Después de Auschwitz y otras yerbas

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Eduardo Galeano

de Eduardo Galeano

Todos tenemos algún vidrio roto en el alma, que lastima y hace sangrar, aunque sea un poquito. Entonces, al escribir, siento que puedo sacar un poco de esos vidrios fuera de mí. Al ponerlos en un papel, ya no me dañan.

Eduardo Galeano

de Eduardo Galeano

Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: «Cierren los ojos y recen». Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.

Eduardo Galeano

de Eduardo Galeano

De nuestros miedos nacen nuestros corajes, y en nuestras dudas viven nuestras certezas.

Eduardo Galeano

de Eduardo Galeano

Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca, ni un dedo fuera de la mano.

Eduardo Galeano

Las trampas del tiempo - Eduardo Galeano

Sentada de cuclillas en la cama, ella lo miró largamente, le recorrió el cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los poros, y dijo:

– Lo único que te cambiaría es el domicilio.

Y desde entonces vivieron juntos, fueron juntos, y se divertían peleando por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían anudados.

Ahora este hombre, mutilado de ella, quisiera recordarla como era.

Como era cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenia la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.


 Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.

Eduardo Galeano

Si se te pierde el alma en un descuido - Eduardo Galeano

¿Qué hace esa india Huichola que ésta por parir? Ella recuerda. Recuerda intensamente la noche de amor de donde viene el niño que va a nacer. Piensa en eso con toda la fuerza de su memoria y su alegría. Así el cuerpo se abre, feliz de la felicidad que tuvo, y entonces nace el buen huichol, que será digno de aquel goce que lo hizo.

Un buen huichol cuida su alma, su alumbrosa fuerza de vida, pero bien se sabe que el alma es más pequeña que una hormiga y más suave que un susurro, una cosa de nada, un airecito, y en cualquier descuido se puede perder.

Un muchacho tropieza y rueda sierra abajo y el alma se desprende y cae en la rodada, atada como estaba nomás que por hilo de seda de araña. Entonces el joven huichol se aturde, se enferma. Balbuceando llama al guardián de los cantos sagrados, el sacerdote hechicero.

¿Qué busca ese viejo indio escarbando la sierra? Recorre el rastro por donde el enfermo anduvo. Sube, muy en silencio, por entre las rocas filosas, explorando los ramajes, hoja por hoja, y bajo las piedritas. ¿Dónde se cayó la vida? ¿Dónde quedó asustada? Marcha lento y con los oídos muy abiertos, porque las almas perdidas lloran y a veces silban como brisa.

Cuando encuentra el alma errante, el sacerdote hechicero la levanta en la punta de una pluma, la envuelve en un minúsculo copo de algodón y dentro de una cañita hueca la lleva de vuelta a su dueño, que no morirá.

Eduardo Galeano

de Eduardo Galeano

Me fui. No dije adiós. Eso es algo que debo todavía.

Eduardo Galeano

Unicuerpo - Eduardo Galeano

Con la ayuda de sus bastones blancos y unos cuantos tragos, ellos se abrían paso, mal que bien, por las callecitas de Tlaquepaque.

Parecía que estaban a punto de caerse, pero no: cuando tropezaba ella, la sostenía él; cuando él se bamboleaba, lo enderezaba ella. A dúo andaban, y a dúo cantaban. Se detenían siempre en el mismo lugar, a la sombra de los portales, y cantaban, con voz castigada, viejos corridos mexicanos del amor y de la guerra. Algún instrumento usaban, quizás una guitarra, no recuerdo, ayudando al desafine; y entre canción y canción, hacían sonar el cacharro donde recogían las monedas del respetable público.

Después, se iban. Precedidos por sus bastones, atravesaban el gentío bajo el sol y allá lejos se perdían, destartalados, rotosos, bien agarraditos el uno al otro, pegados el uno al otro en los vaivenes del mundo.

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La dictadura invisible - Eduardo Galeano

¿Pero quién es este asesino en serie, que mata todo lo que toca? Habría que meterlo preso, se me ocurre. Pero ocurre que no se le puede encarcelar porque él tiene la llave de todas las cárceles. Y porque es un sistema, un sistema universal de poder que ha convertido el mundo en un manicomio y en un matadero. Estamos gobernados por una dictadura invisible.

Eduardo Galeano

El nombre - Eduardo Galeano

El pueblo de Cerro Chato nunca tuvo ningún cerro, ni chato ni puntiagudo. Pero Javier Zeballos recuerda que Cerro Chato sí tenía, en los tiempos de su infancia, tres comisarios, tres jueces y tres doctores.

Uno de los doctores, que vivía en el centro, era la brújula de los mandados. La mamá de Javier lo orientaba así:

–De la casa del Doctor Galarza, vas dos cuadras para abajo.

–Esto queda en la esquina del Doctor Galarza.

–Anda a la farmacia que está a la vuelta del Doctor Galarza.

Y allá marchaba Javier. A cualquier hora que pasara por allí, con sol o con luna, el Doctor Galarza estaba siempre sentado en el zaguán de su casa, mate en mano, dando cumplida respuesta a los saludos del vecindario, buenos días, Doctor; buenas tardes, Doctor; buenas noches, Doctor.

Ya Javier era hombre crecido, cuando se le ocurrió preguntar por qué el Doctor Galarza no tenía consultorio médico ni estudio jurídico. Y entonces se enteró. Doctor no era: se llamaba. Así había sido anotado en el Registro Civil: Doctor de nombre, Galarza de apellido.

El papá quería un hijo con diploma, y aquel bebé no le pareció digno de confianza.

Eduardo Galeano
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