Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Historia

JOSÉ MARTÍ SOBRE MANUEL GARCÍA

Manuel García es uno de esos bandoleros románticos que no faltan en la tradición popular de ningún pueblo y cuya leyenda es contada de mil maneras por los cubanos. Se cuenta que fue mambí y que estuvo alzado durante la primera guerra por la independencia de Cuba por la zona de la actual provincia de Matanzas.

Terminada la contienda, cuentan estas historias populares, se mantuvo alzado enfrentando las partidas que para su captura organizaba el gobierno colonial español en la isla convirtiéndose en un connotado enemigo de España y de los ricos.

Este Robin Hood tropical asaltaba a los viajeros en los caminos de una extensa zona del occidente de Cuba convirtiéndose en un peligro para los ricos a los cuales exigió muchas veces rescate por su vida.

Enterado de los planes insurrecciónales de sus compatriotas quiso contribuir a su modo a los necesarios fondos del Partido Revolucionario Cubano para organizar la nueva guerra para la emancipación de la isla. Por ello contactó con el prestigioso periodista cubano negro, delegado del PRC en Cuba y principal líder del movimiento revolucionario en la colonia Juan Gualberto Gómez, para entregarle una buena cantidad de dinero para la noble causa de la independencia; dinero que era parte de un rescate que había recibido por un secuestro a un acaudalado hacendado criollo.

Juan Gualberto sabiendo el origen de aquel dinero, escribe a José Martí preguntándole el destino que debía dársele a aquel dinero y si debía remitirlo al tesorero del Partido Revolucionario Cubano, Benjamín Guerra. La contundente posición del Apóstol queda resumida en este fragmento de su respuesta al noble Juan Gualberto:

“Devuelva, devuelva usted inmediatamente ese dinero criminalmente adquirido. Con sumas de tal origen no se va a la honra: el Partido quiere que llegue su bandera a los combates sin ninguna mancha: para lo que preparamos la guerra, para Gómez y para mí, los bandoleros solo son criminales, y el dinero que de ellos venga, infama. El árbol debe venir sano desde la raíz.”

Así se hizo, pero este cubano descarriado apodado el “Rey de los Campos de Cuba” se alzó el 24 de febrero de 1895 y murió ese día, en que se reanudó la guerra por la independencia de Cuba.

Historia, José Martí

DESARROLLO DE LAS CIENCIAS SOCIALES EN CUBA (1925-1940)


Las ciencias en Cuba están marcadas en este período por la continuidad ascendente de desarrollo de las Ciencias Sociales, encabezadas por los estudios históricos y culturales, encaminados estos últimos a la autentificación de las raíces negras de la cultura nacional, dada la fuerte influencia de la población esclava llegada a Cuba, se distingue en esta vertiente Fernando Ortiz, considerado el tercer descubridor de Cuba.

Durante este período son las ciencias sociales las que tienen un mayor desarrollo en Cuba, principalmente por el surgimiento de una generación de intelectuales inquieta e indagadora que pretende actualizar los estudios sociales en el país. Sobresalen tres figuras capitales: Fernando Ortiz Fernández (1881-1969), Ramiro Guerra Sánchez (1880-1970) y Emilio Roig de Leuchsering (1889-1964).

La Historia es de las ciencias sociales la de más amplio desarrollo, por el nacimiento a la vida independiente de la sociedad cubana y por la amplia gama de acontecimientos que ocurren, que estimulan las investigaciones y estudios sobre la historia nacional.

Ramiro Guerra Sánchez encabeza a un grupo de distinguidos investigadores que se dedican al sistemático estudio de la historia y en particular de la nacional. Su primera obra es una extensa “Historia de Cuba”(1921-1929), en la que se propone escribir una historia general de la isla, pero le faltan fuentes y la obra queda inconclusa. Pero sin embargo la obra es de un gran valor porque actualiza la bibliografía existente en el período que aborda, los primeros años de la conquista y la colonización de Cuba (1492-1607)

En la introducción de la monografía, Ramiro Guerra expresa: “La historia tiene como objetivo primordial explicar científicamente el proceso de formación y desarrollo de la comunidad nacional, esclareciendo la naturaleza de los factores que en este proceso intervienen y lo condicionan”[1]

El libro es novedoso porque no se limita al estudio de los aspectos políticos administrativos, sino que incorpora estudios sobre la organización social, la población, la cultura, la vida económica y las costumbres.

En “Manual de Historia de Cuba” (1938), Guerra sintetiza la información desde el descubrimiento hasta el inicio de la guerra de independencia en 1868. La mayor amplitud corresponde al siglo XIX, etapa de desarrollo de la burguesía esclavista criolla, interrelacionando los problemas económicos, sociales y políticos, haciendo énfasis al estudio de la esclavitud y la actitud de la clase dominante frente a este fenómeno social.

“Azúcar y población en Las Antillas” (1927) es el más conocido y polémico de sus libros, en este trabajo se une la indagación histórica al análisis de la actualidad cubana de su tiempo, se compara el desarrollo de las plantaciones azucareras en Barbado con Cuba, estableciendo sus diferencias y el peligro a los que se veía expuesto el país por la dependencia del monocultivo, previendo el predominio del latifundio en los campos cubanos, la superproducción, la crisis y el empobrecimiento de Cuba, problemas más políticos que históricos y que mantienen una gran actualidad.

En diversas obras Ramiro Guerra se ocupa de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, aunque en todas no mantiene el mismo criterio que va desde el conformismo hasta la fustigación de la política imperialista de Estados Unidos en América Latina, y en otras obras posteriores en la que vuelve a justificar y elogiar la intervención norteamericana en los asuntos de Cuba. Esto no le resta méritos a su obra historiográfica que marca una pauta importante en el estudio de la historia nacional. Es un historiador honesto que trató de desentrañar la evolución político-social de su país.

De él dirá Juan Marinello: “(…)es el mejor historiador que hemos producido(…)Un hombre que tiene esa condición de ver la historia en un sentido moderno y por tanto progresista, sin embargo es un hombre ligado a las fuerzas dominantes de nuestra economía. Era de los grandes auxiliares de la Asociación de Hacendados de Cuba, y fue también nada menos que secretario de la presidencia de Gerardo Machado”[2]

Emilio Roig de Leuchsenring, periodista, investigador e historiador, realiza trabajos fundamentales en la indagación histórica desde su cargo de Historiador de la Ciudad de La Habana, para el cual fue nombrado en 1935.

Sus investigaciones se centran en el estudio de las relaciones cubano-norteamericanas y en resaltar la figura de José Martí, fue un activo miembro y participante de los Congresos de Historia organizados por la Oficina del Historiador de la Ciudad, donde ratificó algunos criterios y rectificó errores históricos.

En otras muchas publicaciones dadas a conocer en este período están: “La injerencia norteamericana en los asuntos de Cuba” (1922), “Análisis y consecuencias de la intervención norteamericana en los asuntos interiores de Cuba” (1923), “La colonia superviva. Cuba a los veinte años de la República” (1925), “Nacionalismo e internacionalismo de Martí” (1927), “El intervencionismo, mal de males de Cuba republicana” (1931), “Martí y los niños” (1932), “Historia de la Enmienda Platt. Una interpretación de la realidad cubana” (1935), “El internacionalismo Antimperialista en la obra político-revolucionaria de José Martí” (1935) y “Curso evolutivo de las relaciones cubano-norteamericanas” (1937)

Roig fue un estudioso de las costumbres habaneras, la historia de la ciudad y por ello impulsó la creación de la Oficina del Historiador de la Ciudad (1938), de la que fuera su primer director. Esta institución se convierte en un centro de promoción histórico-cultural, que publica numerosos e importantes trabajos históricos y nucleó a un grupo importante de historiadores e investigadores, entre ellos Fernando Ortiz, Elías Entralgo, Fernando Portuondo y José Luciano Franco, entre otros.

Esta institución fundó la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales y los Congresos Nacionales de Historia que contribuyeron a la divulgación de la Historia de Cuba.

Emilio Roig participó también en la creación del Archivo Histórico Municipal (1937) y de la Biblioteca Cubana y Americana” (1938).

Fernando Ortiz Fernández es figura capital de las ciencias sociales cubanas, con justicia llamado el “Tercer Descubridor de Cuba”, a partir de la década del veinte se dedica casi por completo a los estudios sociales y etnográficos, que hicieron posible un mejor conocimiento de las raíces de la cultura popular cubana, especialmente su componente africano.

Ortiz, tras un breve período dedicado a la política, durante el cual no abandonó sus preocupaciones por las problemática cubanas, se dedica con mayor profundidad a los estudios afrocubanos y de la realidad cubana en general.

Sus estudios afrocubanos van más allá de las indagaciones científicas pues su propósito es lograr una mayor integración de la sociedad cubana. Establece el concepto de que la nación cubana estaba formada por la integración de los diversos etnos que había coincidido en la isla.

Se desempeña como publicista, profesor universitario, enseña etnografía; animador de la Sociedad Económica de Amigos del País, cuya “Revista Bimestre Cubano”, rescata y mantiene con un alto nivel intelectual.

Sobre temas etnográficos publica: “Glosario de afronegrismo” (1924), “Personajes del folklor afrocubano” (1924), “La fiesta del Día de Reyes” (1925), “Los afrocubanos dientimellados” (1929), “El coricamo y los conceptos teoplásmicos del folklore afrocubano” (1930), “De la música afrocubana: un estímulo para su estudio” (1934) y “La clave xilofónica de la música cubana” (1935).

En 1940 aparece el libro fundamental para la comprensión de la formación histórico-social y cultural de Cuba, “Contrapunteo Cubano del Tabaco y el Azúcar”, en ella Fernando Ortiz incorpora el concepto de “trasculturación”, básico para la comprensión e interpretación de la sociedad cubana, siendo este uno de los aportes más importantes de Ortiz a las ciencias sociales.

Funda en 1923 junto a José María Chacón y Calvo, la Sociedad del Folklore Cubano para investigar, recopilar y estudiar las tradiciones de la vida popular, incluyendo la música, la oralidad, la medicina popular, las creencias religiosas y otras manifestaciones sociales. La Sociedad se disuelve en 1931 por dificultades económica para desarrollar su trabajo. Para divulgar los trabajos realizados por dicha sociedad se creó la revista “Archivo del Folklore” (1924.1929), en la que fueron publicados diversos trabajos sobre variados temas junto a estudios hechos por investigadores extranjeros sobre el tema.

Entre los colaboradores de la revista se contaron, Chacón y Calvo, Carolina Foncet, Manuel Pérez Beato, Joaquín Llavería, Francisco G. del Valle, Emilio Roig, Elías Entralgo, Eduardo Sánchez de Fuentes, Salvador Massip, Herminio Portell Vilá, Juan Marinello y Gaspar Agüero, entre otros.

Como continuidad de la Sociedad del Folklore Cubano, Fernando Ortiz crea en 1937 la Sociedad de Estudios Afrocubanos y la revista de igual nombre, en la que continuaron apareciendo estudios y artículos relacionado con los temas etnológicos, fundamentalmente los referidos a las culturas africanas y españolas y su síntesis en lo afrocubano. Pero la revista fue más universal, al incluir temas de otras partes del mundo.

En ese mismo año 1937 Fernando Ortiz organiza los “Cursos de Verano” en la Universidad de La Habana, que resultaron de interés impactante al presentar, no solo sus conferencias, sino a modo de ilustración y de desprejuiciar a la intelectualidad habanera, la música sacra de los ritos afrocubanos, interpretadas por genuinos cultores, como fueron Jesús Pérez (Oba-Ilú, rey del tambor), Pablo Roche (Akilakua), Merceditas Valdés (La pequeña Aché), intérprete de los cantos religiosos y otros músicos y cantantes y bailarines de diversos cultos africanos.

Fernando Ortiz fue un fustigador de la injerencia de los Estados Unidos en Cuba y denunció los problemas sociales que aquejaban a la sociedad cubana, manteniendo una actitud de compromiso con su tiempo y su pueblo.

Otros estudiosos del folklor cubano fueron, Manuel Martínez Mole, quien recopila evidencias del folklor espirituano en siete tomos de los cuales publicó tres en su libro, “Contribución al estudio del folklore” (1926-1931). Otro tanto realiza Ramón Martínez con las costumbres de la parte oriental de la isla, al dar a conocer su, “Oriente Folklórico” (1934-1939), en nueve cuadernos en forma de revista.


[1] Ramiro Guerra: Historia de Cuba. Tomo 1, La Habana, 1921

[2] Citado por Luis Baez: “Juan Marinello: otros contemporáneos, Rev. La Gaceta de Cuba , Nº 5, 1993

Cultura, Historia

DÍA DE LA CULTURA CUBANA


Desde 1980 los cubanos celebramos el Día de la Cultura Cubana los 20 de octubre, ocasión en la que reconocemos y exaltamos las raíces de la nacionalidad de esta nación joven y diversa hoy enfrentada a los retos de la globalización bajo la impronta martiana marcada en su ensayo “Nuestra América”: “injértese en nuestras Repúblicas el mundo pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas”

Hace 149 años la ciudad de Bayamo fue ocupada por las fuerzas independentistas comandadas por Carlos Manuel de Céspedes, junto a él venía su amigo Pedro Figueredo (Perucho) quien meses antes había escrito una marcha “sospechosa” tocada en un Tedeum en la Iglesia de Bayamo, en medio del entusiasmo victorioso de los bayameses Perucho distribuye entre ellos la letra de “La Bayamesa” el canto patriótico escrito y musicalizado por él ahora presentado con todo su esplendor a la primera ciudad de Cuba Libre.

Era la ratificación de la existencia de una cultura propia crecida en medio del entramado de la “criollidad” y del dialectico “ajiaco” que era esta sociedad isleña conformada por descendientes de españoles, aborígenes, negros y otras raíces exóticas que venían aliñando el ser cubano, ahora desde 1868 esta cultura se daba el derecho de ser libre e independiente, ahora que más allá de las clases sociales y los intereses económicos, un noble bayamés, Carlos Manuel de Céspedes se había atrevido a proclamar la Patria añorada y expresado la voluntad de vivir y morir por ella.

Como reconocerán los cubanos de hoy nuestro Himno Nacional no es una larga letanía de hipérboles y metáforas, es un himno vibrante que resumía en seis cuartetas el sentir del cubano, pero la guerra y los azares combativos que tachonaron estos primeros años de luchas hicieron que el canto patrio se sintetizara en las dos primeras cuartetas, porque en medio de la acción por hacer patria ellas eran el resumen supremo de nuestros anhelos, aquí les expongo la letra íntegra de la “Bayamesa”[1] y en negrita las partes que hoy conforman nuestro himno:

Al combate corred, bayameses,
que la patria os contempla orgullosa.
No temáis una muerte gloriosa,
que morir por la patria es vivir.

En cadenas vivir, es vivir
en afrenta y oprobio sumido.
Del clarín escuchad el sonido.
¡A las armas valientes corred!

No temáis; los feroces iberos
son cobardes cual todo tirano
no resiste al brazo cubano
para siempre su imperio cayó.

Cuba libre; ya España murió
su poder y orgullo do es ido
¡Del clarín escuchad el sonido,
a las armas valientes corred!

Contemplad nuestras huestes triunfantes
contempladlos a ellos caídos,
por cobardes huyeron vencidos
por valientes supimos triunfar.

¡Cuba libre! Podemos gritar
del cañón al terrible estampido
¡Del clarín escuchad el sonido,
a las armas valientes corred!


[1] Nombre que dio Figueredo a su canto patrio

Cultura, Historia

JUAN GUALBERTO GÓMEZ, UN LÍDER NEGRO



Juan Gualberto Gómez (1854-1933), es un intelectual negro formado en el adverso ambiente social cubano de estos años, nacido libre de padres esclavos pudo estudiar con el mejor maestro negro de La Habana y luego enviado a estudiar a París, Francia, donde descubre su vocación por el periodismo que comenzó a ejercer en ese país. A su regreso a Cuba en 1878 se une activamente a las luchas por la abolición de la esclavitud, la igualdad racial y la independencia de Cuba, conoce a José Martí y junto a él colabora en los esfuerzo por la libertad de la isla, al tiempo que es un activo defensor de los derechos de los hombres de su raza.

Fundó su primer periódico, “La Fraternidad” (1878) en el que desarrollaba una activa labor de orientación y educación a los negros a quienes exhortaba a educarse y adquirir los conocimientos que hicieran posible ser respetados por la sociedad de su época. El compromiso político con la isla irredenta los llevará a conspirar y apoyar los levantamientos que se producen en 1879 en el oriente del país y que hoy conocemos como la Guerra Chiquita, por lo que es deportado a España.

En Madrid fue jefe de redacción de El Abolicionista y luego de La Tribuna, en cuya dirección reemplazó a su amigo Rafael María de Labras; fue también editorialista y cronista de los diarios El Progreso y El Pueblo, además de corresponsal de varios diarios españoles y europeos. Compartió con los más destacados periodistas y escritores españoles de su época, sobresaliendo como polemista formidable y temible al decir de los que cruzaron palabras desde la prensa con Juan Gualberto.

Fue muy apreciado en los corrillos intelectuales por su gran cultura, su calidad periodística y por la firmeza de sus convicciones ideológicas, que incluía como elementos fundamentales, sus ideas abolicionistas y su independentismo. Por estas razones y por su calidad humana contó con la estimación de Ramón y Cajal, Castelar, Salmerón, Pi y Margall, Maura y Cánovas del Castillo, entre otros. Todos ellos políticos e intelectuales con quien no siempre estuvo de acuerdo pero que admiraron su cultura y valentía para defender sus criterios. A pesar de este bien ganado prestigio intelectual en la península, Juan Gualberto Gómez quiere regresar a Cuba y por ello gestiona su autorización para volver a La Habana, permiso que obtiene en 1890.

Ya en Cuba Juan Gualberto reanuda la publicación de su periódico La Fraternidad, que reaparece el 30 de agosto de 1890, esta vez con un decidido objetivo de hacer valer el derecho de los cubanos de expresar libremente sus ideas separatistas, para ello quiere hacer valida en Cuba la decisión del Tribunal Supremo de España que ha declarado lícita la propaganda carlista y republicana, por lo que el valiente mulato considera lógico que dicha sentencia ampare igualmente al separatismo.

Desde el primer número en La Fraternidad expone los objetivos que lo animan en un artículo titulado “Nuestros propósitos”, en el que hace un recuento de su labor a favor de la causa separatista y un reto a los que esperan las reformas prometidas por España y nunca cumplidas, en alusión a la estéril política de los autonomistas. Manteniendo esta peligrosa posición de combate contra el colonialismo Juan Gualberto Gómez terminó enfrentado directamente con las autoridades españolas de la isla. Pesa sobre él una condena de dos años impuesta por la Audiencia de La Habana, por el artículo, “Por qué somos separatistas”, aparecido en el número 14 de La Fraternidad del 23 de septiembre de 1890. Interpuesto recurso ante el Tribunal Supremo de España por Rafael María de Labras a nombre de Juan Gualberto Gómez, dicho tribunal falló a favor del mismo el 25 de noviembre de 1891.

El triunfo legal de Juan Gualberto Gómez en los tribunales de la metrópoli tuvo una gran trascendencia para el movimiento separatista cubano, se adquiría el derecho de hacer propaganda por la separación de la isla de España, propaganda que no podía ser una incitación a la rebelión y la lucha armada, pero que permitía hacer público los puntos de vistas de los que creían era posible la soberanía de la isla. Tal fue la repercusión de esta decisión judicial que el Capitán General de la Isla Camilo Polavieja lo consideró un golpe mortal para el poder colonial y así lo consigna en sus Memorias: “El día que firmó tal sentencia abandonamos los medios para sostener nuestra soberanía en la Isla de Cuba”

Junto a estos esfuerzos Juan Gualberto activa desde su periódico la promoción de los derechos de las personas de su raza en cuya defensa ya trabaja el Directorio Central de las Sociedades de la Raza de Color en Cuba[1] cuya directiva lo elige como presidente el 21 de agosto de 1891.

Esta fue la tónica del periodismo que hizo Juan Gualberto Gómez desde La Fraternidad, en los escasos dos años en que este circuló en Cuba, defendiendo el derecho de los cubanos a una aspiración de independencia, al tiempo que sostenía la promoción de las aspiraciones de las masas de “color” en el logro de una plena igualdad tras la abolición de la esclavitud en la isla.

Es esa la razón para sostener que la aparición del periódico La Igualdad, el 7 de abril de 1892, es una continuidad del trabajo iniciado en La Fraternidad, aunque ahora el énfasis estaría dado en lo que él consideraba era muy importante en aquellos momentos y expresado con toda claridad en el artículo “Lo que somos”, de la edición inaugural de La Igualdad, y en el que expresa que su propósito era unir a los cubanos sin distingos de color de la piel, así como de hallar una solución justa a los problemas socioeconómicos de la colonia:

Vamos en busca de la igualdad: blancos, negros y mulatos, todos son iguales para nosotros; y nuestra aspiración consiste en que todos así lo sientan; para que llegue un día en que los habitantes de Cuba se dividan, no por el color de la piel, sino por el concepto que abriguen de las soluciones que se presenten a los problemas políticos, sociales y económicos, que se disputan el predominio en el mundo culto”[2]

Desde La Igualdad se defendían los derechos de la raza de color, porque al decir del propio Juan Gualberto Gómez, esta igualdad no sería posible, si al negro no se le concedían primero los mismos derechos que a los blancos, sino desaparecían primero toda una serie de leyes y ordenanzas racistas que las costumbres habían arraigado en la población.

Los estudiosos cubanos de hoy hacen mucho énfasis en el valor del periódico La Igualdad para la difusión de las ideas martianas, en la preparación de los cubanos para la lucha por la independencia, pero casi no se habla de la titánica labor de Juan Gualberto desde sus páginas en favor de las reivindicaciones de los negros.

Raquel Mendieta en su ensayo “Agitación política y reivindicación socio-racial: El Directorio Central de las Sociedades de la raza de Color en Cuba” resume esta labor:

La escuela mixta, como forma de integrar desde la niñez a blancos y negros; la necesidad de una activa participación de los sectores negros en la vida política a través del voto que se le quiere negar; la crisis política de los partidos coloniales -Unión Constitucional y Liberal Autonomista-, incapacitados para dar soluciones a los problemas económicos, políticos y sociales que aquejan al país; el derecho de los negros a entrar en los lugares públicos; la necesidad de eliminar los libros diferenciados en el Registro Civil, así como las fórmulas de cortesía en las células personales, o cualquier otro elemento que tienda a diferenciar, con carácter peyorativo para los negros, a ambas razas; el derecho de existencia de los cabildos de africanos, son algunos de los temas fundamentales que sacará a la palestra pública Juan Gualberto Gómez[3]

El periodismo que desarrolla Juan Gualberto Gómez entre 1890 y 1895 se desarrolla básicamente en los periódicos La Fraternidad y La Igualdad, convertidos por él en tribuna de divulgación de las mejores causas de la sociedad cubana: la lucha por la independencia y la reivindicación de los derechos de la raza negra, su palabra apasionada y convincente toma fuerza para luchar desde dentro contra los males de la sociedad colonial y desbrozar el camino a la sociedad cubana soñada por los mejores hijos de este país.

Durante la intervención norteamericana Juan Gualberto Gómez fue uno de los defensores más apasionados de la independencia de Cuba, se opuso a la Enmienda Platt, decepcionado y beligerante acudió a la virtud del cubano para impedir la intervención del yanqui.

“…Pero más que nunca hay que persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada: y para alcanzarla, es fuerza adoptar de nuevo en las evaluaciones de nuestra vida pública las ideas directoras y los métodos que preconizara Martí, cuando su genio previsor dio forma al sublime pensamiento de la revolución…”[4]


[1] Fundado el 2 de junio de 1887 en La Habana

[2] Citado por Raquel Mendieta en “La Cultura: Lucha de clases y conflicto racial. 1878-1895”

[3] Mendieta, Raquel: Cultura lucha de clases y conflicto racial 1878-1895. Pág. 4. La Habana, 1989

[4] Juan Gualberto Gómez. El Figaro, 20 de mayo de 1902

Historia

LOS INDEPENDIENTE DE COLOR



Cuba (1902-1925)

El descrédito del Partido Liberal del General José Miguel Gómez[1] ahonda más la crisis espiritual y política de la flamante República de Cuba por lo que sus desmanes politiqueros y la corrupción provocan el desmembramiento de este como fuerza política al separarse dos sectores importantes dentro de este: los negros y los trabajadores.

Los negros discriminados y marginados se unen en 1908 alrededor de la Agrupación Independiente de Color que pronto se convirtió en Partido de los Independientes de Color, liderados por Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet, dos prestigiosos líderes negros, veteranos de la guerra de independencia y con una fuerte ascendencia entre los sectores populares.

Era un partido de negros y mulatos para luchar contra la discriminación racial y contra la desigualdad social que imperaba en la sociedad cubana. Se propusieron además, la implementación efectiva de la enseñanza gratuita y obligatoria, el establecimiento de la jornada de ocho horas, la nacionalización del trabajo, para aminorar la emigración de mano de obra barata, procedente en su mayoría de España, distribución de tierras del estado, la abolición de la pena de muerte, apertura del Servicio Exterior para los ciudadanos negros, entre otras demandas. Eran medidas progresistas que favorecían a todos los desposeídos en la isla, pero el error de la agrupación partidista fue convocar a sus bases por el color de su piel, lo que provocó la división de las masas y fue aprovechado por los sectores oligárquicos que agitaron el miedo a una revolución negra en contra de los blancos, el mismo “miedo al negro” que se había esgrimido en la colonia para impedir el avance de independencia.

Esto le ganó el odio de los partidos tradicionales y de las clases pudientes en el poder que hicieron todo por frenar el justo movimiento de las masas negras y mestizas en el país. Por eso en 1910 aprobaron en el Congreso de la República una ley que prohibía los partidos de raza o de clases[2]. Con esta ley se hizo ilegal el Partido de los Independientes de Color y se promueve la persecución de sus miembros, pero sin oír sus demandas justas y postergadas.

La prensa de la época jugó un papel al exacerbar los miedos y mentir sobre las intenciones de aquellos valientes y preclaros hombres que ahora luchaban porque se reconociera su Partido y su derecho a defender lo que consideraban justo. Se les acusaba de racistas y de querer imponer un poder negro en la isla; se levantó una ola de miedo al negro, junto con los rumores de presuntas violaciones de mujeres blancas por hombres negros y muchas otras noticias infundadas que aislaron al movimiento del resto de la sociedad.

Presionados por la persecución y la campaña de prensa fueron apareciendo algunos grupos de insurrectos en mayo de 1912 en Pinar del Río, La Habana, Las Villas y Oriente, en esta última provincia el movimiento era muy fuerte en las zonas de Santiago de Cuba y Guantánamo.

Eran grupos que se habían alzado pero no habían realizado acciones de guerra, permanecieron movilizados como una forma de presionar al gobierno al reconocimiento de su Partidos.

El gobierno de José Miguel Gómez presionado por las “fuerzas vivas del país” y la amenaza de una nueva intervención yanqui[3] envió contra los alzados en Oriente las fuerzas de la Guardia Rural con el General José de Jesús Monteagudo al frente, acompañado por una fuerza de “voluntarios” muchos de ellos veteranos de la guerra de independencia, instigados por el General retirado Mario García Menocal y Deop quien “propugnaba que los veteranos debían mantener el orden y que se debía proceder con energía”[4]

En junio de 1912 comenzó el despliegue de las fuerzas del ejército por las zonas rurales de Guantánamo y Santiago de Cuba, principales foco de alzamiento de los independentistas de color, eran grupos mal armados que fueron rodeados y exterminados sin contemplación, con una saña criticada por algunos oficiales participantes en esta sangrienta represión, más de 3 000 muertos incluyendo a los dos líderes del Partido de los Independentista de Color, Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet, a principios de agosto de 1912.

“Pocas veces se ha reparado en que la causa del movimiento insurreccional, o sea la discriminación racial, era un hecho evidente. Por otra parte también ha sido evidente que la política al uso ha utilizado elementos políticos de la raza negra para darle apariencia democrática a sus programas y actividades, sin que en verdad ello reflejara una sustancial política de igualdad en todas las actividades del país. Finalmente dentro de las condiciones de miseria en que vivía el pueblo de Cuba a principios de la República, la población negra era la que sufría más profundamente sus efectos. Todos estos hechos explican la insurrección aun cuando en ella pudieran haber elementos ambiciosos e intrigas de grupos políticos interesados en producir un trastorno de apariencia racista.”[5]


[1] El pueblo lo llamó “Tiburón” por aquel sarcástico dicho popular de: “Tiburón se baña, pero salpica”

[2] Llamada por el pueblo Ley Morúa, por el legislador que la propone, Martín Morúa Delgado, por cierto uno de los pocos negros que pasó por el Congreso de la República.

[3] Las fuerzas de los marines destacados en la Base Naval de Guantánamo salieron de la misma para “proteger las propiedades de los norteamericanos”.

[4] Julio Le Riverend, La República, pág. 125. La Habana, 1971.

[5] Ídem

Historia

LAS IDEAS POLÍTICAS Y FILOSÓFICAS EN LA REPÚBLICA DE CUBA (II)



(1902-1925)

En 1905 las fuerzas nacionalistas se agruparon en torno al Partido Liberal que contaba con el apoyo de Máximo Gómez, Bartolomé Masó y Juan Gualberto Gómez y tenía como líder a José Miguel Gómez. El Partido Liberal bajo consignas populistas y demagógicas agrupó a la burguesía nacionalista y las clases medias, junto a las masas de trabajadores y la discriminada población negra, esperanzados de que con la llegada al poder de los Liberales mejorara su crítica situación económica y social. Los dirigentes del partido coquetearon con las ideas martianas y con un programa de débil nacionalismo ganaron las elecciones de 1909, solo para demostrar que no eran capaces de enfrentar al bloque oligárquico y a los Estados Unidos y que su objetivo era solo el poder y el presupuesto público que esquilmaron bárbaramente. El Partido Liberal se agota como opción política, desgajándose de él las fuerzas populares, primero los negros que se nuclearon en el Partido de los Independentistas de Color y luego los trabajadores que entendieron que aquellas luchas políticas no le darían ningún beneficio. Ellos formaron la base del bloque antioligárquico del período.

El Partido de los Independentistas de Color liderados por Evaristo Estenoz e Ivonet parten del justo reclamo de este sector de la población cubana porque se cumplieran sus demandas de igualdad y justicia social, reclamos que hubieran promovido un fuerte movimiento nacional de lucha social, de no haber estado limitado a la raza negra, lo que constituyó su punto débil y pretexto de la reacción oligárquica para desacreditarlos y reprimirlos de forma sangrienta.[1]

Los trabajadores enfrentan el reto de la fuerte emigración extranjera, fundamentalmente española y antillana que desnacionaliza este importante grupo social, alejándolo de los problemas políticos y sociales del país y centrando sus demandas en las conquistas económicas, parciales y sectoriales; liderados en este empeño por los sectores anarquistas de influencia europea. Esta situación particular del movimiento obrero cubano influyó en el afianzamiento entre ellos de apoliticismo y economicismo, propios de las corrientes anarquistas, por lo que las ideologías de izquierda tuvieron muy poca influencia entre los trabajadores cubanos.

Las ideas marxistas llegan con Carlos Baliño (1848-1926), obrero tabaquero y revolucionario que toma contacto con estas ideas en los Estados Unidos a fines del siglo XIX. Baliño militó en el Partido Revolucionario Cubano en el “Club Enrique Roig” de Tampa conformado por obreros tabaqueros que al decir de Martí, “(…)pensaron naturalmente con las ideas rebeldes e iracundas, por causas de actualidad, de los que trabajan y padecen y aspiran como ellos; entre los que, por serles familiar la lengua, leyeron de la justicia nueva lo traducido y confuso que anda de ella en español, sin calma ni hábito ni guía para buscar las fuentes rusas y alemanas a la traducción infeliz ni ver en qué se acomodan las ideas generales a la realidad criolla, y en qué es ésta diferente, e idea por sí, y requiere ira menor y métodos diversos(…);”[2] Al final de un artículo dedicado a este Club en el periódico “Patria”[3] José Martí hace referencia a Baliño: “En el club “Enrique Roig”, Segade preside, Baliño razona, Izaguirre entusiasma, todos, como decía Baliño en noche memorable, “ponen tan alta la bandera de Cuba, que, por mucha ira que revuelva a sus pies la pasión del hombre, jamás llegue a la bandera el fango humano”[4] Baliño dedica su vida a la propaganda marxista y la organización del movimiento obrero, al término de la guerra regresa a Cuba, en 1903 publica el folleto, “Verdades socialistas”, el primer impreso marxista en Cuba en el que Baliño incurre en algunas inexactitudes teóricas, por el poco conocimiento de las fuentes directas del marxismo, pero en general se ajusta a ella. El alcance del marxismo es muy limitado en este período, principalmente entre grupos de obreros de La Habana y sus alrededores, que tenían muy poco o ningún contacto con las fuentes del marxismo, escasamente traducidas en la época.

Las ideas socialdemócratas también comienzan a ser difundidas en el país teniendo a Diego Vicente Tejera como su precursor. Tejera propugna un socialismo humanitario, más intuitivo que científico, que no encontró terreno propicio en un país con escaso e inmaduro movimiento obrero

Entre los sectores cultos de la sociedad cubana predominó la frustración en este período ante la situación creada en la República neocolonial: una economía en manos extranjera y una oligarquía entreguita, con un sector político interesados en esquilmar el erario público en beneficio propio. En medio de este ambiente surgen las voces críticas entre los intelectuales, muchos de ellos publicando denuncias y proponiendo soluciones en ensayos que se publicaron en revistas especializadas de la época, “Revista Bimestre” (1910) dirigida por Fernando Ortiz y más tarde “Cuba Contemporánea” (1913-1927), en torno a la cual se nuclearon intelectuales preocupados por los problemas de Cuba. En ella publicaron los más destacados intelectuales de esta generación y de las anteriores, entre ellos, Max Henríquez Ureña, Enrique Gay Carbó, José Antonio Ramos, José María Chacón y Calvo, José Sixto Solá, Luis Rodríguez Embil y Enrique José Varona. El afán de este grupo no terminó en acción política concreta dado su pesimismo frustrante, pero su acción fue válida para descorrer el velo sobre la realidad y conocer el problema.

El escritor mulato de Santiago de Cuba, José Manuel Poveda(1888-1926) se revela no solo como poeta sino como un observador crítico de su época, reflejándola desde su condición social de marginado e inadaptado en un sistema que lo enajena y frustra:

“Después de todo sería inútil: no podría prescindir de mi mismo. Y por ahora, no hay realmente acción posible. Estamos aherrojados por dobles cadenas. Nos somos independientes. No somos sino una factoría colonial, obligada a trabajar, y a dar su cosecha y su fruto compelida por el látigo. Estamos desorganizados y envilecidos como una mala mesnada; no podemos defendernos. Un soplo de dispersión a barrido las conciencias, y todo cuanto había de dignidad, pureza y valentía en las conciencias; un soplo de desilusión ha disgregado todas las energías creadoras del alma nacional. Somos la sombra de un pueblo, el sueño de una democracia, el ansia de una libertad. No existimos.”[5]

Su rebeldía trató de encontrar una vía de acción a través del Grupo Nacional de Acción de Arte, grupo intelectual que aspiraba a preservar los más altos valores de la cultura nacional, como premisa para formar una patria nueva aupada sobre el pensamiento revolucionario de Antonio Maceo que hacía critica a los autonomista y al tipo de sociedad que precisamente se enseñoreaba en la República de los primeros veinticinco años, una sociedad exclusivista, que no daba participación a los humildes, ni permitía que la independencia fuera total.[6]

La claridad de las ideas de Poveda queda en sus escritos[7] como continuador de esta línea de pensamiento de frustración y rebeldía ante la realidad que vive, por eso se expresa en términos duros y amargos, aunque sin encontrar solución:

“La intervención extraña, frustrando el sacrificio frustró la patria. “Entre nosotros” hay distancia y, “sobre nosotros” influencias. Se frustró el sacrificio y solo han triunfado los autonomistas. La paz de San Juan equivale a la paz del zanjón. Con la diferencia de que en Baraguá no ha protestado nadie esta vez”[8]

Este es el revelador testimonio de un hombre “(…) que expresa, (…) el estado de incertidumbre y malestar en el que se debatía la conciencia nacional de 1912 a 1923, más allá de las pasiones partiditas de la época”[9]


[1] La próxima entra la dedicaremos al análisis de los independentistas de color

[2] Obras Completas de José Martí. Tomo II, pág. 198. La Habana, 1975

[3] 14 de enero de 1893

[4] Ídem a nota 12: 199

[5] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 32.

La Habana, 1985

[6] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, pp. 33-34. La Habana, 1985

[7] Jorge Ibarra señala en la obra citada la paciente labor de rescate del investigador Alberto Rocasolano al recopilar para la memoria cubana la obra periodística del José Manuel Poveda en el volumen “Orbita de José Manuel Poveda”. La Habana, 1975

[8] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 34.

La Habana, 1985

[9] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 37. La Habana, 1985

Cultura, Historia

LAS IDEAS POLÍTICAS Y FILOSÓFICAS EN LA REPÚBLICA DE CUBA (I)



Enrique José Varona

(1902-1925)

El pensamiento político y filosófico de este período está marcado por la frustración predomínate en las masas populares, desorientadas y desalentadas después de la cruenta guerra por la emancipación nacional bajo la avanzada prédica de José Martí que se convirtió en letra muerta para los más humildes que constituyeron la base de la Revolución Independentista que encabezó el Apóstol.

Desde la inauguración de la República despuntan en el ambiente político cubano dos posiciones orientadas por las ideas predominantes a fines del siglo XIX. El pensamiento reformista sigue vivo de forma solapada o abierta en la posición de la oligarquía criolla, transformada ahora en defensora de la república neocolonial, controlada por los Estados Unidos, convencidos de la incapacidad de los cubanos para gobernarse y de que solo ellos con el apoyo de la gran potencia podían garantizar sus intereses. A esta posición se sumó la burguesía comercial española establecida en el país que había mantenido posiciones integristas[1] hasta el último momento de la ocupación española.

Frente a este bloque antinacional se levantan las ideas independentistas, fuertemente arraigadas en los hombres y mujeres que habían combatido y en el pueblo humilde que los apoyo durante estos cruentos años de guerra por la independencia. Por las fuerza de este sentimiento se frustra la anexión y se crea la “república posible” en aquellas circunstancias, marcada por la Enmienda Platt y el entreguismo de los más ricos, que deja en la sociedad cubana un estado de frustración que marcará todo el período.

Entre las figuras del pensamiento cubano del momento están Manuel Sanguily y Enrique José Varona, quienes marcan la pauta en la defensa de la nación cubana. Sanguily desde el senado de la República o desde su prestigio como intelectual de Cuba, defiende el derecho ciudadano y de la nacionalidad en peligro frente a las presiones de los intereses de los Estados Unidos y sus servidores en Cuba.

Desde la tribuna Sanguily expone su punto de vista como defensor del libre cambio ante las presiones y trabas del Tratado de Reciprocidad Comercial entre Cuba y los Estados Unidos, su argumento fundamental estaba, en que dicho tratado exigía a Cuba más de lo que recibía, al tiempo que impedía a la Isla un comercio libre con el resto del mundo.

Frente a él, defendiendo el Tratado, estaba el bloque oligárquico antinacional encabezado por el senador Antonio S. de Bustamante, quien arguyó que el Tratado daba a Cuba mercado seguro, permitiéndole recuperarse económicamente y afianzar su independencia.

Sanguily se proyecta como el líder del nacionalismo liberal burgués en nombre de cual presenta un proyecto de Ley en aquella primera legislatura cubana, que impedía la venta de tierras a extranjeros, porque “(…) sin duda ninguna, el predominio social primero y seguidamente el predominio y la dirección en la esfera política, en todas partes, corresponden a los dueños y señores de la tierra”[2]. Con su proyecto no solo pretendió poner fin a la apropiación del suelo, sino impedir el dominio de los extranjeros sobre la población que en ellas vivía. El proyecto ni siquiera fue discutido por el senado.

Fue un convencido antimperialista, sabedor como era de que el principal problema cubano era la dependencia de los Estados Unido, “(…)el problema de la reciprocidad, como el problema nacional, el problema fundamental de la vida económica y de la vida independiente de los cubanos, está íntimamente relacionado con el problema de los trusts americanos. Primero poco a poco, y ya con rapidez alarmante nos invaden esas asociaciones, como pulpos inmensos que se empeñan en recoger en sus tentáculos para ahogar nuestra personalidad (…)”[3]

Manuel Sanguily luchó contra la Enmienda Platt y contra el complejo de frustración que cundió en las masas y en lo mejor de la intelectualidad cubana, propugnando siempre una política comprometida con las tradiciones históricas y de beneficio al país, sin ganancias personales, alejado de la actitud que se generalizó entre los políticos contemporáneos.

Enrique José Varona fue el intransigente maestro de los cubanos, demócrata y libre pensador, que no transigió con el despotismo, mostrándose siempre como un pilar de la nacionalidad cubana, era la gran figura del pensamiento filosófico cubano del período, maestro en lo cívico y en lo cultural, reformador docente y hombre profundamente democrático y liberal.

Es un pensador en constante renovación, positivista crítico que madura en sus concepciones filosóficas en la medida que entra en contacto con las nuevas ideas, evolucionando hacia posiciones materialistas. Por estos años llega a destacar la importancia del factor económico en el desarrollo social y critica al marxismo partiendo de las tesis tergiversadas de la concepciones materialistas de la historia que él conoce: “La teoría marxista que hace depender toda la evolución social del factor económico no es sino una exageración de un hecho cierto. Las necesidades económicas y las actividades que estas ponen en juego no constituyen el único motor de los fenómenos que presenta una sociedad humana; pero si están en la base de los más aparentes y decisivos”[4]

En base a ello analiza los problemas de la nación cubana y plantea que él veía en la estructura económica del país las causas de sus inestabilidad[5] Estos criterios lo alejaban del positivismo y lo acercaban a las posiciones materialistas.

En cuanto al tema de las luchas de clase no las entendió como motor impulsor del progreso social, ateniéndose a la tesis positivista del progreso social a partir de la educación y los sentimientos humanos, aunque reconoce las clases y la existencia de luchas de clases pero como “combates naturales”, tomando como Ley Social Fundamental la “evolución incesante” o “adaptación continuada a las circunstancias”, como los organismos vivos.

En el período final de su vida Varona hace una negación dialéctica de muchos de sus criterios anteriores, aunque no rompe del todo con el positivismo. Condicionado por los avances de la sociedad se produce en él un gran acercamiento al materialismo.

Fue un nacionalista consecuente, defensor de la identidad nacional, enemigo de la corrupción republicana y partidario de la constitucionalidad. Su civismo incomodó a los politiqueros, así como a los intereses entreguistas y extranjeros frente a los cuales mostró su antiimperialismo, por lo que este significaba para la independencia nacional.

El fenómeno imperialista es analizado por él desde fechas tempranas, (“El imperialismo a la luz de la sociología”, 1905) ensayo donde desarrolla una serie de estudios sobre la esencia de las relaciones de dependencia neocolonial de Cuba con respecto a los Estados Unidos. Su análisis del imperialismo parte de la definición del fenómeno, de país expansivo y dominante sobre otro. Resalta las raíces latinoamericanas de Cuba y advierte del peligro de la dependencia de la economía de Estados Unidos, recomendando la diversificación comercial y las relaciones con todo el mundo.

Soñó con una República burguesa orientada por el liberalismo económico y político, preocupado por el bienestar del pueblo. Un estado honesto y eficiente. Comprendió el peligro del monocultivo y la dependencia de un mercado único, aboga por la diversificación que le permitiera al país la autosuficiencia agrícola e industrial.

Enrique José Varona es el más importante pensador del período, el cubano que de manera más acabada aborda problemas filosóficos y sociales. Hizo análisis y crítica a concepciones y corrientes filosóficas, como el neokantismo y el neohegelianismo; ante problemas fundamentales de la filosofía tomó posiciones materialistas, realizó importantes estudios sobre ética y estética; hizo fuertes críticas a la religión y fue un profundo pensador social. Por todas estas razones Varona constituye uno de los más altos exponentes de la filosofía burguesa en Latinoamérica, progresista y muy significativo para la cultura cubana.


[1] Integrista es el nombre que recibieron los defensores del mantenimiento de estatus colonial de Cuba

[2] Historia de la Nación Cubana. Tomo VIII, pág. 276-277

[3] Ídem

[4] “Algunas consideraciones sobre el análisis sociológico en la Obra de Enrique José Varona”, Pablo Guadarrama en “Letras. Cultura en Cuba”. Tomo VI, pp. 54-55. La Habana, 1989

[5] Ídem

Cultura, Historia

10 DE OCTUBRE DE 1868



Es octubre y para los cubanos la primera evocación es para la hombrada de un grupo de orientales que en la mañana del 10 de octubre de 1868 iniciaron, ¡por fin! Las luchas para alcanzar la independencia del dominio español.

América hispana ya hacia un siglo y medio que disfrutaba de la libertad arrancada al dominio español y se consolidaban en los territorios de nuestra América, Repúblicas inquietas e incompletas, pero celosas de su libertad conquistada a costa de muchos sacrificios.

Cuba, “la siempre fiel”, como la denominaba la monarquía hispana, se debatía en el dilema de seguir bajo el duro régimen colonial, esquilmador de sus riquezas y negado a conceder libertades políticas mínimas a una clase burguesa poderosa, culta y de amplios recursos económicos, sostenidos por una masa de más de doscientos mil esclavos de origen africanos, tratados como “piezas de ébano”, pero que no contaban como seres humanos para aquellos civilizados caballeros del azúcar.

Ese era el dilema para la nación, ya forjada y orgullosa de sí misma, pero sometida a una torpe política colonial que hizo todo lo posible, sin querer, pero por codicia, para perder lo poco que restaba de su imperio colonial.

Carlos Manuel de Céspedes, un acomodado abogado y hacendado de la zona de Bayamo y Manzanillo, fue el catalizador de las aspiraciones de los más radicales de entre sus iguales y ante el fracaso de las negociaciones con las autoridades coloniales, no buscó el lamento conservador y cobarde, sino que se unió a otros patricios de sus zona para planear la única alternativa posible ante tanta soberbia e intransigencia colonial, la lucha armada para alcanzar la anhelada independencia.

No pesó esta vez el temor a una sublevación de los esclavos aprovechando la coyuntura de la guerra, no temió perder sus comodidades y su hacienda en este viril gesto de rebeldía, solo pesó en la necesidad de la patria irredenta y la determinación de ser libres o morir en el empeño.

Esa mañana del 10 de octubre de 1868, reunió en su ingenio azucarero de “Demajagua” a sus familiares y a un grupo de conspiradores de su zona y con valiente gesto de hidalguía, liberó a sus esclavos, a quienes invitó a luchar hombro con hombro por la patria común junto a sus antiguos dueños.

Ese fue su gesto supremo, porque en la Cuba de su época, la esclavitud era el gran problema social de la isla y entre amos y esclavos había una profunda brecha de prejuicios, que no dejaba fuera a los cientos de miles de negros y mulatos que ya vivían libres en la isla colonial, haciendo oficios menores, obligados a vivir como parias en su propia tierra.

La gesta libertadora cubana comenzó también un amplio proceso de integración racial y social que fundió a los estamentos diferenciados y rivales en la nueva concepción de “luchadores por la independencia” que sirvió de base para fundar una República en Armas, alcanzar muchas victorias militares y radicalizar el protagonismos de los más humildes en este quehacer por la libertad.

Diez años de guerra sirvieron de fragua para fundar un pueblo nuevo al que las indecisiones de las clases dirigentes cubanas y su miedo a la “popularización” de la guerra, lo llevaron a un pacto con España, que los patriotas más radicales, encabezados por el general negro Antonio Maceo, entendieron como una tregua para emprender nuevamente la guerra cuando estuvieran creadas nuevamente las condiciones para volver a luchar, por lo que aún no se había alcanzado, la independencia y la abolición de la esclavitud.

Eso celebramos los cubanos el 10 de octubre, el inicio de nuestras luchas por la independencia de España y de cualquier vasallaje.

Historia

UN PENSAMIENTO NUEVO FRENTE A VIEJOS PROBLEMAS (III)

Antonio Guiteras Holmes

Cuba (1925-1940)

En 1931 surgió en La Habana una organización política de orientación pequeño burguésa y reaccionaria que pretendió ser un movimiento distinto a los de la política tradicional y ofrecían modificaciones sustanciales a ese estado de cosa.

Era el ABC que se organizó como un movimiento clandestino de tácticas terroristas. Su programa aparece en 1932 en un Manifiesto-Programa cuyos basamentos teórico era muy similar al de los fascistas italiano de 1919, en el que se reconocía el carácter anormal y dependiente de la economía cubana, aunque sus conclusiones no eran progresistas. Hablaban de “reconquistar la tierra y restablecer la pequeña propiedad”, de un Senado funcional colaboracionista, con representantes de todas las clases, “en bien de la patria”, abogaba por el voto restringido solo para los alfabetizados y otros temas trabajados en forma poco clara, que terminaban siendo pura demagogia, además se oponían al socialismo porque los Estados Unidos no lo iba a permitir en Cuba[1]. Entre sus figura más destacadas se encontraban Joaquín Martínez Sáez, Alfredo Botet, Carlos Saladrigas Zayas, Ramón O. Hermida, Jorge Mañach, Pedro López Dorticós, Francisco Ichaso y José Francisco Martí Zayas Bazán, entre otros.

Antonio Guiteras Holmes (1906-1935), proviene de las filas del Directorio Revolucionario, fue acumulando experiencia en el proceso de lucha contra la dictadura machadista, fue partidario de la vía insurreccional para derrocar al tirano y organizador de planes de alzamiento durante los últimos años de la dictadura. Su maduración política y su decantación de los elementos de derecha que combatían a la dictadura lo llevaron a un pensamiento revolucionario más radical, antimperialista y nacionalista que lo hacen crear la Unión Revolucionaria (UR) (1932), con el tácito objetivo de producir una insurrección de la provincia de Oriente y derrocar a Machado.

Caída la dictadura, Guiteras forma parte del gobierno provisional de Ramón Grau conocido como el “Gobierno de los Cien Días”, no reconocido por los Estados Unidos, ni por la oligarquía nacional que lo saboteó constantemente desde el primer día.

Guiteras se erigió desde la Secretaría de Gobernación en el impulsor de medidas revolucionarias y populares que dañaron los intereses de los Estados Unidos y sus aliados nacionales, por lo que fueron finalmente desplazado del poder por la presión de estos grupos y su brazo ejecutor el Ejército Nacional encabezado por el coronel Fulgencio Batista.

Caído el gobierno de Grau San Martín, Antonio Guiteras pasa a la clandestinidad, más convencido que nunca que la lucha armada era el único medio posible para tomar el poder y realizar los grandes cambios que necesitaba el pueblo cubano.

El 1º de septiembre de 1934, Antonio Guiteras publica en la revista Bohemia su artículo “Septembrismo” donde expone sus criterios sobre la situación política del momento y la posible solución a esos desmanes:

Fracasamos porque una Revolución solo puede llevarse adelante cuando está mantenida por un núcleo de hombres identificados ideológicamente, poderoso por su unión inquebrantable, aunados por los mismos principios (…)

“Seré defensor del Gobierno (de los 100 días) hasta tanto no se convierta en lacayo fiel de Washington.

“Un estudio somero de la situación política económica de Cuba, nos había llevado a la conclusión de que un movimiento que no fuese antiimperialista en Cuba, no era una Revolución. Se servía al imperialismo yanqui o se servía al pueblo, pues sus intereses eran incompatibles.

“La Revolución que se prepara —aseveraba Guiteras— no constituirá un movimiento con más o menos disparos de cañón, sino una profunda transformación de nuestra estructura económico-político-social.”[2]

En 1934 fundó el grupo TNT con fines insurreccionales y posteriormente, unido a otros revolucionarios crea “Joven Cuba” en cuyo programa se afirma: “(…) para que la ordenación orgánica de Cuba en Nación alcance estabilidad, precisa que el Estado cubano se estructure conforme a los postulados del Socialismo”[3].

En los momentos en que se afianzaba en Cuba el gobierno de Batista-Mendieta, Antonio Guiteras, completa una visión revolucionaria y radical para los problemas de Cuba, la lucha armada y la instauración de un gobierno revolucionario. El 8 de mayo de 1936 muere combatiendo contra la nueva dictadura y deja un legado político que tendrá repercusión en el futuro de Cuba.

Es de destacar el crecimiento que tienen las fuerzas de izquierda durante este período de ardua lucha, primero contra Machado y luego contra los poderes impuestos por los Estados Unidos y apoyado por la burguesía nacional. El Partido Comunista de Cuba pasó de unos 200 militantes en 1925 a unos 5 000 en 1935, mientras que la Liga Juvenil Comunista creada en 1928 con alrededor de 400 militantes alcanza también los 5 000 miembros de 1935[4]. Era una fuerza fogueada en las luchas sociales, que deben mucho a la capacidad organizativa de Rubén Martínez Villena, verdadero líder de los comunistas cubanos en ese período y que fueron blanco de la más feroz persecución por parte del ejército y la policía, dominados por el “hombre fuerte” de Washington, Fulgencio Batista.

Con la llegada al poder en los Estados Unidos de Franklin D. Roosevelt y la aplicación de una nueva política (New Deal) con relación a las fuerzas democráticas y de izquierda, se produce en Cuba un “cambio” en los grupos gobernantes, que adoptan una política de demagógica apertura, que para nada afectan los intereses vitales del sistema capitalista neocolonial del país.

Batista comienza a aplicar una política “socializante”” que engendró el “Plan de Reconstrucción de la Economía” (Plan Trienal) en 1937 con el fin de fomentar un desarrollo económico y social sin tocar la estructura del estado dependiente.

Este plan se resume en el control y supervisión de las industrias azucarera y tabacalera por parte del estado, reconocimientos de algunos derechos de los trabajadores, la distribución de tierras estatales, programa de reforestación del país, creación de una marina mercante nacional, reorganización de la agricultura y un nuevo sistema de impuestos que afectaba en particular al capital extranjero.

Con estas medidas se creaba una posibilidad de diversificación y crecimiento de la industria, beneficiando a una débil burguesía nacional dependiente y marginada por los grandes capitales extranjeros, en su mayoría estadounidense.

Para las clases populares, en particular los trabajadores, el Plan Trienal buscaba contrarrestar las protestas con promesas de mejorías de carácter material y de derechos sindicales.

Fueron legalizados los partidos, incluyendo el comunista que reaparece con el nombre de Socialista Popular y aprovechando las posibilidades de alianzas con el grupo gobernante logran una pequeña representatividad en la Constituyente de 1940, en la que fueron plasmadas medidas de mejoras sociales, que emergían como una esperanza después de la nueva frustración revolucionaria de los años treinta.


[1] Julio Le Riverend: La República, pp. 273-274. La Habana, 1973

[2] La Joven Cuba de Antonio Guiteras. Pedro Antonio García, en rev. Bohemia. 2/6/2009

[3] Tomado de “Antonio Guiteras”. ECURED, 2012

[4] Citado por Ladislao González: “La huelga de marzo de 1935” en rev. Cuba Socialista, Nº 14, 1985

Historia

UN PENSAMIENTO NUEVO FRENTE A VIEJOS PROBLEMAS (II)


Cuba 1925-1940

En Cuba la década del veinte del siglo XX marca el despertar de una nueva generación de cubanos que desde el ímpetu de sus años y el acontecer de su época se desmarca del “pesimismo derrotista” de sus antecesores que vieron frustrada la Revolución Independentista que encabezara José Martí y que terminara abruptamente con la intervención norteamericana en 1898 y las imposiciones en Cuba de un modelo neocolonial con la complicidad de la burguesía nacional y sus aliados españoles asentados en Cuba.

Esta generación tiene muchos hitos y justamente comienza su despuntar entre los jóvenes estudiantes de la Universidad de La Habana cuyas históricas luchas por las reformas universitarias en los primeros años de esa década deL 20 marcan el cambio en el modo de concebir el devenir histórico.

Un joven despunta en esta pléyade de precursores, Julio Antonio Mella (1903-1929) estudiante de Derecho, fundador en 1923 de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), organización de estirpe nacionalista en cuyo seno maduraron muchas grandes figuras, que configuraron el panorama ideológico de esta época en nuestro país: Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras, Raúl Roa, Pablo de la Torriente Brau y Juan Marinello, entre otros.

Julio Antonio Mella no se limitó a crear esta organización estudiantil, ese mismo año en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes propone la creación de la “Universidad Popular José Martí” (1923) con la avanzadísima idea de dar una formación cultural, política e ideológica a los trabajadores y de vincular a la Universidad con los más humilde de la sociedad, en quienes ya veía los aliados naturales de las causas justas del pueblo. Redactó la Declaración de Derechos y Deberes del Estudiante, en la que se establece la necesidad de los mismos a divulgar sus conocimientos en la sociedad y especialmente entre los obreros y tuvo mucho que ver en la declaración que hace el congreso contra la intromisión del gobierno de los Estados Unidos en los asuntos internos de Cuba y contra la Enmienda Platt.

En 1924 crea la Liga Anticlerical e ingresa en la Agrupación Comunista de La Habana desde donde despliega un trabajo muy activo entre los trabajadores, ya en 1925 su radicalización política lo lleva a fundar la sección cubana de la Liga Antimperialista de Las Américas.

Era ya un líder, no solo entre los estudiantes, sino entre los trabajadores y los hombres de ideas más radicales, los comunistas, junto a los cuales fundó el Partido Comunista de Cuba en agosto de 1925; eran un puñado de veteranos y jóvenes luchadores por el bien humano. Expulsado de la Universidad y detenido por el régimen machadista se declara en huelga de hambre, en una acción que repercutió en la sociedad cubana por su valentía y entrega.

Se ve forzado por la persecución del régimen a exiliarse en México desde donde continúa su trabajo político al lado de los comunistas mexicanos y de otros países de Hispanoamérica; Publica activamente en la prensa de izquierda mexicana e imparte conferencias, en las que promueve su modo de pensar y su compromiso político. En este país Mella se convierte en un luchar incansable por la causa de los humilde, la reforma agraria, la nacionalización del petróleo y los derechos de los trabajadores. Fue miembro del Comité Central del Partido Comunista México y no olvidó ni un momento su compromiso con Cuba.

Su figura gana ribetes continentales al participar en el Congreso Mundial contra la opresión colonial y el imperialismo celebrado en Bruselas en febrero de 1927, luego se traslada a Moscú para participar como delegado en el Congreso de la Internacional Sindical Roja. En enero de 1929 a los 25 años es asesinado en México, casi todo apunta al presidente de turno en Cuba, Gerardo Machado, quien veía en el joven una sombra molesta y peligrosa.

Si políticamente esta generación se presenta como la adecentadora y denunciante de todo lo corrupto, en la cultura esta generación no podía aceptar el inmovilismo provinciano que dejaba a la isla en un limbo entre el decimonónico ido y las inquietudes del nuevo siglo con sus “ismos” presagiante, pero que siempre llegaban tarde a la isla, había que cambiarlo todo y la renovación, no se hizo esperar.

Los intelectuales jóvenes, los mismos que encabezaron la “Protesta de los Trece” y el “Movimiento Minorista”, están al frente de los cambios que la cultura y la literatura en particular necesitaban.

Descuella por su intensa labor política Rubén Martínez Villena (1899- 1934) joven abogado que desde sus primeros pasos como profesional entra en contacto con los intelectuales de pensamiento más avanzado, haciendo causa junto a los humildes y en defensa de los intereses nacionales de Cuba. Lidera el grupo que se pronuncia contra la fraudulenta venta del Convento de Santa Clara (Protesta de los Trece), acción que da a conocer a la opinión pública a una generación de cubanos dispuesta a enfrentar los desmanes políticos y administrativos de los gobiernos de turno.

Participa en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes, en la fundación de la Universidad Popular José Martí y forma parte activa de la Falange de Acción Revolucionaria, el Grupo Minorista y el Movimiento de Veteranos y Patriotas espacios que Rubén convertiría en tribunas para mostrar su inconformidad con la situación social y política existente en la isla. Con la fundación del Partido Comunista de Cuba en 1925, Villena encontró un espacio de crecimiento político, vinculándose más estrechamente a los trabajadores.

Con la llegada al poder de Gerardo Machado, la labor política de Rubén se incrementa y durante estos primeros años de gobierno machadista, será un oponente de muy claras ideas.

Ingresa al Partido Comunista en 1927 y funge como asesor legal de la Federación Obrera de La Habana y de la Confederación Nacional Obrera de Cuba, de la que fue uno sus líderes fundamentales, aunque no quiso asumir la secretaria general, tal vez por su delicada salud.

“En 1928 es electo miembro del Comité Central del PCC, sin embargo nunca ostentó cargo oficial alguno, salvo integrante de este Comité, debido a los prejuicios del movimiento comunista de la época, y los suyos propios, de que un intelectual no debiera asumir en esa organización la máxima responsabilidad. Tras la muerte de Julio Antonio Mella, en 1929, por acuerdo del Comité Central se convirtió en el principal y más activo dirigente del Partido, desarrollando una ardua labor a pesar de estar afectado de forma aguda por la tuberculosis.”[1]

Los méritos de Rubén como dirigente comunista lo llevan a convertirse en la principal figura política dentro del Partido Comunista de Cuba, al que llevó a un plano de vanguardia entre los trabajadores y los grupos progresistas de la época. Su capacidad y liderazgo queda demostrada al dirigir la primera huelga política de la Historia de Cuba[2] que paraliza el país por más de 24 horas, el 20 de marzo de 1930.

Ese mismo año sale rumbo a la Unión Soviética, en primer lugar para contactar con los dirigentes de la Internacional Comunista y en segundo lugar para someterse a tratamiento por su grave enfermedad. En Moscú trabaja en la Sección Latinoamericana de la KOMINTERN y mantiene un persistente intercambio con los teóricos del marxismo – leninismo, cuya asimilación teórica no fue acrítica sino dialéctica al asumir estas teoría y adaptarlas a las condiciones de lucha de su tiempo y su país.

A principio de la década del treinta Rubén regresa a Cuba, su enfermedad es irreversible y su decisión es volver a la lucha contra Machado y morir junto a los suyos. Desde su lecho organiza y dirige la Huelga General Revolucionaria que llevará al fin de la dictadura machadista en 1933.

En medio de la vorágine revolucionaria que sigue a la caída de la dictadura continúa con sus deberes al frente del partido comunista y en los preparativos para el IV Congreso Nacional Obrero de Unidad Sindical. El 15 de enero de 1934 muere este extraordinario intelectual y dirigente comunista, hombre de profundas ideas sociales, ejemplo de valentía y entrega.


[1] Rubén Martínez Villena. ECURED, Cuba. http://www.ecured.cu/index.php/Rub%C3%A9n_Mart%C3%ADnez_Villena

[2] Ídem

Historia
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