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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Ciencia, historia, dolor, poesía y almas desnudas

No sé nada de ciencia, no sé nada de nada, pero me parece que hay un lugar puntual de la ciencia donde comienza la filosofía, y tal vez la poesía (Ensayo sobre filosofía y lenguaje).

En la Antigüedad todo se englobaba bajo el término filosofía (Alma platónica); eran hipótesis la astronomía (Astronomía con Ordenador), y también la teología (La teología como ciencia).

Yo pienso que ahora es a la inversa; incluso dentro de la poesía se intenta demostrar los alcances y los límites de la ciencia (¿Qué es esa cosa llamada ciencia?), que otra cosa no es Frankestein por ejemplo, aunque se haya extendido muy ampliamente el término ahora, y no tan ampliamente si consideramos la historia: ¿qué son cien o doscientos años?… Digo que tal vez en Frankestein (El Mal y el hombre moderno) y su creadora-Mary Shelley-  se encuentre el origen o la metáfora perfecta de lo que quiero expresar.

Lo que se demuestra cien veces sin lugar a error, es ciencia. La filosofía está compuesta de maravillosas hipótesis, y es posible que sea tan atrayente por eso mismo, ¿quién demostrará algunas de ellas?

Digo que filosofía es otra vez parte de, por ejemplo, la física (El reposo y la nada).

Hay miles de teorías que explican el universo un enorme cuerpo compuesto de once, doce o miles de universos, “paralelos”.

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Recreo: un cuento repetido

Pensaba escribir sobre varios misterios de la vida de Carlos Gardel, algunos ya resueltos (Guía de Buenos Aires).

Y sucede que me levanté bastante mal de salud, bastante ñañosa (La Longevidad).

Entonces se me ocurrió una idea: les mando un viejo cuento que ya salió alguna vez en este sitio, como para que hagamos un recreo (Ingeniería del ocio y el uso del tiempo libre).

A Gardel lo dejo para luego, él siempre en el futuro está mejor… (Porque nunca es demasiado).

Gardel es un fantasma y esta niña también (El Fantasma del Teatro Municipal):

El cuento

I

Yo era una niñita con trenzas rubias y mejillas redondas, sonriente, hasta que me di cuenta de que algo no andaba bien en casa, conmigo.

Mis padres solían llevarme al médico, a diferentes médicos, a menudo.

Cuando tenía cinco años, los médicos dijeron: es una niña especial, que sueña mucho, y torcieron el gesto.

A esa edad me intrigaban las fotografías colgadas en las paredes de mi casa: eran en blanco y negro, en algunas aparecía mi mamá en una rara posición, como  meciendo a un bebé; en otras mi papá estaba inclinado y sostenía lo que podrían ser las manitas de un niño, parecía ayudarlo a dar sus primeros pasos.

En la escuela aprendí a escribir, y ya a los siete años escribía donde encontrara sitio.

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Nosotros los esclavos

Uno puede quedarse pensando mucho tiempo cuando lee en el Popol Vuh (Popol Vuh):

“¡Que aclare! ¡Que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni grandeza hasta que exista la criatura humana, el hombre formado”.

También, al leerlo, uno puede ser Carlos Drummond de Andrade y escribir un poema llamado “Especulaciones alrededor de la palabra hombre”, que ya alguna vez citamos en este espacio (Literatura universal).

Al ser el Popol Vuh, según se dice, un compendio de sabiduría, uno puede llegar a pensar que el deseo expresado aún no se ha cumplido: aún no amaneció, aún no se formaron la gloria y la grandeza, ni la criatura humana… (La Naturaleza Humana).

Y no es gratuito decir -o gritar- lo que antecede. De que nacemos y morimos esclavos no caben dudas (La esclavitud heredada).

Cada uno de nosotros aporta su grano de arena de esclavitud al pensamiento (El pensamiento), al corazón o a la materia de que estamos hechos o que nos rodea.

Pero para hablar de esclavitud, comencemos por la más grotesca, esa que parece que los siglos y la “civilización” apagaron pero que está tan fresca y rozagante como en su día primero (Humanismo y Poder).

No nos remontemos a los orígenes, sólo observemos ahora mismo, y un tiempo antes que nosotros, y también el presente y la terrible esclavitud de las drogas y la trata de blancas y los niños violados.

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La ciencia de la luna

Los siglos tienen sus objetos preferidos, de odio y adoración. Objetos que pueden ser la pólvora o un planeta, un espejo o un vidrio o una planta (La pólvora).

-Al mencionar a una planta se me acaba de ocurrir que nada sé de la historia de las plantas decorativas, cuándo empezaron a usarse, o si hay venenosos secretos detrás del tema- (Las plantas).

Pero para hoy surge la luna (Origen de la Luna).

Tanto se ha cantado a la luna desde que empezó el romanticismo (Romanticismo) -o sea, mucho antes de que se acuñara el término- que sería bueno analizar la versión más científica de esos mismos siglos en los que la luna acompañaba solícitamente a Arlequín (La máscara desde los griegos hasta O’Neill).

La ciencia de la luna en la Edad Media

Mientras los trovadores se afanaban por encontrar el camino de la doncella bella y llevarle un espejo (Historia de Francia), es decir una luna, los investigadores científicos eran mucho más serios. Opinaban que la gente nacía y moría bajo su influjo material (Método Científico).

En los campos del hermoso medioevo (Cultura medieval) -y digo hermoso porque veo los campos rodeados de construcciones románicas y góticas y de romances locos de amor- la luna dictaba desde arriba -o tal vez desde abajo, o desde el costado izquierdo o el derecho, ya que muy bien no se sabía de movimientos de los astros ni de las leyes de la gravedad- la sentencia de muerte.

La eternidad de los que morían en luna llena estaba asegurada. La forma perfecta en la naturaleza es el círculo y quien muere debajo de un círculo perfecto de luna llena será bendecido: “Dios es un círculo  cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”, dictó Hermes Trismegisto y avalaron Pascal y Borges.

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Ahora

Todas las épocas están presentes en el ahora, en esta ráfaga de minuto (La Articulación entre Vacío, Materia y Tiempo en el De Rerum Natura)

Se enciman como poemas surrealistas (El surrealismo) recuerdos que contados uno a uno son simples y pertenecen a todo el mundo, a la especie humana: los psicólogos son historiadores (Universo consciente).

De mí puedo decir que una mujer entra corriendo en mí, que es artificial pero de raza angelical, vieja de muchas notas, regadora de árboles con trinos, y que tiene una orquesta en el pecho (Crecimiento personal).

Esa mujer también tiene una orquesta de aguas superficiales que son casi sus lágrimas, que es una telépata de la gente que pasa por la calle y oye sus pensamientos como si fueran música y los baila (¿Cómo crear un pensamiento artificial?).

Que brota del paisaje, busca un espacio de niebla que es donde se esconden los fantasmas, pasa por su propia voz y quiere ser no sólo sus recuerdos sino los recuerdos del cosmos o acaso sólo del planeta: los milagros de Fátima, la cabeza de Juan Bautista, el desayuno de Cristo en Emaús, sus golosinas frías.

Ahora que se mezcla con las horas antiguas la hora de esta Pascua (La Neurociencia en las Pascuas).

Ahora que estas palabras que están en mi cara, en mi mirar, traslado como alguien que se muda y siento el corazón acelerarse con un latir pesado de llevar muchos bultos (Carta a una señorita en París).

Quiero mudar, mudarme, mutar yo (La variación biológica).

Quiero irme, tal vez, después del rayo del ahora, al rayo del ayer, como si siempre hubiera estado en esa casa que es un barco sin ojo de buey, donde ellos, mis abuelos, mi tía, no me ven haber entrado, ellos ni nadie ve pero yo entro, corro por el vapor de humo de la estufa, me detiene el reloj de la sala para mirar su péndulo, su flor de oro trabajado y la piña esbelta que cae por su hilo mientras viene. ¡Qué compás –yo diría, aun siendo redundante- que es el tiempo!

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Monólogo anterior al matar más, donde se habla del menor matar, que es el arte

Ya que es un tiempo de asesinos, y nadie puede negar que es un tiempo de asesinos, propongo este ejercicio que yo misma comienzo (Asesinos por naturaleza).

Espero que haya al menos uno, o una, que me siga (Niveles de la amistad).

Nada más delicioso que dejarse ser en el mundo que las letras crean (Los significados de la literatura).

Lo que escribí en mi ejercicio, sin embargo, deja dudas sobre si yo no maté efectivamente, si no utilicé el matar más y si las reflexiones no fueron literarias sino reales (La ambigüedad de la escritura).

¿Pero hay alguna diferencia? (Diferencias y características entre un cocodrilo y un caimán).

Nos encantaría recibir un escrito donde esa duda quede más abierta todavía, como una flor que sangra (Camino de la sangre hacia la luz).

Los buenos escritores crean flores con sangre. Los malos matan… (El terror tiene nombre propio: Stephen King).

Monólogo…

¿Pero otra vez le falló la escritura al pensar? ¿Ella no puede pensar correctamente, en un estilo armonioso? ¿No se da cuenta de que los últimos párrafos que pensó tienen estilo periodístico policial?

¿Qué escribiría con este material?  Nunca le interesó esta historia literariamente, es cierto, la literatura es sólo un daño colateral de su historia, hay que escribirla antes de actuar.

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Los dos espejos

1.

Una de las muertas más recientes mantuvo este diálogo con uno de los muertos más remotos (Diálogo con José Martí):

-Yo era una muñeca más importante que cualquiera, mis ojos ocultaban enigmas sorprendentes (La verdad que surge entre enigmas y paradojas).

-Vanas reiteraciones en realidad -se molestó el Antiguo-, pero que nunca se movieron del espejo desde los siglos de los siglos (Mis sentimientos al espejo).

La Nueva tuvo una rápida respuesta (El ingenio de Teut):

-Preparé mi vejez como un canasto de flores, con un curso de ikebana que comenzó en mi infancia, y no la completé (Ikebana: El camino de las flores).

Antiguo preguntó irónicamente (El flagelo del Pecado):

-¿Envejecer es acomodar los crisantemos de la manera más amable posible, controlar el brillo de la mirada, la curva de la sonrisa, como si fueras un Einstein propio del universo donde el espacio-tiempo es menos aún que esta pregunta?

-No era tan Antiguo usted, Contemporáneo de Einstein. Pero el espacio-tiempo me resulta insoportable -dijo la Bella, tan frívola.

-Pero qué sobrecarga del destino ha sido para ti ser una joya imperturbable -el Viejo se recostó en una tabla dura- cuando se sabe que más allá del corazón nada es piedra sino carne y sangre sin controles destruidas en un segundo por el huracán de un día.

Ella no respondió a esta reflexión. Contestó de este modo:

-El huracán de un día… Sí, fue entonces cuando decidí envejecer sin ciencia, sin reglas, como cualquier antigüedad expuesta al fuego, al agua. Me dije que lo más difícil sería el aprendizaje de nuevos signos entre los que aparecerían los del amor, o sea el perfume de una marca desconocida, químicamente vulgar, poco adecuado para el vestido que yo llevaba puesto, y otros signos como los de la verdad, que todo lo marchita con su luz (Ocaso. Capítulo 1).

El Antiguo pareció resucitar de golpe; se notaba que había sido juerguista y mujeriego.

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Nuestra muerte

Me sumergí en el interior de la muerte (Percepción de la muerte a lo largo de la vida).

A menudo me había sumergido en el misterio de los libros, ahora leía en las estrellas y me daba cuenta de que la pompa de la muerte consiste sólo en juguetes, adornos, letras partidas en el abecedario de los cuadernos (El mundo que solo dios conoce. La oración, la maldición y el milagro).

Muertos parecidos a los niños (La historia de Juan: Nopales y Magueyes).

Niños prisioneros de tablas de madera, fueran cunas o féretros.

Muertos que quedaban temporalmente  en exposición en manos de los vivos, bebés de nuevo, menos que bebés.

Lápidas parlanchinas relataban. Los muertos mejoraban al instante su estatura moral, su estatura intelectual y su belleza física (Sexo en dos mundos).

Para ellos, para ustedes y para mí, que moriremos algún día, escribí este cuento:

Nuestra muerte

Sabía quién llamaba sin siquiera mirar la pantalla del teléfono, así que no contesté.

No era nada difícil, por lo demás, adivinar de lo que se trataba, porque por más que yo fuera inteligente, delicada y pícara, ya tenía 89 años y ninguna otra relación más que la de Efraín, con sus noventa, tan alto y elegante, más que cualquier joven de por aquí o por allá (Sexualidad en la Tercera Edad).

No atendí el teléfono porque había una historia previa de temor, de no querer ver el espanto, de sentirme entre los vivos y los muertos (De la barbarie a la compasión).

Lo conocí a Efraín cuando me preguntó cómo me llamaba, se lo dije y él me contestó:

-Tu nombre es del color de tus ojos (El viajero del romanticismo…).

Me derretí. Puede sonar un poco cursi, pero es un verdadero piropo para alguien cuyo nombre es Esmeralda.

Esa vez empezamos a salir y no hubo tarde, hasta antes de ayer digo, que no nos encontráramos.

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Recuerdo de una procesión de Corpus Christi

Yo no sé cocinar (Llevando la Química a la Cocina), pero sí inventar el silencio en el centro mismo de mi casa (Los laberintos de Borges).

Se convierte en palacio bajo el lujo del tácito sol (Mitos mexicanos).

Ordeno los almohadones, los libros, los pequeños adornos, cambio un cuadro y lo cuelgo a diez centímetros de su lugar original. Me parece que hay más sosiego (La ley de Dios y la ley ceremonial).

La distancia entre las ventanas y los sillones tiene que ver con el reposo (El gran viaje hacia la silueta tan distante).

Los jarrones con flores hablan ininterrumpidamente, así que los desecho (Flores familiares de nombres femeninos).

Adhiero con mi corazón al orden y a la luz.

Enciendo la TV y observo marchar sobre Buenos Aires, bajo miles de paraguas y en total concentración, a gente que pide justicia.

De pronto gritan Argentina, o Justicia (La Justicia), o Nunca Más, y sólo eso.

Un recuerdo muy infantil me trabaja, o ni siquiera es un recuerdo mío. Es el recuerdo de la voz de mi madre contándome un inolvidable día de 1955.

En Argentina era el momento en que estaba terminando el gobierno de Perón -gobierno al que mis padres llamaban “tiranía”, y yo, nacida de ellos, criada y bendecida por ellos, no sé cómo llamar.

El 11 de junio de 1955 se celebró en Buenos Aires la procesión de Corpus Christi.

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“Sumergiré mi libro bajo las aguas”

Shakespeare quiso decir adiós en 1613, al escribir La tempestad (Calibán, la raza como oficio y el pensamiento del afuera)

Se retiró a terminar su obra en su pueblo natal, Stratford, pero los dioses no le permitieron desertar tan pronto (El concepto de deidad en las antiguas cosmogonías).

Debió escribir todavía su última obra, nada menos que Enrique VIII, para que las musas lo dejaran tranquilo (La Distopía de Enrique VIII).

Entonces sí comenzó a redactar el testamento, en el que generosamente le deja a Ana, su paciente mujer, una cama (William Shakespeare), la segunda mejor cama que posee. Y la guarnición de la misma, seguramente bellas telas bordadas.

Ya había dejado algunos bienes a sus hijas, y unos cuantos chelines a sus amigos más íntimos, que eran actores, para que compraran chucherías para el teatro, chucherías tales como sortijas.

Es en La tempestad sin embargo donde la mayoría de los lectores escuchan una despedida de la vida y el arte (La Tempestad de Shakespeare y una visión en la literatura latinoamericana).

Y aunque su muerte se produjo en 1616, unos días después de la de Cervantes (Shakespeare y Cervantes: vida, obra y comparaciones), los tres años de anticipación no son una considerable distancia, más aún teniendo en cuenta que Shakespeare trataba más bien de divertirse en los últimos días de su vida que de ahondar en las almas, a las que, por lo demás, ya las había dado vuelta del derecho y del revés por mucho tiempo (William Shakespeare).

Tanto es así lo de su jovial retiro, que un ignoto caballero llamado John Ward, vicario de Stratford, escribió en su diario que Ben Jonson y Shakespeare se habían reunido de jarana, en alegre convite, pero que el dramaturgo bebió tanto que llegó a morir de la fiebre que contrajo en el convite.

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