De Roswel y otras historias

Valoraciones desde la Psicología y temas sobre Poesía

 

GÉNERO. ¿DIVERSIDAD Ó UTOPÍA DEL REINO?

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Ha salido la mujer

de la costilla de Adán.

¿Y él?

Transcurre un nuevo año del siglo XXI y aún subsisten -entre otras cuestiones- debates, diferencias e injusticias en los modos de aceptación o no del hombre y la mujer.

Si volcásemos la mirada en la historia que nos precede, y por qué no, en la que ocupamos, podríamos observar cómo se encuentra, desde los inicios, la preocupación sobre los modos de reconocer y asumir la igualdad y diferencia de géneros que envuelve al ser humano desde la constitución de sociedades.

Hoy día los artículos, eventos teóricos, discusiones y puntos de vistas, proliferan con velocidades vertiginosas en relación al tema género. Existen inquietudes en cuanto a la evolución que toman la masculinidad y la feminidad y la dialéctica que ocupan comoquiera que constituyen patrones identitarios desde y para la sociedad. Aunque también preocupante para nosotros el desenvolvimiento de aquello que comprenda al ser humano, no pretendemos aquí asumir que disertaremos nada nuevo sobre el tema sino proponer un punto de vista diferente en su enfoque de análisis.

Punto de vista dirigido a un análisis del ahora y la historia del hombre y la mujer, que nos permite ver cómo la referencia a los géneros masculino y femenino desde la propia terminología para referirnos a los hombres y mujeres, niños y niñas de hoy, no resulta para nada nuevo ni exclusivo de la época moderna sino que, desde la constitución de las sociedades en las diversas civilizaciones de la antigüedad, cuando ya se elaboraban, de un modo u otro, los primeros códigos morales o legales que se conocen, existía un reconocimiento de las particularidades de ambos sexos y sus desempeños sociales (véase Código de Hammurabi, Código del Manú, Popol Vuh, el Corán y la Biblia, entre otros) de acuerdo a cada singularidad.

¿Quiere esto decir que siempre existió el reconocimiento justo, en relación a igualdad de deberes y derechos, a ambos sexos? Pues, a priori, podríase responder que no; ello está en dependencia del entorno socio histórico preciso y la evolución de una civilización u otra, entre otros aspectos, donde se evidenciaban indistintamente el culto patriarcal ó al matriarcado, según el caso.

Realizando un viaje superficial en el tiempo vemos cómo ya en el medioevo se inicia una serie de procesos que, bajo los influjos del clero en su afán de someter a las masas y al Estado de acuerdo a sus intereses en el mundo occidental, comienzan a dar fe de discriminaciones hacia la mujer y por ende de restringidas opciones de vida que dan lugar a búsquedas de alternativas que la historia –justamente- reconoce (nótese a mujeres como Juana de Arcos y escritoras que tienen que asumir identidades propias del género opuesto).

PAUSA CONCEPTUAL

Estamos hablando de género, identidad de género y sexo. Sería prudente pues, aclarar qué entendemos al abordar estas conceptualizaciones. Así, cuando nos referimos a género, consideramos es una construcción cultural referida a valores, actitudes, roles, prácticas o características culturales (entendidas como características psicosociales) apropiadas históricamente como género masculino o femenino.

¿Cuándo decimos género nos referimos en exclusivo al sexo? No necesariamente pues no son lo mismo. El sexo es el conjunto de atributos anátomo fisiológicos de carácter sexual como son los genéticos, cromosómicos, gonadales, hormonales, genitales y cerebrales que caracterizan al hombre y a la mujer desde el nacimiento, diferenciándolos uno del otro.

Entonces, ¿identidad de género? Esta define el grado en que cada individuo se identifica como masculino o femenino ó alguna combinación de ambas. Si nos referimos a la identidad sexual, le agregaríamos lo referente a la orientación sexual que asume cada persona.

CAMINO AL REINO

Aclarados los conceptos, vemos cómo, construcción cultural al fin, los modos de asumir el género se enfrentan de diversas maneras según la época. No olvidemos que en su momento aclaramos nos referíamos al mundo occidental, ¿Por qué? ¿Y Oriente?

La historia en el mundo oriental se manifiesta de otro modo. Desde hace 6000 años ya se establecían códigos de vida que, si bien no estaban exentos de discriminaciones genéricas y crisis temporales, plasmaban la diferencia respecto al occidente. La sexualidad era vista -desde ya- como desarrolladora de calidad de vida (lo cual se mantuvo, a diferencia de occidente donde solo se apreciaba sen el período Helénico) y como tal se asumió en igualdad de condiciones para ambos géneros.

En relación a la diferenciación de roles genéricos se manifiestan –por supuesto- cuestiones que requieren estudio aparte, pero vemos –por citar una diferencia entre occidente y oriente- cómo se fomenta asumir el descubrir la sexualidad como crecimiento personal. ¿En occidente es así? Pues no, el sometimiento primero y luego el mercantilismo han perorado esta parte elemental e importante del crecimiento personológico de los individuos que integran sus diferentes sociedades.

¿Quiere esto decir que en Asia no se desarrolló la mercantilización de géneros y sexos? No, infelizmente también se le dio un uso mercantil a ello pero de modo diferente – al menos en los períodos en que la influencia occidental no era notable-; esto se ve en su máxima expresión en las geishas, quienes llegaban a ganar un reconocimiento social distinto al de las cortesanas de Europa.

La formación de una geisha suponía un reconocimiento de su identidad femenina en primer término para luego desarrollar todas sus potencialidades, lo cual le permitía satisfacer las demandas del género masculino pero, también satisfaciendo sus propias necesidades (indicativas del género femenino).

En el caso de las cortesanas, su proliferación no incluía la satisfacción de sus necesidades; eran vistas como entes al servicio –plena y sencillamente- del género masculino quien solo era capaz de tener necesidades, deberes y derechos (aún cuando existiese el caso de notables cortesanas que llegaron a ocupar lugares de elevados reconocimientos sociales).

Recordemos que a oriente siempre le interesó la búsqueda de armonías. ¿A occidente también? Lo dejamos a su consideración.

REVOLUCIONES Y DIVERSIDAD

Adelantemos en el tiempo. Luego del Renacimiento, comienzan a sucederse una serie de acontecimientos significativos que combatirían la discriminación de género e identidad que se habían fomentado.

Hechos que se materializan con la Revolución Francesa (nótese la alegoría pictórica en la imagen de Europa al frente de todo el movimiento revolucionario social) y la Revolución Industrial, dándose justas maneras de concebir el mundo.

Se evidencian uno tras otro los hallazgos científicos y ya en los siglos XIX y XX, pensadores e investigadores de la talla de S. Freud y Wilhelm Reich dieron paso a descubrimientos (véanse los trabajos de Master & Jonson, Kinrey y Shere Hite, entre otros) que se dieron como parte de una necesidad social latente que tuvo su máximo enunciado en la llamada Revolución Sexual de las décadas de 1960 y 1970, a partir de la cual se dio una apertura al reconocimiento y expresión de la diferencias (anatomofisiológicas y psicosociales) e igualdades reclamadas (deberes y derechos) de género e identidades.

En este período se exponen descubrimientos importantes relacionados con la sexualidad que ponen al descubierto las ansias de liberación social en cuanto a género se refiere. Se comienzan a explorar nuevas maneras de expresión y realización personal, todo lo cual favorece se asuma armónica y libremente la sexualidad desde cada individualidad.

En la década de 1980, se da una pausa en esta evolución social debido al manejo mercantil globalizado por el capitalismo de fin de siglo, donde estos mensajes de liberación se manipulan y deforman de acuerdo a sus intereses. Ya a fines de 1990 y comienzos del presente milenio hay un retomar de estas necesidades favorecido ello por el impuso que la propia OMS le otorga al tratamiento de temas relacionados con la sexualidad (cuestión esta planteada como reto a cumplir desde la década anterior), y entre estos al género; debido a las imperantes carencias y explotaciones presentes en el mundo actual.

Cuba, por supuesto, no se encuentra ajena a esta evolución ni estas necesidades, más, si tenemos en cuenta que arrastramos con patrones de una cultura esencialmente machista y que no resultan fáciles desprender.

Ahora bien, con el triunfo de la Revolución Cubana, el impulso por lograr el justo desarrollo en relación al tema que nos ocupa, se ha hecho notar a través de la constitución de organizaciones e instituciones como la FMC donde, aún cuando reúne al género femenino, no discrimina al masculino sino que persigue la complementariedad y aceptación ínter genérica a través de espacios como la familia en plena aspiración de una sociedad saludable.

Entonces, ¿por qué retomar en el plano nacional el debate en torno al género? Pues, debido a que no hemos estado al margen de crisis. Aunque históricamente personas como Fidel Castro, Celia Sánchez, Vilma Espín y, actualmente, Mariela Castro no hayan cejado en su empeño por lograr la equidad genérica, es preciso continuar trabajando para que socialmente se reestructuren y modifiquen las cogniciones que existen en torno al género, identidad genérica y sexualidad.

Y es que se evidencian fenómenos sociales que aún parte de la sociedad no admite o no reconoce, bien sea por no estar preparados o por otras cuestiones que ocuparían otro análisis.

Si hablamos de marginación del género femenino, habría que hablar de la automarginación que el propio género se impone en ocasiones. Hay que darse cuenta que para referirnos a igualdad genérica, primero hay que abordar sus diferencias, sus capacidades y potencialidades y darles pues, la libertad que requieren. Hay que trabajar sobre los significados y las significantes que le atribuimos a dichos fenómenos.

Es cierto que los tiempos actuales nos imponen retos en su análisis. Hay que razonar en la manera de asumir la masculinidad, la feminidad (adviértase que no abordamos aquí la impronta del rol de la mujer fuera del hogar, vista ya con capacidades de sostén familiar. Esperamos infieran las causas), la paternidad, la maternidad; el llamar a la niña niña y a, niño niño, aún cuando se entiende que al referirnos a los niños, por patrones lingüísticos y sociales, lo hacemos teniendo en cuenta ambos géneros (omisión genérica), y no hablemos ya de hombres en relación a los seres humanos todos.

¿Habría que reconceptualizar la gramática? No. Solo proponemos la realización y evolución armónica de la especie. Busquemos que nuestras hijas e hijos se reconozcan a sí mismos, se descubran per se, se amen y entonces estarán listos para amarse mutuamente y desarrollar una sociedad mejor; sin olvidar que cada uno de nosotros venimos al mundo gracias a la comunión de dos géneros que, complementando sus diferencias y semejanzas, son capaces de crear individuos con características de ambos.

Concluyendo como comenzamos, si la mujer salió de la costilla del hombre, ello podría significar que poseemos dentro un poco de ambos géneros. ¿Por qué discriminarnos?… ¿Y a la inversa hubiera sido igual?…

BIBLIOGRAFÍA

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