Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La herida de Ignacio de Loyola

Soy un cura viejo y lleno de demonios (Mitología cristiana. Demonología). Ya estaba lleno de demonios el día que vino a visitarme el cardenal Bergoglio y se lo comenté (Enfermedades emocionales. La epidemia del siglo). Él me miró y sonrió, porque me comprendía (Inteligencia emocional).

Los curas tenemos múltiples vidas: todas las de quienes se confiesan con nosotros, y algunas más, muy propias (La neurociencia del ego).

Fue un año después de esa visita -tenía que ver y escuchar algo importante- que estaba tratando de arreglar a los golpes mi decrépito televisor en blanco y negro. Mis manos se habían puesto moradas de golpearlo arriba, atrás, a los costados, y nada, sólo una imagen borrosa, sin sonido.

En el colmo de mi desesperación, di un violento puntapié hacia la izquierda y apareció una voz con acento francés que leía en latín. Escuché la palabra Bergoglium: habían elegido al papa Francisco (Secretos del Vaticano).

Me emocioné, porque soy un poco simple. O tal vez no sea tan simple, ya que la simplicidad es más bien una virtud, porque, como insinué, cargo sobre mí casi todos los pecados del mundo, pero me conmoví. Quizá porque soy un hombre común, reconstruí el momento en que Francisco -cuando era cardenal, en Buenos Aires- me dio su mano y se quedó un largo rato reteniendo la mía cuando vino a visitar mi parroquia y me ofreció ayuda para el barrio.

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El templo de la infidelidad

Ya de por sí son fantasmales las historias de la gente que se queda sola en viejas mansiones por donde corren las leyendas (Estancias, mansiones y fantasmas: La Estancia Montelen), y únicamente se relaciona con sus servidores en medidas palabras. Y si esa gente tiene una inmensa biblioteca, más aún (La otra biblioteca).

Y este era el caso.

Casi no puedo pronunciar el nombre de ese hombre, de puro respeto y temor. Al decir “Pedro” convoco una oscuridad dentro de mí que casi se puede tocar, que mis manos pueden tejer (¿Qué puede representar el nombre propio para la Psicología?).

Pedro fue niño y apenas si pisó la escuela (El miedo en la infancia). Sus padres le enseñaron a leer -aunque podrían haberle puesto un tutor ellos le enseñaron- y a partir de que aprendió a leer todo lo demás le resultó poco importante (Estrategias para la lectura).

Pedro fue adolescente, pero el mundo que se abría ante él se cerró como un libro que ya hubiera leído muchas veces. no le interesaba lo bueno ni lo malo de ese mundo o lugar (Adolescencia y Juventud).

Las muchachas más bellas y enigmáticas aparecían dando vuelta las hojas, Pedro se relacionaba con ellas por medio del deseo que le transmitían desde lejos, a veces desde épocas remotas (Concepción del amor y la mujer en “De sobremesa”).

No era por cobardía (Las emociones negativas). Él estaba seguro de que cuando tomara de la copa que le ofrecía Lucrecia Borgia se intoxicaría (Los Borgia), o que cuando se enfrentara a Elizabeth Bathory, la condesa, para salvar a aquellas niñas a quienes ella les bebía la sangre, sería atravesado por una espada de la criada G., que amaba a Elizabeth (Asesinos seriales).

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Canibalismo

Cuando cumplía años era como si un momento de silencio y de quietud atravesara la fiesta (Y si estoy, ¿en donde estoy?).

Ahora cumplía nueve y sucedió lo mismo. Miro esa vieja “fotografía”: mi mamá cortando la torta rosada, mi amiga Patricia extendiendo su plato, y a mí no me veo, claro, yo soy la que mira la foto imaginaria (La fotografía).

Después, de nuevo cantos, juegos y risas (La Parranda ¡Aleluya!). En ese silencio de un segundo estaba contenido mi destino, esa quietud era mi quietud actual (¿Existe el destino?).

Venía la parte en que salvajemente mis amigas y yo hacíamos explotar los globos, uno detrás de otro. Teníamos sensaciones de guerra, de fusiles que respondían, de ráfagas de ametralladora -ráfagas de ametralladora decían en esa época las noticias de los diarios, del diario que yo le leía entrecortadamente a mi abuelo, ciego en su último año (Los iluminados - de Marcos Aguinis).

Mi mamá se había retirado a la cocina a fabricar más chocolate -el chocolate para el que tenía un rayador especial que lo convertía en hebras deliciosas (Chocolate - Origen e historia).

Los globos habían acabado de estallar; sin embargo nuestros rostros de niñas guerreras seguían en combate, y luego las manos, los cabellos y hasta los pies combatían, aunque nos conteníamos bastante con una dulzura hipócrita que nos habían enseñado (“La Náusea” -Jean Paul Sartre).

De pronto llegó a la casa la abuela; ella sí era dulce de verdad y traía abrazada una muñeca gorda -tan tierna, tan parecida a mí con sus hoyuelos en las mejillas y en cada comienzo de los dedos.

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Una mujer que leía un cuento

Una mujer que leía un cuento largó desesperadamente el libro (Módulo escritura). Llegaba a la parte en que la mujer protagonista iba a conseguir hacerlo: matar (Principio de no maleficencia).

La mujer había entrado al zoológico buscando algo para odiar -un animal, un hombre que se cruzara por las galerías, una brisa repentina que le levantara la falda (El Gen Homicida, y Atavismos que Matan).

Había probado los enamorados que gritaban y se besaban en la montaña rusa -ella misma sacó un boleto para sentarse en la montaña rusa- para odiar en masa. Detrás de los barrotes, trató de odiar al león. A los monos también; a uno que la miraba fijamente.

No pudo (El fenómeno de violencia más devastador que existe en la actualidad: la agresión humana a los animales). Pero ahora la lectora se dio cuenta de que sí iba a poder. El relato se acercaba peligrosamente a la palabra “oso”, y “El oso” era el título del cuento. La escritora le había puesto ese título porque algo sucedería con el oso (El oso de anteojos).

Largó desde su cama el libro lejos, muy lejos. Ese rectangulito luminoso de tapas brillantes atravesó la puerta de su cuarto, mirado, desde la cama, por ella, y se iba perdiendo en el pasillo hasta que no lo vio más, en el montón informe de cosas que desaparecen de la vista y poco a poco del recuerdo. Ella no lo vio más; se dio vuelta en la cama después de acomodar las sábanas y la colcha y se preguntó si sabía bien quién era ella… No era la eterna pregunta filosófica, era una pregunta real. No daba múltiples opciones ni buscaba que le contestaran que ella era una especie de diosito interior, o el mismo universo, o el destino de una mujer, o una esclava de fuerzas exteriores, o la reencarnación de Nefertiti. No.

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Mis amores de poeta (reconstrucción)

Una escritora del futuro (¿Tiene la literatura sexo?) -no de las mejores, pero sabe español (El papel de la relevancia en la traducción)- me presta su lápiz para que yo narre mis amores (Los amores de Friedrich Nietzsche).

Antes de narrarlos, procuraré aclarar un poco más el panorama de mi vida y mi obra (Brecht, Vallejo y Bécquer. Tres ensayos críticos). Y que no se considere soberbia el hacerlo (Los 7 pecados capitales): ya estoy muerto y mis páginas se mezclan con las páginas de otros muertos y lo único que importa es lo que dejamos escrito, no nuestra talla de hombres o mujeres.

De todos modos, cuando soy yo el que literalmente habla en este monólogo autobiográfico y de tantas voces a la vez, mis palabras van en letra cursiva (Autobiografía: la experiencia personal en la elaboración literaria).

Cuando hablan otros todo va encomillado, menos los aportes de “mi” escritora.

Ahora continuaré, con menos culpa… (No tiene la culpa el rey…).

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Breve autobiografía de poeta

Breve autobiografía de poeta

Mi padre fue pintor y retratista (El arte en el siglo XIX…), se llamaba José y firmaba con su segundo apellido, que era de la nobleza flamenca y que nos legó a mi hermano Valeriano y a mí (Don Juan de Austria). Quiso que cada uno de sus hijos -fuimos ocho varones- llevara el nombre de algún emperador. A mí me tocó el del rey de Suecia (Suecia entre las dos guerras mundiales).

Cuando tenía cuatro años, él me contó mi bautismo y nunca lo olvidé, porque lo contó como si fuera una fotografía (Historia de la enseñanza de la fotografía), o quizás una película muda, aunque ni fotografías ni películas había en ese tiempo; las hubo recién después que yo morí (Historia del cine).

El bautismo, de doble capa y con órgano, se realizó en la iglesia de San Lorenzo Mártir. Una joven me llevaba en sus brazos, Manuela, que era muy bella, sensible como pocas, y cruel. Estaba destinada a ser algo más que mi madrina, a ser algo así como una madre nada amorosa y distante para mí.

En la época de mi nacimiento fue más o menos cuando los turistas cultos empezaban a visitar el lugar, y mi padre se hizo rico vendiendo sus paisajes andaluces y retratos coloridos, al óleo (El romanticismo). Era un excelente artista. Recuerdo entre nieblas que tenía lindos coches y caballos y que vivíamos como príncipes, tal como él lo deseaba.

Pero de pronto yo tenía cinco años y mi padre murió, y mi madre, Joaquina, no había parido aún al octavo varón de la familia.

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¿Bécquer? No, yo

Pensaba escribir sobre Bécquer para levantarlo un segundo de su caja, halagarlo un poco, después agradecerle (Lo siniestro en las leyendas de Bécquer: la ajorca de oro).

Empecé a recordarlo leyendo el comienzo de un prólogo con una cita del propio Gustavo Adolfo en las palabras fúnebres a su hermano Valeriano; parecen una simpleza pero tienen su encanto de despedida y, examinando la vida de los hermanos, mucho más (Lenguaje verbal. La importancia de las palabras):

“Como sabes nuestro padre era pintor y murió siendo nosotros muy pequeños” (La Civilización Española en el Siglo XIX).

El prólogo de marras empieza a su vez citando a los hermanos Álvarez Quintero (El Genio Alegre, novela de Joaquín y Serafín Álvarez Quintero) y este comienzo no lo puedo rehuir, coloca en situación:

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Las olas de la memoria

De ustedes recibo mucho, permanentemente. A veces me parece que estoy en falta de reconocer y agradecer, aunque sólo es el apuro (Tibidabo).

El tiempo debería abrirse y fluir como un universo (El sueño de Einstein).

Por eso hoy comenzaré  a saludar con nombre y apellido a los últimos que me escribieron, a los que tengo más a mano (El porqué de los apellidos y su formación).

Con el tiempo, y yéndome para adelante y para atrás, tal como la memoria y sus olas, habré saludado a todos mis amigos. Si Dios o los dioses lo permiten (Quienes son vuestros dioses).

Por ahora, a todos, hasta a los futuros (Pensar el futuro, y construirlo), les escribí un cuento breve.

Un cuento cuya única sorpresa es la Realidad (El cuento y sus características).

Yo, que me especializo en finales curiosos, a este cuento decidí darle el más inesperado. Ya lo verán.

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Copias de un viejo cuaderno

Acabo de descubrir que no tiré todos mis pasados escritos; descubro un cuaderno muy viejo, muy pequeño, muy desorejado. Se había ocultado en un cajón de ropa vieja (La risa como terapia).

No sé si las cosas que me resultan curiosas lo son también para ustedes, mis lectores amigos (La empatía y su entendimiento neural). Tal vez sólo las considero de ese modo porque me pertenecen y algo -aunque sea tonto e intrascendente- me dicen o me recuerdan de mí misma (Acerca del narcisismo).

En este cuaderno, sin embargo, no todo lo que está escrito -con mi letra- me pertenece, en algunos casos ni siquiera tiene que ver con mis elecciones de temas o con mis elecciones literarias. ¿Tienen ustedes, para esto, alguna explicación que me ayude a entender? (La enseñanza para la comprensión).

Pero me juego a que les interesa saber lo que esconde este infiltrado en el placard, que quiso salvarse de un gran incendio. El incendio que arrasó con mi pasado, voluntariamente (La fatalidad del fuego prometeico).

Contiene un poema mío, dos de Borges (La reinvención de Cervantes en dos poemas de Borges), varios comienzos de notas -mías o de otras personas, que quedaron truncas-, y hasta un principio de novela que no sé si alcanzaré a copiar. O que no sé si vale la pena hacerlo.

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Un gaucho

Yo era libre (La libertad) y salvaje; cuando me apresaron, la muerte me devolvió la libertad casi inmediatamente.

Es que para los gauchos el horizonte es sin puertas, sin cerrojos; mi caballo y yo eran mi cuerpo (El gaucho).

Dicen que el primer gaucho fue un andaluz, un tal Alejo Godoy que se lamentaba todo el tiempo por la vida miserable que llevaba en la aldea de Buenos Aires como soldado raso (Inmigración a la Argentina: Españoles -hasta 1975-). A fines del 1500 le escribió una quejosa carta al rey de España, y como el rey no le contestó se puso a gritar en la plaza mayor: “¡Muera Felipe II!” (Felipe II: El primer globalizador). Antes de que lo prendieran partió raudo al campo al galope y se perdió en la tierra ancha. Así de libre quiere ser el gaucho, nómada eterno, sin vueltas y dueño de su propia ley.

En Argentina (Historia argentina), donde yo nací, la gente distinguía entre gaucho bueno y gaucho malo (Los gauchos de Sarmiento frente a los gauchos de Hernández).

El primero era rastreador y baqueano -Sarmiento no lo quería decir, pero era hijo de un gaucho rastreador y baqueano, todo se sabe cuando uno ha llegado, como yo, al más allá-. El gaucho malo, para Sarmiento, era una especie de ermitaño movedizo cuyo único hogar era el caballo: “un salvaje de color blanco”, escribió.

Yo, si me atengo a esos modelos, fui un gaucho malo -solidario, noble, pero bien fuera de la ley; ya les cuento mi historia.

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