Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Muertes extraordinarias: Clarice Lispector y su personaje

Hoy voy a ser muy breve (Baltasar Gracián “El Arte de la prudencia”).

Para hablar de Clarice Lispector (Formas narrativas posmodernas en La Hora de la Estrella de Clarice Lispector), a quien sus compatriotas llamaban La Extranjera -aunque ella se esforzó por ser “tan” brasileña, y lo fue (Brasil)-, se me ocurre empezar con un poema (La vejez: el último poema).

Es de Oscar Wadislas de Lucbiz Milosz, lituano, se llama “La Extranjera” y no fue escrito ni remotamente para ella.

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Niño modelo (primera parte)

Miro la fotografía que me envía mi madre por correo (Inmigración a la Argentina - Daguerrotipistas y fotógrafos) y no puedo creer que ése sea el niño que yo fui (Recuerdos de mi pasado - Cuento).

El niño que yo fui tiene ya unos doce años en la fotografía, pero no hay rastros de mí, del que ahora soy, en él; ya no tengo ni siquiera esos ojos, ni la forma de la nariz o del mentón, ni los pómulos tan altos ni la sonrisa suave en labios delicados (Regularidad y cambio en la personalidad).

Un aura cubre al niño del retrato, y a esa aura la recuerdo muy bien. Casi debería contar esta historia como si yo fuera otro, al que lo envolvía ese resplandor (Bioenergética I).

Nací -o sólo recuerdo de mí este fragmento- para saber la verdad, para encontrar lo que se encuentra inmaculado dentro de los seres; para hallar la transparencia (El inquietante problema de la verdad).

Me desvelaba desde muy chico espiar detrás de las máscaras y hasta de mi propia máscara que sabía ajustada a mi nuca con un delgado elástico todavía posible de forzar. Yo sentía el roce de ese hilo elástico igual al que se usa para sostener los bonetes que les dan a los niños en las fiestas. Sentía que podía sacármela y ser yo después de algún entrenamiento; que era apenas un poco más difícil que desprenderme del bonete de papel metalizado (Las máscaras del ego).

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Muerte extraordinaria de Pier Paolo Pasolini

Pier Paolo Pasolini: Por lo tanto es absolutamente necesario morir, porque, mientras estamos vivos, carecemos de sentido, y el lenguaje de nuestra vida (con la que nos expresamos y a la que en consecuencia le atribuimos la mayor importancia) es intraducible; un caos de posibilidades, una búsqueda de relaciones y de significados sin solución de continuidad. La muerte efectúa un fulmíneo montaje de nuestra vida…

En esta muerte extraordinaria -y no se van a utilizar comillas porque está claro que fue PPP quien lo escribió- la muerte efectuó verdaderamente un fulmíneo montaje de la vida (El Cine en la Literatura) . ¿Cómo concluir ese guión de otra manera? (El fin del hombre).

En 1967 los jóvenes descubrieron algo misterioso, quizá venenoso, extremadamente adictivo (El otro idiota). No era cannabis (Las drogas). Era una obra (¿La pasión de Cristo?: su controversia).

La trajo al principio un libro de tapa celeste ilustrada con la fotografía de un dios griego, o, más precisamente, con la fotografía de un actor, Terence Stamp; se trataba del guión de Teorema, escrito por Pier Paolo Pasolini, quien también dirigió la película. La había estrenado en esos días en Italia y el mundo, con el “dios griego” como protagonista.

Así se empezó a amar a Pasolini por estas latitudes latinoamericanas; vinieron todas sus películas junto a sus escritos, sus cartas, sus novelas, sus gritos, sus desplantes, después del primer flechazo con Stamp.

Amarlo y admirarlo no era entenderlo completamente. Debió pasar bastante tiempo para descubrir todas las monedas antiguas que guardaba el tesoro, aunque bastaba leer su indescriptible guión para saber que era poeta (Relación de la poesía y la filosofía en el pensamiento humano).

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La poesía de ciertas ropas antiguas (antología). Una curiosidad de mi memoria

Quiero vestir a mis personajes, de vez en cuando (La monja Alférez y su construcción frente a la sociedad).

A veces redacto un cuento, una perlita que ocurre en la Antigüedad o en la Edad Media (Literatura. Jorge Manrique), y mis personajes andan, supuestamente, desnudos. No los veo bien y casi nadie puede observarlos de cerca, dibujados en su imaginación (La radio, un medio para la imaginación). Nadie está muy seguro de cómo se vestía en otras épocas (La duda de Hamlet).

Leo una semblanza de Doña Juana la Loca –cuya historia de amor, desde chica, desde que me la contaron en la escuela, me estremece y a la vez me enternece y alguna vez la contaré (Delirios de amor)- y encuentro una nota al pie (Cómo hacer referencias en un trabajo escrito),  que es la siguiente:

“Es llamativa la evolución en el atuendo de Juana en los dos retratos hechos por Juan de Flandes (…) Aparte de ganar a su esposo en atractivo, se observa que el recatado vestido del primer retrato se pasó a uno de escote generoso (…) En ambos retratos Juana irradia una lozanía incitante, muy diferente del enigma y distanciamiento que palpita en otros dos, algo posteriores, que hemos mencionado. Curiosamente, Talavera (el padre confesor de Juana) da más importancia a la recatada ocultación del pecho masculino que del femenino: ‘Es mengua de buena vergüenza traer descubiertas algunas partes del cuerpo… Así como a los varones y aun a las mujeres es vergonzoso los traer descubiertos los pechos… verdad es que las mujeres que crían deben traer las tetas ligeras de sacar’.”

Intrigada, corro a buscar La Historia del Vestido, entre los libros de papel primero, en Internet después (Publicar o morir: Apología de la lectura).

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El cielo se escribe

Escrito en una tablilla con punzón:

Y en este día doy fe por el dios-sol Utu que soy

un artista de los textos, un compositor de

canciones, un poeta, y que en tierras lejanas

donde no se conocen el pueblo de Sumer ni la

palabra escrita se recitarán mis obras como textos

sagrados y los hombres se postrarán ante mis

palabras.

Rey Shulgi, 2100 a.C.

Me encontraba por esos caminos del pensamiento sin estribos (El pensamiento creativo), con una duda (Las dudas): ¿los libros en papel seguirán existiendo para siempre?, cuando buscar una respuesta me arrancó una sonrisa.

Es que, con bastante torpeza (Saber Leer), fui a consultar a Barthes (El post estructuralismo francés -que murió en 1980 y nunca tuvo una computadora (Historia de las computadoras)-, y encontré lo siguiente:

“El soporte de la escritura, la cosa sobre la cual se escribe, es a veces denominada por los historiadores ‘materia subjetiva’; de esa manera ellos intentan decir que en la escritura una sustancia dada es puesta bajo la mano, como el suelo bajo los pies del que camina; y ese contacto entre la piel y la materia no puede dejar de incidir en el sujeto; éste acepta fatalmente su cuerpo. Si existen fatalmente tantas escrituras como cuerpos, desde un punto de vista histórico existen tantas escrituras como soportes (…) Si el número de los instrumentos fue siempre limitado en el curso de la historia, su materia fue muy variada: primero la roca, la piedra, la pizarra, la arcilla, la cerámica, el oro, el marfil, el vidrio, el bronce, el hierro, las láminas de cobre o plata, los caparazones, la madera, el papiro, el cuero, la tela, el papel. Se puede decir que la humanidad ha escrito sobre cualquier cosa, indiferentemente…”.

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Muertes extraordinarias

Siempre, en especial en los siglos XVIII (Viajeros ilustrados. El siglo XVIII y el mundo catalogado), XIX y primera mitad del XX, el miedo a ser enterrado vivo proliferó. Así se originaron infinitas leyendas y cuentos, algunos basados en hechos que realmente ocurrieron (Guardianes de la noche, la memoria).

Real por ejemplo es que cuando encontraron arañada por dentro la tapa del féretro de Rufina Cambaceres, la hija del famoso escritor argentino Eugenio Cambaceres (Acerca de la multiplicidad de lenguajes en Pot-pourri), un señor muy conocido, muy serio y muy adinerado se hizo construir, en el mismo cementerio, en Buenos Aires, un panteón donde ya estaba preparado su ataúd. El mismo tenía todos los adelantos de la ingeniería de esos años y todas las modernidades posibles para detectar si un supuesto cadáver se movía o respiraba. Desde el mismo cofre un sistema de alarmas echaba a volar estridentes campanas y prendía luces en la cúpula del panteón, de modo que por más de noche que fuera no había cuidador de cementerios que no despertara de inmediato si tal sucedía (El desarrollo del diseño mecánico y la física).

El señor, totalmente identificado y dueño de tiendas que eran moda en Buenos Aires y el mundo, probaba en cada uno de sus cumpleaños su ataúd, que siempre funcionó, hasta que murió de una muerte que no tenía nada de cataléptica, lo “enterraron” allí y seguro, seguro, sigue siendo feliz, y su tienda, cerrada en 1974, figura para la posteridad en esta monografía: Creadores y comercializadores de vestimenta.

Fue por eso que en el cuento breve del miércoles pasado quise darle una vuelta de tuerca al caso de los enterrados vivos (El doble como recurso literario en “El rincón feliz”). Estaba en busca de los Poes y Lovecrafts de nuestra época, o quizás, humildemente, de alguna que otra leyendita urbana (Carcajadas de terror - La leyenda del Payaso Asustador).

Como en la actualidad no es muy común que los muertos vayan a parar a la tierra o tan siquiera conserven su ataúd, sino que se encaminen directamente al crematorio, me fascinó cambiar la ficha del enterrado vivo por la del incinerado vivo. Iba a traer asociaciones de múltiples hogueras, inclusive las de la misma Inquisición.

Sumado a esto, leyendo Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca, de Jean Allouch, descubrí que de los enterrados vivos nadie se hacía antiguamente cargo -menos aún los doctores- sino que se les achacaba a ellos mismos haber dado lugar a tan terrible suceso -tal vez por pecados secretos cometidos-, por lo que creo aún más que una literatura de hogueras justicieras es posible tema de terror actualizado.

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Las actitudes frente a la muerte: una cita y un cuentito breve

Encuentro el libro que hacía años había perdido y que anhelaba recuperar (Los dados mágicos…): Historia de la muerte en occidente desde la edad media hasta nuestros días, del gran Philippe Ariés.

Lo vuelvo a leer y vuelvo a entender que el pasado es el más prodigioso de los tiempos, que en sus árboles crecen gemas preciosas que uno puede arrancar con las manos… (Hacia el olvido), pero además, ¡qué gran trabajo ha hecho Ariés! (La muerte en la historia).

Es un historiador, un antropólogo, un visionario de lo antiguo, un literato que escribe con ardor sobre un tema que parece frío (Los relámpagos de la muerte).

Frío para esta época que no admira la vida y por tanto tampoco puede admirar lo que la complementa, lo que la hace real: la muerte.

Escuchemos cómo dice que la familia, el médico y su equipo son “los dueños de la muerte, del momento y también de las circunstancias de la muerte, y se ha constatado que se esfuerzan por conseguir del enfermo un acceptable style of living while dying, un acceptable style of facing death“.

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¿Quién es el fantasma?

¿Quién es el fantasma?

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Monólogo de la señora que compró la casa que soñaba

Yo había soñado desde niña con vivir en esta casa. No sé bien por qué; me parecía que cada vez que pasaba por aquí ella me lo pedía, y me contaba cuentos (Las pesadillas y los terrores nocturnos…). O me hacía advertencias: “No pises la baldosa rota”, cosas así (El hospital Santa María de Punilla).

Tal vez porque en esa edad ya empezaba a descubrir un secreto terrible que las personas mayores me ocultaban. No era el sexo (Notas para comprender la sexualidad humana). Era la muerte (La muerte).

Empezaba a sentir que algún día, por más lejano que pudiera ser, también yo moriría (¿Quién puede escapar de su destino?). Y esta casa tenía, a mi modo de ver, todo lo que se necesitaba para el caso: el aspecto muy fúnebre, el tamaño -era cinco o seis veces más grande que cualquier casa de mi ciudad-, la antigüedad. Los vecinos decían que se conservaba -lo decían cuando yo era chica- desde hacía unos 200 años, y que ningún desastre la destruiría. Ninguna guerra, ningún vendaval.

Era para sentirme aquí segura en los últimos años; casi estaba convencida de que la muerte no se atrevería a ir a buscarme al ver los mármoles más sombríos que ella misma. No se atrevería a abrir el portón de madera trabajada con ángeles caídos y caras de demonios, como para recordarle que ella no era lo peor, que lo peor era el mal.

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Daga Azul - II

Viene de Daga Azul:

Un día abrieron un taller musical en la prisión y me inscribí, por supuesto. Me inscribía en cada clase, en cada conferencia que dieran o en cada obra de teatro que presentaran. Mi idea no era compartir sino aprender, hubiera preferido estar solo en cada actividad.

Daga Azul II

Buscaba una salida para mi propia escala musical (La incidencia de la memoria musical en el desarrollo de la competencia auditiva): antes, el único modo de no escuchar la repetición nocturna de los partidos -de las 9 a las 12- era meterme en casas silenciosas (La melancolía: por una libra de carne).

Y acá debo dar una vuelta para atrás, hacia el comienzo; olvidé relatar algo muy importante (El olvido está lleno de memoria).

Acostumbrado ya a invadir los hogares de la gente durmiente, poco después de la muerte de mis padres fui una noche y entré por la ventana en el hogar de unos desconocidos. Todo lo desconocido y extraño era para mí una fiesta de descubrimientos, todo lo que no era yo y todo lo que no era mío me parecía un mundo deslumbrante (El gran viaje hacia la silueta tan distante).

Veía un fulgor especial en las personas que estaban durmiendo; en las cosas serenas que no me pertenecían y justo en esas horas de la noche alta (Guardianes de la noche, la memoria).

Aprendí a ser más cauteloso de lo que había sido nunca; me convertí en un gato que caminaba y se movía sin hacer el menor ruido por toda la casa que había asaltado; entreabría las puertas, espiaba gente dormida (Ante la puerta de la ciudad).

Esperaba encontrar a la chica más hermosa del mundo y quedarme a su lado mirándola dormir.

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Daga Azul

Amigos, dentro de poco -el 20 de julio- será nuestro día (José Martí y la amistad). Saludo a todos los que pasaron una vez por aquí (Esa otra manera de vivir), y lo recuerdo en especial a Joise por el dolor de su país, además de agradecerle que embellezca mi sitio desde hace tantos años… Y a Celestino y a José María. Y a la memoria inmensa de José Itriago, otro venezolano como Joise, “que se nos fue pero aún nos guía”, diría el tango.

Y a Felipe: gracias también. No sólo a mí me hipnotizan tus relatos, hay gente que busca este blog para leerte.

Hoy les traje un cuento (El cuento y sus características). Ustedes me dirán si los entusiasma y si quieren saber el final:

Daga Azul

Daga Azul me parece un nombre encantador y tal vez sangriento para una mujer, por eso me despertó curiosidad (Literatura y Alquimia). Aunque antes de contar esta historia, debo decir algunas cosas sobre mí.

Soy un hombre afortunado. Mi fortuna no consiste sólo en dinero, tengo también un tesoro enorme de soledad. Me necesito a mí mismo, me apruebo y desapruebo con las palabras que un amante encontraría para hablarle a su amada. Y esto es bueno, o era bueno. Solo bajo el cielo de la noche o el día, mi propia compañía me resultaba espléndida; mi sombra, mi ombligo (Narcisismo y personalidades fronterizas).

Quizá no tanto mi ombligo… De niño me sentí separado de mis padres por una pared o una red (pared-red) invisible.

Ellos eran fanáticos, alucinados. No me miraban nunca a mí sino a sus respectivos delirios: el fútbol y las fotonovelas.

Todavía escucho una radio con la voz de José María Muñoz, apellidos de jugadores de fútbol marcando un gol o errándolo; siento la náusea que me producían los domingos. Y los comentarios amargos o eufóricos de toda la semana.

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