Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

POR TIERRA, EN UN MANTEL BLANCO

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Los temas culinarios en la prosa martiana

En los últimos años los temas de cocina han entrado por derecho propio en la literatura, desde la aparición de la novela “Como agua para chocolate” de la mexicana Laura Esquivel, ha sido un boom que muchos han aprovechado para hacer exitoso sus libros. Más allá de las recetas de ocasión o la mención a un banquete, un buen almuerzo o el menú servido en una escena importante de la trama, la presencia de la alimentación humana como placer y marca identitaria ha tenido muy buenos momentos en la literatura desde siempre.

Los textos periodísticos también acuden desde antaño al recetario, las costumbres culinarios, algún consejo para sazonar o secretos bien guardado en la tradición culinaria de la familia para dar un buen gusto a los platos favoritos. Por eso no debe sorprendernos que en la prosa martiana haya un capítulo de sabor, aromas y costumbres culinarias de los pueblos, acentuada en la cocina francesa, que marcaba ya la pauta en las principales ciudades del mundo Occidental; las costumbres alimentarias que fue conociendo en su América, tan ligada a la España y la cocina cubana, esa que podemos rastrear en sus últimos escritos de campaña y que descubrió en su vertiente más humilde en medio de la manigua mambisa y resistente, ingeniosa y curiosa en el uso de las plantas condimentantes y las alternativas ante la carencia de determinados productos.

El acercamiento a estas temáticas de la prosa martiana es una arista necesaria en los estudios de la obra del Apóstol cubano, porque nos completan una imagen íntegra de sus intereses, sus curiosidades humanas, su información y cultura sobre los pueblos, además de sus gustos refinados y desarrollados a lo largo de su breve vida.

¿Por qué decimos estos, cuando pareciera que su acercamiento a estas temáticas es circunstancial? Por la forma en que él aborda estos temas, comprometiéndose con criterios que van más allá de lo especializado o técnico, de los cuales se informa con profundidad; acercándose al ser humano que está detrás de estas actividades, apreciando sus aportes, las diferencias y la nobleza de los que hace de cada obra humana un acto de cultura.

La gastronomía de su época, tan ligada al hecho de las reuniones sociales de políticos, artistas, sportman, gente de oficio, que hicieron de las senas, el banquete, el compartir una infusión, ya sea de té, café o una “copa” socialmente bebida entre gente que comparte ideales, un momento de sagrado cultivo de la amistad y de intercambio de criterios y que encuentra en sus crónicas periodísticas momentos de alto vuelo valorativo.

“Es buen uso que conserva la amistad, refina los caracteres, y da a los hombres ocasión de conocerse y estimarse, el uso de reunirse de vez en cuando, en torno a una mesa artísticamente servida, y más cargada de arte que de vinos, ya para conmemorar hechos gloriosos, ya para recordar gozos de la niñez, ya para tener ocasión, con un pretexto más o menos grave, para ponerse en periódico contacto.”[1]

Lo primero a resaltar es que estas no son orgía del comer y la gula pecaminosa, sino reuniones sociales donde la opinión surge libre y apasionada como base a la amistad que une a los comensales, sirve de base al ejercicio de la libertad del pensamiento.

“La inteligencia gana en esto, porque en esas comidas, donde se va más que a comer, a conversar, se estimulan los ingenios, que se encienden con la réplica cortés y chispeante; y se traban y aprietan cariños, que nos hacen buena falta en tiempos en que andan los hombres tan esquivos y henchidos de rencor.”[2]

Estas palabras sirven de preámbulo a José Martí para acercarnos a una costumbre que tiene en París su origen, organizar estas comidas para reunir a los gremios, los amigos, los partidarios de una idea, los conocedores de una hazaña, subrayando el claro sentido de hermandad que hay es estas reuniones. Para tener una idea de lo que eran estas “comidas” démosle la palabra a Martí para describir el ambiente del más famoso de los convites culinarios del París de su época:

“Pero a todas estas comidas ganan en fama el “diner Magny”, que hoy se celebra en el restaurant B’ébant, porque no quisieron los miembros de esto “diner” cultísimo sentarse en el reataurant Magny a la mesa que había iluminado tantas veces la verba de Sainte-Beuve. George Sand, y no otra mujer se sentó también entre aquellos comensales, a los cuales dedicaron los hermanos Goncourt, que dicen tan bellamente cosas de artes bellas, una de las mejores novelas, “Manette Salomon”. De esa comida han sido Gustavo Flaubert, el prosador atildadísimo; Théophilo Gautier, cuyo estilo resplandecía, como el buen Johannisberg en copa verde; Paul do Saint-Victor que acaba de morir, cuyas páginas suntuosamente coloreadas no podía leer Lamartine sin ponerse lentes azules, para proteger sus ojos de aquel exceso de luz; Gavarni para quien al lápiz no tuvo secretos, ni el ingenio tregua. Fromentin, el artista caballero. Y aún gustan de ese “diner Magny” Ivan Tukguenev, el novelista ruso; Paul Bert, el político osado; Thiess, el analizador implacable, que ve en la mente de los hombres como si el cráneo fuera de cristal, y no de huesos; Renan, que ya pone en limpio los borradores de su historia de los judíos; y los Goncourt, que en su novela La Faustin, que en estos instantes se está imprimiendo en París, cuentan precisamente algunas de las maravillosas conversaciones que han oído los miembros de la sociedad “diner Magny”. En esas comidas George Sand, que no hablaba bien, veía dibujar a Gavarni, que dibujaba maravillas; el duque de Morny mantenía que un tanto de desorden galante sienta a una gran ciudad, y aviva la fantasía de los poetas; Théophile Gautier, con aquella misma lengua elegantísima con que había de escribir el prólogo de los versos de Charles Baudelaire, celebraba la pálida belleza de las mujeres de estos tiempos; el ruso Iván contaba, en su francés excelente, las intrigas de la corte de Pedro el Grande, y la hermosura diabólica y magnífica de las enérgicas damas de Rusia, y Flaubert acariciaba al novelista hermano con su hermosa mirada benévola. Eran como desbordes de luz aquellas comidas de Magny. Ya no lo son tanto.”[3]

En contraste con estas refinadas comidas reseñadas con admiración y maestría por quien comparte ideales y sueños, va la semblanza de un día de campo en su querida Guatemala cuando al compás de las sorpresas, la humildad o carencia de la cubiertería pasa como algo menor frente a la sinceridad de la invitación y las delicias del menú originario, (…)hice tenedor de una rueda de plátano frito, y cuchillo de un trozo de tortilla asada,-y bien asada,-y con esto medié al cabo el abundoso plato de frijoles. Sazonélo esta vez con queso seco, hecho en la finca tres días hace, pero acre y rasposo- ¡hubo de hacerlo el dueño mismo!”[4], ha comido prácticamente con los dedos y nos ha dicho en líneas anteriores que aunque pobre siempre ha tenido mantel su mesa, pero que ante la pulcritud de aquella gente humilde y su desvelo por dar lo mejor de lo que tienen sede a comer de esta manera que lo deleita y complace.

A renglón seguido hace el elogio hermoso y gustativo del café: “Suntuoso oro han servido a mis labios con esa amable taza de café. Me enardece y alegra el jugo rico; fuego suave, sin llama y sin ardor, aviva y acelera toda la ágil sangre de mis venas. El café tiene un misterioso comercio can el alma; dispone los miembros a la batalla y a la carrera; limpia de humanidades el espíritu; aguza y adereza las potencias; ilumina las profundidades interiores, y las envía en fogosos y preciosos conceptos a los labios. Dispone el alma a la recepción de misteriosos visitantes, y a tanta audacia, grandeza y maravilla”[5]

Muchos años después, de regreso en Cuba, camino de su definitiva consagración con su muerte en Dos Ríos, José Martí nos regala su testimonio cubano de madurez, ese Diario de Campaña, llevado a tono con sus emociones vividas, en contacto con el humildísimo cubano que se ha quedado en el monte en espera del reinicio de la guerra por la independencia y que subsiste allí con lo que puede obtener de la naturaleza. En sus páginas hay un constante diálogo con los olores y sabores de los que come en los montes, frutas del país, carne de jutía, asada, en cazuela o en fricasé; puerco, asado, en fricasé o frito en manteca de coco; gallinas, asada o con arroz; malanga y boniato, asado en ceniza, plátanos, asados, en caldo, maduro o en frangollo; casabe; huevos, fritos y crudo; coco, raspado y con miel, chocolate, guarapo de caña, café endulzado con miel y guarapo; cocimientos de hojas de guanábana, de higo, agua de canela y anís; aguardientes verde de yerbas, ron de pomarrosas, ron puro y otras muchas pequeñas exquisiteces que las da la tierra.

A Carmen Miyares le dice desde estos intrincados montes “¡Si nos vieran a la hora de comer! Volcamos el taburete, para que en uno nos sentemos dos: de la carne hervida con plátano, y a poca sal, nos servimos en jícara de coco y en platos escasos: a veces es festín y hay plátano frito, y tasajo con huevo, y gallina entomatada: lo cual es carnaza y de postre un plátano verdín, o una uña de miel de abeja.”[6]

El hombre que encontró mayor complacencia junto al arroyo de la sierra más que a la vera del orgulloso mar, renunció a las comodidades de una mesa servida con todas las reglas del buen comer para zambullirse en la humildad de aquellas veredas intrincadas de su isla, donde los campesinos salían con el asombro de ver gente extraña por sus lares, pero con el desprendimiento de la gente humilde agasajan a la mambisada con los frutos de su tierra: “Silvestre cargado de carne de puerco, de cañas, de buniatos, del pollo que manda la Niña”; “José, cargado de dos catauros, uno de carne fresca, otro de miel”; “Domitila, ágil y buena con su pañuelo egipcio, salta al monte y trae un acopio de tomates, culantro y orégano”; otra guajira “(…)va y viene ligera; le chispea la cara; de cada vuelta trae algo, más café, culantro de Castilla, “para que cuando tengan dolor al estómago por esos caminos, masquen un grano y tomen agua encima”,- trae limón”; “Luís-pone por tierra, en un mantel blanco, el casabe de su casa”[7], son cientos de cubanos anónimos, los que sostienen este homenaje cubano al hombre que ha llegado a Cuba para cumplir su compromiso para con la patria sin libertad y que agradecido, da un espacio en su Diario, entre órdenes y asuntos militares y políticos, a esta gente y que lo sorprende con esa dulzura de la miel cimarrona de los montes, con el pan de casabe, el asado de sus viandas o la criollísima jutía, mitigando el hambre y la curiosidad del héroe, todo un epílogo para una vida dedicada a Cuba y que encuentra en el sazón de su más popular cocina el homenaje de su pueblo..


[1] La Opinión Nacional, 28 de febrero de 1882.Obras Completas de José Martí tomo 23: pp216-218

[2] Ídem

[3] Ídem

[4] Ensayo Guatemala. 1877.Obras Completas Tomo 19: 56

[5] Ídem

[6] Obras Completas. Tomo XX, p.229

[7] Obras Completas. Tomo XIX, p. 215

Nota: Mariano Rodríguez es el autor de este retrato de Martí

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158 aniversario

El 28 de enero tiene para los cubanos una carga sentimental de gran peso en el conjunto de momentos que conforman su ser nacional, ese día de 1853 nació José Julián Martí Pérez primogénito de un matrimonio humilde formado por Leonor Pérez Cabrera y Mariano Martí Navarro.

No estamos hablando de algo desconocido, es información que los nacidos en esta isla escuchamos aún antes de ir al colegio, cuando en casa nuestros padres o abuelos se encargan de mostrarnos al hombre que se reconoció cubano cuando el país era una colonia y los españoles no concebían la monarquía sin esta perla antillana productora de azúcar.

Martí nació en medio de estas contradicciones donde un pueblo se reconocía distinto en relación con los nacidos más allá del mar y hacían todo lo posible por ser “tan isla en lo político como era en lo geográfico”.

Era un país buscándose así mismo donde el joven creció y pensó, cargando grilletes cuando aún la adolescencia le permitía una sonrisa amable ante un galanteo de domingo y el rubor llegaba a sus mejillas cuando aparecía el merecido elogio por su sapiencia de viejo.

Vida entregada a la patria irredenta, sin caminos trillados, con dificultades que podían detener a otros más preparados en la vida y con la sangrante presión por seguir el camino que se marcó desde aquella tarde habanera en que los jueces férreos, lo condenaron a seis años de cárcel y el duro trabajo de las canteras.

“Esclavo de su edad y sus doctrinas” se entregó a la pasión de Cuba, esa que tantos sinsabores dejaron en su vida, negado por los que no le creyeron en principio y antes los cuales tuvo que crecer a la altura del conductor de pueblo para ser tenido como Apóstol.

Hablamos del hombre en quien la naturaleza puso la tenacidad de los justos y la sapiencia de los genios, transformador, fundador y novedoso en su quehacer intelectual, siempre unido a sus razones, hombre entero, que no termina de asombrar a quienes se acercan a su obra y para orgullo nuestro, coterráneo y contemporáneo.

Murió por sus idea un 19 de mayo de 1895 a los 42 años, de “cara al sol” como lo soñó y dejando el ejemplo de su vida para la humanidad futura.

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