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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Las mejores escenas de películas

Talentos encendidos, desconocidos avatares

Hace algún tiempo (El espacio-tiempo se curva en torno al observador), un tiempo bastante largo en realidad, una década, o más -pero, ¿con qué vara se mide? (Estudio de tiempos)-, ingresé a Yahoo Respuestas con el propósito especial de hacer preguntas (¿Cómo hacer preguntas de manera inteligente?) Seguro renació en mí en ese momento la niña de tres años a la que a lo largo del día, y aun si despertaba por la noche, podían contársele cientos de “porqués”.

En el sitio de Yahoo Respuestas me quedaba hasta la madrugada preguntando, preguntando, preguntando. Lo mío era querer exprimir la sabiduría de todos y bebérmela como un néctar vivificante (Reflexiones acerca del refranero popular cubano).

Lo increíble eran las respuestas que recibía; todos y todas se ocupaban del tema con seriedad conmovedora. Eran brillantes.

De la cantidad de preguntas que hice y de sus maravillosas respuestas, sólo puedo elegir algo, y al azar (Las leyes del Azar). Tampoco sé si estoy robándole algo a Yahoo, si esto pasará a la justicia (La Justicia), si Monografías.com deberá pagar algo a Yahoo y, por ende, dejarme sin trabajo. No sé nada pero me arriesgo (El Riesgo), las muestras que voy a brindarles bien lo valen.

Por ejemplo, esta fue mi pregunta una noche:

¿Si repasamos las mejores escenas de las películas? ¿Cuál recuerdas?

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De pronto un bloque de abismo

Hay un ensayo de Annie Le Brun sobre Sade (De Sade a Freud: el mal como un deber kantiano), publicado por El Cuenco de Plata en 2008, cuyo título es una anticipación a todo tipo de incertidumbres (Principio de Incertidumbre). Por eso lo utilizo para dar nombre a esta nota. También lo utilizo para copiar una de las últimas frases del prólogo de Le Brun, que bien me viene para el caso:

“Hoy, que el humanismo es usado para encubrir la inhumanidad de los hombres, que los derechos del hombre sirven para despreciar el derecho de gentes, que la razón finalmente se agota sin reconocer los monstruos que ha engendrado, ¿no estamos obligados a preguntarnos, mucho tiempo después de Sade, lo que éste sigue sosteniendo?”.

De pronto un bloque de abismo es lo que quería brindarles, amigos míos, en el post del miércoles pasado, pero sin precisar, sin definir muy bien a qué me refería, porque se trataba de El Castillo de Transilvania de los Poetas. Y los poetas (Platón contra la teatrocracia), como se sabe, van tanteando poesía en los lugares innombrables, tal como cualquier otra alma que no sea poeta, según Freud (Freud ¿forense?)

Aun cuando es muy concreto y conocido en el borde de la imaginación, el de Transilvania, como todo castillo, es un lugar incierto (Ceremonia Secreta). Está en nuestra alma a punto de mordernos, y de pronto desaparece un día de verano, a la orilla del agua, donde nos tiramos a tomar sol y a escuchar el sonido del arroyo y eso y sólo eso existe ahora: música y sol (Turismo).

Lo que quería decir en ese post era benévolo: que nos mezclemos con el sol un rato, y con las tormentas y naufragios otro rato.

No se puede vivir sin un poco de abismo; en primer lugar porque no sería una vida verdadera. A nuestros “hijos” y a nuestros “alumnos” -encomillo porque no hay alumnos ni maestros sino roles (El Modelo Pedagógico)- no podemos hacerles cerrar los ojos ante la presencia del mal…, y de otros males. El mal moral y el físico, para intentar mencionarlos (La imperfección como terapia).

El castillo de Transilvania está en todos nosotros, pero podría llamarse de otro modo. Lo que es indudable es que en los castillos pasan cosas extremas, sean el de Drácula, el de la Bella Durmiente, el de Teresa de Jesús o el de Silling, de Sade. En el de Drácula la tragedia es la necesidad de sangre para vivir, en el de la Bella Durmiente es la necesidad de despertar para vivir, en el de Santa Teresa, la de salvarse para vivir, en el de Sade es donde la necesidad es pasar “del otro lado del orden humano”.

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La vieja Transilvania de los poetas

Empiezo a pasar en limpio infinitos poemas, entradas y cuentos de variopintas épocas (Proyecto de vida). Sin orden, por cuaderno que encuentro (El hacedor, inhace). Para convidar a mis amigos con un bocado de mi terrible sombra y a veces con un crocante sol de la mañana (Tras las huellas de Terpsícore)

Me propongo crear de nuevo el mundo pero las cosas se me escapan. Agrego objetos sencillos, trato de crearlo con muy poco: un juego de ajedrez (El ajedrez), una bolsa de comida de perro y un perro, los ojos de Elsa, mi compañera, y casi nada más. Mas en el momento en que reúno todo eso, se derrumba. Me digo: el ajedrez tiene que irse, es superfluo. Después me digo que debería irse la bolsa de comida para perros y, sin comida, irse también el perro. Mi mundo queda sencillísimo formado solamente por los ojos de Elsa. Son dorados y casi nunca me miran (Los no mundos).

La poesía hace surgir al santo, al criminal, al moralista, a la doncella que se alberga en el alma del que escribe y hasta extrae de ella aquello que tal vez no existe. Las palabras pasean por una corriente de vendaval desconocido y pescan otra onda de imágenes. Nunca sabremos a qué inteligencia, a qué amor, a qué asesino le hemos saqueado por un momento el alma.

Transilvania es la tierra de cualquier nacido que haya envejecido lo suficiente… (Vampiros: los Moradores de las Tinieblas).

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La muchacha que se compró un libro

Mis ojos de cuando era niña sorprendieron esta imagen de mí (A través de los ojos de los niños) y yo pensé: cómo envidio a esta hada madrina, a esta hada vieja que está fumando junto al fuego una mañana de frío (La felicidad).

Esta imagen (Imágenes en torno a la mujer):

Es junio, y tengo mi chimenea, mis lápices están ordenados por color sobre la mesa. En cuanto lo deseo, escribo o canto, ya con tinta que vacila, ya con voz oxidada. Y estoy completamente sola en este limbo de alegría (La figura del artista en tres cuentos de Kafka).

Y fue con esa tinta que vacila, oxidada como mi voz (Serguéi Yesenin: “Un solitario ante el espejo destrozado”), que intenté una vez más escribir una novela, de la que adelanto un fragmento.

La muchacha que se compró un libro

Venir con él a Buenos Aires me encantó al principio (Historia de San Telmo -Buenos Aires, Argentina). Casi nos fugamos, me hizo creer que era una especie de rapto, me hablaba con romanticismo. Yo tenía dieciocho años y él cincuenta, ahora tengo veinticinco. Nunca más supe de mi pueblo, no les escribí (La pregunta por el inicio).

Mejor dicho, un día empecé a sentir que en realidad me habían puesto presa, que en realidad yo había matado y me habían puesto presa en serio y que la cárcel era toda la ciudad y la celda mi cuarto, y ya no soporté más estas prisiones. Entonces escribí en un papel pero no mandé nada, porque comprendí que él tenía todo el derecho a hacerme prisionera, aunque más que eso, era esclava.

Y no escribí además a mi familia porque consideraban que yo había tenido mucha suerte al juntarme con él y venirme a vivir a una ciudad como ésta.

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Otro comienzo de novela

Amigos (Los inciertos frutos), les agradezco a todos, uno por uno, una por una, los comentarios sobre el capítulo pasado -¿recuerdan esa novela que perdí? (La novela).

Como tanteando en la sombra he escrito tantos comienzos y finales, y páginas del centro, de novelas, en ocasiones convertidos en cuentitos aislados (Las dudas).

Algunas terminé, otras a punto de finalizar se traspapelaron en cajones, se mezclaron con documentos de identidad, con partidas de nacimiento, con versos malos, con flores que me regalaron y puse a secar (La pedagogía de la Mosca).

Mi intención es concluir la del miércoles pasado (El experimento de la Intención). Para eso tengo que documentarme. Ya un amigo, Mario Alasino, me pasó diferentes textos sobre “la mala vida” en la Buenos Aires de principios del siglo XX , los inicios del tango, los conventillos de la Boca, etc. Espero poder, y si no puedo, inventaré otra cosa. La cuestión es entretener los días.

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Primer capítulo de una novela que perdí

El mundo siempre cree que está por llegar el Apocalipsis (En qué creen los que no creen). Siempre los jóvenes conmocionan y casi maravillan a sus padres y abuelos por la magnitud de sus transgresiones (Jóvenes), los volcanes entran en ebullición en todas las épocas anunciando algo misterioso (Volcanes y Sismos), las pestes aparecen de vez en cuando semejantes a las multitudes de langostas y alimañas que Dios mandó al pueblo pagano de los egipcios (Ébola: La realidad y los hechos). El sol multitudes de veces está por estallar y el fin del mundo se aproxima, ineluctable (Efectos de una tormenta solar para la humanidad).

La cuestión moral se añade a los horrores. Cada día somos más indiferentes hacia los que sufren y cada día invertimos un poco más en nuestros propio beneficio (Enseñamos a amar).

Lo raro es que esto es eterno: si miramos para el pasado está, si miramos para el futuro estará. Creemos que “ahora sí”, ahora la tierra se secó. Dentro de muchos años vamos a seguir creyendo lo mismo.

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Versos para ustedes

Apelo a los versos (Tipos de versos y rimas) por un silencio de mi memoria (El olvido está lleno de memoria), por una parálisis de mi sentir, por una aproximación a la máscara (La máscara desde los griegos hasta O’Neill)

Los versos dedicados a cada uno de ustedes cuatro -lo que me siguieron en el último post- aunque no hayan sido escritos en este momento, fueron escritos para cada uno de ustedes en añosas eternidades. Y no por otra cosa que porque son los últimos que me escribieron se los tallo, y luego sigo escribiendo a tantos amigos que por aquí pasaron.

No importa que halle o no mi voz otra vez. Ustedes están allí.

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El vaso o la vida

Era un admirador del río más que del mar y otras bellezas frías (El Viejo y el Mar - Ernest Hemingway); él le hablaba en lenguaje muy dulce (El lenguaje), pasaba y no volvía (Filósofos de la Naturaleza), pero al pasar sus palabras abstractas y su puro sonido le decían algo que alguna vez descifraría (El destiempo). Le parecía oír: “La muerte tiene hambre”. Pero tal vez no se trataba de eso.

Sí, seguro decía cosas el río, y le cantaba al oído (Cantos guatemaltecos) poemas inmaculados:

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Fábula humana

Ninguna historia (Actualidad del mito), ninguna tragedia es más conmovedora que aquella parte de la Odisea (La Odisea de Homero) donde Ulises llega a su tierra, Itaca, y sólo es reconocido por su viejo perro, Argos (Itaca y la Roda de la Mancha, Hermanas).

Sobrecoge tanto que ahora, para los siglos XX y XXI, Itaca es una especie de sueño interrumpido, una metáfora de lo ilusorio, una tierra a la que se llega por la ilusión y se descubre por la pesadilla (Posmodernidad y economía).

Creo que en alguna oportunidad copié para ustedes el poema “Itaca”, de Constantino Cavafis (Literaturas), pero no resisto recordárselos:

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Otro cuento para ustedes (última parte)

Recibí de José la continuación más espléndida de mi cuento del miércoles pasado. Recibí de Joise unas lecciones de literatura impartidas por Platón (Biografía de Platón).

Recibí de jóvenes que escriben como príncipes elogios y zalemas (La figura del héroe en dos cuentos de Andersen). Y me quedé esperando a Celestino (Niveles de la amistad).

Pero también recibí una sorpresa (Matemagia: Magia y Matemática) entre los comentarios: el de José María Gil, a quien de todos modos yo había convocado.

Aunque… lo convoqué porque hacía mucho que no lo “veía” y lo extrañaba, pero no pensé recibir algo así como una confirmación desde los cielos (Por favor, miénteme…).

Es decir, mi narración, al menos para mí, es del todo fantástica y nada tiene –o tenía en el principio- que ver con cuestiones más profundas, esotéricas…

Pero, ya escrito y publicado el cuento, el día anterior a recibir el comentario de José María, yo, aburrida, había buscado en internet, con cierta displicencia, algo que me entretuviera (Influencia de los videojuegos).

Y encontré 13 lecciones del Kybalión (Naturaleza y propiedades del pensamiento).

Leí con interés; desde mis 20 a mis 40 años había husmeado alguna forma de lo divino en todos los sitios que me fue posible; desde la quintaesencia del ocultismo hermético hasta los libros de Fulcanelli. Y alguna vez emergí de una de esas lecturas con ciertas convicciones. Pero el tiempo pasó y, mientras leía ahora el Kybalión, algo dijo en mí, o yo misma dije: “¡Qué feliz sería si pudiera ahora creer en algo, correr apenas, como dice el texto, el velo de Isis! Necesito urgente una confirmación”.

Así llegó la colaboración de José María. Me desconcerté, ¿qué tiene que ver mi ingenuo relato de cajitas de música y caleidoscopios con lo que cuenta él, inteligente, y no un buscador holisqueante como yo?

“Como es abajo es arriba”, me dije. Además, la ley de gravedad está a mi favor, reuniéndome con todos ustedes.

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