Les anticipo el precioso trabajo de luis b martinez (Frente al espejo -relato-).

Un ramo de flores del ciruelo para José Itriago

Sí, se escribe para decir algo que queda más allá de las palabras (Oralidad y escritura), pero si no se escribiera, mi querido, mi entrañable José -con el genio de tu hermano Francisco aleteándote en las espaldas como los ángeles (La historia de la pintura) y con tu propio genio recogiendo en tu austera habitación el universo para nosotros que te leemos (objeciones-al-que-no-objeta)-, si no se escribiera, digo, no tendríamos la esperanza o la posibilidad de llegar a decirlo alguna vez… Tú, o “cualquiera”, tan cualquiera como mi amigo José Luis Pagés, o Vancho y Osvaldo, o alguien futuro, con música, con palabras, con colores (La relación entre los colores y el conocimiento).

En este momento, por ejemplo, quiero estar en silencio para sentir tu gran silencio que llega desde lejos  José (La luna y el solitario), y es el silencio de la calma, aunque me lo transmitas con tu prosa compuesta de vocablos -pero el silencio de la escritura ordena a veces el caos, no es como vociferar, no es como hablar en las reuniones de escritores.

Me apoltrono en el jardín, lugar tan etéreo que el verbo apoltronarse es casi grosero (Las siete maravillas del Mundo) -ahora tengo jardín y árboles frutales en un lugar casi desierto de gente, pienso en vos, en ti, en usted, José I.

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El sabor de la sangre (otro cuentito un poco “gótico”)

A mí, como a muchos, me sucedió recibir un regalo que yo misma había regalado hacía un tiempo.

Uno lo identifica de inmediato (El Proceso de Transformación)

Si es una pulsera, o un anillo, en alguna parte tiene la inscripción invisible para todos y visible para nosotros; si es un libro, él grita nuestro nombre, nos recuerda, por muy bien conservado que esté y por muy nuevo que haya sido cuando fue obsequiado la primera vez (En el Día del Libro).

Este caso es un poco distinto, porque sí, se trataba de un libro, pero de un libro que entre otras cosas se valoraba por lo antiguo (Fragmento del diccionario de la evolución). Aunque tengo que contar unas cuestiones previas a ese hecho.

Yo terminé la escuela secundaria en el bachillerato nocturno, el famoso Bachillerato de las Estrellas de Santa Fe.

Por supuesto, no se trataba de un “templo del saber”, sino de un Templo de la Diversión de la Juventud Descarriada, aunque tal vez exagero un poco (Los jóvenes años 60).

Lo cierto es que cinco de nosotros éramos amigos muy cercanos ya al inscribirnos en la institución, y todos nos dedicábamos al arte. Ya fuera al arte de escribir, de pintar, o a ese otro, más delicado y complejo, el arte de no hacer nada y meter las narices en todo y mucho más que en todo realmente: ¡teníamos 18 años! Yo era la única mujer.

Entre los componentes del grupo el que más llamaba la atención era Sergio. Se hubiera dicho que era un bailarín ruso por su figura, su agilidad y sus rasgos, con una belleza andrógina y unas caídas de ojos dedicadas a chicas y muchachos (El diente de Kong).

Como los cinco nos llevamos a marzo todas las materias -esto quiere decir: a dar en marzo examen, porque el promedio no nos alcanzó-, ese verano la pasamos de maravilla.

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Algunos souvenirs para el Día del Amigo

No sé si el 20 de Julio era ya, cuando yo era muy niña, el Día del Amigo (Amistad civil en Aristóteles). Pero a partir de los siete años recuerdo una seguidilla de 20s de julio.

Los hermanos nos levantábamos temprano, mucho antes de partir para la escuela (La leyenda de los hermanos Ayar, fundadores del Imperio Inca), con el propósito -que con algunas imperfecciones cumplíamos- de… ¡preparar una tortilla de papas! (Una escuela para la libertad).

El hecho resulta extraño, pero tiene una explicación (Gaudi y Tolkien - Lo mágico y lo intrínseco):

La primera perrita que tuve, llamada Topita como la que tengo hoy -digamos, Topita I- cumplía años ese día.

Y en materia de comidas, Topita era fanática de la tortilla de papas con mucho huevo y manteca.

Sólo una vez cada 12 meses podía degustarla, según los “doctores” (La alimentación de los perros).

Y ese día era el 20 de Julio.

Algunos souvenirs para el Día del Amigo

No sé si el paladar les quedará tan dulce como a Topita después de leer estos fragmentos que elegí, pero ojalá así sea. Primero busqué poemas referidos directamente a la amistad, tales como el de José Martí (Antología de José Martí):

Cultivo una rosa blanca

en junio como en enero

para el amigo sincero

que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo

cardo ni ortiga cultivo,

cultivo una rosa blanca.

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