Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Tempestades y honores

Desde muy joven y tal vez por azar (La pasión de escribir), amé a San Juan de la Cruz como poeta (La poesía, oasis para la paz). Me crucé con él en una antología que nos obligaron a leer en la escuela secundaria, y no nos separamos nunca más (Joaquín Marta Sosa: Memoria del arraigo). Escribí infinitos, íntimos e insoportables versos dedicados a él.

Un gran amigo mío llamado Ernesto Costa viajó por España (Amor y patria) y llegó al convento donde había vivido muchos años San Juan; se sentó en un banco del jardín, y a partir de entonces, y de sus meditaciones, sus poemas –los de Ernesto, digo- crecieron hasta la maravilla (El Hombre que se Hizo Ángel).

Sé que el cadáver del santo fue acosado por los creyentes cuando murió, para extraer de él reliquias (Falsificaciones y engaños en la iglesia católica). Casi lo desmembraron cuando asaltaron el carro fúnebre por los caminos que lo llevaban, pero era sólo el cuerpo sin vida de San Juan –y esto en cierto modo está relatado en El Quijote (La literatura renacentista española).

Hubo otros caminos y otras almas para la poesía de Juan de la Cruz. Uno de los receptores fue el papa Juan Pablo II, cuya tesis de doctorado en teología se refiere a este poeta (El Papa: Juan Pablo II. Que la paz sea con Juan Pablo II…).

Por eso más allá de cualquier diferencia en cuestiones políticas, amé profundamente a Juan Pablo, ahora beatificado. Estábamos en sintonía de almas aunque él no supiera quién o qué era yo. Era algo misterioso.

(Continuar leyendo »)

Monografias

Mis amigos

Olga Orozco (Los Ismos y otras vanguardias luminosas) había nacido y vivido algunos años en Toay, una ciudad de la provincia de La Pampa, en Argentina (El rol de la mujer dentro de los contenidos curriculares); hablaba fluidamente de y de vosotros, cantaba tangos cuando se entonaba (Borges y el Tango) y era famosa por su poesía y por sus ojos (Sin niebla en los ojos). Su poesía, constaba en todas las solapas de sus libros, “constituía una de las cumbres más altas del idioma español”. Olga no creía esto último, sí lo de los ojos y la voz. La voz de la poeta era otro respetado tópico porteño y ella misma le había escrito un poema en el que la mencionaba junto a tambores y timbales, creía recordar mi amigo  Enrique, pero para mí era mucho más aún. Raspaba, besaba, raspaba besando, acariciando, esa voz. Miraba rompiendo suavemente. No, destrozaban esos ojos, no eran suaves sino grandes ojos de gigantes serpientes verdes, gigantes, verdes. Todo en ella parecía un poco navegar por mares salvajes, por el corazón de las tinieblas (El mal en Fausto y El Hombre de la Arena). Pasé sin querer a palabras audibles estos últimos comentarios de mi pensamiento.

-Me parece que Mora  me ve demasiado inocente -dijo con ironía Olga dirigiéndose a Enrique y pensando en El corazón de las tinieblas (Historia del Cine).

Por los ojos de Enrique  -“mojarras” según Olga Orozco- desfilaron todas esas luces que, junto con los reflejos de los vidrios de los anteojos, conformaban su insular picardía -la familia de Enrique provenía de del norte de Italia (Los Borgia).

-¿Te molesta que Mora  piense así?

-No -contestó Olga, ahora distraída en sus recuerdos.

-¿No me echarás entonces con una de tus escobas embrujadas? -alcancé a decir en el momento en que hizo su aparición la nueva mucama de Olga, una señora con acento correntino que preguntaba qué queríamos tomar.

-Café -dijimos juntos Enrique y yo.

-Sencillito, nomás -acotó Olga, y Enrique, lo noté, fotografió el instante y lo guardó en su cajita de resentimientos. El enojo lo impulsó a tratar a Olga sin tanto respeto. “¿Por qué ‘sencillito’?”, pensaba.

-Mora  y yo fantaseamos con vos… -dijo. Yo me sentí muy mal y para disimular le quité el sombrero a Enrique; me lo puse. Era un sombrero mexicano que siempre se ponía para hacer visitas, y que nunca se sacaba cuando lo tenía puesto, hasta irse a dormir.

-¿Qué fantasean? -preguntó Olga bastante interesada.

-Que te obligamos a… -interrumpió prudentemente la frase, mirándome azorado por las posibles consecuencias de su arrojo.

Me mareé, sentía que iba a desmayarme; giraba la casa de Olga, sus ojos, las paredes con máscaras africanas y chinas. Enrique estaba a punto de contarle todas las fantasías que él mismo se forjaba, de las que yo participaba sólo por no negarme al juego, por cariño hacia él. En medio del mareo le encasqueté el sombrero loco a Olga.

(Continuar leyendo »)

Monografias

Esas raras feministas viejas…

…y la señora Lepes que hablaba de sus abuelas (Psicoanálisis y vejez):

Esta que digo es la palabra felicidad, que voy a trabajar largamente (Encuentro con la felicidad) -dijo la señora Lepes en la fiesta de disfraces de Las Lunas (Carnaval Psicodrama y Terapia), apenas puso la bandeja con las copas de plata sobre la estufa apagada y comenzó con lo plateado que eran los cabellos de su abuela materna, cuando, con un ramito de violetas agrisadas cruzaba hasta su casa, le tomaba la mano y la llevaba a depositar sobre el abuelo muerto el óbolo de los vivos, torturadas florecitas de invierno (Hamlet - Ofelia, ¿El duelo como una erótica?).

Por eso digo que es un vocablo de tantos matices; no sólo el amor sino las tristezas del amor; no sólo el sol sino los opacos días de humedad y plomo en los que se acrecienta la hierba de la muerte forman el cuadro de esta palabra para ser explicada -dijo, con un modo que la hacía parecer una avispada lingüista (La Pragmática y sus generalidades).

Mi abuela, la otra, la materna, tenía lágrimas como un collar sobre sus labores de crochet, tenía crochet también sobre sus labores de lágrimas (El Mal y el hombre moderno) porque era una hacendosa del dolor: todos los días lo barría y perfumaba, nos decía que no lo ahuyentáramos riéndonos como cascabeles sobre la larga cabellera de su vida que se iba, que había dejado atrás su cometa (Amor cósmico).

Vi el Halley, decía (Apuntes de la Historia Universal Moderna), y no lo volveré a ver pasar, y eso me marca, es una mordedura de la serpiente de Dios saber que hay una fecha fija para algo y que uno tendrá las persianas cerradas, quiero decir …, y enmudecía sobre el color de la larga manta que compuso, allí donde se reflejaba el día de su muerte con la forma de la cabeza de una muchacha.

Yo lo vi, créanme; era un 31 de diciembre, y sonaban todas las campanas de las iglesias alegremente sobre su velorio; la felicidad de ella había sido muy triste, era por eso que se brindaba alrededor, en las casas vecinas, mientras mirábamos su cuerpo.

(Continuar leyendo »)

Monografias

El pelotazo fantasmal

Desde el fondo del pasado (Relación entre el pasado y el presente) me llegó un pelotazo fantasmal mientras miraba por televisión el partido de fútbol Argentina-Holanda (La mujer en el deporte: Un acercamiento al fútbol). Por suerte era fantasmal y se disolvió en el aire, porque la pelota estaba hecha de huesos; mejor dicho, era un cráneo humano (Las Religiones primitivas).

Esperé a que terminara el partido, festejáramos, etcétera, y me arrimé a los diccionarios y los libros de historia (Historia, espejo del pasado y brújula del futuro): esa pelota venía de los juegos ceremoniales de los aztecas (Historia de México 1). Parece ser que este pueblo, maravilloso en todos los sentidos y violento sin perder un ápice de su admirabilidad, ya que tenía una cosmovisión en la que el individuo era un poco menos que la especie, pateaba cráneos de verdad, y que el juego estaba reglamentado con precisión: dos jugadores, el que ganaba era ofrecido en sacrificio (El rostro oculto del hombre americano).

Lo primero que se me ocurrió era obvio: de haber jugado yo, y aun de saber jugar, hubiera perdido. Ningún dios me deleita más que la vida (La Vida). Pero, según leí, estos muchachos estaban ansiosos por ganar, tanto como cualquier Messi, tanto como cualquier calvo Robben, el holandés (Autoestima -Alas y Raíces-).

Pero seguí leyendo el libro de los mexicas y encontré para regalarles a ustedes esta magnífica oración -en realidad, se me ocurre que puede rezarla cualquiera de nosotros, aun hoy, porque la poesía salva las distancias entre las religiones:

“Madre de los dioses, padre de los dioses, el dios viejo, tendido en el ombligo de la tierra, metido en un encierro de turquesas. El que está en las aguas color de pájaro azul, el que está encerrado en nubes, el dios viejo, el que habita en las sombras de la región de la muerte, el señor del fuego y de los años”.

Ya en anteriores incursiones frente al televisor fanático de los partidos del Mundial, se me habían ocurrido algunas cosas ciertamente truculentas.

En lo que más pensaba -y justo ahora, cuando un peligro real nos acecha- era en la guerra.

¿Por qué se ama o se odia tanto un color, una camiseta, una nacionalidad? Este amor o este odio parece, en efecto, el origen de la guerra, de toda guerra, quiero decir.

(Continuar leyendo »)

Monografias

Para contribuir a la confusión un poco más

Me pareció deliciosa la discusión hermenéutica (Hermenéutica)  entre mi amado caballero andante, Joise, y Gabino Francisco Ramírez Sánchez, de quien espero tanto como de Joise (Amistad civil en Aristóteles).

Hoy, por ejemplo, quizá yo no le resulte tan sencilla a Gabino (Dulce María Loynaz: lengua y poesía). Y es que, tal como le refirió mi otro caballero de estos caminos virtuales y tal vez mentirosos, José Itriago, el lugar al que llegó está erigido para escribir lo que uno verdaderamente tenga ganas de escribir; sin compostura, sin exigida ortografía ni sintaxis (Producción de textos). Uno, en definitiva, es como puede, y poder hablar aunque sea con interjecciones o monosílabos ya es algo (Los roles en nuestra vida). Pienso en esto hasta como una ayuda solidaria que nos podemos dar unos a otros (El concepto “solidaridad”); escucharnos tratando de descifrarnos (Herencia y Ambiente).

Este es un espacio donde todo el mundo puede decir lo que piensa aunque no piense nada, señor Gabino! Y la primera que lo hace… soy yo.

Por ejemplo, ¿no le parece absurda mi siguiente reflexión, o tal vez no absurda, sino Vacía? (Albert Camus).

Se trata de un dolor infinito  y desconocido que me atravesó hace tiempo, cuando fui con Elsa, Mane, Ignacio y Guillermo a un muelle de pescadores en el mar, una tarde.

(Continuar leyendo »)

Monografias

En memoria de Laura

Que nuestro espacio sea un lugar de encuentro (El encuentro), de alegría algunas veces (La risa como terapia) y de poesía muchas (Historia de la Poesía) -en especial por las respuestas de mis increíbles amigos lectores y escritores- no significa que afuera no pasen cosas tristes. No significa que afuera no hayan pasado cosas tristes. Tampoco significa que debamos olvidar (La Vida).

En cada lugar de América latina, alguna vez, suceden, sucedieron (La Sociedad Posible en Discurso Político Latinoamericano). Y hubo ogros y princesas y príncipes, o mejor dicho, asesinos y jóvenes o viejos idealistas, llenos de amor y con el brazo armado o desarmado, pero siempre elevado y amado hasta lo alto del mundo (La deriva humana construye un paisaje a cada momento vivido).

Laura eternamente tenía en los labios esta frase: “Siempre confié en la benevolencia de los extraños”. Adoraba a Blanche Dubois, la protagonista de Un tranvía llamado deseo, que la decía al final de la película (El cine y la literatura, una relación de intertextualidad).

Otros habían elevado los brazos también, y blandían una bandera de odio (Resentimiento vs. Estupidez).

En memoria de Laura

De haber sido un poco menos flaca, no hubiera entrado allí. Cuando se dio cuenta de que entre la última “comida” que le llevaron y la que tenía ante sus ojos no sabía cuánto tiempo había pasado, si uno o dos días, tomó el tenedor e hizo su primera marca en la pared negra y diminuta, dejando una señal blanca que ella sola entendía o sabía que estaba. La tercera y la cuarta marcas las hizo juntas, porque calculó dos días entre plato y plato. Así, como se acordaba perfectamente de la fecha en que la llevaron, calculó cada día de cada mes. La cuenta sólo podía fallar por unas pocas horas, estaba al tanto de su presente. Pero sólo en eso se parecía a un humano, en la idea del tiempo. Todo lo demás se había alejado de su vida, y de la vida en todo sentido, con sus espacios y sus amaneceres y crepúsculos.

(Continuar leyendo »)

Monografias

Teofanías: la dicha de ser Yo

Para decirlo muy sencillamente, una teofanía (El hombre, animal religioso) es un momento en que se ve clarísimo lo del alma (Alma platónica), lo del tiempo, lo del paisaje (El espacio-tiempo se curva en torno al observador).

Los humanos, casi sin darnos cuenta, tenemos a menudo alguna teofanía, por más solemne o sagrada que suene la palabra (El Razonamiento en los Humanos).

Hay teofanías muy poéticas, como cuando alguien que está meditando oye el caer de la ceniza del sahumerio (La conciencia) y otras que no parecen más que razonadas e inteligentes reflexiones, como el siguiente fragmento de una nota periodística de Chesterton (La novela policial), en la que además de genio sospecho la iluminación -en este y en muchísimos escritos del glorioso escritor inglés:

“Si no tenemos más remedio que presumir, mejor será que sea de talentos o méritos que no tengamos. Porque entonces nuestra vanidad será superficial, un simple error, como el de quien cree tener sangre real o un sistema infalible para ganar en Montecarlo. Como no son méritos reales, no corromperán ni desvirtuarán nuestros méritos reales. Y aunque presumamos de virtudes que no tenemos, siempre podremos ser humildes con las que sí tenemos. Las cualidades que de verdad nos honran conservarán su inocencia original, porque no podremos verlas ni viciarlas..(…) Hay, sin embargo, otro género de satifacción que no es ni orgullo por virtudes que tenemos ni orgullo por virtudes que no tenemos… Y es la satisfacción que se siente por poseer o no poseer ciertas cualidades sin preguntarnos si eso constituye una virtud. Podemos felicitarnos por no ser malos en un determinado sentido, cuando la verdad es que no lo somos en ese sentido porque no somos lo bastante buenos. Dirá algún cleriguillo: ‘Tengo razones para congratularme de ser una persona civilizada y no tan sanguinaria como el Mad Mullah’. Y alguien tendría que decirle: ‘Un hombre realmente bueno sería menos sanguinario que el Mullah. Pero si es usted menos sanguinario que él, no es porque sea mejor hombre, sino porque es mucho menos que un hombre. No es sanguinario porque perdone a su enemigo, sino porque huiría de él’. Por lo mismo dirá algún puritano: ‘Tengo razones para jactarme de no adorar ídolos como los infieles griegos antiguos’. Y alguien tendría que decirle: ‘…si usted no adora ídolos, es solo por ser moral y mentalmente incapaz de esculpirlos. Quizá la religión esté por encima de la idolatría, pero usted está por debajo de la idolatría’”.

(Continuar leyendo »)

Monografias

José Pedroni: “mi corazón venido del desierto”

A pesar de lo dicho en el post anterior, los niños tienen la capacidad de formar el paraíso con cuatro muros blancos y una luz, y de encontrar el arco iris en las gotas de agua (El genio y el olvido).

Por eso pienso que casi ninguna infancia es infeliz; ninguna infancia (La Segunda Infancia) ni ninguna tercera o cuarta infancia como lo es la vejez, esa “segunda inocencia” que menciona Antonio Machado (Antonio Machado, el poeta del pueblo…)

Pero ahora hablo de la infancia biológica, casi llegando a la adolescencia, ese tiempo exagerado de abismos y de brumas y soles y esperpentos (Adolescencia).

En esa época fue que conocí casualmente a un gran poeta -yo tenía quince años, él unos setenta; amigo de mis padres por una circunstancia de oficinas y funcionarios y luego por deberes del corazón.

Veo la fotografía de José Pedroni en sus últimos días y lo veo, y escucho su voz recordando poesías o hablando de trovadores y otras diversas hierbas parecidas (Inmigración a la Argentina: los gringos).

Creo que -desde lejos, porque tampoco era que yo me pasaba todo el día a su lado- sus limpios ojos azules sostuvieron la parte más simpática de mi destino; su sed llamó a mi sed de simplicidad y de poesía, su vida que se acercaba al final se encontró con la mía que comenzaba y fue vivificante para mí.

(Continuar leyendo »)

Monografias

Poesía salvadora

Claro que yo leí Crimen y Castigo (Crimen y castigo) y a De Quincey con cierta ligereza (Los caminos de -hacia- Parménides), pero fue mucho antes de eso, fue casi desde el día en que en el sanatorio donde nacía mi hermano -y por lo tanto yo no podía tener más de un año y medio- me di cuenta de que era una persona, que sentía mi ser, pequeño y definido, como un punto, como una estrella o una mesa: era (Contra el chip filosófico).

Y fue desde entonces quizá que sentí esas oscuridades peligrosas de mi ser, esos deseos como de cometer un acto irremediable, matar, zozobrar, flotar en esas tinieblas que eran el infierno y que colgaban iguales a cortinas negras de todos los lugares de mi casa de infancia (La escena en Foucault); el negro aburrimiento era una bruja que iba a buscarme y me llevaba de la mano hacia todos los juegos, porque en el fondo de cada diversión había un hueco con un cartel que yo aprendí a leer perfectamente que decía “la alegría no es verdadera”, o “la alegría no está”, o “la alegría no existe” (Universo consciente).

Tenía siete años cuando hice la comunión y ya desde entonces casi no dormía (Religiones). Era el fantasma del -voy a nombrarlo otra vez- infierno verdadero, con fuego y con demonios, al que yo había empezado a temer en las clases de catecismo el que ocupaba todo el espacio de mis sueños. Había una oración de la cual ya no recuerdo más que la palabra pompas unida a demonio y a mundo con la que yo quería desterrar del corazón todo ese sufrimiento, pero a qué precio…

Era, o así lo entendía, al precio de no ser jamás feliz en este mundo como se conseguía el cielo. Y el cielo era una parcela de azul anodino donde se contemplaba eternamente el rostro barbado de Dios, donde una también se aburría infinitamente pero estaba salvada, al menos un lugar donde una no se quemaba para siempre.

La oración que había aprendido a rezar con más unción la había inventado yo misma: -Dios, que no haya otra vida; Dios, que no existas… -al rezarla imaginaba un sencillo paisaje de hierbas y de flores y allá abajo yo estaba sola, solo mi cuerpo. Y mi alma había muerto.

(Continuar leyendo »)

Monografias

Los asesinos de los días de fiesta

Marco Denevi –que ahora está en el cielo soñando cuentos maravillosos- me prestó el título, Los asesinos de los días de fiesta.

Además de gustarme mucho ese nombre para mi post, el préstamo me sirve para que ustedes puedan leer dos palabras, o tres, sobre ese gran escritor que me parece un poco, algo, olvidado. Y si son verdad mis pareceres, sería muy injusto.

Marco Denevi es reconocido en Monografías.com por los siguientes trabajos:

Ceremonia Secreta;

Rosaura a las Diez;

La novela policial;

Romanticismo, Literatura Romance;

Literatura argentina: notas y entrevistas;

Un constructo: el narratario;

Los muchachos de antes no planchaban camisas.

Los asesinos de los días de fiesta

Los cuentos de hadas con sus ogros, árboles retorcidos llenos de ojos que miran con maldad, duendes perversos y brujas que envenenan, son el antecedente de los relatos de exquisitos crímenes, que hipnotizan a la gente mayor. Nietzsche asegura que el hombre es un niño y que ese niño necesita seguir jugando, y lo dice como si dijera que el hombre es un niño y ese niño necesita seguir horrorizándose.

Creo que Poe puso de moda –o inventó, para ser más respetuosa del genio- estas narraciones “para grandes”; crímenes que exigen racionalidad y astucia para ser resueltos pero dentro de los cuales también se acaricia lo sobrenatural del terror o el terror de lo sobrenatural, según sea el relato; esos temores que nos gusta desde siempre temer.

Poe fue durante toda su vida un niñito que jugaba con el desamparo y el miedo, pero además, como no podía ser de otro modo, algunos biógrafos dejan deslizar que él sabía tanto de determinado crimen que narró, extraído de la vida real, que era sospechoso de haberlo cometido.

(Continuar leyendo »)

Monografias

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda