Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

José Martí

MARTÍ HABLANDO DE PELOTA


Yo sé que hay muchos, de aquí y de allá, que desean que enterremos a Martí, a mi por el contrario me gusta desempolvarlo para mostrar su versatilidad temática, la frescura y actualidad de sus opiniones y hasta la valentía para expresar criterios, sin pensar en consecuencias, cosa que hoy muchos no asumen al escribir.

Martí no es un bandera para flamearla ante las campañas mediáticas de dentro y fuera, es un intelectual de a pie que vivió su tiempo y se empeñó en mostrarnos al ser humano, hacer que nos viéramos en ese espejo que somos nosotros mismos y no solo que imagináramos la persona que quisiéramos ser.

Por eso lo traigo en el tema más cotidiano para el cubano, la pelota, el beisbol sacrosanto del que quisiéramos ser los inventores, aunque nos duela hasta la médula no poder blasonar de ser los mejores en el deporte de nuestros amores.

Empecemos por esta breve frase, escrita como al vuelo y que nos deja ver el asombro del beisbol como fenómeno de masas allá por los últimos años del siglo decimonónico: (…) Dicen que irán treinta mil almas al juego de pelota, (…)”[1], observen que Martí llama pelota al juego, tal y como el cubano de hoy llama al beisbol y que conste que tal manejo del término es muy del siglo XX entre nosotros.

Pero no es esta una nota ocasional, ya antes había escrito para una de sus crónicas sobre la sociedad norteamericana:

(…) Si se mira a la calle por la tarde, no se ven sino mozos robustos que andan a buen paso, para cambiar sus trajes de oficio por el vestido de paseo, con que han de lucir a la novia, o el del juego de pelota, que aquí es locura, en la que se congregan por parques y solares grandes muchedumbres”[2]

También nos demuestra que no es solo curiosidad, conoce el juego y de haberse detenido muchas veces a contemplar los reñidos partidos de beisbol en el New York de su época. Acoto esta curiosa nota al referirse al lanzador (picher) de un equipo de pelota, al que por cierto nombra como “tirador”, término que no utilizamos para esta importante figura del beisbol pero que se aviene a su función principal de tirar la pelota para que batee el equipo contrario: “(…) en Yale tenemos un gran tirador de pelota, que gana siempre, porque antes de entrar en el juego, reza”[3]

Ahora traigo el fragmento más controversial escrito por José Martí sobre el beisbol, el que ha hecho decir a muchos que no gustaba de este juego, que no lo entendía y que opinaba por lo que leía, veamos:

“(…) sin que en lugar alguno falte una asamblea, ya de clérigos protestantes, (…) ya de jugadores de pelota, que es juego desgraciado y monótono que perturba el juicio, y como todos los demás, como las regatas, como los pugilatos, como las carreras, como cuanto estimula la curiosidad, las apuestas, y el amor natural del hombre a lo sobresaliente, aun en la fuerza física y el crimen, privan aquí tanto en verano, que para dar cuenta de quién recorrió el cuadro más veces o tomó más la pelota en el aire, publican los periódicos de nota al oscurecer, una edición extraordinaria. (…)”[4]

Un juicio contundente al que no falta razón y actualidad, aunque amemos mucho al beisbol y al deporte en general, por último quiero citar mi fragmento favorito, ese que me deja ver al poeta que es Martí, al cubano que entiende de beisbol y que le rinde homenaje con una de las jugada más difíciles para el receptor de pelota, figense en el modo de llamar a este jugador, “encuclillado”, en referencia su posición defensiva; vayan estas palabras de José Martí como un homenaje a los grandes cacher que ha tenido la pelota y en especial a mi admirado Pestano, maestro en la conducción de los lanzadores y del juego, valiente y oportuno en su bateo y su defensa:

“La población está de vuelta en las casas. ¿Qué yacht triunfó en la regata? ¿Qué peloteros ganaron, los de Nueva York, que tienen el bateador que echa la pelota más lejos, o los de Chicago, cuyo campeador es el primero del país, encuclillado fuera del cuadro, mirando al cielo, para echarse con ímpetu de bailarín o coger en la punta de los dedos la pelota que viene como un rayo por el aire”[5]


[1] La Nación. Buenos Aires, 17 de noviembre de 1888. Tomo 12. Obras Completas de José Martí. 1975

[2] El Liberal de México, 13 de junio de 1886. “Otras Crónicas de Nueva York”, José Martí. Compilador Ernesto Mejías. La Habana, 1983.

[3] La Nación. Buenos Aires 17 de mayo de 1886.Tomo 11. Obras Completas de José Martí. 1975

[4] El Partido Liberal. México, 1887. Tomo 11. Obras Completas de José Martí. 1975

[5] Escenas neoyorquinas, en Anuario del CEM, 1979

Deporte, José Martí

MACANAZO, NO JONRÓN, EN PALABRAS DE MARTÍ



Por estos día de play off en la pelota cubana cuando cuatro equipos disputan las semifinales[1], vienen a mi mente los modismos adoptados por los cubanos desde finales del siglo XIX para nombrar a este juego que no lo inventamos nosotros, pero está en nuestra idiosincrasia con tal fuerza que ya hasta hemos querido ver su origen en el juego con pelota que practicaban de modo ritual los aborígenes de la isla, sin tener en cuenta que no se bateaba, ni había bases, ni un terreno delimitado, como si lo tiene otros deportes con pelotas de raíces europeas y devenido en la base de “base boll” ese que luego se transformó en “beisbol” y que para todos los cubanos es LA PELOTA.

Aún hoy la mayoría de los vocablos del juego de pelota son los propios del inglés, HIT es el golpe limpio a la bola que nadie puede coger, pero en Cuba puede ser un “incogible”, “imparable” o simplemente ¡Ji!, que es como suena al oído del parlante criollo.

Las bases en el beisbol son cuatro, las tres primeras numeradas en los ángulos de un cuadrado, que empieza y termina en el “HOME” un pentágono de madera incrustado en la cuarta esquina y que es la meta anhelada de todo jugador de beisbol cuando estás a la ofensiva.

Para los cubanos la Primera, es solo eso, pero la segunda puede ser “la intermedia” y la tercera, la “esquina caliente”, por la cantidad y solidez de batazos que por ahí se dirigen; y el home en la “goma” en el centro de los dos cuadrados de cal que delimitan la zona de bateo de los atletas a la ofensiva.

Hay un batazo que es, a no dudarlo el que todos quieren dar, el jonrón, “vuela cerca”, “bambinazo”, que le permite al bateador corredor darle la vuelta al cuadro, todo un espectáculos, más emocionante que el “GOL” y decididamente la jugada que más quiere hacer un pelotero.

Quiero traerle una cita martiana acerca de este “juego nuestro”, allá a finales del siglo XIX, cuando el pudo presenciar partidos de beisbol, de aquellos tiempos románticos en que el atleta era un héroe y no una mercancía:

«Ni los juegos de pelota han interesado tanto este año, aunque hay peloteros que han dejado la universidad para pelotear como oficio, porque como abogados o médicos, los pesos serían pocos y les costarían mucho trabajo, mientras que por su firmeza para recibir la bola de lejos, o la habilidad para echarla de un macanazo a tal distancia que pueda, mientras la devuelven, dar la vuelta el macanero a las cuatro esquinas del cuadrado en que están los jugadores, no sólo gana fama en la nación, enamorada de los héroes de la pelota, y aplausos de las mujeres muy entendidas en el Juego, sino sueldos enormes, tanto que muchos peloteadores de éstos reciben por sus dos meses de trabajo, más paga que un director de banco, o regente de universidad, o secretario de un departamento en Washington. »(337)[2]

Junto a la crítica oportuna por la profesionalización del deporte, la originalidad de llamar MACANAZO al jonrón, un cubanismo beisbolero muy martiano por aquello de la semejanza del bate de beisbol con la macana de los aborígenes cubanos.


[1] Matanzas, Villa Clara, Industriales y Pinar del Río

[2] La Nación. Buenos Aires, 25 de agosto de 1888 .Tomo 13. Obras Completas de José Martí. 1975

Deporte, José Martí

PERIÓDICO PATRIA, LA VOZ DE MARTÍ


El 14 de marzo de 1892, salía en Nueva York el primer número del periódico “Patria”, ese bisemanario que nuestro José Martí puso en circulación a fin de dar a conocer a sus coterráneos, exiliados en los estados Unidos, sus ideas a cerca de la independencia, la unidad nacional, la democracia y la justicia social.

Ya en estos momentos de circular el primer ejemplar de “Patria”, Martí había vertebrado dentro de la comunidad cubana en los Estados Unidos un movimientos que fuera capaz de dirigir las luchas por la liberación nacional de la isla, al tiempo que mantenía contacto con los que tenía iguales ideas dentro de la isla y en otros países en los que grupos de cubanos soñaban con tener patria.

Fue claro desde un primer momento al publicar en este primer número los estatutos del Partido revolucionario Cubano, aún no proclamado, pero en fase de organización en las bases sociales que habrían de sostenerlo y, algo muy importante, al aseverar que el periódico “Patria” no era el órgano de ningún partido o tendencia, sino el periódico de los cubanos, modo de afianzar la unidad como factor imprescindible para alcanzar los objetivos de ser una nación libre, “con todos y para el bien de todos”.

José Martí

CARLOS MANUEL DE CÉSPEDES, 140 AÑOS DE SU MUERTE


José Martí en su peregrinar constante entre los hombres de la emigración que habían peleado en la Guerra Grande, escucha y va haciendo suyas aquellas historias heroicas de la campaña de los cubanos por alcanzar su libertad.

Oye hablar de los padres fundadores, Céspedes, Aguilera, Agramonte, Figueredo, e intenta hacerse una idea testimonial de aquellos hombres que dejaron la comodidad de su clase, para compartir la dignidad de los libres con los humildes labriegos y los esclavos despersonalizados.

En Carlos Manuel de Céspedes y Quesada se detiene, valora la hazaña del alzamiento el 10 de octubre de 1868, rompiendo el titubeo de los comprometidos, su llamado a todos los cubanos a luchar por la independencia de su país y algo más trascendental, liberando a los esclavos de su dotación a quienes llama como iguales al mismo sacrificio; gesto valorado altamente en la historia de Cuba como el comienzo de la abolición de la esclavitud en la isla.

Del testimonio de los que vivieron en el pueblo de Guaimaro el momento de la unidad y de la proclamación de la República en Armas (10 de abril de 1869), parte la valoración patriótica del caudillo bayamés a quien resume en una frase, “Céspedes, si hablaba, era con el acero debajo de la palabra, y mesurado y prolijo” [1] o cuando cita al propia Céspedes: “Decía Céspedes, que era irascible y de genio tempestuoso:-“Entre los sacrificios que me ha impuesto la Revolución el más doloroso para mí ha sido el sacrificio de mi carácter”. Esto es, dominó lo que nadie domina.”[2]

Es en esta decisiva reunión de patricios que José Martí se detiene no solo para exaltar la liberalidad de la Constitución dada a la República en Armas, sino para darnos una idea más completa del hombre a quien cupo la gloria de ser el iniciador de las luchas por la independencia de Cuba y que en esta Asamblea vivió las tensiones de quienes lo sospechaban tirano, desconfiaban de él y no escatimaron mecanismos para refrenar sus ímpetus y sus sueños separatista:

“Momentos después iba de mano en mano la despedida del general en jefe del ejército de Cuba, y jefe de su gobierno provisional. “El curso de los acontecimientos le conduce dócil de la mano ante la república local” : “La Cámara de Representante es la única y suprema autoridad para los cubanos todos”: “El Destino le deparó ser el primero” en levantar en Yara el estandarte de la independencia: “Al Destino le place dejar terminada la misión del caudillo” de Yara y de Bayamo: “Vanguardia de los soldados de nuestra libertad” llama a los cubanos de Oriente: jura “dar mil veces la vida en el sostenimiento de la república proclamada en Guáimaro”.[3]

La nobleza de Céspedes queda reflejada en estas palabras de Martí puesto en el lugar del caudillo que abdica de sus propias ideas para sumarse a las mantenidas por los soñadores idealistas que dibujaron el futuro de la República, sin tener aún República:

“De pie juró la ley de la República el presidente Carlos Manuel de Céspedes, con acentos de entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos del destino: aquellos juveniles corazones, tocados apenas del veneno del mundo, palpitaron aceleradamente. Y sobre la espada de honor que le tendieron, juró Manuel Quesada no rendirla sino en el capitolio de los libres, o en el campo de batalla, al lado de su cadáver. Afuera, en el gentío, le caían a uno las lágrimas: otro, apretaba la mano a su compañero: otro oró con fervor. Apiñadas las cabezas ansiosas, las cabezas de hacendados y de abogados y de coroneles, las cabezas quemadas del campo y las rubias de la universidad, vieron salir, a la alegría del pueblo, los que de una aventura de gloria entraban en el decoro y obligación de la república, los que llevaban ya en si aquella majestad, y como súbita estatura, que pone en los hombres la confianza de sus conciudadanos.[4]

Días difíciles vendrán para Céspedes, proclamado el primer presidente, pero sujeto a una burocracia parlamentaria y torpe, incapaz de ver que la independencia estaba por hacerse y que aquel titán que ellos ataban a la convencionalismo de una constitución inoportuna, no sería fácil de dominar y pelearía con esas mismas armas que ellos pusieron en sus manos, la legalidad ejecutiva, que Martí supo ver y someter al juicio de la historia:

“El 10 de abril, hubo en Guáimaro Junta para unir las dos divisiones del Centro y del Oriente. Aquélla había tomado la forma republicana; ésta, la militar.- Céspedes se plegó a la forma del Centro. No la creía conveniente; pero creía inconvenientes las disensiones. Sacrificaba su amor propio-lo que nadie sacrifica.

“Se le acusaba de poner a cada instante su veto a las leyes de la Cámara. El decía: “Yo no estoy frente a la Cámara, yo estoy frente a la Historia, frente a mi país y frente a mí mismo. Cuando yo creo que debo poner mi veto a una ley, lo pongo, y así tranquilizo mi conciencia.” La Cámara; ansiosa de gloria-pura, pero inoportuna, hacía leyes de educación y de agricultura, cuando el único arado era el machete; la batalla, la escuela; la tinta, la sangre.-Y venia el veto.

“Que instituyó la forma militar.-El creía que la autoridad no debía estar dividida; que la unidad del mando era la salvación de la revolución; que la diversidad de jefes, en vez de acelerar, entorpecía los movimientos.- El tenía un fin rápido, único: la independencia de la patria. La Cámara tenía otro: lo que será el país después de la independencia. Los dos tenían razón; pero, en el momento de la lucha, la Cámara la tenía segundamente. Empeñado en su objeto, rechazaba cuanto se lo detenía.

“Que se llamó Capitán General.-Temperamento revolucionario: fijó su vista en las masas de campesinos y de esclavos. “A ese nombre están acostumbrados a respetar; pues yo me llamaré con ese nombre. Un cambio necesitaría una explicación. Se pierde tiempo-i Se pierde tiempo! Esta es la explicación de todos sus actos, el pensamiento movedor de todos sus movimientos coléricos y la causa excusadora de todas sus faltas. Concretaba su vida en una frase ¡libres de España!-Cada dificultad le parecía un crimen, cada obstáculo un fratricidio.-El creía: “El medio de la paz es la tribuna”-“El medio de las revoluciones es la acción.“- Un discurso dicho era una legua perdida:-Tanto más admirable en un hombre de ley y de discursos.-Y como Tácito escribió tremendamente, con el lenguaje aglomerado de tantos años en su alma: en Céspedes obraba inquietamente, con la genial vivacidad y bélicos caracteres por tan largos y tan insoportables años contenidos.”[5]

Carlos Manuel de Céspedes murió el 27 de febrero de 1874 emboscado en un intrincado rincón de la Sierra Maestra a donde se había refugiado luego de ser destituido por la Cámara de Representante de la República en Armas, sin escolta, apartado por los mismo hombres que el convocó para esta tarea grande de darle independencia a Cuba.

Acosado por el batallón de San Quintín, no se rindió sino que se batió a tiros con aquella tropa numerosa y murió peleando por los mismos principios de libertad que defendió toda su vida.

Los cubanos le recuerdan como el Padre de la Patria, el iniciador de las luchas por la independencia, el preclaro hombre que dio la libertad a sus esclavos y aceptó humildemente de la Revolución las responsabilidades que le dio.


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo IV, pág., 387

[2] Ídem. Tomo 22, pág. 235

[3] Ídem pág. 388

[4] Ídem pág. 389

[5] Estas notas están en unas hojas donde aparece también el borrador de la carta de Martí al general Máximo Gómez, pidiéndole datos sobre Céspedes para un libro que pensaba escribir. Obras Completas de José Martí. Tomo XXII, pág., 235

Historia, José Martí

EL ENVENENAMIENTO DE JOSÉ MARTÍ


Este es un episodio triste y a la vez gallardo en la vida de José Martí, triste porque se constata una vez más como la vileza y el mal son capaces de acudir a los medios más bajos para destruir una noble causa, y gallardo por esa capacidad de perdón que hay en el hombre que es José Martí, se reunió con uno de sus envenenadores, en privado y como un padre averiguó los motivos y perdonó y no solo eso, sino que ganó para la causa de Cuba a un combatiente que hizo méritos suficientes como para ostentar los grados de Comandante del Ejército Libertador Cubano. La Doctora Nidia Sarabia fue de las primeras en develar el nombre de este cubano que herró y rectificó, luego otros han copiado su información y la han convertido en uno de los episodios más tratados fundamentalmente por los estudiantes de medicina, he aquí una versión que tome de “La Revista Habanera de Ciencias Médicas” y con la firma de la Lic. Marlene Irene Portuondo[1]

“Parte para New York. Recorre varias ciudades en EE.UU. A fines de año, en Tampa, a pesar de estar enfermo habla durante hora y media en ocasión del segundo aniversario de la Fundación de la Liga Patriótica Cubana.
“Luego de realizar un recorrido por otras ciudades, donde ofreciera discursos en español e inglés, llega a Tampa, el 16 de diciembre de 1892. Allí, elementos al servicio del enemigo intentan asesinarlo mediante envenenamiento, al servirle una copita del vino que solía tomar de coca de Mariani. Al llevárselo a los labios, le halló un gusto extraño, y tras una rápida intuición, devolvió el sorbo. El Dr. Barbarrosa, amigo y médico de Martí en Tampa, llega casi al propio tiempo, e insiste en hacer analizar el resto. Olfateó el licor, lo degustó con cautela. “¡Sí; me parece que sí…Ácido…Déjeme hacerlo analizar! Mientras el Doctor se ocultaba la botella en el faldón de la levita, Martí le tomó por un brazo y le dijo mirándole fijamente: “De esto, amigo mío…, sí fuese cierto, ¡ni una palabra!”[2]
“Se trataba de dos cubanos –un blanco y un mulato–, quienes se habían ofrecido para servirle a Martí, en su refugio, como auxiliares, pero luego del intento de crimen, desaparecieron rápidamente de la estancia. Fue Paulina Pedroso “la negra patriota”, quien llevaría al Apóstol para su casa, custodiado, día y noche, por su esposo Ruperto. “Una tarde .se presentó en la casa uno de los auxiliares desaparecidos: el blanco. Venía trémulo, contrito. Ruperto hizo ademán de lanzarse sobre él. Martí le contuvo, y echándole el brazo por encima del hombro, se encerró en su cuarto con él. Al cabo de un rato, el otro salió con los ojos enrojecidos y el rostro más alto…Ese –díjole Martí a Ruperto– será uno de los que habrá de disparar en Cuba los primeros tiros.”[3]
El vaticinio se cumplió. Dos años después, estos dos hombres figuraron en una de las primeras expediciones. El del abrazo, se ganó en la manigua el grado de comandante. Se trató del comandante Valentín Castro Córdova.


[1] “No hay enfermedad que me detenga. Ya rebajo y sigo” http://bvs.sld.cu/revistas/rhab/historicas _rev9.htm

[2] Nydia Sarabia. Notas confidenciales sobre Cuba 1878-1895. La Habana: Editora Política; 1985, p. 161.

[3] Ídem

José Martí

MARTÍ Y EL DIVERSIONISMO IDEOLÓGICO



Les traigo una joya del pensamiento cubano revolucionario, la Conferencia que sobre José Martí dictó el prestigioso Dr. José Antonio Portuondo[i], marxista y militante comunista desde los años republicanos que antecedieron a la Revolución Cubana, santiaguero, oriental de pura cepa y cubano radical que puso toda su saber al servicio de la Revolución.

El tema de esta conferencia fue “Martí y el diversionismo ideológico”, dictada en 1974, época marcada en la cultura cubana como “Quinquenio Gris” por la triste experiencia aplicada contra la intelectualidad cubana y la cacería de brujas desatada contra religiosos, homosexuales, librepensadores o simplemente aquel que no encuadrara dentro de los “parámetros” de un revolucionario, que era lo primero que un cubano de aquella época te decía que era, por definición.

Es una época, quiero pensar que superada, pero este digno cubano en sus reflexivas palabras sobre el pensamiento martiano nos da interesantes matices que acomoda  su principal tesis que mantiene vigencia: “la lucha ideológica conserva su validez y vigencia histórica”, pero no puede ser convertida en un instrumento de represión, acoto yo, luego fue parte de la famosa “Batalla de Ideas” convocada por Fidel hace casi dos décadas y que se convirtió en una consigna más en medio de la urgencia de mantener a la Revolución Cubana en el Poder.

Los dejo con estas palabras que arrojan luz y sombra sobre nuestro presente, disculpándome de entrada por lo extenso, pero me pareció que fragmentarla no daría el sentido que tiene:

Compañera Callita Araujo:
Compañera Melba Hernández:
Compañeras y compañeros todos:

Uno de los temas que se han barajado con más frecuencia últimamente, sobre todo a partir de un discurso alertador y orientador, al mismo tiempo, del compañero Raúl Castro, es el del diversionismo ideológico. La contrarrevolución, y sobre todo su motor fundamental, el imperialismo, han llegado al convencimiento, por lo menos así las circunstancias parecen indicarnos, de la futilidad de intentar un aplastamiento de la Revolución por medios violentos; se han dado cuenta de que la Revolución se consolida cada vez más y de que por la fuerza no será posible cambiar la situación existente en nuestro país.

Por otra parte, en el mundo entero se extiende, cada vez más la política de coexistencia pacífica, de distensión. Ahora bien, cuando ocurre este fenómeno de la coexistencia pacífica, de la distensión, es cuando el imperialismo echa mano de un arma más sutil y más peligrosa que es el diversionismo ideológico, es decir, intenta minar por dentro a los países socialistas. Este fenómeno no es nuevo, este fenómeno viene ocurriendo en la historia desde hace siglos y no ocurre solamente en la etapa de la revolución socialista, ha ocurrido siempre, es decir el intento de destruir ideológicamente los movimientos progresistas.

Naturalmente, a nosotros nos atañe esto que nos está pasando ahora y tenemos que fijar bien cuáles son esas posiciones y cuáles son las acciones diversionistas que realiza el imperialismo para tratar de socavar nuestra Revolución Socialista. Hay muchos aspectos de este diversionismo y no hay tiempo, en una sola charla para cubrirlos todos. Ahora estamos aprovechando esta circunstancia de las ]ornadas ‘Martianas para alertar a los compañeros acerca de la utilización de Martí como instrumento de este diversionismo pero, al mismo tiempo, señalar cómo hubo también una forma de diversionismo en relación con Martí, ya no utilizándolo como instrumento, sino como víctima de ese diversionismo.

Desde que Martí vivía hubo ya una labor diversionista que intentaba falsificar la Doctrina Martiana v la posición de Martí como libertador, pero entonces estaba él para responder y, por lo tanto, la posición y la actitud de los Enrique Trujillo y de toda la gente que, aun siendo partidarios de la independencia, combatían la posición prominente y los métodos de Martí en la dirección de la Revolución, era fácilmente derrotable, porque Martí estaba vivo y podía responder a esos ataques, pero cuando Martí murió ya entonces no era él el que iba a defender su vida y sus obras.

Al principio fue un ataque frontal a Martí y así, por ejemplo, en 1901, cuando se estaba celebrando la Asamblea Constituyente y ya Cuba había sido separada de España, la madre de Martí, Leonor Pérez, que siempre había sido muy pobre, estaba viviendo en casa alquilada y se suponía que moriría en techo ajeno y, se pensó que, por lo menos, se podría, en memoria de su hijo, comprarle una casa propia en donde ella no tuviera que sufrir los apremios del alquiler. Con ese objeto se hizo una colecta popular, y un día, una de las personas que realizaban esta colecta se dirigió al Teatro Martí, donde se estaban celebrando las sesiones de la Asamblea Constituyente, pensando que, lógicamente, los constituyentes podrían y querrían contribuir a la colecta. En efecto, todos los constituyentes contribuyeron pero hubo un delegado, de procedencia autonomista. que no solamente se negó a contribuir, lo cual pudiera haberse atribuido a que el señor tenía un codo un poco recio, sino que razonó su negativa y dijo: “yo no contribuyo porque Martí es el hombre más funesto que ha dado Cuba” Claro, esta afirmación produjo un escándalo y Enrique Villuendas, uno de los más jóvenes constituyentes, inmediatamente, en la sesión siguiente a este suceso. planteó que había que expulsar del seno de la Constituyente a un hombre que se expresaba en esa forma de Martí; si ellos estaban elaborando el documento constitucional básico de la República por la cual había muerto Martí. ¿cómo era posible que figurara. entre los constituyentes un hombre que pensaba así? La cosa se, debatió y se llegó a la conclusión de que no cabía la expulsión, porque aquel señor se había expresado fuera de las sesiones, como un particular que rehusaba contribuir a una colecta pública, y que se podía disentir de su manera de pensar, pero no había razón ninguna para privarlo de su carácter de constituyente, etc., etc., etc . .. Y el hombre siguió siendo constituyente. Esto les da a ustedes la medida, por una parte, de cómo andaba la cosa en la Cuba mediatizada, en la Cuba neocolonial, cuando ya, en el instante mismo, que está elaborándose su constitución, se puede decir esta cosa despectiva de Martí, pero por otra parte, la expresión fue tan brutal que la reacción provocada paró un poco el ataque frontal a Martí, y la gente que pensaba de aquella manera prefirió callarse por el momento.

Entonces se adoptó un procedimiento diversionista que era mucho más peligroso. Es lo que yo he llamado “el culto de la estatua”, es decir, Martí dejó de ser una persona viva, fue convertido en una estatua. Todo el mundo le rendía culto, lo elogiaba, lo exaltaba pero era un personaje de mármol o de bronce que no tenía vigencia en nuestros días, que ya estaba petrificado, no tenía nada que ver con nosotros. Y de esta manera no se negaba a Martí, pero, al mismo tiempo, se le situaba en un pedestal por encima de los problemas cotidianos y Martí era, había sido, y se acabó. “Martí no debió de morir”, bueno, pero se murió, se acabó, ya no hay nada que hacer.

Esa era la actitud de aquel momento, que luego se fue agravando con la posición típicamente diversionista que se resume en el título del libro de un hombre muy bien intencionado. buena persona. pero que sufría la influencia de su tiempo, Luis Rodríguez Embil. El Santo de América. Estaba posiblemente inspirado en un libro del argentino Ricardo Rojas que titulara su biografía del libertador San Martín, El Santo de la Espada, y no precisamente porque el apellido fuera San Martín, sino porque su biógrafo lo situaba por encima del común de los argentinos de su tiempo y lo beatificaba, era un santo. Con Martí se siguió el mismo procedimiento: Martí era un santo y todo el que se sentía simple mortal, mero hombre pecador común, no tenía nada que hacer con el santo: se le rezaba un poquito, otro poquito de incienso, dos velitas y ya está, a hacer cada uno lo que le dé la gana…

Y éste era el Martí, de aquella etapa diversionista del culto de la estatua.: se hacía su panegírico a su propia costa, es decir, utilizando párrafos de su discurso sobre Bolívar, por ejemplo, se le saqueaba descaradamente, pero nadie pretendía que Martí fuera un contemporáneo, un hombre vigente; no, de ninguna manera, era un “santo”, estaba en un más allá muy por encima de los hombres mortales y los hombres mortales podían seguir haciendo lo que les diera la gana en la república mediatizada, entregada al saqueo de propios y extraños. Era un modo de no negar a Martí, de reconocer sus doctrinas, de repetir de memoria las frases de almanaque que se recogían de sus obras completas, pero nadie pretendía que esas frases, la doctrina de Martí, tuviera vigencia. Era lo que ocurre con todos los libros santos: algo que se repite de memoria, en un rezo mecánico, pero que a nadie se le ocurre poner en práctica. De manera que se trataba de una típica actitud diversionista: partir de una realidad, de una verdad, de algo que se acepta y que no puede negarse, pero desviarla en su sentido, cambiarla de dirección y, sobre todo, no darle vigencia, no aprovecharla, traicionarla. Y “santo” fue también en manos de otro martiano que realizó una labor muy amplia de rescate de materiales de Martí, que se pasó la vida en ese empeño, pero con un concepto también equivocado de la vigencia martiana. Félix Lizaso tituló su biografía significativamente, Martí, Místico del Deber. No era posible imitar a este hombre que trascendía la medida habitual, era un místico, era un hombre que iba más allá del hombre común … Y todo esto nos va sustrayendo a Martí, no los va convirtiendo en una figura ideal y no en un ser humano.

Después vino el otro extremo, la “humanización”, la falsa humanización de Martí, que tuvo también impulsos exteriores. Por allá por los años 20 y 30 de nuestro siglo se difundieron mucho por todos los países las biografías escritas por una serie de escritores europeos, muy brillantes: André Maurois, Stefan Zweig, Emil Ludwig, el más sencillo también el más popular. , Todos ellos arrancaban de la influencia enorme que había ejercido el psicoanálisis y, además, del planteamiento un tanto erróneo de que todos los grandes hombres eran en el fondo hombres comunes, hombres de carne y hueso, un hombre como otro cualquiera. Esto es y no es verdad. Claro, los grandes hombres, los héroes, los apóstoles, todas estas grandes figuras, son hombres de carne y hueso, son hombres hechos no solamente de virtudes, sino también de pequeñeces. Se pretendía con eso que todo hombre se sintiera capaz de igualarlos, pero el procedimiento era falso porque además el planteamiento es básicamente falso. El grande hombre no es un hombre como otro hombre cualquiera. Los mexicanos tienen un refrán, un poquito brutal, si se quiere, como son las expresiones populares, pero de una sabiduría extraordinaria: ese refrán dice que todos estamos hechos del mismo barro, pero que no es lo mismo bacín que jarro”. Y efectivamente, ese es el problema: sí, todos estamos hecho del mismo barro, pero ¿qué destino se le da a ese barro? ¿cuál es la función de ese barro? Esto ya separa el bacín del jarro, y lo mismo ocurre con los hombres. Es decir, sí, efectivamente, todos somos hombres de carne y hueso, pero algunos de esos hombres han puesto su carne y su hueso al servicio de causas que los levantan por encima de los demás hombres y eso es ya una cosa muy distinta. No se hace la biografía de un hombre porque sea un hombre común, porque a nadie se le ocurre hacer la biografía de su vecino, tan simpático, que se puede pasar un rato agradabilísimo con él y hasta jugar al dominó con él todas las noches. Pero nadie escribe la biografía de Cheo, tan simpático, el bárbaro del doble nueve . . .. No, la biografía se escribe de un señor que además de ser un hombre muy simpático, y aunque no lo sea, es capaz, en cambio de hacer grandes cosas en beneficio de la humanidad.

Esta falsa concepción se complicó con la aplicación superficial de la teoría freudiana: si se quería conocer a un hombre había que determinar en él su cifra sexual, había que estudiar su vida amorosa, y entonces comenzó a hacerse la biografía de todos los grandes hombres, no preocupándose fundamentalmente por aquello que los había hecho grande, sino por lo que condicionaba su vida sexual. Recuérdese el éxito extraordinario que tuvo, por ejemplo, la biografía de Byron, de Maurois, porque hacía hincapié en el amor incestuoso de Byron por su hermana. Empezó toda una afluencia tremenda de biografías que hacían hincapié en la vida sexual del biografiado. Bien, cuando eso lo hace un hombre del talento y de la gracia de André Maurois, puede pasar pero, al mismo tiempo, es muy peligroso. Esas biografías a la manera de Maurois, sobre todo un poco menos a la de Zweig y mucho al modo de Ludwig contagiaron a los escritores de lengua española y en España la Editorial EspasaCalpe publicó toda una colección de biografías de españoles e hispanoamericanos famosos del siglo XIX. En esa colección apareció la biografía que, hasta ahora, es estéticamente la mejor biografía de Martí, pero al mismo al tiempo peligrosisima, falaz y que tuvo una larga y deformada descendencia: Martí el Apóstol, de Jorge Mañach. Esta es una atractiva pintura de Martí, desde el punto de vista literario, pero si ustedes recuerdan esta biografía varias veces reeditada, incluso por nuestra Revolución, se darán cuenta de que, siguiendo la onda de aquel momento, para decirlo lo más científicamente posible, Mañach dedica las tres cuartas partes de su libro a la vida amorosa de Martí y al final, apretadita, está la vida de creación política que es lo que justifica una biografía del Apóstol Porque al cabo de leer las tres cuartas partes iniciales del libro, uno se da cuenta, cuando razona sobre ello, de que ahí no hay motivos para escribir una biografía: Martí no era un Casanova, ni un Don Juan; la vida amorosa de Martí es una vida bastante vulgar, corriente y limitada no tiene absolutamente ninguna complicación. Martí habla de que cuando vivió en España, como estudiante, tuvo una novia en Zaragoza, que ni siquiera nombra, pero; ¿qué estudiante no ha tenido una novia que después se perdió en el olvido? Todo esto es normal y hasta vulgar. Después marcha a México y cuando llega a México tiene una gran pasión por una mujer extraordinaria, Rosario de la Peña, a la que todo el mundo conocía por Rosario “la de Acuña” porque por amor a ella se había matado el poeta Manuel Acuña. Rosario de la Peña debió ser una mujer extraordinaria porque, a no ser que todos sus retratos fueran hechos por enemigos mortales suyos, era muy fea pero, en cambio, era una mujer de enorme atractivo que fue la musa del grupo literario de la Reforma; se enamoró de ella mucha gente, entre ellos Ignacio Ramírez, el Nigromante, que le llevaba un montón de años, y Martí, que acababa de llegar con veintidós, que era varias veces más joven que ella. Rosario con muy buen sentido planchó a los dos, y entonces Martí le escribió unas cartas llenas de pasión, en donde dice cosas bellísimas pero, en definitiva, es el amor casi adolescente de este poeta apasionado, y no pasa nada más.

Tuvo posiblemente un flirt con la actriz Concha Padilla, pero también fue una cosa muy ligera de un escritor brillante, dramaturgo, con una actriz; esto no tiene nada de particular. En México se enamora de quien será su esposa, Carmen Zayas Bazán. Antes de casarse con Carmen, ya comprometido con ella, tiene que ir a Guatemala porque Porfirio Díaz ha entrado en México. Llega a Guatemala y allí conoce a María García Granados, una niña de 17 años Martí tiene ya 24 y aquella muchacha siente por este profesor brillante, este orador estupendo, una gran atracción, se enamora de él, pero no pasa de ahí. Si Martí no hubiera, escrito los versos de “la niña de Guatemala” ni siquiera nos hubiéramos enterado de que existió algún día, en Guatemala María García Granados. María García Granados murió de tuberculosis. Martí idealiza su recuerdo y, en una forma muy poética, habla de la muchacha que murió de amor. Al cabo de los años, fracasado su matrimonio, la evoca románticamente. Martí se casará con Carmen Zayas Bazán, será infeliz su matrimonio por incomprensión de su esposa que lo abandona y se lleva su hijo a Cuba y él, se queda solo en New York, donde tiene una amante. La cosa más natural y normal en un hambre que al ver su hogar deshecho encuentra en Carmen Míyares de Mantilla a una mujer comprensiva, a una mujer un tanto maternal, que es el tipo de mujer que indudablemente le agradaba a Martí y que es su compañera, que es su verdadera esposa.

Esa es toda la vida amorosa de Martí; con eso no se hace la biografía de nadie, cualquier “chucherito” de barrio tiene un record más amplio que el de Martí y a nadie se le ocurre hacer la biografía de un chucherito de barrio, Sin embargo, con Mañach se empezó a hacer la biografía amorosa de Martí y esta biog dio lugar a que se pensara que Martí era realmente un personaje con una vida amorosa extraordinaria. Las consecuencias no se hicieron esperar. Fulgor de Martí, de Mauricio Magdaleno es un libro en donde se hace énfasis en la vida amorosa de Martí. Y las consecuencias fueron también tremendas con ese modo sutil de difusión de las ideas que no se pueden achacar a una persona concreta, pero que van regándose como una mancha que se difunde y pretende opacar una gran existencia. Cuando el Centenario de Martí, Emilio Roig de Leuchsenring organizó una exposición de fotos y documentos de Martí en lo que era entonces el Museo del Historiador de la Ciudad en la Plaza de la Catedral, y en ella había un panel de “mujeres en la vida de Martí”. En ese panel estaban la madre, las hermanas, su esposa y luego aquellas otras mujeres que, en alguna forma, habían significado algo en la vida de Martí: María García Granados, Carmen Miyares de Mantilla, María Mantilla. Un día, uno de los empleados encargados de la vigilancia de la exposición le contó a Emilio Roig cómo había escuchado, en un grupo de muchachitas estudiantes que estaban visitando la exposición, a una de las mayorcitas, que le decía a una compañera: “oye, chica, !la verdad es que este Martí era un villanazo. Ahora bien, en aquel panel no había absolutamente nada que justificara la brutal calificación de villanazo y, sin embargo, tal era la impresión que en las mentes adolescentes había sembrado la bella y falaz, la diversionista biografía escrita por Mañach.

Esta preocupación por el Martí amoroso seguía inquietando a los más serios martianos y en una oportunidad, en los días en que Juan Marinello andaba por Santiago de Cuba haciendo esfuerzos por sacar los periódicos del Partido, en la época de La Palabra, un día el grupo de los compañeros que lo acompañábamos en esa faena, nos sentamos a almorzar con un hombre que había convivido con Martí, el capitán Alberto Plochet, y Marinello le preguntó: “Plochet, usted que convivió con Marti y ya que se habla tanto del Martí amoroso, ¿cómo era Martí, en realidad, en este aspecto?” Entonces Plochet le contestó con una frase sabrosamente criolla, muy descriptiva; le dijo: “Bueno, él era enamorado, pero poco caminador”. Es estupenda la frase que nos muestra a Martí en el punto opuesto del Don Juan, Es decir, era un hombre que admiraba a las mujeres, que se sentía atraído por ellas, se enamoraba de ellas, pero no era un “fajador”, no era un conquistador, no era un “caminador”. Era exactamente el tipo opuesto del Don Juan y, desde luego, distaba kilómetros del “villanazo”, era todo lo contrario.

Así se había falsificado la estampa de Martí y les advierto que esta falsificación se ha seguido haciendo muy sutilmente, no en alta voz, nadie se ha atrevido a hacerla en alta voz, pero sí en voz baja, cuando se ha pretendido presentar a Martí como un aficionado a la bebida y alguna gente habla irrespetuosamente de “Pepe ginebrita” y de cosas por el estilo. Eso es cobarde y canallesco, porque no hay absolutamente ninguna referencia que pueda utilizarse en el sentido de que a Martí le gustaba embriagarse. Si hubiera algo de este tipo, hubiera trascendido de alguna manera, en las gentes que le conocieron, en las mismas expresiones de Martí, en las que jamás aparece una cosa de este tipo, a menos que haya alguien que crea que el famoso vino agrio de plátano es capaz de embriagar a cualquiera. Todo el mundo conoce la condición de conquistador, no solamente militar, que tuvo Bolívar, y mucho más todavía esa figura espléndida que está esperando también una gran biografía, que es Francisco de Miranda, el hombre que llegó a ser amante de Catalina la Grande de Rusia; todo el mundo sabe que Rubén Dario, el más grande de los poetas del modernismo, era un dipsómano, pero nada de esto se sabe con relación a Martí. Sin embargo, como no se sabe, como no puede deducirse ni siquiera el nombre de una bebida favorita ni de una cosa así, pues entonces se inventa, se deja sutilmente deslizarse la insinuación, para ir poco a poco rebajando del pedestal al grande hombre.

Pero esto todavía es menos peligroso que la otra forma de diversionismo que es ponernos por delante la vida de un Martí, tal vez “demasiado humano” y sustraernos al otro Martí al político al ideólogo, al revolucionario. En el caso de la biografía de Mañach eso es evidente. En una oportunidad, refiriéndose a todos estos retratos infieles de José Marti yo tengo un artículo titulado así, Retratos infieles de José Martí ¨, en la Revista de la Biblioteca Nacional “José Martí’” (No. 1, 1968, p. 5-14) y en él reproduzco la carta de Mañach a la que voy a referirme aquí-, yo había publicado un artículo sobre estas falsificaciones de Martí y sostenía que la biografía de Mañach había contribuido a crear esta atmósfera, aunque yo pensaba que ello no había sido deliberado, que Mañach habla dedicado una menor porción de su libro a la vida política de Martí apremiado por las circunstancias: la biografía había aparecido, en Madrid, en 1933, es decir en plena lucha contra Machado, cuando esta lucha era más dura. Mañach, en aquel momento, era una de las figuras principales de la célula directriz del ABC, por lo tanto, él no tuvo tiempo en ese instante, ni sosiego, para poder completar una biografía que empezó varios años antes y que le permitió detenerse morosa y amorosamente en la vida doméstica de Martí, y, apremiado por aquellas circunstancias, macheteó” la biografía en esa forma. Mañach tenia arranques, a veces, que uno no sabía a qué atribuirlos, si a franqueza, a ingenuidad o a cinismo, y me escribió una carta en donde me decía:

“Dice verdades como puños. Estoy enteramente de acuerdo con Ud. ea cuanto a ese “falseamiento de Martí”, aunque se haya Ud. dejado fuera un aspecto avieso de la mismo la desfiguración, ya no por simplismo o por simplicidad, sino por política y hasta por sectarismo religioso, que en algunas zonas se está haciendo.

“Su generoso juicio sobre mi libro me complace mucho. También tiene Ud. razón en el principal reparo que le pone -lo de la precipitación hacia el final. Si bien es cierto que las circunstancias revolucionarias en parte lo motivaron, como Ud. supone sagazmente, debo confesarle que también ello se debió a que me había excedido mucho del límite de páginas que la editorial me señaló, y preferi cortar por la ya más consabido”.

Esto es un ejemplo patente de diversionismo ideológico, Un hombre del talento indiscutible de Jorge Mañach, can su conocimiento de la obra y de la vida de Martí, sabía demasiado bien que esta etapa última, la más discutida de la existencia del Apóstol, era precisamente la que hacía falta aclarar y exponer a los lectores cubanos, españoles e hispanoamericanos. Pero exponer esa parte de la vida de Martí era comprometerse con ella, era decir si Martí tenía o no razón en su posición abierta y francamente antimperialista; había que decir muchas cosas en relación con la vigencia contemporánea de sus ideas, y Mañach prefirió simplemente mencionar lo ocurrido y eludir lo fundamental del problema. Esto es exactamente diversionismo y este diversionismo será utilizado por otros después.

Afortunadamente el rescate de Martí se había iniciado hacia los años 20. Es el momento en que los intelectuales cubanos van a adoptar una posición frontal, militante, en la vida política del país, porque, como todos ustedes saben, los primeros años de la República fueron unos años de entrega completa al nuevo amo, y un grupo de cubanos sinceros, de patriotas sinceros, se apartaron de lo que fue la vida política del país, que no era más que la administración de los intereses norteamericanos y, con un sentido, tal vez, un poco equivocado, prefirió retraerse de la faena política se decía “politiquería” entonces, no pertenecer a los partidos y cosas así. Hubo excepciones, de gente con visión más aguda que se dio cuenta de que si se abandonaban los instrumentos de la vida política a los elementos negativos, éstos iban a hacer lo que quisieran de la nación. Hombres como Varona, como Sanguily, como Juan Gualberto Gómez se metieron de lleno en la vida política, lo cual les valió que muchos los denigraran, los faltaran el respeto, pero ellos, por lo menos, pusieron de su parte cuanto pudieron por conservarnos la tierra, la dignidad nacional, por oponerse a la entrega vergonzosa al extranjero. No lo lograron totalmente, pero lucharon por ello. Hubo luego una generación posterior que nació después de la guerra de Independencia, o, por lo menos, con edad insuficiente para haber participado en ella, que se mantuvo al margen de la existencia política, pero estas hombres tenían una gran preocupación por los problemas cubanos, fueron los que crearon la revista Cuba Contemporánea. Pero Cuba Contemporánea era una revista que miraba demasiado desde arriba los problemas, era la expresión de una élite inteligente, capaz de enfrentar teórica e intelectualmente los grandes problemas colectivos, pero que no veía soluciones porque estaba apartada de la realidad inmediata. Había allí hombres, entre los más jóvenes, que se desesperaban par querer mezclarse en la transformación del país, pero también un poco desde afuera y que tuvieron posiciones un poco más avanzadas, como fue el caso de José Antonio Ramos, pero era una actitud desesperada, sin encontrar la solución. En los años 20, sobre todo a partir de 1923, la situación va cambiando y los hombres, los escritores jóvenes, van a enfrentar militantemente las cosas. Va a ser el año en que se produzcan dos acontecimientos significativos: la Reforma Universitaria, iniciada por julio Antonio Mella, y la Protesta de los 13, encabezada por Rubén Martínez Villena.

En la Reforma Universitaria se sabe demasiado bien cómo Mella se dio cuenta de que no era posible lograr una auténtica reforma de la Universidad si antes no se reformaba la sociedad que sostenía a la Universidad y, por lo tanto, sacó de sus muros el saber universitario, creando la Universidad Popular José Martí y, además, se unió a las luchas de los trabajadores cubanos y dos años después, en 1925, fue uno de los fundadores del Partido Comunista de Cuba.

Rubén, por su parte, se enfrentó al desgobierno de Zayas en la Protesta de los Trece y arrastró a un grupo de escritores y de artistas que fundaron el Movimiento Minorista. Este movimiento, que tenía ya el concepto de una minoría que luchaba por la mayoría, pero que era un movimiento un tanto externo a esas mayorías. Rubén, en ese momento, no ve, como Mella, que el problema está en unirse a las mayorías, sino piensa todavía que hay una minoría conductora que puede llevar a las gentes adelante. Esa actitud durará poco, y Rubén enseguida se unirá al movimiento mayoritario de masas, al movimiento integrada por la clase obrera y por elementos progresistas de los intelectuales y de la pequeña burguesía que constituyó el Partido Comunista, y él mismo se unirá al Partido. Pero, por lo pronto, él es el que inicia el Minorismo. Estos hombres, unos y otros empiezan ya el rescate de Martí.

Existe un artículo de Mella, “Glosando los pensamientos de Martí” en el cual dice cómo él quisiera, algún día, escribir un libro en donde se rescate a Martí, se vea su tremenda actualidad, se le haga vivir de nuevo entre nosotros. Esta fue la faena que emprendió el Grupo Minorista. Hay que decir que uno de los iniciadores de esta revaloración de Martí, de este rescate de Martí, no era cubano, fue un español y la inició en España, ese hombre fue Manuel Isidro Méndez. Manuel Isidro Méndez comenzó por publicar una biografía de Martí en una colección mucho más popular que la anteriormente mencionada, en que aparecería después el libro de Mañach, y en ella Méndez publicó una breve biografía de Martí en la cual les dijo a los españoles quién era en realidad José Martí. Méndez luego viene a vivir a Cuba. Aquí hizo una labor extraordinaria, tuvo él mismo una vida recta, martiana, y aquí murió el año pasado. Estaba preparando la segunda edición de su biografía grande de Martí que el Instituto del Libro publicará próximamente. Este ejemplo de Manuel Isidro Méndez es estimulante, porque manifiesta cómo Martí ha sido un hombre admirado por grandes figuras españolas. Todo el mundo sabe las cosas que dijo de Martí Don Fernando de los Ríos, las que dijo Unamuno y entre nosotros convive un español que es uno de los hombres que conoce mejor a Martí, que ha escrito las cosas más acertadas sobre La Edad de Oro, que es Herminio Almendros, un martiano estupendo que colabora con la Revolución y es un hombre que conoce profundamente la producción de Martí. Lo cierto es que, a partir de esos años 20, comienza la revalorización de Martí y de este grupo minorista van a salir cosas por Jorge Mañach, por Félix Lizaso, pero luego estas gentes contribuirán al diversionismo ideológico de Martí. Pero habrá también hombres que servirán a la justa divulgación martiana y, sobre todo, contribuirán a señalar la vigencia de José Martí. Hombres, por ejemplo, como Juan Marinello que todavía ahora, al cumplir sus 75 años, nos acaba de dar la antología Poesía Mayor, que es la mejor colección de los versos de Martí que se ha hecho hasta ahora, con un prólogo agudísimo y notas a cada libro de versos y a los mismos versos, de gran calidad científica y estética. Además de eso, en plena lucha contra Batista, teniendo que estar escondido, sufriendo de un mal de la vista que le obligó a operarse después que terminó fa lucha, Marinello elaboró uno de sus libros capitales para conocer la obra y el pensamiento de Martí: José Martí, Escritor Americano. No pudo publicarse en Cuba entonces, se publicó, en 1958, en México y luego, a! triunfar la Revolución, se hizo la edición cubana. Ahí está también la obra divulgadora y excitadora al rescate de Martí y a la utilización del Martí contemporáneo, que realizó durante toda su vida Emilio Roig de Leuchsenring. Emilito fue el más constante divulgador del Martí antimperialista, del Martí anticolonialista, del Martí anticlerical, es decir, de algunas de las facetas más combativas de Martí.

Esta fue la gente que siguió la línea trazada por Mella. Pero, Martí resultaba un plato demasiado fuerte para la gente reaccionaria y entonces se emprendió una labor de diversionismo. utilizando a Martí como instrumento y se dijo: !Bueno, sí, efectivamente, no se puede negar, Martí es una gran figura, eso no se puede negar. Pero, en cambio, hay exageraciones. ¿Martí antimperialista? desde luego no se puede negar, está su carta a. Manuel Mercado, están sus artículos extraordinarios señalando al imperialismo con una agudeza que se adelanta a, los planteamientos de Lenin en varios años; en fin, eso no se puede negar, pero, por otra parte, dicen Martí es, sobre todo, el gran puente que une las dos porciones del continente. Martí une ese mismo “Norte revuelto y brutal” con el Sur, Ahí están, como prueba, todos sus artículos donde pinta la civilización norteamericana. Y ésta es la actitud típica de los diversionistas: partir de una verdad y deformarla. Desde luego, Martí escribió muchísimo sobre los aspectos positivos de la cultura norteamericana que existe y que no puede negar cualquiera, que tenga ojos en la cara y haya leído los artículos de Martí. Pero, ¿qué es lo que Marti hizo en aquellas oportunidades?

En primer lugar conviene decir lo siguiente: cuando Martí se convierte, en 1881, en corresponsal de periódicos sudamericanos, al primer periódico al cual él sirve, que es La Opinión Nacional. de Caracas, empieza a enviar artículos sobre los EE. UU. y sobre problemas mundiales, en uno de los cuales comenta conflictos contemporáneos con el Vaticano y el Papa. El director de La Unión Nacional, Fausto Teodoro de Aldrey, le escribe una carta diciéndole a Martí, poco más o menos, no son éstas exactamente las palabras: Sus artículos son siempre muy brillantes, pero, en general, usted nos pinta a los EE. UU. nada más que en sus aspectos negativos; además, se mete can el Papa; aquí nosotros tenemos anuncios de firmas americanas y, por otra parte, tenemos también muchos suscriptores católicos. ¿No podría usted decir algo a favor d° los americanos y algo también a favor de la Iglesia?” Martí respondió -tampoco son exactamente sus palabras: “bien yo voy a hablar de lo positivo, pero al mismo tiempo tengo que hablar también de 1o negativo, porque hay que tener informados a nuestros pueblos de la realidad de los EE. UU. ¨ Esto se va a repetir, casi al carbón, pocos meses después, cuando Martí comienza a actuar como corresponsal de La Nación de Buenos Aires. Bartolomé Mitre y Vedia, hijo del prócer argentino, que es el director del periódico, le escribe a Martí en forma análoga a Fausto Teodoro de Aldrey. Hay que tener en cuenta que en la Argentina, a partir sobre todo de Sarmiento, había una yancofilia extraordinaria. Sarmiento era un enamorado de los EE. UU., él mismo se decía discípulo de Horace Mann, el gran educador norteamericano y había intentado llevar las ideas de Mann a la Argentina; incluso como Presidente de la República, trató de hacer en la Argentina lo mismo que habían hecho los norteamericanos en su lucha contra los indios, es decir aquella famosa expansión de la frontera a casta de los territorios indios. Pero eso fue peculiar de todo el grupo de los llamados Fundadores: Sarmiento, Mitre, Roca, Avellaneda. El hijo de Mitre, yancófila también, le dice a Martí que no ataque a los EE. UU. y Martí le responde como a Fausto Teodoro de Aldrey, que tratará de lo positivo, pero que hay que alertar a nuestros pueblos para no dejar que los engañen,

Cuando uno revisa las famosas “escenas norteamericanas” se encuentra en ellas muchas cesas de que ahora se sirven los diversionistas para mostrar un Martí que elogia a los americanos. Un profesor que muchos de ustedes habrán conocido, que era además, una persona extraordinariamente culta, sumamente agradable, de quien, en lo personal, tengo los mejores recuerdos y que dominaba el inglés espléndidamente, como el español, el Dr. Luis Baralt, catedrático que fuera de la Universidad de La Habana, publicó en los EE.UU. adonde se fue cuando el triunfo de la Revolución, una antología integrada por artículos de Martí favorables a los EE.UU., con un prólogo en el que aspira a demostrar que Martí también supo descubrir las cosas positivas de los EE.UU. Naturalmente, además de que pudiera haberse reprochado al Dr. Baralt el que no incluyera en este libro los artículos de Martí ‘ denunciando al imperialismo, se le podía haber llamado la atención sobre cómo estos artículos que Martí escribe, en los que hizo elogios positivos sobre las grandes figuras de la cultura norteamericana no desmiente su posición antimperialista. sino que la reafirma porque, cuando Martí escribe sobre Whitman, sobre Emcrson, sobre Mark Twain, sobre Bronson Alcott o sobre Whittier lo que destaca Martí en todos ellos son los aspectos en que estos hombres fueron francamente disidentes de la ideología del american way of life, es decir, se muestran contrarios en absoluto a las características ideológicas del imperialismo. Todas estas gentes estuvieron enfrentadas a la desnaturalización de la vieja tradición democrática norteamericana.

En un librito que publiqué en los días del Centenario, sobre la crítica literaria de Martí, pude hacer un paralelo entre el trabajo de Martí sobre Walt Whitman, que es uno de sus grandes ensayos, con otro ensayo anterior al de Martí de un crítico norteamericano sobre Whitman, un crítico muy autorizado en su tiempo. Edmund Clarence Stedman que, tal vez por casualidad, era corredor de bolsa, y este crítico hace un análisis de la obra de Whitman y señala como negativo exactamente todo lo que Martí señala como positivo, es decir aquellas cosas que Martí señala en Whitman como el poeta de la democracia, el poeta que exalta al hombre del pueblo, que canta a los boteros, a los carreros, a los leñadores, con un lenguaje que a veces puede parecer brutal. Todo eso Stedman lo señala como negativo y como lo que no quedará de Whitman, y Martí, en cambio, lo señala como lo positivo, lo que perdurará; es la opinión del revolucionario contrapuesta a la del corredor de bolsa, es decir, la posición del antimperialista, frente a un servidor del imperialismo. Lo mismo ocurre cuando Martí hace el análisis de Un yanqui en la Corte del Rey Arturo de Mark Twain. Para los críticos norteamericanos coetáneos, este libro no era más que una bufonada más de Mark Twain, para que la gente se riera, un libro muy divertido, no pasaba de ahí. Martí, en cambio, analiza el libro y demuestra cómo, bajo la apariencia de aquella farsa del yanqui que cae, de pronto, en la corte medieval del Rey Arturo y sus Caballeros de la Tabla Redonda, lo que el gran humorista está haciendo es una critica del modo de vida norteamericano. Y cuando exalta a Bronson Alcott, el filósofo trascendentalista que tuvo que abrir su escuela de Filosofía en el granero de su propia granja porque no había facultad en la Universidad de Harvard, que estaba a pocos kilómetros que le abriera sus puertas o cuando se refiere a Thoreau, que se fue a vivir al bosque para no pagar contribuciones a un gobierno que mantenía la esclavitud o escribe sobre Webster que se opuso a la guerra imperialista contra México, es decir, que cuando Martí señala las cosas indudablemente positivas y grandes de la cultura norteamericana no está haciendo una propaganda de la Norteamérica rapaz que agrede a nuestros pueblos, sino que exalta a los hombres que en los EE.UU. se opusieron a ello.

Luego ha habido otros procedimientos diversionistas. Cuando la Revolución reclama a Martí como a su maestro inspirador, a partir de la frase de Fidel de que “Martí es el autor intelectual del asalto al Moncada” y, además, cada vez que la Revolución da un paso positivo, inmediatamente invoca a Martí, y todos los ideólogos de la Revolución, los formuladores del pensamiento revolucionario cubano invocan a Martí como su gran inspirador, entonces los diversionistas objetan: “eso no puede ser, porque la revolución se dice que es materialista, es marxista, y Martí era espiritualista, de manera que es incompatible con el materialismo marxista”. Y es cierto que Martí era espiritualista, Martí nunca lo negó; es más, Martí peleó frente al “materialismo” en más de una ocasión: en 1875, recién llegado a México se produce en el Liceo Hidalgo una gran polémica a favor del espiritualismo: a él nadie le había dado vela en ese entierro, él era allí un extranjero que acababa de llegar pero era también un hombre que estaba colaborando ya con el grupo de la Reforma y entra a pelear por los espiritualistas, frente a los materialistas. Y ahí lo tienen ustedes: Martí era un espiritualista frente al materialismo. Vamos, sin embargo, a examinar las cosas, a precisar quiénes eran quiénes.

Cuando Martí llega a México la Reforma iniciada por Juárez está agonizando en las manos honestas, pero débiles e ineptas del presidente Sebastián Lerdo de Tejeda. Martí se une, desde su llegada, al grupo que defiende a Lerdo de Tejada y que ya está siendo combatido por otra agresiva porción de “reformistas”. El movimiento reformista que inició Benito Juárez y que él encarnó como nadie, tuvo grandes figuras mexicanas como aquel rival en amores de Martí que fue Ignacio Ramírez, el Nigromante, como el gran escritor romántico que fue el indio Ignacio Manuel Altamirano, o como Guillermo Prieto. Todos ellos, pertenecientes a una burguesía liberal, habían querido hacer una República democrático-burguesa, sin compromisos con ningún poder imperialista. Ellos habían luchado, primero, contra el imperialismo norteamericano, en la guerra del 47, que le costó a México la mitad norte de su territorio y habían peleado después, en la década del 60, contra el imperio de Maximiliano, impuesto por Napoleón Tercero. Tenían, pues, una firme posición antimperialista y creían que México podía desarrollarse, ayudando a levantarse a las masas indias, promoviendo un rescate de la tierra de las “manos muertas” como se llamaba entonces a la Iglesia y a otros poderes semejantes y desarrollándose con sus propios recursos poco a pocoEstaban profundamente influidos por el socialismo utópico, fundamentalmente por Saint-Simon, y hay frases de Juárez que parecen calcadas de Saint-Simon. Cuando Martí llegó a México estaba muy extendido el socialismo sansimoniano. Hay muchas organizaciones obreras que son socialistas. Sostienen una revista El Socialista, que circula por todo México, y que autoriza Juárez, y los trabajadores empiezan a organizarse. tiIartí, desde que llega, se une a esta campaña, está al lado de los socialistas sansimonianos mexicanos, tanto que, por una parte, es un colaborador constante de la revista El Socialista. Esos artículos han sido recogidos ya por el investigador francés Paul Estrade y se publicarán próximamente. Por otra parte, Martí, en sus boletines semanales de la Revista Universal, que firmaba con el seudónimo “Orestes”, plantea y defiende los problemas de los trabajadores que ya en ‘México se están organizando. En una oportunidad comenta una huelga, el apoyo que le han dado otros trabajadores y aplaude cómo los estudiantes colaboran con los obreros y buscan la manera de ayudarlos en sus luchas, y escribe esta frase: “así nuestros obreros se levantan de masa guiada a clase consciente: saben ahora lo que son, y, de ellos mismos les viene su influencia salvadora”. Martí plantea aquí, con otras palabras, la tesis marxista de la clase en si y la clase para sí. Martí conoce todo este proceso, ¿por marxista? no, por
sansimoniano; todavía no ha llegado ni llegará a ser plenamente un marxista; pero es un socialista utópico.

Pues bien, frente a este grupo, ya permeado de sansimonismo, está otro grupo, de gentes jóvenes también del movimiento reformista, que aspira a desarrollar industrial y financieramente a México prolongando, más allá del Río Grande, las líneas ferroviarias norteamericanas y si en el cabús vienen algunos dólares, mejor. Ellos creen que, con tal de que no se comprometan políticamente, no hacen daño los dólares, es decir, le están abriendo las puertas al imperialismo. Este grupo proimperialista, que no se manifiesta, claro está, abiertamente como tal, ni la palabra imperialismo juega todavía en su vocabulario, estas gentes están. agrupadas en torno a un caudillo de gran popularidad porque había sido año de los generales jóvenes vencedores de Maximiliano, y se llamaba Porfirio Díaz. Esta es la gente que está preparando la dictadura de Porfirio Díaz y estos hombres que rodean a Porfirio Díaz se adscriben a una filosofía, que es el positivismo, y se llaman a si mismos “materialistas”. Ahora sabemos que el positivismo no es materialista, sino que es idealista y que culmina en una nueva metafísica, pero en aquel momento se tiene por materialista y estos son los “materialistas” contra los cuales combaten Martí y los otros espiritualistas” que defienden la Reforma antimperialista y sansimoniana de Juárez. ¿Quién es el revolucionario en este caso? Los revolucionarios son los espiritualistas, no las “materialistas”; el problema no es de etiqueta, sino de la posición que se guarda frente a un fenómeno real, frente a la praxis, no a la teoría, no a los cartabones, y ésta es la característica de Martí. En Cuba, en Guanabacoa, va a ser igual, va a defender en el año 1875, al espiritualismo frente al materialismo, pero ¿quiénes eran los materialistas? Un grupo de simpatizantes del autonomismo y él, en cambio es un “espiritualista” que defiende a la independencia. En Cuba, en aquel momento, no se puede hablar francamente, no se puede definir: yo soy independentista y tú eres autonomista, autonomista sí se puede decir que se es o que se es reformista, porque eso conviene al gobierno español; ser independentista implica la cárcel; entonces se es ¿qué?, “espiritualista” Frente a los otros que son los “materialistas”, y Martí, frente a esos “materialistas” es “espiritualista”.

Pero es que, además, él es un hombre de formación esencialmente idealista. El nunca definió propiamente su posición filosófica adscribiéndose a una determinada escuela pero, en una oportunidad, en Guatemala cuando hace un esquema de lo que va a ser su curso de Historia de la Filosofía, señala las corrientes filosóficas y parece exaltar y poner por encima de todas ellas al krausismo. Claro, hoy al krausismo nosotros lo miramos muy por encima del hombre por la razón sencilla de que, en Europa, el krausismo fue una derivación del idealismo hegeliano, sin ninguna trascendencia en Alemania pero, en cambio, tuvo bastante trascendencia progresista en países de raigambre católica, como España, con todo el grupo de la Institución Libre de Enseñanza, encabezada por D. Francisco Giner de los Ríos. El krausismo, frente a la escolástica predominante en la educación española, significó la renovación y la democratización de los métodos de enseñanza, es la gente que con Azcárate, con Salmerón, con Giner de los Ríos creará una nueva conciencia en España, es la gente más avanzada del pensamiento español de su tiempo que se aferraba a una doctrina idealista tal vez por lo que esa doctrina tenía de afinidad con una vieja tradición filosófica española que era el senequismo; es posible que hubiera esta razón, lo cierto es que estas gentes, agitando las banderas del krausismo, se opusieron a toda la reacción española, y Martí es permeado por tales elementos cuando vive en España. Llega a México y se encuentra que hay krausistas en México y él sigue un poco en esta onda.

Pero Martí posee una virtud muy importante que es la que ha señalado un gran martiano francés, comunista además, que es Noél Salomón, la primera figura de los hispanistas franceses en este momento. Noél Salomón señala que Martí es un “idealista práctico”. Quiere decir esto que Martí es un idealista de formación, que tiene una serie de ideas indudablemente provenientes de escuelas filosóficas idealistas, pero cuando Martí se enfrenta con los problemas no les aplica un cartabón idealista ni de ninguna índole, sino que parte de los elementos que la praxis le ofrece y procede de acuerdo con ellos. Esto explica por qué Martí, idealista, da soluciones que coinciden fundamentalmente con soluciones materialistas.

Cuando Martí organiza el Partido Revolucionario Cubano y lo estructura en la forma peculiar en que lo hace está adelantándose, casi un cuarto de siglo a la organización del Partido Socialdemócrata Ruso por Lenin. Esto ya lo señala un coetáneo de Martí, no se trata de un comunista contemporáneo que está tratando de convertir a Martí en un camarada, no, eso lo dice José Ignacio Rodríguez, coetáneo de Martí, anexionista, en un libro que publicó en La Habana en el año 1900, 25 años antes que se cree el Partido en Cuba y, sin embargo, José Ignacio Rodríguez, llama a Martí socialista por las “novedades” que Martí introdujo en la organización del Partido Revolucionario Cubano y en la Guerra de Independencia. Las novedades que señala en Martí son estas: Primero, que pone las bases del Partido Revolucionario Cubano en los trabajadores. Lo dice expresamente as¡: “de la clase obrera, blancos y negros de Cayo Hueso, Tampa, New York, Philadelphia y alguna otra ciudad de la Unión, “introduciendo así añade Rodríguez más adelante en el problema de Cuba un elemento que hasta entonces había sido desconocido, pues todos los movimientos del país habían partido siempre de las clases altas y acomodadas”. Es un planteamiento clasista estupendo. Es verdad: la Revolución del 68 la promovieron los grandes terratenientes. Martí, en cambio, pone su base en los trabajadores, en los tabaqueros pero, además, Martí crea un Partida para organizar la guerra, mientras que en la guerra del 68 no había habido previamente ningún Partido. Había sido simplemente el movimiento de los grandes terratenientes, es decir, de los hombres que controlaban las fuerzas productivas del país, que tenían que romper la costra de la superestructura administrativa y política para poder vivir, para desarrollarse. Martí, en cambio, plantea la creación de un partido que responde a los intereses de toda la nación y no de una sola clase. Y este partido ¿cómo lo organiza? No se puede pertenecer a él individualmente, es decir, se paga una cuota y obtiene un carné, no; hay que pertenecer a un club revolucionario y trabajar dentro de él. Estos clubes tienen una estructura precisa, de 20 a 100 miembros, y cada uno de ellos elige un delegado, estos delegados se reúnen y eligen un delegado regional y los delegados regionales el delegado nacional, y en esta pirámide el delegado nacional puede ser recusado durante su mandato cuando hay una mayoría absoluta que lo solicite pero, una vez que ha sido elegido, el Delegado Nacional tiene un poder absoluto. Esta es exactamente la estructura del Partido Bolchevique y el centralismo democrático de Lenin. Se aduce que el partido de Lenin era un partido de clase y el partido de Martí no; en él estaban representadas todas las clases.

Y aquí surge entonces otro planteamiento diversionista: Martí no puede ser socialista porque rechaza la lucha de clases.. En su artículo con motivo de la muerte de Marx, Martí, después de elogiar al hombre que consagro su vida a la redención de los humildes, rechaza explícitamente la lucha de clases. ¿Cómo puede ser marxista un hombre que rechaza la lucha de clases? dicen los diversionistas. Fíjense como el diversionismo trabaja con elementos reales. Pero, en primer lugar, nadie ha dicho, nadie que sepa pensar con su cabeza, que Martí fue marxista, y, en segundo lugar, Martí estaba jugando con un elemento real, otra vez a partir de la praxis en donde no podía plantear la lucha de clases. Si en Cuba el proletariado no era todavía una clase para sí, era apenas una clase en sí que comenzaba a tener conciencia en sí mismo, si en Cuba el proletariado no podía ser la clase hegemónica, ¿qué le quedaba hacer a Martí sino reunir en un frente único, (procedimiento que luego los marxistas utilizarán más adelante) un frente único de clases que realice la primera etapa, que es, en Cuba, la república democráticoburguesa? Pero Martí sabe que esa etapa no es la definitiva, se lo ha dicho en una ocasión a Carlos Baliño: “la revolución no es la que vamos a hacer ahora en las maniguas, la revolución es la que haremos después de la República”. Pero él necesita primero la república, él necesita que se vaya España, que seamos dueños de la isla y entonces, a partir de ahí, emprender la segunda parte. Y eso no está dicho solamente a Baliño: está en su carta última a Manuel Mercado.

El no va hacer la independencia de Cuba con el mismo propósito que se hizo la primera guerra, la Guerra de los Diez Años, una guerra de liberación nacional para la constitución de una república democrático-burguesa. No, Martí ya ve más allá, Martí ya ve esta nueva guerra como una empresa continental que puede contribuir al equilibrio del mundo. Cuando Martí hablaba de que cómo Cuba podía contribuir al equilibrio del mundo, ciertas gentes decían que estaba loco. José Ignacio Rodríguez dice que parecía “como si fuese víctima de un desequilibrio mental”. Lo mismo se dijo de Fidel, que estaba loco. Pero, además, José Ignacio Rodríguez señala que Martí no se contenta con hacer la independencia de Cuba, sino que se proyecta contra los EE.UU., ¡gran pecado para un anexionista como José Ignacio Rodríguez!, es decir, señala el antimperialismo de Martí. Ahora bien, Martí, por antimperialista, por haber visto la necesidad de poner las bases de su partido en la clase trabajadora que todavía no era la clase hegemónica, pero que ya comenzaba a ser lo que serla después nuestro proletariado y, al mismo tiempo, por su estructuración del Partido Revolucionario Cubano, es un hombre que se adelanta a su tiempo. No es un marxista, pero sí tenemos derecho a considerarlo como un verdadero premarxista, el hombre que abre los caminos hacía un futuro socialista, y eso ya no pueden negarlo los diversionistas ideológicos.

Hay quienes, como el profesor Roberto Agramonte, han escrito libros tratando de mostrar a Martí como el luchador sin odios, el hombre que era puro amor, que no tiene nada que ver con la lucha entre los hombres. Pero fíjense en lo absurdo de ese planteamiento. ¿Cómo es posible que un hombre que se pasó la vida entera preparando una guerra repudiara la violencia y el odio a los enemigos? ¿Cómo se iba a ganar la guerra? ¿A besos contra cañonazos? Martí sabía demasiado bien que no se ganaba la guerra a besos contra cañonazos. Por algo organizó la expedición de la Fernandina, que no venía cargada de rosas sino de armas y, además, por algo vino a pelear a Cuba. Hay una frase de Martí que es estupenda, así perdida en su diario de campaña: “Me meto la Vida de Cicerón en el bolsillo en que llevo 50 cápsulas”. Y no eran cápsulas de quinina, no. Eran cápsulas de revólver. Eso es una cosa completamente diferente, era para pelear, para matar, no para curar la fiebre. Además, en el primer poema de Martí de cierta envergadura, su poema dramático “Abdala”, se dice muy claramente:

El amor, madre, a la patria
No es el amor ridículo a la tierra,
Ni a la yerba que pisan nuestras plantas;
Es el odio invencible a quien la oprime,
Es el rencor eterno a quien la ataca.

Pero insisten: Martí nunca odió. ¡Cómo no iba a odiar! Claro que odió, pero no indiscriminadamente; no odiaba a los españoles. ¿Cómo iba a odiarlos si sus padres eran españoles? ¿Iba a odiar al valenciano, iba a odiar a los canarios, en general, si su madre era canaria y su padre valenciano, si él había pasado etapas bellísimas de su vida en España; si él admiraba y estaba orgulloso de su cultura española? Pero además, habla de España con amor muchas veces. En el Manifiesto de Montecristi se dice que la guerra no es contra los españoles; la guerra es contra la Corona Española que estúpidamente se aferra a su colonia y no la deja existir libremente y que oprime a los mismos españoles. Que Martí no odiaba a los norteamericanos. Naturalmente, nunca lo dijo. El habla con elogios del hombre del pueblo norteamericano, sencillo, trabajador, pero, desde luego, odia al imperialismo y odia a los modos de vida del imperialismo y los denuncia constantemente, fieramente. Ahí están sus maravillosos artículos sobre los anarquistas de Chicago a pesar de que Martí era completamente opuesto a les métodos de lucha del anarquismo y así lo había dicho en varios artículos. Y esa es otra cosa extraordinaria: cuando pasa por New York un anarquista ruso que había logrado escapar después de un atentado al Zar Martí hace una referencia a este hombre y, después de expresarse con respeto sobre la intención que le moviera, combate los métodos del anarquismo con palabras semejantes a las que Lenin usa para combatir el nihilismo de los populistas. Es decir, que él es un hombre que se aferra a la realidad y sabe expresarla, pero lo maravilloso es que este sentido de lo real le da a Martí una actualidad tan grande que lo hace un hombre de nuestros días. Es un hombre que está junto a nosotros, hasta en el lenguaje.

Hay en su diario de campaña, de Cabo Haitiano a Dos Ríos, una anotación, quince días antes de su muerte, del 4 de mayo, extraordinariamente bella. Es un sólo párrafo donde narra el fusilamiento de Masabó, un hombre valiente, miembro del Ejército Libertador, que había robado, había violado, que había infringido, en suma, el código militar y el viejo Máximo Gómez lo somete a Consejo de Guerra. El Consejo de Guerra lo condena a muerte, y cuando se lee la sentencia, Máximo Gómez dice esta frase: “Este hombre no es compañero nuestro, es un vil gusano”. Es formidable descubrir cómo Gómez y Martí utilizan ya términos nuestros, de nuestros propios días, y los contraponen: el compañero y el gusano, las dos posiciones extremas polares, de nuestra Revolución que no admite otras. O se es un compañero o se es un gusano. Ya eso está en Martí, con la misma tajante forma antitética con que lo usamos hoy.

Nosotros sabemos que Martí es un compañero nuestro, un compañero que, como el Che dijera ya, un 28 de enero a los pioneros, es un hombre que habla nuestra lengua. “Las palabras de Martí explicó el Che no son de museo, sino que son de hoy, tienen un valor actual”. Cuando Fidel dice: Martí es el autor intelectual del Asalto al Moncada”, y en La Historia me Absolverá basa cada uno de sus planteamientos en otros de Martí, está demostrando que, efectivamente, Martí es un contemporáneo, es compañero nuestro, como Antonio Maceo, un compañero como solamente podemos encontrarlo en gentes que tienen una visión de la realidad que se abre hacia un desarrollo socialista, un compañero tan auténticamente actual que ahora, repetiría con nosotros, aunque les pese a todos los diversionistas,

¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!


1 Santiago de Cuba. (1911-1996). En 1936 fue coeditor de la revista Mediodía. Dirigió el semanario Baraguá (1938). Fue uno de los editores de la revista Gaceta del Caribe (1944). Profesor e investigador. Colaboró en numerosas publicaciones, entre ellas Orto, Diario de Cuba, Revista Bimestre Cubana, Nuestro Tiempo, Hoy Domingo, Cuba Socialista, La Gaceta de Cuba y Unión. Entre sus numerosos libros está “La Aurora y los comienzos de la prensa y la organización obrera en Cuba”. Fue vicepresidente de la UNEAC y Rector de la Universidad de Oriente.

José Martí, Opinión, Política

HABLA JOSÉ MARTÍ


«Urge liberar a los hombres de la tiranía de la convención, que tuerce los sentimientos, precipita sus sentidos y sobrecarga su inteligencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío, falso,…este es uno de los problemas misteriosos que ha de resolver la ciencia humana…Bueno es dirigir, pero no es bueno que dirigir llegue a ahogar.»

José Martí

José Martí

LOS PLACERES DE LA COCINA AMERICANA POR JOSÉ MARTÍ


“Ojos de América”. Oleo de Lorenzo Santos (Losama)

Colección Museo Casa Natal de José Martí

Este hermoso párrafo se debe a la pluma joven de José Martí, escrito en Guatemala en 1877, nos cuenta su experiencia de comensal en una casa humilde donde falta el cubierto pero no la buena comida autóctona descrita con tal profusión que parece estar en nuestro paladar, es un homenaje a la gente humilde que te ofrece lo que tiene por el solo hecho de ser un huésped, costumbres que embellecen la pobreza y exaltan la humildad.

Este breve párrafo tal vez requiera de más de una lectura para su entendimiento, porque el innovador que hay en Martí hace algunas paráfrasis y giros idiomáticos que pudieran dejar sin disfrutar de este “banquete” de buena lectura que él nos ofrece:

«A bien que aquí viene la cena, y como me la sirven manos blancas, y doy la espalda al zafio rústico, espárceme el ánimo, y con él la descripción. ¡Oh acero de Manchester; y cuchillos de Gloucester y tenedores de Springfield! i Oh cubiertos ingleses de cabo de marfil y limpia hoja! Tres días van ya caídos, y desde aquel de hoja de lata de Izabal, desaparecíanse de mis ojos los cubiertos. En mi, la privación de la pulcritud interrumpe seriamente la vida. Hecho a la pobreza, no vivo sin sus modestas elegancias,-y sin limpio mantel y alegre vista, y cordial plática,-váyanse de mí, y no horabuena, los guisados más apetitosos. Como es una función, nunca un placer, fuerza es amenizarla para hacerla llevadera; y disfrazar con limpias bellezas su fealdad natural. Pensé en Horacio y, ya que en Cuba no hemos tenido cantores de la dulcedumbre y amable vida de los campos, hice tenedor de una rueda de plátano frito, y cuchillo de un trozo de tortilla asada,-y bien asada,-y con esto medié al cabo el abundoso plato de frijoles. Sazonélo esta vez con queso seco, hecho en la finca tres días hace, pero acre y rasposo- ¡hubo de hacerlo el dueño mismo! Suntuoso oro han servido a mis labios con esa amable taza de café. Me enardece y alegra el jugo rico; fuego suave, sin llama y sin ardor, aviva y acelera toda la ágil sangre de mis venas. El café tiene un misterioso comercio con el alma; dispone los miembros a la batalla y a la carrera; limpia de humanidades el espíritu; aguza y adereza las potencias; ilumina las profundidades interiores, y las envía en fogosos y preciosos conceptos a los labios. Dispone el alma a la recepción de misteriosos visitantes, y a tanta audacia, grandeza y maravilla.»[1]


[1] Ensayo Guatemala. 1877. Obras Completas Tomo 19: 56

José Martí

Carlos Manuel de Céspedes, «el que nos echó a vivir a todos»


Martí en su peregrinar constante entre los hombres de la emigración que habían peleado en la Guerra Grande, escucha y va haciendo suyas aquellas historias heroicas de la campaña de los cubanos por alcanzar su libertad.

Oye hablar de los padres fundadores, Céspedes, Aguilera, Agramonte, Figueredo, e intenta hacerse una idea testimonial de aquellos hombres que dejaron la comodidad de su clase, para compartir la dignidad de los libres con los humildes labriegos y los esclavos despersonalizados.

En Carlos Manuel de Céspedes y Quesada se detiene, valora la hazaña del alzamiento el 10 de octubre de 1868, rompiendo el titubeo de los comprometidos, su llamado a todos los cubanos a luchar por la independencia de su país y algo más trascendental, liberando a los esclavos de su dotación a quienes llama como iguales al mismo sacrificio; gesto valorado altamente en la historia de Cuba como el comienzo de la abolición de la esclavitud en la isla.

Del testimonio de los que vivieron en el pueblo de Guaimaro el momento de la unidad y de la proclamación de la República en Armas (10 de abril de 1869), parte la valoración patriótica del caudillo bayamés a quien resume en una frase, “Céspedes, si hablaba, era con el acero debajo de la palabra, y mesurado y prolijo” [1] o cuando cita al propia Céspedes: “Decía Céspedes, que era irascible y de genio tempestuoso:-“Entre los sacrificios que me ha impuesto la Revolución el más doloroso para mí ha sido el sacrificio de mi carácter”. Esto es, dominó lo que nadie domina.”[2]

Es en esta decisiva reunión de patricios que José Martí se detiene no solo para exaltar la liberalidad de la Constitución dada a la República en Armas, sino para darnos una idea más completa del hombre a quien cupo la gloria de ser el iniciador de las luchas por la independencia de Cuba y que en esta Asamblea vivió las tensiones de quienes lo sospechaban tirano, lo desconfiaban y no escatimaron mecanismos para refrenar sus ímpetus y sus sueños separatista:

“Momentos después iba de mano en mano la despedida del general en jefe del ejército de Cuba, y jefe de su gobierno provisional. “El curso de los acontecimientos le conduce dócil de la mano ante la república local” : “La Cámara de Representante es la única y suprema autoridad para los cubanos todos”: “El Destino le deparó ser el primero” en levantar en Yara el estandarte de la independencia: “Al Destino le place dejar terminada la misión del caudillo” de Yara y de Bayamo: “Vanguardia de los soldados de nuestra libertad” llama a los cubanos de Oriente: jura “dar mil veces la vida en el sostenimiento de la república proclamada en Guáimaro”.[3]

La nobleza de Céspedes queda reflejada en estas palabras de Martí puesto en el lugar del caudillo que abdica de sus propias ideas para sumarse a las mantenidas por los soñadores idealistas que dibujaron el futuro de la República, sin tener aún República:

“De pie juró la ley de la República el presidente Carlos Manuel de Céspedes, con acentos de entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos del destino: aquellos juveniles corazones, tocados apenas del veneno del mundo, palpitaron aceleradamente. Y sobre la espada de honor que le tendieron, juró Manuel Quesada no rendirla sino en el capitolio de los libres, o en el campo de batalla, al lado de su cadáver. Afuera, en el gentío, le caían a uno las lágrimas: otro, apretaba la mano a su compañero: otro oró con fervor. Apiñadas las cabezas ansiosas, las cabezas de hacendados y de abogados y de coroneles, las cabezas quemadas del campo y las rubias de la universidad, vieron salir, a la alegría del pueblo, los que de una aventura de gloria entraban en el decoro y obligación de la república, los que llevaban ya en si aquella majestad, y como súbita estatura, que pone en los hombres la confianza de sus conciudadanos.[4]

Días difíciles vendrán para Céspedes, proclamado el primer presidente, pero sujeto a una burocracia parlamentaria y torpe, incapaz de ver que la independencia estaba por hacerse y que aquel titán que ellos ataban a la convencionalismo de una constitución inoportuna, no sería fácil de dominar y pelearía con esas mismas armas que ellos pusieron en sus manos, la legalidad ejecutiva, que Martí supo ver y someter al juicio de la historia:

“El 10 de abril, hubo en Guáimaro Junta para unir las dos divisiones del Centro y del Oriente. Aquélla había tomado la forma republicana; ésta, la militar.- Céspedes se plegó a la forma del Centro. No la creía conveniente; pero creía inconvenientes las disensiones. Sacrificaba su amor propio-lo que nadie sacrifica.

“Se le acusaba de poner a cada instante su veto a las leyes de la Cámara. El decía: “Yo no estoy frente a la Cámara, yo estoy frente a la Historia, frente a mi país y frente a mí mismo. Cuando yo creo que debo poner mi veto a una ley, lo pongo, y así tranquilizo mi conciencia.” La Cámara; ansiosa de gloria-pura, pero inoportuna, hacía leyes de educación y de agricultura, cuando el único arado era el machete; la batalla, la escuela; la tinta, la sangre.-Y venia el veto.

“Que instituyó la forma militar.-El creía que la autoridad no debía estar dividida; que la unidad del mando era la salvación de la revolución; que la diversidad de jefes, en vez de acelerar, entorpecía los movimientos.- El tenía un fin rápido, único: la independencia de la patria. La Cámara tenía otro: lo que será el país después de la independencia. Los dos tenían razón; pero, en el momento de la lucha, la Cámara la tenía segundamente. Empeñado en su objeto, rechazaba cuanto se lo detenía.

“Que se llamó Capitán General.-Temperamento revolucionario: fijó su vista en las masas de campesinos y de esclavos. “A ese nombre están acostumbrados a respetar; pues yo me llamaré con ese nombre. Un cambio necesitaría una explicación. Se pierde tiempo-i Se pierde tiempo! Esta es la explicación de todos sus actos, el pensamiento movedor de todos sus movimientos coléricos y la causa excusadora de todas sus faltas. Concretaba su vida en una frase ¡libres de España!-Cada dificultad le parecía un crimen, cada obstáculo un fratricidio.-El creía: “El medio de la paz es la tribuna”-“El medio de las revoluciones es la acción.“- Un discurso dicho era una legua perdida:-Tanto más admirable en un hombre de ley y de discursos.-Y como Tácito escribió tremendamente, con el lenguaje aglomerado de tantos años en su alma: en Céspedes obraba inquietamente, con la genial vivacidad y bélicos caracteres por tan largos y tan insoportables años contenidos.”[5]

Las contradicciones y el orgullo quebraron la unidad entre los independentistas cubanos, los días posteriores a la Asamblea de Guaimaro, muchos se dieron cuenta de la inoperancia del sistema adoptado, pero no hubo tiempo, el poderoso Ejército Español, con el apoyo de la oligarquía esclavista criolla, fueron decididos a aplastar a los insurrectos que en el fragor de la lucha convirtieron aquel sueño en una revolución popular, donde lo sectores más humilde fueron tomando mayor protagonismo (campesinos, jornaleros, esclavos liberados por la guerra, negros libres) con destacados jefes surgidos de las filas: Máximo Gómez, Antonio Maceo, Guillermo Moncada, Flor Crombet, José Maceo, todos dispuesto a pelear hasta el final del colonialismo o de sus vidas.

Carlos Manuel de Céspedes pagó con la destitución y el aislamiento aquella rebeldía contra los poderes constituidos e inoperantes, murió en febrero de 1874, solo y emboscado por las fuerzas coloniales.

La Revolución que él inició duró aún cuatro años más, viviendo la contradicción de su debilidad política, frente a la combatividad de sus fogueado Ejército Libertador que no fue derrotado, sino traicionado por la cúpula del mismo gobierno provisional que destituyó a Céspedes.

El Pacto del Zanjón, febrero de 1878, parecía el pálido final a este episodio heroico de nuestra historia, pero un Héroe Popular, crecido en la lucha, invicto y fogueado en la contienda, el Mayor General Antonio Maceo, hombre negro de gran prestigio entre las fuerzas revolucionarias, repudió el Pacto y protagonizó la “Protesta de Baragúa” (marzo de 1878), al decirle al Capitán General Arsenio Martínez Campo, que no habría tregua sin  independencia y  libertad de los esclavos; fue un gesto viril que le dio voz a las fuerzas populares protagonistas de la guerra.


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo IV, pág., 387

[2] Ídem. Tomo 22, pág. 235

[3] Ídem pág. 388

[4] Ídem pág. 389

[5] Estas notas están en unas hojas donde aparece también el borrador de la carta de Martí al general Máximo Gómez, pidiéndole datos sobre Céspedes para un libro que pensaba escribir. Obras Completas de José martí. Tomo XXII, pág., 235

Historia, José Martí

MARTÍ LA PRESENCIA NECESARIA



Tumba de José Martí. Cementerio Santa Ifigenia. Santiago de Cuba

En época de definiciones y esperanzas, en que nos enfrascamos todo por lograr un renacimiento de la virtud ciudadana en toda Cuba, nadie puede olvidar a José Martí. El cubano que no solo nos legó una patria, sino un modo de pensar que está más allá de posiciones hoy tan encontradas, los hombres van en dos bandos, dijo, los que aman y construyen; los que odian y destruyen, más o menos es la esencia de las dos maneras de ver la vida en estos tiempos.

Este hombre que se echó a Cuba en los hombros, enfrentó la desunión de los cubanos como el principal reto para alcanzar su definitiva independencia, y no se fijó en las riquezas de unos y la pobreza de otros; la erudición de pocos y la ignorancia de muchos; la blanca piel de los dominadores y el color negro de los habían levantado las riquezas de una mayoría.

Dejó una legado moral que no envejece y más allá de las consignas y las campañas, no se será martiano, por mucho que se lea de él, sino basamos nuestro actuar en esa máxima de ser bueno, por sobre todas las cosas, con todos esos valores potenciados en nuestra sociedad contemporánea, pero también cumpliendo los deberes que cada uno tiene como ciudadano, con su propio trabajo, con su sociedad y con sus principios.

Cuba es más que un archipiélago, Cuba es una cultura múltiple y en expansión, a la que le quedan estrecho toda reglamentación del pensar, expresar y del ser; cada cubano le debe mucho a la tradición histórico social en la que se forjó una nación singular, que tiene mucho que hacer en estos tiempo, con el legado de Martí y de todos los que antes y después de él pensaron en el ser humano, cubano o no, como premisa de un vivir mejor.

En los últimos tiempos aprendimos que era mejor vivir con las ventanas abiertas y el intercambio constate con el otro, en base a una democracia de pueblo que entiende como suya a todo el que vive y actúa en el ámbito cubano.

Desterrando el regaño para la voz discordante, aceptado el debate y teniendo la humildad de saber que nadie tiene la verdad absoluta y que el consenso se construye día a día en una cultura de paz que nos hace libre.

En cuanto a la libertad, tan llevada y traída, rehén de todos los poderes, solo es posible concebirla en un espacio de cultura, conocimiento de los derechos, propios y ajenos, desterrando nuestras frustraciones para la soledad de la reflexión que cada ser humano hace consigo mismo, y entregando a esos que nos rodean, familia, compañeros, conciudadanos; la confianza de que tiene en nosotros a ese otro con quien pueden contar para construir el consenso de libertad y democracia que queramos darnos.

Ese sería el sueño martiano, aunque no lo haya escrito, aunque no repitas ninguna frase, aunque no conozcas muchos, sería la consecución de un mundo sin egoísmos, próspero y de paz para un país que crece en cada uno de nosotros, dirigente, intelectual o sencillamente alguien de a pie que se place con ser bueno.

Cultura, José Martí

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