Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

JUAN GUALBERTO GÓMEZ, UN LÍDER NEGRO



Juan Gualberto Gómez (1854-1933), es un intelectual negro formado en el adverso ambiente social cubano de estos años, nacido libre de padres esclavos pudo estudiar con el mejor maestro negro de La Habana y luego enviado a estudiar a París, Francia, donde descubre su vocación por el periodismo que comenzó a ejercer en ese país. A su regreso a Cuba en 1878 se une activamente a las luchas por la abolición de la esclavitud, la igualdad racial y la independencia de Cuba, conoce a José Martí y junto a él colabora en los esfuerzo por la libertad de la isla, al tiempo que es un activo defensor de los derechos de los hombres de su raza.

Fundó su primer periódico, “La Fraternidad” (1878) en el que desarrollaba una activa labor de orientación y educación a los negros a quienes exhortaba a educarse y adquirir los conocimientos que hicieran posible ser respetados por la sociedad de su época. El compromiso político con la isla irredenta los llevará a conspirar y apoyar los levantamientos que se producen en 1879 en el oriente del país y que hoy conocemos como la Guerra Chiquita, por lo que es deportado a España.

En Madrid fue jefe de redacción de El Abolicionista y luego de La Tribuna, en cuya dirección reemplazó a su amigo Rafael María de Labras; fue también editorialista y cronista de los diarios El Progreso y El Pueblo, además de corresponsal de varios diarios españoles y europeos. Compartió con los más destacados periodistas y escritores españoles de su época, sobresaliendo como polemista formidable y temible al decir de los que cruzaron palabras desde la prensa con Juan Gualberto.

Fue muy apreciado en los corrillos intelectuales por su gran cultura, su calidad periodística y por la firmeza de sus convicciones ideológicas, que incluía como elementos fundamentales, sus ideas abolicionistas y su independentismo. Por estas razones y por su calidad humana contó con la estimación de Ramón y Cajal, Castelar, Salmerón, Pi y Margall, Maura y Cánovas del Castillo, entre otros. Todos ellos políticos e intelectuales con quien no siempre estuvo de acuerdo pero que admiraron su cultura y valentía para defender sus criterios. A pesar de este bien ganado prestigio intelectual en la península, Juan Gualberto Gómez quiere regresar a Cuba y por ello gestiona su autorización para volver a La Habana, permiso que obtiene en 1890.

Ya en Cuba Juan Gualberto reanuda la publicación de su periódico La Fraternidad, que reaparece el 30 de agosto de 1890, esta vez con un decidido objetivo de hacer valer el derecho de los cubanos de expresar libremente sus ideas separatistas, para ello quiere hacer valida en Cuba la decisión del Tribunal Supremo de España que ha declarado lícita la propaganda carlista y republicana, por lo que el valiente mulato considera lógico que dicha sentencia ampare igualmente al separatismo.

Desde el primer número en La Fraternidad expone los objetivos que lo animan en un artículo titulado “Nuestros propósitos”, en el que hace un recuento de su labor a favor de la causa separatista y un reto a los que esperan las reformas prometidas por España y nunca cumplidas, en alusión a la estéril política de los autonomistas. Manteniendo esta peligrosa posición de combate contra el colonialismo Juan Gualberto Gómez terminó enfrentado directamente con las autoridades españolas de la isla. Pesa sobre él una condena de dos años impuesta por la Audiencia de La Habana, por el artículo, “Por qué somos separatistas”, aparecido en el número 14 de La Fraternidad del 23 de septiembre de 1890. Interpuesto recurso ante el Tribunal Supremo de España por Rafael María de Labras a nombre de Juan Gualberto Gómez, dicho tribunal falló a favor del mismo el 25 de noviembre de 1891.

El triunfo legal de Juan Gualberto Gómez en los tribunales de la metrópoli tuvo una gran trascendencia para el movimiento separatista cubano, se adquiría el derecho de hacer propaganda por la separación de la isla de España, propaganda que no podía ser una incitación a la rebelión y la lucha armada, pero que permitía hacer público los puntos de vistas de los que creían era posible la soberanía de la isla. Tal fue la repercusión de esta decisión judicial que el Capitán General de la Isla Camilo Polavieja lo consideró un golpe mortal para el poder colonial y así lo consigna en sus Memorias: “El día que firmó tal sentencia abandonamos los medios para sostener nuestra soberanía en la Isla de Cuba”

Junto a estos esfuerzos Juan Gualberto activa desde su periódico la promoción de los derechos de las personas de su raza en cuya defensa ya trabaja el Directorio Central de las Sociedades de la Raza de Color en Cuba[1] cuya directiva lo elige como presidente el 21 de agosto de 1891.

Esta fue la tónica del periodismo que hizo Juan Gualberto Gómez desde La Fraternidad, en los escasos dos años en que este circuló en Cuba, defendiendo el derecho de los cubanos a una aspiración de independencia, al tiempo que sostenía la promoción de las aspiraciones de las masas de “color” en el logro de una plena igualdad tras la abolición de la esclavitud en la isla.

Es esa la razón para sostener que la aparición del periódico La Igualdad, el 7 de abril de 1892, es una continuidad del trabajo iniciado en La Fraternidad, aunque ahora el énfasis estaría dado en lo que él consideraba era muy importante en aquellos momentos y expresado con toda claridad en el artículo “Lo que somos”, de la edición inaugural de La Igualdad, y en el que expresa que su propósito era unir a los cubanos sin distingos de color de la piel, así como de hallar una solución justa a los problemas socioeconómicos de la colonia:

Vamos en busca de la igualdad: blancos, negros y mulatos, todos son iguales para nosotros; y nuestra aspiración consiste en que todos así lo sientan; para que llegue un día en que los habitantes de Cuba se dividan, no por el color de la piel, sino por el concepto que abriguen de las soluciones que se presenten a los problemas políticos, sociales y económicos, que se disputan el predominio en el mundo culto”[2]

Desde La Igualdad se defendían los derechos de la raza de color, porque al decir del propio Juan Gualberto Gómez, esta igualdad no sería posible, si al negro no se le concedían primero los mismos derechos que a los blancos, sino desaparecían primero toda una serie de leyes y ordenanzas racistas que las costumbres habían arraigado en la población.

Los estudiosos cubanos de hoy hacen mucho énfasis en el valor del periódico La Igualdad para la difusión de las ideas martianas, en la preparación de los cubanos para la lucha por la independencia, pero casi no se habla de la titánica labor de Juan Gualberto desde sus páginas en favor de las reivindicaciones de los negros.

Raquel Mendieta en su ensayo “Agitación política y reivindicación socio-racial: El Directorio Central de las Sociedades de la raza de Color en Cuba” resume esta labor:

La escuela mixta, como forma de integrar desde la niñez a blancos y negros; la necesidad de una activa participación de los sectores negros en la vida política a través del voto que se le quiere negar; la crisis política de los partidos coloniales -Unión Constitucional y Liberal Autonomista-, incapacitados para dar soluciones a los problemas económicos, políticos y sociales que aquejan al país; el derecho de los negros a entrar en los lugares públicos; la necesidad de eliminar los libros diferenciados en el Registro Civil, así como las fórmulas de cortesía en las células personales, o cualquier otro elemento que tienda a diferenciar, con carácter peyorativo para los negros, a ambas razas; el derecho de existencia de los cabildos de africanos, son algunos de los temas fundamentales que sacará a la palestra pública Juan Gualberto Gómez[3]

El periodismo que desarrolla Juan Gualberto Gómez entre 1890 y 1895 se desarrolla básicamente en los periódicos La Fraternidad y La Igualdad, convertidos por él en tribuna de divulgación de las mejores causas de la sociedad cubana: la lucha por la independencia y la reivindicación de los derechos de la raza negra, su palabra apasionada y convincente toma fuerza para luchar desde dentro contra los males de la sociedad colonial y desbrozar el camino a la sociedad cubana soñada por los mejores hijos de este país.

Durante la intervención norteamericana Juan Gualberto Gómez fue uno de los defensores más apasionados de la independencia de Cuba, se opuso a la Enmienda Platt, decepcionado y beligerante acudió a la virtud del cubano para impedir la intervención del yanqui.

“…Pero más que nunca hay que persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada: y para alcanzarla, es fuerza adoptar de nuevo en las evaluaciones de nuestra vida pública las ideas directoras y los métodos que preconizara Martí, cuando su genio previsor dio forma al sublime pensamiento de la revolución…”[4]


[1] Fundado el 2 de junio de 1887 en La Habana

[2] Citado por Raquel Mendieta en “La Cultura: Lucha de clases y conflicto racial. 1878-1895”

[3] Mendieta, Raquel: Cultura lucha de clases y conflicto racial 1878-1895. Pág. 4. La Habana, 1989

[4] Juan Gualberto Gómez. El Figaro, 20 de mayo de 1902

Historia

LOS INDEPENDIENTE DE COLOR



Cuba (1902-1925)

El descrédito del Partido Liberal del General José Miguel Gómez[1] ahonda más la crisis espiritual y política de la flamante República de Cuba por lo que sus desmanes politiqueros y la corrupción provocan el desmembramiento de este como fuerza política al separarse dos sectores importantes dentro de este: los negros y los trabajadores.

Los negros discriminados y marginados se unen en 1908 alrededor de la Agrupación Independiente de Color que pronto se convirtió en Partido de los Independientes de Color, liderados por Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet, dos prestigiosos líderes negros, veteranos de la guerra de independencia y con una fuerte ascendencia entre los sectores populares.

Era un partido de negros y mulatos para luchar contra la discriminación racial y contra la desigualdad social que imperaba en la sociedad cubana. Se propusieron además, la implementación efectiva de la enseñanza gratuita y obligatoria, el establecimiento de la jornada de ocho horas, la nacionalización del trabajo, para aminorar la emigración de mano de obra barata, procedente en su mayoría de España, distribución de tierras del estado, la abolición de la pena de muerte, apertura del Servicio Exterior para los ciudadanos negros, entre otras demandas. Eran medidas progresistas que favorecían a todos los desposeídos en la isla, pero el error de la agrupación partidista fue convocar a sus bases por el color de su piel, lo que provocó la división de las masas y fue aprovechado por los sectores oligárquicos que agitaron el miedo a una revolución negra en contra de los blancos, el mismo “miedo al negro” que se había esgrimido en la colonia para impedir el avance de independencia.

Esto le ganó el odio de los partidos tradicionales y de las clases pudientes en el poder que hicieron todo por frenar el justo movimiento de las masas negras y mestizas en el país. Por eso en 1910 aprobaron en el Congreso de la República una ley que prohibía los partidos de raza o de clases[2]. Con esta ley se hizo ilegal el Partido de los Independientes de Color y se promueve la persecución de sus miembros, pero sin oír sus demandas justas y postergadas.

La prensa de la época jugó un papel al exacerbar los miedos y mentir sobre las intenciones de aquellos valientes y preclaros hombres que ahora luchaban porque se reconociera su Partido y su derecho a defender lo que consideraban justo. Se les acusaba de racistas y de querer imponer un poder negro en la isla; se levantó una ola de miedo al negro, junto con los rumores de presuntas violaciones de mujeres blancas por hombres negros y muchas otras noticias infundadas que aislaron al movimiento del resto de la sociedad.

Presionados por la persecución y la campaña de prensa fueron apareciendo algunos grupos de insurrectos en mayo de 1912 en Pinar del Río, La Habana, Las Villas y Oriente, en esta última provincia el movimiento era muy fuerte en las zonas de Santiago de Cuba y Guantánamo.

Eran grupos que se habían alzado pero no habían realizado acciones de guerra, permanecieron movilizados como una forma de presionar al gobierno al reconocimiento de su Partidos.

El gobierno de José Miguel Gómez presionado por las “fuerzas vivas del país” y la amenaza de una nueva intervención yanqui[3] envió contra los alzados en Oriente las fuerzas de la Guardia Rural con el General José de Jesús Monteagudo al frente, acompañado por una fuerza de “voluntarios” muchos de ellos veteranos de la guerra de independencia, instigados por el General retirado Mario García Menocal y Deop quien “propugnaba que los veteranos debían mantener el orden y que se debía proceder con energía”[4]

En junio de 1912 comenzó el despliegue de las fuerzas del ejército por las zonas rurales de Guantánamo y Santiago de Cuba, principales foco de alzamiento de los independentistas de color, eran grupos mal armados que fueron rodeados y exterminados sin contemplación, con una saña criticada por algunos oficiales participantes en esta sangrienta represión, más de 3 000 muertos incluyendo a los dos líderes del Partido de los Independentista de Color, Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet, a principios de agosto de 1912.

“Pocas veces se ha reparado en que la causa del movimiento insurreccional, o sea la discriminación racial, era un hecho evidente. Por otra parte también ha sido evidente que la política al uso ha utilizado elementos políticos de la raza negra para darle apariencia democrática a sus programas y actividades, sin que en verdad ello reflejara una sustancial política de igualdad en todas las actividades del país. Finalmente dentro de las condiciones de miseria en que vivía el pueblo de Cuba a principios de la República, la población negra era la que sufría más profundamente sus efectos. Todos estos hechos explican la insurrección aun cuando en ella pudieran haber elementos ambiciosos e intrigas de grupos políticos interesados en producir un trastorno de apariencia racista.”[5]


[1] El pueblo lo llamó “Tiburón” por aquel sarcástico dicho popular de: “Tiburón se baña, pero salpica”

[2] Llamada por el pueblo Ley Morúa, por el legislador que la propone, Martín Morúa Delgado, por cierto uno de los pocos negros que pasó por el Congreso de la República.

[3] Las fuerzas de los marines destacados en la Base Naval de Guantánamo salieron de la misma para “proteger las propiedades de los norteamericanos”.

[4] Julio Le Riverend, La República, pág. 125. La Habana, 1971.

[5] Ídem

Historia

LAS IDEAS POLÍTICAS Y FILOSÓFICAS EN LA REPÚBLICA DE CUBA (II)



(1902-1925)

En 1905 las fuerzas nacionalistas se agruparon en torno al Partido Liberal que contaba con el apoyo de Máximo Gómez, Bartolomé Masó y Juan Gualberto Gómez y tenía como líder a José Miguel Gómez. El Partido Liberal bajo consignas populistas y demagógicas agrupó a la burguesía nacionalista y las clases medias, junto a las masas de trabajadores y la discriminada población negra, esperanzados de que con la llegada al poder de los Liberales mejorara su crítica situación económica y social. Los dirigentes del partido coquetearon con las ideas martianas y con un programa de débil nacionalismo ganaron las elecciones de 1909, solo para demostrar que no eran capaces de enfrentar al bloque oligárquico y a los Estados Unidos y que su objetivo era solo el poder y el presupuesto público que esquilmaron bárbaramente. El Partido Liberal se agota como opción política, desgajándose de él las fuerzas populares, primero los negros que se nuclearon en el Partido de los Independentistas de Color y luego los trabajadores que entendieron que aquellas luchas políticas no le darían ningún beneficio. Ellos formaron la base del bloque antioligárquico del período.

El Partido de los Independentistas de Color liderados por Evaristo Estenoz e Ivonet parten del justo reclamo de este sector de la población cubana porque se cumplieran sus demandas de igualdad y justicia social, reclamos que hubieran promovido un fuerte movimiento nacional de lucha social, de no haber estado limitado a la raza negra, lo que constituyó su punto débil y pretexto de la reacción oligárquica para desacreditarlos y reprimirlos de forma sangrienta.[1]

Los trabajadores enfrentan el reto de la fuerte emigración extranjera, fundamentalmente española y antillana que desnacionaliza este importante grupo social, alejándolo de los problemas políticos y sociales del país y centrando sus demandas en las conquistas económicas, parciales y sectoriales; liderados en este empeño por los sectores anarquistas de influencia europea. Esta situación particular del movimiento obrero cubano influyó en el afianzamiento entre ellos de apoliticismo y economicismo, propios de las corrientes anarquistas, por lo que las ideologías de izquierda tuvieron muy poca influencia entre los trabajadores cubanos.

Las ideas marxistas llegan con Carlos Baliño (1848-1926), obrero tabaquero y revolucionario que toma contacto con estas ideas en los Estados Unidos a fines del siglo XIX. Baliño militó en el Partido Revolucionario Cubano en el “Club Enrique Roig” de Tampa conformado por obreros tabaqueros que al decir de Martí, “(…)pensaron naturalmente con las ideas rebeldes e iracundas, por causas de actualidad, de los que trabajan y padecen y aspiran como ellos; entre los que, por serles familiar la lengua, leyeron de la justicia nueva lo traducido y confuso que anda de ella en español, sin calma ni hábito ni guía para buscar las fuentes rusas y alemanas a la traducción infeliz ni ver en qué se acomodan las ideas generales a la realidad criolla, y en qué es ésta diferente, e idea por sí, y requiere ira menor y métodos diversos(…);”[2] Al final de un artículo dedicado a este Club en el periódico “Patria”[3] José Martí hace referencia a Baliño: “En el club “Enrique Roig”, Segade preside, Baliño razona, Izaguirre entusiasma, todos, como decía Baliño en noche memorable, “ponen tan alta la bandera de Cuba, que, por mucha ira que revuelva a sus pies la pasión del hombre, jamás llegue a la bandera el fango humano”[4] Baliño dedica su vida a la propaganda marxista y la organización del movimiento obrero, al término de la guerra regresa a Cuba, en 1903 publica el folleto, “Verdades socialistas”, el primer impreso marxista en Cuba en el que Baliño incurre en algunas inexactitudes teóricas, por el poco conocimiento de las fuentes directas del marxismo, pero en general se ajusta a ella. El alcance del marxismo es muy limitado en este período, principalmente entre grupos de obreros de La Habana y sus alrededores, que tenían muy poco o ningún contacto con las fuentes del marxismo, escasamente traducidas en la época.

Las ideas socialdemócratas también comienzan a ser difundidas en el país teniendo a Diego Vicente Tejera como su precursor. Tejera propugna un socialismo humanitario, más intuitivo que científico, que no encontró terreno propicio en un país con escaso e inmaduro movimiento obrero

Entre los sectores cultos de la sociedad cubana predominó la frustración en este período ante la situación creada en la República neocolonial: una economía en manos extranjera y una oligarquía entreguita, con un sector político interesados en esquilmar el erario público en beneficio propio. En medio de este ambiente surgen las voces críticas entre los intelectuales, muchos de ellos publicando denuncias y proponiendo soluciones en ensayos que se publicaron en revistas especializadas de la época, “Revista Bimestre” (1910) dirigida por Fernando Ortiz y más tarde “Cuba Contemporánea” (1913-1927), en torno a la cual se nuclearon intelectuales preocupados por los problemas de Cuba. En ella publicaron los más destacados intelectuales de esta generación y de las anteriores, entre ellos, Max Henríquez Ureña, Enrique Gay Carbó, José Antonio Ramos, José María Chacón y Calvo, José Sixto Solá, Luis Rodríguez Embil y Enrique José Varona. El afán de este grupo no terminó en acción política concreta dado su pesimismo frustrante, pero su acción fue válida para descorrer el velo sobre la realidad y conocer el problema.

El escritor mulato de Santiago de Cuba, José Manuel Poveda(1888-1926) se revela no solo como poeta sino como un observador crítico de su época, reflejándola desde su condición social de marginado e inadaptado en un sistema que lo enajena y frustra:

“Después de todo sería inútil: no podría prescindir de mi mismo. Y por ahora, no hay realmente acción posible. Estamos aherrojados por dobles cadenas. Nos somos independientes. No somos sino una factoría colonial, obligada a trabajar, y a dar su cosecha y su fruto compelida por el látigo. Estamos desorganizados y envilecidos como una mala mesnada; no podemos defendernos. Un soplo de dispersión a barrido las conciencias, y todo cuanto había de dignidad, pureza y valentía en las conciencias; un soplo de desilusión ha disgregado todas las energías creadoras del alma nacional. Somos la sombra de un pueblo, el sueño de una democracia, el ansia de una libertad. No existimos.”[5]

Su rebeldía trató de encontrar una vía de acción a través del Grupo Nacional de Acción de Arte, grupo intelectual que aspiraba a preservar los más altos valores de la cultura nacional, como premisa para formar una patria nueva aupada sobre el pensamiento revolucionario de Antonio Maceo que hacía critica a los autonomista y al tipo de sociedad que precisamente se enseñoreaba en la República de los primeros veinticinco años, una sociedad exclusivista, que no daba participación a los humildes, ni permitía que la independencia fuera total.[6]

La claridad de las ideas de Poveda queda en sus escritos[7] como continuador de esta línea de pensamiento de frustración y rebeldía ante la realidad que vive, por eso se expresa en términos duros y amargos, aunque sin encontrar solución:

“La intervención extraña, frustrando el sacrificio frustró la patria. “Entre nosotros” hay distancia y, “sobre nosotros” influencias. Se frustró el sacrificio y solo han triunfado los autonomistas. La paz de San Juan equivale a la paz del zanjón. Con la diferencia de que en Baraguá no ha protestado nadie esta vez”[8]

Este es el revelador testimonio de un hombre “(…) que expresa, (…) el estado de incertidumbre y malestar en el que se debatía la conciencia nacional de 1912 a 1923, más allá de las pasiones partiditas de la época”[9]


[1] La próxima entra la dedicaremos al análisis de los independentistas de color

[2] Obras Completas de José Martí. Tomo II, pág. 198. La Habana, 1975

[3] 14 de enero de 1893

[4] Ídem a nota 12: 199

[5] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 32.

La Habana, 1985

[6] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, pp. 33-34. La Habana, 1985

[7] Jorge Ibarra señala en la obra citada la paciente labor de rescate del investigador Alberto Rocasolano al recopilar para la memoria cubana la obra periodística del José Manuel Poveda en el volumen “Orbita de José Manuel Poveda”. La Habana, 1975

[8] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 34.

La Habana, 1985

[9] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 37. La Habana, 1985

Cultura, Historia

LAS IDEAS POLÍTICAS Y FILOSÓFICAS EN LA REPÚBLICA DE CUBA (I)



Enrique José Varona

(1902-1925)

El pensamiento político y filosófico de este período está marcado por la frustración predomínate en las masas populares, desorientadas y desalentadas después de la cruenta guerra por la emancipación nacional bajo la avanzada prédica de José Martí que se convirtió en letra muerta para los más humildes que constituyeron la base de la Revolución Independentista que encabezó el Apóstol.

Desde la inauguración de la República despuntan en el ambiente político cubano dos posiciones orientadas por las ideas predominantes a fines del siglo XIX. El pensamiento reformista sigue vivo de forma solapada o abierta en la posición de la oligarquía criolla, transformada ahora en defensora de la república neocolonial, controlada por los Estados Unidos, convencidos de la incapacidad de los cubanos para gobernarse y de que solo ellos con el apoyo de la gran potencia podían garantizar sus intereses. A esta posición se sumó la burguesía comercial española establecida en el país que había mantenido posiciones integristas[1] hasta el último momento de la ocupación española.

Frente a este bloque antinacional se levantan las ideas independentistas, fuertemente arraigadas en los hombres y mujeres que habían combatido y en el pueblo humilde que los apoyo durante estos cruentos años de guerra por la independencia. Por las fuerza de este sentimiento se frustra la anexión y se crea la “república posible” en aquellas circunstancias, marcada por la Enmienda Platt y el entreguismo de los más ricos, que deja en la sociedad cubana un estado de frustración que marcará todo el período.

Entre las figuras del pensamiento cubano del momento están Manuel Sanguily y Enrique José Varona, quienes marcan la pauta en la defensa de la nación cubana. Sanguily desde el senado de la República o desde su prestigio como intelectual de Cuba, defiende el derecho ciudadano y de la nacionalidad en peligro frente a las presiones de los intereses de los Estados Unidos y sus servidores en Cuba.

Desde la tribuna Sanguily expone su punto de vista como defensor del libre cambio ante las presiones y trabas del Tratado de Reciprocidad Comercial entre Cuba y los Estados Unidos, su argumento fundamental estaba, en que dicho tratado exigía a Cuba más de lo que recibía, al tiempo que impedía a la Isla un comercio libre con el resto del mundo.

Frente a él, defendiendo el Tratado, estaba el bloque oligárquico antinacional encabezado por el senador Antonio S. de Bustamante, quien arguyó que el Tratado daba a Cuba mercado seguro, permitiéndole recuperarse económicamente y afianzar su independencia.

Sanguily se proyecta como el líder del nacionalismo liberal burgués en nombre de cual presenta un proyecto de Ley en aquella primera legislatura cubana, que impedía la venta de tierras a extranjeros, porque “(…) sin duda ninguna, el predominio social primero y seguidamente el predominio y la dirección en la esfera política, en todas partes, corresponden a los dueños y señores de la tierra”[2]. Con su proyecto no solo pretendió poner fin a la apropiación del suelo, sino impedir el dominio de los extranjeros sobre la población que en ellas vivía. El proyecto ni siquiera fue discutido por el senado.

Fue un convencido antimperialista, sabedor como era de que el principal problema cubano era la dependencia de los Estados Unido, “(…)el problema de la reciprocidad, como el problema nacional, el problema fundamental de la vida económica y de la vida independiente de los cubanos, está íntimamente relacionado con el problema de los trusts americanos. Primero poco a poco, y ya con rapidez alarmante nos invaden esas asociaciones, como pulpos inmensos que se empeñan en recoger en sus tentáculos para ahogar nuestra personalidad (…)”[3]

Manuel Sanguily luchó contra la Enmienda Platt y contra el complejo de frustración que cundió en las masas y en lo mejor de la intelectualidad cubana, propugnando siempre una política comprometida con las tradiciones históricas y de beneficio al país, sin ganancias personales, alejado de la actitud que se generalizó entre los políticos contemporáneos.

Enrique José Varona fue el intransigente maestro de los cubanos, demócrata y libre pensador, que no transigió con el despotismo, mostrándose siempre como un pilar de la nacionalidad cubana, era la gran figura del pensamiento filosófico cubano del período, maestro en lo cívico y en lo cultural, reformador docente y hombre profundamente democrático y liberal.

Es un pensador en constante renovación, positivista crítico que madura en sus concepciones filosóficas en la medida que entra en contacto con las nuevas ideas, evolucionando hacia posiciones materialistas. Por estos años llega a destacar la importancia del factor económico en el desarrollo social y critica al marxismo partiendo de las tesis tergiversadas de la concepciones materialistas de la historia que él conoce: “La teoría marxista que hace depender toda la evolución social del factor económico no es sino una exageración de un hecho cierto. Las necesidades económicas y las actividades que estas ponen en juego no constituyen el único motor de los fenómenos que presenta una sociedad humana; pero si están en la base de los más aparentes y decisivos”[4]

En base a ello analiza los problemas de la nación cubana y plantea que él veía en la estructura económica del país las causas de sus inestabilidad[5] Estos criterios lo alejaban del positivismo y lo acercaban a las posiciones materialistas.

En cuanto al tema de las luchas de clase no las entendió como motor impulsor del progreso social, ateniéndose a la tesis positivista del progreso social a partir de la educación y los sentimientos humanos, aunque reconoce las clases y la existencia de luchas de clases pero como “combates naturales”, tomando como Ley Social Fundamental la “evolución incesante” o “adaptación continuada a las circunstancias”, como los organismos vivos.

En el período final de su vida Varona hace una negación dialéctica de muchos de sus criterios anteriores, aunque no rompe del todo con el positivismo. Condicionado por los avances de la sociedad se produce en él un gran acercamiento al materialismo.

Fue un nacionalista consecuente, defensor de la identidad nacional, enemigo de la corrupción republicana y partidario de la constitucionalidad. Su civismo incomodó a los politiqueros, así como a los intereses entreguistas y extranjeros frente a los cuales mostró su antiimperialismo, por lo que este significaba para la independencia nacional.

El fenómeno imperialista es analizado por él desde fechas tempranas, (“El imperialismo a la luz de la sociología”, 1905) ensayo donde desarrolla una serie de estudios sobre la esencia de las relaciones de dependencia neocolonial de Cuba con respecto a los Estados Unidos. Su análisis del imperialismo parte de la definición del fenómeno, de país expansivo y dominante sobre otro. Resalta las raíces latinoamericanas de Cuba y advierte del peligro de la dependencia de la economía de Estados Unidos, recomendando la diversificación comercial y las relaciones con todo el mundo.

Soñó con una República burguesa orientada por el liberalismo económico y político, preocupado por el bienestar del pueblo. Un estado honesto y eficiente. Comprendió el peligro del monocultivo y la dependencia de un mercado único, aboga por la diversificación que le permitiera al país la autosuficiencia agrícola e industrial.

Enrique José Varona es el más importante pensador del período, el cubano que de manera más acabada aborda problemas filosóficos y sociales. Hizo análisis y crítica a concepciones y corrientes filosóficas, como el neokantismo y el neohegelianismo; ante problemas fundamentales de la filosofía tomó posiciones materialistas, realizó importantes estudios sobre ética y estética; hizo fuertes críticas a la religión y fue un profundo pensador social. Por todas estas razones Varona constituye uno de los más altos exponentes de la filosofía burguesa en Latinoamérica, progresista y muy significativo para la cultura cubana.


[1] Integrista es el nombre que recibieron los defensores del mantenimiento de estatus colonial de Cuba

[2] Historia de la Nación Cubana. Tomo VIII, pág. 276-277

[3] Ídem

[4] “Algunas consideraciones sobre el análisis sociológico en la Obra de Enrique José Varona”, Pablo Guadarrama en “Letras. Cultura en Cuba”. Tomo VI, pp. 54-55. La Habana, 1989

[5] Ídem

Cultura, Historia

10 DE OCTUBRE DE 1868



Es octubre y para los cubanos la primera evocación es para la hombrada de un grupo de orientales que en la mañana del 10 de octubre de 1868 iniciaron, ¡por fin! Las luchas para alcanzar la independencia del dominio español.

América hispana ya hacia un siglo y medio que disfrutaba de la libertad arrancada al dominio español y se consolidaban en los territorios de nuestra América, Repúblicas inquietas e incompletas, pero celosas de su libertad conquistada a costa de muchos sacrificios.

Cuba, “la siempre fiel”, como la denominaba la monarquía hispana, se debatía en el dilema de seguir bajo el duro régimen colonial, esquilmador de sus riquezas y negado a conceder libertades políticas mínimas a una clase burguesa poderosa, culta y de amplios recursos económicos, sostenidos por una masa de más de doscientos mil esclavos de origen africanos, tratados como “piezas de ébano”, pero que no contaban como seres humanos para aquellos civilizados caballeros del azúcar.

Ese era el dilema para la nación, ya forjada y orgullosa de sí misma, pero sometida a una torpe política colonial que hizo todo lo posible, sin querer, pero por codicia, para perder lo poco que restaba de su imperio colonial.

Carlos Manuel de Céspedes, un acomodado abogado y hacendado de la zona de Bayamo y Manzanillo, fue el catalizador de las aspiraciones de los más radicales de entre sus iguales y ante el fracaso de las negociaciones con las autoridades coloniales, no buscó el lamento conservador y cobarde, sino que se unió a otros patricios de sus zona para planear la única alternativa posible ante tanta soberbia e intransigencia colonial, la lucha armada para alcanzar la anhelada independencia.

No pesó esta vez el temor a una sublevación de los esclavos aprovechando la coyuntura de la guerra, no temió perder sus comodidades y su hacienda en este viril gesto de rebeldía, solo pesó en la necesidad de la patria irredenta y la determinación de ser libres o morir en el empeño.

Esa mañana del 10 de octubre de 1868, reunió en su ingenio azucarero de “Demajagua” a sus familiares y a un grupo de conspiradores de su zona y con valiente gesto de hidalguía, liberó a sus esclavos, a quienes invitó a luchar hombro con hombro por la patria común junto a sus antiguos dueños.

Ese fue su gesto supremo, porque en la Cuba de su época, la esclavitud era el gran problema social de la isla y entre amos y esclavos había una profunda brecha de prejuicios, que no dejaba fuera a los cientos de miles de negros y mulatos que ya vivían libres en la isla colonial, haciendo oficios menores, obligados a vivir como parias en su propia tierra.

La gesta libertadora cubana comenzó también un amplio proceso de integración racial y social que fundió a los estamentos diferenciados y rivales en la nueva concepción de “luchadores por la independencia” que sirvió de base para fundar una República en Armas, alcanzar muchas victorias militares y radicalizar el protagonismos de los más humildes en este quehacer por la libertad.

Diez años de guerra sirvieron de fragua para fundar un pueblo nuevo al que las indecisiones de las clases dirigentes cubanas y su miedo a la “popularización” de la guerra, lo llevaron a un pacto con España, que los patriotas más radicales, encabezados por el general negro Antonio Maceo, entendieron como una tregua para emprender nuevamente la guerra cuando estuvieran creadas nuevamente las condiciones para volver a luchar, por lo que aún no se había alcanzado, la independencia y la abolición de la esclavitud.

Eso celebramos los cubanos el 10 de octubre, el inicio de nuestras luchas por la independencia de España y de cualquier vasallaje.

Historia

LOS INICIOS DEL CINE EN CUBA (II)



A partir de 1906 la cinematografía silente comienza desarrollarse en Cuba de forma regular, animada por un director, Enrique Díaz Quesada (1882-1923) y la Compañía Santos y Artigas que se convierte en la principal productora del cine silente en Cuba.

Díaz Quesada y el empresario Francisco Rodríguez crean la empresa, The Moving Pinture Company, muy cubana a pesar de su nombre en inglés, primero para la distribución de películas y más tarde produciéndolas en Cuba.

El primer documental de Díaz Quesada es, “El Parque de Palatino” (1906) realizado en un rollo y que ha devenido en la película más antigua que se conserva en Cuba. El corto muestra el parque de diversiones de Palatino y sus diversas atracciones y denota en su rodaje una intención artística por el movimiento de la cámara al enfocar los diversos aparatos de la instalación.

“Era el 25 de marzo de 1906 cuando un temerario operador fue capaz de atrapar en apenas siete planos el ambiente festivo del habanero Parque de Palatino. La prensa de su época lo catalogó como “Padre de la Cinematografía Cubana”. Su nombre era Enrique Díaz Quesada. Lo cierto es que su primer filme “El Parque de Palatino”, revela una increíble intuición cinematográfica”[1].

Director con talento intuitivo, Díaz Quesada realiza una fecunda labor cinematográfica con influencia del cine europeo de su época y reflejando en sus temas aspectos históricos y sociales de Cuba.

Ese mismo año filma, “La Habana en agosto de 1906” y “La salida de Palacio de Don Tomás Estrada Palma”, ambos documentales de actualidad noticiosa. En 1907 realiza la primera película de ficción cubana, “Un duelo a orillas del Almendares” y el documental de promoción turística, “Un turista en La Habana”.

En 1908 los empresarios de espectáculos Pablo Santos y Jesús Artigas fundan una compañía distribuidora de películas en Cuba y meses después se inician en la producción de documentales y películas asociados con el emprendedor Enrique Díaz Quesada, quien realiza ese año, “Un Cabildo en la Romualda” y en 1909 “Los festejos de la Caridad en Camagüey”. En 1910 filma su segunda película de ficción, “Criminal por obcecación”.

La colaboración con Santos y Artigas incluye en estos primeros tiempos del cine cubano la filmación de cortos de actualidad noticiosa habanera, que se mantendrán como una constante hasta 1919.

A fines de 1910 Díaz Quesada filma, “Juan José”, con la producción de Santos y Artigas basada en la novela homónima de Joaquín Dicenta, con la actuación de Gerardo Artecona y María Luisa Villegas en los protagónicos. La película es un corto dramático de 3 200 pies de rollo, la más larga filmada en Cuba hasta ese momento. En 1912 rueda el primer largometraje cubano, “Manuel García” con guión de Federico Villoch, y la actuación de Gerardo Artecona y basada en la historia del controvertido salteador cubanos de finales del siglo XIX; el tema mambí aparece con su segundo largometraje, “El capitán mambí” (1913-1914), con Alejandro Garrido y Sara Othoff en los principales papeles, la saga mambisa continúa con, “La Manigua” o “La mujer cubana” (1915) con Pilar Bermúdez y Alejandro Garrido y “El rescate del Brigadier Sanguily” (1916-1917), con Ursula Garrido y Paco Lara.

En abril de 1915 Díaz Quesada filmo la amañada pelea de boxeo por el título de los pesos máximo entre el campeón vigente el negro estadounidense Jack Johnson y Jess Willard, todo estaba arreglado para que perdiera Johnson y Díaz Quesada filmó los 26 asalto del combate, lo que fue todo un “palo periodístico” y un escándalo en el ámbito deportivo. Al día siguiente de la pelea ya se mostraban en La Habana las imágenes de la pelea.

En 1917 realiza una película con una trama policíaca en la que está presente de forma prejuiciado el tema de las cultura afrocubanas, “La hija del policía” o “El poder de lo ñáñigos” con Sergio Aceval y Consuelo Álvarez. Ese mismo año filma “El tabaquero de Cuba” o “El capital y el trabajo”, con Blanca Rosa y Regino López, un acercamiento reformista a temas sociales de la época.

Su catálogo para Santos y Artigas se completa con, “La careta social”(1917) con la actuación de Consuelo Álvarez y Santiago García; “La zafra” o “Sangre y azúcar” (1918-1919), con Yolanda Farrar y Regino López y “La brujería en acción” (1919) protagonizada por Sergio Aceval y Consuelo Álvarez, una saga de “El poder de los ñáñigo”.

En la década del 20 Enrique Díaz Quesada continuó su trabajo cinematográfico, agregando a su ya copiosa obra, las citas: “El genio del mal”(1920), “Frente a la vida”(1921) y “Arroyito”(1922), su última película y para muchos su mejor obra junto con “La zafra”. Murió el 14 de marzo de 1923.

La cinematografía de Díaz Quesada llena todo este primer período del cine cubano, sobresaliendo por su apego exagerado a los elementos externos de la veracidad y una marcada influencia en el modo de hacer cine por los europeos. Sus películas se basan en temas nacionales, haciendo énfasis en la historia, el costumbrismo y los temas de actualidad, con una obra que intentó una función social consciente. A él le debe el cine cubano 17 de los 40 títulos rodados entre 1907 y 1922.[2]

Desde 1916 se da a conocer Ramón Peón (1897-1971) con las primeras imágenes áreas de La Habana. Formado en el oficio de cineasta en México y los Estados Unidos fue consolidando una obra, que dio continuidad al trabajo realizado por Enrique Díaz Quesada.

Con la película, “Realidad” (1920) se produce el debut de Ramón Peón, para esta cinta él escribe y dirige, mientras la producción corrió a cargo de la “Nacional Film Produccion. S.A.”. Ese mis año se produjo su segunda película de ficción producida por la “Cia. Golden Sun Pintures” (1920) y titulada “Dios existe”, con Marta Lis en el protagónico. En este período se le reconocen a Ramón Peón dos películas más: “La cosas de mi mujer” (1921) y “Casado de veras” (1922).

En la revista “Cine Mundial” órgano de la Industria Cinematográfica del Moving Picture World aparece la referencia al corto de animación Conga y Chambelona (1919), del pintor y humorista Rafael Blanco (La Habana, 1885-1955), quien no aparece en listados de creadores fílmicos. En la citada revista se afirma que fue presentada en una exhibición privada en Nueva York a la que “asistieron empresarios de Estados Unidos y algunos políticos cubanos”. Al filme, de veintisiete minutos en pantalla, se le atribuye “detalles técnicos de efecto sorprendente”. A la pluma del dibujante satírico Blanco le acompañó la producción de Victoriano Martínez y las habilidades de Luis Seel como “animador”.[3]

El balance para el cine silente cubano del período es positivo, existe una intención de crear películas propias, resultado del esfuerzo de un pequeño grupo de técnicos, directores, actores y productores, que tiene que lidiar con la competencia del cine extranjero, europeo y estadounidense, sin la protección de la producción nacional por parte del estado. Pese a esto la producción nacional de películas y cortos deja un considerable saldo de películas de ficción y reportajes, que sitúan a Cuba entre las pioneras del cine silente de Latinoamérica.


[1] Jennys Laura: Enrique Quesada entre el ensueño y el cine cubano”. Rev. Somos Jóvenes. Agosto 2005.

Versión Digital. http://www.somosjovenes.cu/index/semana84/padcine.htm

[2] Ídem

[3] La política en versión rumbera, ¿Un antecedente del dibujo animado cubano? Reynaldo González en http://www.cubaliteraria.cu/autor/reynaldo_gonzalez/html/obra06.html

Cultura

LOS INICIOS DEL CINE EN CUBA (I)




Cuba fue uno de los países pioneros en la cinematografía, no solo por su proyección temprana, sino porque desde los primeros momentos de su llegada ya hubo inquietudes para filmar y dejar en el celuloide constancia de la época y la gente

Cuba fue en el siglo XIX receptora de todos los avances e innovaciones que en el espectáculo se producían, había dinero, un gusto creado y un segmento de público capaz de pagar muy bien las novedades. En 1894 aparece en La Habana el electro-taquiscop (fotografía instantánea en movimiento), que se exhibía como curiosidad en la taquilla del teatro Tacón por el precio de veinte centavos. Un año después se presenta el Kinescopio de Edinson en la Manzana del Gómez y poco después el cinematógrafo de Lumiere, traído a La Habana por el francés Gabriel Veyre, quien presentó el primer espectáculo de cine el 24 de enero de 1897[1], ante un público curioso que llenó el salón desde las 6:30 de la tarde hasta las 11:30 de la noche, en tandas de media hora donde se presentaron siete cortos sin argumentos:”Jugadores de carta”, “Los bebés”, “Artillería de montaña”, “Un negro bañándose”, “Llegada del tren”, “Transformador de tipos” y “Escena del jardinero”.[2]

La acogida de este acontecimiento es reseñada por el periódico “La Unión Constitucional” que indica la asistencia de más de dos mil persona a esta primera tanda de cine en Cuba, destacando el entusiasmo del público y su asombro por el realismo de las escenas[3]

Así comenta un periodista de la época: “El cinematógrafo ha vencido al kinescopio y a todos los demás inventos de su clase (…) es la fotografía y la mecánica, en consorcio íntimo, produciendo sorpresas grandiosas.[4]

El 31 de enero ya se anunciaban diez cortos cinematográficos añadiendo “Desfile de lanceros de la reina de España”, “Un duelo a pistola” y “Carga de los rurales en México”, estados últimas cintas filmadas en México durante la permanencia en aquel país de los representantes de los Lumiere.[5]

El 14 de febrero de 1897 se anuncia por primera vez en las páginas de la prensa habanera el Vitascopio de Edinson con el que se hicieron las primeras presentaciones en la acera del Lovre.[6]

Desde la primera presentación del cinematógrafo en enero de 1897, se produce una expansión rápida por la ciudad de La Habana, el teatro Irijoa fue el primero en utilizarse para la proyección de películas, abril de 1897, utilizando junto con la proyección silente, música de acompañamiento emitida por un fonógrafo. El 21 de abril ya el teatro Alhambra adopta la decisión de exhibir películas, a fines de abril la sala “Panorama Soler” que exhibía vistas fijas, pasa a presentar películas. En mayo Veyre logra un contrato para simultanear el cine con las funciones de teatro en el Pairet y en agosto los empresarios Ubago, Arnautó y Luna alquilan el local que había tenido originalmente Veyre, al lado del teatro Tacón para proyectar películas. [7]

“El cine se asienta definitivamente en Cuba, bien en patente Edinson o Lumiere. Desde ese momento comenzó una competencia desleal por los precios, su proliferación (en abril son ya cinco los cines que funcionan diariamente) (…) La crítica comprendió ahora el nuevo fenómeno que surgía incontenible y afirmó con justicia “Porque eso es el Cinematógrafo: la vida misma”[8]

El 15 de diciembre de 1897 se abre en el Paseo del Prado la primera sala de cinematógrafo en Cuba y poco después se construye el primer local especial para proyectar cine, el Salón Floridora, después Alaska, en la esquina de Calzada del Cerro y Palatino, La Habana.

En 1898 ya el cine se presenta entre los espectáculo de La Habana, en competencia con el teatro bufo, el circo y las variedades. Las películas exhibidas en Cuba eran del sistema Edinson y Lumiere y entablaron desde sus inicios una competencia por el público que hizo rebajar los precios y hasta que el teatro Pairet presentara un espectáculo combinado de cine y teatro. Con la llegada del siglo XX el cine era una realidad al menos en La Habana.

El actor José E. Casasús trajo de México en 1899 el primer equipo de proyección marca Pathé Fréres con el que realizó numerosas giras por el interior del país llevando el cine al resto de la Isla, para ello se valió de otra novedad, una planta eléctrica portátil que acompañaba el proyector.

La primera película filmada en Cuba se rodó el 7 de febrero de 1897 por el mismo Gabriel Veyre representante de la “Maison Lumiere”. Era apenas un cortometraje se sesenta segundo y se llamó “Simulacro de un incendio”, a petición de la actriz María Tubau.

A Casasús se le debe la segunda filmación hecha en Cuba, realizada en 1898, se trata de un corto publicitario, “El Brujo desaparecido”; un anuncio encargado por la cervecera “La Tropical” y en el que aparece el propio Casasús en el papel de brujo desapareciendo para ir a tomar cerveza.

En cine, como espectáculo, ya estaba en Cuba y no tardaría en iniciarse las primeras filmaciones en el país.

A partir de 1906 la cinematografía silente comienza desarrollarse en Cuba de forma regular, animada por un director, Enrique Díaz Quesada y la Compañía Santos y Artigas que se convierte en la principal productora del cine silente en Cuba.

Díaz Quesada y el empresario Francisco Rodríguez crean la empresa, The Moving Pinture Company, muy cubana a pesar de su nombre, primero para la distribución de películas y más tarde produciéndolas en Cuba.

El primer documental de Díaz Quesada es, “El Parque de Palatino” (1906) realizado en un rollo y que ha devenido en la película más antigua que se conserva en Cuba. El corto muestra el parque de diversiones de Palatino y sus diversas atracciones y denota en su rodaje una intención artística por el movimiento de la cámara al enfocar los diversos aparatos de la instalación.

“Era el 25 de marzo de 1906 cuando un temerario operador fue capaz de atrapar en apenas siete planos el ambiente festivo del habanero Parque de Palatino. La prensa de su época lo catalogó como “Padre de la Cinematografía Cubana”. Su nombre era Enrique Díaz Quesada. Lo cierto es que su primer filme “El Parque de Palatino”, revela una increíble intuición cinematográfica”[9].


[1] La primera proyección del cinematógrafo se produjo el 28 de diciembre de 1895 en París.

[2] Raúl Rodríguez: El cine silente en Cuba, pág. 42. La Habana 1992

[3] Ídem: pág. 29

[4] Enrique Fontanils citado por Raúl Rodríguez en “El Cine silente en Cuba”, pág. 30.

[5] Ídem: pp.30-31

[6] Ídem: pág. 33

[7] Ídem: pp.34.35

[8] Rine Leal: La Selva Oscura Tomo II: pág.419. La habana, 1982

[9] Jennys Laura: Enrique Quesada entre el ensueño y el cine cubano”. Rev. Somos Jóvenes. Agosto 2005.

Versión Digital. http://www.somosjovenes.cu/index/semana84/padcine.htm

Cultura

UN PENSAMIENTO NUEVO FRENTE A VIEJOS PROBLEMAS (III)

Antonio Guiteras Holmes

Cuba (1925-1940)

En 1931 surgió en La Habana una organización política de orientación pequeño burguésa y reaccionaria que pretendió ser un movimiento distinto a los de la política tradicional y ofrecían modificaciones sustanciales a ese estado de cosa.

Era el ABC que se organizó como un movimiento clandestino de tácticas terroristas. Su programa aparece en 1932 en un Manifiesto-Programa cuyos basamentos teórico era muy similar al de los fascistas italiano de 1919, en el que se reconocía el carácter anormal y dependiente de la economía cubana, aunque sus conclusiones no eran progresistas. Hablaban de “reconquistar la tierra y restablecer la pequeña propiedad”, de un Senado funcional colaboracionista, con representantes de todas las clases, “en bien de la patria”, abogaba por el voto restringido solo para los alfabetizados y otros temas trabajados en forma poco clara, que terminaban siendo pura demagogia, además se oponían al socialismo porque los Estados Unidos no lo iba a permitir en Cuba[1]. Entre sus figura más destacadas se encontraban Joaquín Martínez Sáez, Alfredo Botet, Carlos Saladrigas Zayas, Ramón O. Hermida, Jorge Mañach, Pedro López Dorticós, Francisco Ichaso y José Francisco Martí Zayas Bazán, entre otros.

Antonio Guiteras Holmes (1906-1935), proviene de las filas del Directorio Revolucionario, fue acumulando experiencia en el proceso de lucha contra la dictadura machadista, fue partidario de la vía insurreccional para derrocar al tirano y organizador de planes de alzamiento durante los últimos años de la dictadura. Su maduración política y su decantación de los elementos de derecha que combatían a la dictadura lo llevaron a un pensamiento revolucionario más radical, antimperialista y nacionalista que lo hacen crear la Unión Revolucionaria (UR) (1932), con el tácito objetivo de producir una insurrección de la provincia de Oriente y derrocar a Machado.

Caída la dictadura, Guiteras forma parte del gobierno provisional de Ramón Grau conocido como el “Gobierno de los Cien Días”, no reconocido por los Estados Unidos, ni por la oligarquía nacional que lo saboteó constantemente desde el primer día.

Guiteras se erigió desde la Secretaría de Gobernación en el impulsor de medidas revolucionarias y populares que dañaron los intereses de los Estados Unidos y sus aliados nacionales, por lo que fueron finalmente desplazado del poder por la presión de estos grupos y su brazo ejecutor el Ejército Nacional encabezado por el coronel Fulgencio Batista.

Caído el gobierno de Grau San Martín, Antonio Guiteras pasa a la clandestinidad, más convencido que nunca que la lucha armada era el único medio posible para tomar el poder y realizar los grandes cambios que necesitaba el pueblo cubano.

El 1º de septiembre de 1934, Antonio Guiteras publica en la revista Bohemia su artículo “Septembrismo” donde expone sus criterios sobre la situación política del momento y la posible solución a esos desmanes:

Fracasamos porque una Revolución solo puede llevarse adelante cuando está mantenida por un núcleo de hombres identificados ideológicamente, poderoso por su unión inquebrantable, aunados por los mismos principios (…)

“Seré defensor del Gobierno (de los 100 días) hasta tanto no se convierta en lacayo fiel de Washington.

“Un estudio somero de la situación política económica de Cuba, nos había llevado a la conclusión de que un movimiento que no fuese antiimperialista en Cuba, no era una Revolución. Se servía al imperialismo yanqui o se servía al pueblo, pues sus intereses eran incompatibles.

“La Revolución que se prepara —aseveraba Guiteras— no constituirá un movimiento con más o menos disparos de cañón, sino una profunda transformación de nuestra estructura económico-político-social.”[2]

En 1934 fundó el grupo TNT con fines insurreccionales y posteriormente, unido a otros revolucionarios crea “Joven Cuba” en cuyo programa se afirma: “(…) para que la ordenación orgánica de Cuba en Nación alcance estabilidad, precisa que el Estado cubano se estructure conforme a los postulados del Socialismo”[3].

En los momentos en que se afianzaba en Cuba el gobierno de Batista-Mendieta, Antonio Guiteras, completa una visión revolucionaria y radical para los problemas de Cuba, la lucha armada y la instauración de un gobierno revolucionario. El 8 de mayo de 1936 muere combatiendo contra la nueva dictadura y deja un legado político que tendrá repercusión en el futuro de Cuba.

Es de destacar el crecimiento que tienen las fuerzas de izquierda durante este período de ardua lucha, primero contra Machado y luego contra los poderes impuestos por los Estados Unidos y apoyado por la burguesía nacional. El Partido Comunista de Cuba pasó de unos 200 militantes en 1925 a unos 5 000 en 1935, mientras que la Liga Juvenil Comunista creada en 1928 con alrededor de 400 militantes alcanza también los 5 000 miembros de 1935[4]. Era una fuerza fogueada en las luchas sociales, que deben mucho a la capacidad organizativa de Rubén Martínez Villena, verdadero líder de los comunistas cubanos en ese período y que fueron blanco de la más feroz persecución por parte del ejército y la policía, dominados por el “hombre fuerte” de Washington, Fulgencio Batista.

Con la llegada al poder en los Estados Unidos de Franklin D. Roosevelt y la aplicación de una nueva política (New Deal) con relación a las fuerzas democráticas y de izquierda, se produce en Cuba un “cambio” en los grupos gobernantes, que adoptan una política de demagógica apertura, que para nada afectan los intereses vitales del sistema capitalista neocolonial del país.

Batista comienza a aplicar una política “socializante”” que engendró el “Plan de Reconstrucción de la Economía” (Plan Trienal) en 1937 con el fin de fomentar un desarrollo económico y social sin tocar la estructura del estado dependiente.

Este plan se resume en el control y supervisión de las industrias azucarera y tabacalera por parte del estado, reconocimientos de algunos derechos de los trabajadores, la distribución de tierras estatales, programa de reforestación del país, creación de una marina mercante nacional, reorganización de la agricultura y un nuevo sistema de impuestos que afectaba en particular al capital extranjero.

Con estas medidas se creaba una posibilidad de diversificación y crecimiento de la industria, beneficiando a una débil burguesía nacional dependiente y marginada por los grandes capitales extranjeros, en su mayoría estadounidense.

Para las clases populares, en particular los trabajadores, el Plan Trienal buscaba contrarrestar las protestas con promesas de mejorías de carácter material y de derechos sindicales.

Fueron legalizados los partidos, incluyendo el comunista que reaparece con el nombre de Socialista Popular y aprovechando las posibilidades de alianzas con el grupo gobernante logran una pequeña representatividad en la Constituyente de 1940, en la que fueron plasmadas medidas de mejoras sociales, que emergían como una esperanza después de la nueva frustración revolucionaria de los años treinta.


[1] Julio Le Riverend: La República, pp. 273-274. La Habana, 1973

[2] La Joven Cuba de Antonio Guiteras. Pedro Antonio García, en rev. Bohemia. 2/6/2009

[3] Tomado de “Antonio Guiteras”. ECURED, 2012

[4] Citado por Ladislao González: “La huelga de marzo de 1935” en rev. Cuba Socialista, Nº 14, 1985

Historia

UN PENSAMIENTO NUEVO FRENTE A VIEJOS PROBLEMAS (II)


Cuba 1925-1940

En Cuba la década del veinte del siglo XX marca el despertar de una nueva generación de cubanos que desde el ímpetu de sus años y el acontecer de su época se desmarca del “pesimismo derrotista” de sus antecesores que vieron frustrada la Revolución Independentista que encabezara José Martí y que terminara abruptamente con la intervención norteamericana en 1898 y las imposiciones en Cuba de un modelo neocolonial con la complicidad de la burguesía nacional y sus aliados españoles asentados en Cuba.

Esta generación tiene muchos hitos y justamente comienza su despuntar entre los jóvenes estudiantes de la Universidad de La Habana cuyas históricas luchas por las reformas universitarias en los primeros años de esa década deL 20 marcan el cambio en el modo de concebir el devenir histórico.

Un joven despunta en esta pléyade de precursores, Julio Antonio Mella (1903-1929) estudiante de Derecho, fundador en 1923 de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), organización de estirpe nacionalista en cuyo seno maduraron muchas grandes figuras, que configuraron el panorama ideológico de esta época en nuestro país: Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras, Raúl Roa, Pablo de la Torriente Brau y Juan Marinello, entre otros.

Julio Antonio Mella no se limitó a crear esta organización estudiantil, ese mismo año en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes propone la creación de la “Universidad Popular José Martí” (1923) con la avanzadísima idea de dar una formación cultural, política e ideológica a los trabajadores y de vincular a la Universidad con los más humilde de la sociedad, en quienes ya veía los aliados naturales de las causas justas del pueblo. Redactó la Declaración de Derechos y Deberes del Estudiante, en la que se establece la necesidad de los mismos a divulgar sus conocimientos en la sociedad y especialmente entre los obreros y tuvo mucho que ver en la declaración que hace el congreso contra la intromisión del gobierno de los Estados Unidos en los asuntos internos de Cuba y contra la Enmienda Platt.

En 1924 crea la Liga Anticlerical e ingresa en la Agrupación Comunista de La Habana desde donde despliega un trabajo muy activo entre los trabajadores, ya en 1925 su radicalización política lo lleva a fundar la sección cubana de la Liga Antimperialista de Las Américas.

Era ya un líder, no solo entre los estudiantes, sino entre los trabajadores y los hombres de ideas más radicales, los comunistas, junto a los cuales fundó el Partido Comunista de Cuba en agosto de 1925; eran un puñado de veteranos y jóvenes luchadores por el bien humano. Expulsado de la Universidad y detenido por el régimen machadista se declara en huelga de hambre, en una acción que repercutió en la sociedad cubana por su valentía y entrega.

Se ve forzado por la persecución del régimen a exiliarse en México desde donde continúa su trabajo político al lado de los comunistas mexicanos y de otros países de Hispanoamérica; Publica activamente en la prensa de izquierda mexicana e imparte conferencias, en las que promueve su modo de pensar y su compromiso político. En este país Mella se convierte en un luchar incansable por la causa de los humilde, la reforma agraria, la nacionalización del petróleo y los derechos de los trabajadores. Fue miembro del Comité Central del Partido Comunista México y no olvidó ni un momento su compromiso con Cuba.

Su figura gana ribetes continentales al participar en el Congreso Mundial contra la opresión colonial y el imperialismo celebrado en Bruselas en febrero de 1927, luego se traslada a Moscú para participar como delegado en el Congreso de la Internacional Sindical Roja. En enero de 1929 a los 25 años es asesinado en México, casi todo apunta al presidente de turno en Cuba, Gerardo Machado, quien veía en el joven una sombra molesta y peligrosa.

Si políticamente esta generación se presenta como la adecentadora y denunciante de todo lo corrupto, en la cultura esta generación no podía aceptar el inmovilismo provinciano que dejaba a la isla en un limbo entre el decimonónico ido y las inquietudes del nuevo siglo con sus “ismos” presagiante, pero que siempre llegaban tarde a la isla, había que cambiarlo todo y la renovación, no se hizo esperar.

Los intelectuales jóvenes, los mismos que encabezaron la “Protesta de los Trece” y el “Movimiento Minorista”, están al frente de los cambios que la cultura y la literatura en particular necesitaban.

Descuella por su intensa labor política Rubén Martínez Villena (1899- 1934) joven abogado que desde sus primeros pasos como profesional entra en contacto con los intelectuales de pensamiento más avanzado, haciendo causa junto a los humildes y en defensa de los intereses nacionales de Cuba. Lidera el grupo que se pronuncia contra la fraudulenta venta del Convento de Santa Clara (Protesta de los Trece), acción que da a conocer a la opinión pública a una generación de cubanos dispuesta a enfrentar los desmanes políticos y administrativos de los gobiernos de turno.

Participa en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes, en la fundación de la Universidad Popular José Martí y forma parte activa de la Falange de Acción Revolucionaria, el Grupo Minorista y el Movimiento de Veteranos y Patriotas espacios que Rubén convertiría en tribunas para mostrar su inconformidad con la situación social y política existente en la isla. Con la fundación del Partido Comunista de Cuba en 1925, Villena encontró un espacio de crecimiento político, vinculándose más estrechamente a los trabajadores.

Con la llegada al poder de Gerardo Machado, la labor política de Rubén se incrementa y durante estos primeros años de gobierno machadista, será un oponente de muy claras ideas.

Ingresa al Partido Comunista en 1927 y funge como asesor legal de la Federación Obrera de La Habana y de la Confederación Nacional Obrera de Cuba, de la que fue uno sus líderes fundamentales, aunque no quiso asumir la secretaria general, tal vez por su delicada salud.

“En 1928 es electo miembro del Comité Central del PCC, sin embargo nunca ostentó cargo oficial alguno, salvo integrante de este Comité, debido a los prejuicios del movimiento comunista de la época, y los suyos propios, de que un intelectual no debiera asumir en esa organización la máxima responsabilidad. Tras la muerte de Julio Antonio Mella, en 1929, por acuerdo del Comité Central se convirtió en el principal y más activo dirigente del Partido, desarrollando una ardua labor a pesar de estar afectado de forma aguda por la tuberculosis.”[1]

Los méritos de Rubén como dirigente comunista lo llevan a convertirse en la principal figura política dentro del Partido Comunista de Cuba, al que llevó a un plano de vanguardia entre los trabajadores y los grupos progresistas de la época. Su capacidad y liderazgo queda demostrada al dirigir la primera huelga política de la Historia de Cuba[2] que paraliza el país por más de 24 horas, el 20 de marzo de 1930.

Ese mismo año sale rumbo a la Unión Soviética, en primer lugar para contactar con los dirigentes de la Internacional Comunista y en segundo lugar para someterse a tratamiento por su grave enfermedad. En Moscú trabaja en la Sección Latinoamericana de la KOMINTERN y mantiene un persistente intercambio con los teóricos del marxismo – leninismo, cuya asimilación teórica no fue acrítica sino dialéctica al asumir estas teoría y adaptarlas a las condiciones de lucha de su tiempo y su país.

A principio de la década del treinta Rubén regresa a Cuba, su enfermedad es irreversible y su decisión es volver a la lucha contra Machado y morir junto a los suyos. Desde su lecho organiza y dirige la Huelga General Revolucionaria que llevará al fin de la dictadura machadista en 1933.

En medio de la vorágine revolucionaria que sigue a la caída de la dictadura continúa con sus deberes al frente del partido comunista y en los preparativos para el IV Congreso Nacional Obrero de Unidad Sindical. El 15 de enero de 1934 muere este extraordinario intelectual y dirigente comunista, hombre de profundas ideas sociales, ejemplo de valentía y entrega.


[1] Rubén Martínez Villena. ECURED, Cuba. http://www.ecured.cu/index.php/Rub%C3%A9n_Mart%C3%ADnez_Villena

[2] Ídem

Historia

UN PENSAMIENTO NUEVO FRENTE A VIEJOS PROBLEMAS (I)


Rubén Martínez Villena

Cuba 1925-1940

El arte y la literatura occidental están en un profundo momento de cambio, en las primeras décadas del siglo XX y tras el término de la Primera Guerra Mundial y el surgimiento de la Revolución de Octubre (1917) liderada por Lenin, el escepticismo inunda la vida intelectual. El siglo XX irrumpe con todas sus fuerzas cambiándolo todo en el modo de pensar y de hacer cultura, fundamentalmente en Europa, desde la cual se expande la influencia hacia el resto del mundo.

En Cuba estos cambios en la cultura se dan contra el adormecedor romanticismo y el retrasado modernismo de la primera generación, a los que se contrapone el vanguardismo, audaz en algunos casos, tímido en otros, pero en todos, preocupado, consiente y renovador.

Si 1923 significó la apertura política de la nueva generación, 1927 es el momento de la definición de este movimiento intelectual de vanguardia. La publicación de la revista “Social”, el “Suplemento Literario del Diario de la Marina” y otras publicaciones de pensamiento más comprometido, traen como resultado la aparición de la revista de “Avance”(1927) colofón de un movimiento cultural que pretendió renovar la sociedad con sus actos. Las masas estaban por entrar en acción y sería su rica y decisiva participación lo que determinará el profundo cambio de la década del treinta con la aparición de muchas manifestaciones de la cultura nacional popular.

Tal es así que en 1927 un grupo de jóvenes creadores e intelectuales publican en las páginas del periódico “El Heraldo de Cuba” lo que ellos llamaron un “Manifiesto del Sindicato de Trabajadores Manuales y Artista de Cuba”[1] en el que argumentaban que como en el capitalismo la obra de arte es una mercancía “sujeta a la fluctuaciones de la oferta y la demanda”[2], la tarea de los artistas y los intelectuales era sumarse a la lucha del proletariado para abolir el régimen social imperante. Negaban los firmantes “toda estética que no fuera maduramente nueva en su forma y contenido”[3] y denunciaban “la irradiación del imperialismo yanqui sobre los pueblos de América”[4], condenando todo lo que no fuera auténtico de Latinoamérica, “prefiriendo siempre el son al charleston”[5]

Por último, reivindican “las corrientes estéticas de vanguardia poniéndolas al servicio de los productores, de sus aspiraciones, intereses, pasiones y anhelos de lucha contra los opresores nacionales y extranjeros”[6]

El “Grupo Minorista” se crea en 1927 por jóvenes intelectuales combativos y luchadores por las causas más justas, como fueron: el rechazo a la corrupción, la politiquería, la defensa de la cultura nacional, las dictaduras, el apoyo a los reclamos de los más humildes y contra el ingerencismo abierto de los Estados Unidos en los asuntos de Cuba. Muchos de ellos habían militado en el Movimiento de “Veteranos y Patriotas”, defendiendo los intereses del pueblo y rechazando el oportunismo de los que trataron de aprovecharse de este para sus intereses politiqueros.

Entre los más destacados miembros de este grupo Minorista están, Rubén Martínez Villena, Emilio Roig de Leuchsenring, María Villar Buceta, Alejo Carpentier, Conrado Massaguer, Eduardo Abela, Luis Gómez Vanguemert,  Francisco Ichazo, Enrique Serpa, José Zacarías Tallet, Jorge Mañach y Juan Marinello, entre otros.

Las ideas sociales de izquierda se abren paso en el ámbito social cubano, entre ellas el marxismo, que comienza a ser estudiado entre los jóvenes intelectuales y los trabajadores.

También las ideas martianas son reencontradas por esta nueva generación que basa su nacionalismo, no en el patrioterismo de los políticos de principios de la República, sino en las ideas comprometidas y democráticas de José Martí

Dentro del movimiento obrero de la isla la década del veinte va a ser también momento de cruciales acontecimientos, en La Habana se funda la Federación Obrera de La Habana (26/11/1920), la primera organización obrera que en Cuba se plantea luchar de forma unitaria por los interese de la clase obrera, encabezada por Alfredo López.

En 1924 se funda la primera organización obrera de carácter nacional, la Hermandad Ferroviaria de Cuba, un primer paso para poder unir a todos los trabajadores del país para luchar por sus intereses. Ese mismo año surge la Asociación Nacional de la Industria Azucarera, en contraposición a los obreros ferroviarios a quienes consideraban con intereses ajenos a los suyos. Su posición “gremialista”, llegaba a la negación de las clases sociales, defendiendo la existencia de “grupos solidarios específicos” por razón a la actividad económica que realizaba, en su seno estaban los trabajadores industriales y agrícolas, pero también los altos ejecutivos de los ingenios, convirtiéndose de hecho en un “instrumento reformista dentro del movimiento obrero azucarero”[7]

En agosto de 1925 se convoca a un Congreso Nacional Obrero, celebrado en Camagüey, del que emergió la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), presidida por Alfredo López Arencibia (1894-1926), la organización líder de los trabajadores cubanos tuvo un papel protagónico en la lucha contra la dictadura de Machado, en la cual murieron muchos de sus miembros y dirigentes, entre ellos el propio Alfredo López torturado y asesinado en el castillo de Atarés en 1926.

Un hito importantes para la izquierda cubana fue la constitución del Partido Comunista de Cuba, también en agosto de 1925, organización con la que culminaban años de orientación y lucha por encaminar las aspiraciones de los trabajadores y de los más humildes de la sociedad por la vía del marxismo, alentado desde 1917 por el triunfo de la Revolución Socialista de Octubre en Rusia. En la década del veinte fueron apareciendo en diversas poblaciones de la isla agrupaciones de comunistas, poco numerosas, pero muy activa en la propaganda y el activismo ideológico, que poco a poco fueron coordinando sus esfuerzos y aumentando su influencia en el movimiento obrero, hasta culminar en la creación del partido.

Pese a la dura represión contra los comunistas, la ilegalización de su organización y los prejuicios en la sociedad, el partido va ganando un prestigio creciente en la clase obrera y los elementos más radicales del estudiantado y la intelectualidad, teniendo ya para 1927 un lugar de liderazgo en la lucha antimachadista.


[1] Es el conocido Manifiesto del Grupo Minorista, publicado el 6 de mayo de 1927

[2] Citado por Eduardo Aigues Vives,”1927 y Alejo Carpentier” en per. Granma 19/7/1990

[3] Ídem

[4] Ídem

[5] Ídem

[6] Ídem

[7] Julio Le Riverend: La República, pág. 219. La Habana, 1973

Historia
chatroulette chatrandom

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda